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- Hankak. Mario Hankak- Habló el Inquisidor Thurr. Frunció el ceño- No me gusta. No hay más que mirar su ropa, demasiado...sencillo. No, esa no es la palabra- Se rascó la barbilla- No sé ni como describirlo. Puede permitirse un equipo mejor. O tiene demasiada fe en sí mismo, o no se asegura de servir al Imperio todo lo bien que podría. No me gusta- Reiteró.

La mujer a su izquierda sonrió, quizá divertida, quizá de acuerdo con Thurr:

- Ordo Xenos, ¿Eh?- Se pasó el dedo pulgar por las mejillas llenas de pecas- Pensé que te interesarías más. 

- Por supuesto.

El altavoz del servocráneo de Silvia se activó y a través de él sonó la voz de uno de sus acólitos:

- El Inquisidor Hankak acaba de llegar al Palacio, señora.

- Entendido, gracias por el aviso- Apagó el intercomunicador y apoyó un codo en la holomesa- Y bien, antes de que llegue, ¿Has leído su expediente?

- No, ya te dije que nada más ver su foto no me gustó nada.

Silvia suspiró, y el pesado portón de la sala se abrió. Ambos, Thurr y Silvia, miraron al recién llegado, si bien él apartó la mirada rápidamente con un gruñido.

El inquisidor Hankak era un hombre joven, de buen ver, de piel morena y pelo corto y negro como la brea. Era alto y musculoso, si bien no tanto como el gigantesco Thurr. Su brazo derecho estaba enteramente recubierto por un retorcido tatuaje de estilo tribal en tinta negra, mientras que el izquierdo era biónico desde el codo hasta la mano. En el hombro tenía otro tatuaje, ésta vez representando al Águila Imperial.

Vestía una coraza de caparazón lisa y algo ceñida, de color negro, cuyas correas se encontraban sobre los hombros, y cada una de ellas contaba con una gran hebilla cuadrada y dorada para ser ajustada. La prenda no tenía mangas, y contaba con un cuello que se elevaba hasta un poco más arriba de la base de la mandíbula, pero no cubría su garganta. En la zona de la cintura se alargaba hasta cubrir la entrepierna.

Sus antebrazos estaban protegidos por sendos brazales, también negros. En el centro de cada uno, y talladas en un metal ligeramente más oscuro que el oro, se encontraba una calavera alada, son ambos apéndices dirigidos hacia arriba, pues de otro modo no cabrían a lo ancho en la prenda. Sus manos estaban cubiertos por unos mitones de combate de medio dedo. Llevaba unos pantalones de combate de color gris muy oscuro, y con grandes bolsillos en la zona de las rodillas. Las botas le llegaban algo más abajo de las rodillas y contaban en el lateral exterior con cuatro grandes hebillas.

De su cinturón pendía una funda de cuero que albergaba una pistola de gran tamaño y tres portacargadores dobles a un costado, uno tras otro, en dirección a su espalda. Por último, una espada envainada colgaba de la parte trasera de su cinturón, balanceándose con cada paso que el inquisidor daba.

Hankak caminó hacia la holomesa con paso lento y tranquilo. Ni Silvia ni Thurr pudieron ver un atisbo de nervios en sus ojos marrones. Una vez llegó junto a sus dos camaradas inquisidores, echó un vistazo a la holomesa y se encogió de hombros, todo en el más absoluto silencio.

- ¿Tengo que presentarme o algo?- Dijo al fin tras unos segundos en los que nadie habló.

Thurr gruñó, Silvia sonrió, y le contestó:

- No es necesario, ya sabemos todo lo que tenemos que saber- Le tendió una mano- Silvia Tarieni, Ordo Malleus, encantada.

Él aceptó el saludo y se lo devolvió con educación:

- Mario Hankak, Ordo Xenos- Se encogió de hombros de nuevo- Pero supongo que ya lo sabías.

La Inquisidora asintió y movió la mano derecha en dirección a Thurr:

- Éste es el Inquisidor Thurr, Ordo Hereticus. Como puedes comprobar, no es muy amigable- Le miró con una expresión juguetona- Probablemente no le entiendas. Tiene un acento demasiado fuerte. 

Thurr maldijo por lo bajo y se cruzó de brazos, flexionando sus podersos bíceps llenos de tatuajes tribales rojos como la sangre. Silvia le guiñó un ojo. 

- Nací en Gargantúa, y me crié ahí hasta que unos mercaderes de esclavos me capturaron junto al resto de mi tribu. El Inquisidor Taleo Hüot, mi predecesor, me compró y me adoptó como su ayudante- Hizo una mueca- Supongo que a algunos nos salva la suerte- Acto seguido, miró a Hankak con los ojos entornados- ¿Y tú, chico, cómo llegaste a inquisidor?

- Cierto- Asintió Silvia- Es de lo poco que no he podido averigüar sobre ti.

Las miradas de ambos se posaron sobre él, expectantes.

- Supongo que tienes razón- Se limitó a responder- A algunos nos salva la suerte. De todas formas, no creo que mis orígenes sean importantes. Doy por hecho que me habéis convocado para darme alguna tarea, no para hablar de mí.

Silvia rió, y el ceño fruncido de Thurr se suavizó un poco.

- ¡Perspicaz!- Seguía riendo ella.

- Sí, no andas desencaminado. Si no me equivoco, ésta sería una de tus primeras misiones- Afirmó Thurr.

- No, no. Ya he tenido un par de trabajos más. Empecé bastante fuerte, por desgracia- Se retiró el brazal izquierdo y les mostró su antebrazo mecánico- Aquí tenéis una prueba. Tengo mi experiencia, creo que podría apañármelas.

Silvia desplegó una pantalla holográfica desde su muñeca izquierda y comenzó a revisar su información:

- Esclavistas y piratas espaciales- Pasó el dedo índice de arriba a abajo para desplazar el informe de la pantalla- Algunos corsarios eldar y una misión que se complicó demasiado en unas cuevas repletas de mutantes- Miró a Thurr- Está preparado, ¿No crees?

Él descruzó los brazos e hizo sonar sus nudillos:

- Esperemos que no.

Hankak levantó una ceja con gesto interrogante:

- ¿Me he perdido algo?

- Nada que no haya previsto ya- Aseguró Silvia tras dedicar una fría mirada de reproche a su colega del Ordo Hereticus.

- Pues si no os importa, vayamos al grano. Uno de mis contactos me ha desvelado la posición de una destilería de droga secreta que llevaba un tiempo buscando, y tengo un poco de prisa.

- ¿Qué eres, un Arbites, chico? Deberías ocuparte de asuntos más importantes- Thurr sacó una placa de datos de uno de los cajones de la holomesa y se lo entregó- Aquí tienes los datos de tu prueba, puede que sea demasiado para ti.

- ¿Prueba?

- Todavía no eres de confianza- Explicó Silvia, sonriente- Aún no se te considera un inquisidor de pleno derecho. Has sido ascendido demasiado pronto. Es una situación...singular, y se nos ha ordenado probar tu valía. 

Hankak asintió y sacó un cigarro de uno de los bolsillos de su pantalón. Mordió su base y sacó una pistola de chispa del mismo bolsillo. Thurr se llevó una mano hacia el pomo de su espada sierra, y Silvia lo miró con curiosidad. Cuando el cañón del arma tocó el extremo del cigarro, Hankak apretó el gatillo y una pequeña llama encendió el rollo de Iho. Tarieni rió de buena gana, pero su compañero miró al joven Inquisidor con desaprobación y masculló algo entre dientes. Frente a la seria mirada del inquisidor, Hankak se disculpó y les ofreció a ellos también, pero ambos negaron la oferta, ella con educación, él de una manera muy seca.

- Un momento...¿Capturar a un separatista?- Preguntó al echar un vistazo al informe- ¿Esto no sería tarea del Hereticus?

- Tengo ya cosas que hacer- Respondió Thurr con sequedad- Además, si lees un poco más, verás que lo necesitamos para interrogarle y sacarle información sobre el xeno al que sirve.

Hankak los miró a los dos, exigiendo una respuesta con la mirada. Silvia fue la que le dio la respuesta.

- Son separatistas, como has leído. Sirven a las fuerzas Tau como auxiliares y abordando naves imperiales para robar material y conseguir mano de obra esclaca- Explicó- Llevamos un tiempo intentando pensar en un plan para acabar con los xenos, pero primero necesitamos llegar hasta ellos. Y ahí entras tú. Capturarás al líder de los separatistas, lo interrogarás y luego haz con él lo que quieras. Esa será la primera parte de tu misión.

Hankak torció el gesto. Detestaba luchar contra otros seres humanos. Irónicamente, era una parte importante de su trabajo.

- Antes de nada, cuento con un séquito bastante reducido. Necesitaré un tiempo para ampliarlo, y, en cuanto esté, procederé a llevar a cabo la misión- Indicó. 

- ¿Cuánto tiempo crees que te llevará? No podemos tardar demasiadado, mientras hablamos es probable que alguna de nuestras naves esté siendo abordada por los separatistas. Cada día que pasa es importante, Hankak.

- Coincido con Silvia. El tiempo es vital, chico.

Él se rascó la nuca, no muy seguro de qué respuesta dar.

- Es probable que me lleve unos meses. He investigado sobre los posibles sujetos a incluir en mi séquito, y aunque todos ellos están en este sub-sector, me llevará bastante tiempo encontarlos y viajar de mundo en mundo- Negó lentamente con la cabeza- No puedo dar una cifra exacta, pero estimo que alrededor de dos o tres meses, cinco si las cosas se complican o los informes sobre la ubicación de los candidatos son erróneos.

Silvia y Thurr se miraron.

- Es aceptable- Dijo al fin ella- Siempre y cuando los reúnas a todos en el período de tiempo que nos has dicho- Hankak asintió, complacido al ver que su plan había sido aceptado- Otra cosa, Hankak, ¿Has dicho que se encuentran en distintos mundos?

- Sí.

- Necesitarás transporte entonces, ¿Lo tienes ya?

El joven inquisidor apartó la mirada sintiendo una punzada de vergüenza:

- No, no. Por desgracia no tengo la suficiente influencia ni el suficiente dinero como para poder permitirme tener una nave para mí y mi séquito.

Silvia asintió y se volvió hacia Thurr.

- De acuerdo, veré si puedo hacer algo- Frente a esta respuesta, Thurr gruñó en desacuerdo- La sesión ha terminado, puedes irte. Nosotros debemos deliberar algunos asuntos.

Hankak se despidió con un asentimiento de cabeza y se encaminó hacia la salida mientras se guardaba la placa de datos que Thurr le entregó. Una vez las pesadas puertas de madera noble se cerraron tras él, caminó hacia la salida del palacio donde los dos Inquisidores lo habían citado mientras pensaba en el desafío que iba a representar encontrar a los nuevos miembros de su séquito. Y conseguir que aceptasen sin tener que hacer uso de la violencia, claro.

Hankak odiaría tener que matar o hacer daño a seres humanos que no habían cometido ninguna falta contra el imperio. Aún seguía pensando en ello cuando llegó a la salida y dos de los acólitos de Silvia le abrieron las puertas del edificio para dejarle salir. Poco después se encontró con su pequeño séquito, que rápidamente se apresuró a reunirse con él, que se había apoyado en una de las paredes de piedra caliza del palacio del gobernador planetario.

- ¿Y bien, Inquisidor?- Habló la cascada voz de Lorgen, el anciano psíquico.

Lorgen ya era viejo cuando servía al antecesor de su señor, y tenía la piel llena de cicatrices, manchas de la edad y arrugas. Cubría su anciano cuerpo con una larga túnica verde con capucha, la cual siempre llevaba puesta, de manera que pocas veces dejaba a la vista sus ojos ciegos, fruto de su proceso de sancióm en el Adeptus Astra Telepathica. 

- Ya tenemos una misión, Lorgen- Hankak dio una larga calada a su cigarro, lo acabó, lo lanzó al suelo y lo pisó para apagarlo mientras sacaba otro- Pero, antes de nada, tenemos cinco meses como máximo para buscar al resto del séquito.

- Ah, esa idea suya. No me había contado que por fin había acabado la búsqueda, señor.

- Planeaba contároslo hoy. De todas formas, perdona, sé que te dije que te avisaría.

- No hay ningún problema, señor- Lorgen inclinó la cabeza respetuosamente.

El inquisidor sacó la placa de datos de uno de sus bolsillos y se lo entregó a la otra persona que componía se séquito; la tecnosacerdotisa Iridia Natheia. Ella tomó el objeto y comenzó a estudiar los datos con rapidez.

Iridia era originaria del sector Calixis y había nacido en el propio Adeptus Mechanicus. Unos años más joven que el inquisidor, poseía un rango bajo en el Adeptus Mechanicus, aunque apenas tenía contacto con él dado el carácter de su trabajo. Las únicas partes de su cuerpo que había sustituído por partes mecánicas eran ambos antebrazos, las dos piernas a partir de las rodillas y varias conexiones neurales que se había implantado en la columna vertebral y en la base de los omóplatos.

Era una mujer de complexión delgada, de cabello negro y largo. Sus ojos verdes contrastaban con su pálida piel, cubierta por la tradicional túnica roja encapuchada del Adeptus Mechanicus. 

Hankak sacó un colgante a través del cuello de su coraza y lo miró detenidamente con aire despistado. La pieza estaba formada por una cadena metálica y un pedazo de ceramita tallada con la forma del sello de la Inquisición. Lo movió entre sus dedos mientras Iridia seguía revisando la placa de datos y Lorgen miraba al suelo en silencio. Tras un par de minutos, la tecnosacerdotisa apagó el aparato y lo guardó entre sus ropajes.

- Parece una tarea complicada.

- Lo es, la verdad- El inquisidor metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros- Pero cuando contemos con todo el séquito al completo, estoy seguro de que estaremos preparados para llevarla a cabo, confiad en mí.

- Ya lo hacemos, señor- Replicó en un susurro Lorgen, sin levantar la ciega mirada del suelo.

- Coincido con Lorgen, inquisidor- Asintió Iridia- Le seguiremos vaya done vaya, luche contra quien luche y pase lo que pase.

Hankak sonrió y se separó de la pared.

- Eso quería oír- Echó a andar, y sus dos acólitos le siguieron un paso por detrás- Iridia, ¿Has conseguido los billetes para Luzke?

- Sí, señor.

- Excelente, ya estoy harto de este calor. Vamos a la estación ahora mismo.

- ¿Qué pasa con la destilería de droga, Inquisidor?- Preguntó Lorgen.

- Ah, cierto. Iridia, contacta con el Juez Pares y dile que dejo la tarea en sus manos, que tenemos algo más urgente que hacer.

- Entendido- Y se apresuró a enviar un mensaje al cuartel del Adeptus Arbitres.

- Así pues- Volvió a la carga Lorgen- Doy por hecho que vamos a buscar al primer candidato de su lista, ¿Me equivoco?

- Para nada, mi querido amigo. Estás en lo cierto, como de costumbre.

- ¿Puedo preguntar de quién se trata?

- Faltaría más- El inquisidor sacó un pequeño cuaderno del interior de su coraza y lo abrió- Nuestro primer candidato es la hermana Petra Nahill. Sirvió en Thorax contra los orkos, apoyando junto al resto de su Orden Hospitalaria a los regimientos de la Guardia Imperial. Su historial es digno de mención: actos de heroicidad en combate, numerosas vidas salvadas, heridas tremendamente graves tratadas con éxito...- Carraspeó y guardó el cuaderno de nuevo- Ahora mismo, si mi información no está equivocada, se encuentra en un hospital de Luzke. 

- Interesante- Murmuró el psíquico- ¿Algún dato más que se deba saber, señor?

- Eh...bueno, nadie es perfecto, ¿No?- Hankak devolvió el colgante a su lugar original con nerviosismo- La hermana Petra estuvo en varias ocasiones en medio del combate, y aunque los informes afirman que luchó con bravura y todo eso, hay algunas...taras psíquicas que le han quedado. Puede que sea muy violenta si se enfada.

- Entonces será mejor no provocarla.

- ¡La voz de la sabiduría!- Rió el inquisidor. 

El psíquico no se ofendió, pero tampoco encontró gracia alguna a la broma de su señor. Iridia tampoco hizo gesto alguno.

- Sois los acólitos con menos sentido del humor de la historia del Imperio- Murmuró Hankak, negando lentamente con la cabeza. 

Capítulo primero: la SantaEditar

La ciudad de Luzke se encontraba muy cerca de polo norte de Steria, de manera que poseía uno de los climas más fríos de todo el planeta. Sin embargo, era un sitio famoso por su industria turística, pues el entorno que rodeaba a la ciudad era considerado muy hermoso, sobre todo en la estación de las nevadas.

Y también era el primer lugar del planeta donde las Órdenes Hospitalarias fundaron un hospital, el  cual seguía en pie casi tres milenios después. Hankak y su séquito se encontraban frente a él.

- Llevo tres siglos volviendo a esta ciudad cada pocos años, y siempre hay algo nuevo- Dijo Lorgen con aire distraído, incluso nostálgico- Pero este sitio se mantiene tan majestuoso y bello como siempre.

Hankak se encogió de hombros, contemplando con admiración las dos gigantescas torres del hospital, construídas con bloques de piedra pulida, al igual que el resto del edificio:

- Sí. A Preto le encantaba este sitio, lástima que ya no esté vivo para poder verlo.

- Su antecesor murió con honor al servicio del Imperio, y su pérdida no fue en vano- Iridia se arrebujó en su túnica. Aunque sus partes mecánicas no sintieran el gélido aire del exterior, el resto de su cuerpo sí que lo hacía- Además, eligió un buen sucesor. Usted durará más que él, estoy segura. 

- Eso espero- Hankak dirigió una última mirada a las altas torres de la estructura antes de entrar en ella.

El interior del hospital de Santa Steria no tenía mucho que ver con el exterior, especialmente si se tenían en cuenta la cantidad de servidores médicos y aparatos tecnológicos que se encontraban en las habitaciones, quirófanos y, en general, por todo el edificio. Los habitáculos de los pacientes se encontraban a ambos lados de los pasillos, y la hermana Petra debía de encontrarse atendiendo a alguien en una de ellas. Hankak no sabía en cual, de manera que tuvo que informarse con el personal del Medicae. Abordó a una enfermera en cuanto la vio salir de una de las habitaciones:

- Perdone. Busco a la hermana Nahill. Me dijeron que estaba en este hospital.

Ella se sobresaltó por lo repepentino del encuentro, y la bandeja metálica que llevaba en las manos a punto estuvo de caérsele al suelo.

- ¿La hermana Nahill?- Dijo al cabo de un segundo- Hoy no está aquí. Dijo que debía ir al distrito pesquero a arreglar unos asuntos.

- ¿Qué asuntos?- Inquirió él, suspicaz.

Sin embargo, la enfermera negó con la cabeza.

- No lo sé, no dijo nada más. 

El inquisidor se hizo a un lado, cediéndole el paso:

- Gracias por la información.

- ¿Para qué la necesitas?- Preguntó mientras se iba.

- Asuntos de familia- Mintió él.

La enfermera se encogió de hombros y desapareció tras la puerta de otra habitación.

- Debería hacer uso de la autoridad que su cargo le otorga, señor. Esa mujer podría haber sabido algo más- Le reprendió Lorgen.

- No quiero que todo Luzke sepa que hay un inquisidor en la ciudad- Le respondió él en un susurro mientras les hacía señas para que le siguieran hacia la salida- Lo último que necesito es que haya algún tipo de complicación más. El tiempo es vital.

- Discúlpeme entonces- Se excusó el anciano- Estoy más acostumbrado a los métodos de su antecesor que a los suyos, por desgracia.

- A Preto le gustaba montar escándalo y que luego todos los criminales de la zona se le echasen encima.

- Los suficientemente estúpidos como para hacerlo- Apuntó Iridia.

- Exacto. 

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El distrito pesquero de Luzke era uno de los sitios más fríos de toda la macrópolis, debido, en parte, a que no contaba con los sistemas de calefacción callejeros que el resto de la ciudad sí tenía, y también por otro lado debido a los pabellones de refrigeración para las miles de toneldas de pescado que ahí se encontraban. Las gélidas aguan lamían con pereza los muelles de rococemento y las cubiertas metálicas de los enormes barcos pesqueros, y por todos lados podía uno encontrarse con grupos de marineros descargando cajas de mercancía, embarcando en sus respectivos navíos o pasando su tiempo libre con sus compañeros de tripulación. 

Hankak observó como su aliento se condensaba al salir de su boca y se sintió agradecido de haberse acordado de coger el pesado y largo abrigo negro de capucha forrada en piel de oso que llevaba puesto. 

- Me pregunto qué demonios habrá venido a hacer la hermana Petra a un lugar como éste- Pensó en voz alta mientras miraba a su alrededor.

- Si le soy sincera, inqusidor, no quiero saberlo- Replicó Iridia.

Frente a las palabras de la tecnosacerdotisa, Hankak asintió, sabedor de que, probablemente, se estaban metiendo en un problema.

- Tampoco a mí me gusta esto. Pero tenemos que encontrar a Petra, esté donde esté. Y con quien esté-Soltó una breve y seca risa- A decir verdad, no creo que haya venido aquí a admirar el mar y a reunirse con los pescadores y marineros.

- Exacto- Lorgen se removió bajo su túnica, inquieto- Y por eso mismo será doblemente difícil encontrarla aquí.

- Ahí te equivocas- Hankak sonrió- No creo que por aquí suelan pasar muchas hermanas hospitalarias, así que, si preguntamos, estoy seguro de que alguien recordará haberla visto en algún sitio del distrito.

Iridia asintió:

- Cierto, inquisidor. No es por ser grosera, pero deberíamos empezar a movernos ya- Flexionó los antebrazos- Las junturas de mis implantes están comenzando a congelarse.

Hankak rió mientras los tres comenzaban a andar hacia el grupo de marineros más próximo:

- ¡Imperfecciones de la máquina, Iridia! El cuerpo humano no se congela con tanta facilidad. Deberías habértelo pensado dos veces antes de amputar unos miembros pertenecientes a una raza perfecta para sustituirlos por máquinas. 

- Exigo respeto frente a mis creencias y mi fe en el Dios Máquina, inquisidor- Replicó ella, molesta.

Hankak asintió en señal de disculpa mientras llegaban hasta los marineros. Carraspeó para llamar su atención, y ellos levantaron la mirada del juego de cartas que estaban disputando entre risas y bebida.

- Caballeros. Buenas tardes- Hizo una suave reverencia, lo que captó por completo la atención de los pescadores, que lo miraron extrañados- Estoy buscando a una amiga, perteneciente a una de las Órdenes Hospitalarias locales. Me han dicho que ha pasado por aquí, y les estaría muy agradecido si me indicasen el último lugar donde fue vista en el distrito.

Los aludidos se miraron entre ellos con expresiones de incredulidad, dudando si aquel hombre les estaba tomando el pelo o estaba hablando en serio. Finalmente, uno de ellos se volvió hacia Hankak y contestó a su pregunta.

- He visto a una mujer vestida con una túnica entrar en el muelle de carga cuatro harán unos cinco minutos ahora mismo. Quizá sea ella.

Hankak agradeció la respuesta con un respetuoso asentimiento de cabeza y volvió con sus acólitos.

- ¿A qué ha venido esa manera de actuar? No es su estilo- Observó Iridia.

- Conseguir información aprovechándonos de la incredulidad y la sorpresa es más fácil. Y gastamos menos munición- Se encogió de hombros- Además, eran seres humanos. Y por ende, perfectos. Así que estaba seguro de que cooperarían sin dar problemas.

- Lo que usted diga- Replicó Iridia con un leve encogimiento de hombros.

Con la nueva información acerca del paradero de Petra, los tres pusieron rumbo al almacén cuatro, donde fue vista por última vez. Una repentina y acuciante lluvia helada les pilló a medio camino, y se vieron obligados a apretar la marcha. Una vez llegaron casi a su destino, el fuerte olor a pescado les llegó, e incluso Lorgen arrugó la nariz, asqueado.

- Espero que esté aquí- Gruñó Hankak, tapándose la nariz con la manga de su abrigo- Odio el pescado, y más aún cuando está apilado en toneladas, despidiendo este...nauseabundo hedor.

- Coincido con usted- Iridia se ajustó su respirador y miró con una ceja levantada al inquisidor tras respirar, aliviada y libre del olor a pescado. Él sonrió frente al gesto de la tecnosacerdotisa, divertido.

De repente, un fuerte disparo seguido de un reverberante eco metálico y un grito de dolor interrumpieron a Hankak, que iba a ordenarle a su subordinada que le diese su respirador. 

- ¿Qué ha sido eso?- Eclamó mientras corría hacia la puerta del almacén.

- Parece una pistola bólter- Evaluó Iridia- Una modelo Ceres, con munición estándar. Me atrevería a decir que está en un estado excelente.

Hankak la miró con admriación. Nunca se había acostumbrado a las deducciones de Iridia en materia de máquinas. Ella sonrió bajo su respirador y activó sus mecadendritos, que se elevaron desde su columna y omóplatos hasta estar por encima de los hombros y de su cabeza. Los cuatro que tenía conectados en su columna eran meras combi-herramientas, que la ayudaban cuando necesitaba arreglar o reparar algo. Sin embargo, los dos mecadendritos de sus omóplatos tenían sendas pistolas láser implantadas.

Se apoyaron sobre la pared inmediatamente a la derecha de la puerta del almacén, esperando a la señal del inquisidor para entrar y averigüar qué estaba pasando. Hankak desenfundó su pistola pesada, tomó aire, lo expulsó lentamente y levantó la mano izquierda para avisar a sus acólitos de que era el momento de entrar en el almacén. Con un rápido movimiento, cruzó la puerta y encañonó a la única persona que había de pie en aquel sitio. 

Se encontraba a unos diez metros. Tal y como había dicho el marinero, estaba vestida con una larga túnica oscura provista de capucha. Hankak avaznó sin dejar de apuntar a la figura, sintiendo como tanto Iridia como Lorgen se situaban a su derecha e izquierda respectivamente. Casi sin quererlo, se dio cuenta de que en el suelo había cinco cuerpos, dos de ellos decapitados por disparos. Los otros dos estaban boca arriba, con los torsos destrozados, y el quinto, el más alejado, tenía la cabeza vuelta del revés. 

- ¿Lo tienes tú?- Oyó decir a la encapuchada. Era un tono de amenaza y desprecio.

- ¡No! ¡Yo no!- Gimió otra voz, ésta de hombre.

- ¿Dónde está, pues?- Descargó un sonoro puñetazo sobre el hombre.

Él no dijo nada, pero otro puñetazo más hizo que hablase:

- ¡En la guarida! ¡Suéltame ya, por piedad!

- Información incompleta, escoria- Levantó un brazo en señal de amenaza, y el interrogado chilló de dolor al recibir un golpe tras otro.

- ¡En la perifieria de la ciudad!- Gimió- ¡Bajo una de las fábricas abandonadas!

Ella estalló y comenzó a abatir una lluvia de rodillazos y patadas sobre él. Hankak sintió una extraña satisfacción: no había duda, era ella.

- ¡Dame la dirección exacta, desgraciado! ¡Dámela y tu muerte será rápida e indolora!

Cuando la tormenta de golpes cesó, el hombre se alejó a gatas de su agresora, tosiendo y maldiciendo entre dientes. Una patada en su costado lo tiró al suelo de espaldas, y reculó como pudo hasta que topó contra la pared que tenía detrás, momento en el cual se encogió sobre sí mismo y, sollozando, alzó una mano hacia Petra en señal de que iba a hablar.

- En el sector noroeste- Masculló algo incomprensible y tosió- Una antigua fábrica de coches en ruinas. Hay una trampilla que da a unas escaleras. La contraseña es 'tairones chasqueantes'- Sus músculos se relajaron y dejó caer sus brazos. Alzó la mirada hacia la hermana hospitalaria. Su cara estaba llena de cortes y cardenales- Acaba con esto ya. Por favor. 

Petra caminó lentamente hacia él y se arrodilló para estar a su altura. El inquisidor hizo señas a Iridia y a Lorgen para que avanzasen junto a él, en silencio.

- Lo siento- Susurró mientras tomaba del pelo al hombre y lo acercaba a la pared- Te mentí.

- ¿Qué?- Masculló él después de toser.

- Tu muerte sólo será rápida- Respondió.

Él intentó levantarse mientras la insultaba y maldecía, pero un rápido tirón por parte de la hermana hospitalaria lo dejó a su merced, contra el suelo. Antes de que siquiera el desgraciado pudiera intentar zafarse, el sonido de las cadenas de una sierra eléctrica al ponerse en marcha y el hambriento rechinar de sus dientes inundaron el almacén, pero al instante fueron eclipsados por los gritos del hombre, que eran una mezcla de extremo dolor, gemidos y súplicas.

Unos segundos después, cuando él dejó de gritar, Petra se levantó lentamente mientras los dientes de la sierra dejaban poco a poco de girar y el silencio volvía a la sala. Se quitó la túnica, empapada de sangre y le dio la vuelta para que las manchas no se notaran. Llevaba puesta la característica servoarmadura que las hermanas de las órdenes hospitalarias vestían cuando llevan a cabo acciones en combate. Se puso de nuevo la túnica y se dio la vuelta, aunque retrocedió al ver a los tres desconocidos que se encontraban ante ella y la apuntaban con sus armas.

- ¿Quiénes...?

No pudo acabar la frase, Hankak fue más rápido:

- ¿Petra Nahill?

Ella entrecerró los ojos durante un instante, mirándolo con sorpresa. Cuando respondió, todo rastro de hostilidad en su gesto y mirada había desaparecido:

- Sí, soy yo. Ahora, responde tú, ¿Quiénes sois y cómo sabéis mi nombre?

Mientras enfundaba su pistola y se acercaba a la hermana hospitalaria roseta en mano, Hankak respondió a sus preguntas:

- Inqusidor Mario Hankak, Ordo Xenos. He venido a pedirte que te unas a mi séquito- Sonrió, tranquilizador- Tu expediente no pasó precisamente inadvertido cuando revisé los de las hermanas hospitalarias destacadas en Cynus. 

Petra levantó una ceja, confusa, pero mantuvo la compostura.

- ¿La Inquisición?- Murmuró- ¿Y habéis venido hasta aquí sólo para encontrarme? Estoy segura de que podíais haber enviado a uno de vuestros subordinados.

Él sonrió de nuevo y miró a Iridia y a Lorgen, que saludaron con sendas inclinaciones de cabeza:

- Ellos son mis únicos subordinados. Además, me gusta conocer a mis acólitos personalmente. 

Petra devolvió el saludo.

- Ya veo. Pero me temo que no podrá ser, Inquisidor.

No había miedo en su mirada, ni duda. Hankak apreció eso, y comenzó a sentir respeto por la mujer.

- ¿Qué es tan importante como para impedirte cooperar con la Inquisición?

Petra hizo un gesto para señalar a todos los cadáveres que había a su alrededor.

- Estos hombres eran traficantes. Pertenecen a una banda sin relevancia en el planeta. Son poco más que escoria- Su rostro se tensó- Pero hace unas semanas, la estatua de Santa Steria que teníamos en el hospital desapareció. 

- ¿No se ocupó el Arbites de ello?

Negó lentamente con la cabeza.

- Lo intentaron, y de hecho, creo que siguen en ello, pero sin resultados. Es muy importante para la orden, y para todo Luzke. Es...- Se mordió el labio inferior- Es muy antigua, inquisidor. Mucho. 

- Y quieres recuperarla- Inquirió Hankak.

- Exactó- Asintió.

- Bueno. Tienes información, pero te falta potencia de fuego- Desenfundó su pistola y le dio un beso en la carcasa- Nosotros te la proporcionaremos.

- Es un...honor. No sé cómo agradecérselo, señor.

- Con que te unas a mi séquito tras esto me vale, hermana Nahill.

- Llámeme Petra- Asintió ella con una sonrisa. 

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Los exteriores de Luzke eran tan fríos como el distrito pesquero, pero, por suerte para Hankak, no había pescado. Ni pescado, ni ningún otro animal, vivo o muerto. Tampoco había vegetación, y la nieve les llegaba hasta los tobillos.

- ¡Podía haber conseguido un transporte, inquisidor!- Exclamó Iridia, haciéndose oír por encima del uluar del viento.

- ¡No!- Respondió él- ¡Nos verían llegar!

- ¿Con qué?- Protestó ella de neuvo.

- ¡Con algo, yo qué sé! ¡De todas formas, yo soy el que manda!

Llevaban caminando cerca de media hora, y habían llegado finalmente al área industrial abandonad. Pero tenían un problema: no sabían cual era exactamente la fábrica de coches que el traficante le había indicado a Petra. Ahora Iridia lideraba al grupo, buscando marcas o indicios de fabricación de automóviles entre las ruinas.

Los primeros diez minutos fueron frustrantes para todos, pero la tecnosacerdotisa encontró finalmente los restos de una cadena de montaje que coincidía con un modelo estándar archivado en la memoria de su placa de datos. Se adentraron rápidamente en el edificio y buscaron la trampilla que les llevaría a la guarida de los traficantes. Eso no les llevó tanto tiempo, pues era de lo poco que no estaba cubierto por la nieve. Además, el color del óxido resaltaba en exceso con el blanco de la nieve. 

Hankak activó el teclado que se encontraba en el centro de la trampilla y tecleó la contraseña:

Tairones chasqueantes.

Con un molesto chirrido, la puerta se abrió, y frente a ellos se extendía una escalera de no menos de diez metros que llevaba a los subterráneos. 

- Bien- Hankak desenfundó su pistola y llevó la mano izquierda al pomo de su espada- Esperad resistencia. Entramos, los matamos, aseguramos la estatua y avisamos al Arbites con una llamada anónima.

- Encantador- Comentó Petra mientras aprestaba su pistola bólter y se despojaba de su túnica.

Una vez la prenda tocó el suelo, Petra quedó totalmente al descubierto. Era una mujer alta, de piel pálida y pelo de color naranja apagado. Tenía algunas pecas esparcidas por su nariz y mejllas.

En el brazal izquierdo tenía acoplado un Narthecium, con la sierra un tanto gastada, lo que daba a entender que la usaba como un arma más. Iridia miró con desaprobación las marcas de desgaste que tenía el aparato.

Comenzaron a bajar las escaleras, Hankak a la cabeza, pistola en mano. Tras él iba Petra, y en retaguardia estaban Lorgen e Iridia. No pasó mucho tiempo hasta que alguien apareció en medio de su camino. Era un hombre, e iba vestido con un gastado mono marrón. Había ido a comprobar quién había entrado, probablemente a saludar, pensando que se trataba de uno de sus compañeros. 

Se sorprendió al ver a los recién llegados, pero antes de que diera la voz de alarma, Lorgen emitió un quejido, sus ojos brillaron brevemente y la cabeza del traficante estalló en mil pedazos, manchando las paredes y la coraza del Inquisidor de sangre, huesos rotos y masa encefálica. 

- Podías habérmelo dejado a mí- Masculló Hankak.

- Lo lamento, señor, pero creo que no hubiera reaccionado a tiempo- Se excusó el anciano.

- No tiene importancia- Desenvainó su espada, que emitió un siseo metálico al abandonar su funda- Nos habrán detectado ya, así que...¡Por el imperio, cargad!

Los cuatro atravesaron la entrada a la guarida de los traficantes, armas en mano, preparados para combatir. La sala en la que desembocaron estaba repleta de cajas, equipo industrial viejo y bastado y dos grandes figuras tapadas con lonas de tela carcomida. No menos de quince traficantes se encontraban ahí. Algunos cargaban con cajas, otros simplemente revisaban datos o hablaban.

Antes de que pudieran desenfundar sus armas, tres cayeron muertos, uno de ellos con media cabeza volatilizada por un disparo de Hankak, otro abatido por los disparos de las mecadendritas de Iridia. El tercero había sido víctima de la pistola bólter de Petra.

Para cuando quisieron devolver el fuego, el número de los traficantes había sido gravemente menguado. Las balas de poco calibre empleadas por las pistolas y los perdigones de las escopetas llenaron el aire e hicieron saltar pedazos de rococemento de las columnas y paredes. El inquisidor y sus seguidores estaban a cubierto cuando la granizada de proyectiles empezó.

Una puerta al fondo de la sala se abrió de golpe, con gran fuerza y estrépito, y de ella salieron cinco hombres más, uno de ellos especialmente alto y corpulento, recubierto de siniestros tatuajes y que cargaba con una robusta escopeta de combate.

- ¿Qué cojones está pasando aquí?- Bramó, y acto seguido agarró por el cuello a uno de los otros traficantes, lo levantó del suelo y lo puso frente a él para detener con su cuerpo un disparo de Petra, que había reaccionado con gran rapidez.

Cuando  al partirle por la mitad el proyectil de la pistola bólter, la mitad inferior del criminal se precipitó hacia el suelo en medio de una cascada de sangre y vísceras. El gigante soltó el cuello del cadáver y disparó su escopeta contra la hermana hospitalaria. Aunque el disparo no penetró su armadura, la potencia logró derribarla.

- ¡Matadlos, muchachos!- Exclamó mientras disparaba de nuevo, partiendo en dos una de las columnas. 

- Ahí está el jefe- Le comentó Hankak a Lorgen cuando ambos se cubrieron tras unas cajas para defenderse de las andanadas de sus enemigos. No podían pasar a una acción directa ahora, habían perdido el factor sorpresa.

- Entonces tenemos un problema más del que ocuparnos.

- ¡Y de los gordos! ¿Has visto esa escopeta? ¿Y cómo ha derribado a Petra?- Se asomó y abatió a un traficante de un certero disparo en la garganta- Creo que te lo vamos a dejar a ti.

- ¿Deja lo peor del trabajo para un anciano?- Broméo Lorgen con un atisbo de sonrisa en sus secos labios.

Hankak rió y recargó su pistola.

- ¡Si yo fuera un anciano capaz de hacer estallar cabezas, no me preocuparía tanto!- Disparó de nuevo, arrancándole una mano a uno de los tiradores. Un segundo disparo le atravesó el pecho y creó un gran agujro de salida en su espalda- Prepárate. A mi señal, ataca. 

Lorgen asintió, y Hankak hizo una señal a Iridia, que estaba a unos metros a su derecha, para que le prestase atención.

- ¡Cubrimos a Lorgen!- Exclamó él, resumiendo el plan.

La tecnosacerdotisa asintió y las mecadendritas balísticas de sus omóplatos se agitaron levemente, listos para disparar. Ella desenfundó también una pistola láser y la activó. Hankak sacó tres dedos y los fue contrayendo uno a uno hasta que sólo quedó su puño, momento en el cual tanto él como Iridia abandonaron su cobetura para disparar sin cesar contra los traficantes, que se vieron obligados a echarse cuerpo a tierra. Petra, por su parte, se había levantado del suelo y abatido a dos enemigos con su pistola bólter antes del ataque conjunto de Hankak y la tecnosacerdotisa.

- ¡Ahora, Lorgen!

El psíquico abandonó el amparo de la columna todo lo rápido que pudo y extendió la mano derecha hacia el líder de los criminales, que acababa de derribar de un disparo al inquisidor. El pesado cuerpo cayó al suelo con estrépito. Hankak quedó sin aliento por el impacto de las postas.

El aire que rodeaba la mano del psíquico onduló durante una fracción de segundo, y al instante, la cabeza del líder de los criminales estalló en mil pedazos mientras dos de sus hombres caían, presas de los disparos divididos de Iridia.

Una vez comprobó que no había ningún hostil a la vista, Petra se dirigió hacia el inquisidor y se arrodilló a su lado. Él seguía tumbado, a cubierto tras una pila de cajas. Su cara reflejaba un intenso dolor.

- ¿Está bien, inquisidor? El disparo no parece haber penetrado la coraza.

- No, no lo ha hecho- Apretó los dientes y se levantó- Pero la coraza no ha absorbido toda la fuerza del impacto. Tengo un par de costillas rotas, de eso estoy seguro- Aspiró y echó el aire con lentitud- Sigamos. Debe quedar poco para llegar hasta la estatua, espero.

La hermana hospitalaria asintió y echó a andar junto a él. Iridia y Lorgen no tardaron en unirse, y los cuatro curzaron la puerta que había al fondo de la sala con paso seguro y las armas preparadas, todos sus sentidos alerta. Sin embargo, se toparon con una puerta, cerrada a cal y canto, y bloqueada desde detrás.

- Mierda- Masculló Hankak- Esto no puede retrasarnos.

Miró a Lorgen, formulando una silenciosa pregunta. Él negó cansinamente con la cabeza.

- Lo lamento, inquisidor, pero me temo que estoy al límite. He de descansar un poco.

Hankak torció el gesto, irritado por el tiempo que les estaba costando aquel insignificate obstáculo. Dirigió su mirada entonces hacia Iridia.

- Dime que tú tienes algo.

Ella sonrió.

- Pensé que nunca me lo pediría- Avanzó hacia la puerta, colocó un cilindro metálico en el centro y pulsó un botón en su placa de datos. A continuación, se pegó a la pared adyacente- Poneos a cubierto.

Siguiendo el consejo de la tecnosacerdotisa, Hankak, Lorgen y Petra la imitaron y tomaron cobertura tras la pared. El explosivo detonó con un intenso bramido, destrozando la puerta de madera y lo que fuera que la bloqueaba desde dentro de la habitación contigua. En rápida sucesión, Hankak y sus acólitos irrumpieron en la sala...sólo para encontrarse con una camioneta que arrancaba sonoramente y desaparecía a través de una puerta plegable metálica.

- ¡Mierda!- Exclamó el inquisidor mientras disparaba contra el vehículo, que se alejaba cada vez más y más rápido- ¡Esto era el puto garaje, se nos están escapando!

- ¡De eso nada!- Petra corrió hacia otro vehículo, un automóvil civil negro y se subió en el asiento del conductor- ¡Inquisidor, suba!

Él reaccionó con rapidez y subió en el asiento del copiloto del coche.

- ¡Vosotros avisad a los Arbites!- Les dijo a Iridia y Lorgen mientras Petra arrancaba, persiguiendo a la camioneta- ¡Decidles que hemos recuperado la estatua de Santa Steria!

- No se adelante a los hechos, inquisidor- Replicó Petra apretando los dientes, concentrándose en sortear las paredes y columnas derruidas que sembraban toda la zona- Pero me gustaría que su predicción fuera acertada.

- Lo será en breve- Respondió él al encontrar un rifle automático en los asientos traseros. Cogió uno de los cargadores que se encontraban cerca del arma y lo insertó en ella- Vamos allá, hermana. ¡No los pierdas!

La camioneta de los traficantes surcaba el mar de ruinas con dificultad debido a la nieve que habían en el suelo, pero aún así iba a gran velocidad. Su conductor era hábil, y esquivaba los obstáculos con eficacia.

Pero Petra también estaba demostrando una gran pericia al volante. Poco a poco, fue acercándose a la camioneta. Las llantas del coche chirriaban y protestaban debido al intenso ritmo que la hermana hospitalaria estaba exigiendo al automóvil, y su motor rugía con furia. 

Hankak abrió la puerta de su lado para poder disparar con facilidad, pero tuvo la mala suerte de que una pared se hallaba justo en medio de la trayectoria del coche. Petra la esquivó, por poco, y la puerta fue arrancada de cuajo, haciendo que el inquisidor se protegiera la cara con el brazo por puro instinto cuando una lluvia de chispas y esquirlas de metal y rococemento lo asaltó. Petra tuvo que estabilizar el vehículo tras el golpe. 

- Lo siento- Se disculpó el inquisidor por su torpe acción.

- No importa, el coche no es mío- Sonrió ella, pero brevemente- Prepárese. Están abriendo las puertas traseras.

Dos traficantes abrieron las puertas traseras de la camioneta. Armados con escopetas de corredera, dispararon contra el coche en el que viajaban Petra y Hankak. La descarga de perdigones se perdió en su mayoría, chocando contra las ruinas, pero un puñado de ellos impactaron en el capó del coche, agujereándolo y rompiendo la luna frontal.

Hankak respondió con celeridad,  disparando en automático por el hueco de la destrozada luna. Antes de que el cargador de veinte disparos se agotara, uno de los criminales recibió un disparo en el estómago, que, si bien no lo mató al instante, le hizo perder pie y caer del vehículo en marcha, estrellándose contra el suelo y muriendo en el acto con el cráneo roto. Petra se aseguró de que no se volviera a levantar al pasarle por encima, causando un asqueroso crujido húmedo.

Hankak dirigió los escasos disparos restantes contra el otro, que había disparado de nuevo. Ésta vez tuvo más suerte, y lo mató en el acto de un disparo en la cabeza cuando ambos vehículos se alinearon. El cuerpo sin vida se tambaleó por el movimiento de la camioneta y cayó hacia atrás.

Sin mediar palabra alguna, Petra aceleró hasta el máximo, castigando aún más el motor del coche y adelantó poco a poco a la camioneta hasta situarse a su altura.

- ¡Salte, inquisidor!- Exclamó por encima del clamor del viento- ¡No podemos arriesgarnos a dañar la camioneta y con ello a la estatua!

Hankak la miró, perplejo. No le parecía la idea más adecuada, pero tampoco tenía una mejor que poner en práctica. Con un leve asentimiento de cabeza, dejó el rifle en los asientos traseros y miró hacia la puerta del conductor de la camioneta, que los miraba de vez en cuando e intentaba perderles, cosa que no podía conseguir dada la inusitada habilidad al volante de Petra. Se puso de pie todo lo erguido que pudo, extendiendo una mano hacia delante con la intención de agarrar la baca de la camioneta y consguir así un punto de apoyo para poder mantener el equilibrio una vez saltase hacia el vehículo. Encomendádose al Emperador de manera bastante soez, saltó.

Una columna pasó a escasos centímetros de su espalda cuando estaba en el aire, pero por suerte para él, no se dio cuenta. En cuanto la baca de la camioeta estuvo a su alcance, la agarró con fuerza, posando los pies sobre un saliente del capó y desenfundando su pistola para lidiar con el conductor, que había echado el seguro de su puerta, de manera que Hankak debía recurrir a la fuerza para abrirla. El traficante derrapó y giró, intentando zafarse del inquisidor, pero no pudo, pues tanto su empeño como su fuerza eran suficientes para mantenerlo firmemente sujeto al vehículo. 

Maldiciendo cada vez más, se acercó a la puerta, y disparó contra el mecanismo que la bloqueaba, destrozándolo y atravesando el metal, aunque sin acertar al conductor, que cada vez estaba más nervioso y había comenzado a sacar una pistola láser de la guantera que tenía a la derecha. Con violencia, el inquisidor abrió la puerta y agarró del cuello de la camisa al hombre, le dio un cabezazo en la cara, aturdiéndolo, y lo sacó con fuerza fuera de la cabina. El criminal gritó mientras caía y murió cuando chocó contra una pared, rompiéndose todos los huesos y estallando sus órganos internos.

Hankak se sentó en el asiento del conductor y tomó control del vehículo, decelerando poco a poco y, finalmente, parándolo del todo. Una vez hubo apagado el motor, se bajó de la camioneta y andó hacia la parte de atrás, donde Petra había comenzado a entrar para comprobar que la estatua de Santa Steria se encontrase ahí. No fue nada difícil encontrarla, pues, aparte de un par de cajas de mandera vacías, no había nada más. 

- Por fin- Petra retiró la sucia manta que cubría la pieza y se arrodilló para orar en voz baja. Una vez hubo acabado, se levantó y miró al inquisidor, que la mirada desde el suelo- No sé como agradecérselo. Estoy en su séquito, no lo dude. 

- Me alegra oír eso- Respondió él, cruzado de brazos para disimular el leve temblor que acosaba sus rodillas- Y ahora volvamos con Lorgen e Iridia, el Arbites debe de estar al llegar.

Petra asintió y subió en la camioneta, esta vez de copiloto, pues insistió en rezar durante el viaje. 

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- ¿Cree que la encontrarán?- Preguntó Iridia mientras andaban hacia el espacio puerto de Luzke.

- Claro que sí. Pero primero tienen que encontrar la guarida de los traficantes ¿Les indicasteis dónde estaba?- Respondió Hankak.

- Les dimos las coordenadas exactas de la entrada, de hecho.

- Entonces da la estatua por recuperada- Sonrió- Se devanarán los sesos intentando descubrir quién fue el que recuperó la estatua, para luego hacerse ellos con el crédito- Miró a la hermana hospitalaria, que caminaba a su lado en silencio- ¿Sabe tu orden que te vas, Petra?

Ella asintió.

- Les he dicho que he de irme por razones importantes, pero no he dado más detalles. Me ha parecido lo más prudente. A propósito, señor, ¿Adónde vamos ahora?

Hankak  se encogió de hombros.

- No lo sé exactamente, pero tengo una idea aproximada. Ahora me gustaría ver lo que Silvia me quería enseñar y largarme de este planeta lo antes posible. No puedo reclutar al resto del séquito estando tirado en Steria.

- Cierto- Comentó Iridia poco después cuando entraron en el espacio puerto- Por cierto, si no me entrometo en ningún asunto importante...¿Qué querrá enseñarle Lady Silvia?

- Es del Malleus- Se encogió de hombros- Yo qué sé. Me espero cualquier cosa, si te digo la verdad.

Siete minutos y medio después, los cuatro llegaron al muelle de embarque D-92, donde estaba atracada una gran nave, que si bien no parecía una de las gigantescas fragatas de combate de la Armada Imperial, sí tenía un tamaño considerable. No tenía casi ningún adorno, y estaba totalmente pintada de negro, excepto los compartimentos de las cápsulas de salvamento, que relucían con un brillo metálico.

Diseminados por todo el lateral del casco, se encontraban también varios sistemas de defensa anti cazas: enormes cañones automáticos rotatorios equipados con sensores. En ambos flancos contaba con una serie de torretas más grandes armadas con tres de esos cañones rotatorios, y la parte superior estaba erizada de baterías de cañones láser. Toda la estructura contaba con multitud de antenas y alargados artilugios. 

El sello de la Inquisición estaba pintado en su morro.

- ¿Ésta es su nave?- Preguntó Iridia.

- No me extrañaría- Respondió Hankak, posando la vista sobre una mujer uniformada que se dirigía hacia ellos.

No era de la Armada Imperial, ni tampoco parecía de la Inquisición. El uniforme que llevaba puesto consistía en unos pantalones de combate negros y una chaqueta larga con marcas azules. Hankak reconoció el símbolo de la banda que llevaba en el brazo derecho. Era una calavera cruzada por sendos sables sobre un aquila: el símbolo de los Sables nametherianos.

- ¡Bienvenido, inquisidor!- Saludó, jovialmente e inclinando un poco la cabeza, como si fuera una reverencia que no quisiera completar- Le estábamos esparando. Sígame, por favor.

Echó a andar hacia la puerta de embarque que se internaba en la nave. Hankak se situó a su lado, y, confundido, le comentó a su inesperado contacto:

- Espera. Nosotros teníamos que vernos con la Inquisidora Silvia Tarieni, ¿Tú quién eres?

- ¡Lo siento! No me he presentado- Se disculpó la mujer, y le tendió una mano enfundada en un guante negro de cuero- Teniente Victorique Lacrois, primera de abordo del capitán Targon.

- Mario Hankak, Ordo Xenos- Dijo él mientras estrechaba su mano.

- Ahora que las formalidades mínimas han sido cubiertas, sígame, inquisidor- Comentó ella con un deje cómico en su voz.

Pocos minutos después, los cinco estaban dentro de la nave.

- Qué extraño- Iridia frunció el ceño al mirar a las paredes y el suelo, metálicas pulidas las primeras, de un negro antibrillo el segundo- Nunca había visto una interceptora de clase Xyphos antes. Pensé que serían más grandes. 

Victorique se detuvo para introducir una contraseña en la placa de datos de una puerta.

- Hay muy pocas naves como ésta, y la mayoría están en manos de la Armada Imperial o de comerciantes independientes- Explicó- Es normal que no haya visto ninguna antes.

- Tampoco es muy grande- Replicó Hankak, intrigado- ¿Cuántas personas viajáis a bordo?

Victorique se detuvo para activar un ascensor, y mientras bajaba hasta la planta en la que se encontraban, respondió a su pregunta.

- Ahora mismo, doscientas treinta y tres con ustedes.

- Ya veo- Hankak se apoyó contra una de las paredes del ascensor- Dime, Victorique, ¿Qué pintáis aquí exactamente tú y el resto de la tripulación? 

El ascensor llegó a la cubierta uno y Victorique los encaminó hacia la sala de mandos.

-  Lady Silvia mantiene un contacto constante con nuestra organización. Se nos ha contratado a mí y al resto de la Xyphos por un período indefinido. El capitán Targon os explicará todo en profundidad, no se preocupen. 

Antes de que nadie más pudiera hacer otra pregunta, llegaron hasta una puerta doble blindada guardada por dos centinelas equipados con robustas armaduras pintadas de gris y azul. 

- Abre, Lorik- Victorique le habló al guardia de la derecha- El inquisidor ha llegado, y querrá hablar con el capitán. 

