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Era una mañana soleada en Sùri-en. Las praderas del Mundo Exodita reverdecían con la llegada de la primavera, y en ellas los grandes megadones pastaban. Situado sobre una colina, el castillo de refinada piedra que gobernaba toda la zona, no solo por ser el lugar de residencia de Yvsail, jefe de la tribu, si no también por su inmensidad y elegancia. A pesar de vivir de un modo salvaje a ojos del resto de Eldar, los Exoditas descendían de ellos, después de todo, y la gracia y estilo eran cualidades comunes a las estructuras creadas por ambos. Alrededor del castillo se situaban varias viviendas más pequeñas pero con la misma personalidad, y una muralla baja rodeando todo y creando una perspectiva de civilización que no rompía con la naturaleza.

     En los bosques cercanos, los caballeros montados en dragones cazaban. De cazar volvía precisamente la partida de Yvsail, y nada más cruzar la muralla y llegar a las puertas del castillo, el mayordomo llamó su atención con su voz.

     -Mi señor, está por venir.

     El jefe interrumpió la charla de sus compañeros de xaza con un gesto de su mano, y asintió con otro de la cabeza. Desmontó, se quitó la armadura, que fue recogida por dos sirvientes, y otro más le ayudó a ponerse su túnica de regente. Soltó su coleta para dejar caer su melena castaña sobre sus hombros y con paso rápido, entró al alcázar seguido por el resto de Exoditas. De una habitación provenían unos jadeos, y hacia allá se dirigieron. En el escaso tiempo que tardaron en llegar los jadeos se incrementaron y disminuyeron repentinamente, para dar paso a una respiración aliviada. Dentro de la habitación se encontraba la mujer de Yvsail, con el pelo alborotado y las vestiduras empapadas de sudor, descansando en la cama. En una silla a su lado, estaba sentado un criado con algo envuelto en una manta, que era hacia donde miraba la mujer con cara aliviada. El criado, en cuanto se percató de la presencia de Yvsail, respetuosamente se levantó, se arrodilló y le extendió la manta diciendo suavemente:

     -Éste que veis aquí es vuestro hijo.

     Yvsail miró a la pequeña pero estilizada cara y no reconoció rasgos de su mujer o suyos en ella. El bebé era bastante grande, y parecía robusto a pesar de tener unos minutos de vida. Su clara piel era de un color que tendía al grisáceo, como la nieve ligeramente sucia, un rasgo más común entre Eldar que en Exoditas, y raro aun así. Cuando la criatura abrió los ojos, Yvsail contempló con horror unos iris color naranja apagado con manchas negras, y unas pequeñas pupilas de azabache. Por un momento, pareció que no fuera a cogerlo, pero tras unos segundos se lo arrebató con tranquilidad y lo alzó en frente suya, haciendo un anuncio.

    -Este es mi hijo, nacido de la unión entre Tia'kel y yo, Yvsail, regente de estas tierras. Su nombre será Kel'tion, en honor a su madre y a nuestro antepasado, el héroe Kal'teion, que fundó esta tribu y consiguió la paz y unión entre todos los exoditas del planeta. Esta noche cenaremos en su honor.

     El resto de presentes comenzó un cántico en la lengua de Sùri-el: un armonioso canto similar a los ruidos de la naturaleza, pero mucho más complejo y místico. Durante el resto del día se oyó el resonar de una música, un silbido en el viento, un nombre: Kel'tion.

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El joven dejó el rifle largo apoyado contra una piedra. Caminó desperezado hacia las dianas situadas a la distancia a la que tiraban los exploradores eldar de los Mundos Astronave para entrenarse. Pudo comprobar satisfecho que todos los disparos habían acertado en el blanco.

     En la distancia, Yvsail contemplaba a su hijo con mirada indiferente, pero estaba preocupado. Parecía crecer más despacio que el resto de los jóvenes exoditas. Tenía ya veinte años y su estatura era inferior a la media, pero era más ancho de hombros y robusto en general. Su piel se había vuelto de un tono casi moreno por la exposición a la luz solar, pero el tener una piel muy clara y ligeramente grisácea le confería un tono pálido. Sus ojos ahora eran astutos y espabilados, y le provocaban una sensación de miedo irracional e indescriptible que apenas conseguía controlar cuando lo veía.

