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Año 987.M41. Faltan unos pocos días para el fin del año y las calles de Mesto, capital del principal planeta del Sistema Sklamanie, están llenas de actividad. El principal Salón de Eventos de la ciudad está abarrotado, debido a que se va a festejar la victoria militar sobre los orkos que amenazaban a todo el Sistema, y van a estar presentes los héroes que los vencieron en increíbles circustancias. Estos se preparan para la recepción.

El joven vetusto

Hank se miró una vez más en el espejo del baño propio con el que contaba su pequeña pero lujosa habitación. Le encantaba como le quedaba el traje de gala que le habían dado: le hacía parecer un marino salido de las historias que había leído de pequeño, y en los que se inspiraba para todo en su vida. Debido a ellos llevaba un parche aún teniendo ambos ojos, color gris piedra, funcionales. Siempre llevaba su pipa a pesar de no soportar el tabaco, y su vieja gorra de capitán de barco, que su padre le había regalado años atrás. Se había dejado barba y bigote para parecer mayor, pero había acabado tiñéndosela de gris junto con su pelo, corto y alborotado bajo la gorra. Todo esto sumado a su piel, blanca en origen pero tostada debido a toda una vida bajo el sol, le daban la apariencia de un viejo lobo de mar, e impedían al ojo común cualquier aproximación a su edad real: 24 años.

Volvió a peinarse el pelo hacia atrás y se caló la gorra para dirigirse hacia el salón en el cual estaría comenzando la fiesta para celebrar la reciente expulsión de una flota orka del Sistema, de la cual Hank, sin quererlo, había sido el protagonista.

La muchacha inquieta

Kina se echó el flequillo que tapaba sus ojos azules a un lado y se ajustó la coleta, provocando que las mangas de su jersey color crema volvieran a su posición natural. Decidió darse por vencida en intentar arremangarse, sus finos brazos siempre provocaban que volvieran a extenderse. Siguió ajustándose el pelo y se le ocurrió doblar las mangas para que aguantaran un poco más. Contenta por haber conseguido su objetivo, dio un saltito que provocó que el ajustado pantalón color granate que marcaba sus bonitas piernas le tirara. Ella habría preferido ir con sus pantalones de combate, pero Hank le dejó bien claro que debía, y sus palabras habían sido exactamente estas, "debía parecer una mujer".

Ella sabía que iba a broma pero aun así le resultaba extraño. A pesar de haber tratado en los últimos años con soldados de las Fuerzas de Defensa Planetaria, había pasado toda su vida entre máquinas y aún no sabía muy bien tratar a las personas, menos aun comprenderlas. De todas formas, se sentía bastante a gusto con sus compañeros de escuadra, siempre y cuando no hubiera demasiada gente desconocida o poco tratada.

Por eso le asustaba esa gala, aunque no lo quisiera admitir.

Suspiró y salió de la habitación, esperando encontrarse con alguien conocido en aquel inmenso complejo.

El cocinero bonachón

Kaleus se encontraba ya en el salón principal, en el que no estaban más que los camareros que iban distribuyendo los canapés y aperitivos por las mesas antes de que llegara el grueso de la gente. Le mosqueaba que a pesar de haberlo pedido repetidamente, no le hubieran dejado cocinar, y esto se demostraba en su ceño fruncido sobre sus verdes ojos. Le habían dicho que esa noche era él el que tenía que disfrutar, pero Kaleus disfrutaba cocinando sobre todo lo demás.

Uno de los camareros le miró extrañado debido a que llevaba su gorro de cocinero: no se lo quitaba ni para dormir. Le tenía tanto aprecio que ya formaba parte de su aspecto habitual, junto con su rubio y bien recortado bigote. Al ir vestido con unos pantalones negros y una camisa blanca, parecía un camarero más, pero ese era su objetivo: colarse en las cocinas para supervisar que no se sirviera un estropicio. Los aperitivos que ya estaban allí le habían decepcionado.

Se acercó disimuladamente a la puerta de la cocina y se apoyó en la pared. En cuanto salió el primer camarero con otra bandeja de canapés, se agachó y entró sigilosamente a la enorme habitación llena de fogones y gente. Cogió un mandil que había por ahí y se puso a cocinar como los demás, excepto por una sonrisa de oreja a oreja que se marcaba en su cara.

