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Prólogo: Un Mundo en Llamas.Editar

- Ya vienen- Habló la voz de la madre superiora Theressa- Tomad posiciones y esperad a mi señal.

Las Hermanas de Batalla asintieron y se atrincheraron aún más en las ruinas de la calle que daba acceso a la plaza. La hermana Evangelyne se protegió tras el escaparate de una tienda de ropa con el cristal reventado junto con otras dos hermanas. Observó como dos más se escondían entre los tiestos de piedra llenos de flores marchitas de una cafetería desierta y la madre superiora y la última integrante de su escuadra se colocaron a los pies de la gloriosa estatua del Emperador que decoraba la plaza.

Evangelyne alzó la mirada al cielo y frunció el ceño.

 A través de la ventana de su celda en el convento, había observado el cielo meses atrás, en aquel mismo mundo paraíso en el que su orden había establecido un convento en la parte alta de la ciudad más poblada. Aisladas del bullicio y el libertinaje de la ciudad por una pequeña jungla que subía hacia el convento para ayudar a las hermanas a la meditación gracias a la exuberante belleza del paisaje y siendo esta una manera muy efectiva de atraer fieles y dar un ejemplo de pureza y devoción a los habitantes y turistas de Pandorash, mundo jardín del sector Gótico.

 En aquellos días tenía un color azul celeste. Aquella enorme inmensidad que antes había sido surcada por los cargueros mercantes y los cruceros estelares de placer ahora era de un errático color purpureo que parecía cambiar de tonalidad a cada instante dibujando rostros deformes en el cielo. Las nubes, antes blancas y ligeras, ahora formaban una espesa masa cambiante que escupía relámpagos rojizos sobre las escuadras de aeronaves que combatían bajo ellas. El aire estaba cargado del olor penetrante de los cadáveres en descomposición y el aroma a carne quemada se mezclaba con el sonido lejano de los disparos láser y detonaciones de artillería que resonaban por la línea de batalla que se extendía por las calles adyacentes.

Aquellas calles habían estado llenas de vida hacia solo un par de semanas. Las tiendas y cafeterías del planeta rebosaban de jóvenes aristócratas y esnobs que iban de un lado a otro dedicados a su propia satisfacción y retirándose de la turbulenta vida de la corte. Ahora aquellos lugares eran un brutal campo de batalla donde no se daba cuartel. Donde un reducido número de guardias leales y hermanas de batalla trataban de  frenar la interminable horda de locura y depravación herética de los seguidores del Príncipe Oscuro…

Sacudió la cabeza para centrarse, redirigió sus pensamientos hacia el asunto que tenía entre manos y observo a la Madre Superiora y a la hermana Caroline a los pies de la estatua. Ambas mujeres estaban al descubierto, dejándose ver y dando al enemigo un cebo que morder.  Aquella plaza resultaba un escenario perfecto para una emboscada, pues tenía una sola entrada y una sola salida y había sido objeto hace unos minutos de una refriega entre los heréticos renegados del Culto a Slaanesh y varias escuadras de las pocas  FDP que aún eran leales al Emperador en aquel planeta.                

Los heréticos habían matado a los guardias, pero estos tampoco habían podido rebasar las posiciones leales. Cuando la escuadra de hermanas de batalla llegó solo quedaba un superviviente, un muchacho de la guardia. El chico no debía de tener más de dieciocho años. Una herida de bala le perforaba un pulmón y un gran charco rojo se formaba a partir de la sangre que manaba de una cuchillada en el estómago, haciendo que la vida se le escapara entre los dedos de la mano con la que intentaba, desesperadamente, taponar la herida.

La  Madre superiora Theressa se arrodilló junto al soldado y colocó su cabeza en sus rodillas con sagrada piedad. Dirigió  al joven palabras de aliento y le hizo una pregunta. El guardia calló un momento, más pálido aún por la pérdida de sangre y finalmente contestó al oído de la madre superiora.

Entonces la madre cogió al muchacho entre sus brazos y quitó el seguro de su pistola bólter mientras recitaba una oración…

Evangelyne elevó una silenciosa plegaria al Emperador por el alma del joven y de sus compañeros guardias. Su sacrificio no sería en vano, se dijo a sí misma mientras la voz de la madre superiora resonaba en el auricular de su casco.

- Ya están aquí- Dijo la voz de la madre Theressa- Seleccionad vuestros objetivos y que El Emperador guíe vuestras armas.

En Su nombre purificaremos este mundo de la ponzoña herética- Susurraron al unísono todas las integrantes de la escuadra.

Los Cultistas avanzaban por las ruinas de la avenida en dirección a la Plaza Mixes. Se movían sin buscar cobertura, seguros de que no encontrarían ninguna oposición.

Muchos de ellos vestían armaduras improvisadas de cuero cocido, acero o chapa y portaban armas como rifles automáticos de tosca manufactura que no suponían ningún desafío para el equipamiento de las hermanas. Pero otros lucían las armaduras antifrag de la Guardia Imperial, ahora pintadas de colores chillones como rosas y fucsias. La mayoría aun conservaban sus rifles láser, y un disparo afortunado podría herir a alguna de las Sororitas. La llenó de odio ver que los emblemas y el número de sus antiguas unidades habían sido emborronados y sustituídos por símbolos heréticos en honor a su decadente dios.   

Un Marine Espacial traidor vestido con una armadura de tonos rosas que contrastaba vivamente con las partes negras de la misma los lideraba. Iba armado con un puño de combateen su mano izquierda que brillaba con un halo de energía impía y una pistola bólter en la derecha. Sobre su mochila llevaba acoplado a un estandarte formado a partir de la piel desollada de una mujer humana, sobre el cual habían grabado, con tintes chillones la marca blasfema de Slaanesh.

El Astartes es mío, hermanas- Susurró Evangelyne.

Todo tuyo, Eva- Dijo la hermana Selene, a su lado, usando el diminutivo con el que la mayoría de las hermanas solían llamarla. Solo las hermanas con un rango superior se dirigían a ella por su nombre completo- El calvo del lanzallamas es para mí.

El mío es el de la máscara de verdugo que porta un rifle -Señaló la hermana Flavia.

Una a una, las Hermanas de Batalla fijaron sus objetivos. Mientras lo hacían, el Marine Traidor señaló con un dedo de su puño de combate a las dos indefensas Sororitas que se alzaban ante la estatua del Dios Cadáver y grito una orden a sus subordinados. Estos contestaron un sonoro grito de entusiasmo y se lanzaron a la carga sin pensar, seguros de su victoria y de lo que disfrutarían después con dos esclavas más.

Con un sonido atronador, el proyectil de Evangelyne salvó en una milésima de segundo el espacio que la separaba de su destino y atravesó limpiamente la sien del Astartes traidor. La bala detonó en el interior de su cráneo y la cabeza le estalló en una lluvia de sangre y masa encefálica.

La escuadra de hermanas al completo abrió fuego. La masacre fue atroz y ocho cultistas murieron con la primera andanada. Los desertores de la guardia fueron un poco más listos y trataron de ponerse cuerpo a tierra y arrastrarse hacia una posición más ventajosa, mientras se cubrían unos a otros con disciplinadas cortinas de fuego láser, pero la mayoría no fueron lo suficientemente rápidos y los proyectiles de bólter atravesaron sin problemas su armadura antifrag.

Instantes después, el último cultista cayó abatido. Tras comprobar que no había supervivientes, las Hermanas de Batalla se reunieron a los pies de la estatua del Emperador mientras susurraban plegarias de agradecimiento e iniciaban los ritos de mantenimiento de sus bólteres.

Un soldado de la Guardia Imperial hubiera llamado a aquello sencillamente recargar y comprobar el estado de las armas, pero para las hermanas de batalla los ritos de combate debían seguirse a rajatabla, y atender al sagrado bólter era una de las más reverenciadas de todas.

Evangelyne se situó junto a Selene y Flavia. Selene rezaba con parsimonia mientras se peinaba un mechón rubio que se le había descolocado del flequillo mientras que Flavia sostenía su colgante del Águila Bicéfala entre las manos y atendía a su bólter de rodillas con extrema devoción.

Ellas tres eran unas de las hermanas más jóvenes de la Hermandad en aquel planeta. Evangelyne tenía solo veintitrés años, Selene era un poco mayor que ella, unos veinticinco aproximadamente y Flavia acababa de cumplir los veinte.

Evangelyne no conocía otra vida que la del Convento, ya que había sido abandonada a las puertas de éste cuando solo era un bebé, un bulto lloroso de ojos azul marino enrojecidos por el llanto y un único mechón negro azabache que le caía desde su pequeña cabecita.

