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Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Todos muertos. Todos y cada uno de ellos, muertos, sin ninguna salvedad, excepto yo. La suerte o tal vez el Emperador quiso que yo sobreviviese. Allí estaba yo, comprando unas cosas en la tienda de Luri cuando, sin previo aviso, llegaron esos malditos pandilleros a buscar lo que ellos llaman "suministros". Esos tipos venían de uno de los niveles más inferiores de la Colmena, así que eran gente peligrosa. La situación fue la siguiente: ellos llegaron montados en motocicletas, se bajaron de ellas y los quince se pusieron a disparar a matar. Yo en ese justo momento pude esconderme de esa masacre. Pasados unos segundos la nube de humo generada por los disparos, las motocicletas, el polvo levantado por los ahora muertos, fui tan estúpido de levantarme desde detrás de aquella caja de metal. Me levanté con las manos arriba y, temblando, con un sudor frío recorriéndome por todo mi cuerpo y con la voz temblorosa no se me ocurrió otra cosa que decir "¿Puedo unirme a vosotros?" En realidad deseaba que me aceptaran. Desde que era niño recuerdo en estar en ese orfanato lóbrego y olvidado por la luz del Emperador. Sabía que tarde o temprano iba a morir por alguna enfermedad que nos traería ese dios verde, gordo y malvado del Caos, así que no tenía opción. Era unirme a esos bastardos asesinos o morirme de asco (literalmente) en ese orfanato de mala muerte. Otra posibilidad era ser alistado en las fuerzas de la Guardia Imperial, pero ni soñando dejaría mi vida en manos de un Comisario. Serán todo lo valientes que puede ser un hombre, pero no dudan en matar a uno de sus subordinados.

Volviendo al tema, el que parecía ser el líder de esos malnacidos, un tipo gracioso, con un ojo tapado por un parche y la mano derecha implantada de forma quirúrgicamente sospechosa (tenía dos manos izquierdas), me dijo que sería admitido si acababa con un señor moribundo que se encontraba a mis pies.

- ¿De veras tengo que hacerlo? - dije, sin saber que podrían haberme matado por contestar de esa manera.

- Pues tú verás - me contestó -. Toma ¡Julio, dale tu pistola!

Total, que cogí la pistola de ese tal Julio y entre lágrimas mías y de ese hombre inocente, acabé con su vida. No recuerdo una muerte que me hubiera costado tanto llevar acabo.

- Muchachos, cojamos todo lo que podamos y vayámonos. Oliver, llévate en tu moto al nuevo chico. Muchacho, lo has hecho bien, haz lo que te sirva para sobrevivir. Ah, puedes quedarte con la pistola de Julio.

Y desde ese momento la vida no sería igual que cuando la conocí. Nada sería lo mismo, nunca lloraría por matar a nadie.

Cuando llegué a la guarida de esos tíos, de los que yo ya era integrante, el jefe (mi jefe) se paró a hablar conmigo.

- Bueno chaval, tenemos que conocernos, ¿cómo te llamas?

- Me llamo Víctor Sullivan - mentí.

- Pues vale, te llamaré Alfarius, por ser el último en ser encontrado.

El muy idiota no quería saber mi nombre en realidad. De todas formas me daba igual cómo me llamasen.

La guarida era muy grande. En ella vivíamos unos setenta hombres. A mí me tocó dormir en una habitación cochambrosa. Recuerdo que casi me mató una viga cuando estaba durmiendo (¿o es dormiendo?) y me di un susto de muerte. Al levantarme el jefe estaba pasando por el pasillo anunciando que ya que estábamos bien equipados iríamos a por los Traston. Poco después supe que los Traston eran una banda rival. Por lo que se ve la vida en los niveles inferiores es muy dura y difícil. Dejando las opiniones a un lado, una hora después de levantarme estaba vestido y armado con mi nueva pistola de fabricación marciana (o al menos es lo que dice Julio). Sin haber disparado nada más que para matar a aquel señor, iba a marchar a la batalla. Media hora después ya íbamos en dirección al Sector Dante en busca de nuestros adversarios. Dejamos las motocicletas y caminamos por esas malolientes calles hasta dar con un edificio más grande de lo normal. Era grande, peo no alto y tenía un aire de superioridad con los edificios de alrededor. Unos segundos después de ver esa estructura alguien gritó y nos lanzamos corriendo hacia el edificio. Los pocos guardias que estaban alerta intentaron en vano avisar a sus compañeros. Habíamos tomado la planta baja en cuestión de segundos, pero ir subiendo pisos era otra cosa. Según el jefe teníamos unos 20 minutos para escapar sin que los Arbites nos molestaran demasiado. Pasados unos cinco minutos ya teníamos la mitad del edificio en nuestro poder. El jefe estaba a mi lado y luchaba de una manera increíble. Tenía una Pistola Bólter de un tamaño descomunal. Parecía ser de Catachán o incluso uno de los Marines Espaciales. Por lo que a mí respecta, eso me parecía una leyenda porque no pueden existir unos seres humanos tan grandiosos y fuertes. Pero volviendo al tema, seguíamos avanzando y cuando quedaban dos plantas para llegar al final y quedarnos con el botín aparecieron los Arbites y los que se encontraban en la base del edificio para avisarnos huyeron. Los que quedábamos dentro, no teníamos más remedio que rendirnos. Nos rendimos todos y cada uno de nosotros, excepto el jefe. Rodeado de Arbites apuntándole, gritó sus últimas palabras:

- Pero ¿qué hacéis? ¡Atacad inmediatamente a esos perros inmundos!

Nosotros, con las cabezas agachadas y las manos esposadas, no nos atrevíamos a soltar una palabra.

- ¡Vamos, nosotros podemos con ellos!

Sin previo aviso lanzó unas descargas de Bólter y mató a unos 3 Arbites y a un compañero. Los otros 2 Arbites se lanzaron a por él con sus armas cuerpo a cuerpo (no recuerdo muy bien qué armas tenían). Pero el jefe tenía su arma secreta. Sin balas para el Bólter se cogió su mano izquierda (la original) y la estrechó con la otra como si se estuviera saludando. Giró la mano y se oyó un "clic",como si se estuviera abriendo una puerta con una llave. Tiró de su mano y el condenado sacó ¡UNA ESPADA! Si, el tío tenía una espada cuyo mango era su mano apretada a la otra y su vaina era su propio antebrazo. Y el tío se desenvolvía bastante bien con ella. Hirió a un Arbites y fue el otro quien lo redujo. No se si le clavó un cuchillo o le pegó con una porra en la cabeza; el caso es que estaba inmóvil, que era lo que ellos querían.

Al final del conflicto sólo quedamos treinta miembros de la banda. Fuera del edificio, los doce Arbites que quedaban en total nos hicieron formar filas. A los cinco minutos de estar en 3 líneas de diez hombres cada una (no es justo decir eso, también había mujeres) llegó un comisario de la Guardia Imperial. Tras presentarse al Comisario, uno de los Arbites nos dijo:

- Escuchad al Comisario Thompson.

Y eso hicimos, más que nada porque no teníamos nada más que hacer.

- Primero me presentaré. Soy Herald Thompson, Comisario del Regimiento Decimoctavo de Gravania III y tengo una propuesta que haceros. Podéis uniros a la gloriosa Guardia Imperial y defender al Imperio del mal, o podéis morir aquí y ahora. Tenéis diez segundos para decidirlo. El que decida unirse que levante la mano y se quede quieto con la mano levantada.

La verdad es que no me apetecía formar parte de esos idiotas uniformados, pero tampoco morir en unos suburbios de una Ciudad Colmena. Fui el primero y el único en levantar la mano.

Parte primera: Bautizo de fuego, sangre orkaEditar

En el cuartelEditar

No tengo ni idea de qué les pasó a esos pobres diablos. Seguramente estén muertos pero en realidad no me importa. Parece increíble que en un solo día hubiesen pasado tantas cosas pero así era. En 24 horas me había convertido en pandillero y ahora en recluta. Al ser el único que se unió al ejército, el Comisario le dijo a los Arbites que él mismo me llevaría en su vehículo hacia el campo de entrenamiento. Y así lo hizo. Mientras nos dirigíamos al cuartel mantuvimos una conversación bastante agradable. Por lo que parece los Comisarios no son tan malos como los pintan. - Bueno, ¿cómo te llamas? - me preguntó mientras yo mantenía la cabeza agachada.

- Mi... Mi nombre es David Carter, señor - le mentí, sin dejar de mirar al suelo.

- No seas tímido y dime, no sé, de dónde vienes, por qué te uniste a esa banda de maleantes y todo eso.

- Pues bueno, vengo de un orfanato en el cuadrante cincuenta y cuatro. Mi padre murió en la última guerra de Armaggedon y mi madre poco después de una enfermedad, así que me acogieron en el orfanato. Y me uní a esa banda porque no tuve más remedio.

- Bah, no te preocupes por eso, todos tenemos errores pasados y el único que puede juzgarte es el Emperador. Por ahora preocúpate del presente y luego ya veremos.

Cuando llegamos a la puerta del cuartel me bajó del vehículo y me dijo que no le contara a nadie por qué me voy a alistar y que ya nos veríamos más tarde.

Al llegar al cuartel, no vi nada del otro mundo. Unos cuantos edificios, un muro bastante alto en el perímetro y poco más. Después de dar unos pasos por allí me encontré con un pelotón de unos nueve hombres y lo que parecía ser un sargento dando órdenes de que fuesen más rápido.

Al llegar al edificio principal, un hombre me preguntó mi nombre (falso) y mi edad (también falsa). Me dio un uniforme de recluta y unas botas.

- Dirígete hacia el pabellón siete, quinta sala - me dijo ese hombre con mala educación y una verruga en la nariz.

Después de una media hora buscando el maldito pabellón siete por fin llegué. Era un lugar sobrio, al igual que por fuera, excepto por los pósteres que decían cosas como "Da la vida por el Emperador" y demás cosas motivadoras. Cuando entré a la sala cinco esperaba que sería un lugar lleno de soldados musculosos, fuertes y disciplinados. Craso error. Eran unos ocho tipos jugando a las cartas y tirando papelitos en las papeleras desde distancias más bien ridículas. Cuando entré el que estaba más cerca me miró, dejó su cigarro y su mano de cartas y me habló.

- Bienvenido al escuadrón número setenta y tres del Decimoctavo Regimiento de Gravania III. Pon tus cosas en esa cama y ponte firme, esto no es ninguna broma.

Así que hice lo que me ordenó. Estaba en la Guardia Imperial, el Martillo del Emperador, y no podía desobedecer o me ganaba un disparo en la cabeza. Cuando dejé mis botas en la cama todos y cada uno de los integrantes del pelotón se empezaron a reírse de mí.

- Ahora, debes hacer cincuenta flexiones en un minuto - dijo el que parecía ser el sargento del pelotón.

- Vamos no seas así Mark, tú seguro que también fuiste novato - dijo otro que jugaba a las cartas.

- La verdad es que sí, bueno, dejémoslo, ¿cuál es tu nombre?- me preguntó el sargento fiestero.

- Me llamo David Carter, señor - resultaba raro que dijera un nombre falso dos veces seguidas, pero así fue.

- Vale, señor Rowlan, soy el sargento Alex Rowlan y tú eres el nuevo miembro de mi escuadrón. ¿Cómo diablos te han aceptado fuera del plazo anual de alistamiento? Bueno, déjalo. Oye, ¿sabes jugar al póker espacial?

- ¿Póquer espacial? - pregunté.

- Es como el póquer, pero con una baraja anti gravedad.

- Hombre, al póquer sí se jugar un poco.

Maldito idiota, ese póquer especial era con unas cartas que tenían imanes y pesaban más de la cuenta, nada hecho por los del Adeptus Mechanicus. Después de jugar dos horas y ganar bastante dinero (qué malos eran esos tíos) se presentó el mismo Comisario que me trajo a este lugar.

- ¿¡Qué pasa aquí Carter!? ¡No arméis tanto jaleo que los de al lado están haciendo estudio de táctica y no les dejáis estudiar!

- Lo siento, señor Comisario, no teníamos la intención de eso, estábamos recreando la Batalla de Terra.

-¿Crees que soy idiota?

- No señor, mire. Mark ayúdame, me va a matar un demonio de Khorne.

- ¡RATATATATATA!

- Gracias Mark, ahora defendamos al señor Sanguinius en su lucha contra esa bestia alada.

- ¿Lo ve comisario? - dijo ante mi mirada atónita, que no podía creer lo que estaba viendo.

- Vale, pero que no se repita. Cambiando de tema, parece que tenéis a un nuevo soldado. Me gustaría hablar con él a solas, así que todos fuera.

En cuanto se fueron todos, el Comisario cerró la puerta y me habló con un tono totalmente distinto al que le dirigió al sargento.

- Esos idiotas, se creen que uno es tonto. Alex, te han metido en el peor pelotón que sirve al Emperador. Son una panda de imbéciles. Pero bueno, qué le vamos a hacer, están aquí voluntarios. Ah, tú empezarás tu entrenamiento con el sargento Carter mañana por la mañana. Por tu bien espero que te entrene como es debido, más que todo porque de tu entrenamiento depende tu vida.

Después de decir eso, se escucharon golpes contra las paredes y gritos. Cuando salió el Comisario vio lo que estaba pasando. Los de mi escuadrón se estaban peleando con los de al lado. Es increíble lo irascibles que eran esos tíos. Al acabar la trifulca gracias al Comisario, los pelotones fueron enviados a sus salas respectivas. Allí nos fuimos a dormir.

El entrenamiento del sargento fiesteroEditar

Me levanté hacia el medio día y aún estaban todos y cada uno de los miembros del escuadrón roncando como Orkos. Los altavoces se pusieron en funcionamiento y desde ellos una voz de señor de setenta años con resaca contaba que era hora de comer. Me puse mi nuevo uniforme (en realidad no era nuevo, estaba descosido y con parches) y me marché al comedor. Eso era lo que esperaba de un cuartel. Todos sentados, en silencio y comiendo al unísono. Me senté en una mesa con tres tíos de un escuadrón de artillería y nos pusimos a hablar. Por lo visto en este cuartel todos somos pobretones sin recursos. Pasados unos diez minutos, mi pelotón hizo acto de presencia. Crearon un alboroto tan grande que parecía que una nave había aterrizado en la mesa de al lado de la mía. - Maldita sea, otra vez sopa sin fideos. Los superiores no se ganan el sueldo. Roberto, tráeme un trozo de carne.

- No hay, David, nos tendremos que conformar con esto.

- Mira, aquí está el nuevo - dijo el sargento señalándome -. A la hora de la merienda empezaremos el entrenamiento, así que prepárate.

- ¡Señor, sí, señor! - grité, entre el ruido que ocasionaban mis compañeros.

Todo fue según lo previsto. A las cinco y cuarto (cabe señalar que quedamos a las cinco en punto) llegó el sargento con una pistola, un cuchillo y un rifle láser.

- Bueno, por fin vas a ser entrenado. El primer paso es... Esto... Sí, ya se, el primer paso es saber disparar. ¿Sabes disparar?

- Pues claro, sólo hay que apretar el gatillo.

- Pues vale, el segundo paso es... Atacar con un cuchillo, ¿lo sabes usar?

- Creo que sí, señor.

- Bravo, ahora recarga el rifle.

Después de unos pocos segundos lo recargué sin problema.

- Enhorabuena, ya sabes todo lo que hay que saber para ser un buen Guardia Imperial.