El vagabundo y el buhonero

Paul se pasó la mano por la reluciente calva, impaciente. Se toquiteó luego la barbilla, completamente libre de pelo y se extendió las mangas de la gabardina. Le habían dado una nueva, para que no llevara el andrajo que portaba siempre, lo cual no le gustaba. Le habían alojado junto con el "suministrador" y el cocinero chiflado, en una habitación grande, a diferencia del Teniente y la chica, a los que habían dado habitaciones propias. Era injusto pero al menos tenía un techo y una cama caliente. En ese momento estaba esperando a Jean, que llevaba un rato en el baño. El cocinero había salido hacía ya casi media hora.

-¿Sales o qué? Tardas más en arreglarte que una mujer.

-¡No me estoy arreglando! Ve por tu cuenta si tanta prisa tienes, ¡pesado!

Jean oyó el sonido de la puerta cerrándose, que le confirmaba que Paul se había ido. Se levantó, tiró de la cadena y se abrochó el cinturón a los pantalones oscuros que llevaba. Se lavó las manos y se echó agua en la cara, que al estar fría le provocó un pequeño estremecimiento. Se miro al espejo y se desabrochó un botón de la camisa roja, para volver a atárselo. Intentó por última vez ponerse una corbata, pero ni le gustaban ni sabía. Mojó un peine y se peinó el pelo marrón claro, del mismo color que sus ojos, hacia atrás.

Salió del baño y cogió la chaquetilla de esmóquin que le habian dejado. Se la puso: debido a su metro noventa de estatura casi le estaba algo pequeña, pero se la desabrochó y salió de la habitación sin más.

Capítulo 1: La recepción

Hank cogió una copa de una de las bandejas que llevaban los camareros de un lado a otro, ofreciendo bebida y refrigerios a la enorme cantidad de invitados, la mayor parte altos cargos militares y nobles tanto locales como visitantes. El teniente estaba charlando, o más bien oyendo charlar, a un par de nobles del desértico planeta de Pesk'e, portadores de unas extrañas vestimentas, que hablaban gótico con un profundo acento. Aburrido de la conversación, y quizás también debido a que habían comenzado a discutir en el dialecto de su planeta el cual no entendía, Hank se disculpó con ambos y caminó en la dirección de una de las múltiples mesas que se habían dispuesto.

Echó un vistazo a ambos lados y al no ver a nadie conocido, se dejó caer en una silla desocupada. Al poco tiempo, un joven oficial se sentó a su lado.

-Te...¿Teniente Hank? -preguntó tímidamente.

-Buenas noches joven, ¿en que puedo ayudarte? 

-Ve...verá, quería darle las gracias por todo lo que hizo y... y decirle que le admiro mucho -el muchacho estaba rojo como la grana.

-Hahaha, ¿así que es eso? Tranquilo muchacho, no te pongas nervioso, que solo muerdo a los orkos -con una sonrisa mostró su diente de oro.

El joven, visiblemente aliviado, suspiró y le preguntó, esta vez algo menos receloso:

-Se lo habrán pedido muchas veces, pero... ¿Podría contarme como fue?

En efecto, esa noche ya había contado la historia en cantidad de ocasiones, y presentía que tendría que hacerlo muchas más. Casi no necesitó hacer memoria, pues ya la repetía de carrerilla...

Dzûngle, tres meses atrás

La situación en el búnker era de locos. Los orkos que normalmente pasaban de largo o se estrellaban, habían atacado a la hora de la comida, pillando por sorpresa a todos. Una gran parte de las Fuerzas de Defensa Planetarias no habían combatido en su vida, y esto sumado a la sorpresa, garantizó la masacre inicial. Tras haber sufrido bajas por el valor de casi dos tercios de los hombres, el Teniente Hank tomó el control.

Este hizo replegar a las tropas dentro de las zonas seguras del búnker, y mandó sellar las puertas. Solo quedaban unos 30 soldados, y todos ellos estaban aterrorizados. Con el paso de los días consiguieron tranquilizarse un poco y empezar a planear pequeños ataques contra los orkos: ocho hombres murieron el primer día y dos de ellos acabaron con heridas tan graves que fallecieron al cabo de otro par de días. Lo único positivo que se sacó de esto fue algo de comida (el búnker contaba con una máquina de "reciclado" que convertía los elementos orgánicos en alimento, que luego Kaleus cocinaba). De todas formas, la comida empezaba a escasear y los ánimos estaban muy crispados, a pesar de la capacidad tranquilizadora de Hank.

Varios días atrás habían descubierto en los sótanos del búnker, oculto, un pasadizo secreto que no se habían atrevido a cruzar. Sin embargo, el tiempo apremiaba por lo que se organizó una expedición. Resultó que el pasadizo llevaba a la jungla, a escasa distancia del principal campamento orko, formado alrededor de un Piedro estrellado. Los soldados afirmaron conocer el emplazamiento de la Santabárbara orka: una pequeña explosión provocaría el caos absoluto entre los orkos y los dejaría indefensos.