La madre Theressa la había recogido y dado su nombre. La había cuidado durante todos esos años y era para ella la madre que nunca tuvo. No conocía a sus padres, pero tampoco los echaba de menos, la madre Theressa y sus amigos del orfanato habían sido una grata compañía durante los quince años que duró su niñez, y de todas maneras, no era tan extraño que tantos infantes fueran abandonados en un mundo en el que los turistas se entregaban al placer y la satisfacción personal sin ninguna precaución.

A los quince años comenzó a trabajar con las Hermanas Hospitalarias del hospicio que había al pie del jardín del convento, y que atendían a los enfermos por indigestión y exceso de alcohol durante las fiestas de los hoteles, además de a los heridos en duelos que organizaban los hijos de casas nobles rivales.

Allí conoció a Selene, que por aquel entonces era una de las enfermeras. Selene no era una mujer que se caracterizara por su devoción al Emperador ni por su entusiasmo durante los oficios sagrados, y Evangelyne nunca había entendido porque se unió a la Orden. Aun así era una gran luchadora y sus conocimientos médicos eran igualmente valiosos.

Flavia había entrado poco después que ellas. Evangelyne la recordaba del orfanato como una niña solitaria y distante, de cabellos negros y ojos verdes que nunca era capaz de hacer amigos y que se aferraba a su rosario como si no existiera otra cosa. No resultaba una compañía muy habladora, pero era extremadamente buena con su bólter, y su fanatismo consistía otra gran parte de su rendimiento en combate. En resumen, era mejor no hacer debates teológicos con ella. A no ser que quisieras acabar con un disparo de bólter en la cabeza, claro.

Flavia se unió a la Orden por su admiración hacia la madre Theressa, por su fe en los ideales del Dios Emperador en los que ella también creía, aunque no con tanto fanatismo, y porque en el fondo no deseaba pasarse la vida encerrada en el convento atendiendo a un puñado de idiotas borrachos que se divertían abriéndose la cabeza.

 - Fue un buen disparo ese que hiciste, Eva- La felicitó Selene entre susurros- Ese descarriado no supo ni qué lo mató.

Evangelyne no respondió, pues sabía que estaba prohibido hablar durante una oración, pero asintió con la cabeza agradecida.

La oración fue ejecutada con precisión y rapidez. Ninguna dijo nada cuando la madre Theressa ordenó retroceder por la calle que bajaba hacia una nueva posición. Las órdenes eran sencillas, cubrir la retirada del grueso de las tropas leales para reagruparse en los niveles inferiores de la colmena.

Aun así estaba resultando una tarea extremadamente difícil y engorrosa.

Hacía un mes y medio aproximadamente, la Canonesa de la Orden, Alexia Arrabal y el grueso de las fuerzas militares de las Sororitas habían sido enviadas por orden expresa de la Inquisición para acabar con una insurrección en un mundo cercano. La cosa no destacaba precisamente por ser algo muy distinto de lo que las Hermanas estaban acostumbradas a enfrentar. Cultistas liderados por un puñado de Marines del Caos y algún demonio invocado que, aunque lograba causar grandes daños, era eliminado rápidamente.

El levantamiento no duró más de dos semanas tras la llegada del Adeptus Sororitas, y el gobernador rebelde y sus consejeros fueron ejecutados inmediatamente tras la toma de su palacio. Aun así tardaron un mes entero en pacificar la totalidad del planeta y reagrupar a los dispersos y debilitados ejércitos de la Guardia Imperial que habían sido desperdigados por el planeta por culpa de los traidores leales al caído gobernador infiltrados en sus filas.

Cuando finalmente la Canonesa dio la orden de regresar a casa, las Hermanas de Batalla marcharon a sus naves con alegría y agradecimientos al Emperador. Llevar la ira del Señor de la Humanidad a aquellos que renegaban de su divina luz por la falsa gloria de los Dioses Oscuros era un gran honor del que todas disfrutaban con fervor, pero regresar a casa y volver a ver a las Hermanas Hospitalarias y a los niños del orfanato resultaba una buena manera de soportar los horrores del a los que se enfrentaban y fortalecer su fe en que el sagrado sueño del Emperador aun podía hacerse realidad.

Pero, cuando las naves de las Hermanas salieron de la disformidad, descubrieron que la oscuridad del Caos había alcanzado a su hogar.

 En órbita, centenares de fragmentos de naves destruidas flotaban por el espacio. La gran mayoría de ellas formaban parte de la flota de defensa de Pandhorash, pero otras eran extrañas y retorcidas y en ellas podía apreciarse el símbolo de Slaanesh. Desde la superficie del planeta se escuchaban transmisiones de auxilio por parte de las tropas locales, la mayoría milicias ciudadanas acostumbradas a desfilar para entretenimiento de los turistas no preparadas para un conflicto real. Aun así, parecía que al menos tenían oficiales competentes, ya que al menos dos tercios de las fuerzas de defensa planetaria aún continuaban luchando intactas. Las hermanas descendieron a la superficie planetaria y aterrizaron en el espacio-puerto de Calabrish, situando en los límites inferiores de la colmena.

La ciudad al completo era un caos. Los niveles superiores, donde se encontraban los hoteles de lujo y tiendas, además de las casas de aquellos que trabajaban allí, estaban completamente ocupados por las fuerzas heréticas. En aquel momento, el inesperado regreso de las Hermanas fue un pequeño rayo de esperanza en un mar de derrota y miedo.

 Los bólteres de las Hermanas de Batalla resonaron una vez más y Evangelyne nunca se había sentido tan orgullosa de servir junto a tan excepcionales mujeres cuando hicieron retroceder la marea de heréticos que asolaban el espacio-puerto. Cuando los descarriados fueron expulsados más allá de los muros de contención para la población instalados por los agentes del Arbitres, la Canonesa se reunió con los oficiales de las FDP responsables de la defensa para exigir una explicación a aquella invasión. Por todo el planeta la situación era desesperada, le dijeron. Un par de semanas después de la partida de las Hermanas, comenzaron a sucederse una serie de alzamientos entre la población civil.

Al principio, los agentes del Arbitres y las fuerzas de al milicia ciudadana fueron capaces de mantener el orden y disolver a los insurgentes, pero pronto comenzaron a ser necesarios procedimientos más drásticos. Se producían detenciones y ejecuciones sumarias a diario, a la vez que el número de rebeldes aumentaba. Sin embargo, la catástrofe alcanzó su clímax cuando llegaron los Marines del Caos. Los cultistas habían sido solo una distracción que les permitió desplegar sus fuerzas secretamente, además, durante los disturbios se produjeron extraños robos de armas y material bélico, así como los sabotajes y la destrucción de sistemas de defensa. Cuando finalmente parecía que la rebelión iba a ser erradicada, los Marines del Caos golpearon con rapidez y brutalidad. El cuartel donde se encontraban estacionados  los miembros del Arbitres fue asaltado primero y los agentes fueron aniquilados sin una sola oportunidad para defenderse. Simultáneamente, se orquestó un ataque a los generadores de energía que suministraban electricidad a las instalaciones de la ciudad y a los sistemas de defensa perimetral que pudieran haber quedado intactos. Y, por último, se llevó a cabo la aniquilación total de las instalaciones y las fuerzas militares y hospitalarias del Adepta Sororitas que pudieran quedar en el planeta.

Las Hermanas de Batalla entonaron cánticos de lamento y venganza durante los días posteriores. El convento y el orfanato habían sido tomados por el enemigo y su sagrada catedral dedicada al Dios Emperador era ahora un lugar profanado por los blasfemos rituales de los heréticos y utilizada por éstos como cuartel general. La hermana canonesa Alexia infundió de cólera los corazones de sus hermanas pidiendo venganza contra aquellos que tantos inocentes habían asesinado e inmediatamente se puso al frente de los restantes defensores de la colmena. La primera orden de la canonesa fue que todas las fuerzas leales restantes en la colmena se reagruparan en los niveles inferiores de ésta y aseguraran los activos más vitales, como los tanques de nutrientes y las reservas de alimentos y, por supuesto, usar el espacio-puerto como puesto de mando bajo control Imperial, dándoles así la posibilidad de obtener refuerzos.

 Las transmisiones de socorro habían sido lanzadas, ahora solo faltaba que alguien, quien fuera, las escuchara y viniera en su ayuda.

Hasta entonces, estaban a merced de la voluntad del Emperador.

Un disparo de bólter devolvió a Evangelyne a la realidad.

- ¡Al suelo, hermanas!- Grito la madre Theressa.

Ella se agachó por instinto y rodó hasta una de las esquinas de un edificio en ruinas. Sus hermanas de batalla hicieron lo mismo. Se encontraban en una de las calles donde se almacenaban los principales productos del planeta, también había una pequeña porción de naves industriales, como talleres de mecánica y de procesamiento de alimentos.

