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Herejía de Dorn Cicatrices Blancas

Cicatriz Blanca tras la Herejía de Dorn.

A pesar de ser un amigo de confianza del Señor de la Guerra Horus, Jaghatai Khan estaba destinado a caer en las garras de Slaanesh. El Señor Oscuro del Éxtasis tentó al Primarca de los Cicatrices Blancas con promesas de riqueza material, poder y por encima de todo, libertad fuera de los límites de la máquina militar imperial. Su traición fue tan rápida como sus ataques e igual de devastadora, haciendo llorar hasta al guerrero más duro. Aunque Jaghatai hace mucho que ha caído en un reposo decadente y estático, sus Khans aún aterrorizan al Imperio con ataques relámpago, cada uno una burla al Emperador al que solían servir.

OrígenesEditar

Los habitantes de Mundus Planus no saben nada del pasado de su mundo, pues la verdad se mantiene oculta en archivos mantenidos en secreto desde la Herejía. El único texto superviviente, El Terror de Quan Zhou, data de la época de la llegada del Imperio de la Humanidad a Mundus Planus, cuando sus pobladores lo llamaban Chogoris. Los largos versos describen un planeta de altísimas montañas, vastas llanuras verdes y profundos mares de color turquesa. Ciudades de piedra blanca brillaban a lo largo de las costas de estos océanos, y sus habitantes vivían próspera y confortablemente bajo el mando de su líder, el Palatino. Aunque no habían conservado más que una tecnología de la pólvora negra bastante básica, estas metrópolis eran lugares de lujo y sabiduría. Frente a sus altos muros se encontraba la espartana tierra del Cuadrante Vacío, que se extendía sin cambios hasta donde la vista alcanzaba. Dispersas por las llanuras había tribus de jinetes, nómadas cuyo salvajismo y ansia de batalla eran famosas por todo el planeta.

Muchas de las fábulas de las propias tribus hablaban de la terrible tribu de los Talskar y de su Khan o líder. Aunque se le llamaba de muchas formas, como Aŭdac, Ciĥttera y Mephaeta, entre los suyos era Jaghatai, el gran guerrero. Su leyenda comenzó cuando Ong, el entonces Khan de los Talskar, se encontró a un niño pequeño vagando solo por las planicies. Sabiendo que cualquier persona abandonada en su mundo moriría en cuestión de un día, se quedó sorprendido al ver que el niño había sobrevivido una luna entera. Creyendo que era un regalo del Padre del Cielo, Ong tomó al joven como hijo adoptivo. Enseñándole las artes más valoradas por su sociedad, Jaghatai se convirtió rápidamente en un maestro del arco, la espada y el caballo. Su sabiduría táctica y prudencia le hicieron ganarse el respeto de muchos de los hombres de su padre, aunque otros se burlaban de él por pretender la unión de todas las tribus de las llanuras.

Sintiendo el poder y el potencial de su hijo, Ong escuchó las palabras del joven Jaghatai, acercándose a muchas tribus bajo la bandera de la paz. Inicialmente, pocos les dejaron entrar en sus campamentos, tomando tales gestos de amistad como señales de debilidad y de súplica de ayuda. Incontables veces los Talskar tuvieron que demostrar su fuerza con las armas para poder marcharse con vida. Pero, contra todo pronóstico, y gracias a la labia de Jaghatai, una creciente alianza se fue formando en torno a Ong y los Talskar. Desafortunadamente, muchos aún rechazaban a esta nueva nación y la guerra siguió rugiendo por todo el Cuadrante Vacío. Cuando la fuerza bruta no logró el resultado deseado, incursores de la tribu de los Kurayed emboscaron a Ong y Jaghatai. Padre e hijo lucharon espalda con espalda, siendo los últimos supervivientes de su partida de caza. Habilidad y coraje ganaron el día y los dos regresaron a su campamento más determinados a completar su misión que nunca. Revigorizada, la tribu unida prosperó y ganó fuerza a medida que más y más Khans se unían con sus familias al estandarte de Ong. Pronto sus vidas fueron lujosas y confortables, una rareza nunca antes vista en las estepas, donde la comida antes no era segura y los niños no podían jugar. Jaghatai era tenido por el campeón del momento, fiel a los ideales y virtudes de sus enseñanzas. Pero cuando esta joven nación florecía, el destino le jugó una muy mala pasada.

Mientras cabalgaba por las llanuras un día, Jaghatai se encontró con tres jinetes de las ciudades blancas que intentaban violar a una joven de las estepas. Años de lujo no habían apagado las habilidades del Primarca, quien cortó rápidamente las cabezas de dos de los atacantes y dejó escapar malherido al tercero como advertencia para su pueblo. Jaghatai no sabía que se había condenado a sí mismo, a su padre y a su tribu aquel día, pues uno de los que había matado era uno de los hijos favoritos del Palatino. Pronto, un ejército avanzó por las llanuras en busca de venganza.