Los dos hombres inclinaron la cabeza en señal de respeto y se llevaron el puño derecho al corazón, saludándole. Un instante después, el guardia manipuló un telcado adyacente a la puerta y ésta se abrió con un sonido mecánico. 

- Bienvenido, inquisidor- Dijeron al pasar él, antes de cerrar las puertas.

La sala de mandos era una gran habitación circular con paredes blindadas. El interior estaba lleno de estaciones de aúspex, grandes pantallas de estado, instrumentos de navegación y varios servidores conectados a grandes cogitadores que zumbaban y parpadeaban. 

En el puente había una serie de puestos de control operados por oficiales de los Sables nametherianos, y al fondo se encontraba el trono del capitán, flanqueado por multitud de placas electrónicas y palancas de mando. 

De espaldas a ellos, mirando hacia el cielo azul de Steria a tavés de un inmenso ventanal con las manos cruzadas tras la cintura, se encontraba un hombre alto y corpulento, que llevaba una larga gabardina negra. 

- Capitán Targon, el inquisidor Hankak y su séquito están a bordo- Anunció Victorique. 

Él asintió y ordenó que se retirase con un leve movimiento de su mano derecha. Ella se dirigió hacia la salida, llevándose al séquito del inquisidor consigo.  Targon se acercó a Hankak y le tendió una de sus grandes y fuertes manos. 

- Orodes Targon, capitán de navío de los Sables Nametherianos. Es un honor, inquisidor.

- Mario Hankak- Estrechó su manos- El placer es mutuo. 

- Lady Silvia nos ha ordenado que le llevemos allá donde necesite ir para cumplir su misión, inquisidor. Que sepa que la Xyphos y su tripulación estamos listos para servirle.

Hankak frunció el ceño, cogido por sorpresa. No esperaba ayuda de su colega inquisidora, y aquello le pareció algo sospechoso. 

- ¿Y ella cómo viajará a partir de ahora?- Preguntó Hankak, suspicaz.

Targon rió. El sonido de sus carcajadas era el de una avalancha.

- Lady Silvia tiene muchos más medios de transporte a su disposición, inquisidor. Con mucho más blindaje y armamento.

- Me he dado cuenta al acabar mi pregunta de lo estúpida que era- Hankak se permitió esbozar una pequeña sonrisa.

- Bien, mi señor. Me encantaría enseñarle la nave, pero me temo que hemos de despegar, y eso requiere de mi implicación en el proceso- Se despidió con un gesto de cabeza y se dirgió hacia su trono de mando.

Antes de irse a su camarote, Hankak se quedó en el puente escuchando a Targon dar órdenes y observando cómo la actividad en el puente se volvía frenética mientras la Xyphos despegaba de los muelles de Steria hacia el espacio.

El frío, oscuro y vacío espacio, del cual tendría que arrancar su destino.

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Iridia había estado intentando parecer fría e impasible durante toda la visita guiada que Victorique les ofreció, pero cada vez estaba más maravillada frente a semejante obra de arte. Aquella nave no era nda común, y su maquinaria era nueva para ella.

Nueva, e interesante.

Su euforia ya había alcanzado niveles que hacía mucho que no experimentaba cuando, para mayor deleite, Victorique les informó que iban a descender a la sala de máquinas. 

En cuanto la puerta de su destino se abrió tras ser manipulada por la teniente, Iridia se llevó una enorme sorpresa...¡El sonido de los motores no era tan intenso como se esperaba! Y la temperatura...no era tan alta como también había calculado. Aquello era un desafío para su mente y sus conocimientos, algo totalmente nuevo que debía estudiar, catalogar y analizar. No pudo reprimirse, y se relamió casi sin darse cuenta.

- He de irme con el capitán- Avisó Victorique- Sus camarotes están en el nivel dos, ya se lo enseñé antes. Ahora, si me disculpan, he de cumplir con mi deber.

Y se fue hacia al ascensor, junto con Lorgen, demasiado cansado para continuar. Petra se fue también con ellos, dejando a Iridia a solas con los motores, los generadores de energía y la infinidad de máquinas allí presentes. Pero su atención fue desviada al poco tiempo cuando una mujer apareció por una esquina, con una toalla sobre los hombros y expresión extenuada.

Sus rasgos eran exóticos: piel morena y pelo negro y liso, por los hombros. También tenía cubierto su brazo izquierdo de tatuajes, así como parte de su pecho y cuello, y la mejilla izquierda, donde tenía tatuado en azul el símbolo de los Sables Nametherianos. Ella siguió andando, suspirando con aire cansado de vez en cuando y masajeándose el brazo izquierdo.

- Disculpe- Iridia se apresuró a parar a la mujer, que frenó y levantó una ceja, dándole pie para hablar- Ese implante biónico. ¿Puedo verlo más de cerca?

- Los bichos raros del Mechanicus, ¿Eh?- Resopló ella, y le tendió el brazo derecho- Echa un vistazo, anda.

Iridia lo examinó con avidez, sin perderse el más mínimo detalle mientras sus mecadendritas técnicas lo recorrían de arriba a abajo, escaneándolo por su cuenta. Tras unos segundos, Iridia se separó del brazo de la mujer y la miró con severidad.

- Ese modelo no es estándar, ni para la Armada, ni para la Guardia Imperial, ni para nadie. No es legal.

La mujer frunció el ceño.

- ¿Y te vas a chivar a Papá Mechanicus?- Se burló.

- No. Quiero examinarlo a fondo. Más de cerca- Respondió Iridia de golpe. Su atracción hacia la tecnología ilegal, fuera del tipo que fuera, era mucho mayor que su fuerza de voluntad- No diré nada, lo prometo.

La mujer sonrió y pulsó un botón en su antebrazo biónico. Su mano giró hacia la parte inferior del implante y se ocultó ahí mismo, mientras que su antiguo lugar lo ocupaba ahora un grueso cañón.

- Un implante de combate, me lo hizo un manitas en Capital. Culebrina de calibre doce- Devolvió la mano  a su lugar original apretando de nuevo el botón.

- Qué...interesante- Murmuró la tecnosacerdotisa, observando de nuevo el miembro biónico- Conozco modelos estándar de implantes de combate...pero esto es nuevo.

- Teniente Salazar- Se presentó con una gran sonrisa la mujer- Pero tú llámame Miranda. Anda, ven, te dejaré el brazo mientras me ducho. Pero a cambio, hazme tú el mantenimiento. Es un coñazo.

- ¡No tengo ningún problema!

- Pues venga- Dijo Salazar sonriente mientras andaba hacia el ascensor- Vete sacando tus herramientas.

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Petra echó un vistazo a su camarote. Era mucho más grande que las celdas a las que estaba acostumbrada, y tenía también muchos más muebles de los que esperaba, a pesar de que éstos eran tan sólo la cama, un par de armarios de acero negro y una mesa de noche. Sin embargo, lo que más le impresionó fue tener un cuarto de baño en su misma habitación. Estaba acostumbrada a tener tan sólo una cama y un pequeño armario en su habitación del Hospital en Steria. 

Agradeció en silencio al Emperador que el inquisidor le hubiera dejado despedirse de sus hermanas del hospital, si bien una parte de ella hubiera preferido no hacerlo. Era su deber, y era consciente de ello, pero se había acostumbrado a la paz de Luzke. Solamente pensar en volver al fragor de la batalla le hacía sentir una gran tristeza al recordar a todas las personas que vio morir mientras sirvió en Thorax junto al 101º Skiano y el resto de su orden. Pero un inquisidor necesitaba de sus servicios, y como ciudadana imperial, estaba totalmente determinada a dárselos.

Pero temía por su salud mental. No quería que fuera un problema para el inquisidor. 

Durante los combates contra los orkos había sufrido mucho emocionalmente, hasta el punto que su cerebro desarrolló una contramedida: responder a la violencia con más violencia. Petra tenía que hacer uso de una medicación para no dejarse llevar por la ira al vivir una situación que le recordase mínimamente a Thorax. El inquisidor estaba al corriente de su situación, y con gran generosidad había hecho acopio de una ingente cantidad de aquella medicina. Petra agradecía enormemente aquello. 

Mientras pensaba en ello, había estado deshaciéndose de su armadura, pues lo único que quería en esos momentos era dormir todo lo que pudiera. Aquel día había sido muy largo. Mucho más de lo que había previsto. Sin darse cuenta, comenzó a acariciar con lo dedos los bordes de los inyectores que su armadura tenía en la zona de los hombros, y que suministraban a Petra el fármaco controlador de la ira.

De los inyectores sus dedos se deslizaron hasta sus hombros, salpicados por docenas de pecas y pequeñas marcas causadas por las agujas de los inyectores. Suspiró y se desprendió de la última pieza de su armadura. Abrió su maleta, en la que llevaba su parco equipaje, y sacó un  ligero vestido corto de lino blanco que se puso con pereza. Bostezó y se dejó caer sobre el colchón. 

La cama también era mucho más cómoda que la otra a la que estaba acostumbrada. 

Capítulo dos: el AsesinoEditar

Hankak se despertó cuando la grave voz del capitán Targon resonó a través del pequeño altavoz que tenía sobre su cómoda.

- Inquisidor, estamos llegando a Taerya. Le sugiero que usted y su séquito se preparen. El tiempo no nos sobrará en breves. Targon, corto.

Hankak dejó escapar un largo bostezo y se sentó en su cama, adormilado, mientras buscaba a tientas el interruptor que encendía la luz en su habitación. Lo encontró tras unos segundos y presionó el botón, que activó la lámpara de cristal tubular que estaba incrustada en la zona central del techo. Una luz blanca y fría inundó la habitación y se levantó mientras intentaba contactar con Iridia a través de su microcomunicador.

- ¿Inquisidor?- Respondió ella, sin indicios de cansancio en la voz.

- Reúne al resto. Estamos llegando a Taerya- Dijo mientras se vestía- La flota tau probablemente esté combatiendo a la imperial en la misma órbita del planeta, así que tendremos que aterrizar rápido. No tenemos tiempo que perder.

- Por supuesto, señor- Hubo un segundo de silencio- ¿Me permite hacerle una pregunta?

- Sabes que sí.

- Vamos a por el próximo candidato de su lista, ¿Cierto? ¿Quién es?

- Un soldado del 101º Skiano, el cabo Jean Strivoli. En su perfil sus oficiales hacen bastante incapié en su magistral puntería y excelente habilidad marcial, palabras textuales. No te digo que no los haya mejores, pero conozco a los Skianos, y Taerya nos pilla de camino a nuestro siguiente destino.

- A pesar de que está bajo ataque- Replicó ella.

- A pesar de que está bajo ataque- Confirmó Hankak, abrochándose las correas de su coraza- La frontera con las colonias tau es muy peligrosa, y Taerya está justamente para eso, para denfender el sub-sector de este tipo de ataques.

- Entiendo, Inquisidor. No le estaba cuestionando. Avisaré a Lorgen y a la hermana Nahill. Iridia, corto.

Cuando ella colgó, Hankak se fijó en una caja metálica con el símbolo de la Inquisicón grabado en su tapa que estaba sobre el escritorio de madera oscura que había a la derecha de su cama. Dentro había un objeto envuelto en una pieza de tela, y, encima, una carta de papel gastado. Sin pensarlo, cogió la carta y comenzó a leer. No reconocía la caligrafía, pero entendió que pertenecía a Tarieni. 

``Para el Inquisidor Hankak, Ordo Xenos.

Hankak, soy Silvia.

Me pareciste alguien capaz en la reunión informativa, y me lo confirmaste al recuperar la estatua de Santa Steria, aunque lo hicieras de manera anónima. Te dejo esta carta para decirte que no he dejado el Xyphos y su tripulación a tus órdenes por simpatía, sino para que puedas cumplir con tu misión. Son gente muy capaz, y la nave es una maravilla del Dios Máquina. Te serán útiles.

No sólo Cynus, sino todo Namether está amenazado por los ataques de los tau, y no puedes fallar en esta empresa, de manera que no estarás solo. Tanto Thurr como yo te echaremos un cable si lo necesitas, aunque no te saldrá gratis. Yo me conformaré con que me devuelvas el favor cuando lo precise, pero Thurr no te tiene en muy alta estima, y te pedirá algo que no le puedas dar. No es que no tenga fe en él (es magnífico en sus ocupaciones, siendo honesta), pero no deberías fiarte de él a menos de que sea total y absolutamente necesario para tí.

Así pues, cierro esta carta deseándote la mejor de las suertes que el Emperador pueda concederte en su infinita generosidad.

Sivia.

PD: El Ordo Malleus vigilamos a todo el Imperio. No falles.´´

Hankak dedicó una silenciosa oración de agradecimiento a la inqusidora y sacó el objeto envuelto en tela de dentro de la caja. Lo desenvolvió con cuidado y dejó escapar un largo silbido al ver lo que era: una robusta pistola. Estaba pintada de gris oscuro, y tenía el símbolo de la Inquisición en la carcasa. El mango estaba unido al resto del arma por la parte inferior, y un pequeño asa sobresalía de la parte alta de la pistola. Tenía una nota pegada sobre la zona de la recámara:

``Esta es mi manera de desearte suerte.

Silvia´´

Retiró la nota y la dejó con cuidado junto a la carta. Empuñó el arma y comenzó a examinarla con curiosidad, pues nunca había visto ese tipo de pistola. Sin miramientos, enfundó el arma en otra pistolera que se puso en el lado opuesto a la de su otra arma. Su intercomunicador comenzó a pitar repetidamente. Se llevó el aparato a la oreja y lo activó:

- ¿Inquisidor?- Era Iridia- Ya estamos reunidos en la sala de comunicaciones.

- Excelente. Ahora mismo estoy allí.

- Recibido, señor. Corto.

Hankak guardó el intercomunicador y se dirigió hacia la sala de comunicaciones, una pequeña sala con una holomesa en el centro cuyo uso estaba reservado para el capitán Targon, y para él. Abrió la puerta, y su séquito lo saludó al unísono con un quedo ``Inquisidor´´.

- Voy a explicarlo rápido. Ya casi hemos llegado, y el tiempo será crucial- Habló Hankak mientras encendía la holomesa, que parpadeó y presentó un mapa tridimensional de tonos verdoso de una enorme ciudad en ruinas- Esto es Thanassia, cuyos defensores principales son los hombres del 101º Skiano. He contactado con el general del regimiento para avisarle de nuestra llegada, y ha ordenado al capitán del pelotón del cabo Strivoli que nos reciba en el puesto avanzado del sector oeste de la ciudad, donde está destacado junto a otros tres pelotones- Señaló la zona- Los combates son muy intensos por toda Thalassia, así que cuanto menos nos quedemos, mejor.

- Señor- Petra dio un paso al frente- ¿No vamos a ayudar a los skianos? Estoy segura de que un poco de ayuda no les estará de más.

- En un principio, si la situación no es desesperada, no. Pero todo se andará, contad con cualquier cosa. Los planes nunca salen como uno los piensa.

- Sí, señor.

Fue Iridia la que habló tras Petra.

- ¿Tenemos informes o una idea aproximada de la presencia enemiga en el planeta?

Hankak asintió.

- Por desgracia, sí -Broméo- Todas las tropas que participan en el ataque son soldados seccesionistas. Nuevo Namether, se hacen llamar. 

En ese momento, la voz de Targón resonó con fuerza a través de los altavoces de la sala:

- Inquisidor, le sugiero que vaya inmediatamente al nivel cuatro para desembarcar. Aterrizaremos en breve.

Hankak miró a su séquito e hizo sonar sus nudillos.

- Bueno, vamos a ello.

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La base skiana estaba en el mismísimo espacio-puerto. Los muros habían sido coronados por ametralladoras operadas por soldados y defensas automáticas Tarantula, y los huecos y agujeros habían sido rellenados con placas de ceramita y cadáveres, tanto seccesionistas como imperiales. Las tiendas de los skianos, amplias y de resistente y gruesa tela marrón, invadían el interior del gran edificio, y en algunos rincones podía verse a los soldados reparar transportes y bípodes Sentinel. Las cajas de munición y material médico se podían contar por cientos, y estaban por todas partes. Los guardias imperiales las usaban como sillas o mesas improvisadas, y algunos comían sobre ellas, o jugaban a las cartas.

Hankak y su séquito andaron a través de los pasillos entre tienda y tienda hasta llegar al centro de mando: una enorme tienda repleta de cogitadores y radios en su interior. Entró sin miramientos, y los soldados que allí se encontraban se volvieron al unísono. Todos saludaron al darse cuenta de que estaban frente a un inquisidor, y después volvieron a sus tareas. Los oficiales le hicieron un hueco alrededor de la holomesa que estaban usando para trazar planes de ataque y localizar a las tropas enemigas.

- Inquisidor- Le saludó el capitán. Era un hombre alto y de piel clara. Tenía la cabeza rapada y un gesto de cansancio pero estoicidad impreso en su cara. Vestía el característico uniforme skiano: unos pantalones de camuflaje , una camiseta de tirantes gris oscura y la omnipresente capa de camaleonina, que en ese momento había adoptado un logrado tono grisáceo urbano. No llevaba el chaleco antifrag puesto- Capitán El'Koh, un placer poder servirle.

- Gracias por la bienvenida, capitán. No veo al cabo aquí. Doy por hecho que tiene mejores cosas que hacer- Comentó con sarcasmo. 

El'Koh se mordió el labio inferior y se frotó las manos, inquieto.

- Verá, inquisidor- Empezó- La unidad del cabo Strivoli ha sido retenida a dos kilómetros de aquí durante una misión. Debían colocar cámaras y armas defensivas automatizadas en la antena de comunicaciones de la plaza Strava, pero el enemigo ya se había establecido ahí. Mis hombres han quedado acorralados e incomunicados. Intenté comunicárselo esta mañana, pero están obstruyendo nuestras comunicaciones desde la misma plaza Strava. Estamos incomunicados en Thanassia, inquisidor. Por eso necesitábamos retomar la antena de comunicaciones.

Hankak asintió y adoptó una postura pensativa. Los planes se habían torcido.

- ¿Sabe si sigue con vida?

- No podemos comunicarnos con ellos, pero el cabo Strivoli es un buen soldado. Si ha encontrado una posición que defender, estoy seguro de que seguirá con vida. Aún así debemos evacuarles, y rápido- Sacudió la cabeza- Pero la antena es vital, y no tengo fuerzas disponibles para la misión de rescate- Desvió la mirada con aire incómodo- Inquisidor, sé que no soy nadie para pedirle nada, pero no tengo manera de sacar al cabo y al resto de ahí. Y de todas formas necesitamos tomar la antena. Si usted y sus hombres pudieran...

Hankak se inclinó sobre la holomesa, examinando a fondo el mapa de Thanassia. Se frotó la barbilla, pensando, y preguntó, tranquilo:

- ¿Cómo llego a la plaza Strava, capitán? Y cuando llegue, ¿Cómo podría localizar la posición del cabo y su escuadra?

El'Koh posó una mano sobre el hombro del soldado que tenía al lado, un hombre alto y fuerte, con largas rastas negras.

- El sargento K'nata podrá llevarle a usted y a su séquito en un Tauros hasta las cercanías de la plaza Strava. A partir de ahí, me temo que deberá seguir a pie. No es seguro ir en un vehículo. K'nata les seguirá y ayudará- Sonrió con una mueca divertida- Y respecto a lo de localizar al cabo...donde haya más cadáveres con disparos en la cabeza, búsquelo por ahí.

- De acuerdo, capitán. Gracias por las indicaciones. 

- El placer es mío, inquisidor- Hizo señas a K'nata, que asintió y recogió un rifle láser que estaba apoyado en la holomesa. Se lo colgó al hombro y salió de la tienda. Al ver que Hankak y su séquito le seguían, le llamó para que se diera la vuelta, cuando lo hizo, le lanzó un robusto y pesado rifle de largo y grueso cañón metálico- Y dele esto a Strivoli, señor, estoy seguro de que le será de más ayuda manejando este monstruo.

Él atrapó con dificultad el pesado fusil y se lo echó al hombro valiéndose de su correa, que era de duro cuero cuarteado. Asintió y salió de la tienda reespaldado por Iridia, que no tardó en echar mano del arma e investigarla en profundidad no sólo con sus ojos, sino también con sus mecadendritas, que iban de un lado a otro del arma con rapidez, ávidos de información.

Mientras esperaban a que K'nata llegase con el transporte, Iridia examinaba el rifle mientras le explicaba sus hallazgos a Hankak.

- Parece un fusil semiautomático antimaterial. Su calibre es enorme, ni siquiera hace falta mirar la munición, tan sólo mira el grosor del cañón y calcula su peso- Retiró el cargador y le mostró las enormes balas, él hizo una mueca de aprobación- Ha sido modificado. La mira telescópica no es propia del diseño, y en la culata debería haber un amortiguador de retroceso, pero lo han retirado. 

Hankak asintió y tomó el arma de nuevo mientras el sargento skiano llegaba con el Tauros, envueltos ambos en una espesa nube de polvo. El guardia imperial les hizo un gesto con la cabeza para que subieran.

- Aquí no hay asientos para todos- Observó Iridia.

Era cierto. La versión skiana sólo tenía espacio para un artillero, un conductor y un coplito. 

- Aquí hay sitio para uno- K'nata posó el pie izquierdo sobre un saliente metálico que había en el costado izquierdo de su asiento- Y lo mismo en el que está en el lado del copiloto.

- Ya veo- Hankak dio un paso hacia delante y se sentó donde K'nata había dicho- Lorgen, tú ve de co-piloto.

El anciano psíquico asintió, agradecido, pues el inquisidor lo había enviado ahí a sabiendas de que cualquier otro asiento hubiera sido extremadamente incómodo (o incluso dañino) para él. Se sentó con cuidado, apoyando una mano en el robusto lanzagranadas automático que tenía justo enfrente y se ató el cinturón de seguridad con fuerza.

- Petra, al bólter pesado- Ella asintió y se puso en la parte trasera del Tauros, donde habían emplazados un bólter pesado y un pequeño foco móvil en un costado, para que no estorbase al operario del arma- E Iridia, junto a Lorgen. Ya sé que es incómodo, pero Petra no cabría ahí con su armadura. Toca romperse la espalda, lo siento. 

- ¿Un inquisidor que se disculpa con sus propios acólitos?- Dejó caer K'nata mientras arrancaba. Rió- Nunca había pensado siquiera en ello.

- El despotismo es símbolo de debilidad- Gritó Hankak por encima del rugido del motor del vehículo- Y seres humanos como nosotros debemos tratarnos con igualdad unos a otros. O al menos no tratarnos como si fuéramos basura xeno.

- ¡Qué gran verdad, inquisidor! Empieza usted a caerme bien, ¿Sabe?

- Es la pura verdad, sargento. O al menos mi verdad- Se agarró con más fuerza al borde del capó del Tauros- Ahora cuénteme, ¿Cómo es la situación en el planeta? Los informes no daban muchos detalles.

- Pues la situación es bastante jodida, inquisidor- La voz de K'nata era fuerte, firme, acorde a su apariencia- Los seccesionistas están pegando bastante fuerte, y no sólo eso, también tienen maquinaria tau. Ayer llegaron refuerzos. Adivine de qué tipo.

- Me rindo.

- Mercenarios Kraglok - Carraspeó- Esta misma mañana embosqué a una de sus patrullas con mi escuadra, y aunque los pillamos por sorpresa, se cargaron a mi operario de radio y a otro de mis hombres. Y de los diez que había, escaparon cuatro. Genial, ¿No le parece, Inquisidor?

- Es una mierda.

- No podría haberlo resumido mejor- Rió K'nata mientras guiaba al Tauros entre las ruinas y los caminos pavimentados de baldosas ajadas.

- Hábleme del cabo- Dijo Hankak tras un minuto de silencio, interrumpido tan sólo por los lejanos sonidos de la batalla y por el incesante cántico del motor del vehículo.

K'nata se encogió de hombros y sorteó los restos de un bípode imperial, abatido hacía tiempo.

- No hay mucho más aparte de lo que aparecía en el informe que recibió, inquisidor. Es un excelente tirador, y tenemos pocos soldados que estén a su altura. No le he visto manejar un rifle láser en su vida. Bueno, no desde que completó su entrenamiento.

- ¿Y eso?

El sargento sonrió.

- Le gusta sentir el retroceso del arma que dispara. Preferiría tirar piedras antes que disparar un arma láser, se lo aseguro.

El viaje duró unos minutos más, que pasaron con lentitud y tensión bajo los sonidos de los combates lejanos, el rugido del motor del Tauros y los golpes de sus grandes y gruesas ruedas contra el castigado y polvoriento suelo. K'nata detuvo el vehículo al llegar a una zona donde los escombros eran tantos que no podían pasar, de manera que aparcó bajo unas columnas que formaban una especie de toldo de rococemento plagado de agujeros de bala y lo cubrió con una gran lona de camaleonina para que no lo descubriera el enemigo. Cuando todos estuvieron en tierra, el skiano fue a la cabeza del grupo, guiándolos a través del desolador paisaje urbano que los rodeaba. Allá donde fueran se encontraban con ruinas, agujeros de bala en las paredes y columnas y cadáveres putrefactos. 

- Los seccesionistas están intentando minimizar las bajas civiles- Informó K'nata en voz baja- Les hacen creer que no les harán daño, y se los llevan en sus naves a sus mundos para adoctrinarlos y convertirlos en soldados para su causa. Es repugnante.

- Cuentos de soldados- Respondió Hankak- Eso es imposible.

- Eso me gustaría, inquisidor. Créame. 

Mientras el sargento les ponía al corriente de la situación, llegaron a una zona en la que había una oficina del Administratum colapsada, cuyas columnas se habían caído sobre el edificio en sí, y que ahora no era más que un amasijo de rocas, paredes de plastiacero y columnas. K'nata se agachó, y el resto lo imitaron.

- Esta es la zona que más cerca está de la antena- Señaló un punto por encima de su cabeza, tras los restos de la oficina. Se podía ver la larga y metálica estructura, coronada por una bandera imperial- Debemos estar cerca.

- Supongo, ¿Pero cuánto?- Replicó Hankak.

- Paciencia, inquisidor. No tardaremos en dar con él. Tan sólo esté atento a los disparos. Si alguno suena cerca, lo más probable es que sea del cabo.

Para sorpresa de todos, un potente disparo sonó dentro de las ruinas de la oficina. K'nata se volvió hacia atrás mucho más rápido que el resto, pero Iridia fue la que confirmó lo que todos pensaban:

- Un rifle de francotirador modelo Septima. Apostaría a que es él- Evaluó.

Hankak asintió, orgulloso, y K'nata esbozó una sonrisa.

- Ese tiene que ser el cabo Strivoli, estoy seguro- Puso rumbo hacia la oficina del Administratum- Vamos allá, debe estar dentro, acechando a los Kraglok. Y puede que hasta haya sobrevivido algún soldado más. 

Mientras buscaban una manera de entrar, oyeron un silbido. Una soldado skiana se asomaba por un hueco entre dos columnas, mirándoles y haciendo señas para que se acercasen. Estaba rapada, y sus brazos estaban cubiertos por vendas de tela gris y polvo de rococemento, que usaba para poder camuflarse mejor. Les costó varios segundos verla. 

- ¡Blyda!- Exclamó K'nata mientras se dirigía hacia ella- ¡Has sobrevivido!

- Hace falta más que un puñado de putos lagartos para matarme, sargento- Miró a Hankak y a su séquito- ¿Y éstos?

K'nata susurró algo a su oído y entró en el escondite. Blyda abrió los ojos como platos y se tensó de golpe, saludando al estilo militar.

- ¡Inquisidor, señor!

- Descanse, soldado- Dijo él mientras pasaba bajo las columnas- Me gusta pasar desapercibido.

- Claro, señor- Y entró tras Petra, que iba la última. Una vez estuvieron todos dentro, cerró la entrada con una lona de camuflaje.

El interior del improvisado refugio no estaba mucho más limpio que su exterior. Había estanterías de madera esparcidas por doquier, algunas de ellas estaban apiladas para ser usadas como mesas, sobre las cuales había material médico, munición e incluso una radio. Las paredes que daban a la antena de comunicaciones tenían vvarios huecos que permitían observar la zona.

Al fondo del todo, casi apartados de la vista, había una serie de cuerpos cubiertos por capas de camuflaje. Hankak supuso que eran los cadáveres de los integrantes de las dos escuadras enviadas a tomar la antena, y cuyas mortajas eran sus propias capas. Eran doce, y, al mirar por una de las aperturas en la pared, se fijó en que, en el camino hacia la antena, había otros cuerpos. Tirados en el suelo en posturas imposibles, inmóviles en medio de charcos de sangre y horriblemente mutilados, se pudrían a la interperie.

Eran los restos de un ataque fallido, supuso. O de una mala retirada.

Había sólo tres supervivientes de los veinte soldados que habían sido enviados a la misión. Una de ellos era la soldado Blyda, otro era un cabo de comunicaciones que estaba sentado contra una columna, los ojos fijos en una sucia libreta que sostenía con una sola mano, pues con la otra estaba haciendo malabres con un bolígrafo.

El tercer superviviente era un hombre joven de pelo castaño claro recogido en una coleta. Estaba subido en una viga que cruzaba horizontalmente la estancia, estando elevada un metro y medio del suelo. Apuntaba a los búnkeres que defendían la antena con un fusil de precisión accionado por cerrojo, como bien había adivinado antes Iridia. Estaba sentado con una pierna colgando y la otra flexionada, apoyando el arma sobre su rodilla y con la cara pegada a la mira telescópica. Tenía una serie de gruesos pendientes metálicos en la oreja izquierda.

Hankak miró a K'nata, que también tenía la vista fija en el francotirador.

- ¿Él es...?- No pudo acabar la frase, pues K'nata le hizo un gesto para que guardara silencio.

- No conviene romper su concentración mientras está apuntando- Murmuró.

Blyda se sentó junto al cabo de comunicaciones y encendió con parisomonia una bonita pipa de madera clara, que rápidamente llenó el ambiente de un exótico aroma. Strivoli susurró algo y disparó. A continuación, bajó un poco el rifle y sacó un cigarro de uno de los portaequipos de su pecho. Lo encendió y dio una larga calada.

- Apunta, Kratz- Dijo. Su voz estaba cargada del fuerte acento skiano- Ojo derecho, objetivo en marcha.

- ¿Baja?- Respondió a su vez él, escribiendo en la libreta.

Strivoli suspiró.

- No.

Petra se adelantó, con el ceño fruncido.

- ¿Le has dado en el ojo derecho y no lo has abatido?- Preguntó, insegura.

- Señorita- Respondió él, mirándola con una sonrisa sin ganas- Estos bichos son tan duros como un puto carro de combate. La bala probablemente esté en su cráneo, pero no ha llegado al cerebro- Se encogió de hombros- O se salva o se muere por hemorragia. Es un cincuenta cincuenta.

- Yo no me arriesgaria tanto- Hankak avanzó hacia él y se descolgó el pesado rifle antimateria, tendiéndoselo al soldado- Con esto será un cien por cien. 

El cabo miró al inquisidor con aprobación y apoyó su rifle de precisión contra la pared para poder tomar el arma que él le daba. La cogió con seguridad, la sopesó, sonriente, examinó el cargador, levantó las tapas de las lentes de la enorme mira y retiró el seguro. Accionó la palanca de carga y adoptó su postura anterior. 

- Muchas gracias- Miró a los ojos a Hankak- Creo que nos llevaremos bien, inquisidor.

- Eso espero, por el bien de ambos- Le tendió la mano al skiano, que la estrechó con su mano izquierda, enfundada al igual que la derecha en un mitón negro con el dorso reforzado.

Jean miró hacia los búnkeres, donde una figura de color azul corría entre las ruinas desde un búnker para llegar hasta otro que estaba a veinte metros. El soldado agachó la cabeza para mirar a través de la mira telescópica del pesado rifle y apuntó con cuidado durante unos segundos. Su dedo índice bailoteó un poco sobre el gatillo mientras el cañón giraba lentamente, hasta que se paró. Entonces el dedo apretó el gatillo con gran rapidez y todo el cuerpo del tirador se estremeció por el retroceso.

El alienígena salió despedido hacia un lado hasta que se chocó contra una pared. A su paso, dejó una nube de sangre. Jean levantó la cabeza de la mira y silbó.

- Apunta- Dijo de nuevo- En la cabeza, sien izquierda. 

- ¿Baja?

- Ya lo creo que sí. Juliette siempre muerde fuerte- Y tras decir esto, besó el rifle. Después miró a Hankak- Sé que me quiere en su séquito, inquisidor, y me siento realmente honrado. Pero va a ser que hasta que no acabemos con esa antena no podrá ser- Disparó otra vez- Vientre, baja.

- Lo apunto- Murmuró Kratz.

Hankak se cruzó de brazos.

- No somos suficientes para tomarla.

- No se crea- Replicó Blyda, sentada en una esquina, inhalando el humo de su pipa- Jean se ha cargado a unos cuantos lagartos. No deben quedar muchos. Quizá se hayan refugiado en los túneles subterráneos. 

- ¿Están debajo de nosotros?- Preguntó K'nata.

- Sí, sólo que ellos no lo saben- La chica señaló una compuerta oxidada en el suelo- Ahí abajo hay un túnel que lleva hasta los búnkeres. Enviamos a la escuadra de Xais ahí abajo harán ahora unas tres horas, pero no han vuelto ni dado señales de vida. Los damos por muertos.

Hankak se encogió de hombros.

- Iremos a echar un vistazo, ya que parece la única manera de tomar la puñetera antena.

- Así se habla, inquisidor- Sonrió Jean- Lleve granadas. Le harán falta- Señaló unas cajas al lado de Kratz- Coja todas las que quiera, a nosotros nos sobran.

El guardia imperial agarró también una ametralladora que tenía al lado, plegó su bípode y se la entregó.

- Tiene el último cargador, pero está entero. Unas doscientas balas, le será de ayuda.

Hankak cogió el arma y agradeció el gesto con una inclinación de cabeza. Tomó también varias granadas de fragmentación, y le lanzó un par a Iridia y otras dos a Petra. K'nata se sirvió él solo. Blyda abrió la compuerta, lanzó un par de cargas explosivas, la cerró y la volvió abrir cuando estallaron. Un espeso humo y un hedor a carne quemada ascendió del hueco. La skiana se tapó la nariz y movió la cabeza para indicar a Hankak que ya podía entrar. 

- Suerte, inquisidor. Déles duro- Le deseó Jean- Nosotros haremos lo que podamos desde aquí.

Él le dirigó una última mirada antes de entrar en la habitación a la que daba la cámara. Asintió, deseándole suerte también y se deslizó por la escalera metálica hasta que tocó el suelo. Sus botas quedaron encajadas en la caja torácica de un enorme cuerpo. 

Asqueado, se apartó, y un crujir de huesos resonó cuando sus botas rompieron las costillas del kraglok muerto por las granadas de Blyda. Encendió una linterna para echar un vistazo. Era una pequeña habitación. Había otro xeno más contra una de las paredes, destrozado y con su antebrazo derecho varios metros lejos de su lugar original. Un tercer alienígena se arrastraba por el suelo hacia Hankak, ensangrentado y sin piernas ni cola, dejando un espeso rastro de sangre.

La bestia gruñía y resoplaba, agonizante, mientras acortaba distancias con sus musculosos brazos recubiertos de gruesas escamas azules. La mitad de su cráneo estaba al descubierto, y su mandíbula inferior colgaba, destrozada. 

El inquisidor posó una bota sobre su cabeza y la presionó contra el suelo para inmovilizar al kraglok. Mientras desenfundaba su pistola, sintió muy a su pesar verdadera admiración por la sobrenatural resistencia de aquellas bestias. Apartó el pie y disparó a la cabeza del xeno, que se sacudió por la fuerza del impacto y quedó inmóvil. Un chorretón de sangre salió del agujero y empapó el suelo y los pantalones de Hankak.

En cuanto Lorgen, que iba a la retaguardia del grupo, entró en la habitación, Blyda cerró la compuerta. 

- Encended las linternas. No se ve nada- Ordenó Hankak mientras enfocaba con la suya a la puerta de la sala, que era de acero y estaba abollada y manchada de sangre y trozos de carne.

- Oh, Dios Emperador- Masculló Petra cuando encendió la suya y vio los cadáveres skianos- Los han estado comiendo. Los cuerpos de los soldados. Mirad las marcas de los dientes.

K'nata se agachó ante uno de los cuerpos para examinar su collar de identificación.

- Es de la escuadra de Xais. El médico. Debieron librar su último combate aquí, y fueron arrinconados por los lagartos- Le quitó las chapas y se las guardó. Hizo lo mismo con los otros tres cuerpos- Al menos espero que se cargaran a algunos cabrones antes de morir.

- Debo dar por hecho que ahí afuera hay más- Dijo Hankak.

- Por supuesto, inquisidor- Confirmó K'nata- Bastantes más. Así que les sugiero que se preparen para entablar combate inmediato.

Hankak asintió, amartilló la ametralladora y se puso tras la puerta.

- Estamos listos. K'nata, tira la puerta abajo y hazte a un lado- Se echó la culata del arma al hombro- Limpiaré la zona.

El skiano asintió y plegó su pierna. La patada que descargó fue tan fuerte que sacó la puerta de sus goznes y las bisagras salieron volando con un sonoro chirrido metálico. En cuanto tuvo espacio para disparar, se agachó para dejar vía libre al inquisidor y disparó su arma contra el xeno más cercano, que recibió una ráfaga de cuatro disparos en el pecho y se tambaleó hacia atrás. Una nueva ráfaga lo tumbó del todo.

Frente a ellos se extendía una gran estancia iluminada por infinidad de lámparas de luz amarilla y pegajosa. Un gran abismo en el centro separaba la zona frente a la habitación por la que Hankak y su equipo habían entrado de otra que estaba a treinta metros más adelante. El abismo lo cruzaba un largo puente de varios metros de ancho con columnas cuadradas en sus flancos. Sobre él se encontraban varios kragloks, devorando los restos de la escuadra de Xais. 

Hankak torció el gesto al ver la matanza. Antes de que K'nata disparase de nuevo, apretó el gatillo de la ametralladora y disparó sin parar, desplazando el cañón de un lado a otro del puente para alcanzar a más objetivos. Las balas silbaron al hendir el aire, y chocaron contra la gruesa armadura de los xenos. Saltaron chisaps y pedazos de escamas, pero pocos proyectiles lograron atravesar las defensas de los kragloks.

Su piel y sus huesos eran gruesos y resistentes, y la capa de escamas que recubría todo su cuerpo conformaba una defensa adicional a tener en cuenta, pues hacía a los reptilianos alienígenas casi inmunes a las armas pequeñas.

Tras la descarga, los xenos rugieron y se retiraron hacia las columnas. Hankak pudo ver que portaban grandes y robustas armas de aspecto tosco y largos garrotes con cuchillas en uno de sus lados. Algunos blandían unas robustas y primitivas versiones de los rifles láser. 

- ¡Moveos!- Exclamó mientras corría hacia la columna más cercana y se cubría tras ella. Los alieníeganas comenzaron a devolver el fuego. 

En cuanto un disparo arrancó un pedazo de rococemento de la columna, se agachó por puro instinto y le lanzó al arma a K'nata, que se cubría junto a Lorgen y Petra en la columna que tenía a su izquierda. El skiano atrapó la humeante ametralladora al vuelo, asintió para agradecerla y disparó un par de ráfagas amplias para mantener a los alienígenas alejados. Sabía que los descuartizarían si se acercaban demasiado. 

- ¿Qué hacemos, inquisidor?- Le susurró desde atrás Iridia, cuyas mecandendritas de combate se mecían suavemente por encima de sus hombros- No podemos entablar un combate directo con ellos, y un tiroteo como éste será largo. Y probablemente no acabe bien para nosotros.

Hankak se asomó un segundo para comprobar la situación, el ceño fruncido y las manos firmemente cerradas alrededor del mango de su pistola. Uno de los kragloks lo detectó y disparó, aunque no lo suficientemente rápido. Devolvió el disparo antes de que el alienígena se ocultase de nuevo. La bala golpeó el pectoral izquierdo de la bestia y le hizo dar un paso hacia atrás por la potencia del disparo. Un segundo disparo se abrió camino a través de su cara hasta su cráneo, para después alojarse en el centro de su cerebro. El alienígena se quedó un segundo inmóvil y después comenzó a caer lentamente hacia el suelo cuando sus piernas perdieron la fuerza y cedieron bajo su gran tonelaje.

Satisfecho, el inquisidor volvió a su cobertura aprovechando que K'nata volvía a hacer fuego. Los fogonazos del arma iluminaron el suelo y las columnas con un resplandor intermitente. 

- Siete- Dijo para sí mismo, y después miró a Iridia- Intentaré abrir una brecha en su campo de fuego y acercarme con Lorgen y K'nata.

- Eso tiene tantas posibilidades de funcionar como de fracasar.

Hankak se encogió de hombros.

- Un cincuenta-cincuenta. Es aceptable.

- Como usted quiera- Iridia se asomó y disparó una triple descarga láser con sus mecadendritos y su pistola láser. Su objetivo trastabilló hacia atrás con el pecho humeante. Apenas le había hecho un rasguño- Son duros. El cabo Strivoli le dio algunas granadas, sería un buen momento para usarlas.

- Tienes razón- Respondió él mientras sacaba una y retiraba la anilla- Tres, dos...

Lanzó el explosivo a un costado de la columna más cercana, tras la cual se cubrían dos de los xenos. Al estallar, uno de ellos cayó por el lado del puente hacia el vacío, impulsado por la fuerza de la detonación. El otro se derrumbó, con el brazo izquierdo amputado a la altura del codo y el cuerpo aguijoneado de metralla.

- ¡Buen lanzamiento, inquisidor!- Le felicitó K'nata mientras dejaba caer la ametralladora, vacía y humeante y echaba mano de su rifle láser. Efectuó un par de disparos, que se estrellaron contra el rococemento de uno de los pilares, y lanzó otra granada.

El objetivo fue similar al del lanzamiento anterior, pero K'nata alcanzó a tres alienígenas, uno de los cuales murió al instante. Los otros dos apenas se vieron afectados, y salieron de detrás de la columna disparando sus armas.

Las potentes postas abandonaban los cañones de las escopetas con ensordecedores estallidos, y al impactar contra las columnas hacían saltar esquirlas de metal y pedazos de rococemento. Los chispeantes rayos de energía que vomitaban sus toscos rifles láser hendieron el aire, haciéndolo crepitar.

Las criaturas continuaron su implacable avance intactas...hasta que tuvieron que recargar sus armas. Al darse cuenta de que habían cesado el fuego, Hankak gritó una orden, y una granizada de descargas láser, proyectiles de bólter y balas perforadoras de alto calibre se abatió sobre los kraglok. Los dos xenos cayeron al suelo casi al instante, propulsados por la tremenda potencia del ataque combinado. Porciones de carne sanguinolenta y escamas rotas volaron por doquier, humeantes. 

Al mismo tiempo que el último kraglok tocaba el suelo, Hankak y su equipo avanzaron hacia las siguientes columnas, despejadas de enemigos tras el lanzamiento de varias granadas. 

Tan sólo quedaban un puñado de kragloks, que optaron por retirarse hasta las últimas columnas para llevar a cabo una última defensa. El intercambio de disparos era intenso e incesante, pero ninguno de los dos bandos era capaz de causar bajas en el contrario. 

- ¡Esto no tiene sentido!- Exclamó K'nata por encima dle fragor del tiroteo- ¡No conseguiremos nada de esta manera!

- Aparte de perder munición- Añadió Iridia.

Hankak asintió. Él también era consciente.

Casi sin darse cuenta, se fijó en el cadáver kraglok que tenía a los pies. Estaba desmembrado y cubierto de agujeros de láser. Supuso que lo habían matado los skianos antes de perecer bajo la carga xeno. Aquellas criaturas eran extraordinariamente duras. 

- Un momento- Susurró, y la idea que había estado tomando forma inconscientemente en su cabeza cobró vida. Enfundó su pistola y agarró el cuerpo del alienígena por la espalda. A continuación, exclamó- ¡Petra! Ven conmigo, ponte detrás de mí. El resto, cubridnos.

- ¿Inquisidor?- Dudó ella- ¿Qué planea?

- Ya lo verás- Respondió una vez Petra estuvo cubierto detrás de él.

K'nata lanzó una granada para mantener a cubierto a los kragloks, e Iridia aprovechó el despiste de uno de ellos para dispararle en la cabeza con su pistola láser. Sólo consiguió que el disparo chocase contra la gran placa ósea de su frente, sin causar daños. Lorgen elevó un pedazo grande de rococemento del suelo mediante sus poderes psíquicos y lo estrelló contra una de las columnas, dañándola seriamente y enviando a un alienígena por el lado del puente, precipitándose entre rugidos. 

Mientras tanto, Hankak y Petra avanzaban hacia los xenos, cubiertos tras el cuerpo destrozado del kraglok. Las escopetas de los reptilianos no tardaron en volver a tronar de nuevo, y el inquisidor apretó los dientes cuando las postas y los rayos de energía empujaron con fuerza su escudo improvisado. Los disparos estaban abriendo la caja torácica del cascarón, y Hankak estuvo a punto de resbalar en un par de ocasiones con las tripas que caían del estómago del cadáver, que había sido reventado por un disparo.

Una nueva descarga voló media cara del kraglok, y otra más acabó de reventar su cráneo, lo cual empapó tanto a inquisidor como a acólita con masa encefálica y sangre.

- Sólo un poco más- Gruñó el inquisidor- Aguanta, maldito xeno.

Petra se asomó por el costado del escudo improvisado y disparó su pistola bólter. Un kraglok cayó con la cabeza abierta.

- Permítame decirle que este plan es una estupidez, inquisidor.

- Las estupideces de un inquisidor a veces funcionan, Petra- Gruñó él, con los músculos atenazados por el esfuerzo. 

En lugar de responder, Pella disparó de nuevo, hiriendo ésta vez  a su objetivo. Una ráfaga del rifle láser de K'nata se encargó de rematar al xeno. Como debía calibrar el arma para ponerlo a la máxima potencia y así lograr penetrar la coraza natural de los alienígenas, el disparo reventó la caja torácica de la criatura y lo lanzó un par de metros hacia atrás, dejando una espesa estela roja a su paso.

Al llegar a la altura de las dos columnas que los supervivientes xenos usaban como cobertura, Hankak se deshizo del cadáver destrozado que usó como escudo, y desenfundó sus dos pisolas. Retiró el seguro de ambas y apuntó a la criatura más cercana. El reptiliano lo miró durante medio segundo antes de alzar su arma y encararlo con ella. Para cuando quiso apretar el gatillo, fue demasiado tarde. 

El disparo de la pistola pesada, un proyectil de alto calibre con punta perforante, se abrió camino a través de la placa ósea de la frente del alienígena y atravesó su cráneo, hasta quedarse alojada en su cerebro. La otra pistola escupió una nube de postas que machacó la cara y el pecho del Kraglok, destrozando sus escamas y sus atravesando su carne y sus huesos.

El impacto combinado hizo que el ser saliera despedido varios metros hacia atrás, y cayó por uno de los costados del puente. El que estaba a su lado se dispuso a disparar, pero Hankak fue más rápido, y le encajó dos disparos con su pistola pesada en el pecho. 

A su izquierda, Petra había eliminado a otro xeno con su pistola bólter a bocajarro. Su compañero gruñó y desenfundó su arma blanca: una especia de porra rectangular con afiladas cuchillas en uno de sus lados. El golpe no fue muy coordinado, pero extraordinariamente fuerte. Por desgracia para él, Petra se dejó caer al suelo, esquivando así el ataque y quedando el arma atascada en la columna, que estaba justo a la izquierda de la hermana hospitalaria.

Con rapidez, y antes de que el kraglok sacara su arma del rococemento, activó la sierra de su narthecium y atacó con fiereza el pecho de la criatura. Cuando las escamas cedieron a la primera acometida, los ávidos dientes de la sierra eléctrica se abrieron paso entre la carne y las costillas, hasta que destrozaron la columna vertebral y los dos corazones del xeno, que soltó su arma. Vomitando sangre, trastabilló hacia atrás hasta que tropezó y quedó tendido en el suelo, con la sangre expandiéndose a su alrededor perezosamente.

En el otro extremo del puente, Iridia tuvo un escalofrío al oír el rechinar furioso de los dientes de ceramita del narthecium, y maldijo en silencio a Petra por usar la obra del Dios Máquina indebidamente. El grito de Hankak, que les ordenaba que se acercasen a su posición, cortó su ristra de maldiciones a la mitad. K'nata se levantó y echó a andar mientras recargaba su humeante rifle láser. Lorgen e Iridia le siguieron. Al llegar hasta ellos, la tecnosacerdotisa dirigió una mirada de desprecio a Petra, que la ignoró.

- Ahora deberíamos cruzar esa puerta- Jadeó Hankak, señalándola- Y ya estaríamos en el túnel hacia la antena de comunicaciones.

- A mí me parece un plan- Asintió K'nata- Esto no va tan mal como esperaba.

Lorgen dio un respingo y carraspeó.

- Inquisidor, hay alguien tras la puerta. Se están acercando. Son cinco- Tosió- Uno de ellos es enorme. Sugiero que...

Lorgen no pudo acabar la frase, pues la puerta salió volando con un horroroso chirrido metálico y cayó al abismo. De ella surgió un pequeño grupo de kragloks, bramando y agitando sus intimidantes armas mientras corrían hacia el inquisidor y su séquito, que tardaron poco tiempo en reaccionar.

El primero en disparar fue K'nata, que llevaba el suficiente tiempo luchando como para que sus reflejos fueran extremadamente rápidos. A él le siguieron Petra y Hankak, y por último Iridia y Lorgen se unieron a la descarga de fuego. Las andanadas de proyectiles bólter, las ráfagas de láser y las balas perforadoras atravesaron la formación xeno con rapidez y violencia, desmembrando y abatiendo a los reptilianos. 

Antes de que los cuerpos destrozados cayeran al suelo, una nueva figura surgió con dificultad de la entrada, pues era tan alta y ancha que apenas podía pasar por ella. Los lados de la entrada se resquebrajaron, y acabaron hechos trizas cuando el gran kraglok salió del todo. El polvo de rococemento y los remaches de la puerta cayeron sobre él.

Era impresionante, y aterrador. Medía más de dos metros, y sus músculos eran colosales. Sus escamas eran de un ceniciento color gris, y rugosas. Muchas de ellas estaban tatuadas con formas retorcidas de color azul. La placa ósea que protegía su frente y se elevaba sobre su cabeza era tan gruesa como una coraza, y estaba erizada de pequeñas púas óseas. Sostenía un enorme mangual en sus grandes manos acabadas en garras. 

Miró a Hankak, gruñó y habló con un gruñido casi incomprensible:

- Armadura negra- Se golpeó furiosamente el pecho con un puño- Lucha. 

- Me está retando a un duelo- Musitó el inquisidor, impresionado- Pensaba que sólo eran animales. 

Avanzó con paso lento y seguro. Desenfundó su espada y se puso en guardia para aceptar el desafío. El enorme xeno alzó el mangual por encima de su cabeza mientras rugía con rabia una algarabía de palabras en su idioma. Hilillos de espesa saliva saliron despedidos de sus fauces repletas de colmillos.

Cargó.

El inquisidor corrió también hacia el xeno. Mientras el kraglok lo atacaba con su mangual, se deslizó por el suelo, pasó entre sus piernas y se pudo de rodillas justo a su espalda. Con un movimiento seco y sin florituras, clavó la hoja de su arma en el costado del alienígena. Las escamas se partieron al paso de la hoja monofilo.

Hankak no pudo penetrar mucho más.

Un chorretón de sangre le empapó la coraza y el brazo derecho, y la bestia rugió. Alzó su gruesa cola y golpéo con fuerza al humano, que salió despedido varios metros y rodó por el suelo mientras una nueva oleada de xenos surgía de la entrada y corría hacia el séquito del inquisidor. Hankak se levantó con dificultad, dolorido. Su espada seguía en el costado del xeno.

Se puso de rodillas mientras el kraglok lo miraba enseñando los dientes, provocándole. 

- Hagámoslo como el Dios Emperador manda- Murmuró.

Con gran rapidez, desenfundó sus pistolas y disparó al alienígena, que cargó con rabia, bramando mientras los proyectiles perforantes y las postas rebotaban y se chocaban contra sus escamas sin causarle daño alguno. Sin dejar de apretar el gatillo, Hankak se lanzó hacia su contendiente, y se deslizó por el suelo de nuevo en el momento justo en el que el kraglok lanzaba un poderoso embate con su mangual. Pasó por debajo de él y se levantó al estar entre sus brazos, extendidos. Sonrió y apuntó a la cabeza del xeno con su pistola pesada.

- Casi perfecto- Murmuró- No te preocupes. No eres humano al fin y al cabo.

Acercó el arma a su cara y apretó el gatillo...pero desapareció entre las fauces del kraglok antes de disparar. Hankak tuvo que reaccionar rápido para que la bestia no se llevase también su brazo izquierdo. Con un gruñido frustrado, se dejó caer, rodó por el flanco de su contrincante y arrancó la espada del sangrante costado, que ya había cicatrizado casi del todo, a pesar del sangrado.