     Pero no era solo su apariencia física. Aunque por lo general era obediente y cumplía sin rechistar, cuando se empeñaba en algo no cedía ante nada. No se le daba bien el montar a dragón ni empuñar lanzas, disciplinas inculcadas a todos los exoditas medianamente nobles desde su infancia. En cambio, le encantaba combatir con cuchillo o abatir bestias con su rifle largo. Habría sido un gran cazador, pero no sería un buen heredero.

     Sobre esto y otras cosas meditaba Yvsail cuando a su lado se paró una figura encapuchada. Sin mirar, supo que era Haros.

     Yvsail solía recibir visitas de Proscritos, Vagabundos y demás viajeros espaciales eldar. La mayor parte se marchaba poco después de haber llegado, pero Haros, a pesar de ser humano, se ganó rápidamente el favor del jefe y se quedó a vivir en Sùri-el, hacía ya casi diez. Había contemplado el crecimiento de Kel'tion, y al observar que al joven no le acababan de gustar las costumbres exoditas, le había entrenado en el uso del rifle largo y de los cuchillos. Yvsail no sabía todavía si agradecérselo o reprocharle por ello.

     -¿Aún seguís preocupado por vuestro hijo, mi señor?

     Yvsail sonrió. Los ojos grises de Haros siempre lograban leer sus pensamientos, cosa que nadie más conseguía. Al ver que no contestaba, Haros siguió hablando.

     -¿Habéis tenido más de esos... sueños?

     La sonrisa del exodita se tornó en una mueca de disgusto. Llevaba unos días teniendo unas pesadillas en las que tan solo aparecía un ojo naranja, nada más. Un ojo naranja como el de su hijo. No se lo había contado a nadie, pero Haros lo había adivinado en seguida. Se lo había contado todo: los sueños, sus temores sobre lo que podía significar, sus miedos por lo que su hijo podría hacer... No sabía cómo ni por qué, pero  la idea de que Kel'tion de alguna manera le traicionara había cuajado rápidamente en su cabeza, y ahora no le dejaba en paz.

     -No. De todas maneras, da igual, Kel'tion es un buen muchacho y parece que poco a poco va dejándose amoldar. La rebeldía es algo bastante común entre los jóvenes, ¿cierto?

     -He entrenado a muchos jóvenes eldar y puedo afirmaros que sí, aunque siempre he sabido disciplinarlos bien. De todas maneras, cuando instruyo a Kel'tion él obedece sin rechistar y cumple todo lo que le mando. ¿Os ha dado algún problema ultimamente?

     -Ninguno en especial. Ya sabes que se niega a dejarse el pelo largo, dice que sería una molestia para sus prácticas diarias. ¡Pero si ni siquiera quiere entrenar como un caballero, maldición! Y... ahora que lo decís...

     Yvsail miró con recelo al mentón de Haros, dotado de una cuidada perilla gris salpicada de canas que parecían copos de nieve. Descartó la idea al momento. Las fechas ni siquiera coincidían.

     -Ultimamente le ha salido algo de vello facial, negro como su pelo. Soy consciente de que una gran parte de nuestros antepasados se unió con los humanos. Dicen que el propio Kal'teion era medio humano, pero no deja de ser extraño. El último al que vi poseer vello facial en nuestra familia fue mi tatarabuelo, y tenía una decimosexta parte de sangre humana.

     De repente, Haros soltó una carcajada.

     -Perdonad el comentario, mi señor, pero... ¿Acaso hay algo corriente en vuestro hijo? Es un muchacho excepcional, y en mi opinión no debéis preocuparos por él. Será un gran heredero, y antes de eso, estoy seguro de que será capaz de parar las contiendas.