Evangelyne miró a la calzada de la que acababan de salir y vio el cuerpo ensangrentado de la hermana Caroline. Quiso arrastrarse hacia ella,  pero la madre Theressa la retuvo.

- No podemos hacer nada por ella, niña.

- ¡Algo habrá que podamos hacer, madre!

Mira el charco de sangre. La bala le ha atravesado el corazón, con mala suerte, una arteria. Y aunque así fuera no podríamos tratarla. Todo nuestro material médico está en el punto de reunión- El rostro de la madre superiora era una máscara de porcelana, fría e inexpresiva, pero Evangelyne pudo concebir que la idea de abandonar a Caroline le parecia igual de monstruosa. Era como una hija para ella.

Una risa surgió de la avenida y rebotó en las paredes hasta llegar a los oídos de las Sororitas. Más carcajadas dementes se unieron a la primera, todas distorsionadas por sistemas vocales y de respiración.

Evangelyne esbozó una mueca de rabia y colocó el dedo sobre el gatillo de su bólter.

Maldito descarriado - Dijo para sí.

Se asomó un poco y pudo verlos, envutidos en sus servoarmaduras de chillones colores.

Eran cinco y estaban en igualdad numérica que las hermanas, pero todas sabían que aquello les favorecía más a ellos. Tres de ellos llevaban bólteres, y a Evangelyne le dolió en el alma ver armas tan sagradas profanadas de aquella manera. El cuarto portaba un raro de ver rifle de plasma y el último una ruidosa espada sierra, además de una ornamentada pistola bólter que descansaba en su pistolera, en la pierna derecha del Astartes caído.

Transmitió la información a sus hermanas y rápidamente se prepararon para combatir de nuevo. Evangelyne rodó  hasta una de las barreras de rocormigón que se colocaban en la carretera para evitar el paso de vehículos y efectuó tres disparos, dirigidos al portador del rifle de plasma, que era el más peligroso en ese instante.

La primera bala rebotó en la servoarmadura del Marine y la segunda se incrustó en la hombrera derecha, dejándole un pequeño agujero, pero la tercera rebotó hacia arriba en el torso y se desvió hacia la junta donde se unían en peto y el casco.

 La bala entró y salió por el otro lado y el Marine se derrumbó con un sonoro gorgoteo al ahogarse en su propia sangre. Sus hermanos respondieron avanzando hacia adelante y disparando sus bólteres contra ella y la joven hermana se agachó tras el muro todo lo que pudo. El resto de la escuadra avanzó hacia su posición, sin dejar de disparar. Selene se colocó junto a ella en otra de las barreras y comenzó a disparan hacia los heréticos, Flavia hizo lo propio, pero no se molestó en cubrirse, sino que se mantuvo al descubierto disparando mientras rezaba las liturgias de la venganza. Parecía imposible que las balas no le dieran.

Los Marines del Caos siguieron avanzando sin cubrirse, y otro de ellos recibió un disparo con suerte a través de su yelmo que le volatilizó el cráneo. Pero eso no pareció afectar a los demás, sino que rieron escandalosamente de nuevo y cargaron. Cuando estaban a menos de diez metros empezaron a correr y con largas zancadas saltaron la cobertura de las sororitas mientras se lanzaban contra ellas.

El marine de la espada sierra lanzó un tajo con su arma y estrelló su terrible hoja dentada contra la armadura de otra Hermana de Batalla. La ceramita se resquebrajó bajo la ingente fuerza del impacto y una lluvia de sangre salpico el rostro del traidor cuando los dientes de adamantio alcanzaron la carne. La Hermana gritó y cayó al suelo, pero el traidor la acalló con un sonoro pisotón de su bota que redujo la cabeza de la Sororita a una mancha roja en el suelo.

El Marine se lamió con deleite la sangre del rostro y atacó a la madre Theressa, que se agachó para esquivar el tajo y atacó con su propia espada sierra. Evangelyne esquivó el puño de otro de los Astartes renegados mientras desenvainaba su cuchillo, un arma de hoja ancha con punta serrada de treinta centímetros de adamantio, y la blandió buscando el cuello de su oponente. El Marine retrocedió hacia atrás de un salto, aunque no parecía muy preocupado por el cuchillo. Se oyó el rugir de un bólter y el Marine traidor cayó de rodillas con un aullido de dolor cuando la munición especial de Flavia le destrozó los órganos al penetrar por la junta de la cintura. Con un rápido movimiento, Evangelyne hundió su cuchillo en la garganta del Caído aprovechando una monentánea distracción y se la desgarró.

El hereje cayó hacia delante, intentando alcanzar a Evangelyne antes de morir, pero la joven Sororita ya había ido a por el siguiente herético. Flavia se le unió con un grito y se lanzaron contra el Infiel contra el que luchaba Selene. El Astartes alternaba disparos de su bólter con devastadores ataques de su cuerpo sobrehumano. Selene esquivó el primer puñetazo y los tres siguientes, pero cayó al suelo cuando el Marine estrelló su pie contra su peto. A Evangelyne le repugnó el sonido que hicieron las costillas de Selene al estallar, aún protegidas por la armadura. El marine elevó su pie emulando la acción de su compañero, pero no llegó a acabarla.

- ¡Por el Emperador!- Gritaron Flavia y Evangelyne al mismo tiempo. Evangelyne hundió su cuchillo justo por detrás de la rodilla del Astartes caído. El marine rugió y giró su cuerpo a la vez que lanzaba su codo contra la mejilla de la muchacha, olvidándose de Selene, quien se arrastró fuera de su alcance. Evangelyne retrocedió y el codo le impactó en el hombro y no en la cara. A pesar de todo, salió despedida hacia atrás y sintió que su armadura se abollaba y el golpe le producía un extenuante dolor en el hombro. Si no fuera por la servoarmadura, ahora estaría roto. Flavia saltó hacia el Marine del Caos y lo atacó con su cuchillo. La hoja se deslizó contra contra el antebrazo del marine traidor, dejando una pequeña muesca, pero sin ningún efecto más.

El traidor lanzó un poderoso rodillazo al vientre de la hermana y Flavia se dobló, expulsando todo el aire de sus pulmones. El herético rió, desquiciado, y golpeó la cabeza de Flavia con el antebrazo, haciéndola caer al suelo de bruces con la sangre corriéndole por la frente. El caído se dispuso a acabar con ella definitivamente y levantó la bota una vez más. Sin embargo, el dolor de la cuchillada de Evangelyne le pasó factura y fue demasiado lento. Flavia se levantó con el flequillo y el rostro empapado de sangre y le acuchilló de nuevo en la pierna al mismo tiempo que Evangelyne se precipitaba sobre él, golpeando con todo el peso de su cuerpo, el pecho del Astartes.

El precario equilibrio del marine se rompió, y cayó de espaldas contra el asfalto. Ignorando el tremendo dolor de su hombro, Evangelyne hundió su cuchillo en el visordel casco del traidor, atravesándolo. El grito del traidor se vio ahogado cuando Selene, de nuevo en pie le disparó en la cabeza hasta que quedó reducida a una pulpa sanguinolenta. 

Evangelyne ayudó a ponerse en pie a Flavia, que se tambaleaba. Tenía la frente completamente llena de sangre, que le bajaba de una herida en la base superior del cráneo. La armadura de Selene tenía una profunda grieta en el peto de su armadura y tenía una mano sobre el costado, esbozando un gesto dolorido. Parecía que le costaba respirar. Evangelyne estaba mucho mejor que ellas, aunque el dolor de su hombro no se iba y le entumecía el brazo derecho.

- ¿Estáis bien, hermanas?- Preguntó rápidamente.

Flavia se irguió, ensangrentada pero decidida.

- Eso no importa, tenemos que ayudar a….

No terminó la frase. Un grito agónico las hizo estremecerse y las tres se volvieron al unísono. La madre Theressa yacía en el suelo, empapada en sangre, con la caja torácica abierta de par en par y su corto cabello entrecano manchado de rojo. El marine extrajo con brutalidad su arma del pecho de la madre superiora y dirigió una sonrisa siniestra al trío de Sororitas supervivientes.

Evangelyne se quedó helada por un segundo. La muerte no era nada nuevo para ella, había estado en  suficientes campos de batalla como para que aquello no la afectara, pero nunca pensó que aquello pudiera pasarle a la madre Theressa, la única ``madre`` que había conocido.

Algo en su interior se rompió de en aquel momento, y con un chillido de rabia, Evangelyne se precipitó sobre el marine.

El traidor se movía con dificultad y la hermana adivinó que la madre superiora lo había herido antes de morir. Mientras corría, descargó toda la munición que le quedaba en el bólter, pero la mayoría de los proyectiles fallaron o rebotaron en la armadura del Marine.