A las cinco y media mi entrenamiento básico (y probablemente avanzado) había terminado. El sargento me había propuesto unirme a su equipo para un partido de "fútbol espacial", que era igual que el fútbol pero con la diferencia de que tanto la pelota como las porterías brillaban en la oscuridad. Cada vez me caían peor estos tíos, pero eran mi pelotón y tenía que aguantarlos. Al caer la noche nos fuimos a las duchas, y desde allí a la habitación. Al día siguiente descubrí una nueva afición, tocar la armónica, o como la llamaba el pelotón, la "armónica espacial", porque tenía una estrella en la parte superior izquierda. Por la tarde estudiaba las tácticas usadas en diversas batallas junto con los del escuadrón de al lado. En el pelotón número setenta y dos descubrí que tenía mucho en común con el tipo que llevaba las comunicaciones en el pelotón. Ambos estuvimos en el mismo orfanato y nuestros padres murieron en la batalla.

Y así fueron pasando los días. No lo recuerdo muy bien, pero pasarían unos seis meses hasta que por fin entraríamos en acción. En un día, recuerdo que estaba lloviendo, el Comisario nos convocó a todos y cada uno de nosotros en el patio principal. Allí estábamos, todo el Regimiento. Nunca había visto tantos hombres juntos. Esta vez si estaba mi escuadrón comportándose de forma correcta, con sus uniformes planchados, lavados, etc. Estábamos todos en fila para escuchar al Jefe del Regimieno. Por fin se dirigió a nosotros desde ese estrado el Coronel del regimiento, un tal Johannes Claust.

-En principio, buenos días a todos. Os he conocido aquí para haceros saber que dentro de dos días embarcaremos en las naves y nos dirigiremos a Gravania VI, un mundo agrícola, que, sin previo aviso ha ocurrido allí una serie de invasiones por parte de los orkos. Recibiremos apoyo tanto del tercer regimiento como del séptimo regimiento mecanizado de Gravania II. De esos dos días, el primero tenéis permiso para salir del cuartel, visitar a la familia y cosas así. El segundo será para dar las órdenes a seguir en cada escuadrón y seréis conocedores de las órdenes de desembarco. Eso es todo.

Así que nos pusimos en marcha para preparar el equipo. Todo mi pelotón nos fuimos a la habitación para "prepararnos".

-Sargento -Dije. -Tenemos que preparar las estrategias a seguir en los planes de actuación diversos.

-Si, si. Ya lo haremos mañana. Hoy tenemos que irnos de fiesta para celebrar nuestra victoria.

-Pero señor, lo de planear la estrategia del escuadrón está en el artículo cincuenta en el tercer párrafo de la actuación de la cadena de mando.

-¿Eso en qué libro lo pone?

-En el Decreto de Batalla, el libro que deben leerse todos los soldados de la Guardia Imperial.

-Pues no me suena ese nombre.

-Es ese libro que está debajo de la mesa en la que jugamos al póquer espacial para que no esté coja- Dijo Mark

-Ah vale, ya se cual es. Buen trabajo Mark, te has ganado una medalla al servicio prestado.

Maldita panda de imbéciles. En este tiempo me he convertido en una rata de biblioteca, lo sé pero no quiero morir a manos de un orko apestoso por culpa de mis compañeros de escuadrón.

Los preparativos para la batallaEditar

Al día siguiente, me desperté y vi que no había nadie en la habitación. Por un momento pensé que los demás se habían ido sin mi. Me puse el uniforme, las botas, me afeité corriendo y me marché a la zona de embarco. Al salir del pabellón me encontré con todo mi escuadrón viniendo de algún bar con una resaca increíble. Todos venían mirando al suelo, con alguna mano en la cabeza y alguno que otro vomitó en el camino de vuelta al pabellón. Mientras tanto se veía a un teniente con un megáfono acercándose a ellos. Se le veían las intenciones desde lejos. -¡¡Vamos arriba muchachos. Tenemos que ganar una guerra!!- Gritó el teniente al megáfono mientras los miembros de mi escuadrón se retorcían de dolor.

-Ya vamos señor.- Susurró Durio.

Total, que se fueron para la habitación a prepararse mientras yo desayunaba una naranja (no muy buena) A las once y pico me reuní con ellos en la habitación estaban preparados para marcharse. A las una en punto llegaron las naves para llevarnos a ese mundo de paletos y orkos. A nosotros nos tocó unirnos al pelotón de míster megáfono. Seríamos un pelotón de asalto. Maldita sea, he tenido un cuarto de hora de entrenamiento y me piden que esté en primera línea defendiendo a esos pueblerinos, pero que le vamos a hacer.

A las dos y media abandonamos la órbita del planeta, todo muy bonito, un planeta marrón como la naranja que me comí (si, estaba marrón) y nos unimos a la flota junto con los del mecanizado y los de no sé donde más. Eran tres días de viaje y no teníamos nada que hacer, salvo claro, jugar al "póquer espacial" y a tirar papelitos. Lo bueno es que había zonas de tiro y aproveché para afinar la puntería. Maldita sea, estaba aburrido del todo. Me dediqué a dar vueltas por los pasillos de la nave sin nada que hacer hasta que me encontré con Lewis, el cabo del escuadrón de la habitación que estaba enfrente de la nuestra. Era un tipo bajito, con una leve (grave) bizquera y que llevaría un lanzallamas (no sé cómo le pueden dar a ese tipo un arma tan dañina) y estuvimos un rato hablando hasta que vino el comisario.

-Hola, me alegra que os encuentre ¿vosotros sois del pelotón de asalto?- Dijo el comisario

-Si,señor.- Le contesté.

-Pues tenéis que decirle a vuestro coronel que debéis ir a la nave del regimiento mecanizado.

-¿Para qué señor?- Preguntó Lewis

-Pues la verdad es que no lo se. Bueno, me voy que tengo que rellenar papeleo.

-Adiós señor.- Contestamos al unísono.

-Pues bueno, vamos a buscar al teniente.

Buscamos por todos lados al dichoso teniente. Lo buscamos en las habitaciones, en las cocinas, en el almacén, en la santabárbara (lugar donde se guardan las armas y municiones), y casi nos da por buscarlo dentro de un motor. Cuando llevábamos una hora de búsqueda más o menos, nos fuimos a echar una meada y allí estaba el coronel, el muy gañán estaba con una de la escuadra táctica del regimiento haciendo, bueno, todos sabemos lo que estaban haciendo en el servicio los dos juntos. Cerramos la puerta rápidamente y esperamos a que los pobres acabaran de... revisar estrategias. Cuando salieron le dijimos al coronel lo que nos había comentado el comisario. En cuanto el teniente fue conocedor de la noticia, mientras se abrochaba el cinturón y se subía la bragueta nos dijo que comunicásemos a todo el pelotón que dentro de dos horas estaríamos en la zona de desembarco para trasladarnos a la nave del regimiento mecanizado. Buscar a los integrantes del pelotón fue más fácil que buscar al maldito teniente cachondo. En una hora estuvimos todos reunidos para marchar y, desde allí desembarcar y marchar hacia la victoria.

Al llegar a la nave del regimiento mecanizado, me quedé estupefacto. Había una cantidad de tanques, Sentines y tipos raros con cuatro brazos (dos de ellos de metal) que debían ser los del Adeptus Mechanicus. Al llegar nos recibió el comisario Diderot, un tío extraño con un bigote fino y cuyas puntas estaban rizadas hacia arriba. Nos pusimos en unas cinco filas de diez hombres cada una y el teniente saludó al comisario en nombre de todos.

-Os he convocado aquí para que seáis la punta de lanza de la ofensiva imperial sobre esos orkos. Nuestras valkirias son superiores y nuestras municiones más efectivas. No podemos perder demasiadas tropas de asalto, pues la experiencia acumulada en un ataque en primera línea es muy valiosa para los demás.

-Señor- Dijo el sargento de otro escuadrón. -Ninguno de nosotros hemos recibido entrenamiento de asalto.

-¿Y eso qué tiene que ver?- Dijo el comisario. -Ninguno de vosotros ha recibido entrenamiento de guerra. Nadie está lo suficientemente preparado para eso. Ahora coged vuestras cosas y preparaos para la batalla, en media hora salimos.

Nos dio el tiempo justo para colocarnos la armadura antifragmentación, el casco, que nos dieran las granadas y el rifle para empezar a correr hacia las Valkyrias. Cuando llegamos al hangar de las Valkyrias nos encontramos de nuevo con el comisario que nos dio la bienvenida.

-Estas son vuestras naves de desembarco. Os embarcaréis por escuadrones. El teniente irá en la escuadra con menos experiencia para suplir esa debilidad. Mientras llegáis al suelo, recibiréis la información de la misión.

Embarcamos y nos marchamos según lo previsto. Ese planeta no era como el nuestro. Era todo verde y azul. Era bastante más bonito que el nuestro.

El bautizo de fuegoEditar

Desembarcamos según lo previsto en una llanura inmensa. No había nada salvo hierba, hierba y más hierba. El teniente nos ordenó formar hacia el norte, y eso hicimos. Tras unas dos horas andando por fin vimos una ciudad. Por lo visto había una trifulca en ella, más que todo porque se veía una cantidad bastante grande de humo que salía de ella. Esa ciudad no era como la colmena, ni mucho menos. Por lo que parecía, su edificio más alto tendría cinco plantas, nada especial. Pero nuestro deber era limpiar aquello de esas bestias horripilantes y verdes, y debíamos cumplir con nuestro deber. -Caballeros.- Dijo el teniente dirigiéndose a todos. -Según el mapa entraremos por la zona este, la que tiene un acceso más fácil. Si todo sale bien, para dentro de tres horas nos recogerán y vendrán tropas de refresco.

Y eso hicimos. Bordeamos la ciudad saltando vallas que separaban los campos y con un olor a excrementos increíble (supongo que será eso que llaman abono), hasta que llegamos a su entrada. Bueno, llegamos la mitad. La otra mitad se había quedado en la entrada principal para formar lo que se denomina como "movimiento de pinza". Estábamos listos para entrar en acción.

Marchamos de fila de dos hacia el centro cuando el tipo que estaba delante mía recibió un disparo en el pecho. Corrimos a escondernos en cualquier lugar. Por lo visto eran una panda de orkos que se habían atrincherado en una terraza. El teniente ordenó a mi sargento que nos libráramos nosotros de ellos. El sargento, como novedad, obedeció. Marchamos hacia ese edificio. Esto me recordaba a aquella incursión en la colmena con los pandilleros. Avanzamos corriendo hacia la entrada, donde no había posibilidad de que nos dieran esos malditos. Pusimos una granada en la puerta (que obviamente estaba cerrada) y voló por los aires. Subimos por las escaleras hasta la terraza. Al vernos por la puerta, un orko se nos acercó corriendo para matarnos, pero conseguimos detenerlo concentrando los disparos. Cuando el orko de la ametralladora pesada se dio cuenta de que estábamos allí apuntó hacia nosotros. Nos escondimos detrás de la puerta para que no nos diese. Mientras tanto, el resto del pelotón avanzaba hacia un lugar más seguro. El orko se hartó de disparar hasta que se le acabaron las balas de esa maldita ametralladora y ordenó a los demás que se lanzaran a por nosotros. Nosotros retrocedimos bajando la escalera. Un orko con otra ametralladora más pequeña apareció metiendo rafagazos y antes de que pudiéramos detenerlo acabó con dos del pelotón. No me sentía muy apenado, la verdad. Bueno, que acabamos con ese y con otro que venía con un machete y sólo teníamos que matar al de la ametralladora sin balas. Fue fácil. Cuando nos asomamos por la terraza vimos lo que no esperábamos. Todos y cada uno de los nuestros muertos, y su asesino no aparecía por ningún lado. Queríamos informar al cuartel para recibir órdenes, ya que quedábamos ocho para tropecientos mil orkos, pero nadie tenía la radio, salvo los que llacían muertos en esa acera.

-Mark, Rowlan,- Nos dijo el sargento. -Venid conmigo, vamos a recuperar esas radios y, de paso, unos rifles en condiciones.

-Me pido la espada del teniente. -Saltó Mark.

-Pues vale, pero di que te la regaló el teniente cuando lleguemos al cuartel y nos den medallas.

Total, que nos marchamos hacia la calle mientras el resto del pelotón (y del escuadrón) nos ofrecía fuego de cobertura. Bajamos con mucho cuidado y, cuando salimos escuchamos una explosión y se cayó un casco de la terraza que cayó a mis pies. Miramos hacia arriba y descubrimos lo que pasó. Los malditos orkos habían colocado una bomba de relojería en la terraza. Maldita sea; sólo quedamos 3 de cincuenta. La cosa promete.

LLegar hasta las radios fue fácil. Lo difícil era manejarlas. Ninguno de los tres teníamos ni idea de cómo usarlas.

-Mark, ¿tú no arreglabas radios?- Le dijo el sargento

-Si, pero de las motocicletas ¿es que nunca escuchas?

-Mierda, en principio, vámonos de este sitio para averiguar cómo funcionan

-Pero señor, nos pueden fusilar por deserción.

-No vamos a desertar Rowlan, vamos a retirarnos momentáneamente.

Y eso hicimos. Nos retiramos hasta una pequeña casa abandonada a las afueras de la ciudad. Tardamos media hora para averiguar cómo diablos funcionaba ese trasto.

-Cuartel general, cuartel general, aquí el pelotón de asalto.- Habló el sargento, que tenía una voz más agradable.

-Aquí cuartel general, ¿qué pasa?

-Verá señor, sólo quedamos unos tres tíos y solicitamos órdenes.

-Espere, ¿quién es usted?

-Sargento Carter del escuadrón sesenta y tres del decimoctavo regimiento de Gravalia III.

-Vale, diríjase hacia el centro de la ciudad, a la plaza del Emperador y coloque una baliza para que los podamos eliminar ese sitio desde la órbita.

-Pero,¿eso no es una misión suicida?

-Esas son las órdenes. Cúmplalas para que el Imperio pueda vivir un día más.

Maldita sea, somos carne de cañón, no un pelotón de asalto. Esa era nuestra misión principal. Cincuenta hombres para colocar una puñetera baliza. En ese momento, la cara de mis compañeros, y supongo que la mía también se habían convertido en algo inexplicable. No éramos capaces de articular palabra. Nuestro deber era morir, ya lo sabíamos; pero no siendo señuelos. No tenemos tanta fe para que nos encomendaran esta misión. De repente el sargento respiró profundamente y dijo "debemos hacerlo". Después de eso, Mark y yo nos levantamos del suelo, cogimos nuestros rifles y marchamos hacia nuestro infame destino, ser bombardeados por Basiliks. La baliza era gigante, nada que podíamos imaginar. Tenía el tamaño de una mochila, no de una especie de bengala. Mark decidió llevarla.

Marchamos por las calles sin avistar a ningún orko, cuando, al cruzar una calle, alguien posó su arma en mi sien.

-¿Quiénes sois?- Preguntó ese ser, con una voz que no parecía la de un orko.

-Somos del decimoctavo regimiento de Gravalia III, venimos para liberar este mundo de la invasión orka- Dije, sin dejar de mirar al frente.

-Vale. Líar, Baja el arma. Ustedes, venid con nosotros.

Seguimos a esos dos tíos hasta un edificio ruinoso en las afueras, en la salida oeste. Una vez en el edificio, esos dos nos dirigieron hacia el sótano del edificio, donde habían otros tres hombres.

-Bienvenidos a la última casa habitada de Roila. Hace ya dos meses que nuestra ciudad, y prácticamente todo el mundo ha sido invadido por esos pielesverdes- Dijo el que parecía ser el cabecilla del grupo.

-¿Pielesverdes?- Preguntó Mark.

-Orkos ¿no señor Clandestino?- Dije yo.

-Correcto, señor sabiondo.- Me contestó, con una leve sonrisa.

-¿Y por qué nos han llevado hasta aquí?- Preguntó el sargento al señor clandestino. - Nos quedan sólo setenta y cuatro minutos para cumplir la misión.

-¿Cuál es vuestra misión?

-Es colocar una baliza en el centro de la ciudad para que ésta sea bombardeada eficientemente.

-Pero eso es una misión suicida. Todo esto está lleno de orkos, y el centro es su cuartel general. Le costaría bastante conquistarlo un regimiento, imagínate si vais vosotros tres. Otra cosa, ¿qué sois una escuadra de élite?