     Las contiendas. Con sus preocupaciones paternas, Yvsail se había olvidado completamente por unos minutos de que en la otra punta del planeta, una pequeña tribu orka que se creía recluida en las montañas había comenzado a expandirse y atacar poblados exoditas. Los daños no habían sido graves, pero habían muerto unos pocos y los informes decían que los orkos contaban con una tecnología primitiva pero más avanzada que quince años antes, durante la última guerra. Estas pequeñas escaramuzas habían hecho protestar a varios jefes de otros clanes exoditas, que resaltaban el poco cuidado de Yvsail y lo mal que ejercía su cargo, intentando minar su confianza para ascender ellos mismos en el escalafón social. Tenía pararlos lo antes posible para minimizar daños, y a Yvsail se le ocurrió una idea para solucionar los problemas y mejorar su situación general.

     -Haros, ¿progresa adecuadamente con el rifle?

     -Comprobadlo usted mismo, mi señor.

     El joven llevaba un rato acercándose, y cuando llego junto a su padre inclinó la cabeza.

     -Buen día, padre. Maestro Haros, ¡observad cuanto he progresado! Hoy he sido capaz de acertar todos los disparos en puntos vitales, o donde dejar incapacitado al enemigo.

     -Bien hecho, muchacho. Siempre he dicho que tienes un don especial para el rifle, pero deberías tirar contra dianas en forma de bestias. De esa forma estarías practicando algo que harás en el futuro.

     -No, Haros -interrumpió Yvsail la conversación alumno-maestro, sorprendiendo a ambos -. Kel'tion, ¿conoces los puntos vitales de los orkos?

     -Por supuesto, Haros me ha enseñado sobre todas las razas que conoce. Oh... ¿estáis sugiriendo...?

     -Dices que no quieres combatir a dragón con lanza, pero si llevaras tu rifle largo no tendrías problema en diezmar al enemigo, ¿cierto? Tengo planeado que comandes una expedición de castigo contra los pieles verdes. Si no me equivoco, también has sido entrenado en tácticas de infiltración. No sé si las necesitarás con esos estúpidos orkos, pero puede ser una buena oportunidad de ponerlas en práctica.

    La cara del muchacho se iluminó y su boca se torció en una cruel sonrisa de diversión ante la perspectiva de emplear sus habilidades en un combate real por primera vez. Pero no duró mucho, porque su sonrisá se torció y preguntó:

     -¿Cuánta gente comandaré? Imagino que irán todos armados con lanzas y montando en dragones, ¿no?

     -Efectivamente, y serán unos veinte. Las fuerzas orkas se estiman en mil, pero solo tenemos información sobre un ataque, así que el numero real podría ser superior.

     -Puedo hacerlo solo. No necesito a gente estorbando.

     -No puedes hacerlo solo, y no estorbarán, estarán allí para protegerte.

     -Más bien tendré que protegerlos yo a ellos, estás poniendo sus vidas en mis manos.

     -¡Pues claro! De eso se trata ser un gobernante.

     -Yo no quiero ser un gobernante.

     La vena en la sien de Yvsail se marcó durante unos segundos, antes de que tomara aire y dijera relajadamente:

    -No importa lo que tu quieras, soy tu padre y señor y debes obedecerme. Acatarás mis órdenes y punto. ¿Cuando estarás listo para salir?

    -Ahora mismo.

    -Mañana por la mañana saldréis. Calculo que tardaréis un mes en ir y volver. Imlhar te dará la información que necesites, consejos y tácticas. No te olvides de hablar con él.

    -Tranquilo, tengo toda la tarde libre.

    -Tienes clase de lanz... da igual. Buena suerte, hijo.

    Kel'tion asintió y volvió adentro del alamacén de armas. Yvsail suspiró y siguió contemplando al cielo despejado, con un silencioso Haros a su lado.