Así pues, tras haber trazado un plan rápidamente, los 20 hombres restantes se armaron con todo lo disponible en el búnker y partieron hacia el campamento orko. Consiguieron infiltrarse sin dar la alarma, y colocar varias minas, granadas y explosivos de todo tipo entre las primitivas armas y explosivos orkoides. Sin embargo, cuando iban a volver hacia la jungla para retornar al búnker, y antes de detonar nada, fueron fueron por un gretchin. Este empezó a correr y a gritar a viva voz: fue abatido a los pocos segundos, pero habían sido descubiertos. Algunos huyeron despavoridos, otros se quedaron a luchar. El soldado que llevaba el detonador murió, tropezó, accionó el detonador voluntariamente, no se sabe. El caso es que todo aquello explotó en una reacción en cadena que devastó una gran área de jungla. 

Tan solo once humanos sobrevivieron, y al menos una veintena de pielesverdes que fueron vencidos. El recuento final eran siete humanos y cero orkos, al menos en las proximidades. Rápidamente decidieron volver al búnker, pero el problema del hambre seguía ahí. Decidieron pues desmembrar a los orkos que quedaban por la zona, para luego pasarlos por la máquina de reciclado y que Kaleus los cocinara. Esto daría lugar a un jugoso rumor más tarde.

Pasó otra semana y los soldados, con la moral alta puesto que a pesar de haber perdido una cantidad ingente de tropas, habían prácticamente vencido a los orkos, empezaron a hacer expediciones más a menudo. Se descubrió que los pielesverdes vagaban desorganizados y luchaban entre sí: en la explosión debían de haber eliminado sin saberlo a su líder. Además, descubrieron que la carne de orko cocinada por Kaleus no solo era comestible, sino que era uno de los manjares más exquisitos que habían probado en sus cortas vidas. La habilidad de este cocinero forzado a soldado no tenía parangón.

Al cabo de una semana de tranquilidad, las tropas de la Guardia Imperial, destinadas a detener el Waaagh! orko llegaron, con la sorpresa de que su trabajo estaba hecho. Fueron al búnker en busca de supervivientes, y fue aún mayor su sorpresa al descubrir no solo que cinco hombres y dos mujeres habían sobrevivido, sino que además reían y jugaban a las cartas mientras comían filetes de orko.

Debido al inusual hecho de que unas Fuerzas de Defensa Planetaria enviados a morir para retrasar el avance orko habían sobrevivido, y además exterminado casi por completo al Waaagh!, la historia de su valor y ferocidad corrió como el prometio por todo el Sistema Solar. Les fueron otorgados insignias y chapas de todo tipo, y se les ofreció el acceso al 24º Regimiento de Infantería Ligera de Mökna en calidad de Veteranos. Cinco accedieron y dos, Chris y Ellia decidieron permanecer en las FDP, con el respectivo ascenso y todo lo que ello implicaba.

De vuelta a la recepción...

Y así contaba su historia el Teniente Hank, del cual se rumoreaba ahora su posible ascenso a Capitán. 

El joven permaneció con los ojos abiertos como platos durante todo el relato, y cuando Hank terminó de decir la última palabra, suspiró de nuevo y miró hacia el techo.

-Vaya, es... increíble. Debió de ser muy duro. Aunque supongo que la edad le ha templado en estas cosas. Por cierto, si no es indiscreción preguntárselo, ¿cuántos años tiene, Teniente?

Hank iba a contestar con alguna evasiva cuando un abrazo por la espalda le sorprendió. -¡Señor Hank! ¡Llevo buscándote mucho rato! -Kina le apretó la espalda cogiéndole los hombros en una especie de llave, más infantil que marcial- Esto está lleno de gente que no conozco, y son muy feos.

-Arr... Discúlpame, mozalbete, un placer charlar contigo -se levantó como pudo de la silla, con la chica pegada a su espalda y se dirigieron a un lugar medianamente "solitario" en la enorme sala- Cúentame grumetilla, ¿que es lo que te aflige?

-Señor Hank, ya sabes que no me gusta la gente nueva. Además, todos van vestidos de forma rara -puso los pucheros que siempre utilizaba para intentar darle pena, pero a él solo le causaban risa.

-Jajaja, tranquila muchacha, son todos buenos hombres y mujeres, por mucho miedo que den. Además, tu ya eres toda una mujer, ¿no?