-Esto...si, eso es lo que somos. La élite de la élite de nuestro regimiento- Dijo el sargento, mintiendo, por supuesto.

-Pues vale señores élite. Nosotros podemos ayudarles si nos dejan coger unas cosillas de la ciudad antes de que sea bombardeada.

-Vale, me parece un trato justo. Todo por el Imperio.

-Y ahora, por favor, ¿serían tan amables de esperarnos en la puerta del edificio?

-Por supuesto- Dijo el sargento, haciendo uso de una educación increíble.

Tras unos cinco minutos esperando, escuchamos un ruido. Me dio por mirar en el callejón de al lado y vi algo increíble. Esos tipos tenían a su disposición un puñetero Baneblade.

-¿De dónde carajo habéis sacado eso?- Preguntó el sargento, mientras pensaba que se trataría de una alucinación.

-Sargento, en nuestro planeta había regimientos, en concreto dos.- Contestó el señor clandestino, desde la escotilla para salir. -Y ahora , si son tan amables, entren.

Una vez dentro del vehículo, el clandestino nos dio órdenes de colocarnos en nuestros puestos. A mí me tocó controlar la ametralladora frontal. Cuando arrancamos, nos sentíamos los jefes del mundo, montados en el orgullo de la Guardia Imperial, aunque claro, ni teníamos órdenes de conducirlo, ni los pilotos eran experimentados conductores de tanques forjados en mil y un combate. Pero algo es algo.

La bomba y la bestia Por esas calles de la ciudad infestada, nos creíamos los reyes. Una ráfaga de balas allí, un cañonazo allá hasta que nos encontramos con unos orkos que tenían cohetes. Eran unos 20 ó 30 más o menos. El Clandestino me dio orden de disparar a discreción, y así hice. Disparé a bocajarro, con la esperanza de que cuando parase , no quedara ningún orko vivo. Pero me equivoqué. Cuando dejé de disparar, quedaban unos siete en pie, y dispararon su cohetes. Yo, asustado, me agaché debajo de mi silla pero no ocurrió nada. -Deja de hacer el imbécil y ponte a disparar.- Dijo el Clandestino. -Esto está hecho para aguantar, no para salir volando con una brisa de viento.

-No sé como te admitieron en el regimiento. -Saltó el sargento, mientras yo pensaba cómo lo habían admitido a él.

Acabé con los orkos restantes y continuamos hacia nuestro destino. El Clandestino sabía perfectamente dónde ir. Giramos un par de calles sin encontrarnos una resistencia reseñable, hasta que llegamos a un Manofactorum donde se hacían refrigeradores industriales.

-¿Qué diablos hacemos aquí señor Clandestino?- Pregunté

-Muy sencillo, vamos a fabricar una bomba para hacerle el trabajo más cómodo a tus amigos de los bombardeos.

-¿Con unos puñeteros frigoríficos?

-Pues claro.

Bajaron del Baneblade todos exceptuándonos a mí y a ese tal Líar. Los demás fueron a saquear frigoríficos. Cuando estaba en el Baneblade, fue de esos momentos incómodos en los que impera el silencio.

-Y, bueno...¿A qué te dedicabas antes de ser... lo que sea que hagas?- Pregunté, para romper el hielo.

-Pues era mayorista. Vendía productos agrícolas a los mercados de la ciudad.

-Mmmm... Qué profesión más interesante. Yo desde siempre he sido soldado. Es mi primer trabajo y espero que no sea el último.

-Pues es muy curioso. Mi hermano también era soldado

-¿Y qué le pasó?

-Lo mataron esos orkos cuando atacaron la ciudad. Mi hermano luchó como un verdadero héroe. Según me contaron, murió mientras meaba en un servicio de un bar medio destruido.

-Vaya, que manera de morir, defendiendo la causa hasta el final.

-Te lo acabo de decir, murió meando, no defendiendo "la causa".- Por lo que se ve Liar no era una persona que captara la ironía muy rápido.

-Bueno, ¿qué planeáis hacer?

-Pues muy sencillo, pondremos una bomba en el sector 304/958 para crear la confusión y así poder entrar más fácilmente en el cuartel orko para que coloquéis vuestra baliza.

-¿El sector 304/958?¿Por qué allí?

-Pues porque allí hay una gran destilería de alcohol, y los orkos al oler ese olor se acercarán a ver qué es lo que pasa, dejando así sus puestos de guardia.

-Bastante bueno, ¿cuándo lo habéis planeado?

-Pues lo ha planeado el jefe mientras nos dirigíamos a la guarida con vosotros.

-¿En ese rato? Joder, qué listo es el jodido.

-Pues claro, por eso es el jefe

Pasados unos minutos, llegaron los demás con un gran amasijo de cables y cosas variadas. Menos mal, estaba ya harto de ese tipo con su asquerosa muletilla (si, ya sé, sé aparentar que me interesa una conversación bastante bien)

-Bueno, ya estamos todos, así que mientras que Ivonne y yo nos dedicamos hacer la bomba, vosotros vigilad fuera.- Ordenó el Clandestino.

Seguíamos vigilando, pero esta vez éramos más para hablar. Esta vez elegí de compañero a Mark, no era con quien me encontraba mejor pero era mejor que el míster pues (Líar). Lo extraño es que a las afueras no se escuchaba ruido de orkos, concretamente su característico Waaaaaagh!!! (no sé si me he comido alguna letra). Supongo que así es mejor pero, me gusta acribillarles con la metralleta del Baneblade. Parece que le estoy cogiendo gustillo a esto de matar y ver sangre.

Pasados unos minutos, salió el Clandestino e Ivonne del Baneblade con una cosa más o menos redonda, con cables alrededor y que soltaba un tonillo de vez en cuando. Según ellos esto era la bomba más brutal jamás construida (por lo que se ve estos pueblerinos son muy exagerados). Volvimos a subirnos al vehículo y ocupamos nuestros puestos. Nos tiramos una media hora en llegar a la destilería, lo extraño es que toda esa parte de las afueras estaba desierta. Cuando llegamos a la destilería, nada nuevo. Unos pocos orkos borrachos y poco más.

Esta vez, salimos todos y cada uno de nosotros excepto Liar, el conductor. Mientras veníamos, el Clandestino nos ha informado del plan. La cosa es simple; colocamos la bomba, Líar nos esperaría con el motor encendido y desde allí, ir directos al centro. Lo que en teoría era fácil, en la práctica fue bastante difícil.

Le tocó llevar la bomba en una especie de elevador pequeño y con ruedas a Mark, porque así estaría más atento (no es que fuese despistado pero se embelesaba fácilmente) , mientras que los demás le escoltábamos. Teníamos que abrir una brecha en el sótano (donde se guardaban las botellas) para que saliera el alcohol y los orkos lo olieran. Después de eso se que quedarían chupando el suelo lleno de bebida para ponerse "alegres". Entramos en la fábrica y encontramos una bestia gigantesca, verde, con cuernos y que gritaba mucho. Creo que el Clandestino la llamó "Garrapato Mamut" y por el segundo nombre se ve que hay más tipos de "garrapatos". Ante la presencia de esa bestia desproporcionada hicimos la más valientes y premeditadas de las acciones, correr. Corrimos por todo el edificio hasta que nos dimos cuenta que la bestia estaba atada y, en ese momento nos reímos como locos. Todos menos el Clandestino. Él estaba demasiado ocupado buscando el sótano.

Mientras buscábamos el sótano, el garrapato gritaba y se movía de un lado a otro, pero sin romper sus gruesas cadenas. Llegamos al sótano y colocamos la bomba donde el Clandestino nos ordenó. Cuando salimos de colocar la bomba, teníamos cinco minutos para salir de la fábrica. Lo malo es que había un orko subido en el garrapato cuando volvimos del sótano y el garrapato estaba suelto, así que nos pusimos a correr como posesos, esta vez con razón.

Al salir de la fábrica Liar nos estaba esperando. Subimos al Baneblade listos para ver una bonita explosión de alcohol y garrapatos. Estábamos contentos, pues el garrapato no podía salir. O al menos eso pensamos...

Un duro golpe Como todos imaginábamos, el garrapato salió de la fábrica destruyéndolo todo a su paso. Se cargó la cristalera gigante del lateral y, lleno de cristales hasta en los ojos, nos persiguió. Lo bueno de un Baneblade es que te inmuniza contra todo miedo al combate, si estás dentro, claro. Pero lo que vivimos era más una persecución que un combate. Nosotros corriendo por una avenida mientras el garrapato nos perseguía. El encargado del cañon principal era el sargento, y era más malo disparando que un orko sin brazos. No daba ni una, y eso que el garrapato era grande. Después de unos cuantos disparos (concretamente 3) le dio al garrapato, para ser exactos en la pata delantera (no sé si fue en la derecha o la izquierda) y el "bicho" se desplomó mientras se llevaba una buena dosis de asfalto por delante.

Seguimos por la avenida principal según el plan. No nos encontramos más que una leve resistencia, pero nada importante. Parece extraño pero los orkos se sienten atraídos por el alcohol más que el sargento. Estaba todo desierto hasta que nos encontramos con unos 50 orkos armados hasta los dientes dispuestos a atacarnos desde una barricada.

-Maldita sea, no podemos hacer nada, salvo luchar.- Dijo el sargento, con un tono heroico.

-O podemos hacer otra cosa.- Contestó el Clandestino.

-¿Qué?- Pregunté

-Muy sencillo. Dejar el Baneblade y huir por el callejón que tenemos a la derecha.

-Pero, nos cogerán.- Replicó el sargento.

-Bueno, prefiero que nos arriesguemos a ser capturados a que muramos dentro de este maldito tanque.

-También es verdad.

-Pero necesitaremos una distracción y no podemos volar el Baneblade porque la bomba ya la pusimos en otro sitio.

-Pero...

-Ya sé lo que vas a decir: pero podemos huir con el Baneblade. Pues no; nos han cortado el paso con minas anti-tanque de dos fases, la primera pasas, la segunda no. Se utiliza para evitar que una fuerza blindada se repliegue. Son idiotas, pero no tanto como no poner defensas en la calle principal a la ciudad.

-¿Y por qué carajo no nos lo has dicho?- Preguntamos todos al unísono.

-Porque son nuestra vía de escape, además de nuestra posibilidad para ver una bonita explosión. A los orkos le gustan las explosiones y por eso ponen los explosivos juntos, tan juntos que con solo la detonación de un elemento, en este caso minas, todos y cada uno de los demás volarán por los aires.

-¿Y cómo conseguiremos escapar?- Pregunté

-Eso os lo explicaré cuando toque. Lo peor de todo esto es que para escapar, como he dicho antes, necesitamos una distracción.

-¿Qué tipo de distracción?- Preguntó el sargento

-Tipo Baneblade

-¿Como?

-Qué lento eres. El Baneblae nos cubrirá la retirada. Lo malo es que al menos cinco prsonas deberán quedarse aquí. Señores de la Guardia Imperial, vosotros no entráis en sorteo. Los demás, coged un lápiz. Los que saquen los dos que saquen los lápices más largos se irán con los soldados.

-No es necesario señor.- Dijo uno

-Sabemos que esto podría pasar.- Dijo otro

-Es nuestro deber.- Dijo un tercero

-Usted y Líar se irán con los soldados para que puedan realizar su misión- Dijo otro

-Mu, muchas gracias. Aunque no lo sepáis sois héroes a ojos del Emperador.- Dijo el Clandestino, mientras soltaba una lágrima. -¿Qué estáis mirando? Coged vuestras cosas y vayámonos- Dijo dirigiéndose a nosotros. Mientras los orkos disparaban al Baneblade, el tanque respondía con fiereza. Mientras continuaba el combate, nosotros nos fuimos por un callejón. Después de salir de él, vimos nuestro objetivo; el campamento orko. No era lo que yo me esperaba, pero era nuestro objetivo principal. Era simplemente una plaza rodeada de chapas, tablas, etcétera, en forma de muralla y numerosos tanques destrozados, así como cuerpos humanos muertos en el suelo. Por lo que respecta a la resistencia, lo que se esperaba. Un par de orkos y poco más. Llegamos al centro del campamento a salvo y con diez minutos más de lo esperado.

-Cuartel general, cuartel general, aquí el sargento Carter. Baliza colocada, solicitamos órdenes.- Comunicó el sargento al cuartel general.

-Aquí cuartel general, bien hecho sargento. Usted y el resto de su pelotón se podrán retirar al punto de extracción situado en el sector 213/100. Esas son las últimas órdenes de su misión. Váyanse de allí porque dentro de treinta minutos se procederá a la limpieza total del lugar. Eso es todo; cambio y corto.

-Vale, sector 213/100 ¿dónde es eso?- Preguntó Mark

-Pues eso es fuera del centro. Es en la salida norte.

-Bien, vámonos.- Dijo el sargento, con prisa por irse de ahí, pues en unos treinta minutos todo esto será una nube de polvo.

-Bueno, podríamos coger prestado uno de esos vehículos orkos. Seguro que no les han quitado las llaves. Necesitamos ir rápido, así que lo mejor es coger un vehículo orko.- Ordenó el Clandestino.

Y eso hicimos. Cogimos uno de esos "Kamionez" y nos fuimos pitando de allí. En diez minutos estábamos en el punto de recogida cuando aparecieron unos cinco Valkirias. Supongo que no se habrían dado cuenta que todo nuestro pelotón había muerto. Todos excepto nosotros, claro. Cuando aterrizaron, nuestro comisario se bajó de uno de los Valkirias.

-Bien hecho Carter. Habéis cumplido una misión suicida y habéis sobrevivido. Tenéis mucha suerte. Ah una cosa ¿quiénes son estos dos?- Dijo, señalando al Clandestino y a Líar.

-Señor- Respondí. -Estos son los hombres que nos han ayudado a cumplir nuestra misión. Me sentiría muy agradecido si pudiésemos llevarlos a un lugar seguro.

-Espera- Me contestó. Volviendo al rato con dos uniformes les dijo a Líar y al Clandestino. -Vosotros sois dos miembros más de nuestro regimiento. Habéis sobrevivido al combate junto con vuestro sargento y vuestros dos compañeros, a los cuales conocisteis en el cuartel. Si no estáis de acuerdo con lo que diga el comisario seréis ejecutados ¿queda claro?

El Clandestino y Líar se miraron y, sin articular palabra, se pusieron los uniformes y saludaron al comisario.

-Y ahora, vámonos de este lugar para no volver nunca.

Embarcamos en las naves y mientras volábamos se escuchaba a lo lejos el sonido del bombardeo masivo desde tierra. Nunca había escuchado un sonido más fuerte (y eso que había dormido en la misma habitación que el sargento). Por lo demás, misión cumplida. Nos ha costado la vida de los integrantes del pelotón y del teniente, así como de los amigos del Clandestino; pero así es la vida en la Guardia Imperial, así es cómo nos ganamos el sueldo, muriendo y viendo morir a los demás en nuestras manos.

La vuelta a la calma Al volver al cuartel, nos dimos cuenta de que mientras nosotros estábamos combatiendo en esa ciudad, los demás no se quedaron de brazos cruzados. Construyeron un cuartel en unas pocas horas, lo que parece ser imposible lo consiguieron esos tecnosacerdotes. Desembarcamos en un hangar, pero no nos recibió nadie más, excepto la amante del teniente. Nunca he visto llorar a nadie más que aquella mujer aquel día, aunque es comprensible. Su amante había muerto, pero sabía que había muerto en combate y eso debía calmarla algo más. Nosotros fuimos a las duchas y a la habitación que nos asignaron. Al rato vino el comisario y nos ordenó ponernos los uniformes que teníamos en los armarios. Eran como una especie de uniformes de fiesta, con bordados y cosas así, no uniformes de combate.

-Vamos, ponéroslos.- Nos ordenó el comisario. -Tenéis que recibir algunas medallas.