El Palatino no era un idiota: conocía perfectamente las fuerzas y debilidades de su enemigo como todos los grandes comandantes. Por delante de su ejército, numerosos diplomáticos visitaron a las tribus que formaban la alianza, ofreciendo dinero, caballos y lujos incontables si se negaban a participar en la batalla. La campaña de subterfugio y sobornos logró hacer cambiar de opinión a los aliados de Ong, dejando solos a los Talskar frente a los ejércitos del Palatino en los Campos de Zhangiu. Aunque habían sido abandonados, lucharon como bestias. Fueron masacrados casi por completo antes de huir del campo de batalla. Los pocos que pudieron retirarse fueron dejados marchar en paz, pues las machacadas tropas del Palatino no querían seguir avanzando por aquel campo de sangre. Desafortunadamente para los hombres de las tribus, entre los supervivientes estaba Jaghatai, un hijo que había perdido a su padre y un hombre que había visto romperse su sueño por culpa de las debilidades de otros.

"Cuando yo era un jovencito, mi padre me honró acompañándome en una caza. Era un hombre al que muchos consideraban débil debido a mis enseñanzas, a mis sueños. Los buitres de las llanuras se lanzaron en picado contra nuestra partida. Nuestra fuerza con las armas nos dio la victoria aquel día, pero quizá habría sido mejor que mi padre hubiese muerto aquel día en vez de esta noche. “Palabras”, le dije a mi padre, “promesas y pactos” eran el camino a seguir, la forma de unir a las tribus, no mediante la espada y el arco. Compartimos nuestra comida, nuestras tiendas y nuestros caballos, dimos sin pedir nada a cambio. Estaba equivocado. Las lisonjas susurradas y los sucios apretones de manos han derrotado a la alianza y han matado a mi padre, vuestro Khan. Esta noche recuperaremos nuestras tierras, nuestros hogares y nuestras mujeres. ¡Esta noche uniremos las tribus mediante el miedo!" - Jaghatai Khan al caer la noche en los Campos de Zhangiu.

Enfurecido por su traición, Jaghatai juró que el Cuadrante Vacío moriría por su mano. Lanzándose sobre aquellos que les habían fallado, los restantes guerreros Talskar se convirtieron en demonios de las llanuras. Hallando placer en los aullidos de dolor que los rodeaban, extendieron la tortura de sus enemigos todo lo que pudieron. Aunque había sido la nación del Palatino la que había derramado la sangre de los Talskar, fueron los hombres de las tribus los que recibieron el dolor de Jaghatai multiplicado por mil. Las leyendas de Jaghatai Khan se basan en esos horrores, y tomando por derecho de conquista armaduras, caballos y mujeres, los Talskar crecieron y se hicieron fuertes. Ni siquiera una fuerza unida, como aquella con la que el mismo Jaghatai había soñado, pudo resistir su furia.

Mientras el Cuadrante Vacío caía bajo el terror de los Talskar, el Imperio contactó finalmente con Chogoris. Se dice que el mismísimo Emperador caminó sobre la superficie del planeta, y que el Palatino se alió rápidamente con Él. Sintiendo la presencia de uno de Sus hijos, el Emperador vagó por el planeta en busca de uno de los mayores héroes de la Humanidad. El primer encuentro entre el Señor de la Humanidad y Jaghatai estuvo lejos de ser agradable. El Emperador halló a su hijo sentado en un trono en una tienda llena de placeres y excesos, pagada por los años de guerra. Rodeado por armaduras intrincadas, mujeres bellas y festines suntuosos, Jaghatai no era un héroe guerrero sino un temido caudillo que se ahogaba en su propio éxtasis. El Emperador estaba enfurecido por lo bajo que había caído uno de Sus hijos. En una amarga ironía, aunque el emblema del relámpago de los Talskar imitaba al Suyo propio, los dos líderes no podían ser más distintos. Este ogro había destruido donde podría haber conquistado, y aterrorizado donde podría haber gobernado, pero el Emperador estaba obligado a abrazar a este hijo Suyo. Tan simples eran los deseos de Jaghatai que el Emperador no tuvo problema en convencerle de unirse a la Gran Cruzada: bastó con hablarle de los tesoros del brillante Palacio Imperial y de la gloria que podría encontrar entre las estrellas. Con sus ojos brillando con avaricia, Jaghatai se entregó ansioso al Emperador, convirtiéndose en el Gran Khan de la Quinta Legión Astartes, a la que bautizó como los Cicatrices Blancas en referencia a las marcas tribales de los Talskar.

La Gran CruzadaEditar

Como con todo en su vida, Jaghatai se puso al mando de su Legión con facilidad. Abadonó su mundo natal para entrenarse en el calor de la batalla, y se adaptó a usar la motocicleta en lugar del caballo con la habilidad que solo un hijo del Emperador poseía. Como aún no se confiaba bastante en ellos para confiarles el mando de una expedición propia, los Cicatrices Blancas fueron enviados a apoyar a las Legiones que ya estaban más establecidas. Sirviendo junto a Dorn, Guilliman y Magnus, los Cicatrices Blancas se hicieron infames por su temeridad, abandonando sus deberes para cargar contra los flancos del enemigo, cazando a los que huían y bañándose en la agonía del enemigo. Fue luchando junto a los Lobos Lunares cuando Jaghatai encontró un nuevo propósito vital. Horus, enfurecido por las bajas innecesarias que había sufrido su Legión debido a las impetuosas acciones de Jaghatai, golpeó a su hermano, diciéndole al salvaje Primarca que se comportase como un comandante y no como un perro. En lugar de devolverle el golpe, Jaghatai abrazó a su hermano, diciendo que por fin había encontrado un hombre al que podía respetar.