Evangelyne lo atacó con su cuchillo, pero él nisiquiera se molestó en detenerla. El arma se hundió en su abdomen y la hermana trató de sacarla para asestar otra puñalada, pero la hoja se había atascado. 

El Caótico la miró. No llevaba el casco puesto, y Evangelyne pudo ver su rostro, pálido como un muerto y surcado de horrendas cicatrices, con unos ojos negros como la obsidiana que la contemplaban con una maldad y una perversión extremas.

- ¿Te duele la muerte de tu hermana, pequeña niña?- Susurró el engendro mientras una sonrisa, más similar a una herida abierta, surcaba su rostro- No te preocupes, pronto te enviaré con ella.

El puño libre del marine golpeó contra el hombro herido de Evangelyne, que aulló de dolor y cayó de rodillas, dejando su cuchillo clavado en el vientre del traidor. Él lanzó una patada que le golpeó de lleno en el pecho y agrietó su servoarmadura, lanzándola hacia atrás, sin respiración. Una  explosión de dolor se extendió por su pecho y subió hasta su garganta, haciéndola escupir sangre. 

Las dos hermanas restantes se colocaron junto a ella, cubriéndola con sus propios cuerpos e interponiéndose en el camino del traidor.

¡Muere, demonio!- Gritaron ambas, disparando sus bólteres con rabia.

 El gigante psicópata aceleró el paso, ignorando deliberadamente los proyectiles que mordían su cuerpo gracias a las drogas que todos los suyos tenían, y descargó un tajo con la espada sierra hacia Flavia. La hermana se agachó a tiempo, pero el golpe de regreso le golpeó de lleno con el pomo del arma en la cabeza. Se derrumbó hacia un lado y ya no se levantó. 

Selene esquivó otro impacto y disparó a bocajarro contra el caótico. Las balas del bólter estallaron contra el abdomen del herético, salpicando a la hermana de sangre y carne, pero eso no lo detuvo. Pareciera que el dolor era una fuente de placer para él, cuya sonrisa se hizo mucho más amplia, y arrojó a la Hermana de Batalla contra el asfalto con un desdeñoso golpe de su espada sierra. 

El arma destrozó el peto de Selene y la hizo volar por el aire, cayendo contra una pila de cajas de madera, que se hicieron pedazos bajo el peso de ella. Selene se estremeció de dolor, el corte no la había alcanzado, pero la caída acabó de romperle las costillas y su cabeza cayó hacia atrás, inconsciente.

Evangelyne observó todo aquello sin poder moverse, el pecho le ardía como si le hubieran prendido fuego y no alcanzaba su bólter, que había quedado tirado lejos de ella. Era una presa fácil.

El descarriado se detuvo delante de ella y la apuntó con su pistola bólter.

Qué desperdicio…- Se relamió, presionando poco a poco el gatillo de su arma- Habrías sido un juguete muy entretenido.

Evangelyne cerró los ojos y escuchó un disparo. Durante un instante no oyó nada más.

- Estoy muerta- Pensó- Me ha matado y estoy muerta- Sin embargo, a sus oídos llegó un sonido de algo pesado al caer al suelo y un tableteo de pasos.

Abrió los ojos.

Ante ella se alzaba un joven de pelo completamente negro que la observaba con indiferencia. Tenía la piel especialmente blanca, algo raro en un mundo bañado por un magnífico sol como aquel, pero sus rasgos estaban perfectamente definidos. Tenía un ojo de cada color, el izquierdo rojo y el derecho azul. El ojo izquierdo, el ojo despidió un reflejo cuando un rayo de luz rebotó sobre él, y la Hermana supo que era biónico. También su brazo izquierdo parecía anormalmente grande, y al fijarse mejor descubrió que también era un implante. Tenía los músculos del pecho y del brazo muy bien desarrollados y vestía una camiseta de tirantes de color gris oscuro que los marcaba aún más. Los pantalones eran enormes y llenos de bolsillos, y calzaba unas botas negras reforzadas con trozos de chapa. En la mano sostenía una escopeta humeante, del mismo modelo que usaban los Arbitres.

No era una experta en materia de hombres. Pero ese resultaba extrañamente atractivo.

Bajo él se encontraba, con el cráneo destrozado, el cuerpo del Marine del Caos.

Evangelyne entreabrió los labios y trató de hablarle, pero el mundo se nublaba a su alrededor y no pudo más que susurrar:

- Ayuda...me

Y luego todo se volvió negro.

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El desconocido se rascó la sien izquierda con el brazo biónico, pensativo. Sintió los engranajes y el dispositivo de su ojo mecánico, que era una réplica perfecta del derecho  (salvo por el detalle de que era de otro color), rechinar, quejándose. No lo tenían en azul, le habían dicho, de manera que rojo se quedó. A él ya no le importaba, de todas formas. Además, a las chicas de la ciudad parecía gustarles y lo que le gusta a una mujer no se quita.

Había observado la pelea, escondido entre las pilas de cajas y esperado a que terminara para poder llevarse esas latas de carne de Grox a su escondite, pero, por alguna razón, no había podido evitar intervenir al final.

Eso no era propio de él, en los últimos tiempos cuidaba más de sí mismo que de los demás, y nunca hacía nada que no fuera estrictamente necesario para su supervivencia. Y la verdad, arriesgarse a salvar a aquella chica no lo era. Si hubiera fallado su afortunado disparo, el Marine del Caos lo habría despedazado vivo. Se arrodilló ante la inconsciente Hermana de Batalla y la observo más de cerca. 

Era bonita, de eso no cabía duda.

Tenía el pelo corto, al estilo de las religiosas, de un color negro intenso y los ojos, que entonces estaban cerrados, de un azul muy apagado. En la mejilla derecha tenía una flor de lis tatuada en tinta negra bajo el ojo y ninguna cicatriz afeaba su cara.

Pasó a evaluar sus heridas. No parecía muy grave, aunque así, con la armadura puesta, resultaba difícil saberlo. El peto estaba destrozado y los ropajes que había bajo ellos también y se recreó un instante en las voluptuosidades que dejaban al descubierto.

Escuchó un quedo gemido y vio a la Sororita del pelo rubio empotada entre las cajas. También se fijó en que la del pelo negro aún respiraba.

Suspiró.

Soy demasiado bueno- Agarró a la que tenía delante con su brazo biónico y la alzó como si no pesara más que una pluma. Se dio un segundo para sentirse satisfecho por los implantes y los servomúsculos que le habían instalado hace poco. Tendría que ser rápido, y, además, hacer dos viajes más para recoger a las otras dos. Pero si luego podía conseguir alguno de aquellos bólteres añadiéndolos al lote de carne de Grox enlatada, el día habría merecido la pena.

Muy bien, te ayudaré -Dijo, aún sabiendo que la hermana no le oiría- Pero solo porque tienes unas buenas tetas.

Capítulo 1: Sangre e Ingenio.Editar

Zune. 987º de Infantería ligera redimidaEditar

- Vale, cabrón, ¡Te pillé!

El disparo de Zune alcanzó al cultista en plena frente, lanzándolo hacia atrás por la potencia del arma, con un surtidor de sangre humeante por cabeza. Sus compañeros no tardaron en responder, y, abandonando su cobertura, se levantaron de golpe, disparando sus rifles automáticos contra Zune, aunque ella fue lo suficientemente previsora como para cubrirse tras abatir al otro cultista, sabedora de que dispararían contra ella tras efectuar su disparo. Las balas de calibre 7.62 se estrellaron con su característico repiqueteo contra el muro de piedra tras el que Zune se ocultaba. Hicieron saltar chispas y pedazos de roca, pero ninguna alcanzó a la joven soldado.

Cuando los disparos cesaron, Zune asomó la cabeza un poco, lo justo como para ver a sus enemigos, pero que ellos no le vieran a ella. Se habían ocultado de nuevo. Gruñó y apretó contra su pecho su rifle láser modelo M36 ``largo``, cuya versión de cañón corto es utilizada, entre otros, por los famosos Jenízaros Macabeos. La carcasa gris del arma estaba manchada de sangre seca y polvo, pero aún así, Zune pudo pintar otra raya sobre ella con una tiza blanca que siempre llevaba encima. Ahora había ya dos pares de cinco rayas completos, cuatro verticales en cada grupo, cruzadas en diagonal por otra más para marcar la quinta baja del recuento. Asintió, satisfecha, y mordió la tiza como si fuera un cigarro, estaba segura de que pronto la volvería a usar para marcar otras tres bajas más.