-¿Medallas?- Preguntó Mark. -¿hemos hecho algo especial que no fuera nuestro trabajo?

-No, pero siempre se les da medallas a los primeros en cumplir una misión para que los que todavía no han luchado se crezcan y puedan combatir mejor y probablemente no tenga que usar la ley 23, artículo 12 del reglamento de comisarios.

-¿Qué es eso?- Volvió a preguntar Mark, siempre ansioso de recibir conocimientos

-La ley del derecho a fusilamiento ¿verdad señor comisario?- Dijo el Clandestino con tono irónico

-Correcto. Y ahora a vestirse que al coronel no le gusta esperar.

Nos vestimos, nos peinamos y el comisario nos dio colonia para que nos la echáramos. Salimos de la habitación y nos dirigimos al hangar principal, donde se suponía que estaba el coronel junto con el resto del regimiento. Cuando aparecimos, aquello parecía el discurso o algún tipo de concierto. Nos hicieron subir al escenario y allí se encontraba el coronel. Abajo de la palestra se encontraban todos los soldados del regimiento (excepto los que estaban de guardia) y los comisarios por si acaso alguno se pasaba de listo. En el escenario había un micrófono, así que el coronel se disponía a hablar.

-Buenos días. Os he concentrado a todos aquí porque quiero que sepáis lo importante que es para mí tener a tan valientes hombres en mis filas. Estos cinco hombres han sido enviados a una misión suicida y han vuelto para contarlo. Ellos son supervivientes natos, han nacido para matar, no para morir. Esa es la máxima por la que debe luchar todo aquel que se encuentre en la Guardia Imperial. Por eso les voy a conceder el honor de recibir la medalla al mérito en combate y la medalla al cumplimiento absoluto del deber, así como la no vacilación ante la adversidad. Estas tres medallas representan el triángulo sobre el que todo soldado debe basarse. Todos, incluyéndome a mí, debemos luchar por eso y perder el pánico a morir, pues si no hay enemigo del que recibir un disparo, no hay miedo a la muerte en combate.

Total, que el coronel nos dio las medallas y, tras unos breves discursos que nos obligó a pronunciar se acercó el micrófono y nos dijo a todos:

-Debo informaros que la guerra durará más de lo esperado y que recibiremos la ayuda de tres regimientos más, así como de los Marines Espaciales. Por lo visto existen realmente y no son leyendas. Eso es todo. Volvimos a la habitación acompañados del comisario, el cual decía que estaba orgulloso de nosotros y nuestra labor pero, como ya él mismo no había dicho antes, no nos merecíamos tales honores, sino que era para alentar a la tropa. Pero aún así, habíamos hecho un buen trabajo.

Al día siguiente me desperté con el ruido de tanques y de Valquirias aterrizando y despegando. Al abrir los ojos me di cuenta de que ni Mark ni el sargento estaban jugando al "póker espacial" ni a nada por el estilo. Total, que me vestí con lo primero que encontré y salí al patio del cuartel. Allí, entre muchos soldados se encontraba Líar dando vueltas por el lugar.

-Hola Líar, buenos días.- Saludé.

-Pues hola.- Me contestó.

-¿Qué te pasa?

-Pues que aquí no me siento agusto ni se donde está el jefe.

-Ah, vale. Oye, podríamos entretenernos en buscarlo.

-Pues vale, no tengo nada mejor que hacer.

Así que nos dedicamos a buscarlo por todo el cuartel. Al rato nos lo encontramos en el lugar donde se reúnen las escuadras de asalto para entrenar.

-Buenos días Clandestino, ¿qué haces aquí?

-Muy fácil, estoy observando a estos tíos. Quiero ver cómo entrenan para descubrir sus puntos débiles e informar a su sargento para que los elimine.

-Un sargento no puede fusilar a sus soldados

-Serás idiota, que elimine los puntos débiles.

-Vale vale, no te pongas así. Una cosa, ¿y Mark y el sargento?

-Están en la sala del coronel.

-¿Y eso?

-Pues seguro que quiere hablar con ellos- Saltó Líar, que superó su récord de estar más de cinco minutos sin hablar.

-Ya, ¿pero para qué querrá hablar con ellos?

-Pues no lo sé, supongo que será para premiarlos por su valor y coraje.

-Pero yo estuve con ellos en la ciudad y nadie, excepto nosotros cinco sabe de nuestra actuación en esa misión.

-Entonces será para otra cosa.

Nos tiramos toda la mañana observando a los tíos de las escuadras de asalto hasta que nos aburrimos y nos marchamos a la habitación. Hay que decir que en la habitación sólo estábamos nosotros cinco, lo cual era extraño porque en las otras habitaciones había como mínimo doce camas. Pasadas unas tres horas, volvieron Mark y el sargento con unas caras que no eran normales. Era una de esas cara que uno pone cuando se está contento y triste a la vez. Es una sensación extraña pero, puede darse. Tenía el presentimiento de que algo pasaba, era algo que era bueno en parte, pero que era también malo.

-Bueno, ¿qué os han dicho?- Preguntó el Clandestino, anteponiéndose a nosotros.

-Nos van a ascender.- Contestó el sargento con una voz temblorosa.

-Pero, ¿en qué sentido?, ¿sois sargentos mayores o algo por el estilo?

-Nada de eso. El coronel dijo que, gracias a nuestro eficiente servicio, nos ascenderán al rango de soldados tácticos de asalto y sabotaje.

-Pero eso es injusto, ¿por qué a vosotros sí y a mí no?- Pregunté, haciendo uso de un comportamiento sumamente infantil.

-No lo sé, supongo que será porque llevamos más tiempo de servicio- Nos dijo el sargento que ya no volvería a ser sargento.

-Esperemos que sea eso

-Lo malo es que tendremos que irnos mañana a primera hora.

-Joder, y no podremos jugar nunca más al póker espacial.- Dije, mientras me daba cuenta de que echaría a esos idiotas de menos.

-Bueno, podríamos jugar mientras se hace de noche.- Contestó Mark

Así que estuvimos jugando al póker espacial hasta que amaneció (sí, ya se que Mark dijo hasta que se hiciera de noche pero, qué se le va a hacer) y a las seis y cuarto de la mañana el comisario se presentó para llevarse a los dos para que no los volvamos a verlos nunca más.

-Muchachos, ya sabéis lo que os toca.- Nos dijo, con una voz que parecía que le daba pena

-Si, claro comisario.- Dijo el sargento, antes de suspirar y con una voz tenue, bastante diferente a su voz escandalosa y desgarrada habitual.

Se marcharon sin echar antes un vistazo de la habitación y mirarnos a los tres. Supongo que así son las cosas en la Guardia Imperial, algunos mueren, otros son ascendidos y a los pringados nos dejan en el sitio. Así es la vida aunque supongo que es mejor.

El descubrimiento Con el sargento y Mark fuera de juego, nos tocó ser asignados a otro pelotón, pero en este caso no seríamos un "pelotón de asalto de primera línea" como nos tocó ser en mi primera misión. Esta vez estaba en un pelotón normal y corriente, de soldados de trinchera puros y duros. Bueno, muy duros no es que fuesen. Eran unos tipos delgados en su mayoría. Nos presentaron al teniente del pelotón, un tipo desagradable con la bragueta desabrochada y que le olía el aliento, vamos el ejemplar humano perfecto. El caso es que dentro de unas horas seríamos enviados a la llamada "trinchera 24" para resistir a los orkos mientras llegaban los Marines Espaciales, así que no iba a tener la oportunidad de encariñarme mucho con mis nuevos compañeros. A las diez y pico nos subieron a las (¿o son los?) Chimeras para marcharnos de allí hacia la llamada "trinchera 24". Después de siete horas de viaje en esas máquinas infernales llenas de humo, empezábamos a oir los disparos y a ver las colinas de humo. El teniente se comunicó con nosotros por la radio del (de la) Chimera.

-Escuchadme con atención. Nos descargarán justo detrás de las trincheras, así que debéis ser rápidos en meteros en ellas o moriréis seguramente. Eso es todo.- Dijo

Y eso hicieron. Cuando bajaron las rampas vimos un lugar desolador. Cientos de muertos, tanto humanos como orkos, apostados entre la trinchera y una de esas murallas orkas con las que ya estoy familiarizado. Corrimos hacia la trinchera para que no nos abrieran la cabeza con uno de esos akribilladorez orkos. Allí nos encontramos con lo que parecía ser un comisario, pero en este caso, él era uno de esos comisarios que no tenían remordimientos en fusilar a algún hombre si no cumplía su deber.

-¿Qué hacéis ahí quietos? ¡Empezad a disparar u os tendré que disparar yo a vosotros!- Nos gritó.

Seguimos las órdenes del comisario y nos pusimos a disparar como locos. Orkos y orkos venían intentando asaltar la trinchera por la fuerza y entrar cuerpo a cuerpo. Seguimos una media hora disparando cuando el comisario gritó:

-¡Por el Emperador!

-Vamos, vamos vamos.-Gritaron los sargentos mientras los soldados de sus pelotones salían de la frontera en dirección a los orkos.

-Vosotros también panda de inútiles.- Nos ordenó.

No tuvimos más remedio que salir ahí fuera y enfrentarnos a esos orkos. En medio de las dos trincheras, todo era una masacre, todo muerte y destrucción. Todo sangre y brazos. Lo que en otros lugares era una tierra verde y bella, aquí era un campo desolador lleno de cráteres. Nuestro objetivo principal era acabar con un "bunker", por llamarlo de alguna manera. Era un conjunto de chapas y demás con dos ametralladoras pesadas. Pero de todas formas era increíblemente mortal e inpenetrable. Era inebitable morir allí. Salimos a esa tierra baldía sin esperanza alguna de sobrevivir hasta que vimos nuestra salvación. Unas tres naves gigantes y de un color marrón rojizo se encontraban encima de nosotros y desde ellas se desprendían ecenas de pequeñas cosas brillantes. Los del otro regimiento las llamaron "Las Lágrimas de la Muerte". Ellos sabían lo que significaban. Por desgracia, yo no. Me pensaba que eran obuses o bombas o algo por el estilo, pero no. De todas formas nuestro deber era acabar con esos desalmados orkos. Avanzamos por el campo de batalla, muriendo uno a uno todos los hombre que iban conmigo. Recuerdo que Líar se encontraba delante mía cuando le explotó una mina y murió en el acto. Yo no tenía tiempo para lamentarme, debía cumplir mi deber. Antes de llegar al "búnker" orko, los soldados se apostaron dentro de un cráter de Basilik para que nos reagrupásemos. Yo, que aún no había llegado al cráter presencié uno de mis recuerdos más recurrentes. Aquel cráter sería la tumba de esos cincuenta y siete valientes soldados debido a un ataque de una escuadra orka que llevaban unos cohetes atados a la espalda. Por lo visto uno de ellos perdió el control de su "artefacto" y desequilibró a los otros, los cuales tuvieron la suerte de caer encima de los nuestros. Todos, orkos y humanos murieron y el que no murió, acabó siendo pasto de las llamas que generaron las explosiones de los cohetes orkos. Yo, solo entre orkos, fuego y el comisario, que parecía esperarme para pegarme un tiro, no tenía elección. Agarré mi rifle con fuerza y me lancé al ataque. Recibí un disparo en el hombro, el cual hizo que soltara el rifle; otro en el muslo, el que hizo que me arrodillase. Arrodillado y herido de muerte parecía que iba a morir pero, no le tenía miedo a la muerte. No sufría dolor. Es más tenía una sensación cálida y, después de suspirar me levanté. Después de eso recuerdo una brisa de aire y un ruido ensordecedor y justo antes de caer nuevamente al suelo y desmayarme, vi una figura gigante, con un aspecto que no había visto antes y del mismo color que las naves. Recuerdo haber sonreído antes de desmayarme. Ya sabía lo que pasaba. Estaba con unas leyendas llamadas Marines Espaciales, los hombres de los mitos.


Me desperté en una enfermería del cuartel de el regimiento al que apoyamos, cubierto de vendas y con varios instrumentos de goteo. Cuando me di cuenta de que no podía moverme sin que me doliera todo, escuché una voz suave y tranquilizadora.

-No temas, estás herido pero nada grave; dentro de unos días estarás entero.- Me dijo, mientras intentaba localizar donde estaba lentamente pues me dolía hasta levantar la cabeza.- No intentes hacer ningún movimiento brusco, que te vas a hacer daño. ¿Sabes quién soy?

-Pues la verdad es que no.- Respondí, recordando a Líar mientras decía eso

-Bah, no merece la pena hablarte ahora, tal vez más tarde tengas la oportunidad de hablar largo y tendido conmigo.

Fue decir eso e irse. Se escuchaban unos pasos fuertes y, por lo que parece no cabía casi ni por la puerta. Fue lo último que recuerdo antes de perder la consciencia de nuevo. Al despertar otra vez, parecía que habían pasado días porque estaba lloviendo y cuando me desperté la última vez me daba el sol en la cara. Esta vez si pude levantar el torso y apoyarme en la pared no sin sufrir varios dolores en el hombro. También desconocía por qué me dolía tanto la cabeza. Seguramente me golpeé con una piedra al caerme y desmayarme. Después de un rato pensando en cómo estarían Mark y el sargento, escuché la misma voz, la cual provenía del pasillo.

-Debo verlo, es necesario.- Dijo esa voz que me era conocida

-Pero puede que aún no esté bien y, dada su habilidad latente, es casi seguro que no lo esté.

-Da igual, debemos examinarlo cuanto antes.

Aparecieron por fin los dos hombres. Eran unos hombres gigantes, medirían casi dos metros y medio y debían de entrar de lado por la puerta, de otra forma no cabrían. Eran dos tipos con togas y uno de ellos llevaba como clavos en la frente. El otro, al que había conocido antes, estaba calvo y tenía agujeros en la cabeza, como si estuviera enchufado en cables.

-Bueno...parece que ya estás bien, así que puedes empezar con el interrogatorio.- Dijo el tipo que no había visto antes.

-Espera August, primero las presentaciones. Buenas tardes, soy el bibliotecario Isius Stahl. Y mi amigo el irrespetuoso se llama August Stur y es un apotecario.

-Perdone mi insolencia pero, ¿qué es un bibliotecario? y es más ¿qué carajo es un apotecario? -Bueno, ya que sabes quiénes somos te contaremos por qué nos hemos preocupado por tí.-Dijo el apotecario.

-Estamos preocupados porque gozas de una habilidad latente y peligrosa pero, con el debido entrenamiento podrás servir al Emperador más que como soldado. Empezaré por el principio. Todos tenemos una presencia en la Disformidad pero, algunas personas tienen una presencia bastante más grande que otras, son los llamados Psíquicos. Éstos son capaces de controlarla y usarla de modo que sea un arma contra los enemigos. Para ponerte una cifra, creo que cada 1 de cada 10.000.000 personas son psíquicos. Es una mutación bastante rara pero el Imperio los utiliza para eliminar amenazas, para comunicaciones, etcétera. Ya sabrás donde quiero ir pero, para darte información, yo soy Psíquico, es más, mi trabajo es ser Psíquico dentro del capítulo. August, ¿puedes continuar tú?

-Por supuesto. Cuando estabas en la batalla a punto de morir se dio un extraño caso de despertar psíquico. Tu fuerza se manifestó en forma de rayos descontrolados y eso, como comprenderás es peligroso. Yo mismo te vi, te taponé las heridas y te llevé a un lugar seguro y mi compañero se dio cuenta muy pronto de que hay un psíquico no declarado en las filas del regimiento. Como ya sabrás eras tú.