-¡Lo soy! Pero ellos son feos y dan miedo. Y hablan mucho de cosas muy aburridas.

-Venga ya, ¿te has enfrentado a feroces orkos que querían comerte y no te atreves con unos cuantos nobles y oficiales?

-Eso no es justo, luchar contra orkos es divertido y tenía mi rifle -volvió a poner pucheritos.

Hank tenía que reconocerlo: por muy infantil que pudiera parecer ante él, en combate luchaba apasionadamente y durante el sitio orko no vaciló en ningún momento. Delante de todos daba un aspecto de superación e incluso madurez. Sin embargo, delante de Hank todo cambiaba. Quizás fuera porque sus padres nunca pasaron tiempo por ella y él cumplía su función, al parecer la persona más anciana allí.

Parecer. El teniente aún no comprendía como es que nadie se había percatado de que su edad real eran 24 años. Bueno, nunca había necesitado formar parte de una base de datos y las pocas veces que le preguntaban evadía el tema. Empezó como una simple broma puntual varios años atrás, pero conforme pasaba el tiempo y la bola se iba haciendo más y más grande, lo asumió como una verdad. Además, se equivocó de tinte y ahora no sabía como quitárselo. Tampoco es que quisiera, pero siempre era preferible tener la opción.

Un golpecito de Kina le apartó de sus pensamientos y le devolvió a la realidad.

-Vale, tienes razón. Pero es lo que hay pequeña, tienes que aguantar. Vamos, solo serán unas horas. 

-Jo... de acuerdo, no protestaré pero... me quedo aquí contigo, ¿vale Señor Hank?

-Oh... Siempre igual. Está bien, quédate conmigo pero tienes que estar lo más callada posible y no protestar, ¿hm?

Kina le sacó la lengua mientras le guiñaba un ojo y luego hizo un gesto de cerrarse la boca como si de una cremallera se tratase. Hank apuró su copa y se la cedió a un camarero que pasaba.

Al cabo de un rato y tras estrechar muchas manos, contar varias veces su historia y dar un pequeño discurso, estaban reunidos Hank, Kina, Jean y Paul. El único que faltaba era Kaleus, y Hank supo donde estaba en cuanto oyó a un noble alabar algunos aperitivos, y otros reafirmarlo. Sonrió para sus adentros y decidió dejarlo en la cocina, donde era más feliz.

Mientras Jean y Kina discutían sobre modelos de rifles láser y otras cosas bélicas, alguien se acercó a Hank por detrás y le colocó una mano sobre el hombro.

-Teniente, tenemos que hablar. Haga el favor de seguirme, sí, su escuadra también.

El hombre que había hablado era de constitución recia, pero no alto. Vestía un uniforme de gala y portaba muchas medallas, por lo cual Hank dedujo que era un oficial importante y que lo mejor sería cumplir sus órdenes. Les hizo un gesto a sus compañeros que siguieron discutiendo mientras caminaban a su lado, y mandó a Paul buscar a Kaleus en las cocinas.

Tras caminar unos minutos, alejándose del ruido de la gran sala en la que se celebraba la fiesta, y descender por un ascensor, llegaron a una planta inferior completamente diferente a la de arriba. No tenía decoración ninguna y casi parecía un búnker. De hecho en algunas esquinas se cruzaron con soldados completamente armados que montaban guardia. 

Entraron en usa sala gris iluminada por un único foco en el techo, llena de paneles. Bajo la luz blanca, Hank pudo ver mejor el rostro de aquel hombre: su piel era de un color claro, como si no viera la luz del sol a menudo; sus ojos eran oscuros y parecían dos pozos sin fondo. Su pelo era negro y lo llevaba corto y cuidado, al igual que unas frondosas patillas bien cuidadas e igualadas, que le daban un aspecto marcial a pesar de su aspecto frágil en general. Cogió una especie de panel electrónico de la mesa y dijo con una voz suave y un poco irritante:

-Supongo que se harán una idea de que están haciendo aquí. Según mis fuentes son cinco individuos, y ahora mismo solo cuento tres. ¿Dónde están -hizo una pausa para mirar su tableta de información- Paul y Kaleus?

-He mandado a Paul buscar a Kaleus. No deberían tardar más que unos minutos. Y si, me hago una idea.

Unos días antes le habían informado de que después de dar su discurso, a él y a su escuadra les llamarían para informarles sobre su primera misión como parte de la Guardia. No le habían dado más detalles y no tenía ni idea de en que iba a consistir su misión. Esperaba que ahora se lo explicaran en profundidad.