El reptiliano emitió un sonido vagamente similar a una risa.

- Armadura negra. Luchas bien- Gruñó.

- Armadura negra es humano- Respondió él, enfundado la pistola que le quedaba y guardando la espada en su funda- Es superior a ti.

El kraglok rió de nuevo y se lanzó al ataque con un rugido. El suelo se resquebrajó a su paso. Esquivando el golpe por muy poco, el inquisidor se lanzó contra la criatura de frente y, rodeando su cuello con su brazo derecho, sacó una granada de fragmentación de su cinturón con la mano izquierda y lanzó su puño hacia la boca del colosal reptiliano.

El xeno devoró su antebrazo mecánico.

De un manotazo, el cacique kraglok envió al suelo al humano. Alzó su mangual, enseñó los dientes...y estalló con violencia. Sus brazos salieron despedidos por lados opuestos a gran velocidad. Las escamas de su pecho reventaron y se clavaron en la armadura de Hankak, y la mitad inferior de la cabeza del xeno quedó esparcida por el suelo, junto a parte de sus intestinos.

El inquisidor había salido despedido unos cuantos metros por la explosión, y había quedado aturdido y medio inconsciente por el dolor que ardía en su antebrazo mutilado. Tumbado boca arriba sobre el duro y frío suelo empapado de sangre del kraglok, se quedó mirando el techo de los subterráneos. Oyó los distantes sonidos del combate. El chasquido del rifle láser de K'nata, los ladridos de la pistola bólter de Petra, las chasqueantes ráfagas láser de las mecadendritas de Iridia. Los rugidos de los kragloks, el estampido de sus disparos. 

Se dio la vuelta trabajosamente tras arrancarse las humeantes escamas del peto y se arrastró lentamente hacia el puente, recuperando poco a poco la vista y la orientación. El dolor persistía y lo amenazaba con la inconsciencia. Gruñó y se inyectó una dosis de morfina para sobreponerse al dolor. Se levantó con gran esfuerzo y avanzó tres pasos, tambaleándose. Un kraglok se lanzó sobre él blandiendo su garrote, y fue derribado por una nube de postas que destrozó su torso y lo hizo caer por uno de los bordes del puente.

Hankak disparó de nuevo y le voló el antebrazo a otro alienígena a la altura del codo. El siguiente disparo le reventó la garganta y mandó el cadáver al suelo en medio de un torrente de sangre y gorjeos guturales y húmedos.

- Repulsivo- Gruñó, torciendo el gesto mientars echaba a un lado su pistola.

Cuando el cuerpo tambaleante del último alienígena se desmoronó, vieron al maltrecho inquisidor. De su muñón mecánico caía aceite para máquinas y sangre mezcladas, y su peto estaba lleno de abolladuras y cortes. Estaba perforado en algunas partes. Cojeaba de la pierna izquierda.

Cayó de bruces contra el suelo, desmayado.

Capítulo tres: La reina de espadas.Editar

Hankak despertó al día siguiente en su camarote de la Xyphos, con una gran desorientación y un intenso hormigueo en el brazo izquierdo. Pasó veintisiete minutos mirando al techo mientras su mente se despejaba. Entonces decidió examinar su brazo izquierdo y descubrir el por qué de aquel molesto hormigueo. Pasaron varios segundos hasta que se dio cuenta de que se trataba de un brazo mecánico nuevo. Tanto el sustituto biónico como su cuerpo aún estaban acostumbrándose el uno al otro, lo que causaba la molesta sensación. A veces notaba pinchazos en sus nervios. Los dedos mecánicos se movían de vez en cuando.

Suspiró y cerró los ojos. Estaba terriblemente cansado.

La puerta se abrió unos minutos después, quebrantando su sueño. Hankak contuvo su molestia por pereza y abrió los ojos con cansancio.

- Por fin ha despertado- Dijo Iridia antes de cerrar la puerta.

- Sí. Ya estábamos empezando a ponernos nerviosas- Adujo Petra, a su lado.

Hankak las ignoró e hizo un esfuerzo por levantar su brazo izquierdo. Su codo apenas le respondió. No necesitó hablar, ellas lo entendieron.

- Se lo instalamos en cuanto llegamos a la nave- Iridia tomó la palabra, asintiendo- Me he tomado la libertad de hacerle una pequeña modificación al modelo original. Espero que le guste.

- ¿Qué tipo de modificación?- Preguntó él, suspicaz.

- ¡Le ha metido una pistola ahí dentro!- Intervino Petra, escandalizada. Miró a la scintiliana y frunció el ceño- No sé como te has atrevido a hacer eso sin el consentimiento del inquisidor.

- ¿Una pistola?- Hankak se miró al prótesis con una ceja enarcada. 

La interpelada asintió, pero la voz le tembló un poco cuando comenzó a hablar.

- Sí. Una Tranter del 54, para ser exactos. 

El inquisidor dejó escapar de entre sus labios un suave silbido. Era un modelo scintiliano, poco común en Namether. Arrastraba ciertos problemas de fabricación que no la hacían especialmente fiable, pero teniendo en cuenta su potencia de fuego, aquello era un mal menor. Había visto sus efectos durante su época de acólito. Las bandas de las colmenas de Sodome tenían mucho aprecio a este tipo de pistola. 

- ¿Y cómo diablos se supone que la voy a usar?- Hankak giró su antebrazo mecánico- No la veo.

Iridia se adelantó hasta quedar a la izquierda de su cama y se inclinó un poco.

- ¿Puedo?

Hankak se encogió de hombros. Ella asintió y pulsó un botón en la parte baja del sustituto biónico. Con rapidez y un sonido metálico, su mano giró a la altura de la muñeca hacia abajo hasta quedar casi dentro de la prótesis, y en su lugar apareció el cañón del arma. El inquisidor silbó de nuevo.

- He copiado el modelo a una de las tripulantes de la Xyphos. A la teniente Salazar- Admitió la tecnosacerdotisa- La rehabilitación le llevará un tiempo. Tarde o temprano encontrará la manera de activar el arma sin pulsar el botón, no se preocupe por ello.

- ¿La hay?

- ¡Por supuesto!- Insistió ella- ¿Duda de mí, inquisidor?

Él negó con la cabeza y se sentó en la cama. Pulsó de nuevo el botón y la mano volvió a su lugar original. El antebrazo perdió fuerza y volvió a reposar sobre la cama. Suspiró, frustrado por no poder controlar su propio cuerpo. Petra seguía mirando a Iridia ofendida. Sin embargo, en los ojos de la scintiliana podía advertirse un brillo de alegría. El inquisidor sabía que no estaba bien mostrar favoritismos. Carraspeó y, con la voz clara, dijo:

- Iridia, has tenido suerte de que me haya gustado esa modificación. La próxima vez, no vuelvas a hacer nada de esto sin mi permiso, ¿Entendido?- Había intentado sonar todo lo severo posible, y le pareció bastante convincente.

Ella se disculpó. Petra asintió, de acuerdo y más calmada, y salió de la habitación con la excusa de que debía rezar.

- Lo siento. No quería desafiar su mando- Se disculpó Iridia cuando la adepta se hubo ido.

Hankak sonrió.

- Lo dije solo para que Petra no pensase que tengo favoritos en mi séquito. No estaría bien- Le guiñó un ojo, lo que hizo que ella sonriera- Petra es excelente en su trabajo, y lucha de miedo. No me conviene tenerla descontenta.

- Entiendo- Asintió ella- Por cierto.Ya hemos salido del planeta.

Hankak frunció el ceño. No se había acordado de aquello. 

- ¿Está el cabo entre nosotros?- Preguntó.

- Sí, no se preocupe- Iridia se llevó un dedo al labio inferior y miró hacia el techo, pensativa- Jean es un hombre interesante. Parece tanto un alborotador como un soldado.

- Eso es un mal menor- Hankak se encogió de hombros- ¿Acabasteis con la antena?

Ella asintió.

- K'nata cargó con usted hasta la posición del cabo, y después volamos la antena.

- Bueno, algo es algo. ¿Les sirvió de algo a los skianos?

- Espero que sí- La tecnosacerdotisa se encogió de hombros- Nos fuimos nada más llegar a la base.

- Me hubiera gustado haber ayudado más- Dejó caer el inquisidor, con aire abatido- Estaban en una situación muy complicada.

- Es a lo que se enfrentan cada día. Están acostumbrados. No se martirice por eso.

- Lo sé. Pero su guerra es también la mía. 

Iridia dejó que una pequeña sonrisa asomase por sus finos labios. Le interesaba aquella faceta humanitaria de Hankak. No era un hombre al uso, y no sólo por ser un inquisidor.

- Debo irme- Iridia se dirigió hacia la puerta- Si necesita ayuda con su prótesis, avíseme.

Hankak soltó una breve risa.

- Y si tú me necesitas estaré durmiendo.

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En cuanto pudo andar, lo primero que hizo fue dirigirse al puente de mando para informar a Targon del siguiente destino de la Xyphos. El capitán mostró alivio al ver que estaba bien, e incluso invitó al inquisidor a una botella de amasec, pero él la rechazó cortesmente.

El puente de la Xyphos bullía de actividad. Los tripulantes corrían de un lado a otro de la sala, sorteándose entre ellos y esquivando los cogitadores y paneles de control holográficos que había en el centro y los costados del puente. Hankak tuvo que estar atento al salir de la sala para no chocarse con ningún operador.

Decidió ir a ver cómo el cabo Strivoli se adaptaba.

El guardia imperial se había instalado en un pequeño cuarto vacío cerca de la armería. Él mismo se había ocupado de hacerse con una cama desplegable, una mesa auxiliar y un par de sábanas de recambio. Cuando Hankak llamó a la puerta metálica con los nudillos, la puerta se plegó hacia arriba, desapareciendo en la parte alta del quicio. El cabo le invitó a pasar. 

- Le felicito por su austeridad, cabo- Comentó Hankak al contemplar el escaso mobiliario de la habitación. A continuación reparó en las armas que había sobre la cama y la mesita auxiliar- ¿Son todas suyas?

Jean asintió y tomó un rifle láser modelo Lucius nº98 que estaba sobre la cama. Su culata y el guardamanos, originalmente de madera sintética, habían sido sustiuídos por piezas de plástico negro y sólido. Había conseguido un cañón más largo, y colocado una mira telescópica en el arma. 

- Son...recuerdos de guerra- Explicó mientras colocaba una célula de energía en el rifle y amartillaba el simulador de retroceso que había instalado en él- Tomados prestados del Monitorum, de los camaradas soldados de los regimientos aliados...ya sabe, ese tipo de cosas.

- Pensé que no le gustaba la falta de retroceso de las armas láser, cabo- Recordó Hankak.

Él sonrió.

- El Lucius es una excepción, inquisidor- Dio una palmada en la culata del rifle láser- He calibrado el simulador de retroceso para que dé una buena coz, y tiene una gran potencia. 

Hankak asintió. Había perdido su antebrazo izquierdo a causa del disparo de un rifle láser de alta potencia. Sabía perfectamente el daño que un arma así podía causar.

- Y ésta...- Jean dejó el modelo Lucius de nuevo sobre la cama y recogió una pistola corta y robusta de la mesita auxiliar- Una Armsman-10, diseño scintilliano. La gané en una partida de cartas a un mercenario durante una pequeña acción contra los piratas de la frontera de Capital- Besó la pistola- Desde entonces se ha convertido en mi ángel de la guarda. Ni se imagina la de veces que me ha salvado la vida.

Hankak echó un vistazo al resto de armas. Sobre la mesita había varias pistolas, dos de ellas de cachas de madera y carcasa recta que rápidamente reconoció como rangers modelo 54. Otra era un armatoste de aspecto pesado y robusto, que aparentaba gran letalidad.

Sobre la cama, a la derecha del rifle láser modelo Lucius, se encontraba una ametralladora ligera modelo Namether M38 con el cargador de caja cuadrado recubierto de una serie de letanías y frases hechas a tiza. Sobre la almohada, desmontado, había un rifle de francotirador compacto y de construcción sólida, de carcasa de polímero gris oscuro y una gran mira telescópica con las tapas de las lentes pintadas con tiza de manera que parecieran caras sonrientes.

Casi por instinto, el inquisidor echó mano de la ametralladora y comenzó a examinarla.

- Me gustan estas armas- Comentó- Robustas, pesadas. Potentes. Manejé una de estas hace unos años, cuando aún era un simple acólito. Me encantaba.

- La modelo N es genial, estoy de acuerdo con usted. Pero mire- Sacó una caja metálica de debajo de la cama y la colocó sobre el colchón. Desactivó los cierres y de ella sacó una robusta e imponente escopeta- La mejor amiga del guardia imperial, mi señor- Añadió, orgulloso- Una Grox, fabricada en Victoria II. 

Hankak tomó el arma cuando Jean se la ofreció para que la examinase. No era demasiado pesada. Carecía de culata, pero su mango de madera sintética era tan sólido y robusto que podía ser usado como garrote.  

- ¿Cómo dice que la consiguió, Jean?- Preguntó el inquisidor mientras le devolvía el arma.

- Los skianos y los laxianos no nos llevamos muy bien. Diferentes modus operandi, nosotros tenemos mujeres más guapas... - Respondió el cabo- Uno de los capullos me provocó para que le pegase y así hacerse la víctima frente a un oficial y que me castigasen, pero le salió el tiro por la culata y fue él el que acabó ardiendo de rabia y retándome a un combate mano a mano- Se encogió de hombros- Le di una paliza y aquella noche me colé en sus arsenales para llevarme esta preciosidad como recompensa.

- Una manera limpia de ganarse semejante trofeo- Bromeó el inquisidor- Le felicito, cabo.

Jean sonrió.

- Es la única manera honrada, inquisidor.

Ambos rieron. 

++++++++++++++++++++++++++++++

El capitán Targon se volvió hacia el escáner de onda corta cuando este emitió un pitido. Apoyando las fuertes manos sobre el panel de control del aparato, se fijó en el objeto que estaba a tan sólo unos escasos miles de kilómetros de la Xyphos.

- ¿Está el radar de onda corta estropeado, teniente?- Preguntó a uno de sus oficiales de puente.

El teniente de navío se encogió de hombros y negó con la cabeza.

- No, señor. Es más, lo he revisado hace apenas tres horas.

- Entonces venga a ver esto.

El oficial de puente abandonó su puesto y se dirigió hacia el aparato. El objeto detectado estaba cada vez más cerca. 

- Mierda- Gruñó- Capitán, tenemos problemas. Es...

- ¡Ya lo sé, teniente!- Apartó al oficial y activó la alarma- ¡Todo el mundo a sus puestos de combate! ¡Levantad los escudos y preparad las armas! ¡Alférez, póngame con con el inquisidor!

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La teniente Salazar colgó el microcomunicador tras recibir las instrucciones del capitán Targon. Se ajustó las correas  de su traje de vacío blindado mientras salía de la sala de entrenamiento de la Xyphos y se echó al hombro su escopeta de combate mientras que, con la otra mano, guardaba en las cananas del vientre y el muslo derecho sendas pistolas.

- ¿Qué ocurre, capitán?- Preguntó mientras andaba a grandes zancadas hacia el puente, donde se le unieron dos de sus hombres.

- Ella- Masculló él, por toda respuesta.

- Entonces no veo necesidad de prepararnos para el combate- Contestó Salazar alzando una ceja, extrañada.

- Son piratas, teniente. Un día te dan la mano y al sigiuiente te la cortan. Hay que tomar precauciones.

- Entendido.

Salazar puso los ojos en blanco y echó a correr hacia la puerta de acceso al puente. Entonces oyeron la sirena que avisaba de que una lanzadera entraba en el hangar. Una luz roja les bañaba intermitentemente, sumiéndoles ahora en una relativa penumbra, ahora en un estallido carmesí.

La compuerta empezó a abrirse...

++++++++++++++++++++++++++++++++++

Hankak salió de la habitación de Strivoli junto al skiano tras recibir el aviso del capitán Targon. Andaron con prisa, y tomaron el ascensor que les llevaría a la cubierta uno, donde estaba el puente. Lorgen, Iridia y Petra ya estaban allí, esperándolos.

La sala era un hervidero de actividad, y el inquisidor tuvo que abrirse paso a codazos en una ocasión para que los atareados operarios e ingineros le dejasen pasar.

- ¿Nos atacan, Targon?- Preguntó en cuanto vio al capitán, que observaba, con cierto nerviosismo, el colosal destructor clase Cobra que estaba junto a ellos. La Xyphos no era más que una mota de polvo a su lado.

Él se dio la vuelta, con las manos cogidas tras la cintura.

- De momento no, inquisidor- Respondió, sombrío- Pero más nos vale esperar cualquier cosa. El Emperador favorece a los precavidos.

- Espero que no me hayas metido ese susto solamente para decirme que sea precavido.

Targon negó con la cabeza.

- No, mi señor. Consideré necesario que estuviera presente.

- ¿Qué va a pasar, capitán? Sin rodeos. Tengo poca paciencia.

Targon abrió la boca para hablar, pero su microcomunicador comenzó a sonar. Hizo un gesto de disculpa y contestó al aparato. Alguien habló durante unos segundos, y después Targon añadió:

- Que pase.

Colgó el microcomunicador mientras las puertas del puente se abrían. Entró Salazar junto a uno de sus hombres, e hizo un gesto a alguien que iba detrás, apuntando en la dirección de Targon. Después, ambos asintieron y abandonaron el puente con un saludo militar. Antes de que desaparecieran de la sala, otras dos personas salieron de entre ellos.

Una era una mujer, alta, vestida con un largo abrigo abierto de pirata negro con grandes hebillas doradas, unos sencillos pantalones negros y unas botas del mismo color que parecían ser el resultado de la mezcla de unas botas de combate y unos zapatos de tacón. Sobre su desgarbada melena rubia oscura, adornada con algunas rastas, llevaba un sombrero negro con un emblema metálico de una calavera cruzada por dos grandes espadas sierra. Debajo del abrigo tenía una impecable camisa de lino blanco por encima de la cual había una bandolera de cuero que cruzaba el torso en diagonal desde su hombro derecho hasta el lado izquierdo de su cintura. A la bandolera tenía sujetas un par de pistolas ricamente decoradas.

El otro era un hombre. Medía lo mismo que la mujer, y era bastante musculoso. Se cubría la cara con una máscara antigás militar y los ojos con unas gafas de combate de lentes redondas y verdes. En la cabeza, rapada, tenía una serie de motivos tribales tatuados en tinta negra y azul. Su vestimenta era más sencilla: tan sólo un chaleco de combate negro con una serie de cartuchos de escopeta sujetos a sus hebillas, sobre una camisa azul, y unos pantalones de combate. Llevaba colgando al hombro un robusto rifle automático modelo Armageddon 40.

Targon señaló disimuladamente con la barbilla a la mujer.

- Eso es lo que pasa, señor.

Hankak enarcó una ceja, sin entender lo que el gigantesco hombre quería decir. Los recién llegados se acercaron con paso seguro a Targon y al inquisidor. La pareja se detuvo a unos pasos de la tarima sobre la cual se encontraban Hankak y el resto. Ella hizo una especie de saludo, quitándose el sombrero, haciendo una reverencia y volviéndoselo a poner. Targon asintió para devolver el gesto.

- Es un placer verte de nuevo, Targon- Dijo ella. Su voz era sedosa y cálida- Me gustaría poder decir lo mismo de tu teniente de abordaje. Miranda no ha cambiado en todo este tiempo.

- Tú tampoco, Irma- Respondió Targon. Miró a su acompañante- Ni el animal que tienes al lado.

El aludido gruñó y se adelantó, irradiando furia, pero Irma posó una mano sobre su hombro para detenerlo. Targon ni siquiera se había inmutado.

- No sabía que tenías visita- Volvió a la carga Irma, mirando a Hankak con expresión juguetona- De haberlo sabido, hubiera entablado comunicaciones en vez de venir aquí.

- Deberías haberlo hecho- Contestó el capitán, serio. El puente había enmudecido a la llegada de Irma y su guardaespaldas.

Ella se encogió de hombros y sonrió.

- Ha sido un fallo de cálculo, la próxima vez sopesaré un poco más mis opciones.

- Más te vale. ¿Sólo has venido a charlar, o qué, Irma?

La pirata negó con la cabeza.

- Venía a hacerte una petición en persona, Targon- Dijo, adelantándose.

El capitán se encogió de hombros y pasó su peso de un pie a otro.

- Te escucho.

- Mi segundo de a bordo me ha hablado sobre una estación espacial abandonada en este sector. 

- Hay muchas, ¿Y?

- Pero ninguna como ésta- Sonrió ella. Un destello cruzó sus ojos verdes- Arcanotecnología, Targon.

Él levantó las cejas, interesado.

- ¿Y quieres que te echemos una mano? ¿Teniendo tú un torpedero y yo una mísera interceptora?- La interrogó, suspicaz.

- No. Escucha, Targon.

- ¡Capitán, la nave pirata está activando las armas!- Chilló uno de los operarios.

- ¿Qué?- Exclamaron Irma y Targon casi a la vez.

Prácticamente de inmediato, una bota se estrelló contra la parte trasera de la rodilla derecha de Irma, que, desprevenida, cayó pesadamente al suelo. Su guardaespaldas se descolgó el rifle y apuntó a la nuca de la mujer, que se estaba levantando con rapidez, furibunda.

- Adiós muy buenas, capitana- Dijo él mientras retiraba el seguro del arma.

Pero el primer disparo que se oyó antes de que la Xyphos empezase a temblar cuando la nave pirata dio comienzo al proceso de desacoplamiento no provino de su rifle. Targon enfundó la pistola bólter que había sacado para volarle la cabeza al pirata y corrió hacia Irma, que destilaba ira.

- ¿Qué pasa, Irma?- Exclamó.

- ¡No lo sé!- Ladró ella, pateando el cadáver de su antiguo subordinado- ¡Al infierno si lo sé!

l Como respuesta, la holomesa que había en el centro del puente se encendió, mostrando la cara barbuda y llena de cicatrices de un hombre.

- ¡Fabio!- Exclamó Irma, corriendo hacia la holomesa y apoyando sus manos sobre ella de un golpe que hizo temblar la imagen- ¿Qué siete infiernos está ocurriendo?

- ¡Cállate, perra!- Cortó él- Ahora vamos por nuestra cuenta. Y tú no entras en nuestros planes. Bueno, al menos, no con vida- Se rió a carcajadas- ¡Pobre estúpida! ¿Te creíste lo de la estación abandonada?

- ¡Bastardo de mierda!- Gritó ella, furiosa, antes de que la imagen desapareciera- ¡Confiaba en ti!

- Señor, están enviando cazas- Informó a voz en grito uno de los operarios. 

- ¡Pon en marcha la nave, maldita sea! ¡Quiero los escudos activados y las torretas en marcha!- Ordenó Targon con eficiencia. 

Salazar entró en la sala atropelladamente.

- ¿Qué está pasando?- Exclamó. Miró a Irma y frunció el ceño- ¡Tú! Perra, debíamos haberlo supuesto.

Avanzó amenazadoramente hacia ella y la agarró de la gabardina. Ella protestó y le dio una patada en el peto de la armadura. Ambas cayeron al suelo cuando la Xyphos dio un bandazo y empezó a acelerar. 

- ¡Basta ya!- Gritó Targon, desconcentrado por la pelea entre Irma y Salazar- ¡Salid de mi puente!

- ¡Pero es mi nave la que os está atacando!- Replicó Irma mientras uno de los soldados la sacaba de la sala- ¡Puedo ayudaros!

El capitám gruñó y ordenó a los soldados que la soltasen. Necesitaba toda la ayuda posible para escapar de aquello. La interceptora clase Xyphos estaba diseñada para combatir a los cazas enemigos gracias a sus potentes torretas de defensa, no para combatir contra los monstruosos navíos de batalla. Con sus baterías láser y misiles de fusión podía atacar los puntos débiles de una nave más grande, pero era una maniobra suicida sin el apoyo de más elementos de la flota. 

La única opción era escapar.

- Ven, Irma- Targon le dejó un sitio frente a las pantallas- Más te vale ser de ayuda, o estamos todos condenados.

Ella asintió y se dirigió con paso apresurado hacia la tarima de mando. Hankak se situó junto a ellos para observar la situación tras ordenador a sus acólitos que salieran del puente.

- Mierda- Murmuró- Es enorme. ¿Cómo podemos luchar contra algo así?

- No vamos a luchar- Sentenció Targon mientras tecleaba con gran rapidez en una de las estaciones de mando, enviando órdenes- Vamos a huir, pero antes necesitamos ralentizarla. Irma, ¿Algún punto débil cercano?

La pirata asintió y señaló un punto cerca del puente.

- Aquí. Los conductos de combustible están fatal en esta zona. Los remendamos y reforzamos todo el rato.

- Excelente- Targon marcó las coordenadas y se las envió a sus oficiales de puente- Preparaos para desviar la energía de los escudos a las baterías láser. Necesitaremos toda la potencia posible.

- Sí, señor- Corearon los oficiales.

Un lejano tableteo sonó sobre los quejidos de la estructura de la interceptora: las torretas habían empezado a disparar. 

En el exterior, en el frío vacío, una docena de cazas acosaba la Xyphos con sus cañones láser. Los rayos de energía estallaban al chocar contra el escudo de vacío de la nave, varias veces más grande que ellos. No obstante, lograrían superar el escudo si seguían atacando durante el tiempo suficiente.

Targon era consciente de eso.

A pesar de los sistemas de detección y disparo automatizado de la multitud de torretas defensivas de la Xyphos, los cazas piratas esquivaban los ardientes torrentes de proyectiles con facilidad. Los pilotos de la tripulación de Irma eran veteranos de infinidad de escaramuzas e incursiones, y las defensas de la interceptora apenas eran un desafío para ellos.

Mientras tanto, la nave avanzaba todo lo rápido que podía por la superficie del torpedero, manteniéndose sobre las baterías de macrocañones para que no pudieran fijarla. Los torpedos eran inútiles contra una nave tan rápida como la Xyphos, de manera que la única defensa eficaz que los piratas tenían eran sus escuadrones de cazas. Targon sabía que eran la prioridad. Si no se deshacían de ellos, de poco les serviría ralentizar el monumental torpedero.

- No tenemos muchos cazas ahora mismo- Informó Irma, como si le leyera el pensamiento- Tenemos la mayoría en reparaciones. Los que nos persiguen deben ser todos los que nos quedan.

- Nunca tuvisteis muchos de todas formas- Targon accionó una de las palancas de mando y una pantalla con el estado de las armas defensivas se desplegó frente a él. Había dos bajas confirmadas. Los cazas habían destruído cinco de las torretas de defensa- Alférez, desvíe la energía de todos los sistemas no vitales a las torretas defensivas.

- Procediendo, capitán- Contestó con obediencia el oficial. Las luces por toda la nave parpadearon y se hicieron más débiles.

La Xyphos tembló cuando un caza destrozó una de las grandes baterías defensivas del flanco derecho de la nave. Targon gruñó. Aquellas piezas eran muy difíciles de reparar. Casi imposibles de sustituir. 

- Señor, se están colocando sobre nosotros. Están atacando las baterías láser- Informó un oficial.

- Girad ochenta y siete grados- Exclamó él- Colocad nuestro flanco izquierdo hacia arriba y concentrad la energía de las armas defensivas en las baterías laterales. 

La Xyphos empezó a girar sobre sí misma con lentitud mientras acortaba distancias con el puente del torpedero. Un caza estalló en llamas cuando las armas defensivas de la interceptora alcanzaron sus propulsores. Se precipitó ardiendo como un cometa contra el casco del destructor, girando sin control.

- Estamos en posición, capitán- Dijo el alférez.

Targon asintió mientras observaba en tres pantallas distintas a los cazas piratas a través de las cámaras de babor. Las grandes torretas triples abatieron una tormenta de disparos al rojo vivo que se precipitó sobre los aparatos piratas. Efectuando maniobras evasivas e intentando apartarse de la trayectoria de los disparos, casi la mitad de los cazas fueron destruidos en aquella andanada asesina. Las personas en el puente de la interceptora vitorearon. Todas menos Irma y Targon.

- Hay que superar los escudos de vacío si queremos atacar, Targon- Apostilló la mujer, que seguía de cerca el desarrollo del combate a través de las pantallas y los hologramas dle puente.

- Podemos atravesarlos- Contestó él, y a continuación exclamó- ¡Seguid girando, los cazas se están desplazando! No podemos permitir que salgan de nuestra línea de tiro.

- ¿Estás loco?- Irma apretó los dientes y se encaró al capitán- Nos quedaremos sin energía. Los cazas nos destrozarán antes de que podamos reactivarnos.

- Con los escudos levantados podremos contrarestar el efecto- Targon manipulaba palancas de mando y apartaba pantallas para observar otras nuevas. Hankak lo miraba con admiración- Reduciremos el daño a los sistemas.

- Eso no es seguro- Gruñó la pirata.

- Pero es lo mejor que tenemos.

La veloz interceptora atravesó el escudo de vacío del torpedero. El escudo de vacío de la Xyphos estalló como si fuera una burbuja. Las luces se apagaron en la nave unos segundos. Las comunicaciones desaparecieron durante un aterrador instante. Algunas de las torretas defensivas se apagaron, sin energía.

En sus dependencias, Jean miró la titilante bombilla del techo y se preguntó su iban a morir. El temblor de la nave era tan fuerte que desplazó su cama unos centímetros de su posición anterior. Guardó sus armas en el armario antes de que se esparcieran por toda la habitación.

Petra rezaba fervientemente arrodillada frente a su cama. En sus manos sostenía un rosario acabado en una talla de madera en forma de aquila. Pasaba de una cuenta a otra con cada oración que murmuraba, suplicando ayuda y protección al Emperador. 

Lorgen intentaba adivinar qué ocurría en el exterior, pero le era imposible. Frustrado, se limitó a agarrarse a la pared para no caerse.

Pero Targon sonreía. Habían pasado. 

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La sala de máquinas era un hervidero de asfixiantes vapores y quejidos mecánicos. Los generadores de plasma y la maquinaria gruñía y resoplaba por el esfuerzo. Algunas piezas carecían de suficiente energía. Una luz roja bañaba toda la estancia, otorgando un aspecto demente a la situación.

El ingeniero jefe Tormen salió del ascensor junto a sus hombres, cargando con sus herramientas y dando órdenes. Tenían que mantener la nave en marcha a toda costa. Era irónico como gran parte de las batallas espaciales se ganaban o perdían gracias a la actuación del personal no implicado en combate, como ellos.

Tormen dio un respingo cuando se encontró con una figura cubierta por una túnica roja trabajando en uno de los generadores de plasma. 

- ¿Quién...?- Empezó.

- ¿Vais a trabajar o no?- Gruñó Iridia- ¡No vais a aplacar el dolor de estas máquinas ahí quietos!

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Las baterías triples habían puesto en fuga al escuadrón de cazas, que había sido diezmado por su aterrador volumen de fuego. Los cañones dejaron de girar cuando la energía abandonó sus motores. Los cañones láser se activaron en su lugar y se movieron para apuntar al punto débil: una pequeña zona de blindaje apresuradamente colocado y soldado, reforzada con planchas de ceramita.

- Disparad a mi señal- Targon hacía cálculos a gran velocidad valiéndose de varias placas de datos- Vamos a darle un buen puñetazo a ese cabrón.

La holomesa titilló y su imagen fue reemplazada por la cara de Fabio de nuevo. Reía.

- ¡Traidor!- Silbó Irma.

- ¡Espero que os guste esta sorpresita!- Rió antes de desaparecer de nuevo.

- ¡No!- Chilló Irma- ¡Mierda, Targon, levanta los jodidos escudos!

- Aún están desactivados, no podemos- Él miró a la pirata con el ceño fruncido- ¿Qué ocurre?

Irma abrió la boca para contestar, pero el grito de uno de los oficiales del puente la cortó.

- ¡Dos naves de ataque, capitán! ¡Son bombarderos Starhawk!

- ¡Maldición!- Rechinó Targon- ¡Nos harán pedazos entre los dos sin escudos!

Las dos naves espaciales se acercaban cada una por un lado hacia la Xyphos. Sus artilleros cargaban y armaban los misiles de plasma nave-nave mientras los operarios y pilotos preparaban soluciones de disparo contra la interceptora, que tenía la mayor parte de sus torretas defensivas desactivadas. Era una presa fácil.

- Capitán, tenemos el Fury activado en el hangar- Hizo saber el alférez- Quizá podamos...

- ¡Yo me ocupo!- Exclamó Irma antes de salir corriendo del puente.

- ¡Irma!- Targon extendió una mano, pero ella estaba fuera de su alcance- ¡Nosotros ya tenemos un piloto!

- ¡Es una cuestión personal, Targon!- Respondió antes de desaparecer.

El capitán gruñó y observó el avance de los dos bombarderos a través de un proyector holográfico. 

- Estúpida loca- Gruñó.

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Irma corrió por los pasillos de la Xyphos. El ascensor la había llevado al nivel cuatro, donde estaba el hangar de la interceptora. No era demasiado grande, pero poseía el espacio suficiente para albergar un interceptor de clase Fury y un puñado de cazas más pequeños. También había algunas lanzaderas.

Bullía de rabia. La habían traicionado las personas con las que había compartido toda su vida. No comprendía por qué habían hecho aquello. Era impensable. 

El Fury estaba siendo atendido por un tecnosacerdote y un nutrido grupo de servidores y técnicos que recargaban sus armas y lo preparaban para despegar. El aparato estaba siendo activado mientras la tripulación se apresuraba a entrar en él. Un par de técnicos cargaban el depósito de la aeronave mediante un largo tubo conectado a un gran contenedor de combustible cercano.

Irma apartó de un empujón al piloto antes de que entrase. Él protestó, pero la pirata lo tumbó de una patada en el mentón. Entró en la cabina y se aseguró al cinturón mientras los artilleros y operarios la miraban perplejos. Contectó su cerebro a la nave con su unidad de impulsos mentales a traves de una serie de largos tubos que salían del panel de mandos. Se volvió mientras recordaba cómo se manejaba un interceptor Fury.

- Vale, chicos- Empezó- No os conozco de nada, pero ahí hay dos bombarderos que nos van a hacer trizas si no los abatimos antes. Así que vamos a cooperar y quememos a esos cabrones. 

La tripulación se encogió de hombros y ocupó sus puestos.

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- Irma- El comunicador chasqueó- ¿Me recibes? Ageron está que trina por quitarle el interceptor.

- Ya le invitaré a una copa. 

- Si salimos de esta.

- Claro.

Irma sacó el interceptor del hangar precedida del bronco rugido de su motor de plasma. La aeronave, de unos cuarenta metros de largo, ocupaba gran parte del hangar. El lugar pareció un poco más vacío cuando desapareció. Sin embargo, en el espacio no era más que un insecto. Era una minúscula partícula en un lugar tan impensablemente colosal que nada era capaz de imaginar todo lo que ocurría en él al mismo tiempo. Comparado con el torpedero, era sólo un poco más grande. 

Comparado con su torpedero.

Irma miró la gigantesca nave espacial a través de la cabina de mando y esbozó una mueca de odio. Detestaba al condenado Fabio por traicionarla de aquella manera, y a su tripulación por seguirle a él. No quería imaginarse lo que les había ocurrido a los que se habían mantenido fieles a ella. 

Suspiró y se mordió el labio inferior para tranquilizarse. Se dio cuenta de que había estado mordiéndose los carrillos inconscientemente por la ira. Aferró los mandos con fuerza y viró lentamente para rodear una de las múltiples antenas de comunicaciones del destructor. Esquivó una torre de observación y se topó prácticamente cara a cara con uno de los Starhawk.

El aparato, pintado de negro y con el símbolo de la banda en los costados, se ladeó apresuradamente mientras sus armas defensivas escupían andanadas de proyectiles de punta perforante. El interceptor Fury ascendió girando sobre sí mismo y deceleró hasta colocarse detrás del bombardero.

- Atención todo el mundo- Dijo por el altavoz de la nave- Quiero que todos recéis una oración por las almas de esos desgraciados.

- ¿Una oración?- Preguntó uno de los ingenieros.

- ¡Sí!- Irma apretó los dientes en una feroz mueca y activó las armas- ¡Para que se pierdan en el Empíreo! ¡Fuego, artillero!

Los cañones láser relucieron al mismo tiempo, escupiendo un azulado relámpago múltiple...que se perdió en el espacio: el bombardero había esquivado su ataque. El artillero exclamó una maldición.

- Ay, Trono- Irma se llevó una palma a la cara sin perder de vista el Starhawk- Los he entrenado demasiado bien. 

Los cañones automáticos del aparato pirata lanzaron una bocanada de fuego hacia el Fury, pero Irma era una piloto experta. Esquivó las ráfagas de proyectiles mientras las lecturas de datos inundaban su mente a través del enlace neural. Estaba sometiendo al interceptor a un gran esfuerzo con sus maniobras.

El propulsor del bombardero petardeó y el aparato se ladeó lentamente mientras seguía desplegando una cortina de fuego defensivo. Irma se dio cuenta de lo que intentaba: quería mantenerla alejada de él mientras atacaba a la Xyphos. 

- Eso no va a pasar- Murmuró con una sonrisa mientras se situaba en su cola- Artillero, arma tres misiles y fija dos de ellos en el bombardero.

- ¿Tres?

- Tú obedece.

El hombre se encogió de hombros y preparó los misiles antinave mientras una nueva descarga surgía de los cañones láser. El Starhawk se apartó de la trayectoria de los centelleantes rayos de energía por poco.

Pero sin haberse dado cuenta, había caído en la trampa. 

El bombardero no podía efectuar otra maniobra de evasión mientras acababa de moverse, debido a su peso y tamaño, ambos superiores a los del interceptor. 

- ¡Misiles, artillero!

Los dos proyectiles abandonaron el Fury dejando densas estelas de gases de expulsión a su paso, acercándose cada uno por un lado de la aeronave pirata. Acercándose a gran velocidad, los dos misiles convergieron en el propulsor del bombardero. 

Una bola de fuego al rojo blanco volatilizó la mitad de la nave y prendió fuego al resto, que se precipitó sin control hasta chocarse contra el casco del torpedero. La tripulación del Fury lanzó una ovación, pero Irma se contuvo. Aún quedaba otro Starhawk, y estaba a distancia suficiente del Xyphos como para abrir fuego.

- ¿Para qué querías el tercer misil?- Preguntó el artillero mientras Irma pasaba por encima de la Xyphos.

Las torretas que aún tenían energía disparaban al bombardero en vano, ya que sus sistemas de disparo automatizado no recibían suficiente potencia. Los proyectiles se perdían en la fría negrura del espacio.

- Para este hijo de puta- Dijo la pirata con los dientes apretados- ¡Fija y dispara, artillero!

El interceptor no estaba en el ángulo adecuado para disparar sus cañones láser contra el bombardero. La única opción para acabar con la nave enemiga antes de que disparase sus misiles y cargas de plasma era volarlo con un misil perseguidor. Irma había sido lo suficientemente previsora como para tener el misil preparado.

Una bocanada de llamas y vapores químicos salieron del propulsor del misil cuando fue disparado. Trazó una suave curva y estalló contra la cabina del Starhawk, volatilizando a sus ocupantes y provocando una serie de explosiones internas que destrozaron el aparato. Sus municiones, que no habían sido usadas, crearon una cegadora estrella de plasma al explotar.

- Va a ser que sabes pilotar y todo- Le felicitó uno de los tripulates.

Irma se permitió una sonrisa triunfal mientras volvía al hangar de la Xyphos, que estaba acelerando.

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- Sellad el hangar en cuanto el interceptor regrese- Ordenó Targon- Vamos a darle donde le duele y nos largamos lo más rápido que podamos. 

- Recibido- Comunicaron los oficiales del puente.

Las luces del puente titilaron cuando la energía de las armas defensivas fue redirigida a las baterías láser. Las placas de blindaje que protegían los paneles de disparo de los misiles de fusión se desplegaron, dejando a la vista las cargas explosivas. 

- Quiero toda la energía posible en los motores en cuando reventemos ese nido de chatarra- Targon desplegó un pequeño micrófono- Equipo de ingeniería, informe.

- Estamos en ello, capitán. La tecnosacerdotisa del inquisidor nos está ayudando- Informó el ingeniero jefe Tormen entre resoplidos. El respirador apenas le dejaba hablar- Lo tenemos todo controlado.

- Exclente- El capitán apagó el micrófono y miró a Hankak- Dé las gracias a su tecnosacerdotisa, inquisidor. Probablemente nos haya salvado de un fallo en los sistemas. 

Hankak asintió y miró la pantalla que proyectaba la imagen del punto débil del destructor. Parecía mentira que una nave mucho más pequeña pudiera causarle problemas atacando a un punto tan insignificante.

- La Reina de Espadas está a bordo, capitán- Informó alguien. 

- ¡Fuego entonces!- Targon activó un mensaje holográfico para el puente del destructor e hizo un corte de mangas- ¡Que sepan que nadie se mete con los Sables nametherianos!

Un grito unánime se elevó de las gargantas de los oficiales del puente al mismo tiempo que una barrera de energía crepitante salía disparada de las baterías láser de la Xyphos. Un enjambre de misiles de fusión fue lanzado desde los compartimentos de disparo de babor. Los propulsores dejaron una lluvia de estelas blanquecinas en el vacío.

El impacto combinado de la andanada láser y los misiles de fusión desestabilizó el pobre blindaje del punto débil y las planchas de ceramita quedaron esparcidas, ingrávidas, en el espacio. Una segunda oleada de misiles entró por el hueco y estalló en el interior de la superestructura del destructor.

Una bocanada de llamas y pedazos de blindaje salió despedida hacia el vacío mientras una hilera de pequeñas explosiones internas recorría los conductos de combustible. Para cuando los tripulantes del torpedero cortaron el suministro de combustible por esa vía, la Xyphos ya estaba a cientos de kilómetros. 

Los vítores y gritos de júbilo restallaban por toda la interceptora. +++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Hankak esperó tres segundos exactos antes de llamar de nuevo a la puerta. Cuando golpéo sus nudillos con suavidad contra la madera noble por segunda vez, se abrió. Irma apareció a la entrada de las dependencias originalmente reservadas para él. Su cara reflejaba tristeza y abatimiento. Su porte, ira contenida.

- Hola, capitana- Saludó él- Venía a hablar con usted, si es posible.

Ella hizo un gesto con la mano.

- No me llames capitana. Ya no soy capitana de nada. 

Hankak asintió.

- Entendido, ¿Puedo llamarte Irma entonces?

- No tengo otro nombre- Se encogió de hombros la pirata. Se hizo a un lado y le invitó a entrar ladeando elegantemente la cabeza- Pasa, es mejor que hablar aquí fuera.

Hankak aceptó con un asentimiento y entró en la habitación, opulenta y luminosa, cargada de decoración. Las paredes eran de madera clara, al igual que los ornamentados muebles y las columnatas de la cama con dosel que había al fondo. Sonrió para sí mismo. El hecho de que la pirata no lo tratase de usted le resultó divertido.

- Si quieres decirme algo, aprovecha- Dijo ella, apoyándose contra la puerta, cerrada- En cuanto paremos en la próxima estación espacial me bajo. No voy a abusar de la hospitalidad de Targon.

- Precisamente de eso quería hablarte. Estoy reuniendo en persona a mi séquito, y estoy buscando a las personas más capaces y competentes que tengo a mi alcance- Irma levantó una ceja, intrigada- Tengo una  lista donde marco sus nombres y localizaciones. Tú no apareces en ella, pero visto lo visto, y sabiendo que probablemente no puedas hacer mucho por tu cuenta en esta siuación, te invito a formar parte de mi séquito. 

Irma se lo pensó durante unos segundos.

- ¿Y qué gano a cambio?- Dijo, ignorando el rango de Hankak, lo que le arrancó una mueca de diversión.

- ¿Qué quieres?- Se limitó a responder.

- Eso es lo que quería oír, inquisidor- Irma se adelantó y le estrechó la mano- Contigo hasta el infierno. Siempre y cuando saque algo.

Capítulo cuatro, el JuezEditar

Hankak bajó a la sala de máquinas de la Xyphos. Aún tardarían unos días en llegar a Losnya, y el tiempo pasaba lenta y pesadamente en la nave. El aburrimiento era casi peor que los campos de batalla a los que el inquisidor se había enfrentado recientemente. 

Casi.

Y para colmo de males, la biblioteca del Xyphos no era ni especialmente extensa ni variada. Principalmente poseía cartas de navegación o libros de historia en los que se narraban batallas espaciales famosas. También había manuales y vademécumes de armamento y equipo militar o mecánico, pero ninguno de ellos atraía especialmente al inquisidor. Había encontrado unos cuantos tomos de Auge nametheriano, de Karl Svöl, lo cual le levantó los ánimos.

Los había leído todos (los veintidós) cuando era un adolescente al servicio de su predecesor, pero cuando los volvió a leer le pareció que Svöl narraba la historia de Namether con un excesivo toque sensacionalista que le repugnó.

Hankak había dejado los libros en su sitio, y poco después encontró un ejemplar de La rosa del desierto, de Ifia Volmoni. Aquella novela había tenido un gran éxito cuando se publicó, y recordó haberla oído mentar en varias ocasiones, incluso por algún acólito de la Inquisición junto al que había servido en algún momento de su vida.

Era una obra romántica acaba en tragedia, de una soldado y su sargento de escuadra durante el conflicto de Kopesh IV. Hankak no era un ferviente seguidor de aquellas lecturas, pero había una escena especialmente erótica que...

Sacudió la cabeza para despegarse la sugerente imagen mental de las nalgas de la protagonista sobre el panel de mandos del transporte blindado. El ascensor bajaba lenta y ruidosamente, y la luz giratoria que indicaba que aún seguía en movimiento parpadeaba y bañaba con destellos rojizos el interior del ascensor. Cuando la placa hololítica titiló al mismo tiempo que la luz roja cesaba de parpadear, Hankak supo que había llegado a la sala de máquinas.

Las pesadas puertas se abrieron con un siseo, y la pálida luz del corredor obligó al inquisidor a parpadear, molesto. Se adentró en el pasillo, flanqueado de tuberías y conductos, y lo recorrió durante quince minutos, bajando dos niveles por las escaleras metálicas pobremente iluminadas en un momento dado. Se cruzó con un equipo de ingenieros que estaba llevando a cabo tareas de mantenimiento junto a una pareja de servidores mecánicos, y lo saludaron respetuosamente. Él les devolvió el gesto mientras pasaba de largo, acompañado tan sólo por el golpeteo de sus botas contra la gruesa rejilla metálica del suelo.

Cinco minutos más tarde, llegó a la sala de motores, donde Iridia reparaba uno de los condensadores secundarios. La tecnosacerdotisa se volvió durante un segundo cuando lo oyó entrar, y le saludó con un asentimiento.

- Iridia, ¿Tienes un minuto?- Preguntó él, apartando de su cara el espeso vapor que inundaba la sala.

- Estoy reparando un condensador de una nave espacial- Contestó ella- Podría hablar con usted y con otras dos personas más sin problema.

Hankak sonrió, pero borró la sonrisa de su cara cuando supo que no era una broma. 

- Targon quería darte las gracias por tu trabajo en la sala de máquinas durante el combate. 

- No tiene que dármelas. Es mi trabajo- Iridia activó el soplete de una de sus mecadendritas, y el resplandor proyectó su sombra contra el suelo y la pared- Disfruté.

- No me cabe duda. 

Iba a decir algo más, pero Lorgen le cortó, llamándole por el microcomunicador.

- ¿Mi señor?- Preguntó con cautela el anciano psíquico.

- Dime, Lorgen- Hankak se llevó el aparato al oído.

- Tengo un mensaje para usted, de la inquisidora Tarieni. Su astrópata lo envió hace un rato, he estado transcribiéndolo.

Hankak levantó una ceja, extrañado. El Xyphos tenía su propio astrópata, lo cual significaba que se trataba de un mensaje importante. 

- Voy para allá, Lorgen. Gracias.

- De ninguna manera, señor- Replicó el anciano- Se lo llevaré a su camarote.

- He dicho que no, Lorgen- Hankak se despidió con un gesto de Iridia y echó a andar por los pasillos. Al darse cuenta de que su tono había sido demasiado duro, lo moderó- No me voy a morir por andar un poco.

- Como desee, mi señor- Respondió Lorgen antes de colgar.

El joven inquisidor llegó al camarote de Lorgen pensativo y preocupado. Habían pasado casi tres meses desde la última vez que habló con Silvia y Thurr, cuando le pusieron a prueba con la misión de capturar a uno de los líderes separatistas. Que contactase con él en ese momento no podía significar nada bueno. Llamó a la puerta de la habitación del psíquico, que la abrió tras unos segundos. 

- Mi señor- Lorgen lo invitó a pasar con un gesto respetuoso. Sudaba, y tenía un aspecto deplorable. El recibir el mensaje del astrópata de Silvia con tanta prisa, y desde tanta distancia le había debilitado considerablemente.

- Deberías dormir, anciano- Dijo Hankak mientras su acólito le entregaba un pergamino recién escrito. 

- Tenía que mantenerme despierto hasta entregarle el mensaje, señor.

Hankak le dedicó una sonrisa de agradecimiento y apoyó una mano en su hombro.

- Puedes descansar, ya tengo el mensaje. Buen trabajo.

Lorgen asintió y se despidió del inquisidor con un cabeceo mientras él salía por la puerta.

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Hankak cerró la puerta de su camarote y leyó apresuradamente el mensaje. Cuando lo terminó, cerró el puño alrededor del pergamino, arrugándolo y haciendo una bola con él. Lo lanzó a la papelera que había en el otro lado de la habitación. 

Cancelaban su misión. La situación en el sector había empeorado. 

Silvia le había indicado que capturar al líder secesionista se había vuelto una tarea de gran peligro. El objetivo se había despalzado al espacio controlado por los separatistas, y la misión se había vuelto impracticable para Hankak solo.

Ella estaba preparando algo, y avisba al inquisidor de que quería contar con él. La carta no decía nada más. Solamente que tenía vía libre para actuar. 

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La sala de entrenamiento estaba vacía a aquellas horas, pues era el ciclo de trabajo para la tripulación. Hankak quería aprovechar aquella situación para conocer un poco más a la última adicción a su séquito; la ex-capitana pirata Irma. Preocupado por las malas noticias que Tarieni le había dado, confiaba en que una buena pelea podría calmarlo. E Irma tenía fama de buena luchadora.

Cuando entró en la sala, ella ya estaba ahí, apoyada contra la pared metálica recubierta de acolchado sintético, al igual que el suelo y el techo. La estancia estaba iluminada por una serie de lámparas de tubo incrustadas en el techo, y esparcían su fría luz blanca por toda la sala. Hankak tuvo que estrechar los ojos, pues aquella iluminación era mucho mayor que la de los pasillos, apenas compuesta por un puñado de lámparas de emergencia. 

- Parece deslumbrado por mi belleza, inquisidor- Comentó en tono burlón al ver entrar a Hankak.

- Quién sabe- Contestó él con tono neutro, adaptándose poco a poco a la potente iluminación de la sala.

- ¿Todos los inquisidores son tan fríos?- Preguntó Irma con una sonrisa.

- No creo- Hankak parpadeó, acostumbrado ya a la luz de la sala de entrenamiento- Hay de todo, como en cualquier sitio- El inquisidor se permitió una pequeña sonrisa- Y yo no soy tan frío.

- Seguro que no- La ex-pirata separó su esbelto cuerpo de la pared y avanzó hacia el centro de la sala.

Hankak se permitió unos segundos para contemplar a la mujer. Iba vestida con unos sencillos pantalones que le llegaban hasta un poco más abajo de las rodillas, y con una camiseta de tirantes azul de algún miembro de la tripulación del Xyphos. Hankak estaba seguro de que lo había robado de algún camarote. No llevaba calzado de ningún tipo, y sus pies se le antojaron extrañamente hermosos.

Él iba vestido de manera habitual, con la camiseta de tirantes gris y los pantalones de combate negros. Se quitó las botas, sin embargo, para estar en igualdad de condiciones que la acólita.

- Bonitos tatuajes- Irma señaló con un dedo las retorcidas figuras negras que cubrían el brazo izquierdo y parte del pecho y cuello del inquisidor- ¿Tienen algún significado?

Hankak se encogió de hombros.

- Tuve una época muy oscura sirviendo a mi predecesor. Resulta que vio en mí a un buen interrogador, y me obligó a hacérmelos para resultar más intimidante. Me gustan, así que me da igual tenerlos- Señaló con la barbilla una rosa que Irma tenía tatuada en el cuello- ¿Y el tuyo?

Ella se pasó un dedo inconscientemente sobre el tatuaje, algo descolorido.

- Porque soy como una rosa- Esbozó una sonrisa traviesa- Lo pillas, ¿No?

El inquisidor soltó una breve risa.

- Puedes parecer hermosa, pero pinchas.

- Lo soy, querrás decir.

Ambos rieron, y se colocaron en el centro de la sala, uno frente al otro. Rápidamente adoptaron posiciones de guardia.

- ¿Qué quieres de mí, inquisidor?- Preguntó Irma, súbitamente seria, tras lanzar una rápida patada a la mandíbula de Hankak, quien la bloqueó con sus antebrazos.