Los Cicatrices Blancas y su Primarca renacieron, y la lengua de plata que Jaghatai había usado para unir por primera vez a las tribus de su tierra natal calmó ahora los deseos de sus hombres, regañándoles por sus equivocados actos. Apenas un año después se habían convertido en un aliado respetable y Jaghatai era un amigo de confianza de Horus. De hecho, la Legión se volvió popular entre las expediciones de la Gran Cruzada por sus rápidos ataques bellamente cronometrados para aplastar al enemigo. Cuando el Emperador decretó que Jaghatai dirigiría su propia gran campaña, doce de las Legiones de sus hermanos enviaron representantes para felicitarle, y tres de los Primarcas acudieron personalmente al gran festín. Aunque estaba triste por dejar la compañía de aquellos a los que tanto quería, el rostro de Jaghatai brilló con orgullo cuando su Padre le concedió el mayor honor: permitir que la Quinta Legión portase el emblema del relámpago que les había sido negado cuando la Legión había sido rebautizada.

Muchos nuevos mundos cayeron ante la máquina de guerra de los Cicatrices Blancas, tan rápido que el Imperio no pudo documentarlos todos. Los honores de batalla de la Legión apenas representaban todas las victorias obtenidas por los Cicatrices Blancas. Desde el Mundo Colmena de Kerait a las junglas de Olkhun, parecía que allí donde la Quinta Legión luchaba, la gloria y el triunfo cabalgaban a su lado. Jaghatai dirigió en persona muchas de las batallas, con su estandarte personal alzándose en la parte de atrás de su motocicleta a reacción modificada, y sus enormes hombros clavando profundamente su lanza de energía antes de asaltar al enemigo con su espada. No solo sus hombres veían el honor del Gran Khan, sino que aquellos a los que derrotaba les servían voluntariamente a él y al Imperio.

Una vez más, cuando su vida parecía fructífera y prometedora, Jaghatai volvió a hundirse. Su aislamiento de sus hermanos en los que había empezado a confiar, amar y necesitar preocupaba profundamente al Primarca. Solo había sentido una soledad como esta una vez, durante la batalla contra el Palatino. Sin el consejo de aquellos a los que respetaba, como Horus y Mortarion, tomó la responsabilidad de cada muerte, fuera de un hermano o de un aliado, como si se tratara de un fracaso. Lamentaba incluso las muertes de sus enemigos, cuando las palabras habían fallado y el uso de la fuerza se había hecho necesario. Confinado constantemente en su sala de guerra, pasaba noches sin dormir observando mapas tácticos, revisando y volviendo a revisar la extensión de sus expediciones. Se distanció del frente, agobiado por peticiones de su presencia de gobernadores locales que buscaban ayuda en sus insignificantes disputas o que los honrara aceptando invitaciones a reuniones sociales. Para un hombre nacido bajo las estrellas con sangre en las manos, la prisión del mundo diplomático era un desgaste peor que la muerte. Solo, sin nadie con quien tener una conversación vacía de dobles sentidos, intentó hallar la tranquilidad en el mar de confusión en que se estaba convirtiendo su vida. Aprendió a apreciar los muchos grandes artefactos que habían llegado a adornar sus aposentos. Eran tributos, sobornos y regalos, cada uno manchado de significados ocultos, favores deshonestos y deseos silenciosos, pero no obstante encontró un viejo sentimiento de comodidad y seguridad en esos objetos.

Esos años no fueron amables con el salvaje Primarca. Dejó de ser tanto el caudillo y pasó a ser más el burócrata, separado de la rapidez de la batalla y de la vacuidad de las llanuras. Sus únicas conexiones con el frente eran las pocas ocasiones en que era capaz de abandonar sus cuarteles para presenciar batallas selectas en las que sus Khanes le mostraban la heroicidad de su Legión. Una vez Jaghatai se retiraba a sus aposentos de nuevo, sus hombres seguían saqueando armerías, relicarios y tesorerías en busca del regalo perfecto para su señor. Aquellos que le traían los objetos más preciosos eran muy favorecidos, y pronto Jaghatai estuvo rodeado por aduladores en lugar de líderes, esbirros en lugar de héroes. Mientras escuchaba sus historias de valor, honor y valentía, las áreas atacadas eran saqueadas a sangre y fuego de la forma más brutal para satisfacer su avaricia. La marea de frescas victorias ganadas por la expedición de Jaghatai se frenó hasta casi detenerse, y la pobre habilidad táctica de los nuevos Khanes causó bajas terribles a la Quinta Legión.

Los objetos de los que el Gran Khan se sentía más orgulloso eran un par de guanteletes gemelos llamados Mamonas y Avauras, regalados por el Sumo Sacerdote de Ikesentii. Los enjoyados guantes no servían de mucho en combate, ya que la protección que ofrecían quedaba comprometida por el hilo de oro y las piedras preciosas, pero para entonces Jaghatai necesitaba poco usar las armas, y su vanidad le dominaba. Se dice que quedó unido a ellos, reticente a quitárselos e incluso a dejarlos en otra habitación, llegando hasta a decir que "solo un hijo del Emperador sería igual a su belleza y magnificencia."