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Un viento cálido soplaba en el bosquecillo situado en la colina, en el cual el grupo exodita se refugiaba. Kel'tion iba vestido con un sencillo traje hecho con piel de un pequeño dragón hervíboro, que estaba recubierto de hierba pegada en él para complementar el camuflaje que le daba su tono verdáceo. Llevaba también una capucha y una prenda para taparse la cara excepto los ojos, lo cual lo hacía prácticamente invisible a largas distancias. El resto de exoditas, sin embargo, estaban vestidos con túnicas cortas altamente ornamentadas y armaduras de placas de dragón, que aunque resistentes eran más decorativas que prácticas.

    Kel'tion observaba desde lo alto de un árbol la base orka con sus prismáticos, regalo de un viajero a su padre años atrás, y que ahora llevaba él. Los orkos se habían asentado al pie de una montaña y no hacían esfuerzos para ocultarse: estaban todos festejando a su salvaje manera dentro de unas toscas murallas de madera. Estimó que serían unos trescientos, con lo cual debía haber más en otras guaridas. Se ocuparían de ellos en cuanto acabaran con esos, repitiendo el plan que se había forjado en su mente si salía bien. Bajó del árbol y de entre los arbustos surgió Shiloc, el cabecilla por debajo de Kel'tion.

    -¿Ya has diseñado tu plan?

    -Por supuesto, ¿quieres oírlo? Bueno, debes oírlo.

    -Habla ya, por favor.

    -Está bien, no imaginaba que tendrías tanta ilusión por escucharlo -dijo con una sonrisa divertida-. Pensaba matar al cabecilla de un solo disparo y dejar que los orkos se maten entre ellos, pero como sé que a vosotros los caballeros os gusta mucho luchar, bajaréis allí e iniciaréis una carga cuando yo os lo indique. La señal será... Bueno, pon a un vigía a observar ese poste de color rojo -Kel'tion señaló a un pequeño poste de las murallas, en la lejanía-, ¿lo ves? Cuando debáis atacar lo dispararé, ¿de acuerdo? Calcula que tardará unos veinte minutos.

    -Me parece una complicación innecesaria. Podemos estar situados en posición de cargar dentro de cinco minutos, ¿por qué esperar veinte? Además, los orkos son demasiados como para enfrentarlos en una carga directa, sería mejor hacer pequeñas incursiones por los flancos de la línea orka.

    -¿Pero me has escuchado? Voy a eliminar al jefe orko para que el resto de pielesverdes se peleen entre ellos, como hacen siempre que no hay otro enemigo a la vista. Vosotros esperaréis ocultos a que se diezmen entre ellos y cargaréis cuando menos se lo esperen. Además contaréis con mi apoyo, aunque consigan organizarse, formar una línea, ¿me estás diciendo que no podéis matar entre veinte a trescientos orkos de nada? Por favor, os tocan quince a cada uno, sin contar los que mate yo y los que se maten entre ellos.

    Shiloc gruñó, sabedor de que tenía razón, pero sonrió al observar que quién los comandaba era astuto aunque no se atreviera a luchar cuerpo a cuerpo. Asintió y volvió al bosquecillo, donde el resto de exoditas esperaba junto con sus monturas. Kel'tion empezó a colocar su rifle y apuntar al orko más grande y engalanado del grupo y acarició el gatillo mientras contaba. Uno, dos, tres... así hasta trescientos. Entonces disparó.

    La bala surcó los cielos a una velocidad imposible para acabar atravesando la cabeza del orko por el ojo derecho. El pielverde perdió el cuerpo de cuello para arriba, y cayó al suelo. El resto de orkos tardaron en darse cuenta de ello, pues habían puesto a combatir a dos gretchins y estaban animándolos. Sólo cuando uno de los pequeños bichos arrancó el cuello al otro de un mordisco, acabando con su vida, se dieron cuenta de que su líder yacía sin vida y sin cabeza en el verde suelo. Un orko pegó un puñetazo a otro y a los pocos segundos sonó el primer akribillador.