Él respondió con un gancho de derecha que la mujer esquivó, y un rodillazo que ella usó para agarrarle la pierna y tirarle al suelo con un rápido tirón y un golpe de antebrazo en el cuello.

- ¿A qué te refieres?- Consiguió articular, con la garganta dolorida por el golpe mientras rodaba a un lado para ponerse de pie.

Irma no respondió inmediatamente. Lanzó dos patadas rápidas hacia el pecho de él para despistarle del codazo que venía después. El inquisidor agarró su codo, y apoyando su otra mano en el vientre de la ex-pirata, la levantó sobre su cabeza y la dejó caer a su espalda. Irma, sin embargo, se agarró a su cuello, y usó la fuerza de su caída para hacerle caer a él también. Hankak exhaló con fuerza por el tremendo golpe en la espalda.

- Quiero saber qué es lo que buscas en mí- La mujer se levantó tras zafarse de un agarrón- Y si puedo cumplir con ello.

- Sólo necesito que obedezcas mis órdenes, y que sepas cumplirlas- Hankak se levantó del suelo acolchado masajeándose el dolorido cuello y esquivó un puñetazo rápido como una centella. 

- No estoy acostumbrada a acatar órdenes de nadie- Irma probó de nuevo con otro veloz puñetazo, pero él lo bloqueó y aprovechó para acercarla hacia sí de un tirón y propinarle un rodillazo en el estómago que le cortó la respiración de golpe y la lanzó al suelo. 

Hankak se quedó en el sitio, en guardia, esperando a que ella se levantase. Lo hizo rápido, y al mismo tiempo que lanzaba una patada hacia su cara. Una patada que no pudo detener.

Trastabilló hacia atrás, aturdido y con la nariz sangrando. Unos veloces puños acosaron su estómago hasta dejarle sin respiración. Cuando se dobló, Irma rodeó su cuello con los muslos y se dejó caer con fuerza al suelo. 

Aunque aturdido por la tremenda tormenta de golpes, Hankak aprovechó para dar un cabezazo en la entrepierna de la ex-pirata, que se dobló y dejó de asfixiarlo con sus piernas.

- No me voy a contener, Irma- Se limpió con un antebrazo la sangre que le caía de la nariz hasta la barbilla.

- Ya lo estoy viendo- Gruñó ella, retorciéndose en el suelo- Eso no ha valido. Yo no te he dado en las pelotas, y no me han faltado oportunidades- Gruñó de nuevo y rió un poco antes de añadir- Eres un tramposo, inquisidor.

- Y me lo dice una pirata- Hankak correspondió a su sonrisa y se sentó junto a la mujer- ¿Qué me dices de un descanso?

Irma asintió y se sentó con un gruñido dolorido. El inquisidor se sorprendió de que no le atacara por sorpresa. 

- Y tú, Irma, ¿Qué buscas?- Dijo él al cabo de unos segundos.

Ella se encogió de hombros.

- Mientras siga viva y alguien me pague la vida me doy por satisfecha. Aunque eso de recibir órdenes no me hace mucha gracia- Miró con expresión juguetona al inquisidor- Supongo que habrá que suplir esto con algún beneficio adicional.

- Que podría ser...

- ¡Darte una paliza!- Rió Irma- Si hacemos esto de vez en cuando, no me resentiré mucho por recibir órdenes. ¿Sabes? Viene bastante bien pelearte con tu jefe de vez en cuando.

Hankak asintió, aliviado, aunque lo disimuló. Temía que la antigua pirata pudiera incurrir en subordinación en el peor momento, y con ello causar problemas al resto del séquito, y a él mismo.

- Así que aceptas mi liderazgo.

Irma asintió a regañadientes.

- La acepto. Si esto me ha ocurrido es porque el Emperador así lo considera correcto- Se encogió de hombros- Puede que no esté hecha para mandar, al fin y al cabo. Quién sabe.

El inquisidor sonrió y le tendió una mano que ella aceptó.

- Bienvenida entonces a la sagrada Inquisición, Irma.

- ¿Gracias?- Bromeó ella, levantando una ceja. 

Ambos se callaron durante varios minutos, respirando pesadamente por el esfuerzo y sus cuerpos doloridos, y sudando. De repente Irma se tumbó de lado, mirándole.

- Dijiste que tenías una lista, ¿Cierto?

- Me encanta cuando me tratas como a tu superior- Sonrió Hankak con ironía.

- Como sea- Irma rió la broma, aunque no le gustaba nada que le dijeran eso- Sólo responde.

El inquisidor asintió, y se inclinó hacia atrás, apoyando las palmas de las manos en el suelo, tras su espalda.

- Sí, es una lista en la que tengo apuntados los datos de las personas que he elegido como mis futuros acólitos. Me ha llevado un tiempo la labor de investigación, pero ha merecido la pena.

- ¿Y quién es el siguiente?- Y añadió en un tono juguetón- Mi señor.

- No hagas eso más, por favor. Prefiero que me tutees.

- Te tutearé entonces- Irma se carcajeó a gusto.

Hankak la contempló reirse. Era hermosa, sin duda alguna. Lo hubiera sido más aún de no ser por sus modales, y por el descuidado peinado que llevaba, pero aquella falta de feminidad le gustaba en cierto modo. Cuando dejó de reirse, Irma levantó una ceja, interrogante.

- ¿Y bien? Dime quién era, tengo curiosidad.

- Es un agente del Adeptus Arbites, un arbitrador llamado Drusus. Nunca me acuero de su apellido.

- ¿Drusus? ¿Como el santo?

Hankak asintió.

- Así que vamos a por un advenedizo lo suficientemente fanfarrón como para usar el nombre un santo, ¿Eh?

- Para nada, Irma- Rió él- Tiene fama de sagaz y valeroso. Por lo menos por los informes que he leído sobre él.  Leí que durante uno de sus primeros casos persiguió a los restos de una banda de traficantes de drogas hasta su propia base, y que los capturó a todos vivos- Se encogió de hombros- Sufrió graves heridas, pero sobrevivió. 

- Un cabrón tenaz, vamos. Como todos los del Arbites- Resumió Irma.

El inquisidor negó con la cabeza, sonriendo ante la ingenuidad de la acólita.

- Si fuera uno más no estaría en mi lista, Irma. Es tenaz incluso para los agentes del Arbites. Sabe usar la cabeza, y es un luchador formidable. Además, conoce como nadie a los criminales, y eso nunca está de más.

- Ya veo- Irma lo miró a los ojos. Al inquisidor le pareció que le sonrió con la mirada- Me parece que cada uno cumple una función en el séquito, ¿Me equivoco?

- Pensaba que ya lo sabías- Rió Hankak, tanto que ella lo miró con los ojos entornados, molesta- Lo siento- Contuvo una última risotada y tosió para despejarse- Cada uno cumple una función, sí. Lo que no sé es qué función vas a desempeñar tú.

- Bueno...sabes que sé luchar. También sé conducir...pilotar.

- Cierto. Hiciste un gran trabajo con el interceptor- Asintió- Serás nuestra chófer.

Irma imitó con ironía una risa, lo que divirtió a Hankak.

- Y has pasado por alto que sé luchar, ¿Eh? Le imploro, mi señor, que replantee su decisión.

- No hagas eso más- Contestó él con una mueca- Y, bueno, supongo que tú y yo podemos luchar hombro con hombro. Creo que estarás a la altura.

- No lo creas. Lo estaré- La acólita se levantó y se arrodilló sobre él, con las piernas alrededor de las suyas, y habló con voz suave- También sé hacer otras cosas, aunque tienen escaso valor táctico- Acercó su cara a la del inquisidor y besó su frente- Pero estoy segura de que podría gustarnos. 

Bajó lentamente la cabeza hasta que su nariz rozó suavemente la de Hankak y lo besó de nuevo, esta vez en los labios. Después metió sus manos bajo la camiseta de él para acariciar su pecho, rozando con los dedos las cicatrices del joven inquisidor.

- Ten cuidado con esa- Murmuró él cuando notó un punzante dolor al pasar Irma su dedo índice por una de las cicatrices de su pecho- Aún me duele.

Ella apartó sus caricias de esa zona, y le besó de nuevo en los labios.

- ¿Porqué tan repentino, Irma?- Dijo Hankak en voz baja mientras llevaba sus manos hacia la espalda de ella para acariciarla. Sin apoyo para mantener esa posición, se dejó caer hasta que su espalda tocó el suelo.

- Me interesas- Respondió ella cuando dejó de besarle- Me intrigas en muchos aspectos.

- Podrías haber sido algo más sutil- Susurró él antes de besar su cuello.

- No soy sutil. No esperes sutilidad de mí.

Irma sonrió y apoyó sus manos a ambos lados de la cabeza de Hankak, que la tomó de la barbilla con un par de dedos y clavó su mirada en sus ojos.

- No lo haré- Susurró antes de fundirse con ella en un largo beso.

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Jean Strivolli se aburría.

Y era el aburrimiento más soporífero y agobiante que había experimentado jamás. Había pasado varias horas desmontando y limpiando sus muchas armas, e incluso dedicó un par de horas más a rellenar nuevos cargadores que consiguió del almacén del Xyphos.

Salió de su camarote, vestido solamente con los pantalones de combate y sus botas. Había dejado la capa de camaleonina y su camiseta y chaleco antifrag sobre su cama, y todas sus armas estaban sobre las prendas. No tenía ganas de ordenarlo todo de nuevo para ponerse una mísera camiseta.

Algunos miembros de la tripulación con los que se cruzó por los pasillos lo miraron, extrañados, pero siguió andando, con las manos en los bolsillos y un palillo de acero en los dientes. Él era un tirador prodigioso, un buen soldado. Su paciencia estaba reservada únicamente para las miras telescópicas.

Se dirigió a la sala de máquinas con la esperanza de encontrarse con Iridia, la tecnosacerdotisa, y entablar algo de conversación. La chica le parecía guapa, pero era del Adeptus Mechanicus...y ahí acababa la historia. De todas formas, sentía cierto interés.

Cuando por fin llegó, media hora después, se la encontró sentada contra unas tuberías, ensamblando una robusta pistola con sus mecadendritas. Había varias piezas sueltas a su lado, así como un bote de ungüentos sagrados y una lata de lubricante para mecanismos.

- ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?- Saludó Jean con una sonrisa traviesa.

Iridia levantó la mirada, y después devolvió su atención al arma que estaba montando.

- Trabajar- Respondió con voz tranquila.

- Entiendo- Murmuró Jean. La frialdad de la tecnosacerdotisa no fue algo inesperado.

El guardia imperial se sentó junto a ella y la observó trabajar en silencio durante varios minutos. 

- Una pistola bólter modelo Victoria II M36, variante de cargador recto, ¿Eh? Tienes buen gusto.

- No es para mí- Contestó, sin dejar de trabajar- El inquisidor perdió su arma durante la lucha contra los xenos cuando fuimos a Taerya a por ti. Me pidió que le consiguiera una nueva pistola, y he encontrado esto en el arsenal. Creo que es adecuada.

- Y tanto- Silbó Jean- Daría lo que fuera por una de estas. Pero...¿Porqué la estás montando de nuevo?

A Jean no le cuadraba aquello. Él hubiera entregado el arma al inquisidor, no se hubiera dedicado a desarmarla y volverla a montar.

- Mi vida está dedicada a la obra del Omnssiah, y a servir al inquisidor. Debo comprobar que este arma está en perfectas condiciones para él...y de paso disfruto conociendo esta obra de arte.

El skiano frunció el ceño. No era la respuesta que esperaba, aunque la lógica era tan aplastante que se sintió estúpido por no haberlo pensado antes. Él también disfrutaba enredando con los mecanismos de las armas, pero la tecnosacerdotisa parecía hacerlo a un nivel mucho más superior. Aquello le pareció interesante.

- Y...¿Pasas el tiempo así?- Preguntó Jean.

Iridia seguía montando el arma, y hablaba sin despegar la mirada de las piezas que estaba ungiendo en lubricante y aceites sagrados con sus propias manos antes de que sus mecadendritas los colocasen dentro de la carcasa de la pistola bólter.

- Sí. Arreglo cosas, reviso el estado de las máquinas, realizo el mantemiento de mis implantes y mecadendritas...Es una buena manera de pasar el tiempo. Me divierte.

Jean contuvo una carcajada. Hablaba de divertirse con una cara totalmente neutra, y un tono que no daba a entender ningún tipo de diversión ni regocijo en la actividad que estaba llevando a cabo. Aquello le pareció, por alguna razón, extremadamente gracioso.

- ¿Y ya? ¿Sólo trabajas? ¿No duermes ni nada?- Volvió a la carga el guardia imperial.

Iridia frunció casi imperceptiblemente el ceño, algo irritada por haber recibido tantas preguntas a la vez. Pero las contestó con tranquilidad, sin dejar de trabajar.

- No necesito dormir. Lo hago a veces, cuando no hay nada más que hacer, porque me resulta agradable en cierto modo. Pero el trabajo siempre está por delante de esos placeres tan simples.

- Y hablando de placeres...¿Tienes pareja de algún tipo, Iridia?- Jean ya sabía la respuesta, pero estaba disfrutando con las reacciones de la tecnosacerdotisa. Hablar con alguien del Mechanicus durante más de dos minutos era una experiencia refrescante por su novedad.

Iridia dejó de trabajar de repente. Sus mecadendritas se quedaron congeladas en el sitio y sus manos dejaron de esparcir lubricante por las piezas de la pistola bólter. Movió ligeramente la cabeza, lo justo para poder mirar a la cara al hombre, que se sintió súbitamente incómodo.

- Tú qué crees- Respondió antes de seguir con su tarea.

Jean rió de buena gana.

- ¡Eso está mejor!- Aplaudió- Ha sido mucho menos frío que todas tus palabras de antes.

- ¿Por qué?- Preguntó ella, intrigada. El skiano le parecía interesante. Era una muestra continua de un comportamiento absolutamente humano.

- Porque lo has dicho como si fueras una persona normal- Sonrió él.

La sonrisa de Jean le pareció atractiva, dejando que su lado humano diera su opinión. Sin embargo, aquello de persona normal casi le hacía sentirse ofendida.

- ¿Qué quieres decir con persona normal?- Inquirió, atornillando las cachas de madera pulida al mango de la recién ensamblada pistola bólter.

- Pues eso, como un humano normal y corriente como yo. La gente del Mechanicus es fría y sin sentido del humor, pero tú pareces mucho más normal que cualquier otro tecnosacerdote que haya conocido.

- Soy normal para mi gente- Respondió Iridia, y después pensó para ella misma- Y ni siquiera eso. 

En su fuero interno, le pareció casi gracioso que para su gente, el Adeptus Mechanicus, de conocer su interés por la tecnología ilegal y por el comportamiento humano, la verían como a una paria, y sin embargo era mucho más normal a los ojos de gente como Jean. La ironía de aquello le arrancó una pequeña sonrisa que desapareció rápidamente de su cara de piel pálida.

- La he visto- Dijo Jean, divertido.

- ¿Cuál?

- Tu sonrisa. Es muy bonita.

Iridia levantó la pistola, ya acabada, ignorando las palabras de Jean, aunque en el fondo sentía curiosidad por continuar aquella conversación. El sincero interés de aquel hombre le gustaba, y le parecía interesante que dijese todo lo que se le pasaba por al cabeza. Conocía a pocos humanos que hicieran eso.

- Ya está. Acabada- Insertó el cargador vacío en el arma con un satisfactorio chasquido metálico que hizo que se le pusiera la piel de gallina, maravillada por la excelencia de aquella pieza de tecnología. Miró a Jean y le tendió el artefacto- Debo entregársela al inquisidor, pero quisiera seguir con las rutinas de mantenimiento del sistema de alimentación de mis implantes biónicos. Te solicito el llevarla tú, si te es posible.

Al principio él calló, algo ofendido al ver que la tecnosacerdotisa había ignorado sus palabras y había vuelto a su tono frío e impersonal, pero terminó sonriendo de nuevo y tomando la pistola bólter.

- Sin problema- Se levantó y guardó el arma en un bolsillo de su pantalón, y añadió- Ha sido un placer, Iridia. Me gustaría repetirlo alguna vez. Y alargar un poco más la conversación si es posible.

Aún sentada, con las piernas cruzadas, Iridia lo miró a los ojos durante unos segundos antes de responder. Jean pudo captar un destello fugaz de interés en la mirada de ella. 

- No me molesta hablar mientras trabajo- Dijo al fin- No será un problema repetirlo.

Jean sonrió y asintió a modo de despedida. Iridia lo vio alejarse por el rabillo del ojo hasta que desapareció entre las tuberías, los barriles de combustible y las grandes piezas de recambio para la maquinaria interna del Xyphos.

Pesantiva, inició los ritos de desacoplamiento de la prótesis de su antebrazo izquierdo mientras sus mecadendritas retiraban los tornillos y las sujecciones óseas. Sintió un cosquilleo cuando la conexión nerviosa con el implante fue cortada, y entonces procedió a separarlo del puerto de conexión. Mientras una parte de su mente se ocupaba de dirigir a las mecadendritas en las tareas de mantenimiento del avambrazo mecánico, Iridia se permitió unos instantes para pensar acerca del despreocupado guardia imperial que acababa de visitarla.

Le interesaba, puesto que acababa de convertirse en una de las personas con las que más había conversado en privado, excluyendo al inquisidor. A Iridia le atraíasu propio lado humano, que hasta hace poco había mantenido cautivo e inoperante por miedo a sufrir cualquier tipo de rechazo de sus hermanos del Adeptus Mechanicus, y como tal, también le interesaban todos los comportamientos humanos que la rodeaban. Y de todos ellos, los del skiano habían llegado a atraerla de una manera superior al resto.

Estaba casi segura de que a una mujer humana el comportamiento despreocupado y sincero de Jean le resultaría simplemente irresistible, pero su propio interés iba más allá de un sentimiento tan simple. Quería aprender. Aprender a ser humana. Ser repudiada por su gente le importaba poco en aquel momento, ya que ahora su deber y su lugar estaban con el inquisidor Hankak, y ella jamás dejaría de honrar al Omnissiah, pasara lo que pasase. Su contacto con la gente del Mechanicus ya era escaso. No le importaba perderlo del todo.

Las mecadendritas emitieron una serie de chasquidos cuando sus combiherramientas empezaron a examinar el sistema de alimentación del antebrazo protésico y abrieron la tapa inferior de la pieza. Iridia ungió los circuitos al descubierto con aceite bendito y murmuró una serie de oraciones y plegarias antes de cerrar la tapa del circuito de alimentación y asegurarla de nuevo mediante sus tornillos y cierres magnéticos.

Acabado el proceso, acopló de nuevo al puerto de conexión el antebrazo mecánico y activó las conexiones nerviosas. Movió un poco los dedos y la muñeca hasta que se aseguró de que funcionaba adecuadamente.

Empezó de nuevo el proceso, esta vez con su otro antebrazo. Mientras, pensaba acerca del skiano. Quería pasar más tiempo con él, pero era consciente de que él podría interpretarlo como un interés íntimo, o incluso sexual. No estaba muy segura de querer suscitar esos sentimientos en el guardia imperial. 

Con una sonrisa divertida, se percató de que cuestiones como aquellas quitaban el sueño a los humanos.

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- Ya estás- Petra dio una palmada en la espalda de su paciente y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

La mujer a la que había estado atendiendo, la teniente Salazar, se levantó de la camilla y movió su hombro herido arriba y abajo, haciendo que el vendaje se tensara. Los puntos que Petra le había dado en el corte que se había hecho con el servidor de entrenamiento le dolieron por el movimiento.

- Gracias, hermana. Es usted bastante más agradable que los servidores médicos y el cirujano de la nave- Agradeció Salazar.

Petra sonrió y se reclinó en su silla de cuero, encendiéndose una vara de Iho.

- Puedes llamarme Petra- Dijo- Y gracias, Miranda.

- De acuerdo- Asintió Salazar- ¿Te quedarás aquí mucho tiempo? La verdad es que prefiero que me atiendas tú a que lo haga el cirujando de la tripulación.

- Estaré donde esté el inquisidor, e iré donde él vaya. Mientras la Xyphos esté bajo su mando, yo estaré aquí.

Salazar se apoyó en la pared, frente a Petra.

- Es bueno saberlo.

- ¿Necesita algo más, teniente?- Dijo la hermana hospitalaria tras dar una calada a la vara de Iho.

Ella se encogió de hombros.

- He acabado mis ejercicios diarios y las tareas de entrenamiento con mis hombres. Hoy no tengo más que hacer, y desde que se cargaron a mi amante las travesías se hacen aburridas hasta lo indecible. Supongo que algo de conversación no me vendría mal.

- Entonces estamos en las mismas- Petra le ofreció una vara de Iho a la teniente de abordaje, que lo aceptó gustosa.

- ¿También se cargaron a tu amante?- Salazar acompañó la broma de una mirada cargada de intención.

Petra se estiró en su silla y apoyó las piernas en una mesa baja para instrumentos que tenía en frente tras apartar con un pie la bandeja metálica sobre la cual había una serie de herramientas médicas. 

- Por supuesto que no. Estoy casada con el Dios-Emperador y con mi deber para con él y el Imperio. No necesito amantes. Lo que quería decir es que yo también me aburro en estas travesías. Hoy he limpiado y ordenado mi material médico por lo menos siete veces. Imagínate mi estado de aburrimiento.

- No se me hace difícil imaginármelo, creéme- Sonrió Salazar.

- Así que abatieron a tu amante hace un tiempo, ¿Cierto?- Prosiguió Petra con un tono más cauto.

Miranda se mordió el labio inferior y asintió. Petra pudo advertir que su expresión había cambiado de manera casi imperceptible, pero a ella aquellos detalles no se le hacían difíciles de ver. Vio un retazo de tristeza en su mirada.

- Hace tres años- Respondió- Unos piratas nos intentaron abordar. Conseguimos mantenerlos fuera de la Xyphos, pero en su nave la cosa se puso fea. Nos superaban en tres a uno, y había mercenarios alienígenas entre ellos- Suspiró y apartó la mirada durante un par de segundos- Sobrevivimos sólo tres, y mi equipo de abordaje estaba compuesto por veinte hombres.

- Lo siento- Petra hizo la señal del águila en señal de respeto por los muertos- La guerra es algo muy duro. Lo sé de primera mano.

- ¿Estuviste en algún frente?- Continuó Salazar con interés.

- En Thorax, junto al resto de mi orden- Asintió la hermana hospitalaria- Algunas de ellas murieron intentando salvar a algún herido en medio de una zona de combate. El resto luchábamos en primera línea un día, y pasabámos el siguiente tratando heridos en un campamento para volver a luchar al día o a la semana después. Era un infierno.

- ¿Entraste en combate?- Preguntó Salazar, extrañada.

- Las hermanas hospitalarias estamos preparadas para luchar, no era algo nuevo para nosotras. Nos asignaban a un hospital de campaña o a una unidad de infantería, y simplemente teníamos que cumplir con nuestro trabajo- Petra dio una calada a su vara de Iho y levantó la mano derecha para mirarla. Flexionó varias veces el dedo índice- No quieres saber cuantas veces ha apretado este dedo el gatillo de mi pistola bólter. 

Salazar asintió, mirando como Petra movía sus esbeltos dedos. Se estaba dando cuenta de que la experiencia en combate de aquella mujer podía ser mayor que la suya propia. 

- Entiendo. ¿Luchaste cuerpo a cuerpo con los orkos? Tengo curiosidad.

Petra la miró a los ojos. Supo al instante que sí, y que había visto cosas horribles durante aquellos combates mano a mano.

- El narthecium se inventó para curar, Miranda- Empezó Petra, distraídamente- Lo sabes, ¿No?

Ella asintió.

- Algunos lo usan para defenderse en situaciones desesperadas- Continuó.

- Es algo normal, supongo. Su siera está diseñada para cortar armadura, carne y hueso. ¿Qué pasa con ello?

- En las trincheras no tenía nada más para defenderme de los orkos cuando se nos lanzaban encima que mi narthecium y su sierra- Suspiró- Es un pecado y una afrenta a su espíritu máquina y a la obra del Dios Máquina, pero aprendí a usar el narthecium como un arma. Me salvó al vida en más de una ocasión- Petra movió su brazo izquierdo horizontalmente, con suavidad- Cada vez que mataba a un orko con él rezaba y suplicaba disculpas al espíritu máquina de mi narthecium.

- ¿Mataste a muchos con él?- Salazar estaba perpleja.

- Maté a los que maté- Zanjó ella- No cuento las muertes. Estoy más que agradecida por seguir con vida.

Salazar se mordió el labio inferior.

- Tengo ganas de verte en acción.

Petra dio una última calada a su vara de Iho antes de acabarla y se quedó mirando al techo.

- Espero que tengas que esperar mucho para eso. 

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Hankak se levantó de su cama y revisó su reloj de bolsillo. Quedaban pocas horas para llegar a la órbita de Losnya, y Targon estaría a punto de informarle sobre ello. Quería estar en el puente antes de que el capitán le avisase. Al inquisidor le gustaba demostrar su iniciativa.

- ¿Hemos llegado ya?- La voz de Irma sonó con suavidad desde la cama, algo adormilada.

Hankak la miró por encima del hombro mientras se ajustaba el chaleco de caparazón y le dedicó una sonrisa.

- Aún quedan algunas horas, pero quiero estar listo a tiempo.

Habían pasado cinco días desde su pelea en la sala de entrenamiento, y desde entonces habían pasado mucho tiempo juntos. Hankak se sentía atraído por la mentalidad y el modo de vida de la ex-pirata, y ella no podía evitar sentirse atraída por el inquisidor, alguien totalmente nuevo para ella. Habían llegado a conectar más de lo que Hankak hubiera predicho. Le gustaba realmente. 

- Demostrando iniciativa, ¿Eh?- Irma rió y se arrebujó en las sábanas.

- Ya lo sabes- El inquisidor se dio la vuelta mientras se ataba al muslo derecho la funda de la pistola bólter que Jean el había entregado de parte de Iridia- Por cierto, ¿Sabes pilotar una Arvus? Nos ahorraríamos el pedirle un piloto a Targon.

Irma resopló.

- Claro que sé. Fue la primera aeronave que estudié y conduje.

- Excelente entonces- Sonrió Hankak- Has resultado ser todo un acierto, Irma.

- No sé cómo tomarme eso- Bromeó ella.

El inquisidor caminó hacia la cama y se inclinó sobre ella para besar la rubia cabellera de ella a modo de despedida.

- Os avisaré para reunirnos todos en el hangar- Dijo antes de salir de la habitación- Y preferiría no tener que esperar mucho. Desde la órbita hacia la ciudad colmena donde está nuestro amigo Drusus hay varias horas de vuelo.

- Descuida- Murmuró Irma cuando la puerta se hubo cerrado, y se quedó dormida de nuevo.

Hankak caminó con paso ligero por los pasillos de su nivel hasta llegar al ascensor y dirigirse al puente. Mientras el elevador lo llevaba hacia el puente, el inquisidor no pudo evitar especular acerca de lo que podría ocurrir en Losnya. No quería hacerse ilusiones pensando que sería rápido y fácil, pues hasta ahora todo se había complicado mucho más de lo que él había esperado. Pero por otra parte no quería ser fatalista. Simplemente no estaba en su manera de pensar. 

Salió del elevador cuando las puertas se separaron con un rechinar mecánico y y su microcomunicador sonó. Hankak respondió a la llamada mientras caminaba hacia las puertas del puente.

- Aquí Targon, inquisidor. Le informo de que estamos llegandoa Losnya. En unas horas podremos mandar la lanzadera.

- Recibido, capitán. Y gracias. De todas formas, estoy llegando al puente en esos mismos instantes.

- Comprendido, inquisidor. Corto y cierro- Se despidió respetuosamente Targon.

- Justo a tiempo- Murmuró Hankak para sí con una sonrisa satisfecha.

El inquisidor cruzó las puertas del puente, más tranquilo entonces. La holomesa colocada en el centro, en cuyos bordes había pantallas de estado, proyectaba una imagen de Losnya. En los puestos de mando, los oficiales se ocupaban de sus tareas, operando los cogitadores y paneles de control y dando informes de estado en voz alta de vez en cuando. 

Hankak caminó por el pasillo metálico y se plantó junto a Targon, que miraba por las ventanas de la sala hacia el vacío. Una pequeña patrulla de la Armada Imperial escoltaba a un convoy mercante formado por grandes naves.

- Cuando pienso que los xenos mancillan la belleza del espacio imperial algo dentro de mí entra en un estado de rabia absoluta- Comentó el capitán, sin despegar la mirada del vacío.

- Ya somos dos, Targon.

- Estoy comprometido a ayudarle a expulsar a los alienígenas del sector, inquisidor. Y esto va mucho más allá de la orden de la inquisidora Tarieni- Dijo de repente Targon.

- Es un buen hombre, Targon- Hankak asintió, agradecido- El Imperio necesita más hombres como usted.

- Es un honor oír eso de alguien como usted, inquisidor.

Hankak se encogió de hombros.

- Es la verdad. Y ahora, me complace informarle de que no precisaremos de uno de sus pilotos para ir a la superficie de Losnya. Irma se encargará de manejar la Arvus.

- Es usted realmente independiente, inquisidor- Observó Targon con una sonrisa- El Imperio también necesita más hombres como usted. 

- No sé si eso sería precisamente bueno- Bromeó él. Después se volvió para tenderle una mano a Targon- Bajaré al hangar para preparar la lanzadera y reunir a mi séquito. Avíseme de cualquier novedad, Targon.

Él estrechó la mano del inquisidor.

- Por supuesto, señor. No dude de ello.

Hankak se despidió con un asentimiento y tomó de nuevo el ascensor hasta el hangar. Aquella parte de la nave era probablemente una de las más iluminadas, y debido a su altísimo techo parecía ser mucho más grande que cualquier otro nivel de la Xyphos. Para el inquisidor, el hangar era sobrecogedor. 

A un lado había un pequeño escuadrón de cazas tipo Lighting, ágiles, maniobrables y bien armados. Más allá se encontraban dos lanzaderas Arvus, y una lanzadera Aquila, más estilizada y decorada que las achaparradas y toscas Arvus. El enorme interceptor Fury ocupaba el resto del hangar.

Servidores y mecánicos caminaban entre las aeronaves, haciendo revisiones y tareas de mantenimiento, o simplemente se sentaban en las cajas de recambios que había frente a las naves para charlar. Cuando Hankak pasaba por delante de uno de estos grupos, los ingenieros y mecánicos inclinaban la cabeza en señal de respeto. Aquello incomodaba horriblemente al inquisidor, que sintió con vergüenza como se ruborizaba mientras devolvía el saludo. Odiaba ser el centro de atención.

Hankak llegó a una de las Arvus, y se encontró con Iridia, que ,ayudada por dos servidores mecánicos a los que daba órdenes, revisaba el estado de la lanzadera. 

- Podríamos instalar algún arma- Dijo cuando se percató de la presencia del inquisidor, antes incluso de que él hablase.

Ella estaba tumbada sobre un patín de reparación bajo el fuselaje de la lanzadera, revisando unos circuitos.

- El sistema de alimentación tiene algunos puertos de conexión adicionales, y no sería muy difícil emplazar algún arma en la nave- Continuó.

- Vamos a buscar a alguien, no a matarle- Hankak se cruzó de brazos y se apoyó contra el lateral de la Arvus, cerca de la tecnosacerdotisa.

- Quizá nos sea útil. Puesto que no es una tarea difícil, considero algo inteligente el instalar armas en la lanzadera- Se obstinó ella.

Hankak suspiró. La tecnosacerdotisa tenía razón, eso era innegable.

- Te escucho pues. ¿Qué recomiendas usar?

Iridia deslizó el patín hasta salir de debajo de la lanzadera y se puso de pie, limpiando con un paño de tela sus mecadendritas, manchadas de aceite.

- Un cañón automático debajo de la cabina, junto a los focos y sensores. Sería lo más adecuado. El almacenaje de munición sería más sencillo de colocar el arma ahí, ya que hay mucho espacio cerca- Explicó Iridia- Y dejaríamos las alas libres para no perturbar su escasa aerodinámica. 

- ¿Si pones el cañón automático te callarás?- Hankak se dio cuenta al acabar la frase de lo seco y desagradable que había sonado aquello.

Iridia frunció el ceño bajo su capucha roja.

- Sí- Dijo, sin más. Miró a los servidores, que dejaron de trabajar- Un modelo Agripinaa MKII sería idóneo. Si no lo encontráis, traedme cualquier otro.

Los servidores emitieron varios pitidos a modo de confirmación. Se alejaron traquetenado y mascullando oraciones al Emperador a través de sus implantes bucales. Iridia se volvió hacia Hankak.

- ¿Precisa algo más, inquisidor?

- No. Eso es todo por ahora, Iridia. ¿Cuánto tardarás en instalar el arma?

- Un par de horas- Aseguró ella- Con las herramientas adecuadas.

Hankak asintió y entró en el interior de la Arvus para sentarse y esperar hasta que Targon lo avisara de que llegaban a la órbita de Losnya. No pasó mucho tiempo hasta que oyó el sonido de las herramientas de Iridia, que empezó a colocar el arma bajo el morro de la lanzadera.

En efecto, la tecnosacerdotisa tardó dos horas casi exactas en instalar el arma y unirlo a los sistemas de la nave. También colocó una pantalla en el interior de la cabina para mostrar el estado del arma y a lo que se apuntaba con ella. Hankak estaba satisfecho con la idea de Iridia, a pesar de que en primera instancia le pareció innecesaria. Había demostrado una gran iniciativa y dedicación por su parte, y eso era lo que el inquisidor buscaba en sus subordinados.

Por otra parte, empezaba a verla con suspicacia. Cada vez dejaba más de lado la frialdad e impersonalidad del Adeptus Mechanicus para adoptar un comportamiento más humano. Aquello le molestaba, por alguna razón.

Quizá por la falta de costumbre a que ella pudiera interpretar su voz y expresiones para saber lo que sentía, y, además, entenderlo. Iridia siempre había sido más expresiva y empática que sus colegas del Adeptus Mechanicus, pero nunca había llegado a ese nivel.

El pitido del microcomunicador le sacó de sus pensamientos.

- Aquí Hankak- Respondió, aún algo despistado.

- Estamos llegando a la órbita de Losnya. Necesitamos que nos den los permisos y podrá bajar.

- No diga que hay un inquisidor a bordo, recuerde- Respondió Hankak, saliendo de la Arvus- ¿Y cuanto llevarán los permisos?

- Llevamos un rato con ello. En media hora deberían estar listos, inquisidor.

- Excelente. Gracias, Targon. Corto y cierro.

El inquisidor miró a Iridia, que estaba sentada sobre unas cajas de recambios desmontando un proyectil de 40mm del cañón automático.

- ¿Nunca paras de trabajar?- Preguntó Hankak sin darse cuenta.

Iridia lo miró unos segundos, desconcertada por la pregunta.

- Sabe que no. ¿A qué ha venido eso?

Hankak hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

- No importa- Activó el comunicador y contactó con el resto de su séquito- Estamos llegando a Losnya, así que estéis donde estéis, bajad al hangar. En menos de media hora nos ponemos en marcha.

Irma, Lorgen, Petra y Jean confirmaron que habían recibido la orden, y a los cinco minutos Petra y Lorgen ya estaban en frente de la Arvus. Apenas un rato después, Irma y Jean aparecieron tras las puertas del elevador y caminaron hacia la lanzadera donde todos se reunían.

- Tengo que pilotar esta piedra, ¿Cierto?- Irma se metió en la cabina y se acomodó. Se puso el cinturón de seguridad cuádruple y lo aseguró. Cuando se fijó en la pantalla de estado del cañón automático, levantó una ceja- ¿Está armada? 

- Iridia lo juzgó oportuno- Respondió Hankak. 

- Es una idea genial- Irma movió el cañón automático de lado a lado, y después de arriba a abajo- Estas lanzaderas no tienen armamento, y de hacernos falta algo de fuego pesado estaríamos vendidos. Con esto el asunto se resuelve.

Irma le dedicó una sonrisa a la tecnosacerdotisa, que se limitó a sostener su mirada y asentir. Hankak se fijó en que Jean llevaba la capa alrededor de su cuerpo, tapándole entero.

- ¿Ocultas algo, Jean?- El inquisidor señaló la capa del skiano. Conocía el arsenal que el guardia imperial tenía, y le preocupaba que llevase demasiadas armas. Eso era poco sofisticado.

Él soniró y abrió la capa. Se señaló sendas pistoleras que tenía sujetas a los muslos.

- No se preocupe, inquisidor. Voy ligero de equipaje. Hay que disimular- Desenvainó un cuchillo de combate guardado en su bota para enseñárselo a Hankak y lo volvió a guardar- Y por si acaso, me he traído esto...

Jean se llevó la mano a la espalda y se descolgó un rifle de francotirador con la culata plegada y un cañón reducido con un silenciador acoplado. Retiró las tapas de la mira telescópica, desplegó la culata y apretó un botón que alargó veinte centímetros el cañón.

- Un láser largo Atria M38 modificado por mí. Ocupa poco si está plegado, y funciona muy bien en entornos urbanos- Plegó la culata de nuevo, metió el cañón veinte centímetros en la carcasa y cerró las tapas de la mira- No se preocupe, inquisidor. Lo llevo a la espalda, y con la capa no se notará.

Hankak asintió. El skiano sabía lo que hacía, de eso no había duda. Se dijo a sí mismo que a partir de entonces debía confiar más en su buen juicio. Se desperezó e hizo crujir sus nudillos.

- Bueno, todos adentro. Saldremos en cuanto Targon me informe de que los permisos están transferidos y toda esa mierda burocrática.

La mierda burocrática se resolvió poco menos de una hora después, e Irma ya estaba ansiosa por despegar. No perdió tiempo; en cuanto Targon comunicó al inquisidor que tenían permiso para bajar a Losnya, Irma despegó y salió del hangar de la Xyphos junto a otras naves de descenso que transportaban mercancías y viajeros hacia el planeta desde otras naves en órbita.

Aterrizaron dos horas después en el espaciopuerto de la colmena Veria, un gigantesco complejo de piedra marrón con torres de control de varios cientos de metros de altitud, erizadas de antenas y radares, y cuyas fachadas recordaban al campanario de una catedral. La zona de aterrizaje y despegue, ubicada en el centro del espaciopuerto, tenía un tamaño de varios kilómetros cuadrados, y un escudo de energía emitido a baja potencia protegía el lugar de la lluvia, del viento y de los pájaros, que podían causar problemas si quedaban atrapados en los motores de las aeronaves.

Irma aterrizó la Arvus en uno de los muelles de atraque más alejados, y Hankak pagó la suma correspondiente para que la lanzadera permaneciera ahí por tiempo indefinido. Después se abrieron paso entre el gentío y los vendedores ambulantes que intentaban ganar dinero vendiendo sus mercancías a los recién llegados o a los viajeros que estaban a punto de embarcar. Petra arrugó el rostro cuando vio que uno de los mercaderes tenía entre sus productos naipes eróticos que representaban, entre otros, a hermanas de batalla del Adepta Sororitas.

Tomaron dos transportes desde el espaciopuerto hasta una de los niveles más altos de la colmena, donde se encontraba la estación del Adeptus Arbites donde Drusus estaba destacado. Hankak pagó a los conductores tras negociar un precio adecuado y observó como los dos vehículos se alejaban por la carretera mientras sus acólitos se desperezaban, entumecidos por tantas horas de viaje.

- Podrías haberte ahorrado ese dinero- Comentó Irma- Con decirles quién eres te bastaría.

- Sí- Replicó Jean con una sonrisa pícara- Podríamos haber comprado esos naipes porno del espaciopuerto con ese dinero.

Petra fulminó con la mirada al guardia imperial, que palideció al recordar que algunas de las ilustraciones representaban a miembros del Adepta Sororitas. Pidió perdón juntando las manos e inclinándose repetidas veces. La hermana hospitalaria simplemente dejó de mirarle.

- Me gusta pasar desapercibido, Irma- Explicó Hankak mientras se ajustaba las correas de su brazal derecho- No tengo motivo para ir diciéndole a todo el mundo lo que soy. Es mucho más fácil así. Y muere menos gente.

Irma levantó una ceja y se cruzó de brazos, señalando con la barbilla la espada que el inquisidor llevaba al cinto.

- ¿Y esa es tu manera de pasar desapercibido?- Dijo, con sorna.

- Esto es lo más normal del la galaxia, por el amor del Emperador. Lorgen siempre me lo dice, y los dos estáis equivocados- Gruñó él. Después hizo un gesto con la mano para indicar que la conversación había acabado y señaló la estación del Adeptus Arbites, a unos cien metros de su posición- Petra y Lorgen, venís conmigo. El resto quedaos por aquí. No hace falta que vayamos todos a buscar a Drusus.

- ¿Drusus?- Petra miró al inquisidor con una ceja levantada, interrogante- ¿Como el santo?

- Dios Emperador, otra vez no- Dijo para sí Hankak- Es su nombre, Petra.

- Ya me lo imaginaba- Contestó ella con cautela- Pero ese tipo de nombres suelen llevarse como segundos nombres. De otro modo, es muy arrogante e irrespetuoso. 

Hankak se encogió de hombros.

- Te aseguro que no es nada arrogante. Te sorprenderás.

- No pongo su palabra en duda, mi señor- Petra inclinó ligeramente la cabeza con respeto.

- Bueno- Hankak sacudió la cabeza para despegarse y señaló con la barbilla la estación del Adeptus Arbites- Vamos ya. El resto, mantened el canal abierto, por si acaso.

Sus acólitos asintieron y se mezclaron con la gente que iba y venía por la ancha calle de baldosas de mármol, flanqueada de casas y comercios de lujo de escaparates limpios y cristalinos que exponían vistosas mercancías. 

El inquisidor, flanqueado del anciano psíquico y la hermana hospitalaria, puso rumbo hacia el cuartel del Adeptus Arbites, un edificio grande y negro, de tres plantas, con el símbolo del puño y la balanza esculpido en el frontal. Dos arbitradores montaban guardia a la entrada, una puerta blindada doble de grandes dimensiones. Cuando los tres llegaron hasta ellas, uno de los agentes les dio el alto alzando una mano.

- Alto, ciudadanos- Habló con voz potente el Arbites- ¿Necesitáis algo?

- Queremos pasar- Contestó Hankak tras devolverle el saludo.

- ¿Vais a denunciar un crimen? En ese caso, necesito que os identifiquéis.

- Inquisidor Hankak, Ordo Xenos.

El Arbites miró a su compañero, y ambos retiraron el seguro de sus robustas escopetas de combate.

- Pasarse por un inquisidor es un delito grave, amigo- Continuó el agente del Adeptus Arbites con un tono amenazador- Enséñame tu identificación.

Hankak gruñó y le mostró el emblema del Ordo Xenos que llevaba cosido al interior de su cartera de cuero.

- Pesados- Murmuró mientras mostraba la identificación al agente, que palideció.

- Mis disculpas, señor- Activaron los seguros de nuevo y las puertas se abrieron. Ambos arbitradores inclinaron la cabeza, arrepentidos- Le rogamos perdón, inquisidor.

- Por el poder que el Dios Emperador me ha concedido os absuelvo de todo pecado y bla, bla, bla- Soltó Hankak con desgana mientras cruzaba la puerta.

El suelo de la estación estaba cubierto de baldosas negras que daban un aspecto solemne al lugar. A un lado se encontraba una sala de espera, junto a unas escaleras que bajaban a un nivel subterráneo, y al otro lado había dos ascensores, a través de uno de los cuales salían dos agentes en aquel momento. En el centro, rodeando una columna cubierta de fotos de criminales y carteles de búsqueda y avisos de ciudadanos desaparecidos, se encontraba un mostrador de ébano atendido por dos agentes del cuerpo, atareados responiendo a llamadas, apuntando datos y clasificando horarios de visita.

- ¿Necesita algo?- Saludó uno de los recepcionistas mientras escribía apresuradamente en un bloc de notas pequeño que dejó bajo el mostrador para coger una placa de datos y seguir apuntando más cosas ahí.

- Necesito hablar con el agente Drusus Briannis- Hankak se acercó al mostrador.

- Ahora mismo está ocupado y no puede ser molestado- Explicó el recepcionista- Pero puedo dejarle un mensaje de su parte.

- Preferiría darle el mensaje yo mismo.

El Arbites se rascó la nuca, nervioso.

- Verá, señor- Comenzó- Ahora mismo está llevando a cabo una tarea importante, como ya le he mencionado. No me está permitido avisarle hasta que se me ordene lo contrario.

Hankak suspiró y sacó de nuevo su identificación. Ni siquiera dijo su nombre y rango. El agente asintió rápidamente, comprendiendo al situación, y murmuró unas cuantas disculpas.

- El agente Briannis se encuentra en la tercera planta, quinto despacho a la izquierda, al fondo.

- Gracias. No es necesario que le avise de que voy- Hankak se despidió con un gesto de cabeza y entró en uno de los ascensores junto a Petra y Lorgen.

- Parece ser que no ha podido pasar desapercibido, inquisidor- Comentó Petra con una sonrisa.

El inquisidor se encogió de hombros y pulsó el botón con la runa que representaba el número tres.

- A veces sacar la roseta es lo más fácil.

El ascensor emitió un triple pitido cuando llegaron a la tercera planta, y salieron en cuanto las puertas dobles les permitieron el paso. La enorme estancia estaba repleta de oficinas y salas más pequeñas, y los agentes iban de un lado a otro con papeles en la mano, placas de datos e incluso llevando a algún detenido.

Todos miraban a Hankak cuando pasaba cerca de ellos, pero volvían con rapidez a sus quehaceres. La mayoría de los agentes ahí presentes iban vestidos con pantalones de combate y camisetas de manga corta de color negro, con el símbolo del Adeptus Arbites cosido al pecho. Los que acababan de regresar de la calle aún portaban las robustas armaduras de caparazón y sus armas.

Hankak localizó la sala que el recepcionista le indicó y entró en ella sin llamar. El interior era muy oscuro, pues las luces estaban apagadas, a excepción de un proyector que enfocaba a la pared inmediatamente al lado de la puerta. Hankak vio que había como mínimo una docena de arbites sentados en sillas enfrente de la imagen que proyectaba el aparato, y junto a ella, otro más.

- Rodearemos el lugar- Hablaba el que estaba cerca de la proyección- Y obligaremos a Oddatore a entregarse.

Se calló cuando Hankak entró, y todas las miradas se centraron en el inquisidor. Hankak se centró en el arbites que había estado hablando hasta entonces. Podía verlo gracias a la luz del proyector, pero incluso a oscuras hubiera sido sencillo hacerlo.

Era un hombre tremendamente alto, y de hombros anchos y bien formados, de musculatura definida e imponente. El pelo, castaño, lo llevaba corto, y en la sien derecha un par de cicatrices se adentraban en el cabello unos cuantos centímetros, dejando al descubierto la piel. Sin embargo, lo que más le llamó la atención al inquisidor fue la mandíbula inferior del hombre, pues era una prótesis mecánica. Ni siquiera estaba pintada para que pareciera piel, lo cual hacía aún más intimidante al arbitrador. 

- Disculpe, señor- Dijo Drusus con un tono cauto y amable que nada tenía que ver con su aspecto- Pero no puede estar aquí.

- Debo estar aquí- Respondió él, mostrándole la roseta- Inquisidor Hankak, Ordo Xenos.

Todos los agentes se levantaron de golpe y con gran estrépito para saludar. Más de una silla cayó al suelo por lo precipitado de los movimientos. Hankak les ordenó sentarse con un gesto de manos y miró a Drusus.

- Esperad fuera- Ordenó a sus acólitos antes de cerrar la puerta. Se apoyó en la pared y miró a la proyección- ¿Y bien, agente? ¿Por dónde iba?

- Estábamos ultimando los detalles de una acción que debemos realizar esta noche, señor.

Hankak le concedió la palabra con un gesto.

- Continúa.

Drusus asintió respetuosamente y señaló con un dedo un punto de la proyección.

- Como iba diciendo, rodearemos la mansión de Oddatore y le obligaremos a salir.

Uno de los agentes levantó una placa de datos y se la tendio a Drusus.

- Tenemos un problema, jefe- Dijo- Acaban de informarme de que Oddatore da una fiesta para sus socios y amigos esta noche. 

- Mierda- Masculló Drusus- Entonces podría haber daños colaterales. Maldita sea, el plan al traste- Apagó el proyector con un mando y encendió las luces de la sala- ¿Alguna idea de última hora, muchachos?

Se hizo el silencio.

- Yo podría echar una mano, si se me explica el objetivo- Dijo Hankak, consciente de que su presencia incomodaba a los arbites, lo que se le antojó gracioso.

- Oddatore es un noble de la colmena, mi señor- Empezó a explicar Drusus mientras uno de los agentes le mostraba varias fotos a través del proyector- Lleva años dirigiendo varios negocios de tráfico de armas, sustancias ilegales y personas. Hemos pasado quince años recopilando pruebas y lidiando con sus matones y con los funcionarios a los que ha sobornado, y por fin hemos conseguido una orden para capturarle. O matarle.

- Su justicia llega a todas partes- Hankak cambió el peso de un pie a otro y siguió hablando con confianza- Debe ser justa, y dura. El Dios Emperador no consentiría que alguien así siguiera con vida, y yo soy lo más parecido a él en este planeta. Y como tal, ordeno que acabéis con él.

Un murmullo incómodo se extendió por toda la sala. Hankak temió haberse pasado de arrogante.

- Creo que tengo la manera de hacerlo- Continuó- Mis acólitos y yo nos encargaremos de él esta noche. Sólo necesito un par de identidades falsas y que tus hombres y tú estéis a la espera, cerca de la mansión, por si las cosas se complican.

Drusus parecía inseguro acerca del repentino plan del inquisidor.

- Mi señor, no podemos permitirnos fallar.

- No fallaré. ¿Duda de ello, agente?

- No, mi señor.

- Entonces prepare a sus hombres, consígame dos identidades falsas para mí y mi acompañante y déme la dirección de la mansión. Yo me encargaré del resto- Hankak hizo un gesto a los arbitradores para que se levantasen y dejasen la sala- Drusus, tú quédate.

El agente asintió y se despidió uno a uno de sus hombres mientras repartía órdenes y tareas antes de que salieran de la sala.

- Mi señor inquisidor- Drusus habló con tacto, pero con seguridad- ¿Qué necesita de mí? 

- Eres perspicaz- Hankak empezó a caminar por la sala asintiendo- Verás, Drusus. Estoy reclutando a mi séquito personal, y para ello he investigado, buscando entre los más capaces del sub-sector. Tú te encuentras en mi lista, y quisiera que formases parte de mi séquito.

- Es un honor, señor- Drusus tardó en responder- Le suplico que me dé el tiempo suficiente para la misión de esta noche. Después de esto le seguiré hasta el mismo infierno.

Hankak asintió.

- Me complace oírlo.

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- Jean, ¿Lo ves? ¿Ves el balcón?

- Desde aquí sí. Ya era hora.

- Al fin. Alabado sea el Trono de Terra.

Jean recorrió el largo balcón de baldosas de mármol y barandilla de madera clara pulida con la mira de su rifle de francotirador. Revisó la esquina superior derecha de la retícula, que le indicó que desde su posición hasta el balcón había poco más de un kilómetro.

- Será un disparo interesante, inquisidor. Estoy a un kilómetro y pico del balcón- Dijo Jean por el microcomunicador mientras se sentaba en la azotea del edificio, con la espalda apoyada en el murete sobre el cual había estado apuntando segundos antes al balcón.

- ¿Interesante?

El guardia imperial se encogió de hombros y abrió un termo que llevaba en la mochila. Dio un trago al recafeinado tibio y dejó el recipiente a su lado.

- Sí, interesante. No está lejos, no está cerca, ni tampoco está en una distancia intermedia. Por suerte tengo la ventaja de la altura, así que no creo que nada obstaculice el disparo.

- Creía que un kilómetro se podría considerar como larga distancia- Dijo Hankak.

- No para mí- Sonrió el skiano.

- Entiendo. Repasemos tu parte del plan.

- Espero aquí hasta que usted saque al objetivo y le vuelo la cabeza- Respondió Jean.

- Exacto.

- Lo que no me gusta es el tener que esperar cuatro horas.

- Hay que sacrificarse en el nombre del Emperador, Jean- Dijo Hankak con sorna por el microcomunicador.

- Alabado sea Su nombre- Respondió él sin ganas.

- Contactaré contigo de nuevo cuando se acerque el momento. Hankak, corto y cierro.

Jean sacó una carta de debajo de las vendas marrones que llevaba en el antebrazo izquierdo (una costumbre de su regimiento) y la miró durante varios minutos.

Era un naipe blanco algo gastado y sucio, que representaba a un espectro envuelto en una túnica negra con capucha y que alzaba sus dos enormes garras esqueléticas hacia adelante. Sus ojos rojos brillaban en el interior de la oscuridad de la capucha. 