-El caso es que necesitas ser entrenado como Psíquico si quieres servir al Imperio en tu plenitud. Eres un riesgo para todos si no aceptas así que si no lo haces tendré que matarte. Esto no es un juego de niños como este ataque de estos orkos imbéciles, nos enfrentaríamos al mayor enemigo de la humanidad. Así que elige. Servir al Emperador en forma de Psíquico o morir aquí y ahora. Parte 2: Supervivencia en la Disformidad La decisión Era una apuesta arriegadapero debía hacerlo. Nunca me he considerado un fanático pero si he de morir mejor será matando a algunos a base de rayos. Así que hice caso al bibliotecario y le dije que aceptaba su oferta. -Fantástico, dentro de unos días te enseñaré las maneras por las que un psíquico puede servir al Imperio y te haré "La Prueba de los genes". En ella un psíquico demuestra su categoría en un rango variable y computable. Según tus aptitudes y fuerza mental se te asignará un cargo en el que serás útil.

Y eso pasó. Me pasé dos días escuchando al bibliotecario, el cual decía cosas bastante interesantes como que un psíquico bien entrenado puede sentir las personas que están alrededor y su poder y que, si no tenemos cuidado, nos podría pasar algo peor que morir. No dejó muy claro qué significaba eso de "algo peor que morir" pero ya lo iría descubriendo con el tiempo. También me dijo que era extraño que pasara por los controles de la Guardia Imperial pero que exsten Psíquicos que tienen su habilidad latente y que sólo sufren migrañas y cosas por el estilo.

A los pocos días ya era capaz de levantarme y estaba listo para luchar de nuevo. Pero en vez de eso, cumpliendo con la promesa del bibliotecario, hice la llamada "prueba de los genes". No resultaba tan divertida como yo creía. Yo pensaba que eso constaría en que usara mi concentración y chamuscara algo con rayos de energía o algo así pero en cambio, me ataron unos parches con cables a la cabeza (habiéndomela rapado previamente) y otros a los genitales (con su previo rapado también). Cuando me los pusieron, el bilbiotecario me observó y me dijo:

-Sentirás un pequeño cosquilleo antes de que la prueba comienze de verdad.

Y sus indicaciones eran ciertas. Sentí un cosquilleo en la cabeza primero y en la otra cabeza después. Después de eso recuerdo encontrarme flotando en un lugar muy raro. Era un lugar de un color violeta brillante, como esa estrella deformada que se ve en el cielo, donde estaba totalmente desnudo y sentía una fuerza inusual. En ese lugar escuché voces que entraban en mi cabeza y parecía que se reían de mí. Después de estar un rato en ese lugar se me apareció una sensación extraña de mareo en la que me llevé las manos a la cabeza y el lugar violeta se iluminó brevemente. Después de eso no recuerdo nada más que despertarme en el mismo lugar que estaba. Cuando desperté el bibliotecario había desaparecido y el tipo con metralleta (hay que aclarar que era igual de alto que él pero con un clavo en la frente) que estaba a su lado me estaba apuntando entre las cejas. Yo como estaba atado y amordazado, no pude hacer nada para reprochar esta técnica tan bárbara de tortura.

Pasados unos minutos (veinte exactamente) volvió el bibliotecario diciendo que tendría que venir a su nave y hacerme otras pruebas. Y eso hice. Por cuarta o quinta vez le hice caso al bibliotecario y le seguí hasta la nave que vendría a recogernos. Por lo que se ve, íbamos hacia la nave que flotaba en lo alto del planeta, refiriéndome claro está a la más grande de todas. Al llegar allí, unos dos tíos del tamaño del bibliotecario llegaron a recogerme pero, al contrario que el bibliotecario, éstos llevaban armadura de combate o como la llaman ellos "servoarmadura" y no era servoarmadura normal y corriente (como si se viera una servoarmadura todos los días), eran grises con letras doradas. Estos tíos llevaban unas especie de lanzas con filo que echaban centellazos de vez en cuando. El bibliotecario me dejó en manos de estos tíos los cuales me llevaron a una sala muy extraña, totalmente vacía pero acolchada por las paredes. Los dos tíos de gris, sin mediar palabra, me llevaron y me encerraron allí. Yo, como ya era usual, me desmayé de nuevo. Otra vez lo que parecía el mismo sueño pero cuando éste terminó, al despertarme, uno de los dos de gris que hicieron el honor de acompañarme, se quitó el casco y, con una cara de asombro me dijo:

-Por el Emperador, eres, eres, eres...magnífico.

La apertura de la mente Nunca me he considerado nadie que tenga algo sobresaliente, algo de valor dentro de mí, algo que le pueda servir a alguien salvo mis manos. Pero al parecer mi mente es más útil que mis manos. Soy capaz de eliminar a un tipo que se encuentre a varios metros sólo concentrándome; o al menos eso es lo que dijo el tío que estaba dentro de esa armadura gris tan chula. Supongo que si eso lo dice un tío que puede medir 2'10 metros y puede tirar una pared de un empujón tendré que creérmelo. -Oye, niño, aunque no lo creas tienes un potencial mayor que mi compañero y yo juntos.- Dijo uno de los dos tipos de gris, concretamente el que tenía una armadura con muchos adornos y con muchas cosas rojas que parecían sellos de cera y tenían pergaminos colgando. -Deberías ser entrenado para que tu poder demuestre a los herejes la furia infinita del Emperador.

-Si, lo que usted diga. Por cierto, ¿podría reunirme con el bibliotecario?- Le dije, quisiendo yo saber quiénes eran estos tíos y por qué me estaban diciendo esas cosas.

-Por supuesto, podrías despedirte antes de entrenar.

-¿Qué?¿Entrenar? Joder, en menuda me he metido.

-No te quejes, deberías saber que tu vida media en el combate siendo Guardia sería de unas 50 horas más o menos.

-Joder, entonces mejor tener ese súperpoder ¿no?

-En parte, esto requiere entrenamiento y un constante adroctinamiento para controlarlos y que no te controlen a tí. Si eso te pasara, y en concreto, si te pasara a tí, tendríamos un grave problema.

-¿Por?

-Eso es mejor que te lo contemos después. Mientras viene el bibliotecario te contaremos lo básico que debes saber. Bueno, empezaré por el principio, ¿qué sabes sobre el Imperio?

-Pues no sé...el Imperio es el mayor y único gobierno de la galaxia. Existen otras razas como orkos pero, no son un problema ya que están controlados salvo por algún ataque inoportuno aislado. También creo que existen una raza muy rara que vive en sus naves o algo así pero poco más.

-¿Sabes lo que es la Disformidad?¿Y el Caos?

-Pues no tengo ni idea. Después de pasarse unas dos horas contándome cosas sobre la historia del Imperio y sobre sus enemigos reales. Demonios e idioteces provenientes de una mente imaginativa aparte, consideraba muy diveertido todo eso que me estaba contando, sobre todo eso de que el Imperio lucha constantemente con los enemigos naturales de los marines. Lo raro es que sus enemigos sean otros marines pero, por lo que se ve, tienen pinta de ser unos tipos bastante chungos de ganar. Según el tío de la sevoarmadura gris con cosas escritas, lo son en realidad y esos desalmados quieren matar al Emperador y claro, nuestro deber máximo es impedírselo. Si un marine, un superhombre, un señor gigante, con un millón de órganos más que yo y con una fe inquebrantabe es capaz de sucumbir al Caos, un tipo cualquiera sucumbiría de una manera mucho más temprana. De todas formas es mejor tener la menor relación con el Caos posible y así hay muchas menos probabilidades de sucumbir a sus falsas promesas. Dice que todos podemos ser susceptibles a ceder ante tales promesas, los Psíquicos tenemos más probabilidad de ser tentados pero, tenemos más capacidad para negarnos. El Caos nos quiere más que a ningún ser de la galaxia. Nos ansía, nos desea y nos tienta. Pero no debemos darle la espalda al Emperador. Después de un rato contando cosas, por fin apareció el bibliotecario.

-Buenos días capitán. ¿Para qué se me requiere?- Preguntó el bibliotecario

-Pues verá, señor biblliotecario, la joven promesa quiere hablar con usted a solas.- Dijo el que ya sabía que disponía del rango de Capitán

El bibliotecario y yo nos dirigimos a una habitación a solas y yo, al estar lleno de dudas y no tener a nadie a mi lado, tuve que encomendarme al bibliotecario.

-¿Qué me va a pasar?- Pregunté, sin más dilación

-Muy sencillo, serás llevado a una escuela de psíquicos donde se mediran tus habilidades y se te enseñará para que las puedas controlar debidamente. Según tus aptitudes serás llevado a una rama o a otra. Puede que incluso seas elevado al rango de "candidato".

-¿Candidato?

-Sí, los que son muy aptos para defender al Emperador son llevados a que se les adiestre como Caballeros Grises

-¿Como los dos tíos que estaban antes allí?

-Correcto. Ni yo, con un rango tan relativamente alto como el de bibliotecario, sé mucho sobre la organización de ese Capítulo. Por lo que se ve, son miembros de la Sagrada Inquisición y se encargan de matar demonios. Esos marines tienen todos unas cualidades superiores a las de cualquier marine que se enfrente a ellos y son prácticamente invencibles. Aparte de eso tienen unas cualidades psíquicas innatas muy superiores a las de cualquiera; un marine normal de los Caballeros Grises tiene el mismo poder que un bibliotecario novicio. Todos y cada uno de sus miembros son psíquicos y eso los hace especiales. De todos modos, lo más probable es que seas llevado a su fortaleza con ellos, eres un psíquico de un nivel Alfa; un nivel muy raro. Pero claro, con ese nivel puede incluso que llegues a ser un comandante de los Caballeros Grises. Pero eso sólo lo dirá el tiempo. -Mmmm...Vale pero, ¿tendré que irme de aquí?

-Por supuesto. En este sistema no se encuentra ninguna escuela de Psíquicos lo suficentemente buena como para entrenarte. Además, yo no te podré acompañar. Los Caballeros Grises que estaban contigo serán los que te lleven. Ellos no pertenecen al Capítulo, sólo están aquí por casualidad. El motor de disformidad de su nave creo que se estropeó y lo están arreglando. Te garantizo que no podrás estar más seguro que con los Caballeros Grises, siempre y cuando no te corrompas lo más mínimo y, sabiendo tu nivel, es algo que podría pasar con bastante probabilidad.

-¿Qué es la corrupción?

-Sentirás voces, sensaciones extrañas y cosas así. Si permites escuchar esas voces que te dicen lo que quieres oir, estarás corrompiéndote. Si te sientes más fuerte sin saber por qué es que estás cada vez más corrupto. Es una sensación agradable pero, tarde o temprano acabarás siendo poseído...o algo peor.

Dichas estas palabras y apareció el capitán de los Caballeros Grises diciendo que ya era la hora. Nos fuimos a un hangar de la nave donde se encontraba la nave de los caballeros. Era una nave pequeña, de unos setenta metros y de un color plata brillante con marcas grabadas en oro. En la entrada estaban veinte Caballeros Grises en formación, esperando la llegada de su Capitán. Todos con la misma postura, quietos e impasibles, con el casco debajo de la axila cogido con el brazo. Conforme pasaba el capitán, los hombres se ponían el casco y lo seguían en fila de dos hombres. Yo encontraba asustado entre tanta servoarmadura y tanta rectitud.

Una vez en la nave, me asignaron una habitación personal. Ésta no era como las demás habitaciones en las que había dormido. Era un lugar más o menos amplio con una estantería llena de libros; la cama, en vez de ser una litera con pulgas, era un lugar donde uno podía dormir tranquilamente. También tenía un armario vacío que supongo que era para poner la servoarmadura. Todo allí era demasiado bueno. Me puse a ojear los libros que estaban en la estantería y algunos me parecieron bastante interesantes. Como , según el capitán, aún nos quedaba como dos meses de viaje, tenía tiempo para leer los libros. Una media hora más tarde salí del habitáculo para explorar la nave. Justo al salir de la habitación, uno de los hombres del capitán me divisó.

-¿Qué haces?- Me dijo, mientras se me caía una gota de sudor frío de la frente, pensando que lo que había hecho estaba mal.

-Nada señor. Sólo estaba dando un paseo.

-Ah vale. ¿Lo damos juntos? Hoy no tengo nada que hacer y es muy aburrido estar aquí sin hacer nada. Podríamos hablar un rato.

-Bueno, yo me disponía a dar un paseo en soledad pero la compañía siempre biene bien.

Dimos un par de vueltas por la nave. Por el comedor, por el hangar y por la armería. También había una sala muy rara al fondo, con muchos adornos en la puerta, en la que no podemos entrar. Creo que he ido a parar al mejor lugar posible. Por ahora estoy respaldado por los que según dicen, son los guerreros más fuertes de toda la Galaxia, entre ellos mi nuevo amigo Tiberius (el nombre del que me acompañaba). De todas formas debo de ser muy especial, ya que no se le da un trato semejante a ningún psíquico sin entrenamiento. Por lo que he escuchado se les mete en jaulas como a animales y se les trata como tales. Menos mal que me he librado de ese destino. Supongo que es una bendición pero, como me dijo el bibliotecario y me afirmó el capitán de los Caballeros Grises, los que albergan mayor poder tienen mayor peligro.

La nave Al día siguiente del paseo por la nave me encontraba con Tiberius en su habitación, en cual me estaba contando sus orígenes, cómo se unió a los Caballeros Grises y cosas por el estilo. Al cabo de un rato se escuchó una sirena. -¿Qué es eso?- Pregunté

-Un timbre.

-Muchas gracias señor obvio. Eso ya lo sabía yo pero, ¿qué quiere decir?

-Muy sencillo, que nos vamos a acercar a una nave de combate para que nos lleve de vuelta al Tempestus Solar. Por lo que se vé vas a tener la oportunidad de ser entrenado en Terra.

-¿Y por qué no nos vamos en esta nave?

-Porque necesitamos un motor de disformidad y esta nave carece de ello

-¿Qué es eso?

-Bueno...es complicado de entender. Es un motor que permite viajar por la disformidad.

-¡No me digas!

-Bueno, es que no sé explicarlo muy bien pero básicamente hace eso. El viaje que normalmente se haría en cinco años, con un motor de disformidad se hace en cuestión de meses o incluso semanas. ¿Quién iba a pensar que la Disformidad siendo nuestro mayor enemigo es también nuestro mayor aliado?

-Es paradójico

-La verdad es que sí.

En cuenstión de minutos llegamos a uno de los muchos hangares de la nave. Por lo que se vé, la nave ha sufrido muchos desperfectos exteriores pero, por dentro está intacta. Entre Valkyrias, bombarderos, cazas y demás aviones pusimos nuestra fantástica nave de color plata como...esto...la plata. Justo antes de desembarcar, el capitán vino a la habitación en la que estábamos Tiberius y yo hablando y me dijo:

-Hola, según la cabina de mando de la nave, llegaremos al Tempestus Solar en cuestión de tres semanas. En ese tiempo, puedes pasear por la nave y relacionarte con los soldados pero, bajo ningún concepto, hables a nadie quién eres ni por qué estás aquí. ¿Lo has entendido?

-Pues claro.

-Bien, ahora ponte tu antiguo uniforme que está en tu habitación. En un bolsillo de éste llevas una identificación por si algún sargento o alguien así te pregunta que por qué no estás entrenando. De los comisarios y de los mando ya nos encargamos nosotros. Y ahora, vístete, que vamos a salir en tres minutos.

Y eso hice. En cuestión de dos minutos ya estaba vestido y listo para desembarcar. Cuando llegué a la puerta de desembarco, todos los integrantes de la escuadra (o lo que diablos sea esto) estaban en fila de dos, dispuestos para salir. El capitán se encontraba enmedio. Éste me hizo señales para que me pusiera a su lado. Justo cuando me puse a su lado escuché otra vez la sirena. Pero esta vez era un hombre diciendo:

-Salida en tres, dos, uno; buen combate señores.