La Herejía de DornEditar

Herejía de Dorn Jaghatai Khan

Jaghatai Khan, Gran Khan de los Cicatrices Blancas, vistiendo los guanteletes Mamonas y Avauras.

"Perro te llaman, una bestia domada sin garras." Las voces gemelas estaban dentro de su cabeza, aunque Jaghatai sabía que pertenecían a Mamonas y Avauras. No podía recorder un tiempo en que los dos espíritus no hubiesen guiado sus pasos, como un regalo bendito del Padre del Cielo.

"Enjaulado. Sin libertad, sin poder, sin nada. Solo un peón de sus caprichos. Podemos ofrecértelo todo. Dominio sin cuestión, riquezas más grandes aún que el condenado tesoro imperial. Podemos ayudarte a escapar de este ataúd, puedes volver a vivir. Todo lo que tienes que hacer es escuchar, y obedecer."

Jaghatai escuchó, y Jaghatai obedeció.

Jaghatai se había aventurado lejos del corazón del Imperio cuando el más terrible de los mensajes llegó hasta él. Cuando todos los que le rodeaban se estaban volviendo contra su padre, el Señor de la Guerra Horus contactó con una de las pocas almas en las que podía confiar para que le apoyase. Se vio obligado a informar a su hermano de que el Primarca Dorn había dado la espalda al Emperador, y de que no estaba solo. Con los ecos de la traición de los Campos de Zhangiu resonando en su corazón, Jaghatai entró en una violenta rabia, jurando que destruiría persolmente a todos los que habían defraudado a la Humanidad. Deteniendo su expedición y reuniendo a todas sus tropes consigo, la flota se preparó para saltar a la Disformidad con destino a Terra, con la intención de detenerse únicamente en Chogoris para recuperarse de las pérdidas sufridas en combate. Retirándose a sus aposentos para recuperar la calma, Jaghatai se perdió entre sus preciados regalos: la intrincada armadura de placas de Khasa, la espada hecha a mano que les había costado la vida a tres maestros forjadores de Arslanii, y finalmente Mamonas y Avauras, que susurraban dulces palabras reconfortantes en el corazón del Primarca. Incluso cuando los motores de Disformidad de la flota fallaron inexplicablemente, no se lo pudo distraer de su obsesión.

La Disformidad no tiene noche ni día, solo una extension constante de tiempo sin respiro. Cuando Jaghatai resurgió de sus aposentos, su tripulación y sus hombres estaban totalmente desmoralizados, creyendo que estaban abandonados en la Disformidad y que su comandante seguía enloquecido por la traición de sus hermanos. Aunque sus ojos parecían doloridos por la falta de sueño, brillaban con una energía que solo enfatizaba la sonrisa que se extendía por su rostro. Sin que nadie lo supiera excepto el mismo Jaghatai, había encontrado a quien le salvase de los problemas que agitaban su mente. Caminando entre sus hermanos de sangre, los llamó a cada uno por su nombre y juzgó su habilidad con la espada, su valía como camarada y su deseo de seguir sus órdenes. Con su renovado vigor reparó personalmente los motores de Disformidad, trabajando durante muchas horas en soledad en los oscuros pasillos, acompañado solo por sus guanteletes. Cuando la flota salió finalmente al Espacio Real en Chogoris, Jaghatai había organizado una fuerza variopinta con escuadras de todas las Hermandades, afirmando que si los Cicatrices Blancas fracasaran, todos estarían representados en el renacimiento de la Legión. Mientras este destacamento aseguraba la Fortaleza-Monasterio de Chogoris y preparaba a los ciudadanos para la guerra contra un Imperio caído, el Gran Khan los dejó con escalofriantes órdenes: "Aislaos del exterior, sed la víbora en el agujero: oculta, pero lista para atacar. Salvo en mí o en el mismísimo Emperador, no confiéis en nadie."

Horus gritó por su voco-comunicador, con su conducta habitualmente tranquila rota por el estrés del Asedio de Terra. Mientras sus hombres, y los de las demás Legiones Leales presentes, estaban dando sus vidas por el Emperador, este capitán, este maldito capitán, se negaba a permitir aterrizar a sus aliados. Cada segundo que las defensas antiaéreas seguían activas era un segundo que los Cicatrices Blancas no podían emplear luchando a su lado. "Desactive esas baterías, capitán, ¿o es que tengo que bajar ahí yo mismo?" "Señor de la Guerra… Blancas están… formación de ataque… no hay señales de llamada… sonidos de aullidos… ¿…señor?" La débil voz del capitán se esforzaba por atravesar las interferencias que habían plagado las comunicaciones imperiales durante las últimas horas. Solo los avistamientos de las Thunderhawks de los Cicatrices Blancas habían anunciado su llegada. Horus tenía que depender de una serie de mensajes a corta distancia para difundir sus órdenes por todo el campo de batalla, y su paciencia se acortaba con cada minuto que pasaba a ciegas. "¡No me importa si empiezan a dispararle, desactive esas defensas!"