Para los soldados del 101º de Infantería Skiana, aquella carta era sinónimo de buena suerte. Se llamaba el as de espectros, y sólo había una en toda la baraja. Por alguna razón, las manos en las que estaba incluída el as de espectros solían ganar la partida, y, por consiguiente, las apuestas.

Aparte de por esta curiosa característica, aquella carta era un símbolo de buena suerte para los soldados del regimiento porque era lo mismo que ellos: un fantasma afortunado y único. Y Jean era el as de espectros de su regimiento. Besó la carta y la sujetó con cinta aislante a un costado de la mira del láser largo. 

No podía fallar aquel disparo.

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Hankak tomó las dos tarjetas de identificación falsas que le entregó uno de los hombres de Drusus.

- ¿Quiénes somos?- Preguntó mientras las revisba.

- Usted será el conde Tolsen. Sabemos que ha sido invitado a la fiesta de Oddatore por parte de un amigo de uno de sus socios, así que lo más probable es que no le reconozcan. Por lo que dicen nuestras investigaciones, Oddatore no conoce personalmente a Tolsen- Explicó el arbitrador.

- ¿Y con el Tolsen real qué hacemos?- Preguntó Irma, que estaba al lado de Hankak, leyendo su tarjeta de identificación.

- Lo hemos retenido en su casa con una orden de registro falsa y hemos cortado su línea telefónica hasta que completemos la misión.

- Aquí pone que este hombre tiene ochenta y tres años- Dijo Hankak con el ceño fruncido- ¿Si digo que me someto a un tratamiento Juvenant se lo tragarán?

El agente se encogió de hombros.

- No tienen porqué desconfiar. De todas formas, es aconsejable mantener el mínimo contacto posible con los invitados.

Hankak asintió.

- Entendido.

- ¿Hay algo que deba saber yo?- Preguntó Irma mientras guardaba su tarjeta de identificación.

El agente se encogió de hombros.

- Nada en especial. Cornelia Tolsen es la esposa del Conde Austos Tolsen. Aparte de eso, los invitados no sabrán nada más de su personaje.

La mujer asintió. Hankak se guardó también la tarjeta de identificación e indicó con un gesto al agente que podía retirarse.

- Necesitaremos ropa- Dijo él de repente- ¿Crees que habrán pensado en eso?

- ¿Y porqué no entramos y le matamos bien muerto? Es mucho más sencillo. Además, odio a esa gente. Va a ser un suplicio estar con ellos. ¿No podías haber elegido a otra como acompañante?

- Petra me saca veinte años, e Iridia...es Iridia. Tú tienes más pinta de mi pareja que ellas.

Irma se cruzó de brazos y levantó una ceja.

- Podrías haber escogido a alguna del equipo de Drusus. 

- Prefiero que quien me cubra las espaldas sea alguien de mi confianza.

Ella sonrió y le besó la mejilla.

- Supongo que podré aguantar media hora de cháchara con pijos y aristócratas.

- Más nos vale. Volviendo a lo de antes, necesitamos ropa que nos haga parecer condes.

- Drusus habrá conseguido algo- Se encogió de hombros Irma.

- No des nada por seguro, nunca es bueno- La reprendió el inquisidor- Hay que estar preparado para todo.

Como si les hubiera oído, el arbitrador apareció en la sala con dos grandes maletas.

- Inquisidor- Saludó. Después miró a Irma e inclinó la cabeza respetuosamente en señal de saludo- Señorita. He conseguido algunos trajes como los que usa la nobleza de la colmena. La mayoría no tienen espacio para llevar armas, así que les ruego que las disimulen si llevan alguna.

- Por supuesto que llevaremos- Aclaró Hankak- Gracias, Drusus. Y no te preocupes, no se notarán.

- Un placer servirle, mi señor- Agradeció con modestia el agente del Adeptus Arbites- En dos horas empezará la fiesta. Hemos conseguido un vehículo de lujo para que los lleve hasta la mansión de Oddatore.

- ¿Y el transporte del equipo de asalto?- Inquirió Hankak.

Drusus asintió.

- Tenemos un Represor preparado. Mi equipo y sus hombres están preparándose, y dentro de un rato deberían estar dentro del transporte.

- Excelente- Asintió Hankak mientras abría una de las maletas. Lo extravagante y pomposo de las ropas le hizo arrugar el rostro- Puedes retirarte, Drusus. Gracias por tus esfuerzos.

El arbitrador se despidió con una inclinación de cabeza.

- Vivo para servir, señor- Dijo antes de irse.

- Esta ropa es una mierda- Saltó Irma en cuanto abrió la maleta que Drusus le había entregado- Esto es para repipis y pijos.

- No seas exagerada. Y de eso se trata, precisamente- El inquisidor se quedó mirando el pelo de la ex-pirata durante unos segundos. No había caído en ello- Habrá que hacer algo con tu pelo. Estropea el disfraz.

- No- Zanjó ella.

Hankak suspiró.

- Pues recógetelo y ponte un sombrero, o un velo o algo. Si alguien te ve las rastas, se nos va todo a la mierda.

- ¿Sólo por verme las rastas? Si apenas se notan junto al resto de mi pelo.

El inquisidor hizo un gesto con la mano para zanjar la conversación mientras sacaba un traje de la maleta. Era de un tejido suave y elegante, negro. Consistía en una chaqueta y unos pantalones, y debajo, una camisa de tela roja. En la pechera llevaba un adorno dorado. Hankak miró el resto de ropajes, mucho más pomposos y llamativos. Más barrocos y voluminosos. 

- Esto servirá- Murmuró mientras se destaba la coraza.

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El aerodeslizador, un aparato veloz, de color negro y muy vistoso, se incorporó a la vía aérea de la colmena Veria y tomó el desvió de la calle Laera con el distrito comercial. Irma se removió inquieta. No estaba acostumbrada a tanto lujo...fuera de su antiguo puesto de capitana de una nave pirata.

La pistola bólter y la munición, que se las había atado a la cara interior del muslo derecho, le molestaban, y le era imposible cerrar las piernas del todo en el estrecho vestido, pues en el muslo contrario llevaba atado un cuchillo de combate, con la funda rígida incluída. No veía el momento de volver a ponerse su ropa.

Hankak carraspeó, lo que hizo que Irma se volviera hacia él. Tenía que admitir que estaba irresistible así vestido.

- ¿Nervioso?

- Tú qué crees.

- Ya veo- Irma se mordió el labio inferior- ¿Y si nos pillan qué hacemos?

- Plan B- Respondió él, sin más.

- Ese plan B- Irma imitó con los dedos unas comillas- ¿No?

Él sonrió.

- Por supuesto. El plan B universal.

- Sí- Ella sonrió- Ensalada de tiros. 

Siete minutos y medio después, el aerodeslizador llegó a la zona de aterrizaje de la mansión de Oddatore, donde más vehículos habían aparcado antes que ellos. Las plazas de aparcamiento cercanas a la mansión también estaban llenas de limusinas y vehículos de lujo.

Un Represor con el símbolo del Adeptus Arbites se encontraba cerca de la entrada, y todo el mundo pensaba que formaba parte del cuerpo de seguridad de Oddatore. Sólo los que estaban dentro del tanque de transporte y la joven pareja que acababa de bajar del aerodeslizador negro sabían que era todo lo contrario.

Irma quedó asombrada por la enorme cantidad de gente que había allí. No sólo invitados, sino también trabajadores del personal de servicio de Oddatore y servidores que ayudaban a aparcar los vehículos, guardaban prendas y servían bebidas. Y ni siquiera habían entrado en la mansión. 

Había varios caminos pavimentados en roca blanca y suave que en origen partían desde la entrada exterior y la zona de aterrizaje, pero que se fragmentaban en el inmenso y hermoso jardín que se encontraba frente a la lujosa vivienda. Aunque era de noche, la gran cantidad de farolas y lámparas hacían que no hubiera problema alguno para ver, pero que aún así se notase que era de noche, lo que otorgaba al lugar un aspecto agradable. Las pasarelas doradas devolvían la luz de las farolas en brillantes destellos. 

Un trío de hombres uniformados con arreglados trajes negros y camisas blancas se les acercó. Eran tan altos como Hankak, y más musculosos. Irma se fijó en que todos estaban rapados, y que los tres tenían tatuado en la frente el símbolo de la familia Oddatore. También tenían unos aparatos metálicos en las sienes que identificó como implantes de potenciación.

- Sean bienvenidos a la hacienda del señor Oddatore- Saludó uno de ellos muy cordialmente- ¿Con quién tengo el placer de hablar?

- Soy el Conde Austos Tolsen- Respondió Hankak, y señaló con un gesto sutil a Irma, que se esforzó en esbozar una sonrisa forzada- Y ésta es mi esposa, Cornelia.

El guardia revisó una placa de datos y miró al inquisidor sin levantar la cabeza. Después guardó el dispositivo en el interior de su chaqueta.

- No parece tener ochenta y tres años, señor conde, si me lo permite.

- Tratamiento Juvenant. Algunos podemos permitírnoslo- El tono de Hankak imitaba a la perfección el de los aristócratas y nobles que había a su alrededor, lo que se le antojó gracioso a Irma.

El hombre torció casi imperceptiblemente el gesto con una mueca de desprecio, pero la borró de su cara extraordinariamente rápido. Hizo un gesto a uno de sus compañeros, que asintió y sacó un aparato cuadrado.

- Señor conde, lamento la confusión. Ahora necesito asegruarme de que no llevan armas, y podrán continuar sin problema. 

Hankak retrocedió, fingiendo indignación.

- ¿Armas?- Vociferó, atrayendo la atención de algunos de los invitados que estaban cerca de ellos- ¿Estás insinuando algo, perro guardián de pacotilla? ¿Sabes quién soy? ¡Puedo hacerte la vida imposible, condenado insolente!

El guardia, temeroso de montar una escena, detuvo a su compañero, que guardó el aparato y volvió a su posición. A continuación, los tres hicieron una ensayada reverencia al unísono.

- Mis disculpas, señor conde. Me he expresado mal- Se hicieron a un lado, aún inclinados- Puede continuar.

- Tienes suerte de que sea un hombre ocupado- Comentó el inquisidor con su fingido tono mientras pasaban por su lado. Irma levantó la barbilla como si estuviera indignada para dar más credibilidad a la situación.

Una vez se hubieron alejado de los guardias, un servidor que cargaba con una bandeja de bebidas exóticas se les acercó. Rechazaron la oferta.

- De buena nos hemos librado- Susurró Irma.

- Sí. ¿Has visto sus implantes neurales? Este tío está forrado, y debe temer por su seguridad. No ha reparado en gastos con su personal de seguridad.

- Este plan me parece cada vez peor.

- A mí también. Pero no hay marcha atrás.

Entraron en la mansión, un enorme edificio de estilo barroco repleto de estatuas en su entrada, que hacían las veces de columnas para el balcón de la segunda planta, y cuyas cristaleras eran gigantescas y estaban tan limpias que casi parecían invisibles, de no ser por los marcos dorados. En el interior, el techo estaba decorado con pinturas y lujosas lámparas de araña.

Una pequeña orquesta tocaba música lenta en una esquina, y por toda la planta baja había grupos de gente que hablaba, reía y bailaba mientras los camareros y servidores les ofrecían aperitivos y bebidas. De repente, mientras subían las escaleras de mármol blanco hacia la segunda planta, un hombre de mediana edad se dirigió hacia ellos.

- Disculpen. Estoy buscando a un amigo mío, el Conde Tolsen. ¿No se habrán encontrado con él por casualidad?

Irma se percató de que a Hankak le cambió el gesto durante un instante. Ese hombre debía ser el amigo de Oddatore que había invitado al noble por el que el inquisidor se estaba haciendo pasar. Él abrió la boca para decir algo, pero Irma pensó más rápido.

- Lo siento, mi señor, no lo hemos visto. Somos el dúo que canta junto a la orquesta en una hora, y tenemos prisa, pues debemos prepararnos. Le ruego nos disculpe.

El hombre asintió con tranquilidad.

- No te preocupes, no pasa nada. Gracias de todas formas- Dijo antes de seguir bajando las escaleras con parsimonia.

Hankak le dedicó una sonrisa a Irma mientras retomaban el ascenso hasta la segunda planta.

- Buena improvisación.

- Gracias. Siempre me han gustado los guiones de teatro, pero nunca imaginé que podrían llegar a serme útiles.

La segunda planta estaba algo menos llena de gente que la planta baja, pero el ambiente no era menos festivo. A pesar de que no había orquesta, la música se retransmitía a través de una serie de altavoces con forma de cabezas de águila con el pico abierto de par en par repartidos por toda la sala. Las puertas que daban al balcón estaban cerradas, lo que preocupó a Hankak. Si no se podía acceder a él...

- Mira. Ese debe ser Oddatore- Murmuró Irma a su oído fingiendo que lo abrazaba para bailar.

Señaló con la barbilla a un hombre bajo pero robusto, vestido con unos ropajes extravagantes con abudantes adornos. Le acompañaba una hermosa joven que portaba una vestimenta más sencilla: un deslumbrante vestido largo rojo. Hankak asintió mientras lo miraba por el rabillo del ojo.

- Las cosas malas se guardan en frascos pequeños, ¿Eh?- Dijo Irma con una sonrisa burlona.

Hankak rió por lo bajo.

- Ahora tenemos que buscar una manera de sacarlo al balcón- Propuso cuando acabó de aguantarse las carcajadas. Activó el comunicador con disimulo y entabló contacto con Jean- Prepárate.

- Llevo media hora preparado. No veo el momento de saltarle la tapa de los sesos a ese cabrón.

- Así me gusta- Apagó el aparato y levantó una ceja mirando a Irma, esperando una idea.

- Saquémosle sin más- Dijo ella- Por el amor del Emperador, no hay que pensar tanto para esto. Le decimos que queremos hablar con él y ya está.

- Nos vería todo el mundo hablar con él. Necesitamos pasar desapercibidos.

- Estoy por sacar la pistola aquí mismo y liarme a tiros. O pensamos en un plan pronto, o el próximo plato que se sirva será ensalada de plomo.

Hankak no pudo evitar sentirse molesto por la falta de paciencia de la mujer. Pensó durante unos segundos la manera más lógica de llevar con disimulo a Oddatore al balcón, y su mente se iluminó. Era justo lo que necesitaban: sencillo y disimulado.

- Ya lo tengo- Dijo, y dejó de bailar. Hizo una seña a un camarero, que se acercó y le ofreció una bebida. El inquisidor la rechazó con educación- No, gracias. Mira, necesito hablar de negocios con el señor Oddatore. Dile que le esperamos en el balcón, y que más vale que sea raudo- Sacó un billete y lo metió en el bolsillo de la chaqueta del camarero- Tu discrección será recompensada.

El hombre asintió y se alejó mientras Irma y Hankak abrían la puerta del balcón con normalidad y entraban en él. Se apoyaron en la barandilla, esperando. Unos segundos después, Oddatore apareció tras la puerta de cristal y la abrió, entrando acompañado de la chica del vestido rojo.

- Saludos- Dijo Oddatore con cautela- Me han dicho que quería hablar conmigo de negocios. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

Hankak e Irma hicieron una sutil reverencia, lo que hizo que el noble los mirase interesado.

- Nuestra identidad poco importa- Empezó el inquisidor con tono enigmático- Sólo necesitamos decir que la mercancía ha llegado.

Oddatore esbozó una sonrisa confiada y caminó hacia ellos junto a su acompañante.

- ¿Y de qué mercancía estamos hablando?

- De justicia imperial de la mejor calidad- Respondió Hankak, tajante.

Oddatore se detuvo y levantó una ceja, extrañado. Antes de que abriera al boca, el costado izquierdo de su cabeza estalló, y la chica que iba junto a él quedó empapada de sangre y masa encefálica.

- Buen disparo, Jean- Murmuró Hankak, orgulloso del acólito.

La muchacha se puso a gritar, horrorizada y mirando el cadáver del noble con la manos en la garganta, aguantando las náuseas.

- ¿Y ahora qué?- Dijo Irma.

- Nos vamos en silencio y sin mirar a nadie- Respondió Hankak, pero su mirada se posó en los dos guardias que les miraban tras la puerta de cristal. Gritaban a través de unos comunicadores y estaban sacando sus pistolas- Mierda. ¡Irma, prepárate!

Una andanada de balas reventó el cristal y atravesó a la acompañante de Oddatore, que seguía gritando. Recibió tres disparos en la espalda y uno en la nuca, y otros siete más por todo el cuerpo antes de desplomarse. En el interior de la mansión reinó el pánico, y la gente empezó a salir en tromba. El inquisidor y su acólita se tiraron al suelo y sacaron las pistolas bólter.

- ¡Inquisidor!- Exclamó Jean por el microcomunicador- ¡Dos furgones blindados se dirigen hacia la mansión!

- ¡Mierda!- Gruñó Hankak, y mató a uno de los guardias con su pistola bólter- ¿Puedes cubrirnos mientras salimos?

- Lo intentaré- Cuando dejó de hablar, derribó al otro guardia con un preciso disparo.

Irma y Hankak se levantaron e irrumpieron en la segunda planta, donde tres guardias acababan de llegar por las escaleras.

- ¡Inquisidor, hemos oído disparos!- Gritó Drusus por el comunicador. El rugido del motor del Represor sonaba de fondo- ¡Vamos en su ayuda!

El inquisidor y su acólita oyeron como el tanque atravesaba el portón del jardín de la mansión, y como los guardias de Oddatore disparaban contra él. El frenético tronar del bólter de asalto de la torreta del Represor se sobrepuso durante unos segundos a los disparos de las pistolas automáticas, y después volvió a abrir fuego de nuevo tras unos segundos. Sin embargo, los gritos de los invitados y el personal de servicio, que huían en desbandada, conformaban un jaleo muy superior al de las detonaciones de las armas de fuego.

Los tres guardias que habían llegado a la segunda planta por las escaleras levantaron las pistolas y abrieron fuego. Uno de los disparos atravesó un costado de la chaqueta de Hankak, pero debajo llevaba el chaleco de caparazón, y la bala quedó incrustada en él. Inquisidor y acólita apuntaron con sus pistolas bólter y dispararon contra los guardias de Oddatore.

Hankak le voló la cabeza al que iba más a la zaga, e Irma le arrancó el brazo derecho a la altura del hombro al que iba más adelante. Lo remató con un disparo al pecho y le destrozó la rodilla al otro con un tercer disparo. Hankak se encargó de dar el golpe letal, y el proyectil que disparó atravesó la mandíbula inferior del hombre y estalló en el interior del cráneo, haciendo que la cabeza desapareciera y se convirtiera en un surtidor de sangre.

- Buenos reflejos- Le dijo Irma al inquisidor mientras corrían hacia las escaleras.

- Los suyos son mejores, ¡Ten cuidado!- Respondió él, arrancándose la chaqueta y la camisa, dejando a la vista el chaleco de caparazón que llevaba debajo. Se le hizo raro no llevar los brazales también.

Otros dos de los hombres de Oddatore subían por las escaleras a la carrera, con una velocidad que impresionó al inquisidor. Uno de ellos llevaba en la mano una amenazadora porra eléctrica, y se lanzó sobre él en cuanto lo vio.

El golpe lo pudo esquivar por poco, y notó el crepitar del campo incapacitante de la cabeza del arma. Le dio un rodillazo en la cara al guardia, aprovechando que el golpe fallido le había desequilibrado y se le había puesto a tiro. Le rompió la nariz, pero el hombre pareció ignorar el dolor y se recompuso con rapidez. Mientras Hankak retrocedía para esquivar un golpe horizontal de la porra eléctrica, Irma abatió al otro guardia, que salió despedido algunos metros hacia atrás por la fuerza del disparo, y rodó escaleras abajo dejando un rastro de sangre.

El guardia se movía con más fluidez que el inquisidor, y sus reflejos eran mejores debido a los implantes cerebrales que todos ellos llevaban. Alcanzó a Hankak en el muslo, haciendo que cayera de rodillas con un grito de dolor cuando la pierna se le durmió al instante. El matón llevó a cabo otro golpe, este descendente, hacia la cabeza del inquisidor, que lo bloqueó interponiendo su antebrazo izquierdo en la trayectoria. Por suerte, no tocó la cabeza de la porra, sino el asta, y no recibió descarga alguna. Agarró la muñeca de su oponente e hizo a un lado su brazo para apoyar la pistola bólter en su pecho. Apretó el gatillo y el cuerpo del guardia se sacudió. La sangre le salpicó y el cadáver se desmoronó con un agujero del tamaño de un puño en el torso.

- ¿Estás bien?- Irma le tendió una mano sin despegar la mirada de las escaleras. Unos guardias estaban abriéndose paso a golpes entre el gentío que intentaba salir de la primera planta, e iban directamente hacia ellos.

- Sí- Gruñó Hankak, levantándose con esfuerzo. El golpe no había sido demasiado fuerte, por fortuna, y poco a poco estaba recuperando el control de su pierna.

Los guardias arrojaron al suelo a los últimos invitados a la fuga que se interponían entre ellos y una línea de disparo clara hacia el inquisidor y su acólita y levantaron sus pistolas automáticas. Uno de ellos gritó algo a través de un comunicador mientras apuntaba. Los disparos arrancaron astillas y trozos de madera de la barandilla, e hicieron saltar esquirlas de mármol de las escaleras mientras Hankak e Irma aprovechaban la poca cobertura que ofrecía el pasamanos y se preparaban para contraatacar.

- Inquisidor- Habló Jean por el microcomunicador. De fondo se oían debilitados los ecos de los disparos del tiroteo que estaba teniendo lugar en el jardín de la mansión- De las furgonetas blindadas han bajado unos cuantos guardias más. Son unos veinte, señor, y se dirigen hacia Drusus y el resto. Están armados y acorazados, intentaré dar todo el apoyo que pueda desde aquí, pero más vale que estén alerta.

Hankak gruñó y agachó la cabeza cuando una bala destrozó una sección del pasamanos que tenía al lado.

- Recibido, Jean. Haz lo que puedas. Hankak, corto.

Irma lanzó unos cuantos disparos a ciegas y recargó la pistola bólter. Consiguió acertar a uno de los guardias y arrancarle la rodilla de cuajo, y darle a otro en el torso, atravesándolo. Hankak se levantó sobre la barandilla y disparó tres veces en rápida sucesión a otros dos guardias que entraban a la carrera por la puerta de la primera planta. A uno le voló la cabeza cuando le dio en el cuello, y al otro le consiguió impactar en el estómago, destrozándole las tripas y haciendo que cayera al suelo de bruces mientras vomitaba bocanadas de sangre. El tercer disparo falló.

- Esto va para largo- Exclamó Irma por encima del estampido de los disparos.

- Espero que Lorgen y el resto estén bien con Drusus- Respondió él antes de levantarse para disparar de nuevo junto a la pirata.

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- ¡Isaac, protege a los civiles con Plex y Callida!- Ordenó Drusus mientras se cubría tras el Represor- ¡El resto, grupos de fuego de tres! Yo iré con los hombres del inquisidor.

Sus hombres se apresuraron a cumplir las órdenes con rapidez. Isaac, junto a los otros dos arbitradores, escoltó a los invitados y camareros que huían, protegiéndolos del fuego cruzado con su escudo de represión y disparando a los guardias de Oddatore con su pistola para mantenerlos a raya. Los otros nueve miembros del equipo se dividieron en tres grupos y entablaron combate con el personal de seguridad de la mansión, que los atacaba con ferocidad.

Drusus activó el microcomunicador y contactó con la tecnosacerdotisa, que estaba manejando el Represor junto a uno de sus hombres.

- ¡Necesito fuego de apoyo sobre la fuente de la izquierda, hay un grupo de hostiles que están atosigando a mis hombres!

No hubo respuesta, pero la torreta del blindado giró con un sonido mecánico y descargó una tormenta de fuego sobre la fuente dorada. Los proyectiles de bólter la destrozaron en escasos segundos, haciendo que los chorros de agua salidos de las cañerías ocultas en el interior de las estatuas de la fuente mojaran toda la zona circundante.

Los guardias corrieron a una nueva cobertura, e Iridia abatió a tres de ellos con el bólter de asalto de la torreta del Represor antes de que llegasen a los arbustos tras lo que se ocultaron. El artillero del Arbites que manejaba el lanzallamas pesado de la escotilla superior del vehículo inundó los arbustos con promethium ardiente, que alcanzó a los matonesy los consumió entre gritos de agonía.

- Gracias- Murmuró Drusus antes de hacer señas al anciano psíquico y a la hermana hospitalaria del séquito del inquisidor para que lo siguieran.

Retiró el seguro de su bólter y esprintó a gran velocidad hacia una enorme estatua mientras los acólitos iban detrás de él. El Represor aceleró y se fue por la derecha para cubrir a una serie de invitados que intentaban huir hacia la plataforma de aterrizaje.

Drusus se agachó tras el gran pedestal de ceramita de la escultura y se asomó por un costado para localizar a los guardias que habían estado acribillándolos mientras estaban en movimiento. Mientras echaba una ojeada, Petra llegó hasta él, y después lo hizo Lorgen, que jadeaba.

- Eh, chicos- Era la voz de Jean por el canal del grupo del inquisidor- Tenéis dos furgonetas a las nueve, a unos treinta metros. Están bien cargadas.

- Entonces podrías hacer algo más aparte de hablar- Respondió Iridia. 

- Estoy...un segundo- Se oyó el chasquido de un disparo láser y Jean volvió a hablar- Estoy cubriendo al inquisidor y a Irma. Lo tienen muy difícil, les están persiguiendo por toda la puñetera mansión.

- ¡Jean!- Tronó Hankak a través de su microcomunicador. De fondo se oían disparos-  ¡Ese cabrón está otra vez acechándonos por las ventanas, ocúpate de él!

- ¡Sí, señor!- Replicó antes de cortar la transmisión.

Drusus miró a Petra y al anciano psíquico, que se encogieron de hombros. Unos metros a su izquierda, uno de los equipos de Arbites fue atacado por los refuerzos de Oddatore, ataviados con cascos y petos antifrag negros sobre los trajes y armados con escopetas y fusiles automáticos. Drusus gruñó y se asomó para encontrar un punto seguro desde donde cubrir a sus hombres. No tardó mucho en encontrarlo: un conjunto de cubos de basura metálicos.

- Ahí- El arbitrador se lo indicó a Petra y a Lorgen con el índice izquierdo- Contenemos a los guardias y los hacemos retroceder cuando aseguremos la posición.

Se levantó y echó a correr con gran velocidad. Sus botas golpeaban con fuerza el césped, y trozos de tierra y hierba salían despedidos por doquier a su paso. Se deslizó hasta quedar detrás de los cubos de basura y se apoyó la culata del bólter en el hombro antes de asomarse por encima. Observó a sus hombres, cuerpo a tierra e intentándose cubrir tras los arbustos que flanqueaban uno de los lados del camino al mismo tiempo que devolvían el fuego intermitentemente.

Drusus vio entre los focos nocturnos del jardín y los destellos de las armas a los matones de Oddatore. Encaró a uno con el bólter y apretó el gatillo una vez. El proyectil abandonó el cañón con un rugido y se estrelló en el costado izquierdo del hombre, que dio una vuelta sobre sí mismo por la fuerza del impacto y cayó desmadejado al suelo. Lorgen y Petra llegaron junto a Drusus en el mismo momento en el que efectuaba su segundo disparo, que le voló una pierna a otro guardia.

- ¡Liha, Kaeehed, Fares, venid aquí, necesitamos ayuda!- Exclamó Drusus por la radio a uno de sus equipos.

Los hombres del arbitrador que estaban cerca de ellos se levantaron mientras disparaban para retirarse a una cobertura más segura, pero las ráfagas de los soldados de Oddatore les obligaron a lanzarse cuerpo a tierra de nuevo. Uno de los agentes cayó de espaldas antes de ponerse a salvo cuando una bala le perforó la gorguera y le destrozó la tráquea.

- Aún son demasiados- Observó Petra. Se asomó por un costado de uno de los contenedores y disparó con su pistola bólter varias veces. Abatió con un impacto en el pecho a un matón y después le destrozó el hombro a otro, que cayó desmayado al suelo y murió por la hemorragia a los pocos segunos- Necesitamos más potencia de fuego.

Drusus asintió y se llevó un dedo al microcomunicador:

- Tecnosacerdotisa, te necesitamos aquí.

- Estoy protegiendo a los civiles.

- ¡Isaac y su equipo pueden arreglárselas solos, pero aquí nos van a masacrar!- Exclamó él, pero Iridia ya había cortado la transmisión antes incluso de que empezase su frase. Drusus gruñó y agachó la cabeza cuando un disparo reventó la tapa del contenedor que tenía detrás- ¡Maldita niña!

- No te preocupes- Lorgen se levantó, y sus manos crepitaban con pura energía psíquica, halos y zarcillos de energía blanca que causaron una intensa sensación de incomodidad a Drusus y a Petra- Podremos contenerlos nosotros solos. 

El anciano arqueó los dedos con un potente y asqueroso crujido y levantó sus manos para apuntar con ellas a los matones de Oddatore. Sus ojos se volvieron blancos y refulgieron con tanta fuerza que alumbraron varios metros a su alrededor. Delgadas líneas irregulares de energía psíquica recorrieron su cuerpo intermitentemente, especialmente en sus sienes.

Y de golpe, descargó toda aquella energía como una barrera ondulante, una ola psíquica temblorosa y crepitante que mandó por los aires a tres de los matones, que se desintegraron mientras volaban cuando sus cuerpos no pudieron aguantar semejante cantidad de energía psíquica.

Otros cuatro fueron alcanzados y salieron despedidos varios metros. Se chocaron contra los árboles y las estatuas, quebrándose sus huesos y estallando sus órganos internos, haciendo que de sus ojos, narices, bocas y orejas surgieran chorros de sangre humeante por la descarga de energía.

- El Emperador habla a través de sus siervos- Farfulló antes de desplomarse, desmayado por el esfuerzo.

- ¡Lorgen!- Petra se arrodilló junto al psíquico y sacó una dosis de adrenalina de su cinturón para inyectárselo al anciano. Sintió como el soporte vital de su servoarmadura detectaba el aumento de su propio ritmo cardíaco, y al segundo notó los pinchazos de las agujas que inyecaron en las venas de sus hombros la medicina para manetenerla a raya. Se estremeció.

- ¡Dios Emperador!- Exclamaron los hombres de Drusus, que acababan de aparecer en la zona, blandiendo sus bólteres.

Los sicarios de Oddatore se vieron obligados a retroceder, con varias bajas y aturdidos por el ataque psíquico de Lorgen. Drusus hizo señas a sus hombres para que lo siguieran y salió de su cobertura para perseguir a los guardias, lanzando ráfagas de bólter.

- Usted quédese aquí- Le dijo a Petra- El anciano y usted estarán más seguros aquí.

Petra asintió y apoyó la cabeza de Lorgen en su regazo mientras buscaba otra dosis de adrenalina para sacar del desmayo al psíquico, demasiado agotado. Era forzar demasiado su salud y tentar a la suerte, pero si quería sobrevivir tendría que hacerlo despierto.

- Dios Emperador, te suplico que ayudes desde tu trono en la sagrada Terra a este humilde siervo tuyo- Rezó en voz baja mientras buscaba una vena en el marchito brazo del psíquico.

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- ¡Muévete, está otra vez en las ventanas!

Hankak corrió por el pasillo todo lo rápido que pudo, arrancando un frenético tableteo del suelo de madera pulida con sus zapatos.

Podía oír a Irma correr detrás de él, y el sonido de los disparos de Jean atravesando las ventanas al fallar el blanco. Podía oír a aquello correteando al otro lado de la pared y los ventanales, clavando sus pezuñas metálicas en los marcos de las ventanas y la roca finamente labrada de las paredes exteriores.

- ¡Es muy rápido!- Exclamaba Jean por el microcomunicador- ¡No puedo acertarle!

- ¡Entonces le haremos entrar y nos ocuparemos de él!- Respondió Hankak, jadeando- ¡Ayuda a los otros!

- Mi señor- Murmuró el skiano antes de cortar la transmisión- Que el Emperador le proteja.

- Eso espero- Gruñó el inquisidor mientras doblaba una esquina haciendo esfuerzos por no caerse por la alfombra, que se arrugaba y ondulaba por su velocidad.

- ¿Tenemos que ocuparnos de eso nosotros solos?- Preguntó Irma con la voz entrecortada por la carrera.

Hankak asintió y frenó para bajar de dos en dos las escaleras hacia la planta subterránea.

- ¡Dios Emperador!- Se quejó ella, siguiéndole con la pistola bólter en la mano derecha y la izquierda sobre la barandilla.

Oyeron cómo una ventana estallaba y, después a sus fragmentos repiquetear contra el suelo justo antes de que un par de poderosos pies de acero cayeran con fuerza sobre el suelo, rasgando la madera. Antes de que cerrasen la puerta de la planta subterránea, oyeron el espantoso e inhumano rugido del engendro, mezcla de máquina asesina y hombre mutado por la acción de los químicos y la cirugía de aumento.

Hankak corrió los tres seguros de la puerta metálica y puso detrás un armario del sótano antes de continuar con Irma hacia la siguiente sala, un enorme almacén oscuro y frío repleto de cajas de alimentos, barriles y contenedores para bebidas y esculturas dañadas tapadas con lonas de tela negra. La sórdida luz blanca de una lámpara que aún no se había fundido proyectaba siniestras sombras sobre el suelo.

- Eso no lo va a detener- Dijo Irma, jadeante.

- Dime algo que no sepa- Hankak abrió una caja y rebuscó en su interior. Al ver que sólo contenía alimentos enlatados y refrescos, siguió buscando en otra- Oddatore tiene hombres armados, quizá tenga algo útil por aquí para acabar con ese cabrón. Ayúdame a buscar, ¡Date prisa!

Irma se encaminó hacia el otro lado del almacén y buscó por su cuenta. Empezaron a oír los pasos de la criatura sobre las escaleras, amortiguados por el grosor de la puerta. Hankak se separó de la caja, que contenía lo mismo que la anterior y se fijó en una puerta cerca de donde Irma estaba buscando.

- Eh- La llamó mientras corría hacia la puerta- Aquí puede haber algo. Ayúdame a abrirla.

Entonces un potente golpe de sierra mecánica atravesó la puerta metálica y un par de garras de ceramita la abrieron casi sin esfuerzo. El armario estalló en una nube de astillas cuando el servidor asesino lo golpeó.

- A la mierda- Murmuró el inquisidor, y levantó su pistola bólter- ¡Escóndete, Irma!

Los dos se ocultaron tras las cajas y los barriles mientras oían como los trozos de madera crujían bajo las pezuñas del engendro, y cómo sus garras golpeteaban lentamente el suelo. Mientras sentía cómo su pulso se disparaba y empezaba a respirar con más fuerza y frecuencia, Hankak oyó la puerta saltar por los aires, fuera de sus goznes. Lo pasos de la criatura empezaron a resonar, lentos y cautos, sobre el suelo.

El inquisidor se llevó la pistola bólter a los labios y la besó mientras hacia una silenciosa súplica al Emperador. Estaba seguro de que aquello era un servidor asesino, parte de la seguridad de Oddatore. Si era así, podría matarlos antes de que se dieran cuenta.

La sierra mecánica del servidor asesino rechinó durante unos segundos mientras el engendro se movía. Sus garras emitieron un curioso y aterrador sonido al abrirse y cerrarse, chocando unas con otras de manera grotesca. Y de repente se quedó en silencio. Hankak solo podía oír los desbocados latidos de su corazón.

- ¡Amenaza!- Rugió una voz distorsionada y metálica que les puso los pelos de punta.

Sabiendo que les habían descubierto, Hankak abandonó su cobertura con la pistola en alto...y la caja tras la que se había ocultado quedó hecha trizas súbitamente por el peso y la fuerza del servidor.

Entonces Hankak lo pudo ver bien.

Era alto y fibroso, y su piel estaba surcada de cicatrices, partes mecánicas y trozos de tejido sintético. Su cara estaba cubierta parcialmente por una alargada placa metálica lisa con el símbolo de la familia Oddatore tallado en el centro. Su boca, desmesuradamente grande y con los dientes rotos y podridos, babeaba continuamente, y una serie de cables colgaban de su mandíbula y su barbilla. Su pecho estaba desgarrado y reconstruído a partir de piel sintética, y podían verse tubos e inyectores en aquella masa informe.

Su cuerpo se arqueó hacia adelante con un repulsivo crujido, parte óseo y parte metálico, y bramó. Hilillos de apestosa saliva mezclada con sustancias estimulantes salieron disparados de sus fauces. Dos proyectiles de bólter se estrellaron contra su costado, y la sangre y la carne destrozada salieron despedidas y empaparon al inquisidor. Irma se dispuso a apretar el gatillo de nuevo, pero el servidor destrozó de un zarpazo las cajas de madera que ella tenía al lado, obligándola a retroceder bajo la lluvia de astillas.

Hankak apuntó al pecho de la criatura y disparó mientras estaba aún concentrada en Irma. El engendro se sacudió violentamente durante un segundo cuando la bala le perforó el pecho y alcanzó algo importante, pero no mostró ninguna prueba más de haber sido herido de gravedad. Levantó la sierra mecánica, y Hankak se la destrozó con un certero disparo. El servidor de combate gruñó y farfulló y se lanzó al techo, desde donde empezó a moverse, adoptando una grotesca postura y creando desquiciantes sonidos metálicos. 

El inquisidor se levantó con prisa y retrocedió junto a Irma, que disparaba su pistola bólter sin éxito, tal era la velocidad a la que el servidor se desplazaba. Corrieron hasta la puerta que daba a las escaleras para salir de la planta subterránea y Hankak se aseguró de que Irma pasaba antes que él.

Antes de cruzar el umbral destrozado, disparó cuatro veces en rápida sucesión, acertando con una de las balas en un costado al terrorífico trepador, que bramó y dejó que un chorro de sangre manchase el suelo. 

Mientras subían las escaleras de caracol lo más rápido que podían, Hankak e Irma oyeron como las retorcidas piernas mecánicas del servidor se soltaban del techo y caían con estruendo al suelo para perseguirles escaleras arriba con mayor velocidad que ellos dos.

Cuando el inquisidor oyó la rapidez de los pasos del servidor asesino y su perturbadora respiración, se volvió para disparar con la esperanza de retrasarlo o incapacitarlo. Era consciente de que si los alcanzaba, morirían.

Su arma disparó tres veces antes de quedarse sin munición. Logró acertarle de lleno en el abdomen, en la clavícula y en el tórax, dejando serias heridas en ellas. El servidor se tambaleó durante unos segundos por la cantidad de daño sufrida en tan poco tiempo.

Hankak sabía que aquello sólo duraría tres o cuatro segundos, seis con suerte, y que entonces los despedazaría. Aprovechando el tiempo, echó a correr escaleras arriba mientras buscaba con manos temblorosas un cargador nuevo para su arma.

- ¡Aquí Hankak!- Exclamó por el microcomunicador- ¡Estamos saliendo de la mansión, nos persigue un servidor asesino y necesitamos apoyo!

La respuesta fue confusa. Afuera, los hombres de Drusus estaban combatiendo contra los guardias de Oddatore mientras protegían a los civiles, y los disparos llenaban el canal de radio. Hankak no entendió nada.

- ¡Repite, no se entiende nada! Necesitamos ayuda aquí, maldita se...¡Trono Sagrado!

El servidor asesino saltó desde detrás de ellos y se sujetó a la pared con las garras de sus piernas justo cuando acabaron de subir las escaleras. De sus fauces surgió un nuevo aullido, lleno de dolor y de rabia.

Irma rodó a un lado y le disparó, pero un lance de las cuchillas de la criatura le hizo retroceder a toda prisa. Aunque no dejó de disparar, los proyectiles que se alojaban en el cuerpo del engendro seguían sin parecer afectarle. De la carne abierta y desgarrada surgía sangre y aceite, y los tubos que había bajo su piel se convulsionaban con violencia como si fueran gusanos furiosos.

- ¡Corre a la salida!- Le ordenó Hankak a Irma mientras apuntaba al servidor. 

- ¡No te voy a dejar aquí!- Respondió ella, disparando.

- ¡Que te vayas!- Gritó el inquisidor al mismo tiempo que el mango de la pistola bólter chocaba con fuerza contra la palma de su mano por el retroceso.

Irma dudó un segundo y después echó a correr de mala gana, dejando al inquisidor a solas con la monstruosidad asesina. 

- ¡Solos tú y yo, engendro del infierno!- Gritó Hankak mientras el servidor se movía por las paredes hacia él para esquivar los disparos.

El arma emitió otro click cuando el cargador se acabó de nuevo, y el inquisidor apretó los dientes. Se llevó la mando al bolsillo trasero para sacar más munición, y de repente se vio en el suelo con el servidor sobre él, aullándole a la cara con sus hediondas y sobredimensionadas fauces.

Casi como si fuera una reacción instintiva, Hankak extendió su brazo biónico hacia su atacante mientras la mano del repuesto mecánico se desplazaba hacia abajo, dejando lugar a un amenazador cañón. 

El arma oculta empezó a disparar en automático, y los casquillos vacíos salieron por un costado del antebrazo mecánico, a través de una ranura. Las balas de gran calibre acertaron de lleno en el torso del servidor, que se alejó lo más rápida y bruscamente que pudo para escapar de los disparos. Hankak aprovechó para levantarse de un salto y agarró su pistola bólter con la otra mano. Avanzó lentamente, gritando mientras abría fuego con ambas armas a la vez. 

Las balas hicieron líneas de impactos en las paredes a medida que el inquisidor disparaba contra el servidor, que huía a toda velocidad hacia la entrada. 

- Hacia Irma- Pensó Hankak con una mueca.

Se lanzó a la carrera tras él mientras devolvía su mano biónica a su postura original. Delgadas columnas de humo surgían de la juntura que había entre la mano y el antebrazo. 

Irma cruzó el umbral de la gran puerta y empezó a bajar a saltos las escaleras de mármol. El servidor asesino acortaba distancias a una velocidad aterradora, dejando a su paso un rastro de sangre y saliva. 

El inquisidor corrió aún más rápido, forzándose a pesar del dolor que ya empezaba a acusar en sus piernas aún bajo los efectos de la adrenalina. Levantó su pistola bólter y disparó varias veces hacia el servidor para distraerlo. No logró captar su atención, pero un proyectil le atravesó la cadera y se cayó de la pared con gran estrépito. Hankak pasó a su lado y salió del edificio rezando por que el servidor asesino no lo atacase en su huida.

En el exterior la situación era casi peor. Drusus y sus arbites luchaban contra los hombres de Oddatore, que eraj más de una docena. Aunque había varios cadáveres de matones, éstos seguían superándolos en número.

El tiroteo se extendía por casi todo el jardín, y cualquier elemento era usado como cobertura. El Represor, pilotado por Iridia, cubría a los civiles que aún no habían huído junto a un grupo de agentes del Arbites equipados con escudos blindados. De vez en cuando, uno de los hombres de Oddatore caía súbitamente al suelo con un disparo en la cabeza: Jean los cubría desde su posición.

Irma corría hacia las posiciones de los Arbites, con las armas de algunos de los guardias persiguiéndola. Hankak quería adelantarse y cubrirla, pero estaba demasiado lejos. Y el servidor asesino ya se había recompuesto y los perseguía de nuevo. El inquisidor gruñó y torció el gesto.

- ¡Jean!- Llamó por el microcomunicador- ¿Puedes acertarle ahora?

- Espere- Se oyó un chasquido y una maldición- Puedo acertarle, pero no le hago nada. Mis disparos simplemente atraviesan su cuerpo. Dejan herida, pero no lo detienen.

Hankak gritó de pura impotencia.

- ¿Cómo demonios matamos a esta criatura salida de los siete infiernos?- Exclamó mientras seguía corriendo.

- Con fuego sagrado- Dijo Iridia. Se oyó un rechinar de orugas y de repente el Represor atropelló a toda velocidad al servidor asesino- Y con una gran masa a alta velocidad. 

Hankak se lanzó al suelo para quedar tras una imponente fuente y miró al Represor. El tanque había embestido al servidor asesino, que había volado varios metros y rodado otros tantos por el suelo, dejando un rastro de césped destrozado, carne desgarrada, sangre y fluídos químicos.

Sin embargo, a pesar de haber quedado tremendamente dañada, la criatura empezó a levantarse lenta pero trabajosamente. Tenía los miembros retorcidos en ángulos antinaturales, el torso en carne viva y a la protección de la cabeza le faltaban algunas placas de metal. El inquisidor apretó el puño y se llevó el dedo índice al botón de activación del microcomunicador.

- He visto la masa a alta velocidad, pero me parece que te has dejado algo, Iridia.

- El orden de los factores no altera el resultado, inquisidor.

El artillero del lanzallamas del tanque encaró al servidor asesino y roció su repulsivo y arqueado cuerpo con promethium ardiente hasta que sólo quedaron huesos ennegrecidos y jirones de piel humeante y carbonizada. Hankak esbozó una pequeña sonrisa triunfal. A su izquierda, Irma lanzó un insulto muy poco femenino hacia los restos del servidor asesino.  

A continuación, el Represor cargó a toda velocidad hacia los guardias de Oddatore, que concentraron su fuego en él, dejando vía libre a Drusus y sus hombres para atacarles. El bólter de asalto tronó y desgarró a varios guardias, cuyos cuerpos cayeron desmadejados y amputados al suelo.

- ¡Trono, no!- Chilló Irma de repente. 

Hankak no supo a qué se refería hasta que un cohete impactó en el costado del vehículo y destrozó su oruga izquierda. El Represor avanzó por la fuerza de la inercia, llevándose por delante fuentes, arbustos y árboles hasta acabar volcando cerca de las posiciones de los hombres de Oddatore, que, envalentonados, se habían lanzado al ataque. Uno de los agentes de Drusus cayó al suelo con una bala en la garganta y otra en la mejilla.

- ¡Iridia!- Llamó Hankak por el microcomunicador- ¿Estás bien?

- No puedo moverme, mis piernas...-Masculló- No hay daños internos, inquisidor.

Ojalá pudiera decir lo mismo del artillero del tanque. Los guardias del noble lo sacaron de la escotilla y le dispararon en plena cara con una escopeta, lo que arrancó un grito de ira a Drusus. 

- Se acabó- Gruñó Hankak, levantándose- ¡Aniquiladlos!

Y echó a correr hacia los guardias, aprovechando toda la cobertura que podía. Irma lo siguió de cerca, y Jean los cubrió desde su posición. Drusus y sus hombres, junto a Petra, también salieron de su cobertura y cargaron con las armas en ristre y disparando ráfagas largas e indiscriminadas. Dos granadas de fragmentación sacudieron las posiciones del personal de seguridad del difunto noble, matando a tres guardias y mutilando a un cuarto. 

El enemigo respondió con sus propias armas, y uno de los hombres de Drusus se desplomó cuando su armadura de caparazón fue perforada por varios proyectiles. Otro más recibió un disparo en la pierna y cayó al suelo al perder pie y tropezar. 

Hankak se llevó una mano a la cintura, esperando encontrar el mango de su espada, pero se percató de que no la llevaba. Desenvainó el cuchillo de combate que había llevado atado a la pierna y se lanzó sobre los guardias junto a Irma. Drusus y el resto no tardaron en llegar.

Con un rápido movimiento, uno de los guardias propinó un fuerte culatazo al inquisidor en el plexo solar, pero estaba protegido por el chaleco de caparazón. Hankak simplemente lo apuñaló y echó el cadáver a un lado. Irma clavó su cuchillo en la garganta de otro guardia y después arrojó el arma a otro, que cayó de rodillas con el cuchillo clavado hasta al empuñadura en su frente.

Drusus placó y golpeó, disparó a bocajarro y rompió huesos con sus fuertes músculos. Incluso le rompió el cuello a un guardia apresándolo entre sus enormes bíceps. Petra iba a su lado, disparando su pistola bólter y atacando con la sierra de su narthecium, que decapitó a un matón con un horrible chirrido metálico.

Los agentes del Arbites se valieron de sus porras eléctricas y sus conocimientos de artes marciales para doblegar a sus oponentes, que , súbitamente superados, fueron aniquilados en unos pocos minutos de frenético y brutal mano a mano. 

Cuando todo hubo acabado, Hankak guardó sus armas y corrió hacia el Represor. Se asomó por la escotilla y vio a Iridia, tirada en el suelo, intenado arrastrarse. Sus piernas mecánicas estaban destrozadas.

- Adrastos sagrado- Murmuró Hankak, y le tendió una mano a la tecnosacerdotisa- Dame la mano, Iridia.

Ella estiró su brazo derecho y asió la mano del inquisidor con fuerza, que la sacó del vehículo accidentado y la llevó sobre sus brazos hasta donde estaba el resto. Iridia se desmayó.

- Llama a la estación, Drusus- Dijo Hankak con voz ronca mirando al arbitrador mientras dejaba a Iridia en el suelo para que Petra se ocupase de ella- Hemos acabado aquí.

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Iridia se despertó de golpe, arqueándose y tomando aire con fuerza. Le pareció haber tenido una pesadilla.

- ¿Estás bien?- Le oyó decir a Hankak desde su izquierda. Estaba sentado en una pequeña silla blanca, y sostenía un libro sobre sus manos. 

La tecnosacerdotisa miró a su alrededor, aún aturdida. Estaba en el ala médica de la Xyphos.

- Si estoy aquí, es obvio que no estoy bien- Contestó de manera automática. Aún estaba intentando asimilarlo todo.

- Te desmayaste- Explicó Hankak- Te destrozaste las piernas, incluídas las conexiones óseas. 

Iridia frunció el ceño.

- ¿Cómo de graves son los daños?

Hankak negó lentamente con la cabeza.

- Tranquila, estás arreglada. A Petra le ha llevado bastante tiempo, pero vuelves a tener las conexiones preparadas para unos nuevos implantes.

Iridia levantó la fina manta de tela que la cubría y se miró las piernas. Los implantes habían desaparecido, aunque las conexiones parecían en buen estado. No sabía qué opinar sobre ello. Por un lado aborrecía que alguien enredara con sus implantes, pero por otro se sentía gradecida. Prefirió mantenerse en silencio.

- ¿Y la misión?- Prosiguió- ¿Drusus está con nosotros?

El inquisidor asintió.

- Está abordo del Xyphos ya. 

- Bien. ¿Cuál es nuestro siguiente destino?- Preguntó con serenidad Iridia.

Hankak se encogió de hombros.

- Eh, no tan rápido. ¿Todavía ni siquiera hemos salido de la órbita de Losnya y ya estás pensando en el siguiente lugar donde vamos a ir a pasarlas canutas?- Sonrió, y se sorprendió cuando la tecnosacerdotisa le devolvió la sonrisa, aunque un poco forzada- Ahora necesito que te recuperes, no que pienses en el futuro.

- De acuerdo pues. ¿Necesita algo más?

- ¿Ya me estás echando?- Inquirió Hankak en tono bromista levantando una ceja.

- No- Negó ella con la cabeza- No he dicho eso.

Hankak frunció el ceño. Iridia no lo había pillado. Devolvió su semblante a la normalidad y le sonrió de nuevo mientras se agachaba para recoger algo.

- Mientras tanto, mira, te he traído algo.

La tecnosacerdotisa se sentó en la cama, curiosa. Hankak colocó un tablero metálico entre ambos y apretó un botón. En cada extremo del tablero aparecieron dos filas de figuras holográficas.

- Oh, un tablero de regicida- Lo reconoció Iridia al instante.

- Nunca he conseguido ganarte. Vamos a probar suerte de nuevo.

- No sabía que fuera masoquista- Soltó Iridia.

Si no fuera por el rostro neutro de ella, Hankak se hubiera reído, interpretándolo como una broma.

- ¿Eso era un chiste, Iridia?

- Un intento de chiste, más bien- Asintió ella.

Hankak rió de buena gana frente a lo que parecía el primer chiste de la tecnosacerdotisa, que sonreía un poco ante su éxito. 

- Venga, vamos allá- Él realizó el primer movimiento- El que ríe el último ríe mejor.

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Drusus dejó escapar un gruñido de dolor cuando Petra le retiró el vendaje que le había aplicado en el hombro horas atrás, cuando aún estaban en Losnya. La sangre se había quedado pegada a las vendas, y le dolió a pesar de que la hermana hospitalaria las había retirado con delicadeza.

- ¿Te duele?- Preguntó ella mientras tiraba las vendas usadas a un contenedor- No te preocupes, es normal. Era una herida grande.

- El dolor es una ilusión de los sentidos- Contestó el arbitrador.

- Y el miedo es una ilusión de la mente- Continuó Petra con una pequeña sonrisa mientras sacaba un nuevo rollo de vendas esterilizadas de un botiquín.

- Al igual que la esperanza es una ilusión del alma- Acabaron de recitar juntos. 

Drusus sonrió, pero apenas se le notó con su mandíbula biónica. Petra le miró con una expresión amable.

- No te preocupes, sé que estás sonriendo. Se te nota en la expresión- Le dijo mientras aplicaba una sustancia antiséptica en la herida del hombro del arbitrador.

- Entonces eres la segunda persona que conozco que sabe cuando lo hago- Rió Drusus. Su risa era afable y tranquila, lo cual chocaba con su aspecto. A Petra le gustaba eso.