Al decir estas palabras se abrió la compuerta y salieron los primeros diez soldados, después el capitán y yo, y por último los diez hombres restantes. Cuando salimos nos encontramos con todos los comisarios, los tenientes y demás oficiales en fila india mirando hacia el frente y formando la fila en dirección hacia donde nosotros nos dirigíamos. Más o menos a la mitad del recorrido, el cuál terminaba en una puerta bastante grande que supongo que llevaba a las galerías de la nave, nos paramos en seco. Fue una parada controlada y totalmente sincronizada por parte de los Caballeros Grises. Entonces el capitán dijo:

-Hola, muchas gracias por habernos recogido. Esperemos que no se sientan incómodos por nuestra presencia. No somos Inquisidores, así que sólo actuaremos en peligro superior al de un hereje loco.

Dicho ésto, de la puerta salió un señor con una gabardina de color gris oscuro casi negro sujeta por los hombo, como suelen llevar los comisarios sus chaquetas, un traje también oscuro y, por último una gorra de coronel. Venía fumando un cigarrillo bastante grande y de color marrón que echaba mucho. Se dirigía hacia nosotros con las manos en los bolsillos del pantalón, sólo moviéndolas cuando tenía que quitarle la ceniza a su cigarro gigante. Conforme pasaba entre los Caballeros Grises, a los cuáles les llegaba por el hombro (lo que ya es decir mucho), éstos se apartaban, formando al frente al igual que los miembros del "comité e bienvenida".

-Bienvenidos a la nave de mi regimiento. Espero que sean atendidos de aocrde con sus necesidades. Oh, qué grosero por mi parte no presentarme. Me llamo Zephirus Spei y como ustedes ya habrán adivinado soy el coronel y por tanto el jefe del 34avo regimiento de Romeo VI. Esperamos que se sientan como en...bueno, en su nave. Los llevaremos hacia su destino y llegarán sanos y salvos. Y a los demás.-Dijo obiamente a los miembros de su regimiento.-He sido informado de que éste joven que va con estos señores es su protegido. Cualquiera que le haga daño, o incluso lo mate, sufrirá terribles consecuencias. Él no es un superior suyo, no les puede ordenar nada pero, tampoco es un subordinado. No tenéis influencia sobre él, no sois sus superiores. Simplemente considerenlo como a uno de nosotros. Dicho eso, pueden marcharse a cumplir sus obligaciones. Muchas gracias.

Todos los anfitriones se fueron excepto claro, el propio coronel. Cuando todos se fueron, el coronel nos dijo:

-Bueno, sus habitaciones se sitúan en el tercer piso, las habitaciones diez y once. No serán a lo que están acostumbrados pero, es lo que tenemos.

-No se preocupe coronel. Tanto mis hombre como yo hemos dormido en lugares mucho peores y, el chaval tampoco estaba muy acostumbrado a vivir en la opulencia, no sé si me entiende.

-Claro, lo que usted diga; y ahora si me disculpa, tengo que ocuparme de diversas actividades que conciernen a mi cargo.

-Por supuesto. Cuando llegamos a las habitaciones, me sentía en casa. Eran exactamente las mismas camas (bueno, literas), el mismo olor a sudor y los mismos armarios llenos de polvo. Yo me sentía agusto, por el contrario, los Caballeros Grises no. No estaban acostumbrados a dormir en unas camas tan duras y con unas sábanas tan tiesas (hay quien dice que los tanques están hechos de esas sábanas). Lo peor de todo para ellos era que no tenían lugar alguno donde colocar sus brillantes servoarmaduras. Al rato de estar allí, llegaron diez guardas con diez percheros (solo el Emperador sabe de dónde los han sacado) donde los Caballeros podían poner sus armaduras. No era a lo que estaban acostumbrados pero tenían que acostumbrarse a ellos.

Después de unas horas, se avisó lo siguente por megáfono:

-Atención a todos, estamos a punto de entrar en la Disformidad. Buen viaje y buen entrenamiento.- Avisó desde el megáfono lo que parecía que era la voz de ese coronel trajeado.

Eso de "entrar en la Disformidad" era la forma más rápido de viajar pero ofrecía una sensación extraña. Justo antes de entrar me produce una leve jaqueca y un pequeño mareo. Cuando uno ha entrado en ella se tiene un cosquilleo permanente en la nuca, pero nada a lo que uno no se acabe acostumbrando. En la nave, siempre llena de gente llendo de un lugar a otro, con cosas que hacer y con bolsas, cajas y demás. Por lo que se ve la vida aquí es monótona y aburrida. Aún no he conocido a nadie porque me he dedicado a explorar solo. Cuando me harté de dar vueltas en esa inmensa nave, me propuse irme a dormir.

A la mañana siguente (o al menos eso ponía en el reloj) me desperté pensando que me encontraba en el mismo cuartel en el que meses antes me había alistado. Los Caballeros Grises ya se habían levantado y puesto sus trajes de descanso. Eran como túnicas gigantes de colores suaves. En la habitación quedaban Tiberius y otros dos que estaban hablando.

-Buenos días.- Les saludé

-Sí, hola ¿no te has levantado muy tarde?- Me preguntó Tiberius

-Bueno...de todas formas no tengo nada que hacer.

-También es verdad. Oye, ¿quieres venir con nosotros?

-¿Dónde?

-A la sala de entrenamientos, mientras estos dos se entrenan, yo te enseñaré a manejarte con la espada.

-Vale, estaba deseando saber usar una espada-

Salimos de la habitación hacia una de las muchas salas de entrenamiento. No serían a lo que ellos estaban acostumbrados, pero sí a lo que estaba yo. Con respecto a los pasillos y galerías, lo mismo que el día anterior: Guardias corriendo y servidores llevando cosas de un lado a otro. Todo parece igual, excepto que ya me he acostumbrado a esa sensación en la nuca.

Una vez en la sala de entrenamiento llena de blancos y dianas, de tierra y de sacos de arena; Tiberius sacó dos espadas de una funda de lo que parecía ser cuero, me dio una y me dijo:

-A esto no estás acostumbrado pero te haras un buen espadachín pronto.

Cogí la espada, nada extravagante, una de esas espadas de comisario pero más brillantes y bonitas, y me puse a meter sablazos y estocadas al aire. Tiberius me dijo que preservara mis fuerzas. De repente, se lanzó a por mí repitiendo una serie de golpes de forma mecánica. Primero un espadazo frontal hacia abajo, otro de izquierza a derecha y por último una estocada. Yo me cubría lo que podía, y lo que no podía, lo esquivaba con una agilidad bastante sorprendente.

Pasaron los minutos y Tiberius no hablaba, no hacía otra cosa más que repetir esa serie de movimientos sin cansarse mientras a mí ya me sabía la boca a sangre, me sentía muerto debido al cansancio. Estar un rato esquivando y defendiendo resulta divertido a los dos minutos, entretenido a los diez, aburrido a los treita y cansado a los sesenta. Pero él era distinto. No se cansaba, no sudaba, no espiraba, nada. Era impasible en el combate, o al menos lo parecía. A la hora y media de combate, paró de repente y dijo:

-Muy buen entrenamiento, mañana seguimos. No tienes nada que envidiarle a ningún comisario.

-¿Qué?¿Por qué me entrenas de esta forma?- Pregunté, mientras escupía al suelo.

-Porque no sé entrenarte de otro modo. A mí me entrenaron así y, cuando sepas sentir el alma podrás esquivar con mucha más facilidad, e incluso rozarme, pero para eso te queda mucho. Y ahora, fin del entrenamiento. -Pues vale. Iré a ducharme y a almorzar, ¿te vienes conmigo?

-No puedo. Tengo que estar 3 horas con el entrenamiento.

-Joder, ¿tres horas?

-Sí, es lo reglamentario en los Caballeros Grises. Puede que los hombres normales no hagan esto pero, como te habrás dado cuenta, no somos hombres normales.

-Hombre, algo de cuenta si que me he dado pero...no os he visto en acción tanto tiempo como para juzgaros.

-A lo mejor no te da ni tiempo para vernos. No tenemos progamado ir al combate hasta llegar a la Fortaleza.

-Bueno, me quedaré con las ganas de veros.

Me marché hacia las duchas mientras escuchaba sonidos metálicos indicando que ya había comenzado el entrenamiento. Después de ducharme, me acerqué a un espejo para acicalarme un poco cuando entró un tipo muy raro. Era un tipo con el uniforme de guardia pero con el pelo largo (algo raro entre los guardias).Justo antes de entrar ese tío, me empezó a doler la cabeza. Cuanto más se acercaba, más me dolía. Se puso en el lavabo de al lado mientras yo apoyaba las manos sobre el mío. Cuando empezé a respirar fuerte debido a los dolores de cabeza, se me acercó y mientras me ponía una mano en el hombro me dijo:

-Tío, ¿estás bien?¿llamo a un médico?

Al terminar de decir esto sentí un pinchazón en en estómago. Mientras perdía el conocimiento (no sé si debido a los dolores de cabeza o al pinchazón), miré hacia abajo y vi cómo el maldito "soldado" me había atravesado con una espada de las que estábamos utilizando para entrenarnos.

El extraño encuentro Al despertarme, me vi sin la herida y en un lugar bastante diferente a donde me encontraba. Miré hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba; bueno, a todos lados. Sin duda no estaba en la nave. Estaba como en una especie de bar. Sí, un bar era a lo que más se le parecía. Tenía sus mesas, su barra y todas las cosas que suelen tener los bares. Me senté en una silla para recordar lo que pasó, cómo había llegado aquí, si se trataba de un sueño o, simplemente, como dijo el bibliotecario, me volví loco. Cuando decidí que pasase lo que pasase estaba seguro, me puse a buscar alguna bebida (era un bar, lo normal es que tuviera bebidas). Justo al levantarme una voz suave pero recia apareció desde alguna parte. -Bienvenido a mi casa. Si lo que buscas es alcohol, no tengo; me repugna. Además eres muy joven para beber. Por favor toma asiento.

Al decir esto, identifiqué de donde procedía la voz y decidí girarme. Al hacerlo no vi nada.

-Je, eres muy curioso, eso me gusta. Bueno, siéntate a mi lado.

-Pero no sé dónde estás.- Exclamé

-Muy sencillo, mira hacia atrás.

El muy condenado se encontraba al lado de la silla donde me senté.

-Hola, encantado de conocerte.

Era un joven de piel algo oscura, vestido de negro con una camiseta roja que sobresalía por el pecho al llevar una chaqueta entreabierta. También llevaba un pañuelo también rojo en la cabeza, debajo de una gorra negra.

-¿Te sorprende mi aspecto?- Me preguntó, debido a que me quedé quieto sin decir nada durante un momento. Todavía no sé por qué me quedé paralizado. Supongo que es por encontrar a un tipo tan raro (aunque sabiendo que esto era un bar, no era de extrañar que un tipo raro esté en un lugar raro).

-No es eso, es que...bah, déjalo. ¿Qué hago aquí?

-Muy sencillo, te he traído.

-No, no me has traído. Me has raptado ¡Socorro!

-Tranquilo muchacho, no te he hecho nada de daño. Mira tu herida en el pecho, ya no está.

-Es verdad, oye, ¿por qué me llamas muchacho si parecemos de la misma edad?

-Mmm...te diría que no pero, bueno...dejémoslo. Te interesa más saber mi edad que el por qué te he traído hasta aquí, me parece fantástico.

-Yo no he dicho eso.

-Entonces, ¿por qué has hecho hincapié en eso?

-Porque me sorprende tu modo de hablarme.

-No te interesa nada el por qué te he traído hasta aquí. Lo demuestras cambiando de tema. Eres listo, pero no más listo que yo. Nadie es más listo que yo, recuerda eso.

-Si, si, lo que tú digas. Bueno, vayamos al grano, ¿por qué estoy aquí?

-Porque eres el salvador de todos los que van a bordo de tu nave.

-¿Pero esto no es la nave?

-Claro que no, ¿en qué nave espacial militar hay un bar?, bueno, aparte de las naves de los Lobos Espaciales.

-¿De los quién?

-Bah déjalo. Sigo sin entender por qué quieres dejar de lado la conversación

-¿No decías que lo sabes todo?

-Esto...sé todo lo que pasa en el universo pero con un retardo de unas cuantas horas.

-Claro, lo que tú digas. Bueno, por qué me has traído aquí.- Repetí

-Porque eres la salvación de tu nave y de todos sus ocupantes.

-Lo que tú digas.

-No, en serio.

-¿Sabes contra qué lucharon los miembros de esta nave?

-No, pero seguro que tú si lo sabes.

-Por supuesto que lo sé, lucharon contra uno de los mayores males que existen.

-¿El Caos?

-¿Qué? No. El Caos no es malo, es la fusión de todos los...¿sabes qué? Dejemos el tema. Tus amigos del regimiento lucharon contra lo que nosotros llamamos "la plaga".

-¿Contra cucarachas?

-Si, exacto. Contra cucarachas gigantes de cinco metros que pueden arrojar veneno que destrozaría un tanque o cucarachas de medio metro con veneno que destrozaría un tanque.

-¿Como?

-Se llamn Tiránidos. Puede que hallas oído hablar de ellos.

-Pues no. Se supone que tú lo sabes todo, también deberías saber si he oído hablar de ellos.

-Ehhh...Eso no viene al caso. La cosa es que esta nave está plagada de Tiránidos en las bodegas. Han mandado a un regimiento entero para capturar a unos cuantos Tiránidos para diseccionarlos y aprender más sobre ellos.

-Vale, ¿y qué hay de malo?

-Lo peor de todo esto es que hay un tipo con muchas luces que va a abrir las cámaras de los Tiránidos y cuando lo haga en cuestión de horas, no, de minutos, toda la nave estará infectada de esos monstruos.

-Pero están los veinte Caballeros Grises.

-Tus Caballeros Grises son fuertes, no inmortales. -Sí, pero ellos acabarán con los Tiránidos.

-Bueno...pero ten en cuenta que son expertos en matar demonios, no insectos gigantes.

-Viene a ser lo mismo.

-Eso es lo que tú te crees. De todas formas, tú no has luchado en tu vida.

-He combatido contra...

-Sí, contra orkos descerebrados. Ni siquiera combatiste contra un Waaaaagh!!! en condiciones, sólo unos cuantos orkos campestres con ganas de sangre.

-¿Un Waaaaagh!!!?¿Qué carajo es eso?

-Es como una especie de... déjalo. El caso es que debes detener eso. No puedes fallar.

-Espera un momento, ¿por qué no vas tú?

-Muy sencillo, no es mi misión.- Dijo, mientras se levantaba de la silla y cogía una botella vacía. -Además, así es mejor, te forjarás como un buen soldado. Recuerda, es la bodega del piso inferior.

Dicho esto se acercó a mí y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Mientras veía que me salía sangre de la frente, llovían cristales (probablemente de la botella) y de nuevo me desmayé.

¿Sólo un sueño? El psíquico premonitorio Me desperté en lo que parecía ser la enfermería de la nave. Estaba harto de recibir golpes en la cabeza y desmayarme. No hay nada de gracioso en esto. Miré hacia un lado y al otro, en este caso no había nadie. Pasados unos minutos, entraron Tiberius, el coronel (el del traje) y un médico del regimiento, un tipo con barba y un cigarrilo detrás de la oreja (apagado evidentemente).

-¿Estás bien?- Me preguntó Tiberius

-Eso dejemos que lo diga Areis.- Exclamó el coronel.

Y eso hizo. el tal Areis me miró la brecha desde todos los ángulos posibles cuando dijo:

-Va bien. Sólo necesita que no haga movimientos bruscos ni evidentemente llevarse golpes en la cabeza. No tiene nada grave, sólo que se puede haber vuelto más estúpido. ¿Quieres una piruleta?

-No, gracias, señor inteligente. Ah, tengo que contaros algo importante pero antes de eso ¿qué me ha pasado?

-Por lo visto sufriste un desmayo en el baño y te golpeaste con algo. Nada que no se pueda arreglar.- Dijo el médico.

-Bueno, gracias.

-No, me refería al lavabo. Sólo con un poco de pegamento de contacto y paciencia se arreglará rápido.