A su alrededor todo eran ruinas y edificios destrozados. Muy pocos conservaban el tejado y las plantas superiores. No digamos ya las puertas y las paredes. El resto de la escuadra de Zune, la escuadra de mando del tercer pelotón de la decimotercera compañía del 987º Regimiento de Infantería Ligera Redimida, se hallaba cerca de ella, sumergida en aquella inmensidad de roca destrozada y cristales fragmentados, aunque ella no podía verlos, si quiera oírlos. Su comunicador se había roto durante un tiroteo, roto en mil pedazos por un disparo, y se había separado de su escuadra sin darse cuenta cuando una salva de morteros arrasó su posición. Ahora llevaba casi una hora deambulando entre los despojos de aquel barrio de clase alta, enfrentándose a cultistas en cada esquina y quedándose cada vez con menos y menos munición.

Se asomó otra vez, no estaban al descubierto, pero sabía que estaban allí. Podía oírles. Inconscientemente, se pasó una mano por el lado derecho de su cabeza, topando con su pelo, muy corto y casi blanco de tan rubio. Chasqueó la lengua e hizo ademán de asomarse, pero, justo antes de salir, recordó el par de granadas que había robado del cadáver de uno de sus compañeros durante el bombardeo que la separó de su escuadra. Se agachó sobre el ajado suelo, recubierto de manchas de polvo, trozos de cristal y cascotes. Con un rápido movimiento, metió la mano derecha en el gran bolso de cuero marrón que llevaba para guardar munición extra y los más variopintos objetos: desde granadas y células de energía para su rifle láser hasta barritas energéticas y cigarros.

Tanteó el interior del bolso con sus esbeltos dedos, en busca de la cremallera del bolsillo interior donde creía haber guardado las granadas. Soltó una maldición al no encontrarlas y recordar que las había gastado lanzándoselas a un grupo de guardias heréticos que se habían atrincherado en un edificio hace casi media hora. Echó un último vistazo para cerciorarse de que los cultistas no estaban a la vista y se sentó, apoyando su espalda contra el muro de piedra que estaba usando como cobertura.

Dejó escapar un largo suspiro y sacó un cigarro de su bolsa, lo encendió con su mechero e intentó pensar con claridad, pero llevaba casi tres días sin dormir ni apenas comer, y, lo más importante, sin darse un buen chute de Clirotina, la exótica droga a la que todo su regimiento estaba enganchado. No sólo la tomaban por placer, sino también por la protección que les otorgaba contra los elementos hostiles de la polucción y los tóxicos que había en el aire de sus campos de batalla habituales.

Zune aún seguía intentando despejarse cuando oyó unos pasos y unos cascotes caer al suelo. Pensando que eran los cultistas flanqueándola, se levantó de golpe y empuñó su rifle láser con fuerza, pero no vio a nadie. Solamente oyó los pasos de nuevo, y una risita tonta encima de ella. Alzó la cabeza y encaró con su arma a la figura que, de cuclillas sobre el segundo piso de la casa en la que Zune se estaba ocultando, la miraba. Pero en seguida se dio cuenta de quien era, y bajó su rifle con un cansado suspiro cargado de alivio.

- Ah, eres tú. Podías haber avisado, casi te pego un tiro.

La recién llegada bajó de un salto los tres metros que había desde su posición hasta el suelo y sonrió:

- Quería ver la cara que pones cuando te sorprendes.

- Cierra el pico.

La recién llegada, Silena Zreva, era la guardaespaldas del capitán Hensz, el oficial al cargo del pelotón en el que ella y Zune estaban destacadas. Entró en el 987º de infantería ligera tras completar su condena en la legión penal de Nameth, pues la vida sin guerra para ella era algo totalmente inconcebible. Silena deseaba luchar, pero no para servir al Emperador o al Imperio, sino para acabar con todos los xenos con los que se topase. Ella había sido capturada y torturada por los Eldar Oscuros, y desde entonces respiraba con un único pulmón y (según una popular broma del regimiento) pensaba con medio cerebro, además de que le quedaron ciertas secuelas (un comportamiento casi infantil en algunas ocasiones, para ser exatos). Silena era de los pocos elementos de su regimiento que conservaban el pelo, ya que a muchos se les había caído por las toxinas de los ambientes donde solían luchar, y por las drogas que tomaban para contrarestar los efectos de la tóxica atmósfera en la que se solían evr obligados a luchar. Si bien antes lo tenía liso y ahora un tanto rizado, su cabello rubio seguía más o menos como siempre: Impoluto, brillante y algo más abajo de los hombros. 

- Ten, es el último- Dijo Silena, extendiendo su mano derecha hacia Zune para entregarle una jeringuilla de acero con el símbolo del Águila Bicéfala tallado en su centro.

Zune tomó con agradecimiento el recipiente de Clirotina y se buscó una vena en el brazo, se ató una venda en el bíceps y se inyectó todo el contenido del recipiente. En seguida comenzó a sentir el efecto de la droga, y sus músculos se destensaron un poco. 

- Gracias, comisaria- Agradeció, con una sonrisa cómplice y usando el mote por el que Silena era llamada en el regimiento. El origen del apelativo era sencillo: venía dado por su apariencia, pues usaba un largo abrigo de tela y una gorra picuda, ambas prendas de un color gris muy oscuro. Aunque ni su gorra ni su abrigo podían compararse a sus elegantes homólogos del Comisariado, de lejos le daban un aire, y de ahí el mote.

Una ráfaga de disparos proveniente de la posición de los cultistas les sacó a las dos de la breve conversación. Zune gruñó y se asomó a un costado del muro para disparar y así mantener a raya a los heréticos. La ráfaga no acertó a más que a los cascotes del suelo, pero ese era su cometido, avisar a los cultistas de que Zune estaba lista para luchar y no estaba indefensa. 

- Tienes un problema de cultistas, ¿Eh?- Silena se asomó demasiado, dejando de lado el amparo del muro- ¿Y si les tiramos una granada?

Zune negó con la cabeza.

- No tengo- Y, entonces se fijó en la cantimplora de Silena. Conciéndola, estaría llena a rebosar de una mezcla de fuertes licores. No le importaría darle un buen trago en aquel momento, pero lo que tenía en mente era otra cosa. Señalando la cantimplora, le dijo a Silena- Dámela, tengo una idea.

- ¿Esa idea implica bebérnosla? Ya sabes que no atino bien cuando estoy borracha- Contestó ella, descolgándose el recipiente forrado en cuero y dándoselo a Zune.

- No, es otra opción, pero no. ¿De qué la tienes llena?

Silena se llevó un par de dedos a la barbila, desplazó su peso de un pie a otro y elevó la vista al cielo, pensando.

- Amasec, licor Nhera, Unra...

Zune abrió la cantimplora, olió la mezcla de alcohol, le dio un trago y la volvió a cerrar. Sí, aquello valdría.

- ¡Eh!- Protestó Silena, inclinándose hacia delante de manera un tanto infantil- ¡Dijiste que no lo íbamos a beber!

- Anda, calla, era para comprobar que lo que llevas aquí es inflamable- Se defendió Zune, planteando una escusa poco creíble.

Silena frunció los labios y dejó escapar un largo silbido de admiración.

- ¡Ya lo entiendo! Eres tan lista, Zu- Ronroneó.

Zune hizo dar un par de botes a la cantimplora sobre su mano, sopesándola:

- No me llames Zu. Si vas a decir mi nombre, dilo completo o no lo digas.

Silena se encogió de hombros y se descolgó su rifle láser, un modelo Triplex modificado con una mira de combate especial que le permitía preveer los movimientos de sus objetivos y que había comprado en el mercado negro.

- Entonces, si lo he entendido, lanzas la cantimplora sobre ellos y yo disparo justo antes de que caiga sobre ellos y se pierda de vista, ¿No?

- Me lo has quitado de la boca- Asintió Zune- Sólo tenemos una oportunidad, así que intenta acertar.

Silena resopló e hizo un mohín:

- Por favor, sabes que soy la mejor tiradora de toda la compañía.

- Pues intenta no cagarla.

Con agilidad, Zune salió de su cobertura e hizo girar en círculos la cantimplora como si fuera una honda, valiéndose de las cuarteadas correas de cuero de ésta. A su derecha, Silena activó la mira de su rifle y se puso en posición para disparar.

- ¿Preparada?- Silena asintió- ¡Allá va! ¡Arded, hijos de puta!