La llegada de los Cicatrices Blancas a Terra debía haber sido un rayo de esperanza para la causa Leal, un refuerzo en la guerra contra el Architraidor Dorn. Desafortunadamente, todas las comunicaciones con la Legión se perdieron en la estática, y solo los enloquecidos murmullos y aullidos de los condenados atravesaban las interferencias. Jaghatai Khan no había perdido nada de su maestría táctica a lo largo de los años, dirigiendo a su hueste de Thunderhawks directamente hacia el Espaciopuerto de la Puerta del León. Consciente de la masacre perpetrada por los Ángeles Sangrientos en el Espaciopuerto de la Puerta de la Eternidad, e incapaz de recibir una respuesta coherente a sus llamadas, el oficial al mado del espaciopuerto ordenó que las defensas antiaéreas y los escudos de la Puerta del León permaneciesen activos. Solo mediante la intervención directa del propio Horus se desactivaron esos sistemas y se dio permiso para aterrizar a los Cicatrices Blancas. Esto demostró ser un grave error de juicio. Los detalles de la masacre que siguió quedaron ensombrecidos por los actos que fueron cometidos después por todo el globo, y el suelo de Terra tembló bajo las motocicletas de los Cicatrices Blancas dedicados a Slaanesh.

Al principio Horus se negó a creer los informes que llegaban a su puesto de mando, pero una vez que Jaghatai hubo aceptado el botín del Palacio Imperial de manos de Dorn (un premio que el Gran Khan consideraba legítimamente suyo tras las promesas de su padre) y empezó a masacrar a los ciudadanos de Terra, el Señor de la Guerra se vio obligado a aceptar que en aquellos oscuros días, incluso uno de sus mejores amigos podía traicionarle. Pintando una única lágrima en la esquina del Ojo de Horus que adornaba su pectoral, acompañó a sus Hijos mientras recibían la carga de los Cicatrices Blancas. El asalto inicial devastó la línea Leal, pero para sorpresa de todos el segundo ataque nunca se produjo. Habiendo demostrado su valía en combate contra sus hermanos Astartes, y con las riquezas del tesoro imperial aseguradas en las bodegas de sus naves, los Cicatrices Blancas regresaron caprichosamente al espaciopuerto. Ignorando las amargas amenazas de Dorn y de los demás Primarcas Traidores, y aparentemente indiferentes al resultado de la Herejía que tan precariamente pendía en la balanza, la Quinta Legión abandonó Terra en busca de más botín que saquear.

Tras la HerejíaEditar

Mientras los victoriosos Leales aún lloraban la muerte del Emperador, los Cicatrices Blancas masacraban mundo tras mundo y saqueaban sus riquezas. Mundos Reliquia, Mundos Santuario y Mundos Forja sufrieron los ataques relámpago de los Cicatrices Blancas por igual, perdiéndose tesoros incontables ante la avaricia de Jaghatai, antes de que se retirase finalmente al Ojo del Terror.

Jaghatai nunca volvió a pisar Chogoris, aparentemente olvidándose del hogar de su infancia. El destino del planeta, no obstante, está detallado extensamente en las crónicas de las Cruzadas de Abaddon. Tras estabilizar lo que quedaba del Imperio, el Primer Alto Señor volvió su mirada hacia los mundos natales de las Legiones Traidoras. Una fuerza combinada de la Guardia de la Muerte y los Templarios Negros, bajo los ojos muertos de Mortarion, recibió el honor de reconquistar Chogoris. La Hermandad dejada atrás por Jaghatai luchó con valentía, junto a las interminables mareas de jinetes tribales y soldados del Palatino. Recordando las palabras del Gran Khan, nadie se atrevió a cuestionar la rectitud de su causa. Sus corazones estaban llenos de tristeza, pues la llegada del enemigo significaba que Jaghatai, y sin duda el Emperador, habían fracasado, y que eran los últimos guerreros que obedecían sus designios.

Solo podía haber un resultado para esta guerra: un Imperio triunfante. La tragedia de este conflicto solo saldría a la luz cuando los pocos Cicatrices Blancas supervivientes fueron interrogados sobre la localización de su Primarca. Los defensores se creían los últimos defensores del sueño del Emperador, y la fuerza invasora, para ellos, eran los traidores. Cuando se les dijo la verdad, muchos se negaron a aceptar que su Primarca los había descartado. Otros lloraron al oírlo, con sus almas contándoles todo lo que necesitaban saber. Aquellos dejados atrás eran los guerreros demasiado nobles y puros de espíritu que Jaghatai había sido incapaz de corromper. Por sus virtudes, habían llevado a su pueblo a una masacre. Un Rememorador de la flota de Abaddon recogió en unos versos este desolador suceso: "Chogoris, reducido a cenizas, ensangrentado por la guerra. Aunque enemigos, aunque oponentes, solo hijos leales del Emperador murieron aquel día."