- No es difícil saberlo si te fijas en la expresión- Explicó ella, colocando una gasa esterilizada sobre la herida y comenzando a vendar el hombro de Drusus- Los pómulos, los ojos...

- No sabía que supieras de esas cosas.

- Me parece interesante, y nunca está de más conocer el lenguaje corporal. Puede ser muy útil.

- No lo dudo. En el Arbites nos instruían sobre él. Ya sabes, para los interrogatorios.

La hermana hospitalaria asintió lentamente. El gigantesco y musculoso hombre irradiaba un aire de tranquilidad y seguridad que le resultaba de lo más agradable. 

- Y...¿Quién es esa otra persona que podía adivinar cuando sonreías?- Comentó Petra mientras seguía ocupándose de los vendajes.

- Ah- Petra notó que el tono del arbitrador se volvía un poco más triste. Cualquier otra persona lo hubiera pasado por alto fácilmente- Mi esposa. 

- Oh, no sabía que estuvieras casado.

- Lo estaba- Contestó él- Ella...murió hace diez años.

- ¡Trono! Lo siento- Se apresuró a disculparse Petra, reprendiéndose mentalmente por su falta de tacto.

- No importa- El tono de Drusus volvió a la normalidad, aunque arrastraba un poco las palabras, como si estuviera cansado. Petra sabía, muy a su pesar, que había tocado una fibra sensible- Fue durante una misión de alto riesgo. Estábamos en el mismo equipo, ella también era del Arbites. Todo se torció y el Juez ordenó que se abortase la operación- Drusus cerró los ojos y tomó aire. Estuvo en silencio durante unos segundos- Ella no logró sobrevivir.

- Lo siento- Petra apoyó una mano en la ancha espalda del arbitrador.

- Han pasado muchos años- Se encogió de hombros él- Lo he superado hace tiempo. Gracias de todas formas.

- No te muevas- Susurró Petra con dulzura cuando la venda se le descolocó ligeramente al haber movido Drusus sus hombros.

- Perdona, no me he dado cuenta- Ambos callaron durante casi un minuto. El arbitrador fue el que rompió el silencio- ¿Y tú? ¿Estás casada?

Ella contuvo su risa por respeto. Drusus podría haberse olvidado de que era una hermana hospitalaria, o simplemente lo podría haber dicho por romper el silencio. No sería cortés reírse por ello.

- Estoy casada con el Emperador y con mi deber- Dijo ella, y le miró con una sonrisa en los labios- En el Adepta Sororitas no solemos casarnos ni tener pareja.

- Lo sé- Drusus frunció el ceño, pidiéndole que le dejase explicarse- Pero tengo entendido que algunas órdenes permiten a sus miembros tener pareja e incluso casarse. Por eso lo preguntaba.

Petra se sintió súbitamente avergonzada, y sintió como se ruborizaba. No había contado con que el arbitrador estuviera informado sobre el Adepta Sororitas, lo que le pareció una estupidez por su parte. Terminó de vendarle el hombro, aseguró los vendajes con una grapa médica y le dio una palmada en el otro hombro para indicarle que ya había acabado.

- Sí, bueno...- Empezó a explicar- En mi orden se nos permitía tener pareja, siempre y cuando no fuese más que con una persona y la relación no estuviera basada en impulsos puramente físicos. Pero la mayoría no teníamos ningún interés en eso. Estábamos demasiado ocupadas intentando sobrevivir a los xenos y procurando salvar a los heridos que llegaban a nuestras manos- Se reclinó en su silla y se llevó el dedo índice a la barbilla, pensativa- Sin embargo, ahora que lo mencionas, se nos permitía casarnos una vez nos hubiéramos retirado del sevicio activo.

- Entiendo- Asintió Drusus- Y sólo por curiosidad, ¿Cuando se os permitía retiraros?

- Una vez hubiéramos alcanzado cierta edad, o, en circunstancias excepcionales, tras una acción de gran importancia- Petra sacó una vara de Iho y se la encendió- A mí me permitieron retirarme y quedarme en el hospital de la orden en Steria después de lo de Thorax, junto a otras tantas. La mayoría acabamos afectadas mentalmente o con algún daño físico, así que no podíamos seguir combatiendo.

- ¿Tú sufriste algún daño? 

- Te veo con curiosidad- Respondió ella con una sonrisa divertida, apoyando un codo sobre la rodilla derecha.

Drusus se encogió de hombros.

- Me caes bien.

- Es mutuo- Rió ella. Le dio una calada a la vara de Iho y añadió- Bueno, digamos simplemente que aquel infierno me pasó factura.

La hermana hospitalaria se dio un par de toques en la sien izquierda con el dedo índice. Drusus asintió, comprendiendo el mensaje. Petra sonrió de nuevo, le parecía interesante la serenidad del gigante. También le sorprendió positivamente que no hubiera preguntado por lo ocurrido en Thorax y su experiencia en el conflicto, algo que prácticamente todo el mundo le preguntaba al saber que había estado allí.

Recordar aquella pesadilla era doloroso para Petra. Y más de una vez, terrorífico.

El hecho de que Drusus no le hubiera preguntado por ello denotaba un alto grado de empatía por parte del arbitrador, y un nivel de sensibilidad que Petra no solía encontrar en la gente. Era toda una caja de sorpresas envuelta en kilos y kilos de músculo duro como la roca.

La hermana hospitalaria se agachó para abrir un cajón del escritorio que tenía justo al lado y sacó una botella de amasec y dos copas de cristal que había estado reservando para un momento como aquel. Le tendió una copa a Drusus, que la cogió con inesperada delicadeza entre sus enormes dedos.

- ¿Podrás beber con el implante?- Preguntó ella mientras llenaba su copa.

- Sí, no te preocupes.

Petra asintió y llenó la suya hasta la mitad. Cruzó las piernas y elevó la copa. 

- Brindemos por la infinita sabiduría del Emperador, que ha juzgado oportuno que nos conozcamos.

- Brindemos pues- Asintió Drusus.

Petra percibió cómo sonreía de nuevo.

Capítulo cincoEditar

Un cometa pasó frente a sus ojos. La visión del espacio siempre lo recomfortaba, tan tranquilo, tan bello en su caótica serenidad. Targon se dio la vuelta casi a regañadientes, separando su mirada del observatorio. 

- Victorique, pídele una confirmación al inquisidor, por favor- Le dijo a la ayudante.

- Sí, capitán- La mujer contactó con el inquisidor a través de un canal de radio privado entre ella y Hankak. Tardó en responder- Señor, lamento molestarle, pero el capitán solicita una confirmación del destino.

- Lachrima- Respondió él. Su voz somnolienta reflejaba desorientación, era probable que Victorique lo hubiera despertado- ¿Hay algún problema, Victorique?

- Negativo, inquisidor. Gracias por su tiempo- La ayudante cerró el canal y asintió en dirección a Targon- Lachrima, señor. Las coordenadas estaban bien. ¿Le preocupa algo?

Targon cambió su peso de un pie a otro, ceñudo e intranquilo. Muchos religiosos tendían a confundirles con piratas, y aquello les causaba serios problemas con la Armada Imperial y con la BSE. Y Lachrima estaba lleno de religiosos. Negó con la cabeza al ver que Victorique empezaba a preocuparse.

- No, no es nada. Tranquila- Le hizo un gesto, indicándole que podía irse- Tienes permiso para descansar un par de horas.

La chica sonrió y se levantó de su puesto, saludó y abandonó el puente. Targon suspiró y se apoyó contra la barandilla del observatorio.

- Esperemos que la presencia del inquisidor les disuada de causarnos problemas- Murmuró para sí mismo mientras volvía a abstraerse en la belleza del vacío.

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Jean cruzó la esquina con una pícara sonrisa de oreja a oreja iluminándole la cara. A sus pasos los acompañaba el tintineo de las botellas de cristal que llevaba en una bolsa de plástico, sujeta por su mano derecha, mientras la izquierda la llevaba en el bolsillo de sus pantalones de combate. Ésta vez llevaba la camiseta puesta.

Entró en el ascensor de la cubierta tres y tocó una de las runas del panel de control. Inmediatamente, empezó a oír el ronroneo de los motores y las cadenas que movían el elevador, que empezó a descender hasta la cubierta de ingeniería. Se miró los pies, cubiertos por las botas de combate negra, y después elevó la mirada al techo del ascensor, una gruesa rejilla metálica con una cámara de 360º grados y una serie de lámparas fosforecentes de color rojo que daban al lugar cierto toque claustrofóbico.

El elevador llegó a la cubierta de ingeniería y se detuvo con un pitido electrónico. Las puertas se separaron y Jean las cruzó con paso vivo. Se cruzó con una tripulante del Xyphos, una ingeniera que estaba revisando los sistemas eléctricos del alumbrado de los pasillos del nivel. Jean le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa, y, antes de pasar de largo, juró que ella se había ruborizado. 

Se adentró en la sala de máquinas y fue al lugar donde vio a Iridia trabajar la última vez que había bajado a la cubierta de ingeniería. Tal y como se esperaba, la tecnosacerdotisa estaba de nuevo ahí, sentada en el suelo mientras desmontaba una placa de datos con sus mecadendritas. Le habían puesto unas piernas biónicas nuevas.

Jean se apoyó contra la pared a unos metros de ella y la observó en silencio, tal y como había hecho la primera vez que la había visto en la sala de máquinas. Ella volvió la cabeza en su dirección al cabo de unos segundos y lo miró. Sus mecadendritas empezaron a montar de nuevo la placa de datos.

- Hola- Dijo.

- Hombre, mi tecnosacerdotisa favorita- Sonrió Jean.

- ¿Conoces a más?- Respondió ella. Al ver que había confundido al skiano, carraspeó y añadió- Era una broma.

- Ah- Jean sonrió por cortesía. No estaba seguro de haber entendido el chiste. Se separó de la pared y avanzó hacia ella con la bolsa en alto, tintineante- Eh, mira lo que traigo aquí.

- Si no lo sacas de la bolsa no puedo verlo- Contestó Iridia con tono neutro.

El guardia imperial sacó una botella de cristal llena de un líquido ambarino, sonriendo de oreja a oreja.

- Cerveza ogygiana- Anunció- Aproveché para coger algunas en la estación del Arbites de Losnya.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Iridia.

- Se van a enfadar.

- Cuando lo hagan estaremos muy lejos de ahí- Rió el skiano, y se sentó junto a Iridia. Abrió una de las botellas y le ofreció otra a la tecnosacerdotisa- ¿Quiere compartirlas con este humilde servidor del Imperio, señorita?

Iridia dudó. El alcohol embotaba los sentidos, y a ella nunca le había atraído especialmente la idea de tomar alcohol. De hecho, jamás lo había pensado. Sin embargo, cuando Jean le ofreció aquella botella, sintió curiosidad. Asintió y el guardia imperial se la abrió mientras sonreía de manera agradable. Tomó la botella y Jean elevó la suya. Iridia le miró y supuso que ella también tenía que levantarla.

- Se llama brindis- Le aclaró él mientras chocaba con suavidad su botella contra la de ella.

- Ah- Iridia bebió un trago. El sabor era algo amargo, pero la cerveza estaba fría y no le pareció desagradable- Recibido.

- No, recibido no- Replicó él tras dar su trago- Di vale, o de acuerdo. Entendido también sirve.

- Vale.

Jean asintió y estiró una pierna para ponerse todo lo cómodo que el frío suelo le permitía. Dio un largo trago a su cerveza y sonrió al ver que Iridia lo imitaba.

- Me extraña que hayas aceptado mi invitación- Dijo- Pensé que preferirías seguir trabajando.

- No tengo mucho trabajo ahora mismo, así que agradezco que hayas venido a hablar.

- Genial- Jean acabó su cerveza con un largo trago, y la tecnosacrdotisa hizo lo propio con la suya.

- ¿Vamos a bebérnoslas todas?- Preguntó ella mientras el skiano le entregaba una segunda botella.

Él se encogió de hombros.

- Claro. Sin prisa.

Jean rebuscó en sus pantalones y sacó de uno de sus bolsillos una placa de datos no mucho más grande que su puño, de carcasa negra y algo magullada. La encendió y su pantalla titiló con un tono azulado.

- ¿Una placa de datos?- Preguntó Iridia.

- Sí- Asintió él- Se la compré a un tío durante un permiso en Ogygia. Tiene mucha memoria, así que la uso para guardar pictocapturas y pictograbaciones de los distintos lugares en los que he estado con mi regimiento.

La tecnosacerdotisa se la arrebató de las manos y le echó un vistazo.

- Es un modelo de buena calidad. Creo que se aleja un poco del presupuesto de un guardia imperial- Observó.

- Era un traficante- Explicó Jean- Me lo dejó a buen precio.

- ¿Traficaba con tecnología?- Preguntó Iridia con una mueca de asco.

- Entre otras cosas- Asintió el skiano.

- Debiste llevarlo a las autoridades.

- Si lo hubiera denunciado no me hubiera dado la placa de datos.

Iridia lo fulminó con la mirada y Jean levantó las manos.

- Bueno, tranquila. Seguro que ya se lo habrá cargado alguien- Mintió. Le señaló el dispositivo con la barbilla antes de pegarle otro trago a su bebida- Tengo un montón de pictocapturas, ¿Quieres echar un vistazo?

- Claro- Iridia empezó a rebuscar entre las distintas carpetas en las que el guardia imperial había organizado los archivos.

Cada carpeta correspondía a un lugar o tenía nombre de mujer. No estaba segura de querer abrir las segundas. Seleccionó una titulada Khopesh IV, 955-958M41. En ella aparecieron varias pictocapturas y algunas pictograbaciones, principalmente tomadas en campamentos o durante patrullas. Iridia fue pasando las pictocapturas una a una mientras Jean las observaba junto a ella. Llegó a una imagen en la que aparecía una figura familiar: un hombre alto y delgado envuelto en una larga y gastada túnica roja. Era un tecnosacerdote, sin lugar a dudas. Tanto los implantes como los símbolos lo dejaban bien claro.

El tecnosacerdote estaba de pie sobre la arena del desierto, reparando con sus mecadendritas las orugas de un transporte blindado mientras disparaba con su pistola láser hacia otro lado. Pero había algo que no cuadraba: llevaba una bandolera de cuero repleta de latas de cerveza cruzada sobre el pecho, y dos grandes cantimploras colgando del cinturón.

- No entiendo porqué lleva eso- Dijo.

- Es...una larga historia- Empezó él con una sonrisa- Es Ideos, el tecnosacerdote adscrito a mi antigua compañía. Durante las campañas trabajaba día y noche casi sin descanso, reparando vehículos, poniendo a punto armas y municiones y esas cosas, así que cababa exhausto y bajaba su rendimiento, lo cual le irritaba mucho- Dio un sorbo a su cerveza- En cuanto tuvo oportunidad, se hizo una serie de operaciones e intervenciones quirúrgicas para...bueno, usar el alcohol como una especie de combustible. Nosotros siempre teníamos alcohol a mano, así que solía coger algo prestado de vez en cuando para mantener el ritmo de trabajo.

- Ah- Iridia frunció el ceño. Era algo extraño, pero tenía sentido. Y era práctico- Es inteligente.

- Sí, pero resultaba algo cómico verle ir de aquí para allá con la bandolera repleta de latas de cerveza y las dos cantimploras de licor Unrha colgándole del cinturón- Jean rió entre dientes y contuvo un eructo. El alcohol ya estaba empezando a hacer algo de efecto. Miró a Iridia, y si la cerveza le estaba causando algo a ella también, no daba muestra alguna de ello- Algunos de los soldados de la compañía le llamaban el tecnotabernero.

- No tiene mucha gracia- Observó Iridia tras acabar su tercera botella de cerveza ogygiana.

- Era complicado encontrar un mote que quedase bien. Pero lo importante es el concepto.

- Supongo- Murmuró Iridia mientras seguía pasando de pictocaptura en pictocaptura.

Llegó a una serie de imágenes que parecían haber sido tomadas durante una escaramuza. En todas ellas aparecía un hermoso y despejado cielo azul en el que se veían tres lunas, y una arena fina y casi blanca. Ese paisaje contrastaba con la violencia del combate, que parecía fuera de lugar. En una de las pictocapturas aparecían tres soldados skianos disparando sus rifles láser desde detrás de una duna. A su alrededor las balas levantaban surtidores de arena. En otra aparecía Jean, aunque a Iridia le costó verle. Estaba tumbado en el suelo, cubierto por completo por su capa de camaleonina, que había adoptado un color exacto al de la arena, y tenía el ojo tras la robusta mira telescópica de un rifle láser largo de francotirador.

En una tercera imagen se podía ver claramente un semioruga orko a unos cincuenta metros de la posición del fotógrafo. A su alrededor había un grupo de una media docena de orkos que disparaban sus armas o corrían con las pistolas y las cuchillas en alto. A uno le habían alcanzado en la cabeza en el momento exacto en el que se tomó la pictocaptura. Un gigantesco pielverde encabezaba la carga, blandiendo con ambas manos un gran hacha sierra que parecía capaz de partir un tanque de batalla Leman Russ en dos de un solo tajo.

- Ya veras- Dijo Jean- Ahora viene una de mis favoritas.

Iridia pasó a la siguiente imagen, en la que aparecía el enorme orko tirado en el suelo, con su armadura repleta de arañazos, abolladuras y agujeros creados por armas láser. En su cabeza había un punto negro del que rezumaba sangre. Iridia llegó a la conclusión de que era donde el disparo de Jean había impactado. Sobre el cadáver del pielverde estaban sentados dos soldados skianos, y a su lado estaba Jean, con el rifle láser de francotirador apoyado sobre el suelo por la culata y haciendo un gesto con el pulgar al cámara. A pie de foto había una anotación: 19 de Abril de 956M41. Resultado del choque entre patrullas: un calor de morirse y unos diez orkos en el hoyo. Imperio, uno, pielesverdes cero. Me encanta mi trabajo.

- Me encanta mi trabajo- Repitió Iridia en voz baja, y miró a Jean, que estaba a su lado. Él sonrió- Tienes una concepción un tanto extraña de los conflictos bélicos.

- Bueno- El skiano se encogió de hombros- O te tomas ese tipo de cosas con algo de humor, o te encierras en tu fe, o te vuelves loco. También puedes darte a la bebida, pero eso es compatible con las tres opciones anteriores. Personalmente, prefiero el humor. Y quizá algo de locura.

- He oído que a los skianos no os falta ninguna de esas dos cosas- Comentó ella.

- Y no estás equivocada- Le confirmó el guardia imperial.

Iridia le miró durante un segundo más y volvió a centrar su atención en la placa de datos. La siguiente pictocaptura se le hizo algo extraña. Jean aparecía sentado junto a una mujer sobre un transporte blindado tipo Chimera. Ella estaba vestida también con el uniforme skiano y con una capa de camaleonina, y sujetaba un rifle láser por la correa, dejando que colgase por debajo de ella. Le estaba besando una mejilla a Jean.

- ¿Quién es ella?- Preguntó, curiosa.

- Hela. Fuimos amantes durante la campaña de Khopesh IV- Explicó él- Me dejó en cuanto salimos de ahí. Acabó colada por un teniente de artillería de la compañía Eco.

- Tienes pinta de no haber estado nunca falto de compañía- Opinó Iridia. Sonrió para intenar no sonar grosera.

El skiano rió y se encogió de hombros.

- No te creas. He tenido mis épocas de secano.

- Interpreto que secano quiere decir falta de relaciones personales- Iridia acabó otra botella de cerveza. Pensaba que el alcohol causaba algún tipo de efecto, pero no notaba nada. Sin embargo, Jean parecía empezar a mostrar algo de desorientación, y notó su mirada un tanto ausente.

- Algo así- Jean ladeó la cabeza, liquidó su botella y sacó dos nuevas de la bolsa, que estaba empezando a quedarse vacía. Brindaron de nuevo y añadió en tono de broma- Aunque no sé porqué. Soy un amante cariñoso y atento.

- Pues no te pega.

- Las apariencias engañan- El skiano rió a mandíbula batiente, deshinibido por la acción del alcohol- ¡Al fin y al cabo, así luchamos los skianos!

- No tienes que luchar conmigo- Replicó en voz baja Iridia, ceñuda y algo confusa, mirándole directamente a los ojos. 

Él le sostuvo la mirada. Estuvieron varios segundos así, hasta que él levanto una mano con lentitud y la posó en la mejilla derecha de ella, que desvió su mirada para mirar la mano del hombre. 

- ¿Qué haces?- Preguntó, aunque no alejó la cara. Su tacto le pareció agradable. Era cálido, y suave.

Jean frunció el ceño, sin saber del todo qué responder. Era consciente de que estaba algo bebido, y no quería cometer ninguna estupidez en ese estado. Si cometía estupideces, prefería estar sobrio. Le pasó los dedos por la mejilla a Iridia, como apartando algo y respondió aparentando toda la seriedad que pudo:

- Nada. Tenías una mancha de aceite.

- De acuerdo- Ella sonrió un poco- Gracias.

- No hay de qué- Jean se dejó resbalar un poco sobre la pared y abrió la bolsa de plástico. Sólo quedaba una cerveza. 

Decidió que no estaba en condiciones de acabársela él, así que se la tendió a la tecnosacerdotisa, que la aceptó.

- Es la última, disfrútala.

- Gracias. Otra vez.

Mientras el guardia imperial se abstraía en sus pensamientos, Iridia salió de la carpeta de Kopesh IV y buscó otra. Encontró una que le sonó: Thorax, 950-955M41. El nombre le resultaba muy familiar, y se dispuso a abrirla, pero tenía contraseña. Miró a Jean, que parecía somnoliento, pero elevó la cabeza para devolverle la mirada.

- Tiene contraseña- Dijo Iridia, sin más, acercándole la placa de datos.

Jean cogió el aparato y lo miró durante unos segundos. Iridia creía haber visto como su semblante cambiaba ligeramente para mostrar...¿Qué? ¿Miedo? ¿Dolor? Después el guardia imperial le devolvió la placa de datos y desvió la mirada.

- Thorax. Cinco años en el infierno...y eso que nosotros llegamos cuando el conflicto estaba acabando- Murmuró- Tiene contraseña porque no quiero entrar ahí por error.

- ¿Entonces porque tienes archivos de ese lugar?- Preguntó ella, extrañada.

- Para recordar a los caídos- La voz del skiano se había reducido a un ronco susurro- Y saber que, habiendo sobrevivido a Thorax, soy capaz de hacer lo que sea.

- Ya lo recuerdo- Iridia asintió con satisfacción al recordar los datos sobre Thorax y la brutal guerra que tuvo lugar en él- Conflicto de Thorax, desde el 930M41 hasta el 955M41. La partida de guerra del kaudillo Urgakk Devoraplanetaz lo atacó junto a otros planetas del sector, ¿Cierto?

Jean asintió sin ganas.

- Conozco las cifras de bajas oficiales- Iridia suavizó su tono para mostrar condescendencia- Lo siento por tus camaradas.

- ¿Y por mí no?- El guardia imperial dejó escapar una breve y amarga risa entre dientes. 

- Pero tú estás vivo- A Jean el tono que la tecnosacerdotisa usó le pareció extrañamente dulce- Y me gusta que estés vivo. Así puedo hablar contigo, y aprender cosas.

- Aprender cosas- Repitió él.

Ella asintió.

- La cerveza, las pictocapturas, las palabras...Se supone que yo no debería estar pendiente de algo que no fuera mi deber o mi trabajo, pero me causas mucha curiosidad.

- ¿En qué sentido?- Jean se incorporó, deseando que su cabeza se despejase.

La tecnosacerdotisa se encogió de hombros y se abrazó las rodillas. Miró al skiano y le sonrió. Estaba empezando a sonreír sin darse cuenta con cierta frecuencia.

- Curiosidad- Contestó, sin más. 

- ¿Sabes? Podría enseñarte más cosas que palabras y pictocapturas- Jean le acarició con suavidad la pierna, trazando lentos círculos con sus dedos.

Ella le sonrió de nuevo y apoyó la cabeza en las rodillas. Jean conocía aquella expresión, era una mezcla entre el placer y la diversión.

- Jean, no soy una ignorante- Murmuró, aunque su tono de voz no mostraba ningún tipo de incomodidad o enfado- Sé lo que estás intentando.

- ¿Y lo estoy consiguiendo?- Levantó una ceja en un gesto seductor. Iridia supuso que cualquier otra mujer se hubiera derretido en aquel mismo instante.

- No siento interés por eso. 

- Aún.

La tecnosacerdotisa se encogió de hombros. 

- No lo sé. Sinceramente, no lo creo.

- ¿Y si te hago esto?- Jean desplazó su mano de la pierna de la tecnosacerdotisa a su barbilla.

Contempló con satisfacción como ella cerraba los ojos y sonreía. Le pareció oírla ronronear.

- Mantengo mi opinión. Pero es más placentero que en la pierna.

- Bueno, es mejor que nada.

A Jean le gustaban las batallas perdidas. Había luchado en los peores agujeros que la Galaxia podía concebir, sobrevivido a los combates más intensos y a los horrores más terribles que nadie podría imaginar ni en sus peores pesadillas...y siempre había salido victorioso.

E Iridia le parecía toda una batalla perdida a la espera de que él saliera victorioso.

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Cuando Lorgen vio su reflejo en el charco, se dio cuenta de que estaba soñando.

Su cuerpo era alto y delgado, no estaba encorvado ni debilitado por la edad. No había rastro alguno de arrugas en su rostro joven, pálido, gallardo, que miraba al frente con ojos seguros y fuertes. El cabello, de un rubio que parecía blanco, era largo y estaba peinado hacia atrás y salpicado de sangre en las sien derecha. Lorgen sabía que aquella sangre no era suya.

Su porte era elegante, y su andar pausado y firme. Sujetaba con una mano un chisporroteante báculo mientras que la otra, con el puño cerrado, se balanceaba ligeramente hacia adelante y hacia atrás cuando andaba. La larga gabardina gris se movía con el viento, otorgándole a Lorgen una apariencia poderosa. Las hermosas coraza y hombreras de ceramita estaban decoradas con los dorados símbolos del Adeptus Astra Telephatica y del regimiento al que estaba adscrito: la gloriosa Guardia Adamantina. 

Lorgen se contemplaba con anhelo a sí mismo en su juventud, dos siglos atrás, cuando alguien le llamó. Miró a su alrededor. Una enorme ciudad colmena, antaño colosal y hermosa, ahora ardía y estaba inundada de luchas y violencia. Por alguna extraña razón, se sentía muy cómodo con aquella situación.

- ¡Brujo!- Le apremió la voz de nuevo. Era una potente y ronca voz de hombre.

- No te impacientes- Contestó él, levantando una mano en un tranquilo gesto mientras echaba a andar pausadamente. Su voz volvía a ser joven, con un acento musical y agradable y un cierto toque de arrogancia.

- ¡No lo haría si no fuera necesario!

Lorgen miró al hombre. Era un oficial de la Guardia Adamantina junto al que había servido en su juventud: el capitán Guildenstern. Su robusta armadura completa de caparazón tenía un aspecto medieval, y lanzaba destellos metálicos cuando la roja luz incidía sobre ella. Los ropajes del uniforme, de un intenso carmesí, estaban rasgados y tenían quemaduras. Sostenía su pistola bólter de acción de revólver junto a su cabeza, apuntando hacia arriba, mientras apremiaba con la otra mano al psíquico.

- La impaciencia acabará contigo, amigo Guildenstern- Lorgen pasó su dedo índice a lo largo del yelmo del capitán cuando pasó junto a él.

Su visión se amplió mientras se dirigía hacia adelante con Guildenstern, mostrando un terreno plagado de ruinas, y, más adelante, un grupo de guardias adamantinos disparando colina abajo. Antes de llegar a su altura, Lorgen percibió una presencia a su izquierda, justo a dos metros del capitán. Oyeron un rugido y un orko surgió de entre las ruinas. Guildenstern, por su parte, desenfundó su arma de energía y partió en dos al xeno de un sablazo antes de seguir adelante no sin menos cautela.

- Orkos que se esconden y nos acechan- Gruñó- Komandos, ¡La Galaxia se está volviendo loca!

- No detecto a ningún acechador más- Le hizo saber Lorgen, pero el oficial no bajó la guardia.

Los guardias adamantinos hicieron señas a Lorgen para que se diera prisa. El psíquico se abrió paso entre ellos y contempló una gran extensión de edificios ardiendo y semiderruidos de los cuales surgía una horda de pielesverdes que cargaban colina arriba. Las andanadas de disparos láser y las ráfagas de un bólter pesado eran lo único que se interponían entre los xenos y los guardias adamantinos. 

Lorgen observó a los orkos mientras las balas silbaban a su alrededor. Una rozó su hombrera derecha, creando una nube de chispas y la suficiente fuerza como para ladear a Lorgen, que se volvió de nuevo, impasible. Levantó poco a poco su mano derecha, entre cuyos dedos ya empezaba a retorcerse un manojo de pequeños zarcillos blanquecinos. Cuando su mano llegó a la altura de su barbilla, de ella surgió un relámpago que dio de lleno en su báculo psíquico, que respondió aumentando la intensidad del rayo. Lorgen notó como chispas de pura energía psíquica empezaban a surgir de sus sienes, y por experiencia presintió que los ojos estaban mudándole de color hasta volverse de un blanco brillante.

Paró de transmitir poder al báculo, y éste se lo devolvió aumentado, acompañado de un intenso relámpago que le envolvió todo el antebrazo. Con un grito, Lorgen liberó toda el poder psíquico en una intensa y brillante tormenta que manaba de su propia mano, y que desintegró a los orkos que estaban más cerca. Los guardias adamantinos se alejaron unos pasos del psíquico mientras sus rayos alcanzaban y disolvían a un xeno tras otro, saltando de uno recién calcinado hasta el más cercano.

En unos espantosos segundos, toda la zona estuvo plagada de montones de cenizas y cuerpos ennegrecidos y humeantes. Los guardias adamantinos se acercaron poco a poco para contemplar la matanza mientras Lorgen recuperaba el aliento con dificultad.

- Buen trabajo- Le dijo Guildenstern mientras echaba a andar colina abajo. Hizo un gesto a sus hombres y alzó el sable de energía- ¡En marcha, hombres, esta ciudad no se va a tomar sola!

El sueño cambió de manera confusa mientras bajaban la colina llena de cenizas y esqueletos carbonizados y pasó a mostrar una especie de ruedo entre las ruinas. Era de noche, pero Lorgen sólo lo sabía sin más, porque las llamas y las columnas de humo tapaban el cielo. El ruedo estaba oscuro, iluminado tan sólo por los incendios que lo rodeaban. 

Vio varias figuras frente a él, muy corpulentas y tan altas como él. Notó algo pesado en sus manos: un martillo de guerra cuya cabeza estaba decorada con dos hermosas tallas de sendas aquilas, cada una por un lado. Recordaba haber perdido su báculo antes, en algún lugar, pero todo era muy vago y confuso.  A sus pies, vio los cadáveres de algunos orkos y de tres guardias adamantinos. Ninguno de ellos era Guildenstern, o al menos eso creía.

Oyó un rugido, y los tres pielesverdes que le rodeaban se lanzaron sobre él. Lorgen fue rápido. Se giró justo a tiempo para arrancarle de un golpe el arma al que le iba a atacar por detrás, y con el golpe de vuelta, le hizo estallar la cabeza. Percibió a otro orko a su izquierda, y lanzó un golpe horizontal que le acertó en pleno torso. La energía psíquica, que Lorgen canalizaba hacia el martillo, destrozó por dentro al xeno.

El tercer orko venía por detrás, pero el psíquico no tenía oportunidad de esquivarle ya. Sólo podía confiar en bloquear el golpe. Interpuso con rapidez el martillo entre ambos, y el hacha del xeno golpeó el cabezal del arma con tanta fuerza que casi se lo arrancó de las manos a Lorgen. Aprovechando el segundo que el orko iba a tardar en recomponerse para lanzar otro ataque, le propinó un potente golpe con el cabezal del martillo en el estómago, haciendo que se postrase ante él, atenazado por el dolor y los daños internos. Lorgen hizo girar el martillo en sus manos mientras lo levantaba sobre su cabeza. Se sentía tan poderoso, tan joven...

El golpe descendente hizo trizas el cráneo del pielverde, cuyo cuerpo chocó con brusquedad contra el suelo, donde se quedó inerte, humeante y sufriendo espasmos. 

- Luchaz bien para zer un humano- Rió una cavernosa voz en un patético Bajo Gótico cerca de él.

Lorgen vio el destello verde y rodó a un lado justo a tiempo para evitar al orko. Era enorme, y estaba cubierto de andrajos y trozos de armadura. En su piel tenía abundantes perforaciones, de las cuales pendían cadenas que sujetaban cráneos y huesos. Blandía un báculo largo y grotesco en cuyo extremo se encontraba la calavera de un orko erizada de clavos.

El psíquico no se lo pensó dos veces y desenfundó su pistola láser, pero los disparos se hundieron en su piel, aparentemente sin causar ningún daño. Echó la humeante pistola a un lado y sujetó el martillo con ambas manos. El orko rió por lo bajo y levantó su báculo, que refulgía con un intenso tono verde. Lorgen se dio cuenta de lo que iba a hacer un segundo antes de que el rayo psíquico se lanzara sobre él.

Usó el martillo como canalizador, y creó una barrera psíquica para detener el rayo del orko. La energía verde se desparramó sobre el escudo de Lorgen, salpicando los alrededores furiosamente con chispas y relámpagos. La potencia era tremenda, y el psíquico apenas podía contener a su oponente. Notó como los huesos y sus músculos empezaban a arderle, y gritó de dolor cuando en su piel empezaron a surgir yagas y cortes que supuraban sangre rabiosamente y humeaban.

Usó toda su concentración y todas sus fuerzas para repeler el ataque psíquico, y con un último esfuerzo logró que el escudo que estaba proyectando estallara, disipando el rayo del xeno y dejando a este aturdido. Aunque aquello le había dejado exhausto, era consciente de la brevísima ventaja, y usó una última reserva de fuerzas y poder psíquico para cargar hacia el hechicero alienígena y descargar un golpe que sacudió sus propias vísceras. El orko cayó lentamente de espaldas, con la mitad de su cabeza esparcida entre el suelo y la cabeza del martillo.

Lorgen se desplomó, inconsciente y exhausto...y se despertó.

Sintió un profundo sentimiento de desesperación al darse cuenta de que volvía a ser un anciano encorvado y frágil. Respiró con dificultad y tosió violentamente. Cuando volvió a la normalidad, se quedó mirando al techo en la oscuridad hasta que se quedó dormido de nuevo.

Echaba tanto de menos sus años de gloria...

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- Jaque mate. He vuelto a ganar.

Drusus miró a Petra y sonrió. Era la tercera vez consecutiva que ganaba desde que habían empezado a jugar al regicida, pero la hermana hospitalaria no se había amedrenado lo más mínimo. Lo había desafiado a una revancha una y otra vez, a pesar de que siempre perdía. Drusus sabía que era una mujer inteligente, y le pareció algo raro que fuera tan mala.

- Todos tenemos nuestro talón de Aquiles- Pensó para sí mismo.

Ella se apartó un mechón pelirrojo de la frente con tranquilidad mientras mriaba el tablero de regicida en busca del fallo que le había hecho perder por tecera vez. Levantó la vista para mirar al arbitrador, y no pudo evitar sonreir. Desde que habían salido de Losnya, habían conectado bien, y pasaban mucho tiempo juntos. Petra disfrutaba de su compañía, era educado y tranquilo, y tenía sentido del humor. 

- En la vida real esa estrategia no te hubiera funcionado- Dijo ella, reclinándose en su silla.

- En la vida real las batallas no se libran en un tablero, y las tropas no se mueven como piezas- Contraatacó él, y añadió con aire bromista- Y no sabía que ahora fueras táctica.

Petra hizo un gesto con la mano antes de sacar una vara de Iho de la cajetilla que guardaba en sus pantalones.

- No soy táctica, pero he estado en más batallas que tú- Le dirigió una mirada de suficiencia, orgullosa de su argumento- De eso puedes estar seguro.

Drusus levantó una ceja.

- ¿Y eso?

- Estuve diez años con la Guardia Imperial- Se mordió el labio al darse cuenta de que iba a acabar hablándole de Thorax.

- Interesante- El arbitrador jugueteó con una de las piezas, pasándola entre sus enormes dedos- No sé si eso es algo bueno, Petra. Al menos, no sé si es algo de lo que presumir.

- ¿Servir al Emperador no te parece lo suficientemente digno como para presumir de ello?- Inquirió ella con una sonrisa pícara, sabiendo que le había puesto contra las cuerdas.

- No he querido decir eso- Titubeó Drusus apresuradamente- Me refiero a...las situaciones de combate. El sufrimiento, el miedo, ya sabes.

Petra bajó la mirada y se cruzó de piernas. Le dio una calada a su vara de Iho y se mantuvo en silencio unos segundos antes de suspirar. Estaba acordándose de nuevo de Thorax.

- Creéme, Drusus. No...no tienes que mencionar eso- Carraspeó al notar que se le quebraba la voz- Todo lo que he padecido lo he padecido en Su nombre. No me arrepiento de nada de eso.

- No lo pongo en duda- Le aseguró él- Yo también he sufrido, pero Él siempre nos guía en nuestros pasos. Si nos ocurre algo, es porque El Emperador lo juzga oportuno...

- Entonces he debido hacer cosas horribles- Le interrumpió ella con una risa amarga.

- O quizá pasaste por todo aquello para ser más fuerte. Puede que, de lo contrario, el inquisidor no te hubiera seleccionado como su acólita- Drusus cogió la mano izquierda de Petra y la estrechó con suavidad- Y cualquier otra candidata probablemente no te llegaría ni a la altura de los zapatos.

Petra no pudo contener una sonrisa. Aquella facilidad que tenía el arbitrador para recomfortarla le asombraba. Le besó la mano y se la llevó hasta la cara.

- Supongo- Murmuró mientras él le acariciaba la mejilla con el pulgar.

Dándose cuenta de que el solo mencionar Thorax incomodaba y afectaba a Petra, Drusus buscó otro tema para distraerla. Le pareció irreal que una persona tan fuerte y tenaz como ella pudiera estar tan afectada. No quería ni imaginarse lo que había sido Thorax.

- Y...bueno, siento curiosidad, ¿Cómo fue tu infancia?

Ella abrió los ojos y pareció sonreirle con ellos, agradecida. Los volvió a cerrar.

- Desenfrenada- Su voz indicaba que estaba volviendo a relajarse- No siempre viví en Steria. Nací en Ogygia.

- En Capital- Drusus se lo había imaginado al fijarse en las orejas de la hermana hospitalaria, que eran ligeramente puntiagudas, como las de todos los habitantes de Ogygia- No dejas de impresionarme.

- Empecé a salir de noche muy joven- Siguió ella- Al principio sólo era alcohol, y después empecé a tomar Iho, del que nunca he podido desengancharme. Cuando crecí un poco más empecé a tomar drogas, de todo tipo. En Ogygia había muchas.

- Sí, algo he oído.

- Mis padres trabajaban en uno de los hoteles de la ciudad, así que pasaba sola la mayor parte del tiempo, y podía irme con mis amigos cuando quisiera.

- Déjame adivinar como acaba esto. Un día te pasaste y acabaste en un hospital.

Ella asintió.

- Lo he visto muchas veces en Losnya- Drusus se estremeció cuando Petra le mordió con suavidad el pulgar. Suspiró entrecortadamente por la intensidad, lo que hizo sonreir a Petra- No me digas más, fue por eso por lo que te uniste a tu orden, ¿Cierto?

- Sí. Y después de unirme a la orden estuve trabajando en ese mismo hospital hasta que me enviaron con la Guardia Imperial a...

- No hace falta que sigas- Le cortó él. 

- Supongo que no- Murmuró- ¿Y tú? ¿Cual es tu historia, Drusus?

- Schola Progenium- Contestó él- Hice buenos amigos ahí, pero nos separamos cuando nos asignaron nuestros destinos. Poco más puedo decir. Me casé, enviudé, luchaba a brazo partido cada día contra los criminales y después el inquisidor me encontró.

- Es la versión resumida, espero- Bromeó Petra.

- Si tuviera que relatarte todos los casos que he llevado no acabaríamos hasta llegar a Lachrima- Respondió él con sorna.

Drusus notó como Petra le acariciaba el antebrazo, y sintió una breve punzada de tristeza. La hermana hospitalaria le recordaba tanto a su mujer, que el Emperador la tuviera en su gloria, que cuando la vio por primera vez a veces le parecía ver su rostro en lugar del de Petra. Pero apenas le pasaba ahora, cuando había entablado contacto con ella y la conocía más a fondo. 

Drusus pensaba que ambos eran muy semejantes: los dos eran unos hastiados veteranos que habían visto y padecido demasiado, pero que habían seguido adelante contra todo pronóstico. Notaba que Petra tenía cierta afección nerviosa, pero que apenas daba muestras de ello cuando estaba con él. Drusus también sabía que ella ejercía una influencia benigna sobre él: le devolvía el optimismo.

- Has pasado por muchas cosas tú también- Murmuró Petra. No había sido una pregunta.

- Han merecido la pena.

Ella le miró y sonrió. Se inclinó sobre la mesa para acercarse a él y le besó en la mandíbula. Drusus sintió una sensación de confusión cuando se dio cuenta de que le había besado en la inferior, la biónica, pero lo había disfrutado igual.

- Eres un encanto- Le dijo. Se volvió a sentar y cogió una de las piezas de regicida. Se la pasó de una mano a otra con una sonrisa pícara- ¿Otra partida? Esta vez no seré tan fácil de derrotar.

- Apostemos algo- Drusus empezó a colocar las piezas en su sitio.

- Tengo algunas botellas de amasec y de licor Unrha- Petra le dirigió una mirada cargada de intención- Si gano yo, nos bebemos una, y si ganas tú, nos las bebemos todas.

El arbitrador rió y se inclinó sobre la mesa.

- Vayamos entonces a por la racha de cuatro victorias consecutivas.

++++++++++++++++++++++++++++++++++

La puerta de la sala de entrenamiento se abrió acompañada del susurro de su motor. Irma avanzó y cerró la puerta tras de sí.

- No te has echado atrás- Dijo la voz normalmente grave y sugerente de Miranda, ahora fría y llena de desprecio.

- ¿Lo he hecho alguna vez?- Respondió Irma con el tono más desdeñoso que pudo- Qué quieres.

- Ya lo sabes- Miranda la miró mientras se acercaba a ella- Venganza. Por Silvan.

Irma se llevó las manos a la cabeza, exasperada y ahogó un grito de rabia.

- ¡Trono! ¿Todavía sigues con eso?- Le espetó- ¡Han pasado años, Salazar, años!

- ¡Años que podría haber pasado con él!- Miranda dio un paso hacia adelante, señalándola amenazadoramente.

- ¡Súperalo de una vez! No pudimos llegar antes y pasó lo que pasó, no vas a traerle de nuevo a la vida hagas lo que hagas.

Miranda miró furibunda a Irma, apretando los puños. Estaba sintiendo una intensa frustración que hacía a ún mayor su ira y el odio que sentía hacia la pirata. Si sólo hubieran llegado un minuto antes Silvan y la mayor parte de su antiguo equipo seguirían vivos. Estaba tan cegada por la rabia que no supo qué contestar.

- ¿Y qué querías hacer, de todas formas?- Siguió Irma- ¿Matarme? ¡Ja! Targon te echaría a patadas, y el inquisidor te mataría a ti en cuanto tuviera oportunidad. O espera- La ex pirata fingió una mueca de compasión- ¿Ibas a retarme a un duelo? ¡Súperalo de una vez! Y madura.

Irma se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida, pero Salazar la detuvo agarrándola con fuerza por un hombro. Cuando se volvió, Irma vio que lloraba de ira y frustración.

- ¡Eres una zorra cobarde!

No se lo pensó dos veces. Irma le dio un tremendo cabezazo. Mientras Miranda retrocedía con una mano sobre la nariz rota y sangrante, le agarró del cuello y la lanzó contra el suelo, donde le dio un puñetazo en el estómago que dejó a la mercenaria sin respiración. Le agarró la camiseta con tanta fuerza que le rompió uno de los tirantes, y con la otra mano le sacudió otro puñetazo, este en la cara.

- ¡No me llames cobarde!- Le gritó, acercando su cara hasta quedar a unos milímetros de la suya- ¡Tú eres la única cobarde aquí! ¡Eres incapaz de admitir la puta realidad y seguir adelante!

- ¡Te odio!- El grito de Miranda estuvo acompañado por un hililo de sangre y lágrimas que manchó la barbilla de Irma.

La ex pirata preparó otro puñetazo, pero Salazar la apartó de una patada y se levantó. Aprovechando el momento de confusión, le dio un tremendo derechazo a Irma, que se tambaleó con el labio inferior sangrando. Un gancho y un golpe en la sien con el codo siguieron al primer puñetazo, y después Miranda le propinó un rodillazo en la cara que podría haberla dejado sin sentido. Pero Irma no era tan fácil de noquear.

- ¡Eres estúpida!- Exclamó Irma tras parar un puñetazo- ¿No entiendes que no podíamos ayudaros antes?

Miranda no respondió. Agarró a Irma del brazo derecho cuando intentó devolverle el golpe y apoyó su hombro bajo la axila de la ex-pirata. La lanzó por encima de su cabeza y cayó pesadamente, soltando el aire de golpe con un gemido de dolor. Le dio la vuelta con una patada y levantó un puño para darle un golpe en la tráquea, pero Irma lo esquivó rodando hacia un lado y le dio una patada en el vientre con ambas piernas, haciéndola retroceder. 

- Se acabó- Gruñó Irma, desenfundando su cuchillo de combate- Te voy a matar.

Miranda se quedó paralizada por el pánico durante un segundo, pero todo rastro de temor desapareció cuando contempló la situación con realismo: ella estaba entrenada para luchar desarmada. Irma se cargó hacia adelante con rapidez, pero Salazar se echó a un lado para esquivar el ataque y le golpeó en la espalda con el canto de la mano, logrando un grito de dolor de la ex-pirata.

Adoptó una postura de guardia y provocó a Irma haciendo señas para que se acercase. Ella lanzó una estocada demasiado veloz como para que Miranda pudiera esquivarla del todo, y la hoja de metal se hundió unos centímetros en su hombro derecho. La mercenaria chilló y le arrebató el cuchillo a Irma de una patada. El arma cayó en la otra punta de la sala de entrenamiento con un tintineo.

Las dos echaron a correr hacia el cuchillo al mismo tiempo, golpeándose y chocándose para ralentizar y herir a la otra, pero Miranda fue más rápida y se agachó antes que Irma para agarrar el arma, con el que lanzó un tajo después que la ex-pirata esquivó por muy poco.

Pero no pudo esquivar el siguiente ataque, y el pomo del cuchillo golpeó con fuerza la sien de Irma, lanzándola al suelo aturdida. Miranda la agarró del pie meintras ella intentaba arrastrarse lejos de ella, y levantó el cuchillo de combate.

- Saluda a Silvan de mi parte, perra del infierno.

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Hankak se despertó de golpe, sobresaltado. Se incorporó, jadeando violentamente, y se dio cuenta de que estaba sudando profusamente. Apartó las sábanas de sí y se levantó de la cama para entrar en el baño y lavarse la cara. Ya algo más despejado, mirando su cansado reflejo en el espejo, se dio cuenta de que Irma no estaba en la habitación. Frunció el ceño. Era algo extraño.

Caminó hasta el escritorio, se puso unos pantalones y una camisa y salió de la habitación para buscarla. Pensó que lo más normal sería encontrarla en la sala de entrenamiento, ya que solía frecuentarla. 

Hacía un calor extraño y agobiante, pero rápidamente se dio cuenta de que era él y no el ambiente de los pasillos del Xyphos. Aquel sueño...No estaba seguro de lo que había sido, ni siquiera recordaba nada, pero debía haber sido horrible para despertarse de aquella manera. Aún temblaba.

Algo le vino a la cabeza de repente. Lorgen le había contado historias sobre cómo algunos psíquicos (entre los cuales se incluía) empezaban a manifestar sus poderes: tenían sueños premonitorios. Aquello le preocupó, pero la posibilidad de que fuera exactamente eso era casi nula. Lo más lógico y probable era que hubiera sido una simple pesadilla, pero Hankak no podía quitárselo de la cabeza. Más tarde hablaría con Lorgen.

Llegó frente a la sala de entrenamiento. La puerta estaba cerrada, pero la luz indicaba que había alguien dentro.

- Debe ser Irma- Pensó, aliviado, mientras abría la puerta.

Pero la sensación de alivio duró poco. Vio a Irma, cierto...pero en el suelo, forcejeando con la teniente Salazar. Un segundo más tarde, mientras intentaba asimilar aquello, se percató de que Miranda estaba armada y que ambas estaban heridas.

- ¡Eh!- Gritó todo lo alto que pudo mientras avanzaba hacia ellas a zancadas.

La teniente se volvió, pálida y con el miedo impreso en el rostro. Irma aprovechó esto para zafarse de ella y tumbarla de un puñetazo en la barbilla. Una vez cayó al suelo, le dio una patada en la cara con todas sus fuerzas y echó a andar hacia la salida todo lo rápido que pudo. Su rostro era pura ira, y Hankak también percibió el miedo.

- Irma...- Dijo, pero ella pasó de largo.

- Hablaremos luego- Logró articular ella antes de desaparecer.

Hankak la miró mientras salía de la sala de entrenamiento, preguntándose qué demonios había pasado, y después fue hacia Miranda, que estaba tendida en el suelo, temblando y respirando con dificultad. Tenía una fea herida en el hombro derecho, de la que manaba sangre. También tenía la nariz rota, y el labio inferior reventado, aparte de cortes y contusiones prácticamente por todo su cuerpo. Se arrodilló a su lado.

- Teniente, ¿Qué siete infiernos ha pasado aquí?

Miranda no le respondió inmediatamente. Tosió y se incorporó, intentando hacer un saludo que apenas pudo acabar.

- Mi señor...- Jadeó- Nos peleamos, intentó matarme...

- Y luego la intentaste matar tú- Le cortó Hankak con tono severo.

- Era en defensa propia. Si va a matarme...- Apretó los dientes- Que sea rápido.

- No voy a matarte. Pero explícame lo que ha pasado. Y de mientras voy a ver si detengo el sangrado de tu herida- Sacó un pañuelo de su pantalón y empezó a presionar con él sobre la herida.

Esperó a que la teniente recuperase el aliento mientras se ocupaba de ella. Cuando empezó a hablar, lo hizo en voz baja, y tosía de vez en cuando.

- La cité aquí. Estaba furiosa y quería retarla a un duelo. Se nos fue de las manos y acabamos peleando. Ella sacó su cuchillo...y el resto lo ha visto con sus propios ojos.

- ¿Y porqué querías retarla?- Hankak sabía algo de una enemistad entre ellas dos, pero ignoraba porqué existía exactamente. Tampoco le había dado importancia hasta aquel momento, lo que le hizo sentirse culpable en cierto modo.

- Es...una larga historia.

- Resúmela entonces.

- De acuerdo- Miranda tomó aire cansinamente- Ocurrió hace unos años. Unos piratas nos atacaron mientras negociábamos un pago con Irma y su banda. Atacaron la Xyphos, así que la defendí junto a mis hombres. Mi...amante murió junto a la mayoría de mi equipo, y un minuto después llegó Irma con sus hombres. 

- Y desde entonces le has estado echando la culpa por la muerte de tus hombres y tu amante, ¿Cierto?- Se adelantó el inquisidor.

- Sí, señor.

- Permíteme decirte entonces que es una estupidez- Hankak usó el pañuelo como venda y lo apretó lo más fuerte que pudo- Algo los debió de retener. No tiene sentido que les dejase morir así como así.

- Pero si hubiera llegado antes...- Protestó ella.

- Ellos están muertos, y no hay nada que hacer- El inquisidor la miró a los ojos con gravedad- Olvida esta tontería. Y es una orden.

- Sí, mi señor- Murmuró Miranda.

Hankak se levantó y se sacudió las manos.

- Sólo he detenido la hemorragia, deberías ir a ver al cirujano de la nave- Recomendó.

- Ahora mismo- La teniente se encogió sobre sí misma y dijo, con voz quebrada- Sólo necesito un momento para pensar.

El inquisidor asintió y salió de la sala de entrenamiento, no sin antes oír como Miranda rompía en sollozos.

++++++++++++++++++++++++++

Hankak entró en su habitación con cuidado, aún confundido por lo que había ocurrido. No sabía si montar en cólera, dejarlo estar o castigar tanto a su acólita como a la teniente de abordaje. Optó por tranquilizarse. 

- ¿Irma?- Dijo, en voz baja al entrar.

La luz del cuarto de baño estaba encendida, y la puerta abierta. Oyó el murmullo del agua correr por el grifo del lavabo. Se asomó, y vio a Irma lavándose las heridas con una gasa empapada en agua y desinfectantes.

- Irma...- Hankak se acercó y alargó una mano para apoyarla sobre su hombro, pero ella se apartó bruscamente.