La cantimplora trazó un arco perfecto que iba desde la posición de las dos soldados hasta la de los cultistas, que se habían levantado para dispararles, sin percatarse de la cantimplora. Los rifles automáticos y las pistolas de los cultistas rugieron y tosieron, vomitando un torrente de balas, que acabó incrustado en su totalidad en el muro tras el que Zune y Silena se cubrían. Silena mantuvo en todo momento la mira sobre la cantimplora cargada de licor inflamable, sin perderla de vista ni un solo instante. Justo cuando estaba sobre las cabezas de los cultistas, disparó. Como el modelo Triplex tiene incorporado un selector de intensidad de disparo, Silena lo puso a la máxima potencia, de manera que la cantimplora estalló con más fuerza de la esperada, y los fragmentos de metal de ésta fueron casi tan letales como la metralla de una granada, aunque lo que de verdad mató a los cultistas fue la lluvia de fuego que les cayó encima y los hizo arder hacia la muerte.

- ¡Sí! ¡Arded, cabrones, arded!- Silena sacó la lengua con una mueca burlona, mirando en la dirección en la que los tres caóticos ardían y aullaban agónicamente mientras su piel y su vida se consumían por igual bajo el inesperado ataque piro-alcohólico.

Una pequeña sonrisa de felicitación asomó en la pálida cara de Zune, y le chocó un puño a Silena para darle su enhorabuena por su magistral disparo. Nunca dudó de ella, e hizo bien en confiarle aquel vital disparo. Vale que pareciera infantil, incluso, porqué no, tonta, para tener casi treinta años, pero Zune sabía que podía confíar en ella. 

- Eh- Sonrió Silena- Dime algo bonito.

Zune se echó el rifle láser al hombro, anotó otras tres bajas en su carcasa y se encendió otro cigarro.

- No tengo nada bonito que decirte- Añadió, conservando su tenue sonrisa.

- Oh, Zu...eres tan mala conmigo- Ronroneó Silena, alargando la ``a`` de ``tan`` y apoyando su cabeza en el hombro de su compañera.

Instintivamente, Zune deslizó su mano desde el cuello de Silena hasta su cabeza y comenzó a acariciarla sin apenas darse cuenta. Mientras ella pensaba en como encontrar al resto de su pelotón, Silena disfrutaba de su tacto apoyada en su hombro. 

Si tenía que contar con ella para pensar en una manera de salir vivas de ahí, no lo tenía muy bien.

Silena. 987º de Infantería ligera redimidaEditar

El plan de Zu había sido perfecto, sencillamente perfecto. Aunque Silena había perdido su cantimplora, llena de la más aleatoria mezcla de los más fuertes licores, había sido un plan perfecto. Los cultistas habían muerto de una manera dolorosa e inesperada, y el olor de la carne abrasada aderezado con el del alcohol no era tan repugnante como el de la carne quemada por combustible. Y, por si fuera poco, ahora ella le estaba acariciando la cabeza. Para una persona como ella era una situación perfecta, para una persona para la que solo existían dos cosas en la galaxia : La (cuanto más dolorosa mejor) muerte de los enemigos del Imperio y el placer personal.

Ella sabía que Zune se inventaría una manera de salir de ahí y reunirse con el capitán y el resto de la escuadra, así que no forzó a su cerebro, parco de por sí en cuestiones de táctica y lógica. Llevaban tres días combatiendo sin descando, casi sin dormir y comiendo nada más que barritas energéticas y bebidas isotéricas para recuperar fuerzas, de manera que, aunque quisiera, no podría aportar una buena idea al esfuerzo de Zune.

Zune.

Aunque tenía casi tres años menos que Silena (Silena tenía veintisiete años), ella no podía sentir más que admiración por Zune y sus habilidades para el combate, y, como no, por sus buenas ideas. A ella nunca le pareció una persona peligrosa, ni mucho menos capaz de violar y matar a una instructora de las FDP de Nameth, pero ése era el crimen por el cual Zune había sido enviada a la Legión Penal, y no había manera de negarlo. Para Silena (y muchos otros soldados del regimiento que conocían su expediente), Zune era como una gran y poderosa bestia aletargada. Normalmente era una persona tranquila y de apariencia callada, bastante borde también. Pero en su interior, en su mente o en su alma (Silena no creía ni en la una ni en la otra), Zune era una asesina, quisiera o no.

Pero a ella no le importaba. En realidad, todo su regimiento, incluído ella, provenían de muchas y muy variadas Legiones Penales, y habían cumplido su condena en ellas, lo cual, por sí solo, es un hecho digno de mención. Asesinos, psicópatas, toxicómanos (todos ellos sin excepción), violadores, desertores...

Si sumamos eso a la experiencia que proporciona el haber sobrevivido en una Legión Penal, el 987º de infantería ligera era un regimiento veterano comparable a cualquier otro regimiento Nametheriano, incluso, porqué no, a los famosos regimientos de granaderos. Aunque, eso sí, contaban con menos material, pues al Monitorun no le agradaba mucho la idea de poner armas especiales, valiosas y raras como son, en manos de ex-convictos, muchos de ellos con secuelas mentales.

De manera que los hombres y mujeres del 987º tuvieron que buscarse la vida y valerse de sus cleptómanos más capaces. Aliados muertos, almacenes del Monitorum poco vigilados, incluso enemigos abatidos, todos ellos eran fuentes de material y equipo para ellos.

Poco material era estándar para todo el regimiento, pues mucho equipo era robado. Lo único estándar eran los rifles láser, modelo M36 ``largo``, los pantalones de combate gris oscuro, las botas de combate, reforzadas con algunas placas de antifrag y, como no, las máscaras antigás, las cuales contenían inhaladores químicos o inyectores intravenosos que suministraban estimulantes y analgésicos a su portador, aumentando su eficacia en combate. La idea original del coronel Therr, fundador del 987º, era hacer un regimiento a la imagen y semejanza de los famosos Perros químicos de Savlar, pero, como siempre ocurre, en el camino hubo algunas diferencias.

Tan absorta en sus pensamientos y en el agradable tacto de Zune estaba, que el repentino bombardeo le pilló totalmente por sorpresa, y no pudo hacer más que seguir a Zune, corriendo lo más rápido que podía, oyendo su voz para localizarla entre el humo de las detonaciones de mortero.

- ¡Silena, por aquí!- Se oía la voz de Zune por encima de los rugidos de la munición de los morteros al estallar contra el suelo.

Silena siguió la voz, abriéndose paso entre los cascotes y deseando con todas sus fuerzas que no le cayera una granada de mortero encima. Cuando ya llevaba un minuto y medio sorteando muros derruidos y cuando comenzaba a pensar que sus tímpanos estallarían, una mano agarró con firmeza su pantalón y tiró de él, bajándoselos hasta la rodilla y haciéndola caer en un hoyo donde podían, perfectamente, caber seis personas, aunque apretujadas. Por costumbre, Silena desenfundó su cuchillo y lo puso en la garganta de su agresor.

- ¡Soy yo, comisaria, déjalo!- Era Zach, el encargado de comunicaciones de la escuadra de mando del capitán de Silena- Por cierto, bonitas bragas.

Silena enfundó su cuchillo, se subió los pantalones y los aseguró con su cinturón, de gastado cuero marrón, con una hebilla de metal negro grabada con un Águila Bicéfala. En seguida divisó a los otros cuatro soldados que estaban en el hoyo. Zach, Mür, el capitán y Zune, que estaba repartiendo cigarros. Le tendió uno a Silena, ya encendido, y ella lo aceptó de grado. Era una situación absurda. Cinco soldados en un hoyo, intentando así evitar un bombardeo de morteros, mientras fumaban cigarrillos.

No le importó, le gustaba lo absurdo.

Flavia. Adepta SororitasEditar

Le dolía la cabeza.

Mejor dicho, le dolía mucho la cabeza.

Los recuerdos de las últimas horas se amontonaban desordenados en su memoria, y el molesto dolor no hacía más que empeorar las cosas. Recordaba la emboscada que tendieron a los cultistas. La muerte de la hermana Caroline y la pelea con los Astartes traidores. Recordaba como su cuchillo se había hundido en la pierna de uno de los heréticos, haciéndole caer al suelo. Sí. Y la hermana Evangelyne lo había matado. Y después… ¿Qué pasó después?

De pronto lo recordó.

El descarriado de la espada sierra, la suicida carga de Evangelyne, el intento de la hermana Selene y de ella por protegerla cuando este la lanzó por los aires de una patada. Luego el marine la golpeó y…

Flavia abrió los ojos súbitamente y la luz hirió sus pupilas, obligándola a cerrarlos de nuevo. Aún aturdida, entornó los ojos y, poco a poco, la vista se le fue aclarando. Echó un vistazo al lugar en el que se encontraba para tratar de ubicarse.