    Cuando hubieron pasado diez minutos, Kel'tion calculaba que habían muerto un centenar de orkos. En ese momento apuntó al poste rojo y de otro certero disparo, lo hizo estallar en pedazos. Eso alertó a un gretchin vigía que había preferido apartarse de la contienda, y que empezó a avisar a gritos a otros gretchins para que alertaran a los orkos y abrieran las puertas. Solo unos pocos orkos se enteraron de que a lo lejos, una carga exodita se acercaba a una velocidad considerable. Cuando abrieron las puertas, no más de veinte orkos salieron. Kel'tion fue disparándoles, matando a un cuarto del total antes de que la primera lanza exodita atravesara a un pielverde.

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-¿Ves como no ha sido tan difícil?

    La base orka olía a sangre y a piel y hierba quemadas. Todos los pielverdes habían muerto, habiendo contado los exploradores doscientos treinta cadáveres, casi cien extremidades esparcidas y varias pilas disformes y chamuscadas. Los orkos habían sido masacrados hasta que uno de los xenos cogió un lanzallamas; consiguió matar a un exodita y herir a otros dos antes de que una bala de francotirador impactara en su depósito de combustible, provocando una explosión que mató a otros tantos orkos y cegó momentáneamente a todos los que estaban mirando en esa dirección. El recuento final eran cero pieles verdes y diecinueve exoditas, cuatro de ellos con heridas ligeras y otro con un brazo roto.

    -No demasiado -Shiloc sonreía tímidamente mientras se vendaba un pequeño corte en la pierna, fruto de un mordisco de garrapato-. He matado a catorce. ¿Cuántos te has anotado tú?

    Kel'tion sonrió mientras estiraba perezosamente los brazos por encima de los hombros. Dio unas palmadas a la culata de su rifle y habló con voz clara para que le oyeran todos los exoditas.

    -He perdido la cuenta en el número sesenta y tres -ensanchó su sonrisa al ver la expresión de incrédula indiferencia de Shiloc-. Es broma, por supuesto. Nunca pierdo la cuenta. Setenta y ocho.

    Al ver que lo decía en serio, la expresión de Shiloc no cambió apreciablemente, pero en sus ojos ahora se reflejaba una vaga admiración.

    -Tu padre no se equivocó al elegirte como comandante. Serás un buen líder en el futuro.

    -Bueno, el futuro aún queda lejos. Ahora mismo prefiero centrarme en el presente. Como nuestro siguiente paso.

    -¿Cuál será? ¿Volver a casa y avisar de que hemos acabado con ellos?

    La sonrisa del joven disminuyó hasta convertirse en una especie de mueca, y esta vez habló con un tono amargo.

     -Ni hablar. Sabes que no hemos acabado con ellos y no pienso volver con el trabajo a medio hacer. Si volvemos, esos asquerosos xenos se reorganizarán y tal vez aumenten las ofensivas. Hay que arrancar el problema de raíz.

    -Pero no sabemos cuántos quedan, ni dónde están... Podríamos tardar meses.

    La cara de Kel'tion volvió a mostrar su alegre sonrisa.

    -En ese caso, lo mejor será comenzar lo más pronto posible. ¿No te parece?

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El asombro de Yvsail se podía apreciar en su expresión, algo poco común en su raza. Contemplaba atónito los puntos que su hijo le iba señalando en el mapa: no tenía ni idea de que hubieran tantos orkos en su planeta.

    Y Kel'tion...

    En vez del mes que se planeaba que pasaran fuera, habían tardado casi cuatro meses en volver. Habían avisado de su posible retraso una semana después de la fecha establecida para su vuelta, pero a pesar de su considerable enfado, Yvsail no podía menos que sentirse admirado por su hijo.