- Ah, eres tú- Irma sacudió la cabeza lentamente y volvió a donde estaba antes- Perdona. Aún estoy...nerviosa.

- ¿Qué pasó?- El inquisidor se colocó a su lado y cogió él una gasa- Ven, déjame a mí.

- Miranda- Empezó ella mientras Hankak le limpiaba las heridas- Nos conocemos de hace muchos años, y aún me culpa de la muerte de sus hombres...y de su amante.

- Prosigue- Asintió Hankak con serenidad.

- Ocurrió hace unos años. Unos piratas les asaltaron, y para cuando llegué con mis muchachos, habían matado a casi todo el equipo de Miranda. Desde entonces me ha estado echando la culpa a mí, y me odia. Lo cual es absurdo.

- Lo sé, ya me lo ha contado ella- Hankak apartó la gasa de la herida que estaba desinfectando cuando Irma contrajo el rostro en un gesto de dolor. Volvió a la tarea con más cuidado- Lo que quiero saber es lo que ha pasado hoy.

- Me retó a un duelo. Le dije que era una estupidez y estaba a punto de irme cuando me insultó...y entonces, bueno, se me fue de las manos.

- La atacaste con un cuchillo. 

- Sí.

Hankak le indicó que se diera la vuelta para ocuparse de las heridas del otro lado de la cara. Suspiró.

- Tienes que controlarte. La próxima vez podría no estar ahí para ayudarte.

- Ya lo sé- Gruñó ella.

- De todas formas no te preocupes más por Miranda. He hablado con ella, y creo que le ha llegado el mensaje.

- No deberías haber hecho eso- Irma se giró bruscamente para mirarle a la cara.

Hankak levantó una ceja, interrogante. Aquella reacción era lo último que se esperaba. Le puso una mano en la barbilla y le giró la cara de nuevo con suavidad para seguir ocupándose de los cortes y golpes. 

- Son mis asuntos. No tienes que meterte en ellos- Protestó Irma obstinadamente.

- Aceptaste mi mando- Respondió Hankak con tono tranquilo pero autoritario- Puedo intervenir en cualquier problema que tengan mis acólitos. Lo he hecho para ayudarte, no para hacerte daño ni insultarte.

- No acepté tu mando. Acepté ir contigo y luchar junto a ti- Irma parecía a punto de llorar. Hankak no sabía si de rabia o de frustración.

- Tranquila. No tiembles tanto- El inquisidor apoyó una mano sobre el hombro de la ex pirata- No te estoy echando nada en cara.

- ¡Lo sé! Yo sólo te estoy diciendo que no estoy bajo tu mando.

- No voy a poder contigo, ¿Eh?- Suspiró Hankak.

- No tienes que poder conmigo- Irma le miró por el rabillo del ojo, aún ceñuda- Sólo comprender que voy contigo porque así lo quiero, y que podría desaparecer en cualquier momento.

- ¿Serías capaz de irte?- Hankak planteó la pregunta con voz seria y cierta preocupación en su tono.

Ella no dijo nada.

- Respóndeme.

- Que no se te suba a la cabeza- Dijo tras unos segundos. Hankak comprendió que aquello era un no, pero Irma era demasiado arrogante y orgullosa para decirlo directamente.

Acabó de desinfectar y limpiar la última herida, lanzó la gasa a la papelera y echó un vistazo a la cara de Irma para asegurarse de que no se había dejado nada. Ella desviaba la mirada, avergonzada.

- Ya estás- Le puso una mano en la mejilla y ella se volvió para mirarle a los ojos- Incluso con todas esas heridas sigues siendo hermosa.

Irma le apartó la mano y salió del cuarto de baño.

- Déjate de piropos cursis- Se metió en la cama y se cubrió hasta la cabeza con la manta- No me molestes, necesito dormir.

- Que descanses- Le deseó Hankak, rascándose la cabeza, sin comprender del todo la conducta de Irma.

Ella no respondió. El inquisidor se dio la vuelta y salió de la habitación, habiendo perdido las ganas de dormir. Se preguntó qué demonios podría hacer mientras caminaba por los pasillos del Xyphos. Descartó ir a la sala de entrenamiento, ya que Miranda podría seguir ahí, y Hankak no quería volver a saber del asunto. Además, alguien tendría que limpiar las manchas de sangre.

Pensó en ir a hablar con Iridia. La tecnosacerdotisa se encontraría en la sala de máquinas casi sin lugar a dudas, muy probablemente trabajando. Hankak no sabía exactamente con cuanta frecuencia dormía, pero se figuraba que no era muy a menudo.

Entró en el ascensor y esperó a que lo transportara hasta el nivel de ingeniería. No le gustaba aquel lugar. Hacía un calor intenso y agobiante, y los pasillos repletos de cables y tuberías le causaban claustrofobia. La poca luz que había era de un tono rojizo, lo que no contribuía a una buena impresión del lugar.

Al salir del elevador, se pasó una mano por el pelo, húmedo por el vapor de los pasillos del nivel de ingeniería y por el sudor. Las botas repiquetearon insistenemente contra la rejilla metálica del suelo mientras se acercaba al lugar donde Iridia solía trabajar. Sin embargo, oyó risas y susurros antes de llegar. 

- No, no sueltes el humo. Aspíralo- Era la voz de Jean, y parecía divertido.

- No me sale- Respondía Iridia.

- Sigue intentándolo, no te agobies. Aún me quedan otras dos cajetillas- Rió él.

Hankak se apoyó contra la pared. ¿Jean estaba enseñándola a fumar? Aquello no le gustaba. Iridia era diferente en cierto modo a todos los miembros del Adeptus Mechanicus que Hankak conocía, y siempre había temido que aquello pudiera causarla problemas. El Adeptus Mechanicus podría despreciarla, o peor aún, tomarla como hereje.

El guardia imperial podía ser una mala influencia para Iridia en ese sentido. Y Hankak era perfectamente consciente de la fama que tenía el 101º Skiano. No le importaba que ambos estrechasen lazos, si así lo querían, pero debía hablar con Jean para dejarle claro que hay ciertos límites que no debería transgredir. 

Decidió que aquella conversación no era asunto suyo y volvió al ascensor lo más sigilosamente que pudo. Una vez dentro, se pasó la mano derecha por la cara, cansado, pero no lo suficiente como para volver a la cama. Pensó en ir a la sala de prácticas de tiro, pero era probable que hubiera alguien, y en esos momentos lo único que quería era estar solo y relajarse. Irma no estaba de humor como para pasar el rato con ella, así que se le ocurrió ir a uno de los miradores de la cubierta y leer. Había encontrado un ejemplar de ¿Thorax? ¡Soy demasiado joven para morir!, un libro que contaba las experiencias del autor y su unidad durante la Guerra de Thorax. Era famoso por el humor y la cercanía con la que el escritor narraba la historia, a pesar de tratar un tema tan delicado como la sanguinaria y larga Guerra de Thorax.

Llegó a la cubierta de la tripulación y fue hacia su habitación. Abrió la puerta y se encontró a Irma fuera de la cama, desatando una lluvia de puñetazos sobre el saco de boxeo que Hankak había colgado en un rincón.

- Vaya- Dijo él mientras caminaba hacia el escritorio- Pensé que estarías durmiendo.

- No puedo- Contestó ella, y le dio un rápido derechazo al saco de boxeo, que tembló.

- ¿Aún nerviosa?- Hankak no quiso acercarse demasiado, sabía lo temperamental que era Irma, y no sería raro que el siguiente golpe estuviera dirigido a él.

Ella dio un último puñetazo al saco de boxeo y se volvió hacia el inquisidor. 

- ¿Qué demonios me pasa?- Gruñó, apretando los puños- Nunca, nunca he estado tan nerviosa después de una pelea.

- Quizá es porque ha sido algo repentino- Se encogió de hombros él- Y porque ha estado a punto de matarte.

- Tiene sentido- Se dio la vuelta y descargó otro puñetazo sobre el saco de boxeo, que se balanceó- Pero he estado a punto de morir varias veces, y no es la primera vez que me atacan por sorpresa, y ni siquiera...

Hankak la interrumpió con un fuerte abrazo que la cogió por sorpresa. Ella le devolvió el abrazo tras la sorpresa inicial y apoyó la cabeza en su pecho.

- Deja de romperte la cabeza- Susurró él, e hizo una mueca al darse cuenta de que acababa de empaparse la camisa en sudor.

- Gracias.

- Iba a ir al observatorio, a leer, pero si quieres que me quede contigo...

- No- Negó ella- No me malinterpretes. Necesito tiempo a solas con el saco de boxeo.

- Como quieras.

Hankak le besó la frente, recogió el libro del escritorio y se dispuso a salir de la habitación cuando la voz de Irma le retuvo.

- Espera.

Él se volvió, levantando una ceja, pero ella tardó en contestar. Parecía estar pensando detenidamente sus siguientes palabras. 

- Ten cuidado, eh.

Hankak sonrió. Conocía lo suficiente a Irma como para saber que aquello era una muestra de afecto.

- Como de costumbre- Dijo antes de cerrar la puerta.

+++++++++++++++++++++++++++++++++

- ¿Inquisidor? Responda, señor.

La voz de Lorgen despertó a Hankak, que se incorporó con tanta rapidez que se mareó. Tenía la boca seca, e intuyó que se había quedado dormido con ella abierta. La humedeció con la lengua e hizo lo mismo con los labios para poder responder, aunque aún no estaba muy seguro de lo que estaba pasando.

Miró el libro que tenía en el regazo. El ejemplar de ¿Thorax? ¡Soy demasiado joven para morir! estaba abierto por la página ciento diecisiete. Recordaba vagamente lo que había leído durante la noche. Le había gustado el libro. Tenía la cantidad justa de humor negro, abundante humor irónico y algunos chistes verdes, todo ello con un intenso y brutal conflicto de fondo. No le extrañó que hubiera sido tan famoso tras su publicación.

- ¿Sí?- Farfulló apresuradamente mientras se llevaba el microcomunicador al oído- ¿Lorgen?

- Señor, ¿Interrumpo algo?

- No. ¿Qué ocurre?

- He recibido un mensaje del astrópata de Lady Tarieni- El tono del anciano psíquico reflejaba su cansancio.

- No.

- ¿Disculpe, señor?

Hankak parpadeó, perplejo. ¿Qué demonios le ocurría ahora a la inquisidora? No quería tener que tratar con los del Malleus más de lo necesario.

- No, no he dicho nada. Procede, Lorgen.

- Es...algo que debería hablarse cara a cara. De hecho, si me lo permite, prefiero entregarle el documento. 

- Claro- Hankak se frotó los ojos- Voy.

- Recibido, inquisidor.

Lorgen cortó la transmisión y Hankak dejó el libro sobre la barandilla del observatorio, con la esquina superior derecha de la página en la que se había quedado doblada. Frunció el ceño mientras entraba en el elevador. Aquello parecían problemas. Y si Lorgen no quería hablar directamente de ello...debían ser problemas graves. Muy graves.

El ascensor le llevó de vuelta a la cubierta de la tripulación y el inquisidor se dirigió con paso apresurado hacia la habitación del psíquico. Estaba nervioso, y tenía miedo de lo que pudiera estar ocurriendo, pero había sido entrenado para controlar sus emociones y obligarlas a trabajar para él, y no para estorbarle. Convirtió así los nervios en impaciencia y el miedo en determinación, y llamó a la puerta de Lorgen, que le abrió pasados unos segundos.

- Inquisidor...- Lorgen le tendió un pergamino que él mismo había escrito- Aquí tiene.

- Gracias, Lorgen.

Hankak tomó el pergaminó, lo desenrolló y empezó a leerlo. Silvia le estaba dando un informe de la situación actual del sub-sector, detallada y contrastada. Pintaba mal. Las tropas tau y seccesionistas habían atacado varios mundos, y se había perdido el contacto con otros tantos. Hankak no podía esperar a empezar a ser realmente de ayuda. Se guardó el pergamino y le dio las gracias a Lorgen, que asintió, algo tembloroso.

- Descansa, Lorgen. En un día llegaremos a Lachrima.

- Ah, sobre eso, señor...- Empezó, pero no siguió- Entendido, inquisidor.

- Dilo, Lorgen. Tranquilo.

- Prefiero hablar de eso una vez hayamos llegado a Lachrima, mi señor, si me lo permitís.

Hankak asintió.

- Claro- Se dispuso a salir, pero en el último momento se acordó del extraño episodio de la noche anterior- Oye, Lorgen.

- ¿Mi señor?

- Ayer tuve una premonición. Creo. Me desperté con la sensación de que algo iba mal...y en efecto, así era. ¿Crees que tiene algo que ver con...fenómenos psíquicos?

Lorgen levantó una ceja, extrañado. Con la capucha puesta, Hankak tampoco pudo advertir la sonrisa divertida del anciano.

- No lo creo. Probablemente sólo fuera una coincidencia, mi señor. No detecto potencial psíquico en usted- Carraspeó cuando notó que la garganta empezaba a secársele- Además, de haber sido un psíquico, su antecesor lo hubiera detectado, señor.

- Es cierto. Sólo quería despejar las dudas. Gracias, Lorgen. Eres de gran utilidad, como siempre.

- Sólo hago mi trabajo, inquisidor.

++++++++++++++++++++++++++++++++

Iridia se estremeció por tercera vez al pensar de nuevo en lo que se había dispuesto a hacer, y en cómo se lo iba a explicar al inquisidor. Necesitaba su ayuda y aprobación para comenzar su nueva vida. No quería imaginarse cómo sería, pero sentía la necesidad de empezar de cero. Se descubrió maldiciéndose a sí misma por tener aquella clase de pensamientos, que casi rozaban lo herético.

Suplicó perdón mentalmente al Dios Máquina mientras llamaba a la puerta del camarote del inquisidor. Esperó varios segundos, pero nadie abrió. Llamó de nuevo, con insistencia. Una voz femenina masculló algo confuso al otro lado. Sin prestar atención a la protesta, Iridia golpeó sus nudillos de nuevo contra la puerta metálica. 

Pasados unos segundos la puerta se abrió, apareciendo tras ella Irma. Por su rostro Iridia intuyó que había estado durmiendo, y que no estaba de buen humor. Tenía vendajes y heridas recientes. Iridia se preguntó un una confusa fracción de segundo si Hankak la había agredido, pero lo descartó. Sabía que ella y el inquisidor eran amantes, y conocía lo suficiente a Hankak como para saber que él no le haría daño a ningún otro ser humano sin tener una buena razón.

- ¿Qué quieres?- Farfulló Irma. Olía a sangre y a sudor seco.

- Necesitas una ducha- Contestó la scintilliana, impasible. Por un momento, se olvidó de lo que había ido a hacer.

Irma gruñó y agarró de la túnica a Iridia, tirando hacia arriba y obligándola a ponerse de puntillas. La tecnosacerdotisa arrugó la nariz al percibir más de cerca el olor a sangre de la ex pirata. Hankak se merecía algo mejor, definitivamente.

- No me gustas- Masculló Irma, pegando su cara a la de Iridia, que la observaba con pasividad- Más te vale no haberme despertado sólo para decirme que necesito una ducha.

Iridia frunció el ceño. Sintió ira, y de una manera nueva para ella. Le gustó, en un extraño modo. Aquel fuego que le abrasaba las entrañas le hizo sentirse más humana que nunca. Apretó los dientes y agarró con firmeza la muñeca de Irma, que dejó escapar un gruñido de dolor cuando los dedos metálicos de la prótesis empezaron a apretar demasiado fuerte. 

- Tú tampoco me gustas- Dijo, deleitándose con lo amenazadora que le pareció su voz en aquel momento. 

Irma se zafó, y a Iridia le pareció que adoptaba una postura de defensa, más asustada por su reacción que dispuesta a devolver el golpe. Sin embargo, Iridia ya había dicho todo lo que opinaba sobre ella, así que relajó su tono y dio por zanjado el encontronazo.

- Quiero hablar con el inquisidor- Solicitó.

Irma parpadeó, perpleja por el cambio en la actitud de la tecnosacerdotisa. Está loca. La maldita tecnoperra está loca

- No está aquí- Tartamudeó. Carraspeó y se recompuso- Ve a buscarle a otro sitio.

Y cerró la puerta en las narices de Iridia. Ella levantó una ceja, molesta. Odiaba aquel gesto en particular. Movida por la influencia de Jean y sus bromas, no pudo reprimir dejarle un último mensaje a la ex pirata antes de irse.

- ¡Y dúchate!- Exclamó mientras se alejaba.

Al doblar la esquina, aún pensando dónde podría encontrarse Hankak, se encontró con él en la otra punta del pasillo. Volvía a paso lento, algo cansado, masajeándose el cuello. Iridia agradeció su suerte mientras echaba a andar hacia él. Llamó su atención con un gesto.

- Buenas noches, Iridia- Saludó él. Efectivamente, su tono de voz reflejaba el mismo cansancio que sus movimientos- ¿No estabas con Jean?

- Sí- Asintió ella- Pero estaba ebrio e intentó quitarme la túnica. Lo acompañé a su camarote.

Hankak mostró una expresión confusa y sorprendida que a Iridia se le antojó graciosa, pero se puso serio de inmediato.

- Oye, Iridia- Murmuró- No deberías pasar tanto tiempo con él. No me parece una mala persona, pero no creo que sea buena compañía para ti. 

Ella se encogió de hombros.

- Ya sé como es, Hankak. Es un fanfarrón, y un granuja, pero es buen hombre. Me gusta.

El inquisidor suspiró y se pasó una mano por el cabello.

- Como quieras. Simplemente procura que no te pegue ninguna mala costumbre.

- Claro- Asintió la scintilliana- Y ahora me gustaría hablar con usted de algo importante.

- ¿Es algo grave? Estoy muy cansado, así que, si no lo es, preferiría discutirlo en unas horas- Hanak se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared.

- No quisiera esperar- Replicó ella.

- Te escucho entonces- El inquisidor bostezó.

- Excelente. Informe al Mechanicum de que he muerto.

Hankak se la quedó mirando unos segundos, procesando la información. Después negó lentamente con la cabeza.

- Aléjate de Jean, maldita sea- Dijo, antes de separarse de la pared con aire cansino.

- ¡No!- Iridia obligó al inquisidor a apoyarse de nuevo contra la pared. Carraspeó al darse cuenta de que había gritado- No es por él. No directamente.

- ¿Qué demonios tienes en mente, Iridia?- Suspiró él.

- Me he dado cuenta de que no quiero servir al Dios Máquina de esta manera- Explicó ella, intentando sonar tranquila para no alterar al inquisidor con su idea, que cada vez le parecía más disparatada- Quiero vivir otra vida, de otra forma. Seguiré sirviendo al Dios Máquina y a usted, por supuesto. 

- ¿Cuánto has bebido, Iridia?- Respondió Hankak tras otra pausa- Cada uno tiene lo que el Emperador juzga oportuno. Y punto.

- Y yo le tengo a usted para poder cambiar mi vida- Contraatacó ella. Hankak reprimió una sonrisa frente a la rápida respuesta de la tecnosacerdotisa- Usted siempre dice que los cambios son buenos, que el cambio es progreso...

- No tergiverses, Iridia- Cortó él- Pero no sigas. Ya sé por dónde quieres ir.

- ¿Y bien?

- Explícame cómo quieres vivir, y quizá mi negativa no sea demasiado rotunda.

Ella desplazó su peso de un pie a otro. Hankak se fijó en que ladeaba un poco la cabeza al hablar, y aquello era nuevo.

- Diga que me reclutó en Lachrima. Serviré de mecánica, como ahora. 

- ¿Y respecto a tu nueva identidad, qué? ¿No tienes un localizador o un identificador o algo?

- No. Es algo normal en el Mechanicus, pero algunos no tenemos. Los detalles sobre mi nueva identidad los pensaré más adelante. 

Hankak se pasó una mano por la cara, sin poder creer lo que estaba oyendo. Era algo absurdo.

- ¿Y el resto del séquito qué? 

- Se lo haremos saber- Se encogió de hombros ella, sencillamente.

- Yo...- Hankak sacudió la cabeza, sin creer lo que estaba a punto de decir- Me lo pensaré. Sabes que si te pillan te convertirán en un servidor, o algo peor, ¿Verdad?

Iridia asintió. Ya había pensado en los riesgos, pero no le importaban. Quería ser humana a toda costa, aún a pesar de ser consciente de que podía considerarse un acto de herejía. 

- Mañana probablemente desembarquemos en Lachrima. Hazte con ropa nueva o...yo qué sé, Iridia. Búscate la vida - Hankak se despidió y volvió a su camarote, aún algo confuso.

La tecnosacerdotisa sonrió y se despidió de él con la mano. Antes de que el inquisidor desapareciera por la esquina, ella murmuró:

- Puedes llamarme Mara.

Capítulo seis. LachrimaEditar

- Inquisidor, hemos sido autorizados a desembarcar en Lachrima.

- Excelente, Targon. Les ha llevado un rato, ¿Ha habido alguna complicación?

- Nos han confundido con piratas, señor. Una fragata casi ha abierto fuego contra nosotros. Nada a lo que no estemos acostumbrados ya.

Hankak rió mientras Targon se despedía y cortaba la transmisión. El inquisidor se volvió y cambió la frecuencia a la privada del séquito.

- Despega, Irma.

- Recibido.

La compuerta trasera de la lanzadera Arvus se cerró con el murmullo mecánico del motor mientras los propulsores de la aeronave empezaban a activarse. Mientras la lanzadera despegaba, Hankak se sentó en el compartimento de carga y ató su cinturón de seguridad. 

- Si tenéis armas encima, dejadlas en la nave- Ordenó a su séquito. 

Ellos le miraron, confundidos.

- Están prohíbidas en Lachrima- Explicó- Sólo los Lachrimae están autorizados a tener armas. 

- Pero usted es un inquisidor, ¿No puede ser una excepción?- Aventuró Jean, poco deseoso de deshacerse de sus armas.

- Respeto las costumbres de los lugares a los que voy, a menos que sea necesario ignorarlas. No hay peligro en Lachrima, así que no hay necesidad de llevar armas.

- ¿Ni siquiera una Wingman?- Imploró el skiano.

Hankak negó con la cabeza, y el guardia imperial se hundió en su asiento. Los acólitos se deshicieron de sus armas y las dejaron en el interior de un baúl presurizado que había en el interior del compartimento de carga. Drusus ahogó una risita cuando vio todas las armas que Jean llevaba encima.

- Tengo que ocuparme en persona de algunos asuntos- Hizo saber el inquisidor- Tenéis vía libre mientras esté ocupado, pero no os metáis en líos. Lachrima es un mundo pacífico, y personalmente siento un gran cariño por él. Si alguien causa problemas ahí abajo, tomaré medidas.

Los acólitos asintieron. Jean dejó escapar un largo y lastimero suspiro. Había esperado tener que pasar, como mínimo, por un tiroteo. Comenzaba a odiar aquel mundo sagrado.

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El espaciopuerto de Adrastópolis era muy diferente a los otros espaciopuertos que Hankak había visitado. Era una colosal estación-catedral de sillería clara e impoluta. Grandes e impresionantes bóvedas se alzaban cientos de metros sobre sus cabezas, decoradas con vidrieras de vivos colores y grandes antorchas de promethium, tan grandes como una persona.

De las paredes sobresalían gigantescas esculturas de oro que representaban al santo patrón de Namether, San Adrastos y a otras figuras famosas del sector. Una estatua de apabullante tamaño del Emperador se encontraba en el centro del lugar. Miles de sellos de pureza, rollos de pergamino, velas aromáticas y sencillas ofrendas se encontraban a los pies del pedestal de obsidiana, decorado con aquilas doradas. 

Había varios niveles de plataformas y puentes, de los cuales pendían largas tiras de pergamino con oraciones del Culto Imperial y cintas rojas del culto a San Adrastos. Los arcos de entrada eran tan grandes y majestuosos que quitaban la respiración, y sus dinteles estaban tallados con frases devocionales y hermosas representaciones religiosas. 

Miles de personas se movían en aquel lugar. Ni siquiera los rugidos de los motores de las lanzaderas y el rechinar de los mecanismos de las grúas súper pesadas eran capaces de ahogar el murmullo colectivo. Al igual que en cualquier otro espaciopuerto, los vendedores ambulantes se instalaban en pequeños mercadillos y puestos, o iban de un lado a otro anunciando sus productos y cargando con carritos. 

El desagradable olor del combustible quedaba eclipsado por el fragante olor de las velas aromáticas y los pebeteros de incienso y el sabroso aroma de la comida cocinándose en los puestos de mercaderes. A Hankak le encantaba aquel olor; la carne de syran asándose, las salchichas picantes de aslón bullendo en las grandes sartenes, el dulzón y exótico perfume de las furtas lachrimanas, la madera aromática de suco crepitando en los fogones y hornos...

Aquel era un ambiente bullicioso, aunque agradable y casi idílico. Sólo las armaduras carmesíes de los Lachrimae y el dorado de sus máscaras rompían aquel pacífico panorama. Sin embargo, dado que estaban tan quietos y solemnes como las maravillosas estatuas del espaciopuerto, era casi inconsciente ignorar su presencia una vez pasado un tiempo.

Hankak se fijó en un puesto de considerable tamaño en el que se había instalado un gran horno de piedra. El encargado del puesto estaba sacando en esos momentos una serie de hogazas de pan y bollos recién hechos mediante una amplia pala de madera mientras su esposa servía a los peregrinos y viajeros, que esperaban ansiosos su comida. El inquisidor notó como empezaba a salivar cuando el olor del pan recién hecho llegó a sus fosas nasales. Sentía especial debilidad por las hogazas de pan crujiente especiado, algo que, por desgracia para él, era casi exclusivo de Lachrima. 

Echó una mirada de soslayo al puesto al pasar de largo y decidió que comprar una hogaza de pan crujiente especiado -y quizá unas salchichas picantes de aslón- no lo retrasaría demasiado. Se volvió hacia su séquito.

- Bien, escuchadme todos- Llamó la atención de sus subordinados con un gesto- Tengo asuntos que atender, así que iré por mi cuenta a partir de ahora. Mantened los comunicadores activados, y tened en cuenta lo que os he dicho.

Ellos asintieron y se dispersaron charlando entre ellos, excepto Irma y Lorgen, que se dirigieron hacia él. El psíquico miró a la mujer, y ella a él, extrañados los dos. Finalmente Lorgen cedió la palabra a Irma con un respetuoso gesto. Ella asintió con agradecimiento.

- ¿Puedo ir contigo?- Solicitó. Se rascó un brazo con cierto aire nervioso- No...no tengo ganas de estar sola.

Hankak sopesó la petición durante un segundo. Pensó que no sería muy bueno para su imagen que su acólita lo viera en una situación tan cotidiana como lo era comprar comida en un puesto, así que negó con la cabeza. De todas formas prefería comer a solas. Odiaba compartir el pan crujiente especiado. 

- Lo siento, Irma. Asuntos de la Inquisición- Mintió a medias.

- ¿Acaso no formo parte de ella?- Replicó la ex pirata, frunciendo el ceño.

- Asuntos personales, maldita sea- Hankak dio cierto matiz amenazador a su respuesta para evitar una posible protesta por parte de Irma- Luego te enseñaré la ciudad si quieres.

Ella suspiró.

- De acuerdo. Esperaré en la lanzadera.

Mientras se marchaba, Lorgen dio un paso adelante. El inquisidor le invitó a hablar levantando una ceja.

- Mi señor, hay una cosa de la que debo hablarle.

- ¿Lo del otro día? Adelante, Lorgen. Te escucho.

El anciano psíquico tragó saliva y apartó la mirada durante un segundo. A Hankak le empezó a dar mala espina aquello.

- He tenido sueños, inquisidor. Recuerdos, memorias pasadas que consideraba perdidas...- Empezó- Usted me habló de sueños premonitorios, mi señor. Bien pues...yo creo que esos eran una señal.

- ¿De qué, Lorgen?- Hankak posó una mano sobre el hombro del anciano- ¿Te encuentras bien?

Él apartó la mirada de nuevo. Cuando miró a Hankak a los ojos, éste se estremeció al ver los del anciano, grises y apagados.

- Mi señor, yo...

- ¡Se acaban las hogazas de crujiente especiado!- Avisó a voces el encargado del puesto.

- ¡Tairones chasqueantes!- Maldijo en voz alta el inquisidor al mismo tiempo que se volvía hacia el puesto. Miró a Lorgen y le pidió perdón con la mirada- Debo irme, Lorgen, lo siento. Me temo que me queda poco tiempo, y tengo prisa.

- Claro, mi señor- Hankak juró que el psíquico había suspirado de alivio- Se lo contaré más tarde. Que aproveche.

- Oh, Lorgen, no voy a...- Empezó a protestar Hankak, intentando defenderse- Da igual. Gracias.

Y echó a correr hacia la panadería bajo la vacía mirada de Lorgen, que se quedó contemplando como se alejaba, inmóvil.

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Irma había regresado a la lanzadera.

La ciudad estaba llena de gente. Mirara donde mirase había peregrinos y clérigos, mercaderes y civiles vestidos con sobrias túnicas ocupando todos y cada uno de los rincones de las calles. A pesar de que no era la multitud más bulliciosa que había conocido, la agobiaba demasiado.

El encargo estaba acabando con ella. Hacía que todo lo que la rodeaba fuera molesto, que todo la irritase.

Se ovilló en su asiento de la lanzadera y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a gruñir para liberarse de la tensión y el agobio. Sus gruñidos se convirtieron en gritos de impotencia cada vez más altos hasta que empezó a oír un pitido en uno de los bolsillos de su abrigo.

Temblando y jadeando por la intensidad emocional del momento anterior, sacó el parpadeante objeto y lo activó. Sonó un crujido y a continuación surgió una voz de él, áspera y brutal, cargada de un marcado acento.

- Estás cerca.

- No te esperaba. No sabía que estuvieras en Lachrima- Respondió Irma, intentando ocultar sus jadeos.

- Hermosa coincidencia- Dijo la voz con ironía. Después añadió, con claro desagrado- No has cumplido tu parte del trato.

- Mis hombres me han traicionado. Eso me ha retrasado- Respondió ella en tono secante- Cumpliré el trato cuando pueda. Creo que si espero un poco más será mejor.

- No me importan tus insignificantes nimiedades. No recibirás el pago hasta que lo hagas.

Irma apretó los dientes para no estampar el artefacto contra el suelo de la Arvus. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para contenerse. 

- Tendrás lo que quieres, maldito animal- Farfulló Irma entre dientes- Será todo tuyo, y después me pagarás una nueva nave y una nueva tripulación.

La voz rió. Era como el sonido de la piedra contra la piedra, y tan cálido como el acero de una espada.

- No. Te pagaré lo que acordamos, y después no quiero volver a verte, o colgaré tu cabeza de mi cinturón.

- Lo harás si quieres que cumpla mi parte- Siseó Irma.

- ¿Te echas atrás?- La voz gruñó- Puedo encontrar a otro que haga tu trabajo, y que después te mate a ti.

- No encontrarás a nadie que esté tan cerca de conseguirlo como yo- Repuso ella con una sonrisa, imaginándose su cara.

- Eres lista, perra del vacío- Dijo tras una seca risotada- Negociaremos el nuevo pago cuando cumplas con lo tuyo. Y rezo al Trono para que después los demonios del Empíreo te arranquen la piel a tiras.

- Pues sigue rezando. No se dignará a escuchar a un mierda como tú- Escupió antes de desactivar el aparato.

Irma echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, intentando recordar en qué momento su vida se había desmoronado hasta tal punto.

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- ¿Así que esto es Lachrima?

- La tres veces bendita Lachrima, sí.

- No está mal.

Jean se encogió de hombros.

- No se parece nada a Arschlift, pero no. No está mal- Se llevó las manos a los muslos en busca de unas pistoleras que no estaban- Estaría mucho mejor si pudiera llevar mis armas.

Iridia sonrió con orgullo y levantó su mano derecha. El miembro biónico se fragmentó hasta quedar en el interior del antebrazo, y en su lugar asomó el cañón de una pistola láser. El skiano lo contempló con estupor y envidia. Algunos viandantes se alejaron de ellos con los rostros contraídos por el miedo. 

- La carne es débil- Murmuró con sorna la tecnosacerdotisa mientras devolvía su miembro mecánico a su forma original.

- Si mi mano pudiera convertirse en una pistola no sería tan débil, no te jode- Masculló Jean- Quiero que me pongas uno de esos.

Iridia levantó una ceja.

- ¿En serio?

- No- Jean negó con la cabeza- No, mejor pensado no. Pero sería la hostia.

- Oh. Es una pena. Me gustaba la idea.

- A todo esto, ¿Y esa ropa?- Preguntó el guardia imperial mientras sorteaban a la multitud.

Todos habían mirado extrañados a Iridia cuando había entrado en la Arvus, pero nadie se había atrevido a comentar nada. Al fin y al cabo, era algo que no se les había escapado a ninguno de ellos: la tecnosacerdotisa no vestía sus habituales ropajes rojos del Mechanicus. En su lugar, llevaba una chaqueta de cuero negro cargada de correas de grandes hebillas sobre una camiseta de tirantes carmesí y unos gastados pantalones de combate grises. A Jean le había costado reunir el valor suficiente para preguntarle por aquel extraño cambio.

- Es confidencial- Respondió ella. 

- Será alguna misión del inquisidor- Pensó Jean, observando con expresión traviesa lo bien que le quedaba el nuevo atuendo a la tecnosacerdotisa- O tiene algún fetiche extraño.

Avanzaron en silencio durante unos minutos hasta que llegaron al puerto, algo menos concurrido. El olor a mar y la luz del sol los recibieron con intensidad, haciendo que el skiano levantase el antebrazo para protegerse los ojos, acostumbrado a la iluminación más escasa de las calles. Buscaron un saliente y se apoyaron contra las vallas metálicas que lo bordeaban. A lo lejos, pudieron ver la colosal estatua de San Adrastos sobresaliendo del mar. 

- ¿Sabes? Es raro de cojones- Dijo Jean, de espaldas a la valla.

- ¿El qué?

- Tu ropa.

- Ya te he dicho que es confidencial.

Jean se encogió de hombros. 

- Es que es no lo cojo por ningún lado, Iridia.

Ella negó con la cabeza.

- Ahora soy Mara, olvídate de Iridia.

- Espera...¿Qué?- Balbució el skiano, rascándose la sien derecha, confuso.

La tecnosacerdotisa hizo un gesto con la mano para que se calmara.

- Tú sígueme la corriente. 

- ¡No!- Exclamó él- Explícame qué demonios está pasando, Iri...Mara.

- He tenido una revelación- Cedió al fin- Soy una paria en el Adeptus Mechanicus. Tengo la oportunidad de empezar otra vida fuera de él gracias al inquisidor. Eso es todo.

Había omitido prácticamente todos los detalles, pero de aquella manera Jean lo entendería, supuso. El guardia imperial frunció el ceño, procesando la información.

- Sigo sin entederlo.

- Sigo adorando y sirviendo al Dios Máquina, pero fuera del Mechanicus- Resumió, exasperada- El inquisidor me da una libertad que nunca he tenido.

Jean estrechó los ojos y gesticuló, buscando una pregunta que no sabía formular.

- En todos los lados hay excepciones- Dijo ella. Se encogió de hombros- Unas más complicadas que otras.

- Dios Emperador- Murmuró el skiano- Pensé que ya lo había visto todo.

- Sólo te pido que olvides a Iridia. Está muerta.

- Vale. Vale, está muerta- Jean recobró la compostura tras carraspear y levantó una ceja con aire pícaro- Vas a tener que invitarme a algo de comer si quieres que te guarde el secreto.

La mano de Mara se convirtió en una pistola láser cuando sus dedos se contrajeron en el interior del antebrazo y el arma surgió por el hueco. Sonrió.

- ¿Estás seguro de que estás en posición de negociar?

Aunque no sabía si estaba bromeando o no, el guardia imperial devolvió la sonrisa y se llevó la mano derecha a la parte trasera de la cadera, que quedaba cubierta por su capa. Se oyó un chasquido metálico y Jean sacó una pequeña pistola pintada de negro mate. 

- Una Hellhest M37- Identificó ella- ¿De verdad crees que puede competir con una pistola láser? Se te acabarán las balas antes de apuntar.

- Esa me ha gustado- Respondió tras una breve risa- Pero a esta distancia no necesito apuntar.

- ¿Y yo sí?

Se quedaron así, apuntándose el uno al otro, durante unos segundos hasta que enfundaron al unísono. Ella devolvió el arma láser al interior de su antebrazo de nuevo y él guardó su pistola en la carcasa rígida que llevaba sujeta al cinturón. No dejaron de mirarse en ningún momento.

- Te invitaré a esa comida. Pero sólo porque yo también tengo hambre.

- ¿Los tecnosacerdotes también coméis?- Preguntó Jean mientras empezaban a andar. Ella le dirigió una mirada que hizo que se estremeciera- Vale, joder. Ya lo pillo, tema tabú.

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Las hogazas de pan especiado se habían acabado para cuando había llegado. Para compensar, se había comprado unas cuantas salchichas picantes de aslón. La garganta aún le ardía cuando llegó a la Torre Negra. 

La Torre Negra, una de las principales bases de la Inquisición en Cynus, era un gran complejo rodeado por una sólida y gruesa muralla erizada de alambre de espino y servidores-torreta que estaba a las afueras de Adrastópolis. 

Hankak había solicitado un transporte al complejo valiéndose de su estatus de inquisidor. Apenas se sorprendió cuando un transporte de asalto Rhino pintado de negro y portando el símbolo de la Inquisición lo fue a recoger. La gente se apartaba, intimidada por el enorme vehículo, a pesar de que éste no portaba armas. 

- Me conformaba con un puto coche- Había gruñido al entrar en el Rhino. 

El vehículo había traqueteado durante unos minutos por la carretera que llevaba a las afuerzas de la ciudad. Hankak aprovechó ese tiempo para pensar en lo que iba a decir. La idea de Iridia le seguía pareciendo una estupidez, pero sabía que si no lo hacía por las buenas, ella se ocuparía de lograrlo por su cuenta. 

Y eso acabaría mal con total seguridad.

De todas formas él no era una persona convencional. Entendía hasta cierto punto el deseo de libertad de la tecnosacerdotisa, y había llegado hacía tiempo a la conclusión de que ella era una excepción. Había barajado un par de veces la opción de reprogramar mentalmente a Iridia, pero no podía arriesgarse a tener problemas con el Mechanicus, a pesar de su rango. 

El Rhino se detuvo en el patio de la Torre Negra y aparcó en su parcela antes de abrir el portón trasero para que Hankak bajase. El inquisidor contempló el complejo y se preguntó, por enésima vez, porqué se llamaba Torre Negra si ni era una torre ni era negro. De hecho, la mayor parte de las instalaciones estaban a varios kilómetros bajo tierra.

El inquisidor entró en uno de los grandes pabellones abovedados llenos de servidores, escribas y personal diverso y tomó uno de los grandes ascensores. Se dirigió a la biblioteca Primus, la más grande de todo el complejo. Poseía una sección digital dedicada enteramente a los miembros de la Inquisición del sector.

Muchos acólitos y agentes no figuraban en estos registros por infinidad de motivos. Hankak se arrepintió de que Iridia estuviera en ellos, ya que complicaba su trabajo. Esperó que a nadie del Mechanicus le diera por comprobar seriamente su defunción. Otro por los motivos por los que se dirigía hacia allí era para archivar la información y el perfil falsos de Mara Albán que le había dado Iridia. 

Había sido realmente concienzuda. El inquisidor no encontró el más mínimo indicio de que fuera información falsa, a pesar de buscarlo con atención durante horas. Incluso tenía los pequeños errores que los escribas cometían de vez en cuando al transcribir y archivar la información. 

Era un trabajo realmente admirable. 

Las puertas blindadas se abrieron, y el altavoz con forma de cráneo ubicado en una de las esquinas del ascensor indicó que había llegado al nivel tres. La escasa iluminación del ambiente forzó al inquisidor a tomar uno de los servo cráneos del baúl que había a la entrada de la biblioteca Primus, y que poseían un brasero de hierro. 

Hankak encendió el brasero del aparato y lo activó. Los ojos artificiales parpadearon y despidieron un suave fulgor amarillento mientras el servo cráneo comenzaba a levitar, manteniéndose cerca del inquisidor para iluminar sus alrededores. 

Aquella penumbra era deliberada. Ayudaba a conservar los libros y manuscritos en buen estado, evitaba a ciertos tipos de insectos dañinos para los objetos de la biblioteca y proporcionaba una agradable sensación de serenidad. 

Echó a andar tras cruzar el alto portón de entrada, siempre abierto, y se adentró en el laberinto de estanterías. Había algunas vitrinas doradas donde se exponían objetos sumamente raros o históricos. Se detuvo frente a una que albergaba una pequeña talla de madera hecha por San Adrastos y le dedicó una breve oración. 

Las estanterías eran en su mayoría de oscura y lisa madera de suco, que desprendía un olor relajante, casi imperceptible, pero cuyos efectos eran innegables. Las más nuevas estaban hechas de metal y tenían relieves decorativos. De vez en cuando el inquisidor se encontraba una estación de búsqueda, hechas para encontrar libros y obras específicas que un servidor conectado a ella recogía mediante sus extremidades extensibles. 

Eruditos, acólitos y diversos agentes inquisitoriales vagaban en solitario por la biblioteca. Hankak los veía a lo lejos, rodeados del halo de luminosidad que los braseros de los servo cráneos que los acompañaban despedían. Juró que alguien le seguía, y aceleró el paso. Se llevó la mano a la pistolera, pero recordó con molestia que estaba vacía. 

A pesar de saber que en la Torre Negra estaba más seguro que en cualquier otro lado, su naturaleza precavida le obligó a emboscar a la persona que le seguía. Dobló una esquina y se quedó esperando en el borde tras apagar el brasero de su servocráneo.

Empezó a oír pasos pasados unos segundos. Le resultaban familiares. Eran pausados y firmes. No tenía demasiada prisa. El resplandor del brasero del otro servocráneo llegó poco después, haciéndose cada vez más intenso y alargado a medida que se acercaba.

Hankak apretó los puños. Ya casi.

Alguien dobló la esquina y murmuró algo. El inquisidor esperó a que pasara de largo y se le lanzó por detrás, inmovilizándole con una llave. Oyó un quejido y la persona se resistió, tensando su musculatura e intentando zafarse de Hankak. No pudo. Escapar de aquella llave era prácticamente imposible. El servocráneo del inquisidor activó el brasero y se acercó, colocándose sobre los dos. 

La luz iluminó al perseguidor.

En cuanto supo de quién se trataba, Hankak dejó la llave y se alejó unos pasos, con el corazón desbocado.

- Lo siento. No sabía que eras tú.

La inquisidora Silvia Tarieni se masajeó el dolorido cuello y negó con la cabeza.

- No importa. Olvídalo.

Hankak asintió, avergonzado. La esbelta inquisidora se cruzó de brazos y apoyó su peso sobre el pie derecho. Sobre el guante corporal, negro y ajustado, llevaba un grueso cinturón de cuero con una hebilla en forma del símbolo de la Inquisicón. De él pendía un libro, sujeto a uno de sus costados. Las duras tapas del manuscrito estaban decoradas con un par de tiras de pergamino adheridas a ellas mediante sendos sellos de cera. Estaban escritas con oraciones de protección.

El inquisidor no pudo evitar fijarse en la pistolera que Silvia tenía en el cinturón. Podría haber sucedido un accidente de haber fallado la llave. Se estremeció cuando la imagen mental de su cabeza hendida por los rayos láser del arma asaltó su mente.

- ¿Qué haces aquí?- Preguntó ella- Pensé que estarías haciendo algo importante.

- Lo mismo podría preguntarte.

Silvia levantó una ceja, divertida por la respuesta del inquisidor. Los braseros iluminaban sus pecas, y le daban a sus ojos azules un brillo enigmático. Las delgadas y elegantes facciones de su cara estaban bañadas por la anaranjada luz de las llamas. Era terriblemente hermosa.

Y peligrosa.

- Podrías- Concedió- Pero yo he preguntado antes.

- Una de mis acólitas ha muerto- Hankak imprimió en su tono toda la emoción que pudo sin que llegase a sonar forzado. Era un experto en eso, pero la inquisidora podía descubrirle en un abrir y cerrar de ojos. Se concentró en su papel- Venía a los archivos para actualizar su información.

Sabía que Silvia era psíquica, Hankak estaba entrenado para detectar eso. Thurr también lo era, lo había sentido la primera vez que se habían visto. Él no era tan poderoso como su colega del Malleus, pero poseía un buen potencial. Hankak sólo tenía su ingenio y sus dotes de actuación para lidiar contra eso.

- Mientes- Murmuró ella tras fruncir el ceño, evaluando su tono y sus palabras.

Hankak apretó los puños y maldijo en silencio a los psíquicos. Silvia se percató del cambio y le guiñó un ojo.

- No has venido solo a eso- Le sonrió- También ibas a tomar algo conmigo.

Hankak se sintió terriblemente aliviado. Le estaba tomando el pelo.

- Lo siento, pero no. Tengo cosas que hacer.

- Las harás luego. 

Se dispuso a responder, pero notó una perturbación en su mente. Algo efímero, pero le dejó terriblemente confuso y le obligó a sacudir la cabeza.

- Las haré luego- Farfulló. Frunció el ceño al darse cuenta de que no era lo que quería decir.

- Excelente. Eso quería oír- Tarieni sonrió y le hizo un gesto con la cabeza- Ven, sígueme.

- Has...- Gruñó Hankak, furioso.

Ella le cortó poniéndole un dedo en los labios. La mirada que le dirigió fue clara.

<<Cállate. Aquí no>>

Asintió.

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Las dependencias de Tarieni estaban a tres kilómetros bajo tierra, en uno de los niveles más seguros y secretos de la Torre Negra. Hankak se sentía horriblemente incómodo en aquel lugar. No había guardias, ni ninguna otra persona. Lo que sí había era una molesta sensación en el aire, como una pereza extendida que le impedía pensar con claridad.

Aquella sensación desapareció al entrar en sus aposentos. 

- Campos de disrupción cognitiva- Explicó ella, como si le leyera la mente. Hankak hizo una mueca. Por supuesto que se la estaba leyendo- Por si acaso.

- ¿Y aquí no tienes nada de eso?- El inquisidor se masajeaba las sienes, atontado por el campo de disrupción cognitiva.

- Las paredes están selladas. Anulan la actividad psíquica.

- Ah.

Hankak se fijó en que había una serie de pergaminos clavados en cada pared mediante una tachuela con la forma del símbolo del Adeptus Astra Telepathica. Apenas podían verse entre las montañas de libros, probetas, tanques de estásis que albergaban toda suerte de objetos y la infinidad de extraños artilugios esparcidos por doquier.

No era una habitación ordenada. Hankak no se esperaba aquello de su colega del Malleus. 

- Pensé que estaba entrenado para resistir esos trucos- Bromeó, aún algo aturdido.

- Tú y mucha gente. He aprendido a burlar las defensas mentales con el tiempo- Le miró a los ojos. Él se estremeció por la gravedad de la mirada- Deberías conseguir unos implantes de anulación. 

Él tragó saliva y asintió. Ordenaría a Mara conseguir unos nuevos en cuanto la viera. 

- ¿No íbamos a tomar algo?- Preguntó tras carraspear. 

Ella le lanzó una botella. Hankak la atrapó al vuelo y leyó la etiqueta. Su unkai estaba algo oxidado, pero logró leerla.

<<Licor de arroz Agatame. ¡La mejor de todo el distrito Yoshiwazi!>>

- Si te apetece- Se encogió ella de hombros mientras Hankak abría la botella y le daba un trago- Es cara. Más te vale disfrutarla. 

- Parece urgente- Dio otro trago al licor de arroz. Estaba realmente bueno- Dispara.

Silvia se sentó en una pila de cojines y se cruzó de piernas mientras inspeccionaba varias placas de datos, una detrás de otra.

- Es sobre la acción que estoy planeando. Te la mencioné en el último mensaje.

- Sí- Él asintió- Si querías darme una sesión informativa la biblioteca era tan buena como cualquier otro lugar.

- No era un lugar seguro. 

- Suéltalo de una vez.

La inquisidora asintió y dejó de lado las placas de datos para ojear el grueso libro que llevaba colgando del cinturón.

- Dime, Hankak. ¿De qué crees que trata?- Preguntó en tono enigmático.

- En un principio supuse que de la invasión. Ahora me estás haciendo dudar.

- Efectivamente- Se levantó y empezó a andar lentamente por la sala, gesticulando mientras hablaba. Hankak no sabía si era una costumbre suya o uno de sus trucos de lenguaje- Hay un sospechoso. Alguien entre las filas de la Inquisición que representa un grave peligro para todos nosotros.

Hankak se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos. Cabeceó, indicándole que siguiera.

- Llevo tiempo estudiándole. Está preparando algo- Se rascó la cabeza, pensativa- Pero no sé exactamente qué. No puedo saberlo. Aún no.

- Entonces debemos investigar a esa persona- Dedujo Hankak.

- No. Debemos acabar con él- Silvia le miró de nuevo a los ojos, tajante- Pero primero tenemos que saber cuál es su plan. Su objetivo.

- ¿Sabemos de quién estamos hablando?

Tarieni soltó una breve risa sin gracia. Aquello le confirmó a Hankak que no era nada bueno.

- Thurr- Murmuró.

- ¡Trono!- Exclamó él- ¿Hablas en serio?

- ¿Tengo pinta de bromear, Hankak?- Silvia hizo un gesto para quitarle importancia y le mostró uno de los libros. Era un tomo sobre el Caos. El inquisidor hizo el gesto del águila sobre su pecho antes de leerlo- Es un radical, como bien sabes.

Él asintió. Tanto Silvia como él eran puritanos, amalatianos en ideología. Thurr era un inquisidor radical, lo cual implicaba que usaba el propio poder de los enemigos del Imperio para volverlo contra ellos. Hankak comprendía a los radicales, pero no compartía sus ideas ni aprobaba los extremos a los que solían llegar. Para él, eran todos unos herejes y unos monstruos.

- Pues bien- Siguió ella- Tengo motivos para pensar que tiene cierta conexión con el Caos. Empecé a investigarle a raíz de eso. Lo poco que he ido descubriendo ha sido perturbador. Sabe cubrir sus huellas, pero yo soy mejor.

- Dios Emperador- Musitó Hankak- Es una locura. 

- ¿Lo es?- Silvia se encogió de hombros- El caso es que te he elegido a ti para ayudarme en esto. Tu mentor era un buen hombre, y tú pareces haber seguido sus pasos. Creo que serás mejor inquisidor que él.

- Gracias.

- No era un cumplido- Silvia le arrebató el libro y se puso a buscar algo en él. Siguió con su explicación- Thurr es un experto en la caza de brujas. Los poderes psíquicos no sirven contra él. Yo no puedo enfrentarme a él. Pero tú, por otro lado...

- Entiendo- Hankak asintió.

- Tengo motivos para pensar que serás un buen aliado. Y una herramienta eficaz.

- Una herramienta eficaz- Repitió él, levantando una ceja.

- Efectivamente. La Xyphos, su tripulación, los informes...no te los he dado por nada, Hankak. Si tú tienes éxito en tu misión, podrás ayudarme- Silvia bajó el tono un poco- Nos necesitamos, sanabriano.

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Hankak había abandonado la habitación de la inquisidora unos minutos después. 

Le había costado asimilar lo que le había contado. Era algo perturbador, y doloroso. La sombra del Caos era algo que siempre amenazaba al Imperio, y Hankak estaba familiriazado con sus dementes efectos. Pero nunca había imaginado que conocería de cerca el caso de un inquisidor caído en el Caos. 

Era algo impensable.

Ascendió de nuevo hasta la Biblioteca Primus y entró en los archivos. Era una sala circular enorme, con varios niveles, todos ellos repletos de estanterías electrónicas y bancos de datos. El zumbido colectivo que provocaban los aparatos, grave pero apenas audible, era incesante.

El lugar estaba algo más concurrido que la biblioteca en sí. Hankak se encontró con varios escribas y trabajadores del complejo que ordenaban y revisaban la información, y añadían archivos nuevos con la ayuda de unos servidores que cargaban con placas de datos y unidades de memoria.

Había un puñado de agentes inquisitoriales en busca de información. De perfiles que quizá nunca habían sido elaborados, o de camaradas perdidos hacía tiempo que sólo querían recordar durante unos momentos. Hankak se sintió como un profanador en aquel lugar, portando información falsa.

Se dirigió hacia el puesto de información, ocupado por tres escribas cubiertos por túnicas y una serie de servidores que copiaban y transcribían la información que se les transmitía. Las pantallas de información y placas de datos del puesto lanzaban destellos verdes y azules a su alrededor, iluminando la zona circundante.

- Inquisidor Hankak. Ordo Xenos- Se presentó, dejando la placa de datos con la información de Iridia sobre el mostrador. La tecnosacerdotisa había arreglado los detalles sobre su propia muerte, e incluso había añadido un informe post-defunción y un par de pictocapturas manipuladas- Vengo a informar de una defunción.