Era una habitación pequeña, las paredes, completamente desnudas, eran de un tono gris metálico. Se hallaba tendida en un colchón gris, no muy cómodo, dado que ya era bastante viejo, pero que ahora mismo le resultaba extrañamente agradable. Toda la estancia estaba iluminada por una única bombilla. Resultaba extraño, ya que la mayoría de los generadores eléctricos habian sido destruídos por los heréticos. La base Imperial tenía suerte y el espacio-puerto tenía sus propios sistemas de abastecimiento energético. Pero ese lugar tenía que tener otra fuente de energía para que eso funcionara.

Estaba cubierta por una sábana áspera, con motivos cuadrados que alternaban formas de color granate oscuro y de un blanco lechoso. Se incorporó y la tela se deslizó hacia abajo.

Volvió a cubrirse rápidamente a la vez que se le cubría el rostro de rubor. No llevaba puesta la servoarmadura, ni siquiera la ligera túnica que todas las Hermanas de Batalla llevaban debajo. Su bólter y su cuchillo tampoco estaban. Al mirar para buscarlos, descubrió que, a ambos lados de de ella, había dos colchones más, y, tendidas en ellos, estaban las hermanas Selene y Evangelyne, aún dormidas. También estaban cubiertas por sábanas y tampoco llevaban su equipo encima.

Se permitió un suspiro de alivio al ver que estaban bien. Bueno, relativamente bien.

Selene tenía vendado todo el pecho y parte del abdomen. Su respiración era normal de nuevo.

Evangelyne no tenía más que un par de vendas pequeñas y parches. Tenía un feo moratón en el hombro y otro en el vientre, pero que empezaban a perder el su feo color por uno más amarillento y que hacía menos contraste con su piel.

Frunció el ceño y sintió una punzada aún más intensa en la sien. Se llevó una mano a la cabeza y notó, desconcertada que tenía una venda ella también en la frente. Los golpes de los marines heréticos le habían hecho una herida, recordó, y por la fuerza del vendaje, el que se lo hubiera aplicado quería asegurarse de que lo que había dentro de su cabeza se quedara en su sitio.

Escuchó un gemido y se volvió. Evangelyne se había incorporado, y se palpaba el vientre con gesto dolorido.

- Eva, ¿Estás bien, hermana?- Preguntó Flavia mientras se ponía en pie, usando la sabana para cubrirse.

- ¿Hermana Flavia? ¿Dónde estamos?

- No lo sé, pero tenemos que averiguarlo- En su cara se dibujó una mueca de disgusto- Y encontrar nuestro sagrado equipo. ¿Quién se habrá atrevido a…?

Por toda respuesta la puerta se abrió. Flavia se volvió, y, por reflejo, se llevó la mano al lugar donde siempre estaba su cuchillo y se enfureció aún más al recordar que se lo habían quitado.

Un hombre,  aproximadamente un poco mayor que la hermana Selene, entró en la habitación. Tenía un ojo de cada color (uno azul y otro rojo), de los cuales el izquierdo (el rojo) era un implante biónico de bastante buena calidad, al igual que el brazo del mismo lado. Vestía ropas sencillas, de un mecánico, al parecer y unas gafas de lente circular y correa de goma descansaban en su frente, conteniendo una desordenada maraña de pelo oscuro. Tenía una caja en brazos, dentro de las cuales estaban sus servoarmaduras y ropas.

Le dirigió una mirada con sus ojos verdes llena de hostilidad.

-¡Tú! ¿Quién eres y como te atreves a tocar nuestro sagrado equipo de combate?

-Ah, así que ya estáis despiertas.- Dijo el desconocido con una sonrisa, sin importarle para nada que ellas no estuvieran vestidas- Genial, lamento la situación, pero tenía que ver si teníais alguna herida más, y esto estaba muy dañado. Así que decidí hacerle un apaño. Tomad vuestra ropa y vestíos. Vuestras armas están afuera, os espero allí.

Acto seguido, lanzó la caja hacia ellas. Flavia la atrapó al vuelo como buenamente pudo y la manta se le escurrió de nuevo del cuerpo. Pero el desconocido ya había salido.

- ¿Quién se cree que es ese desgraciado tratándonos así?

- Yo lo conozco, aunque aún no sé su nombre- Dijo  Evangelyne, que en breves instantes le puso al día sobre lo que se había perdido de la pelea, y Flavia frunció aún más el ceño. No le gustaba deberle nada a un hombre. Los hombres eran impredecibles y dados a caer en el pecado. Con excepción de alguna minoría, claro está.

En unos minutos se vistieron y se pusieron sus armaduras. Las ropas estaban limpias y los desgarrones producidos por la pelea habían sido cosidos. Las grietas de las servoarmaduras estaban selladas, aunque de una forma un poco tosca, ya que aún podía verse el lugar donde había estado el daño, pero tanto daba el sentido estético en ese momento, valdrían de momento.

- ¿Por qué crees que nos habrá ayudado?- Preguntó Evangelyne mientras se ajustaba el peto.

- No lo sé- Dijo ella, calzándose las grebas- Pero mantén la guardia alta, hermana. No me fío de ese individuo.

- Yo tampoco, hermana. Pero no creo que tenga malas intenciones- Añadió, ya vestida- ¿Por qué se habría molestado en curarnos si no?

Flavia no contestó. Se ajustó la hombrera y se preparó para salir. Ella tenía sus motivos para desconfíar de los hombres.

Dejaron las ropas y la armadura de Selene ,aún dormida, junto a su colchón y salieron de la estancia.

La puerta metálica se abrió con un chirrido y se encontraron en un largo pasillo. La habitación de la que habían salido era la única del lugar. El sitio se encontraba iluminado por unas linternas en el suelo, unidas a un generador casero y que, por el penetrante olor, funcionaba con gasolina. Del mismo aparato también salía un cable que lo conectaba con una caja de fusibles en la pared y que alimentaba las pocas bombillas (como las de su habitáculo) que había en el lugar.

- Estamos bajo tierra- Dijo Flavia- El aire está un poco viciado aquí dentro.

- Eso no te lo discuto- Contestó Evangelyne.

Doblaron la esquina y el pasillo desembocó en una pequeña sala iluminada por una lamparilla que colgaba del techo. La estancia tenía el mismo mobiliario austero que el resto del lugar: una mesa de madera en el centro con una pequeña pila de latas de carne de Grox encima y un viejo sillón justo al lado. Varias sillas pegadas a la pared y pilas y pilas de cajas de madera con el sello imperial en ellas estaban amontonadas en un rincón.

El desconocido las estaba esperando repantingado en el sillón.

- Así que ya estáis aquí- Señaló con su dedo mecánico una mesita que había justo a la entrada- Allí están vuestras armas.

En ella se encontraban dos cuchillos y cuatro bólteres del Adepta Sororitas. Reconocieron también la espada sierra de la Madre Theressa y ambas se estremecieron al recordar a sus hermanas caídas.

- ¿Qué pasó con los cuerpos de nuestras hermanas?- Quiso saber Evangelyne- ¿Y quién eres tú? Yo soy la hermana Evangelyne y esta es la hermana Flavia. La otra hermana que está en la habitación se llama Selene.

El desconocido se levantó y se rascó la sien izquierda con su brazo metálico.

- Mi nombre es Trevor- Contestó él- En cuanto a la otra pregunta, las incineré. No me pareció bien dejarlas allí.

Flavia se volvió con el ceño fruncido.

-¿Y saquear sus cadáveres sí lo es?

Trevor se encogió de hombros.

-Ellas no lo necesitaban. Y podrías ser un poco más agradecida- Añadió Trevor con una mirada de reproche- Me compliqué mucho la vida para traeros hasta aquí y casi me pilla un bombardeo de mortero cuando encendí la pira. Por no hablar de que atenderos  me ha costado la mitad de mi material médico.  Así que no creo que tengas nada que reprocharme.

Flavia dio un paso hacia él, haciendo ademán de desenvainar su cuchillo, pero la hermana Evangelyne la frenó con su brazo. 

- Te lo agradecemos, Trevor- Evangelyne tragó saliva antes de añadir- Y tienes razón cuando dices que nosotros lo necesitamos más que ellas. Pero este equipo pertenece al Adepta Sororitas y, cuando esto acabe, allí es a donde volverá.

El tono en el que dijo lo último no admitía réplica. Aun así el rostro de Trevor no denotaba decepción o enfado, esbozando una sonrisa de conformidad, como si se hubiera estado esperando aquello.

- Está bien- Dijo él con una sonrisa mientras se ponía en pie y se dirigía hacia una escalera de albañil que subía hacia arriba por un hueco  de la habitación- Pero primero tendremos que salir de aquí ¿No? Y, por si os lo estáis preguntando, estamos en uno de los viejos bloques de viviendas sobre los que se construyeron los polígonos industriales. Hace poco encontré este y lo habilité para poder usarlo de almacén de materiales. Nunca pensé que lo usaría como búnker de emergencia.