-Bueno, gracias de todas formas.

-Bueno, lo que iba a contaros. Coronel, ¿ustedes tienen Tiránidos en las bodegas?

-¿Cómo lo sabes?- Me preguntó con poco entusiasmo.

-Tuve un...sueño. Por lo que parece soy vidente.

-Seguro.- Exclamó Tiberius.

-Debemos matarlos cuanto antes.

-Ni hablar. Es una misión que me han encomendado y la cumpliré hasta mi último aliento.

-Pero es un peligro tenerlos ahí debajo

-Están en animación suspendida. No nos pueden hacer nada. Además, es legal llevar ese tipo de cosas siempre y cuando un superior lo ordene, y eso es lo que han hecho.

-Eso es cierto.- Dijo Tiberius.- Pero para mayor seguridad iremos ahí abajo. Hace tiempo que no hago nada. Por supuesto coronel, tendría que permitírnoslo.

-Claro, pero no crean que vallan a encontrar nada fuera de lo normal.

-Bueno, ¿te quieres venir?- Me preguntó Tiberius.

-No puede. El chaval tiene que descansar y tomar mucha sopita para que se ponga bueno.- Dijo el médico mientras me movía el pelo de forma "cariñosa".

Yo me quedé en la cama varias horas más (durmiendo) hasta que podía moverme (me dolía el cuello, había dormido en una mala postura). Me levanté y me puse mi uniforme que estaba en una silla contigua. Al salir, era extraño. No había nadie por el pasillo. Pensaba que era un lugar apartado de las zonas de mayor ajetreo pero de todas formas era raro. Decidí caminar un poco hasta que encontrara a alguien y decirle dónde estoy. Al rato de caminar, en una esquina, ví algo horrible. Un hombre había sido degollado y partido por la mitad. Ambos cortes eran muy limpios peo, esa no era mi principal preocupación.

Seguí andando y a medida que avanzaba escuchaba ruido de disparos y de chillidos cada vez más cerca. Empezé a correr en la direción en la que oía esos sonidos. Pasado un rato, empezé a ver algo. En la lejanía veía a unos cuantos guardias en un pasillo disparándole a algo. Corrí hasta acercarme a ellos. El ruido era cada vez más ensordecedor. En el pasillo habría unos diez guardias disparando. Uno me vió y me lanzó una pistola para que me pusiese a disparar. En cuanto me acerqué y ví algo más que los traseros de los guardias, era horrible y cierto. Mi premonición era cierta. Decenas de animales chillones, no más altos que un rifle puesto mirando hacia arriba, pero con unas garras muy afiladas. Me puse a disparar como un loco. Disparase donde disparase daba en algún blanco. Estuvimos como diez minutos disparando hasta que ya dejaron de venir. Por suerte esos seres no llegaron hasta nosotros.

-¿Qué diablos ha pasado?- Pregunté.

-No, no tengo ni idea.- Me contestó uno de los guardias.

-¿No tenéis otra arma mejor?- Volví a preguntar.

-Te he dado la que tenía más a mano pero yo que tú no me acercaría mucho a buscar entre esos seres, puede que halla alguno jadeante y no es muy recomendable que te ataque.

-Pero, ¿ahora qué hacemos?

-Debemos ir a la sala del Navegante, seguro que es el lugar más seguro de la nave.

-Estoy de acuerdo.- Dijo otro guardia.

-Sí, yo también.- Dijo un tercero.

-Bueno, pues vamos hacia esa sala.

Conforme avanzábamos, nos encontrábamos con un panorama desolador: cadáveres, extremidades varias, cabezas...y esos malditos monstruos(muertos por suerte). Seguimos avanzando sin encontrarnos con nada vivo (o al menos no lo aparentaba), hasta que escuchamos voces. Corrimos todo cuanto pudimos y por suerte nos encontramos con ayuda; era el capitán de los Caballeros Grises, con tres de los suyos y unos siete guardias.

-Hola capitán.- Dije

-Hola, ¿qué ha pasado?

-No tengo ni idea, me desperté en la enfermería por segunda vez y ví este desastre.

-Bueno, lo malo es que las comunicaciones no funcionan pero seguro que estarán tomando posiciones entorno a la sala del Navegante y a los motores de Disformidad.

-Eso es lo que han pensado mis compañeros, ¿por qué allí?

-Porque no podremos salir de la Disformidad sin tenerlos ambos.

-¿Y por qué no coger las naves e irnos de aquí?

-¿Qué? Eso sería un suicidio, te lo aseguro al cien por cien. Dejémonos de tonterías y vámonos donde nos pille más cerca. Vosotros conocéis la nave, ¿dónde diablos estamos?- Preguntó el capitán a los guardias.

-Esto es el pasillo 23 en el piso 12 así que debemos estar...bastante cerca de la sala del Navegante. Creo que la sala del Navegante está en el piso 14 o así.- Contestó uno de ellos.

-Perfecto, ¡vamos!

Conforme avanzábamos nos íbamos encontrando con algunas partidas de Tiránidos, pero nada importante. Lo extraño es que estos seres no actúan en solitario. Supongo que no tienen ese sentimiento de "yo lo hago mejor" que tenemos los humanos. Me queda por aclarar que el capitán era increíble. No tenía ni la servoarmadura ni sus armas reglamentarias. Iba armado con una espada de comisario y una pistola láser, igual que algunos de los guardias pero, al contrario que ellos, él y sus hombre usaban las espadas de verdad. No se dedicaban a meter sablazos, sabían lo que hacían perfectamente. Golpeaban en el sitio justo en el momento adecuado. Bueno, supongo que para eso se entrenan. Según recuerdo, ellos son la élite de la élite y, he de reconocer, que no hacen nada mal su trabajo.

Conforme avanzábamos, se nos unían más y más guardias. Al cabo de un rato, por fin veíamos las señales en las que ponen dónde están las cosas y, la sala del Navegante estaba muy cerca. Al atravesar un pasillo nos dimos de lleno con la galería principal, con la sala del Navegante al fondo. Nosotros estábamos en un pasillo donde se podía ver todo hasta el piso inferior. Una pequeña barra de hierro (supongo que será de hierro), que nos llegaba a la cintura, nos separaba del "precipicio". Estábamos más o menos a seis pisos debajo del suelo. Cientos de Tiránidos y hombres muertos, pero había una trinchera improvisada que les permitía a los hombres restantes continuar luchando. En torno a la sala del Navegante habían establecido un pequeño búnker con el que defenderse, o al menos intentarlo. Los Tiránidos (o al menos los que he visto yo) no tienen mucha afición por atacar a distancia. Puede ser porque no pueden coger armas, pero así mejor (supongo). Miramos hacia todos lados para ver por dónde podríamos bajarnos y ayudar a esos pobres diablos. La única forma de pasar por allí era por el pasillo principal. Debríamos bajar por los seis pisos e ir por el único pasillo que lleva a esa antesala. Antes de eso, decidimos atrincherarnos en este sitio. Nos pondríamos en una esquina y nos quedaríamos allí hasta que terminen de llegar. Y eso hicimos.

En nuestra posición, la mitad estaría apoyando a los de abajo, y la otra mitad (entre los cuales me encontraba) deberían mantenerse hasta que dejaran de venir Tiránidos. El plan era sencillo, por desgracia, en la práctica, no lo era tanto. Al cabo de un rato, los rifles se emezaban a descargar, y los hombres a desesperarse. ëramos unos treinta al entrar en la galería. Unos diez minutos después, sólo quedábamos más o menos la mitad. Esos malditos seres venían en oleadas, y en una de ellas, mataron a los dos Caballeros Grises que iban con el Capitán, no sin antes usar sus poderes psíquicos para acabar con algún Tiránido. Tres oleadas después de que mataran a los dos compañeros del Capitán, éste decidió usar su arma secreta. En la túnica escondía una especie de pistola antigua que echaba fuego. Dijo que con eso acabaríamos con ellos en nada. Como siempre, las cosas son más fáciles de decir que de hacer y, no solucionó nada. Bueno, para ser justos, hay que decir que alivió un poco la carga de los soldados. Pero la pistola lanzallamas no era suficiente. Nos rebasaban en número y, los pocos que quedaban apoyando a los de abajo no tuvieron más remedio que ayudarnos a nosotros. Conforme más matábamos, más venían. En ese momento lo dí todo por perdido. Eso me recordaba a aquel momento con el Baneblade en la ciudad infestada de orkos. Me refiero a cuando estábamos atrapados entre los orkos y las minas. Pero en esta ocasión no había manera de escapar. De repente, por encima de la cabeza de los monstruos, ví dos cargadores de bólter (o de otra arma). Alguien los había lanzado. Antes de que éstos cayeran al suelo, dos disparos certeros les golpeó y, con el calor que éstos daban, la munición estalló. Metralla de bólter por todos lados. Ese golpe sólo mató a algunos de esos engendros pero, los hombres sonreían sin saber yo por qué. Al rato lo comprendí. Pasados unos segundos los Tiránidos fueron muriendo debido a algo. Ese algo se llamaba Zephirus Spei. Él, junto a unos cinco hombres más, se abrió paso entre las olas de Tiránidos para salvarnos.

-Venga, en marcha.- Nos dijo.

-Muchas gracias coronel.- Exclamó el capitán

-No hay nada que agradecer, éste es mi trabajo, y ahora vamonos de aquí.

El camino hacia la sala del Navegante se hizo breve debido a que el coronel había matado a todos los Tiránidos del tramo que nos separaba del resto. Era un hombre increíble. Hasta los Caballeros Grises quedaron asombrados de la gran capacidad que el coronel tenía para el combate.

Responsabilidad y disciplina Unos dos minutos después de encontrarnos con el coronel, ya estábamos en las puertas de la sala del Navegante. Mientras íbamos hacia allí, Zephirus nos contó cómo se habían liberado los Tiránidos de su cautiverio. Al parecer fue un error técnico (menudo error). Ah, también dijo que la especie en particular contra la que nos enfrentábamos se llamaba Genestealer. En la sala del Navegante sólo pudimos entrar el coronel, el capitán y yo; los demás se quedarían fuera reforzando las defensas y recargando sus armas. La sala era increíble. Era una gran bóveda ovalada de cristal, y al final del todo, casi pegando al cristal, una columna inmensa de cables bajaban del techo hacia un trono.

-Bueno, pues por fin estamos aquí.- Dijo el capitán.

-Sí, pero por poco.- Exclamé. -Todo gracias a usted, coronel.

-Por favor llámame Zephirus. Además, ese es mi trabajo. Creo recordar que les hice la promesa de que llegarían sanos y salvos a su destino y me gusta cumplir las promesas.

-Bien, aparte de eso, ¿cuál es la situación?- Preguntó el capitán.

-No estoy seguro, pero mis hombres no son idiotas. Conocen más o menos el funcionamiento del viaje en la Disformidad y, seguro que están tomando posiciones en torno a los motores para que esos monstruos no los saboteen.

-Una cosa.- Dijo el capitán. -¿Por qué no salimos ahora mismo de la Disformidad y nos vamos de aquí?

-Capitán, eso no es posible.

-Pero lo bueno de contar con un Navegante es eso.

-No podemos por ahora porque, según las indicaciones del Navegante, estaríamos en mitad del espacio; o incluso en un lugar peor. Debemos esperar aquí hasta que lleguemos al destino. Hemos podido avisar a las flotas cercanas para que nos ayuden cuando salgamos de la Disformidad. En cuanto salgamos, todo estará solucionado.

-Pero mientras debemos aguantar aquí.- Supuse.

-Por supuesto. Eso es lo que haremos.

-Coronel, ¿usted sabe por alguna casualidad cuántos Genesealers había en la nave?- Preguntó el capitán.

-No tengo una cifra exacta, pero seguramente sean algo más de dos mil. Lo peor de todo es que esto es una misión secreta. Supuestamente nosotros nos hemos retirado debido a un deterioro grave y oficialmente no hay nada escrito sobre este tema.

-Así que una misión secreta, es algo inusual.- Insinuó el capitán.

-¿No se fía de mí? Yo he servido en muchas batallas y me merezco mi reconocimiento. Lamento ser sólo un hombre corriente con una estatura y una fuerza normal, no una máquina diseñada para matar.

-Yo no he dicho eso. Además, tengo todo el derecho a matarlo ahora mismo por ser un traficante o por comerciar con Alienígenas.

-Pero usted no hará eso. Ambos sabemos que no podemos desperdiciar tropas. Aparte de eso recuerde que le salvé a usted y a su amigo de ser destrozado por esos monstruos.

-En parte tiene razón.

-¿En parte? No soy su subordinado, al menos en estas situaciones. El comantante en jefe aquí soy yo y si no está satisfecho siempre está invitado a vagar por las galerías matando Tiránidos hasta que alguno le atraviese el pecho.

-Eso no va a pasar.

-A pesar de ser un súper-soldado sigue teniendo orgullo. Es algo que no tolero. El orgullo y el fanatismo son dos males muy arraigados en esta maldita galaxia.

-¿Acaso no es usted un seguidor ferviente del Emperador? Está cavando su propia tumba.

-Yo no he dicho eso. Nunca se debe confundir ser un fanático con ser un entusiasta. Yo les digo a mis hombres que sean entusiastas con todo lo que hacen, pero nunca fanáticos. Si un hombre quiere huir de una trinchera por miedo, hay que dejarle; es su vida la que está en juego, aunque puede que las de los demás también. Un soldado de mi regimiento sabe que si abandona su puesto puede enviar a la muerte a los que le acompañan, por eso no abandona el combate. En mi regimiento los comisarios no son más que elementos presenciales, no tienen potestad para decidir quién vive y quién muere, puesto que aquel al que piensas matar puede salvarte la vida. Mis hombres no luchan por un lejano Emperador que vive en un lugar muy alejado. Luchan por él, sí, pero mayoritariamente luchan por sus compañeros sabiendo que si ellos se escapan, un enemigo puede matar a sus camaradas. Desde que yo estoy al mando del regimiento, ningún soldado ha sido fusilado. Con el miedo uno se hace respetar, pero cuando el miedo se acaba, empieza la revolución.

Dicho esto, uno de los guardias entró en la sala para informarle a Zephirus. Entró deprisa, sin pararse a pensar que podía haber muerto si no se tiene el respeto suficiente a los superiores. Pero Zephirus era diferente, era un hombre bueno, que hacía las cosas por los suyos. Eso me pilló de improvisto, debido a esa imagen que tengo del comisario de otro regimiento disparando contra los del mío. Era algo que nunca se me olvidará. Supongo que el coronel debe de haber visto tanto sufrimiento en sus combates (que por cierto deben de haber sido muchos) que no le gusta ver cómo uno de sus aliados mata a otro, y lo más importante, justificándolo diciendo que era porque no cumplía con su deber o diciendo que lo ha hecho para que los demás combatan con más ardor. Eso es una técnica bárbara de motivación. Yo estoy completamente de acuerdo con eso.

Pero volviendo con lo del guardia, nos dijo que habían podido contactar con un grupo que se encontraba en la sala de mando de combate y que habían obtenido información. El guardia dijo lo siguiente:

-Señor, hemos contactado con unos cuantos que se han atrincherado en la sala de las estrategias (refiriéndose obviamente a donde se trazan estrategias)- Dijo, mientras se ponía recto, como debe de estar ante un superior.

-No hace falta que te pongas tan erecto, sólo tienes que decirme qué es lo que te han contado.- Dijo Zephirus.

-Me, me han dicho que esperan órdenes.

-¿Algo más?- Preguntó el capitán.

-Sí, que ya no podemos contar con ellos. Creo que han muerto todos. A los segundos de estar hablando con ellos, escuché disparos y gritos. Segundos después, se cortó la transmisión.

-Maldita sea. Podríamos haber hecho algoo para reagruparnos. Que el Emperador se apiade de sus almas. Soldado, has hecho bien, puedes retirarte.

-¡Señor, sí señor!