- Lamento la pérdida- Dijo uno de los adeptos tras tomar la placa de datos y saludar respetuosamente- Aquí será recordada.

- Eso espero- Hankak estaba esforzando al máximo sus dotes de actuación, y el hombre parecía incluso conmovido. Sonrió para sus adentros. Le encantaba cuando funcionaba- También traigo el perfil del sustituto. Ya que estaba...así me ahorro el mensaje astropático.

El adepto asintió y tomó la nueva placa de datos, que tenía una intencionada apariencia más pulcra y nueva que la anterior. La encendió y revisó el contenido.

- Procedimiento estándar- Informó.

Asintió mientras el hombre comprobaba los datos de Mara Albán. Escondió su nerviosismo con facilidad. Al fin y al cabo, era una de sus especialidades. El trabajador de los archivos ni siquiera se habría percatado de que la respiración se le había acelerado durante un segundo involuntariamente antes de que la controlase de nuevo.

Iridia había manipulado su propia foto de archivo para  que su diferencia respecto a la del de Mara, la foto real, fuera obvia. A Hankak le había costado relacionar ambas imágenes, a pesar de conocerla en persona. 

- Afortunado repuesto- Comentó el adepto tras entregar la placa de datos a uno de los servidores, que rodó en dirección a las galerías digitales- Actualizaré de inmediato el perfil de la señorita Natheia. Imagino que los representantes del glorioso Adeptus Mechanicus del sector Calixis apreciarán el ser informados de su defunción. Por protocolo, como mínimo.

- Sí- Hankak asintió. Ya había pensado en eso- Transmite un mensaje astropático. Tienes mi autorización personal. Que también reciban mis condolencias. 

- Sí, inquisidor. Enviaré la orden a la estación astropática sin demora. 

- Que el Emperador te bendiga- Hankak inclinó la cabeza a modo de despedida.

- Y a usted, inquisidor. 

Empezó a notar un tic en su hombro derecho a medida que abandonaba los archivos y se adentraba en la Biblioteca Primus para salir del complejo. Una mezcla de estupor, tensión y alivio había conquistado su mente.

- Dios Emperador. Ha funcionado- Murmuró- Esta locura ha funcionado.

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- Es formidable. Me recuerda a la catedral de Santa Steria.

- Nunca la he visto. A mí me recuerda a la de Gloria de Losnya. 

Petra le dirigió una mirada cargada de intención.

- Yo sí he visto esa. Es más pequeña.

- Me temo que estoy en desventaja- Admitió Drusus, encogiéndose de hombros.

Petra rió y siguieron andando por el camino de losas de mármol que pasaba por enfrente de la catedral. Miles de peregrinos y ciudadanos se dirigían hacia el templo bajo los cánticos amplificados del coro de la catedral, emitidos a través de las gárgolas doradas que reposaban en la fachada. En sus picos tenían vocoemisores engarzados de plata y piedras preciosas, cada una de ellas con una delicada talla del aquila imperial hecha a mano. 

Estandartes ocres pendían de un millar de lanzas plaetadas que erizaban las torres y fachada de la catedral. La estatua de San Adrastos que coronaba el colosal portón de entrada estaba cargada de pergaminos motivos y cintas rojas del culto al santo, que ondeaban con la suave brisa.

Tuvieron que estar atentos para no perderse entre la multitud, que los había envuelto de repente en su camino hacia la catedral del Santo Ascendente. Patrullas de adustos lachrimae regulaban el tráfico humano mediante gestos a la vez que acompañaban a la gente hacia la catedral.

Drusus controlaba su alrededor con cautela. Estaba acostumbrado a los carteristas que se aprovechaban de las multitudes y su escasa capacidad de reacción. A pesar de que no llevaba nada de valor encima aparte de su identificación y una cartera de cuero con un puñado de tronos, no pudo evitar llevarse la mano al bolsillo para protegerlo.

Petra iba a su lado, maravillada con aquel despliegue de fe y devoción. Caminaba con una mano sobre su pecho, cerrándose sobre el colgante plateado del aquila que llevaba sobre el cuello. Al arbitrador le parecía que oraba en voz baja mientras contemplaba todo lo que la rodeaba. Parecía serena, cómoda.

Feliz.

- Eh- Drusus le tendió una mano- ¿Vas a darme la mano o te lo voy a tener que implorar como si fuéamos scholars?

Ella sonrió y cogió su mano. La apretó con fuerza mientras acariciaba el dorso con el pulgar. 

- No vas a tener que pedírmelo dos veces.

Dejaron atrás a la multitud poco después con un suspiro de alivio. Justo en frente de ellos, otra muchedumbre vitoreaba y observaba con asombro un desfile que estaba tomando lugar en la calle inferior. Drusus miró a Petra, que asintió. Ambos echaron a andar.

Se abrieron paso hasta los balcones, atestados de personas. Las vallas de hierro forjado estaban cubiertas de cintas rojas y pancartas. La gente arrojaba flores y cintas devocionales del culto a San Adrastos al desfile que estaba tomando lugar en la calle de abajo.

Una columna de varias docenas de lachrimae estaba marchando en filas, con los fusiles láser apoyados sobre el hombro derecho y la mano izquierda a la altura del corazón, formando un puño. Sus máscaras doradas devolvían los destellos del sol cuando uno de sus rayos incidía sobre ellas. De sus armaduras carmesíes pendían sellos de pureza e inciensarios de bronce en forma de cilindros.

Al frente de la formación iba un portaestandarte con una elaborada armadura completa, dorada entera. Del mástil horizontal que coronaba el estandarte colagaban varias cintas rojas y colgantes del aquila que se mecían con cada paso que el lachrimae daba. 

Detrás de los lachrimae iba una ordenada multitud de adeptos del culto a San Adrastos, cubiertos por ropajes carmesíes. Iban entonando alabanzas y oraciones en voz alta y coordinada mientras algunos de ellos mecían pebeteros con cadenas que exhalaban un aromático incienso. 

Un curioso grupo seguía a los adeptos del santo. Era un reducido grupo de mujeres, todas ellas con largos vestidos de lino blanco y capas rojas. Portaban gruesos libros de himnos en sus manos, cubiertas por delgados hilos dorados que se entrecruzaban formando figuras geométricas. Cantaban al unísono, con una sola voz suave y melodiosa que emocionaba a los presentes. 

Detrás del coro iba una multitud que cargaba con pancartas devocionales y figuras del santo que cargaban sobre sus hombros, pero nadie les prestaba atención. Las celestiales voces del coro femenino acaparaban toda la atención. 

- ¿Y este desfile?- Preguntó Drusus en un susurro a Petra.

- Es el Festival de la Liberación- Explicó tras unos segundos sin dejar de mirar al coro, que empezaba a pasar de largo- Hay desfiles, oficios especiales en los templos y esas cosas. Conmemora el día en el que San Adrastos libró a Lachrima de los invasores.

- Oh. Excelente. 

Drusus pasó su brazo sobre los hombros de Petra y la estrechó contra sí. Apoyó la cabeza contra la suya y sintió cómo se arrebujaba contra él. Cerraron los ojos por primera vez en todo el desfile.

Hasta que alguien le robó la cartera a Drusus.

- ¡Eh!- Gritó el arbitrador al mismo tiempo que se daba la vuelta con fuerza. La gente que estaba cerca de él se quedó mirándole, sorprendida- ¡Vuelve aquí!

Echó a correr con rapidez detrás del ladrón. No le pareció más que un niño cubierto por una túnica con capucha demasiado larga para él. Pero el desgraciado corría demasiado rápido, a pesar de la formidable forma física y el increíble fondo del arbites. La gente se apartaba y chillaba al verle perseguir al ladrón. Sus pisotones causaban tanto estruendo como los redobles de tambor de la falange de lachrimae que había presenciado antes.

-Trono, no- Suspiró Petra antes de salir corriendo tras Drusus, que empezaba a perderse entre el gentío.

El ladrón se colaba entre la gente y evitaba el mobiliario urbano con agilidad, mientras que Drusus, mucho más grande y pesado, apartaba a los viandantes como podía, creando un gran revuelo. Petra vio como una patrulla de lachrimae señalaba al arbitrador en estampida y empezaba a correr tras él, dándole el alto con los sistemas de amplificación de voz de sus máscaras. La gente se apartó con mayor rapidez, entre gritos y exclamaciones de sorpresa.

Drusus seguía corriendo, sin oír las advertencias de los lachrimae ni la voz de Petra, que le imploraba que se detuviera. 

Una papelera pública de bronce saltó por los aires, esparciendo su contenido por la calle cuando el carterista la arrojó para impedir al arbites. Él la apartó de un golpe y la mandó rodando por el suelo con gran estruendo. Los lachrimae retiraron los seguros de sus armas.

Saltando a gran velocidad hacia un lado, el ladrón pasó por encima de la barandilla de uno de los balcones y se dispuso a saltar a la calle inferior, pero una gran mano lo agarró de la túnica. El niño se removió y peleó, lanzando patadas e intentando morderle los dedos a Drusus, que lo levantó hasta que sus caras estuvieran la una frente a la otra.

- Tienes algo que es mío- Dijo el arbitrador en voz baja, mostrándose amenazador.

El pequeño ladrón balbució algo atropelladamente y le entregó la cartera con una mano temblorosa y sucia. Drusus se la guardó en el bolsillo del pantalón y dejó al niño en el suelo.

Entonces los lachrimae lo embistieron.

El carterista escapó a la calle de abajo mientras los tres hombres se abalanzaban sobre Drusus. A pesar de su inmenso tamaño y su extraordinaria fortaleza, los lachrimae lo inmovilizaron contra la valla del balcón y le cachearon en busca de armas. Tras no encontrar nada, le apartaron del balcón y le esposaron.

- Vas a venir con nosotros, alborotador- Dijo uno de los lachrimae a través de su inexpresiva máscara.

Drusus gruñó.

- Exigo que me soltéis. Pertenezco a...

No acabó la frase. Petra llegó hasta él y le indicó con un gesto que aquello no era buena idea.

- Al Adeptus Arbites- Terminó, corrigiéndose.

Los lachrimae rieron. Era una risa seca, sin gracia. Casi irónica.

- Los lachrimae llevamos a cabo las tareas policiales en Lachrima. Los arbites no tenéis ni voz ni voto aquí- Espetó- Ahora nos vas a segur al calabozo.

- ¡Esperad!- Exclamó Petra cuando se dieron la vuelta- Le habían robado la cartera.

- En ese caso debería haber denunciado el robo a la patrulla más cercana- Explicó. Después se quedó mirando fijamente a la mujer unos segundos- ¿Y tú quién eres?

- Petra Nahill. Soy su...

- Entiendo- Cortó el lachrimae- Va a tener que venir con nosotros, señora Nahill.

Ella asintió y miró a Drusus. 

- Tranquilo. Él nos sacará de este lío- Le dijo mientras los lachrimae se los llevaban.

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Los niveles más altos de Adrastópolis tenían poco que ver con el resto de la ciudad. Aquella desigualdad en la mismísima Lachrima se le antojó como algo extraño y fuera de lugar. Empero, a Hankak le parecía un lugar realmente acogedor y bello.

Las de aquel lugar eran viviendas amplias y muy decoradas, rodeadas de templos y esculturas doradas. Los suelos estaban pavimentados con losas blancas, y cada diez metros había un alto poste metálico del cual pendían sendos braseros de hierro forjado. Varias patrullas de lachrimae patrullaban las calles en silencio.

El barrio estaba casi vacío, ya que era el Festival de Liberación. Los únicos signos de vida que vio Hankak fueron los lachrimae y los servidores de limpieza, cubiertos de sellos de pureza y pergaminos votivos. El inquisidor se fijó en que algunas casas tenían los marcos de sus puertas y ventanas pintados de rojo. Las identificó como las viviendas de miembros del culto a San Adrastos.

Había llegado a los barrios altos mediante el tren de maglev que cruzaba la ciudad. La estación en la que se había subido era una sencilla estructura de sillería clara, decorada con algunas bóvedas y una estatua de un antiguo obispo de Lachrima en la entrada. Sin embargo, había quedado impresionado por el tamaño y la magnificiencia de la estación en la que se había bajado. Guardaba más parecido con una gigantesca catedral, y tenía además una estación de transportes privados y un establecimiento de alquiler de zánganos mensajeros. Hankak había aprovechado para avisar a Adrienne Tentevaleur de su llegada.

Aún le daba vueltas a su encuentro con la inquisidora Tarieni cuando llegó a la residencia de Tentevaleur, que además era su taller. Un servidor cubierto de filigranas y adornos exquisitamente labrados en bronce lo recibió en la entrada cuando tocó el timbre, que no había producido sonido alguno. El autómata lo saludó haciendo la señal del aquila sobre su decorado torso en un gesto preprogramado. 

- Bienvenido al taller Tentevaleur- Saludó con voz mecánica y monótoma. Hileras de luces se encendían en su emisor bucal cuando hablaba- ¿Ha concertado una cita?

- La señorita Tentevaleur tiene un encargo mío- Hankak le mostró al servidor una placa de datos con el mensaje y la autorización- He venido a recogerlo.

- Sígame, por favor- Contestó el servidor tras revisar la autorización y la confirmación del encargo.

El automáta guió a Hankak por la casa, traqueteando sobre sus ruedas con parsimonia. El interior estaba poco iluminado, y allá donde el inquisidor mirase podía ver maquinaria y piezas de forja artística. Encontró algunos cuadros que representaban paisajes de Vetalis, e incluso una sorprendente estatua de bronce que representaba a un lachrimae.

El servidor lo llevó hasta el piso superior, atestado de máquinas y herramientas. Las cajas se apilaban por doquiero, aunque ninguna daba la más mínima pista de su contenido. Varias mesas de acero estaban colocadas contra las paredes, cubiertas de piezas y planos. Dos servidores desactivados reposaban semi cubiertos por una lona de tela, con sus robustos cuerpos tachonados de piezas de orfebrería a medio acabar. 

Adrienne Tentevaleur se encontraba trabajando en una de las mesas. Estaba vestida con un sencillo vestido de lino y un delantal de cuero repleto de herramientas. El pelo, rubio y ondulado, lo llevaba recogido a la altura de la nuca mediante una peineta de oro en forma de aquila. 

- Han venido a verla, señora- Anunció el servidor.

Ella se volvió y observó a Hankak tras unos implantes de amplificación visual de lentes azuladas y brillantes. Alzó una mano cubierta de implantes-herramienta a modo de saludo. El inquisidor inclinó la cabeza para corresponder al gesto.

- ¿Lo tiene?- Preguntó él.

Las lentes augméticas de la artificiera lo enfocaron con un suave zumbido.

- Lo tengo- Contestó con el fuerte acento de Vetalis- Pensé que un inquisidor tendría mejores modales.

Hankak lanzó una bolsa de tronos sobre la mesa de trabajo. Las monedas tintinearon al chocar contra el acero.

- Aquí tiene el pago. Y perdone mi falta de modales. Ahora mismo no estoy para sutilezas.

- Lo comprendo- Dijo ella mientras se volvía para abrir un arcón metálico decorado a mano.

Manipuló el cierre electrónico y el contenedor se abrió con un pitido acompañado de los chasquidos de sendas bisagras. Sacó un estuche azul con el escudo de la familia de artesanos Tentevaleur en la tapa, y se lo entregó al inquisidor. Él lo tomó un cabeceo de agradecimiento.

- Hecha a mano con los mejores materiales que he encontrado. Es una obra de arte, una pieza de precisión- Explicó Tentevaleur, permitiéndose mostrar una pizca de orgullo en su tono- Creo que es la mejor que he hecho hasta ahora. 

Hankak sacó el objeto del estuche. Era un magnífico revólver, un Venablo, fabricado por los artesanos de Vetalis. Y Adrienne Tentevaleur era una de las mejores. Su diseño era elegante y alargado, y tenía un peso adecuado y cómodo. La empuñadura, de madera clara de stheeto, tenía su apellido grabado con una elegante y elaborada caligrafía. En la base, se veía la parte inferior de una cápsula de cristal decorada con filigrana dorada. La sacó pulsándola con el pulgar. 

La filigrana formaba el nombre de la artesana con delicadeza, y el pequeño frasco de cristal, tubular, contenía un líquido incoloro y puro: agua bendita del manantial de Laethia. Metió la cápsula de nuevo en el mango y desplegó el tambor, cuyo interior estaba grabado con oraciones y letanías. Tenía capacidad para cinco disparos de gran calibre. Lo cerró de nuevo y depositó el revólver en el estuche con un gesto de satisfacción.

- Una obra de arte, sí. Mis felicitaciones.

- Ha confiado usted en la mejor, inquisidor. 

- Sin duda. 

- A propósito- Adrienne se puso dos dedos sobre la base del cuello. Era un gesto vetalita de luto- Lamento la muerte de Preto. Es una gran pérdida.

El inquisidor asintió, agradeciendo el interés. Adrienne y su predecesor se habían conocido en persona años atrás, y él la había incluído en su séquito. Hankak y ella habían mantenido una breve relación durante el tiempo que la vetalita había estado bajo el mando de Preto. Sin embargo, sufrió graves heridas durante una misión y se estableció en Lachrima a la muerte de sus padres, para continuar con su taller. A Hankak le había costado olvidarla, y nunca perdonó a Preto por permitir que se fuera. 

En parte había encargado la construcción de aquel arma a Adrienne por su reconocida habilidad, pero también quería saber qué había sido de ella. Odiaba dejar cabos sin atar.

- Murió luchando en Su nombre. Nos abandonó cumpliendo con su deber- Se encogió de hombros y sacudió la cabeza lentamente- Ahora supongo que está feliz. 

La mujer suspiró y se soltó el pelo, dejando la peineta en uno de los grandes bolsillos de su delantal, salpicado de quemaduras. Meneó la cabeza, dejando que los dorados rizos cayeran sobre sus hombros. A Hankak le parecía realmente hermosa, a pesar de los implantes oculares.

- Eligió un buen heredero. 

- Eligió al único que podía sucederle- Corrigió él con tono amargo.

- Aún así, hizo lo correcto.

Estuvieron en silencio unos segundos, mirándose fijamente. Adrienne no podía evitar fijarse en lo mucho que él había cambiado: la prótesis que tenía por brazo izquierdo, las nuevas cicatrices, la madurez en su mirada. Se había vuelto más musculoso, y había dejado de ser aquel muchacho que ni siquiera había cumplido los diecisiete y que se maravillaba con lo que ella le enseñaba.

La artificiera no había cambiado tanto.

- Hice esto después de establecerme aquí- Dijo, rompiendo el silencio. Sacó un viejo paño de tela del cofre y se lo entregó. Cuando él lo cogió, Adrienne puso su otra mano sobre la de él. Hankak no rechazó su tacto- Te echaba de menos.

- Yo también. Nunca perdoné a Preto- Murmuró él tras retirar su mano a regañadientes. No separó los ojos de Adrienne.

Hankak desenrolló la pieza de tela, revelando un collar de delgadas cadenas de plata acabadas en un aquila bellamente tallada. Cuando pasó el pulgar por encima, acariciando la figura, ésta se abrió con un leve chasquido metálico. En el interior había una foto de los dos, de casi veinte años atrás. Cerró el aquila y lo apretó en su puño, cerrando los ojos. 

- Adrienne...

- Quédatelo. 

Dudó. Recordó a Irma, y se dio cuenta de que ni siquiera sabía qué había entre los dos. Sentía atracción y simpatía, e incluso algo de admiración, pero nunca había pensado en si había algo más allá de eso. Adrienne, por otro lado, era una parte importante de un pasado que no quería revivir. Pero había llegado a sentir mucho más por ella.

Aún estaba con el puño a la altura del pecho, mirándolo fijamente, cuando la artesana rodeó su mano con las suyas y se acercó a él. Olía a metal quemado y perfume de rosas lachrimanas.

- Podría volver a la acción- Dijo en voz baja- Lo he pensado mucho desde que contactaste conmigo. Podríamos intentarlo de nuevo.

- No creo que eso sea posible. Aunque te tomara bajo mi mando...

- Sigo pudiendo luchar, Hank. El juvenat me mantiene en forma- Se apresuró ella.

- No lo digo por eso. Ahora estoy con alguien. Más o menos.

- Y yo también. Pero no significa nada- Adrienne apretó su puño con más fuerza inconscientemente- Es sólo...ya sabes. ¿Y tú?

- No sé ni lo que es.

Ella se mordió el labio inferior y bajó la cabeza.

- Pero puedes pensar sobre ello. Y si crees que no significa nada- Carraspeó- Yo quiero que pienses de nuevo en nosotros.

- No quiero ponerte en peligro.

- Y yo no quiero que nos separemos de nuevo. Las cenizas no se han apagado, Hank. Lo veo.

<<Y yo lo siento>> Pensó él. 

Adrienne le abrazó a la altura de las caderas y le besó en los labios. Hankak  devolvió el beso y apoyó la frente en la suya.

- Es algo que tengo que pensar muy detenidamente, Drienne. 

- Te ayudaré con eso.

Y le besó de nuevo.

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Seguían conociéndose.

A pesar de los años que habían pasado separados, seguían poseyendo la sinergia y coordinación que sólo dos amantes pueden tener el uno con el otro. Recordaban el cuerpo del otro milimétricamente, a la perfección: sus puntos de placer, las zonas que debían evitar, qué debían morder y qué acariciar...

Adrienne había descubierto con agrado que él había ganado experiencia, no sólo madurez y cicatrices. Su olor no había cambiado, ni tampoco la dulzura de sus caricias. Algunas de las cicatrices del torso aún le dolían, y había perdido mucha sensibilidad en la mayor parte de su espalda, fruto de las luchas por las que había pasado. 

A pesar de todo, no habían perdido su compatibilidad.

- Quiero volver al servicio activo- Había dicho ella. 

Ambos estaban tumbados sobre la cama de la artificera, abrazados. Hankak calló unos segundos antes de responder.

- Ahora mismo no es el mejor momento- Murmuró- Hay algo grande y diabólico en marcha. Algo que va a afectar a todo el sector.

- Razón de más para volver a la acción.

- Hace mucho que no entras en combate, Drienne. Y ahora mismo me estoy ocupando de algo muy peligroso.

- Eso nunca se olvida. Y sigo en forma- Repuso ella- Además, seré útil. Lo sabes mejor que nadie.

El inquisidor cerró los ojos. Era consciente de que la vetalita había sido una esgrimidora formidable, y pocos había que conocieran como ella los secretos de las armas. También era psíquica. Preto lo había descubierto, y como experto en el campo, la había entrenado junto a Lorgen años atrás para que aprendiera a controlar sus capacidades psíquicas. 

No era tan poderosa como Lorgen, pero poseía un control sobre sus poderes que había impresionado incluso al difunto inquisidor Preto, que había mantenido aquello en secreto como favor personal a Tentevaleur. 

Hankak tomó uno de los dorados cabellos entre sus dedos y juntó la frente con la de Adrienne. Había tantas cosas que podían salir mal...

- Drienne, piénsalo bien.

- He tenido veinte años para pensar. 

Él se mordió el labio inferior, inquieto, pero acabó asintiendo. Adrienne sería un efectivo inestimable...y sabía que iba a necesitar toda la ayuda posible. Trazó un símbolo sobre la frente de ella con los dedos y murmuró una bendición de buena suerte.

- Bienvenida a bordo entonces.

Notó que ella iba a decir algo, pero su comunicador restalló y empezó a parpadear y pitar. Con un gruñido, alargó la mano hasta la cómoda y lo cogió. Dudó entre apretar el botón de activación o dejarlo en el mismo lugar de antes. 

- Hankak al habla- Masculló.

- ¿Inquisidor? Soy Lorgen. Espero no haberle molestado.

- No pasa nada, Lorgen- El inquisidor se pasó una mano por la cara, algo molesto- Dime.

- Me gustaría hablar con usted, en persona si es posible. Es importante- Dijo la cascada voz del viejo.

Hankak abrió los ojos como platos. Con todo lo que había ocurrido desde su llegada a Lachrima había olvidado por completo la petición del anciano psíquico. Se maldijo en silencio.

- Claro- Contestó atropelladamente mientras se levantaba y cogía sus pantalones- Dime dónde estás.

- En el muro de los mártires, mi señor. Está cerca de la catedral de Santo Hjyal. 

- Estaré ahí lo antes posible, Lorgen. Hankak, corto.

Apagó el apartó y se lo metió en uno de los bolsillos mientras se ponía su camiseta y agarraba la coraza. Adrienne se levantó y le ajustó las correas de sus piezas de armadura con la inmensa habilidad y facilidad que le proporcionaba su saber en el campo de las armas y armaduras. Hankak agradeció la ayuda con un asentimiento de cabeza y guardó el revólver en una funda de muslo, ocultándolo con la tela azul del estuche.

- Dime dónde tengo que llevar mis cosas- Inquirió Adrienne tras besarle.

- Ve al espaciopuerto. Ordenaré a Targon que envíe a alguien para guiarte. 

Ella asintió y le observó mientras abandonaba el segundo piso. Oyó cómo la puerta se cerraba y cogió una placa de datos transmisora. Tenía unos cuantos cabos que atar antes de abandonar Lachrima.

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A pesar de tratarse de una festividad tan importante como el Festival de la Liberación, la catedral de Santo Hjyal estaba inesperadamente vacía. La Plaza del Recuerdo, justo a su lado, tampoco contaba con mucha gente. Hankak se imaginaba que la mayoría de los ciudadanos se habían ido a los desfiles y mercados festivos, pues el oficio de la tarde ya había sido cubierto. 

La Plaza del Recuerdo tampoco solía contar con muchas visitas de todas formas.

A pesar de su majestuosidad del lugar y de la belleza de los obeliscos de cristal tallados con miles de nombres de los lachrimanos fallecidos durante la gran guerra que sacudió Namether a principios de milenio, la gente no solía frecuentar la plaza. Sólo los turistas no entendían la carga emocional que aquellos monumentos tenían. Estaban consagrados a los muertos, a miles de ellos, y aquello era suficiente para inspirar en el inquisidor un sentimiento de respeto y una abrumadora sensación al pensar siquiera en todas aquellas personas tiempo ha desaparecidas. 

Se detuvo varias veces para presentar sus respetos a las solemnes estatuas de San Adrastos y de los numerosos oficiales y héroes de la que en Namether algunos conocían como la gran pesadilla. Pasó más tiempo en el monumento dedicado al inquisidor Thalos Nume, un estratega sobresaliente que logró grandes victorias durante el conflicto gracias a su ingenio. Hankak había estudiado sus obras sobre estrategias militares y filosofía con gran interés cuando era un simple acólito.

Cerca de la plaza había una pequeña capilla de grandes vidrieras decoradas con representaciones del Emperador y de San Adrastos, entre otros santos imperiales. En el dintel estaban talladas las palabras La muerte sólo llega con el olvido. En memoria de los caídos. Hankak cruzó las puertas de madera, abiertas de par en par.

El interior estaba iluminado por un puñado de antorchas de promethium, cuya luz se reflejaba en el busto dorado del Emperador que había sobre el altar, y en las esferas de bronce de los incensiarios. Divisió al anciano psíquico de rodillas frente al altar, orando. No había nadie más.

- Lorgen- Hankak habló en voz baja. Preto le había enseñado a no emplear tonos ruidosos o agresivos en un templo- ¿Qué ocurre?

El anciano se levantó trabajosamente con un quejido y avanzó con paso renqueante hasta quedar frente al inquisidor, que lo miraba con cierta preocupación. Hizo una inclinación a modo de saludo.

- Por fin, mi señor- Dijo con una sonrisa. Hankak no advirtió emoción alguna en ella.

- Disculpa. Ha sido un día ajetreado. 

Él cabeceó lentamente, restándole importancia.

- Verá, inquisidor. Llevo siglos al servicio del Emperador y el Imperio- Empezó a explicar, con voz serena pero cansada- Cuatro, quizá casi cinco si mis cálculos no fallan. Pero me temo que mi tiempo se acaba, y el Emperador me reclama. 

- ¿Qué quieres decir?- Hankak sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda desde la base- No me jodas, Lorgen. No, no...

- He tenido sueños- Insisitó el anciano, levantando una mano con gesto conciliador- He recordado mis tiempos jóvenes, y he recorrido en sueños todas las memorias de mi larga vida durante estos últimos días. Lo interpreto como una señal...ya sabe.

- Podemos arreglarte, Lorgen- Replicó atropelladamente el inquisidor, gesticulando descontroladamente. Estaba inquieto y temeroso de que el psíquico le dijera lo que él ya se imaginaba- Implantes biónicos, reemplazos internos, y que yo sepa no te has sometido al tratamiento juvenat...

Lorgen le interrumpió sutilmente de nuevo levantando las manos. Hankak se quedó quieto progresivamente y dejó de hablar. 

- Ya he vivido suficiente, mi señor. Voy a reunirme tarde o temprano con el Emperador, con su predecesor, con Guildernsten...me reclaman.

- ¿Con quién?

- No importa. Es alguien que conocí en mi juventud, un oficial de la Guardia Imperial- Aclaró el psíquico sin darle importancia al asunto- Quería pedirle su permiso para establecerme en Lachrima hasta que llegue la Dama negra y poder descansar en suelo sagrado.

- Lorgen...

- Pero entenderé si prefiere que permanezca bajo su mando hasta que me llegue la hora. 

Hankak se sentía afligido. El anciano siempre había estado ahí desde que tenía uso de razón. No era capaz de imaginar su vida sin su presencia serena y vetusta, pero aquella era su última voluntad. Tragó saliva trabajosamente e hizo esfuerzos por asentir. 

- Firmaré los papeles, y te conseguiré una vivienda- Murmuró.

- No es necesario, mi señor- Respondió él. El agradecimiento y el alivio eran palpables en su voz cascada- Quiero vivir en uno de los albergues de peregrinos. No quiero lujos.

- ¿Estás seguro? No es ningún pro...- Hankak estrechó los ojos y calló. Había oído el sonido sordo de los pasos rápidos de varios individuos afuera, y estaba seguro de que también había percibido varios chasquidos.

Miró a Lorgen sin mover la cabeza, concentrándose en el exterior. El anciano también lo había sentido y le miraba ausente, pendiente de sus sentidos psíquicos. Cuando su mirada volvió y ambas se cruzaron, inquisidor y acólito se tensaron.

- ¡Al suelo!- Se gritaron a la vez mientras apoyaban la mano en la espalda del otro para arrojarse al suelo. 

Los dos cuerpos golpearon las baldosas con un ruido sordo al mismo tiempo que los ventanales estallaban en mil pedazos, atravesados por ráfagas de rayos láser amarillentos. Las lanzas de energía pasaban por los huecos que antes habían sido las hermosas vidrieras y golpeaban la pared en el lado opuesto, abriendo surcos e hileras de agujeros humeantes de piedra fundida. Los característicos chasquidos sonaban fuera de la capilla, acompañados del sonido de los rayos láser hipercalientes al rasgar el aire y hacerlo crepitar.

Hankak se mantenía en el suelo con la mano derecha posada sobre la encapuchada cabeza del anciano psíquico mientras las andanadas de energía amarillenta zigzageaban y volaban intermitentes por encima de ellos, destrozando bancos y vitrinas. Las astillas y las esquirlas de piedra llovieron sobre ellos. Uno de los bancos empezó a arder. 

Se oyeron unos rápidos pasos en el portón de entrada.

Un hombre ataviado con una robusta armadura apareció bajo el umbral blandiendo un lanzallamas. La armadura consistía en un traje de supervivencia sellado cubierto por placas de caparazón grises con portaequipos pegados a ellas. El casco, que contaba con un amplio yelmo liso a excepción de dos rendijas ovaladas para sendas cámaras, tenía un emblema pintado: una calavera con un casco sobre una lanza colocada en vertical.

Era el símbolo de los Conquistadores, una compañía de mercenarios que Hankak conocía bien. Eran veteranos de las tropas aerotransportadas saleritas, y tenían fama de implacables e inmisericordes. Siempre que les pagasen una jugosa suma, eran capaces de cumplir cualquier misión sin remordimientos ni duda. 

El lanzallamas borboteó y una lengua de fuego de varios metros de largo incendió una hilera entera de bancos. El chorro de promethium ardiente empezó a barrer el interior de la capilla mientras en el exterior se oían gritos y a gente correr. Los músculos sintéticos acoplados a la armadura del mercenario le permitían manear el pesado arma sin problema, y rápidamente todo el templo estuvo en llamas.

Con un gesto, el inquisidor saltó por uno de los ventanales laterales, seguido del psíquico. Se toparon con otros dos mercenarios, armados con rifles láser bullpup con miras de combate. Se giraron hacia ellos con rapidez y les apuntaron con sus humeantes armas.

Hankak desenfundó su venablo y disparó casi a quemarropa. La bala perforante atravesó el visor del casco del conquistador con un golpe metálico y lo mandó varios metros hacia atrás trastabillando. El otro se desmoronó cuando su cabeza estalló dentro del casco. Lorgen contrajo su mano, crepitante de poder psíquico y miró al inquisidor.

- Tenemos que salir de aquí, mi señor- Articuló con dificultad, cansado.

- Estamos de acuerdo- Gruñó él mientras disparaba de nuevo a otro mercenario que apareció a través de uno de los ventanales.

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Jean se tensó cuando escuchó los disparos. 

- ¿Lo has oído?

- Tengo un mal presentimiento- Mara asintió y señaló con la barbilla en la dirección de la que provenía el sonido.

No les hizo un acuerdo mutuo para echar a correr sorteando a la multitud. Los platos de comida quedaron sobre la mesa que habían estado ocupando, y el dueño del puesto los maldijo a gritos por irse sin pagar. 

La gente les miró extrañados y sorprendidos mientras se hacían a un lado a medida que pasaban, y algunos incluso gritaron al ver las pistolas que habían desenfundado. Una patrulla de lachrimae les dio el alto y empezó a perseguirles cuando no les hicieron caso. Jean sacó su identificación inquisitorial de uno de sus bolsillos y se lo mostró sin dejar de correr.

- ¡A mamarla!- Exclamó mientras los lachrimae se detenían. 

Su capa de camaleonina ondeaba y se estremecía por la velocidad mientras corría junto a Mara, envueltos los dos por el tableteo de sus botas sobre el suelo de piedra. Retiró el seguro de su pistola, seguro de que iba a encontrarse con problemas. 

Nuevos disparos y una explosión sonaron en la Plaza del Recuerdo. La detonación de un arma de proyectil sólido, acompañada de un reverberante eco, se sobrepuso al chasqueante stacatto de las armas láser. Los ciudadanos empezaron a alejarse entre gritos de alerta mientras varios lachrimae rodeaban el lugar con los rifles láser en ristre. 

El guardia imperial intercambió una fugaz mirada con su compañera para captar su atención.

- El viejo estaba ahí- Jadeó Jean sin dejar de correr- Si hay tanto lío eso quiere decir que el inquisidor también está con él.

- ¿Una trampa?- Inqurió Mara.

- ¿De quién?- El skiano frunció el ceño y esquivó a una mujer que huía en dirección opuesta- ¿Algún rival?

- Yo me esperaría cualquier cosa. Me pregunto cómo demonios habrán colado armamento en Lachrima. 

Jean gruñó y se deslizó sobre un puesto de alimentos que le obstaculizaba el camino.

- Eso me gustaría saber a mí.

Siguieron a un dúo de lachrimae hasta el gran arco que guardaba la entrada oeste a la plaza. Los dos hombres llevaban sus rifles láser cargados y preparados, y los portacargadores de cuero, las fundas de sus espadas cortas y los diversos colgantes devocionales que portaban tintineaban y rebotaban contra su armadura con cada zancada. Gritaron algo en su código de batalla privado y levantaron las armas tras cruzar el umbral del arco.

Al instante, uno de ellos se desmoronó con un humeante agujero empapado de sangre en la máscara. El otro lanzó una ráfaga y recibió un impacto en el peto, seguido de otros dos que perforaron su armadura y le hirieron de gravedad. El lachrimae cayó al suelo con un gruñido y su rifle láser rebotó contra el suelo hasta tocar los pies de Jean. 

El guardia imperial miró el arma con una mueca de desprecio, pero la recogió de todas formas mientras guardaba su pistola. Odiaba la falta de retroceso de las armas láser, a pesar de su indiscutible eficacia y fiabilidad. Avanzó hasta el arco y se cubrió en uno de los laterales, observando cómo Mara agarraba el otro rifle láser y se cubría en el lado opuesto. 

Jean se asomó para echar un vistazo a la situación. Antes de que tuviera que volver a esconder la cabeza cuando un disparo láser arrancó un pedazo del arco a pocos centímetros de su cara, divisió al inquisidor y al psíquico retirándose hacia el arco de salida de la otra punta de la plaza. Un grupo de no más de seis atacantes equipados con robustas armaduras y rifles láser los estaba acribillando. 

- ¿Inquisidor? ¿Me recibe?- Exclamó a través del enlace de comunicación mientras agarraba al lachrimae herido y lo arrastraba hacia su cobertura lo más rápido que pudo. Los rayos de energía rozaron su cabeza.

- ¡Jean!- Respondió él. De fondo oyó disparos y jadeos- ¡Necesitamos ayuda de inmediato!

- Estamos en ello, señor- Aseguró antes de que la transmisión se cortase.

El skiano miró a Mara tras lanzar una ráfaga disuasoria a ciegas. Vio a una pareja de lachrimae irrumpir en la plaza con sus armas vomitando ráfagas de energía mientras los desconocidos volvían su fuego sobre ellos. Lograron ponerse a cubierto antes de sufrir daños.

- ¡Tenemos que sacarles de aquí!- Exclamó.

Ella asintió por toda respuesta y se asomó por un costado de la cobertura. Disparó el rifle láser en automático, y uno de los mercenarios se tambaleó cuando una serie de disparos le recorrió la armadura desde la base del peto hasta el casco. Los disparos láser no penetraron su blindaje, pero lo derribaron. 

- Te cubro.

Mientras ella lanzaba una nueva andanada de fuego automático crepitante, el guardia imperial abandonó su cobertura con agilidad y se deslizó hacia uno de los obeliscos de cristal disparando en ráfagas disuasorias amplias y largas. Un rayo láser pasó zumbando a escasos centímetros de su oreja izquierda y lo aturdió. No le importó. Estaba más que acostumbrado a aquello.

Nuevos disparos acometieron contra los gruesos bloques de cristal del obelisco, fundiendo algunos de los nombres allí grabados y arrancando esquirlas brillantes que se clavaban en el suelo como agujas humeantes. El repiqueteo ensordeció a Jean durante unos segundos hasta que logró concentrarse y filtrar el acuciante sonido.

- Ahora tú- Dijo a Mara por el comunicador.

Mientras la mujer echaba a correr, disparando desde la cadera, Jean se llevó la culata del rifle láser al hombro y lo disparó en un amplio abanico para mantener a sus enemigos con la cabeza agachada. Uno de ellos no fue lo suficientemente rápido y un disparo le atravesó el cuello, fundiéndole la garganta. Mara llegó hasta Jean y le entregó un par de cargadores que había recogido del cuerpo del lachrimae muerto. Tras agradecer el gesto con un asentimiento, el skiano disparó una ráfaga hacia un mercenario que había echado a correr tras el inquisidor y el psíquico. 

El hombre recibió los disparos en la espalda y cayó de bruces, impulsado por la fuerza de la descarga, con las manos levantadas y el tronco arqueado hacia adelante. El cuerpo rodó por el suelo, humeante. Otros dos mercenarios ocuparon su lugar, disparando a Hankak y a Lorgen desde la cadera con sus rifles láser. Las voluminosas armaduras parecían no estorbarles en absoluto. 

Jean encaró a uno, pero cuando su índice acarició el gatillo un disparo golpeó el obelisco, rociando al skiano con metralla cristalina. El guardia imperial gruñó y se llevó una mano a la cara, cuyo lado izquierdo estaba sangrando y tenía pequeños pedazos de cristal clavados en la piel. 

El tirador se asomó de nuevo, y una salva de rayos láser castigó el obelisco otra vez. Jean devolvió el fuego disparando a ciegas por el borde de la cobertura mientras ordenaba a gritos a Mara que le cubriera para cambiar de posición. Ella recargó su arma y se agachó para abrir fuego. El chasqueante stacatto del rifle láser se sobrepuso a los precipitados pasos de Jean.

Dejándose caer contra un banco de mármol, con la cara adiéndole de dolor, el guardia imperial aprestó su rifle láser y lanzó una ráfaga disuasoria por encima del respaldo. La respuesta no tardó en llegar, y trozos de mármol hirviente saltaron por los aires, descuajados del banco por los disparos.

- ¿Dónde están Drusus y Petra?- Aulló por encima del estruendo de los disparos y los gritos de los lachrimae, que habían irrumpido en la plaza.

- No logro contactar con ellos- Respondió Mara, corriendo agachada hacia él- Espero que estén bien.

Jean chasqueó la lengua mientras observaba a un trío de lachrimae que se dirigían hacia ellos a paso ligero, disparando sus rifles láser en movimiento mientras las andanadas de energía hendían el aire a su alrededor y se estampaban contra el suelo, dejando pequeños orificios.

Cuando desvió la mirada hacia su izquierda, se fijó en un saliente del muro por el que podía trepar. Era una manera de escapar del tiroteo e ir tras el inquisidor y sus perseguidores. Se cubrió con la capcuha de su capa y le hizo un gesto a Mara, señalando el muro. Ella asintió e hizo de señuelo para cubrir su huida, levantándose mientras disparaba en automático, desplazando el rifle láser a ambos lados.

Las botas de combate del skiano golpearon el suelo mientras él corría hacia el muro. Saltó, apoyando el pie derecho en la superficie plana y pulida, y se impulsó para agarrar el saliente. Haciendo fuerza con los brazos y con un último impulso, trepó hasta la parte superior y se dejó caer al otro lado. 

Tocó el suelo con un golpe sordo y miró a su alrededor, buscando al inquisidor y a los dos mercenarios. No le costó mucho encontrarles entre el atemorizado gentío en estampida.

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No les estaban persiguiendo simples pistoleros a sueldo. Eran individuos con un entrenamiento de élite y una experiencia en combate apabullante. Su equipo también era algo superior, y los cuatro lachrimae muertos lo habían aprendido por las malas. 

Hankak y Lorgen estaban a punto de hacerlo también.

- ¿No puedes hacerles retroceder o algo?- Jadeó el inquisidor sin dejar de correr.

- Lo lamento, mi señor. Estoy exhausto.

Hankak gruñó por la frustración y disparó apresuradamente a sus perseguidores. La bala abandonó el cañón del revólver con un rugido similar al de un depredador e hizo estallar el mástil de bronce de una señal. Los fragmentos resultantes rociaron a los dos mercenarios, pero sus armaduras les mantuvieron protegidos.

Inquisidor y acólito se adentraron en la planta baja de un templo, protegida por gruesas columnas esculpidas en relieve con imágenes votivas. Una descarga de láser destrozó muchas de las imágenes pétreas mientras los conquistadores acorralaban a Hankak y a Lorgen sin dejar de disparar. El inquisidor no pudo evitar sentirse como un animal al que le estuvieran dando caza.

Amartilló su venablo y se asomó mientras las salvas de energía seguían destrozando las columnas. Antes de que apretara el gatillo, la hoja monomolecular de un cuchillo de combate trazó una centelleante curva hacia su cuello desde su derecha. Se agachó por puro instinto y eludió el ataque, pero un fuerte rodillazo le mandó al suelo, aturdido. 

Un mercenario de los conquistadores les había estado acechando desde que abandonaron la Plaza del Recuerdo. Los músculos sintéticos de su armadura emitieron un breve zumbido mecánico cuando el hombre se abalanzó sobre el inquisidor con el cuchillo en alto. Hankak rodó torpemente hacia un lado y esquivó al mercenario por milímetros, pero al intentar levantarse un disparo láser le dio en el hombro, haciéndole chocar contra la pared. Aunque la coraza había detenido el impacto, estaba en una posición muy vulnerable frente a tres expertos soldados sin piedad ni remordimientos. 

Con la adrenalina corriéndole por las venas, Hankak blandió su revólver con ambas manos y disparó a bocajarro contra el mercenario. El estruendoso disparo arrancó de cuajo un pedazo de hombrera, volatilizando una caja de cigarros que tenía sujeta a ella. Trozos de varas de Iho y armaplás llovieron en un radio de varios metros mientras el conquistador agarraba a Lorgen por la túnica y lo atraía hacia sí con un fuerte empujón. 

El anciano sacó una pistola láser compacta de sus ropajes y le descerrajó dos disparos en la coraza antes de que el cuchillo de combate atravesara su torso y destrozara su corazón biónico. El mercenario apartó a Lorgen de sí con un empellón, manchándose de sangre el casco y el peto, que tenía dos humeantes marcas de impactos láser.

-¡Lorgen!- Gritó Hankak mientras se levantaba.

Iracundo, derribó al conquistador lanzando todo su peso sobre él y le destrozó el visor con la dura culata del revólver. El cristal se quebró con un crujido sordo mientras el hombre intentaba zafarse del inquisidor lanzando puñetazos casi a ciegas. Hankak presionó el cañón del venablo mientras condenaba el alma del mercenario, pero antes de que apretara el gatillo uno de los puñetazos le partió la nariz y la fuerza del golpe le mandó rodando un par de metros. 

El conquistador se levantó entre maldiciones, quitándose el casco. Hankak agarró el cuchillo de combate, tirado cerca de él, y lanzó una rápida acometida que su oponente esquivó. También esquivó una estocada y otros dos tajos amplios con una agilidad sorprendente tratándose de alguien ataviado con una armadura pesada. 

El siguiente ataque lo detuvo con el dorso del guantelete, clavándose la hoja un poco en la placa de protección que lo cubría. Le arrebató el arma con un rápido movimiento e intentó derribar al inquisidor con una llave militar. Hankak, sangrando a borbotones por la nariz y con la mente nublada por la ira y el dolor, esquivó por poco la patada del mercenario y contraatacó con un gancho que le partió los dientes. 

Mientras su oponente se tambaleaba y recuperaba del golpe, el inquisidor arrancó las anillas de dos granadas antiblindaje que el mercenario llevaba sujetas al peto y lo apartó de sí de un empujón. El hombre intentó agarrarle, pero Hankak se zafó y se alejó de él rodando. Los explosivos detonaron, acallando las maldiciones del mercenario y destrozando su cuerpo y armadura en una lluvia de jirones de carne ensangrentada y pedazos de armaplás y ceramita reforzados. 

Agarrando el venablo, que estaba a sus pies, Hankak se volvió furioso con el arma en alto, buscando a los otros dos mercenarios. Tuvo que contenerse para no apretar el gatillo y darle por accidente a Jean, que les había atacado por sorpresa mientras él peleaba con el asesino de Lorgen.

El skiano, cubierto por su capa de camaleonina con capucha, le había reventado la cabeza a uno aprovechando un punto débil en su casco y después le había arrebatado el rifle láser para destrozar a su compañero, disparando en automático a bocajarró. La impresionante armadura había quedado plagada de agujeros y quemaduras, humeante y con empapada de sangre y trozos de carne. 

Hankak se fijó en que tenía una de sus pistolas recién disparada en una de sus manos. Pasó por alto aquella desobediencia dado que probablemente le había salvado la vida.

Cuando la adrenalina empezó a desaparecer y su vista se volvió más clara, la ira fue siendo sustituida poco a poco por dolor y pérdida. Tuvo que hacer esfuerzos para controlarse.

- ¡Inquisidor! ¿Está bien?- Exclamaba Jean mientras se acercaba a él a paso ligero.

- Sí- Contestó apresuradamente, fingiendo una voz firme- Pero Lorgen...

El skiano abrió los ojos como platos y tartamudeó algo en su idioma sin darse cuenta antes de volver al Gótico Bajo.

- ¿Le ha pasado algo al viejo?- Preguntó, visiblemente preocupado.

Hizo ademán de echar a andar hacia él, pero Hankak lo detuvo agarrándole por el hombro. Negó con la cabeza.

- Oh, Trono- Murmuró el guardia imperial- No...

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Los mercenarios habían logrado escapar.

A pesar de la condición de combatientes de élite de los lachrimae, habían perdido cinco hombres en el tiroteo con los asesinos contratados, y tres habían sufrido heridas considerables. En un momento de confusión, los mercenarios habían escapado, dejando a su paso a varios civiles heridos para eludir a los lachrimae, que se vieron forzados a asistir a los ciudadanos. 

Una docena de servidores-bombero y una treintena de lachrimae se habían afanado en apagar los incendios causados en la Plaza del Recuerdo por el lanzallamas y los disparos láser, y varios equipos del Oficio Medicae habían acudido a la zona para ocuparse de los civiles heridos y los que habían quedado traumatizados por la experiencia. 

Los cuerpos de los conquistadores abatidos habían sido imposibles de identificar, ya que llevaban consigo unos artefactos que disolvieron sus cuerpos desde el interior tras morir. Los foreneses sólo pudieron llevarse consigo unos frascos de cristal sellados que contenían los pastosos restos de los mercenarios. No tuvieron manera de identificar su ADN ni ninguna otra muestra de identidad.

Después del incidente, los enfurecidos lachrimae habían tratado de detener a Hankak, a Jean y a Mara, pero el inquisidor les informó de su rango y condición y desistieron. A pesar de todo, accedió a que los llevasen a la prefectura de la ciudad para poder poner el cuerpo de Lorgen a salvo. 

Sabedor de que el anciano psíquico desdeñaba de pompa y lujos, Hankak había dado instrucciones específicas para que el cadáver fuera recogido en un ataúd y posteriormente incinerado. También ordenó que sus cenizas fueran esparcidas por la ciudad, y se lamentó por no poder acceder a la ceremonia.

En la prefectura de los lachrimae, un colosal y majestuoso edificio sobrecargado de decoración religiosa, Hankak trató de contactar con el resto del equipo para transmitirles la noticia. Irma respondió que preferiría quedarse en la Arvus para tenerla preparada a la llegada del inquisidor y el séquito. Petra y Drusus no respondieron.

- Mierda- Masculló- ¿Dónde demonios se han metido?

Jean detuvo con un gesto a un lachrimae que pasaba cerca de ellos al oír al inquisidor.

- Disculpa- Jean detestaba las máscaras de los lachrimae. Era imposible saber lo que pensaban- Necesitamos localizar a dos socios. ¿Puedes echarnos una mano?

El lachrimae asintió, esperando indicaciones. 

- Uno es un tío enorme, con una mandíbula protésica. La otra es una mujer pelirroja. Creo que fueron a...

- Buscadlos en los calabozos- Cortó el lachrimae antes de seguir su camino.

Jean levantó una ceja, confuso, y se encogió de hombros. Llamó la atención del inquisidor y señaló los calabozos.

- Creo que los tenemos ahí abajo, señor.

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- En el nombre del Dios Emperador, cuyo trono descansa en la sagrada Terra, ¿En qué cojones estabais pensando?

Hankak había convencido con rapidez a los lachrimae para que liberasen a sus acólitos, y acto seguido había requisado un transporte de la prefectura para llegar al espacio-puerto. Ya había tenido demasiado por aquel día. 

- Me robaron la cartera, inquisidor. Tenía mi identificación dentro- Se defendió Drusus. El arbites estaba visiblemente avergonzado, y apenado tras saber de la muerte de Lorgen.

- El grandullón ha hecho lo que debía- Dijo Jean desde el puesto del conductor, a la izquierda de Hankak- Imagine que hubiera perdido la identificación. Nos causaría problemas.

- Coincido con Jean- Adujo Petra. Estaba sentada en la parte de atrás del vehículo, entre Drusus y Mara. Había pasado la mayor parte del viaje callada, orando en silencio por el alma del anciano asesinado- Yo hubiera hecho lo mismo, señor.

- Habéis tenido suerte de que os encontrásemos- Hankak se encendió el tercer cigarro desde que se había montado en el vehículo y guardó el mechero en forma de pistola de chispa en sus pantalones- Podríais haberos quedado aquí, detenidos. 

- Señor...- Empezó Drusus.

- Da igual- Le cortó él. No tenía interés en aplicar ningún tipo de castigo, ni creía que sus acólitos se lo hubieran ganado de verdad. Ya habían tenido suficiente escarmiento- Aún estoy tenso por el combate y...bueno, ya sabéis.

Hubo un silencioso asentimiento en el interior del automóvil. El silencio siguió durante varios minutos hasta que un atasco causado por un pequeño accidente a la entrada del espacio-puerto les cortó el paso. La fila de vehículos tenía varios kilómetros de largo, y los vendedores ambulantes habían aprovehcado para vender sus productos a los conductores y pasajeros.

- Y...- Rompió el silencio Jean, tamborileando sobre el volante- ¿Quiénes eran esos, inquisidor? 

- Mercenarios.

- Ya. Quiero decir, alguien les habrá tenido que contratar.

- ¿Algún rival?- Inquirió Mara.

Hankak se encogió de hombros. Había comenzado a formarse una idea, pero era tan aterradora que no quería darle más vueltas por un tiempo. 

- No lo sé. Ya me enteraré. Lo que está claro es que esto no va a quedar impune. 

- Amén- Asintió Jean.

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