En los primeros milenios después de la Gran Traición, un centauro-Demonio que afirmaba ser Jaghatai dirigió invasiones contra el Imperio, atacando sin previo aviso y aparentemente sin lógica. Durante este tiempo, la bestia comandó a la Legión en horrores tales como la Masacre de la Carretera Roja, una hazaña que, incluso con el odio mutuo que hay entre ellos, los Lobos Espaciales de Khorne respetan como un acto de matanza casi sin igual. A medida que pasaban los siglos, Jaghatai se fue distrayendo cada vez más de sus conquistas, dejando que sus Khanes lucharan en su nombre mientras él vivía en éxtasis rodeado de tesoros y placeres. Hace muchos miles de años que el Primarca-Demonio de Slaanesh no ha atacado al Imperio, y muchos estudiosos dudan de que aún dirija la Legión.

La Masacre de la Carretera RojaEditar

De todos los actos sádicos de la historia de los Cicatrices Blancas, la matanza de los refugiados de Urgench es de lejos el más sangriento. Tras días de constantes ataques que culminaron con la desestabilización crítica del núcleo del reactor de la ciudad, Jaghatai se retiró a su campamento para ver cómo la Ciudad Colmena se desmoronaba de terror. Por el contrario, el valiente Gobernador dirigió a su pueblo en una desesperada marcha a la vecina Colmena de Merv. La sangrienta respuesta de los Cicatrices Blancas fue veloz, ya que sus motocicletas les permitían alcanzar con facilidad al enorme grupo de civiles. Durante seis días con sus noches, la población de Urgench fue asediada por las asesinas hordas de Jaghatai Khan. Ni una sola alma llegó a las puertas de Merv.

Mundos natalesEditar

Mundus Planus, o Chogoris como se lo llamó antaño, era dos mundos en un solo planeta cuando Jaghatai caminaba por su superficie. Las ciudades del Palatino estaban construidas con piedra blanca, brillantes faros de la gloria de la Humanidad que se extendían de horizonte a horizonte. Las murallas marfileñas aseguraban una vida de paz y prosperidad para sus habitantes. Este paisaje y modo de vida contrastaban con el del Cuadrante Vacío. Como las praderas se fundían con más praderas, parecía imposible que un solo hombre pudiera reclamarlo todo para sí mismo. Las colinas subían hasta las montañas, desde las que el elixir de la vida corría hasta los poderosos ríos que alimentaban a la tierra. Estos nómadas estaban obligados a vivir espartanamente, pues la comida era escasa, la guerra, frecuente, y muchos morían jóvenes. Maestros del caballo, el arco y la espada, fue este pueblo el que crió a Jaghatai como a uno de los suyos, y cuyos hijos fueron reclutados por los Cicatrices Blancas.

Todo el derramamiento de sangre de la historia de Chogoris palidece en comparación con su destino final. Abandonados y engañados por Jaghatai, una pequeña fuerza de Cicatrices Blancas Leales se enfrentó, junto con las tribus y con las tropas del Palatino, a la Cruzada de Abaddon. No solo fue masacrado hasta el último habitante del planeta en aquella estúpida guerra, sino que su cultura y legado fueron también destrozados. En los siglos siguientes, Chogoris fue convertido en el Mundus Planus de hoy en día. Las ciudades de mármol fueron reemplazadas por fábricas infinitas que bombeaban humo y polución al aire, mientras que el Cuadrante Vacío fue cubierto por altísimas Ciudades Colmena que harían removerse en sus tumbas a los nómadas. Aunque se libró del horror del Exterminatus, Mundus Planus fue sentenciado a convertirse en un simple y anónimo engranaje más de la maquinaria imperial. A lo largo de los siglos, ha producido silenciosamente y sin ser digno de mención su parte de los tributos y de la formación de Regimientos para el Ejército Imperial, ignorante de los horrores de su oscuro pasado.

Por su parte, los Cicatrices Blancas se establecieron en el Mundo Demoníaco de Kaprax, localizado en lo profundo del Ojo del Terror. Las vastas llanuras de su mundo natal fueron recreadas a capricho de Jaghatai, mediante sus inmensos poderes como Príncipe Demonio de Slaanesh. Dejando que sus hombres vagaran libres, para que hicieran cuanto deseasen, el planeta se convirtió en un lugar de exceso, avaricia e indulgencia. Aquellos con el suficiente dinero saqueado y poder erigen tiendas llenas de lujos exóticos que imitan a la Cúpula del Placer del propio Jaghatai. Se desconoce cuántos hermanos de los Cicatrices Blancas, como su Primarca, jamás han abandonado Kaprax desde su llegada, pasando toda la eternidad allí sin aburrirse jamás.

ReclutamientoEditar

El reclutamiento de los Cicatrices Blancas es un tormento incluso para el soldado más duro, y pocos siguen esa senda voluntariamente. Los antiguos rituales que antaño producían guerreros leales al Emperador han sido retorcidos como sus amos hasta convertirse en ceremonias de dolor. Los magicks del Caos permiten que cualquier anfitrión sea inundado del poder de la semilla genética de Jaghatai. Los Videntes de Tormentas, maestros de los vientos de Slaanesh, funden los genes del Gran Khan con los del cautivo mientras los Apotecarios le hacen las cicatrices rituales. La transformación lleva muchas semanas, aunque para el recluta parecen una eternidad de agonía. Durante este tiempo, los Videntes de Tormentas nunca cesan de pronunciar sus cánticos en trance, entregando nuevas almas al Señor Oscuro. Muchos débiles fracasan, pues sus formas físicas son demasiado frágiles para el poder de Jaghatai.