Después de unos segundos de tenso silencio, entraron en la habitación Paul y Kaleus, guiados por un guardia que cerró la puerta tras de sí. 

-¿Que nos hemos perdido? -Kaelus parecía algo malhumorado, probablemente porque le habían sacado de las cocinas.

-Nada, iba a comenzar ahora. Bien, doy por supuesto que todos prestaréis atención. Me presento: soy el Mayor Edward Slàby y hablo en nombre del Lord General Henrik Skâred. Según parece, vuestro pequeño juego de supervivencia frente a los orkos ha llamado la atención en algunos círculos de los altos mandos a los cuales les interesan vuestras técnicas de supervivencia y escaramuza más alla del simplemente presumir sobre ellas. El caso es que quieren que entrenéis a algunos soldados en este tipo de habilidades para disponer de una potencia superior frente a los enemigos del Imperio. Por supuesto, no hace falta decir que rechazar esta gran oportunidad sería un gesto muy feo que podría costaros el cargo... y tal vez algo más. Dicho todo esto, ¿que os parece? ¿Aceptaréis esta generosa oferta?

Capítulo 2: La Guardia

Al día siguiente, y después de que cada uno durmiera (o no) en su bonita habitación, los cinco se encontraban montados en una especie de camión de transporte con asientos. Se dirigían al espaciopuerto del planeta, en el cual embarcarían en la nave de la Flota Imperial conocida como "JGP1107" para dirigirse a un Sistema Planetario vecino, Lorex-3, para ser reasignados desde allí a uno de los múltiples planetas de reclutamiento del Sistema. Su cargo oficial era el de "Asesores de la Guardia", pero tenían los poderes equivalentes a sus cargos anteriores. Su sueldo sería el mismo, pero ahora tenían un seguro dental y más comida.

A Hank todo eso le traía sin cuidado: él lo que quería era ver mundo. Mundos, de hecho. Soñaba con que les asignaran a un planeta oceánico y poder ver por fin el mar. Miró uno a uno a sus compañeros, preguntándose si harían bien su trabajo una vez llegado el momento.

Kina era joven y guapa, pero a pesar de ello aparentaba dureza y era muy firme en el combate. Se le daba bien disparar y el sigilo, aunque a veces se dejaba llevar por el frenesí del combate. Solo se mostraba infantil cuando estaba muy cansada o a solas con Hank. Para ella era como un padre, y el sentimiento era mutuo, aunque la diferencia de edad no debía ser mayor de cinco años. No se le daría mal enseñar a reclutas patosos cómo coger un rifle.

Kaleus parecía inocente, blando incluso, con su cara redonda y su inusitada amabilidad. Sí, era amable y también algo inocente, pero en cuanto sus seres queridos o lo que estaba cocinando se veían amenazados, blandía sus cuchillos de cocinero con una precisión escalofriante. No era muy bueno con el rifle, pero podría enseñar a usar los cuchillos en combate y supervivencia relacionada con la cocina.

Paul era probablemente el más asocial del equipo. Le gustaban las granadas, las minas y todo lo que pudiera lanzarse con una mano y explotar. Guardaba todo tipo de equipo en su gabardina, un conjunto de telas andrajosas que se mantenían juntas por pura suerte, y que llevaba puesta siempre que podía. Probablemente no se llevaría demasiado bien con gente desconocida: el silencio incómodo que mantenía con el grupo era lo más parecido a amistad que se podía obtener de él.

Jean era... Bueno, era un poco corto. Era alto, fuerte y apuesto, pero no se pensaba las cosas dos veces. Disparaba bien, peleaba bien en el cuerpo a cuerpo, pero le faltaba... Pensamiento táctico. Obedecía cualquier orden que le pareciera mínimamente lógica sin rechistar: podía ser el soldado perfecto o un completo inútil, según quién comandara. Pero era bueno a las cartas. Una vez llegaran, lo mejor sería que fuera el instructor físico: el encargado de que los soldados corrieran y levantaran pesas, vamos.

Entonces, Hank pensó en sí mismo. ¿Qué pintaba él ahí? Nunca había querido ser soldado. Nunca había querido nada más que ver el mar, realmente. De repente, un repentino temor inundó su mente. ¿Qué haría cuando viera el mar? Toda su vida giraba en torno a ello. ¿Y si no le gustaba? 

Un repentino bandazo del camión le sacó de sus pensamientos. No tenía forma de saber qué pasaría, pero, de algún modo, su corazón le dijo que pronto tendría otras cosas de las que preocuparse.