    Según le contaba, le había resultado muy fácil encontrar el resto de campamentos a partir del primero. Los orkos se ocultaban bastante mal y era muy fácil emboscarlos. Por si fuera poco, mientras viajaban de una base a otra, se iban reabasteciendo de lo que encotraban en la naturaleza y también visitaban otras poblaciones: Kel'tion, con su labia y su derecho de nacimiento, había predicado la cruzada particular de su padre contra los orkos por el bien del planeta allá donde había ido. Esto había resultado en que a los veinte caballeros iniciales se les sumaran tantos que a su vuelta, y contando siete muertos exoditas, al castillo regresaran cincuenta y cuatro guerreros, con bautismo de sangre incluido. Cincuenta y cuatro guerreros que además ahora sabían sobrevivir en la naturaleza, y que al haber puesto a prueba sus habilidades eran ahora prácticamente los soldados más curtidos del planeta. De un solo plumazo, el hijo del gobernante había eliminado la amenaza de los orkos, apaciguado a los nobles y entrenado a un pequeño ejército. Además, si los nobles rivales se intentaban rebelar, Yvsail podía usar a sus hijos como rehenes    -cosa que no sería necesaria, puesto que la mayoría de los jóvenes se habían unido al grupo contra la voluntad de sus padres-. En cuatro meses su hijo había hecho más que sus propios ministros en cuatro lustros, y eso no era algo que debiera tomarse a la ligera.

    -¿Padre?

   La voz calmada de Kel'tion le hizo salir de su ensimismamiento. Los ojos de su hijo le observaban; casí diría que se podía apreciar un pequeño matiz de preocupación en ellos. Lo cierto era que la tensión de los últimos meses le había impedido comer y descansar adecuadamente, y su rostro parecía reflejar más años de lo habitual.

    -Hijo, perdona que te interrumpa. Me has prestado un servicio que dudo mucho poder terminar de pagar en toda mi vida. Has demostrado tus dotes de liderazgo, tu cabeza fría y tu destreza militar. Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

    Esperaba una burla de cualquier tipo para relajar la tensión, esas que solía soltar su hijo a menudo. Lo único que obtuvo fue un desvío de mirada y un aspecto nervioso por parte de Kel'tion.

    -Sobre lo del liderazgo... No creo que esté capacitado para ello -Yvsail iba a interrumpirlo cuando su hijo alzó la mano, impidiéndoselo-. No obstante, podemos comprobar que yo soy mucho más adecuado que esos estúpidos ministros tuyos y todos esos nobles que te hacen la pelota -sonrió mientras decía esto-. No pienso dejar nuestro hermoso planeta en sus manos, pero solo te pido una cosa. Dame algo de tiempo y libertad para viajar por mi cuenta.

    Esta petición extrañó a Yvsail, que ya había asumido que su hijo se negaría a ser su sucesor. Invadido de un nuevo gozo, su cara pareció rejuvenecer diez años de golpe con su sonrisa.

    -¡Por supuesto! Viaja, conoce el planeta que en un futuro liderarás. Es una petición sencilla comparada con lo que has hecho.

    Kel'tion bajó la mirada y pareció sonrojarse un poco. Jugueteaba con los dedos de sus manos, nervioso de nuevo.

    -No me has comprendido exactamente... Quiero viajar por el espacio.

    Eso era algo muy diferente a viajar por el planeta. En este último, Yvsail gobernaba y tan solo la reputación y nombre de Kel'tion le protegerían de cualquier peligro que no incluyera la naturaleza. Sin embargo, en el espacio eso significaba bien poco.

    -Bueno... Lo cierto es que tu petición es razonable. Creo que hablar con Haros será lo más adecuado para ello.

    El rostro de Kel'tion se iluminó y una sonrisa sincera afloró en sus labios. Inesperadamente, dio un abrazo a su padre. Entonces salió de la habitación sin más demora; se dirigía indudablemente a los aposentos de Haros. Yvsail contempló como se marchaba su hijo por el largo pasillo y soltó un suspiro que expresaba resignación, alegría y alivio a partes iguales. Su hijo se marcharía en breve, esta vez para quién sabe cuanto tiempo. Sin embargo, ahora sabía que volvería.

    Recordó el sueño que había tenido esa noche. El ojo naranja de siempre daba paso a una imagen completa de Kel'tion, sentado en el trono que ahora ocupaba su padre. Esa mañana lo había interpretado como un posible intento de usurpación, pero ahora sabía lo que significaba.

   Por fin tenía descendencía. Su verdadero hijo había nacido ese día.

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Continuará en... Crónicas de Keltion: Peripecias Espaciales.