CreenciasEditar

Las ideologías y prácticas de los Cicatrices Blancas han seguido un oscuro camino, del mismo modo que la propia Legión. Las enseñanzas de los Videntes de Tormentas, expertos tanto en el arte de los magicks como en los caminos de Slaanesh, se estructuran en torno a dos pilares básicos en base a los cuales todos los hermanos viven y mueren. Estas creencias centrales son que uno debe obtener todo lo que pueda y vivir al máximo de las capacidades de su cuerpo. Si un predicador imperial enseñase estas palabras a su rebaño, serían virtudes de vida, credos que seguramente enviarían a sus almas a la mesa del Emperador, pero las retorcidas mentes de los Cicatrices Blancas han reducido estos principios a nada más que avaricia y éxtasis. Desean todo lo que no es suyo, pero una vez lo obtienen, palidece y fracasa en satisfacer su ansia. Llevan sus cuerpos al mayor de los placeres y al más profundo de los dolores en el nombre de su patrón, Slaanesh.

OrganizaciónEditar

Aunque todos los Cicatrices Blancas siguen siendo leales al Gran Khan, han pasado largos milenios desde la última vez que abandonó su palacio del placer para dirigir a la Legión en combate. En su ausencia, se han formado grupos en torno a Khanes inspiradores que los dirigen por su habilidad con las armas, por el miedo que inspiran y, sobre todo lo demás, por las riquezas que prometen. Estas Hermandades varían en tamaño, desde pequeñas bandas de individuos unidos por el mismo interés, a ejércitos iguales en número a varias Grandes Compañías Leales. De todas las Hermandades de los Cicatrices Blancas, el triunvirato de los Arrasadores, los Destructores y los Merodeadores compiten constantemente por ser los más brutales y temidos.

Cada Hermandad se estructura según la disposición y los recursos de cada Khan, haciendo que cada una sea individual y única. Unos pocos puntos en común han sobrevivido a la caída de la Legión, como la ausencia de Escuadras Devastadoras y el desagrado hacia los Dreadnoughts. Aunque lo primero es simplemente contrario al fluido estilo de combate enseñado por Jaghatai, lo último inspira temor en sus retorcidos corazones. El enterramiento dentro del sarcófago de una de esas bestias es visto como el mayor de los tormentos: vivir envueltos en frío metal desprovistos del sentido del placer. Se sabe que algunos Khanes han castigado a aquellos bajo su mando apresándolos dentro de un Dreadnought cuando han podido capturar uno de las fuerzas Leales. Estas pobres almas se hunden rápidamente en la locura y son lanzados a lo más duro del combate, causando mucha consternación entre las filas enemigas.

La preferencia por la guerra móvil en la Legión continúa la tradición de las tribus de Chogoris, favoreciendo especialmente el uso de motocicletas. Estos hermanos a menudo se agruparán de seis en seis, el número sagrado de Slaanesh, pues aquellos que lo emplean son bien vistos por su Señor Oscuro. Los Cicatrices Blancas son la única Legión capaz de desplegar Land Speeders, aunque su número está limitado por su incapacidad de producirlos, dependiendo entonces del pillaje en el campo de batalla. Un Khan que logre adquirir tales tesoros verá muy reforzados su estatus y su poder.

Aunque no hay una verdadera estructura de poder entre las facciones salvo que Jaghatai es el señor de todos, hay posiciones de gran importancia dentro de la Legión. Un Astartes conocido únicamente como la Voz del Gran Khan habla en nombre de Jaghatai, y a efectos prácticos gobierna sobre toda la Legión. El Khan que se niega a obedecer las órdenes de la Voz es un estúpido, pues la ira que este puede desatar es casi igual a la del Primarca. Los Videntes de Tormentas son también una fuerza dominante dentro de la Legión, pues su experiencia en los magicks de Slaanesh les concede poder por encima de los sueños de otros. Cobran un alto precio en tesoros y esclavos por sus servicios dentro y fuera del campo de batalla, pero es algo que los Khanes deben aceptar para que sus Hermandades sigan existiendo.

La Leyenda del CazadorEditar

El Señor de la Caza es un hermano muy temido de los Cicatrices Blancas. Sin deber lealtad a nadie, vaga por la Galaxia en busca de su presa. Unos pocos Marines, ebrios de la emoción de la caza, siguen al acechante en sus misiones, aunque ninguno sobrevive mucho tiempo. Los registros imperiales sobre el Señor de la Caza son confusos en el mejor de los casos, y los estudiosos siguen indecisos sobre si se trata de un único hombre que ha sobrevivido desde la Herejía o de un título que un guerrero toma cuando su predecesor muere. La leyenda afirma que un Khan caminaba por los campos de batalla del Asedio de Terra, retando a campeones Leales y Traidores por igual a un combate singular. El número de guerreros que cayeron bajo su espada se desconoce, pero desde ese día, la venida del Señor de la Caza es un anuncio de muerte para su presa.