-Coronel, ¿vamos a salir de aquí vivos?- Pregunté sin temor alguno, como si fuese una pregunta normal.

-¿Lo dudas? Claro que vamos a salir vivos de aquí, pero puede que nos cueste más balas de lo normal.

De repente se escucharon disparos. Vuelta a la acción. No hacemos nada aquí hablando, así que salimos fuera. Aparte de los Genestealers normales había uno al fondo, quieto. Era como el doble de grande que uno normal. Estaba quieto, no movía ni uno de sus extraños músculos. Los soldados no le disparaban a él, debido a que estaba parado al fondo. No me lo podía creer. Un Tiránido el doble de grande que esas bestias monstrusoas, con una apariencia idéntica pero de un tamaño superior, no era el doble de agresivo. Decidí dispararle a él, debido a que no estaba en peligro real. Ese monstruo recibía mis disparos una y otra vez, pero no le hacían nada. Simplemente rebotaban en su gruesa piel. De repente, ese monstruo decidió ponerse a caminar. Caminaba a un ritmo lento, pero constante. De pronto, desapareció. Era increíble, no lo perdí de vista ni un momento y se ha desvanecido. Me puse a mirar por todos lados mientras el miedo me invadía. Este ser no tardó en aparecer. Apareció al lado de un guardia, al cual degolló sin el menor problema. Mientras se mantenía la línea, ese maldito ser ya había matado a uno de los nuestros. Pero no se detuvo ahí. Los que estábamos más cerca decidimos, por un acto reflejo que le atacaríamos. Después de dos o tres ráfagas, ese monstruo desapareció otra vez. Al desaparecer, los Genestealers huían. Era probable que ese alien fuera como una especie de jefe.

¡Separémonos! La peor idea de una situación crítica Después de esa batalla, quedábamos unos 50 o así en la entrada de la puerta. Habían muerto bastantes, la mayoría de ellos debido al jefe de los Genestealers. -Soldados, recoged la munición de los caídos. Nos servirá.- Exclamó el coronel.

Mientras los hombres obedecían su orden y buscaban algún herido por si podían curarle (cosa que no fue posible, todos murieron), Zephirus se reunió conmigo, con el capitán y con tres oficiales.

-Maldita sea, no podemos aguantar aquí hasta que salgamos de la Disformidad. Debemos de trazar un plan mejor.- Dijo Zephirus.

-Sí pero,¿qué podemos hacer?- Pregunté

-Debemos ir al hangar donde está mi nave. Hay algo que puede que nos ayude. Además, si consigo coger mi servoarmadura podré luchar mejor que ahora.- Dijo el capitán

-Si, en teoría es fácil pero el hangar está bastante lejos de aquí. Aparte de tí, deberían ir al menos diez soldados, sabiendo todos ellos dónde está el hangar. Y además está el Líder de la Progenie.

-¿El quién?- Pregunté

-El Líder de la Progenie es, como su propio nombre indica, el líder de los Genestealers. Es el que les da órdenes de ataque y todas esas cosas. Normalmente es un Genestealer más grande, como en este caso. Deberíamos acabar con él y así la sincronización de los aliens se verá bastante reducida. En los primeros momentos del despertar de los Genestealers el Líder no estaba despierto y ellos se movían en grupos pequeños, de unos siete u ocho individuos. Pero ahora los grupos son bastante más grande y luchan mejor.

-Bien, en ese caso deberíamos dividirnos. Yo y unos cinco guardias irán conmigo, además del muchaco; tiene que coger una cosa.- DIjo el capitán.

-Bien, nosotros nos quedaremos aquí. Tome, es un comunicador. Lo malo es que sólo emite señales. Si están sufriendo un ataque, le dan al botón rojo una vez. Cuando hallan superado esa reyerta, le dan dos veces seguidas.Lo mismo haremos nosotros.

-Bueno, estaremos aquí en una hora más o menos. Si no volvemos en ese tiempo...vosotros veréis lo que hacéis, yo no puedo deciros nada, ya estaré muerto.

-Ehhh...si, buen viaje.

Salimos de la antesala del Navegante y nos dirigimos hacia el hangar. Al final fuimos el capitán, seis soldados y yo. Mientras avanzábamos hacia el hangar, examinábamos cada habitación en busca de supervivientes y Genestealers. Nos encontramos con tres soldados, por suerte los tres estaban enteros. Yo me pensaba que el hangar quedaba muy lejos, pero al rato estábamos enfrente suya. Al entrar, vimos algo desolador. Decenas de hombres muertos, entre ellos, varios Caballeros Grises. Los pobres diablos que no estaban muertos, estaban agonizantes; tuvimos que darles su merecido descanso. Era necesario, no pudimos hacer nada. Por lo visto, también se habían atrincherado aquí, sabiendo que habría una buena cantidad de Caballeros Grises. Por lo visto, la batalla fue rápida. No tuvieron tiempo a reaccinar, estaban en una posición impropia para una situación de combate. Uno aquí, otro allá; era algo muy extraño. Definitivamente no tuvieron ninguna oportunidad.

-Debemos actuar rápido. Vosotros cubridnos y desplegaos por aquí. Dos irán a recoger armas portátiles y munición a las demás naves y a los Valkyrias. El muchacho y yo iremos a nuestra nave.- Dijo el capitán, demostrando una gran dote para el mando.

No adentramos en la nave, avanzamos un poco, hasta llegar a una habitación. Era la del capitán. Mientras él entraba me dijo que me quedara vigilando.

Pasados unos pocos minutos apareció vestido con su servoarmadura y su arma reglamentaria, lo que ellos llaman la alabarda Némesis, que por lo visto es la cumbre de la tecnología de ataque personal que puede fabricar un humano. En la mano llevaba una especie de colgante con el símbolo de la Inquisición, algo que llamó "Rosarius". Dice que detecta el peligro y me convierte en inmortal durante breves y valiosos segundos. Supongo que no está seguro sobre mi supervivencia aquí. De todas formas, mejor para mí.

-Debes tenerlo en la mano en todo momento, pero no lo uses a bocajarro, tiene que recargarse entre uso y uso.- Me dijo al dármelo.

-No te preocupes, cuidaré de él como si fuese mío.- Le contesté

-Bien, porque ya es tuyo.

-¿Por qué me lo regalas?

-Porque dudo que puedas salir de aquí sin esto.

-Crees que no puedo valerme por mí mismo ¿verdad?

-Pues si creo eso. Has visto lo que esos alienígenas hacen y también has visto cómo son masacrados los guardias. Tú ahora mismo no eres más fuerte que ninguno de ellos.

-Pero también fui guardia y sé defenderme como tal.

-Volvemos a lo de antes. Ya no solo los guardias, sino los nuestros, ¿te crees más fuerte que un Caballero Gris? En ese caso pelea conmigo y saldremos de duda.

-No he dicho eso.

-Pues parece que los hallas dicho. Tienes que aprender que las palabras también indican hostilidad, firmeza, seguridad o maldad. Puedes decir las cosas de mil maneras posibles y tienes que elegir las más adecuadas para cada momento. Y ahora salgamos de aquí.

-Una cosa antes de irnos, ¿qué es lo que hay escondido en esa sala?

-Así que lo has visto...en realidad no te conviene saberlo, pero te lo diré. Dentro de ese habitáculo se encuentra un arma maldita, una reliquia del pasado.

-Pues vale, pero ¿por qué no la usamos?

-Porque no podemos. Está maldita, cualquiera que la usara se volvería loco. Bueno, vayámonos de aquí.

Al salir de la nave, esbozamos una ligera sonrisa. Los hombres habían reunido bastantes armas, entre ellas una que me gustó mucho. Era una especie de arma larga que dispara muchos disparos por segundo. Lo malo es que el tipo que la había encontrado no podía con ella, así que se la dio al capitán. Después de eso, salimos de allí, ya que eso era una trampa mortal al no tener ninguna salida. Cargados de munición y armas frescas, corrimos hacia la antesala del Navegante, donde se encontraba el coronel.

Más o menos a mitad de camino escuchamos el sonido que nadie quería escuchar. El maldito comunicador. Había sonado una vez y, hay muy pocas probabilidades de que se tratase de un error. De todas formas seguimos corriendo hacia allí (y más rápido aún si cabe).

Zephirus hace honor a su apellido Llegamos asfixiados al lugar donde se encontraba el coronel y, por desgracia, no se encontraba allí. Ni él ni nadie. Las cosas cada vez se hacían más raras. Habíamos tardado solamente una hora y media, nos explayamos más de lo normal porque registramos todos los habitáculos que había en el camino. Creo recordar que Zephirus no se movería de allí pero, ha incumplido una promesa. Dejamos las armas y las cosas en el suelo y corrimos hacia la "trinchera". No éramos capaces de distinguir entre soldados que estaban muertos cuando nos fuimos y los que aún podían respirar. Por más que buscábamos no logramos dar con el coronel. Con suerte se habían marchado todos. Si no la tenemos puede que una mano del coronel esté a mis pies y su cabeza (si es que quedara algo de ella) estaría a diez metros. El capitán se apresuró y corrió hacia la sala del Navegante. Al entrar allí, se dio cuenta de algo horripilante; el Navegante había muerto. Se le había asestado una puñalada mortal en el cuello. Lo raro es que la nave continuase su camino por la Disformidad. No entiendo muy bien esto, así que es mejor dejarlo. Volviendo al tema, con el Navegante asesinado y los hombres que estaban con él desaparecidos o muertos, decidimos movernos. Era mejor que si recibimos un ataque lo hagamos en un pasillo estrecho, no en una sala gigante.

Otra vez en esos malditos pasillos. Cómo los odio. Tengo ese odio hacia ellos porque tenemos que estar atentos a lo que pasa delante y a lo que pasa detrás nuestra. Cada vez estoy más agobiado, y eso debe ser un mal presentimiento. Lo bueno es que no me duele la cabeza, así que no hay problema de desmayo inminente.

Al avanzar un poco llegamos a lo que parecía ser una biblioteca. Anteriormente estaba llena de servidores y demás, pero ahora tiene el mismo olor a muerte que desprende toda esta maldita nave. Anduvimos por los pasillos entre estanterías, libros, mesas volcadas para hacer de barricadas y, por supuesto, muertos. Desde que me crucé con los primeros guardias no había dejado de ver cadáveres. Dicen los veteranos que uno se acaba acostumbrando a esto, pero no es así, al menos desde mi punto de vista. Ya he visto numerosos muertos y no deja de causarme impresión. No me he terminado de acostumbrarme a la muerte, y eso que supuestamente es mi trabajo, debo enviar a quien me pidan a su dios por la vía rápida.

Al avanzar un poco más, vimos a un Caballero Gris (no llevaba armadura pero se reconocía desde lejos) muerto apoyado en una estantería. Quedaba uno menos. En ese momento me pregunté dónde estaba Tiberius, pero seguro que estaba bien. No comprendo cómo puede el capitán aguantar esa carga al ver que todos sus compañeros están cayendo uno a uno y él sigue vivo. Ese pensamiento me hizo recordar la muerte de Líar en aquel campo de batalla contra los Orkos. No recuerdo cómo pude seguir, cómo no me arrodillé y me puse a llorar como un bebé. Supongo que es cosa de la guerra. En el momento en el que uno la vive se vuelve menos sensible. Por eso admiro a Zephirus, nunca vaciló ante una situación, pero tampoco trató mal a sus hombres. Mantenerse en esa línea de frialdad y amor hacia los suyos le convierte en un hombre con una mentalidad envidiable.

De repente oímos un ruido. Nos pusimos formando un círculo apuntando a todo aquello que pareciese moverse. Estando un rato así escuchamos:

-Bajen las armas, somos humanos.- Dijo una voz.

-¡Identificaos!- Gritó el capitán.

-Soy Arnold Derias, un soldado; y éste es Lucius Vrei, un Caballero Gris. Por favor, no nos maten.

-No os mataremos. Eso era lo que faltaba, matar humanos teniendo hordas de alienígenas dando vueltas por la nave. Bien hecho Lucius, no has muerto.

-Ese era el plan señor.- Comentó Lucius.

-Sí, lo que tú digas; y ahora sigamos adelante.

Estuvieron un rato hablando sobre qué era lo que les había pasado cuando escuchamos un ruido por un altavoz de la nave.

-Hola, sí...¿Se me escucha?...perfecto. Hola a todos los supervivientes. Soy vuestro coronel, Zephirus Spei para los que no me conozcan. Bien, la situación es esta: Para los que no se hallan enterado hemos sido invadidos por Tiránidos, en concreto por Genestealers. Debemos mantenernos unidos y con confianza. De momento debemos agruparnos alrededor de el almacén 3/12; para quienes no sepan dónde está que sigan los carteles.

-¿Ese es Zephirus?¿Pero qué esté pasando?- Pensé en voz alta.

-Ya habéis oído a vuestro coronel, ¡vamos!- Ordené.

De nuevo nos pusimos en movimiento y abandonamos la biblioteca. Siguiendo las directrices de las señales llegamos al susodicho almacén 3/12. Al entrar nos encontramos con una increíble obra de ingeniería más propia de un Orko que de un humano. Era un cúmulo de cajas y chapas puestas en forma de muralla alrededor de la puerta. Por lo visto, el almacén es lo suficientemente grande como para formar una cosa así y es más, para guardar todo eso. En lo alto de la "muralla" estaban unos diez soldados apuntándonos.

-¡Rápido, id hacia la izquierda, allí encontraréis una puerta. Si vienen Genestealers antes de que crucéis os dejaremos fuera hasta que pase el peligro!- Dijo uno

-¡Vamos, vamos, vamos!- Gritó el capitán

Fuimos hacia la izquierda y nos encontramos con la "puerta". Era una parte de la muralla en la que encima había un tipo que nos tiró una escala. No era algo digno de una obra magistral de ingeniería pero cumplía con su cometido. Ese inmenso almacén se había convertido en una base dentro de la nave. Esta vez no era como en la sala del Navegante. Aquí teníamos armas, soldados y una posición privilegiada. Había muchos hombres más que antes, supongo que se unieron sobre la marcha. De entre todos los soldados pudimos reconocer al coronel. Estaba sentado encima de una caja de municiones mirando hacia el suelo. Alzó la cabeza y al vernos, esbrozó una sonrisa.

-¡Estáis vivos!- Gritó.

-Pues claro que lo estamos, ¿qué esperabas de nosotros?- Preguntó el capitán.

-Bueno...vamos a dejarlo.

-Sí, mejor será. Ah, ¿por qué matasteis al Navegante?

-¿El Navegante ha muerto? Maldita sea, dejamos ese lugar cerrado.

-Pues cuando nosotros volvimos, nos encontramos con la puerta abierta y el Navegante degollado.

-Dejando eso de lado ¿qué vamos a hacer? -Dije.

-De los Tiránidos no tenemos por qué preocuparnos. Lo peor es que muerto el Navegante, saldremos de la Disformidad de un momento a otro y no sabemos dónde estaremos. Esperemos salir en algún lugar bajo el manto del Emperador.- Exclamó Zephirus.

-Mmm...No me parece bien eso de los saltos aleatorios en la Disformidad. Podríamos acabar en un mundo demoníaco, y de ahí no podremos salir nunca. Después de un rato, la nave empezó a hacer ruidos extraños.

-Es la salida de Disformidad- Exclamó Zephirus. Puede que sufráis un pequeño dolor de cabeza, pero nada grave.

Un pequeño dolor de cabeza dijo el maldito. Al salir de la Disformidad parecía que el tiempo se detuviese pero al segundo sentí como si todo el universo me diera en la cabeza en todas direcciones. Al parecer no fui el único en sentir esa sensación. Todos los que estaban a mi alrededor lo sintieron también, pero para ellos no fue más que un pequeño dolor de cabeza. Para mí era como si me hubiesen golpeado de forma furiosa. Cuando todos nos recuperamos, todos hicimos la misma pregunta: ¿Dónde estamos?...