El Hermano-Capitán Cato Sicarius era un orgulloso guerrero de los Ultramarines, un campeón de Guilliman y el probable heredero al trono de la Legión. Era rápido con la espada, preciso con la lanza y letal con el hacha. Este degenerado, este Cicatriz Blanca, había sido un enemigo competente, pero había sido un idiota al retarle. Fuera Leal o Traidor, nadie podía igualar la habilidad marcial de los Ultramarines. Sicarius suspiró ante el desperdicio de semejante armadura. Solo el casco ya era una obra maestra, forjado con la forma de un lobo gruñendo: era una pieza de arte. Su enemigo estaba incapacitado, incapaz de moverse por el dolor que atenazaba su cuerpo, y aun así parecía estar disfrutando de la experiencia. Con un practicado movimiento de su Espada Tempestuosa talassariana, cortó la cabeza de su enemigo de un solo golpe. Fue su último acto como un guerrero de Ultramar. Desde lo profundo de su interior, habló una voz que no era la suya: "Saludos, recipiente, soy el Señor de la Caza… Y tú eres mío."

Doctrina de combateEditar

Desde su caída al servicio del Príncipe Oscuro del Exceso, los Cicatrices Blancas no han hecho más que aumentar su maestría de la guerra móvil. Sus asaltos recuerdan a los de los Talskar en su etapa más agresiva. Apareciendo desde todos los flancos, la única advertencia de su llegada es el trueno de los motores cuando las motocicletas aparecen en el horizonte. Los ataques son duros y rápidos, dejando atrás un espeluznante silencio cuando los Cicatrices Blancas se retiran a pesar de que la victoria podría haberse obtenido fácilmente de haber seguido luchando. Tales tácticas son consideradas estúpidas por muchos estrategas, pues permiten que un enemigo desprevenido pueda atrincherarse, pero tal es la brutalidad del primer golpe, que el enemigo queda desmoralizado y el terror se extiende insidiosamente. Los Cicatrices Blancas observan divertidos cómo la fuerza enemiga se desgarra desde dentro, incapaz de soportar el temor a un segundo ataque que puede llegar en cualquier momento.

Allí donde los hijos de Jaghatai marchan, la destrucción les sigue. Su capacidad de aislar el eslabón débil de cualquier fuerza defensiva causa devastación en toda la línea. Un flanco anteriormente seguro se encuentra rodeado por el enemigo, mientras que un enemigo que se cree atacado se despierta para no ver a ningún enemigo pero sí escuchar los alaridos de los hombres de las líneas defensivas posteriores. Ha habido ocasiones en los que la nobleza de la Humanidad ha prevalecido, y en vez de desintengrarse, una comunidad unida y reforzada se sigue alzando contra los Cicatrices Blancas. Tales insultos son tratados duramente, y los bravos idiotas en ocasiones sufren un destino peor que la muerte: el reclutamiento forzoso en la Legión contra la que lucharon con tanto valor.

Tal es la decoración y riqueza de las armas y armaduras que adornan a cada Marine, que muchos han confundido a simples guerreros rasos con líderes. Espadas dignas de Capitanes Leales pueden verse en las manos de meros Marines de a pie. Se dice que una victoria sobre la Legión, en caso de poder obtenerla, sería verdaderamente lucrativa, pues las riquezas ganadas del saqueo de los Astartes podrían comprar una ciudad.

Semilla genéticaEditar

Incluso cuando servían al Emperador durante la Gran Cruzada la pureza de la semilla genética de los Cicatrices Blancas ya era puesta en duda. La genética de las tribus de Chogoris demostró ser tan resuelta y fuerte como la propia gente, fundiéndose con la de Jaghatai. Su ansia de guerra y su salvajismo se hicieron uno con la brutalidad de los Marines Espaciales para producir una oscura mancha en la historia de la Humanidad. Incluso sin los reclutas de su mundo natal, los Cicatrices Blancas se han vuelto cada vez más sádicos y bárbaros. Hasta sus aliados más odiados, los Lobos Espaciales de Khorne, han llegado a llamar a los Cicatrices Blancas crueles.

Las mutaciones se han extendido muchísimo por varias de las Hermandades, mientras que otras han logrado mantener cierta integridad genética. Los Merodeadores son renombrados por las formas demoníacas que muchos de sus Marines han tomado, llegando a rivalizar en horror con la miríada de criaturas de la Disformidad. Los magicks usados para crear nuevos reclutas para la Legión solo destrozan aún más la pureza del legado de Jaghatai, al hacer fluir el veneno del Caos desde el principio en lo que una vez fue un ritual sagrado. Nada más nacer un Marine a la horrible vida de los Cicatrices Blancas, ya está obsesionado con el deseo y destruido por el placer: es un verdadero hijo de Slaanesh.

Grito de guerraEditar

Aunque los Cicatrices Blancas emplean numerosas consignas, "¡Por el Khan!" es una constante en todas las Hermandades.

Leer másEditar

Herejía de Dorn - Historia y Legado de la Traición de Dorn.

FuentesEditar

Extraído y traducido de The Dornian Heresy - The Legio Imprint, creado por el foro Bolter and Chainsword.