Ninguna de las dos dijo nada. Flavia se colgó el cuchillo en la cintura junto con el cinturón y las bandoleras de municiones completamente vacías. Cogió el bólter que, cómo no, también estaba descargado.

- ¿Y la munición?

- Guardada a buen recaudo- Contestó Trevor subiendo por la escalera- Aquí dentro no la necesitaréis. Os la daré cuando sea el momento.

Flavia iba a replicar cuando Evangelyne la acalló con un gesto.

- Síguele el juego de momento. Nos ha dado nuestro equipo y nuestras armas, si fuera a traicionarnos no sería tan considerado.

Flavia asintió, malhumorada, y su vista se posó en la espada sierra que Evangelyne se había colgado al cinto. Ella siguió su mirada y sonrió de manera triste. Flavia asintió con la cabeza y le puso una mano en el hombro en señal de apoyo. La madre superiora también había sido para ella algo más que una oficial superior.

Siguieron a Trevor por la escalera y se encontraron en otro salón exactamente del mismo tamaño que el anterior, por lo que seguramente sería uno de los pisos anteriormente citados.

En este, sin embargo, no había ningún mueble, sino un aparato metálico lleno de antenas y botones. Fijándose un poco mejor, Flavia descubrió que era una de las radios que solían usar las escuadras de mando de la Guardia Imperial en campaña. Aunque ésta parecía tan modificada que casi había perdido toda su forma anterior. Alrededor de la radio se encontraban montones de piezas sueltas y de herramientas de todos los tipos. Algunas eran muy comunes (como una llave inglesa y un destornillador) pero otras tenían un diseño que jamás habían visto. Las últimas llevaban el sello del Adeptus Mechanicus.

En una esquina había varias armas apoyadas contra la pared. La primera era un rifle de asalto semiautomático modelo Nameth (nada que ver con las destartaladas armas improvisadas de los cultistas), cuyos cargadores habían sido ampliados y unidos de dos en dos mediante cinta aislante azul. También podía verse la escopeta del Adeptus Arbitres con la que había matado al Marine del Caos, y, por último, un artefacto alargado envuelto en trapos.

Flavia no podía saber que era desde allí, pero por la forma debía de ser algún tipo de filoarma.

- ¿De dónde has sacado todo este equipamiento?- Preguntó. Él se limitó a arrodillarse ante la máquina y encogerse de hombros.

- Por aquí y por allá- Dijo mientras recogía una llave inglesa y comenzaba a apretar un par de tuercas un poco sueltas de la radio- Lo que cuenta es que esta cosita nos va a ayudar a salir de aquí.

- ¿Para qué necesitamos una radio? -Observó Flavia- ¿Por qué no salir afuera sin más?

Trevor suspiró y alzó la mirada, todo ello sin dejar de trabajar.

- Porque, ahora mismo, estamos en territorio de los caóticos. Si salimos, lo más probable es que nos capturen  o nos maten. Para eso está la radio, para pedir ayuda- Dejó la llave inglesa en el suelo y se puso en pie- He aumentado la potencia de la señal de esta radio para intervenir en las comunicaciones de vuestro cuartel general y así poder pedir que nos saquen de aquí.

- ¿Nos? –Dijo Flavia cruzando los brazos ante el pecho- ¿De dónde has sacado tú ese nos?

El mecánico no dijo nada al principio, pero le devolvió a la Sororita una mirada desafiante. 

- Porque yo también necesito salir de aquí. Los cultistas registran cada vez más los polígonos de este área y pronto descubrirán mi escondite. Y no pienso estar aquí cuando eso ocurra.

- ¿Por qué nos cuentas esto?- Dijo Evangelyne, cambiando rápidamente de tema al ver la tensión que había entre ambos- Podrías haberte puesto en contacto con el Cuartel General y no habérnoslo dicho. ¿Es que hay algún problema con la máquina?

El mecánico casi pareció ofendido.

- Esta máquina no tiene ningún problema. La he construido yo, hermana. Lo que pasa es que si fuerzo las defensas vuestro puesto de mando seguramente me creerían un cultista que trata de engañarles, y la ayuda no llegaría. Por eso necesito que sea una de vosotras la que hable por la radio. Después yo enviaré las coordenadas de nuestra extracción, que será en el interior de mi taller, un par de pisos más arriba de aquí, y nos largaremos.

Evangelyne sonrió socarronamente, un tanto divertida frente a la orgullosa actitud del hombre.

- El orgullo es pecado, Trevor.

- La falsa modestia también- Contestó él.

Flavia observó a Evangelyne, que permanecía apoyada en la pared con gesto pensativo. A ella no le gustaba ese plan, había muchas cosas que podían salir mal (como que los heréticos descifraran la señal o que nadie los oyera, por ejemplo) pero admitía que era lo único que tenían de momento. Evangelyne no era tan devota como ella, pero era una persona mucho más práctica y, por lo tanto, podía ver mejor las ventajas de aquella situación que ella.

- Es arriesgado -Dijo finalmente, después suspiró- Pero supongo que no tenemos muchas opciones. Muy bien, lo haremos.

- Perfecto- Dijo Trevor, satisfecho- Me quedaré aquí escuchando las transmisiones para encontrar el mejor momento para lanzar nuestra señal. Hasta entonces sería mejor que descansaséis. Y que comierais algo de paso.

Ninguna lo discutió. Al igual que en el resto del ejército leal, la comida era algo que estaba escaseando entre sus filas.

Después de engullir un par de latas de carne de Grox, regresaron a su habitación. Cuando entraron se encontraron con una extrañada Selene que se cubría con urgencia con las sábanas.

- Hermanas, ¿Dónde estamos?- Dijo al verlas entrar- Y... ¿Qué hago desnuda?

Zune. 987º de infantería ligera redimida

Antes de que acabaran sus cigarros, el bombardeo ya había cesado.

En cuanto las brutales explosiones y el molesto silbido de los proyectiles al caer paró, los cinco soldados se asomaron por el borde del hoyo donde se resguardaban del ataque de artillería enemigo. El suelo a su alrededor estaba plagado de pequeños cráteres humeantes, de cuyas bases partían grietas que ajaban el suelo.

- Guau- Se asombró Silena- Me alegro de que no nos haya caído encima uno de esos.

El capitán Hensz sacó unos prismáticos de su cinturón y oteó la zona en busca de las dotaciones de mortero heréticas. Zach se puso unas gafas de visión térmica e hizo lo mismo. Mientras tanto, Silena y Zune pusieron a punto sus rifles láser y Mür activó su rifle de fusión. Tras unos segundos, Zach le dio un par de toques en el hombro al capitán, quien se volvió hacia él, dejando de lado sus prismáticos.

- ¿Has encontrado algo, Zach? Trae esas gafas, quiero verlo.

Zach le cedió las gafas de visión térmica y señaló un punto a sus seis.

- Mire ahí, capitán. ¿Ve las lecturas térmicas?

- Sí, pero muy débiles- Gruñó Hensz.

- Eso es porque están detrás de ese muro, pero como con las gafas no lo ve, no se ha dado cuenta- Explicó el joven soldado.

En efecto, un muro de rococemento ubicado a cien metros de la posición de Zune y el resto albergaba a un nutrido grupo de soldados de la Guardia traidores, y una media docena de morteros con ellos. El capitán fue pasando el aparato a los miembros de la escuadra. Mür, Silena, quien se quejaba de que se veía en blanco y gris, y, por último, Zune. Cogió las gafas con cautela, no sabía manejar ese tipo de equipo. Zach le señaló el muro y ella activó las gafas. El terreno a su alrededor se volvió gris, y, tras el muro, unas doce siluetas de un débil color blanco se movían y ponían a punto los morteros para otra descarga, posiblemente sobre otra zona al creer que habían exterminado a Zune y a su escuadra en el bombardeo anterior. Le pasó las gafas de nuevo a Zach, que se las puso y las dejó sobre su frente, aseguradas mediante su correa de goma negra. 

- Son doce- Se arrodillaron en el interior del cráter, excepto Silena, que se quedó vigilando encaramada al borde- Nosotros cinco. Pan comido.

- Yo tampoco sé contar- Bromeó Zune- Pero doce son más que cinco.

- Nosotros contamos con el elemento sorpresa- Añadió Mür, y, acontinuación, señaló su rifle de fusión- Y con esto.

Hensz comprobó que su rifle láser funcionase y asintió frente a la observación de su especialista en armas especiales. Hensz no hacía uso de una pistola bólter o un arma de mano de potencia similar por una sencilla razón: El Monitorum prefería no confíar armas pesadas o valiosas, ni siquiera equipo especializado, a un grupo de ex-convictos. Por esa razón, gran parte de los oficiales del 987º se habían visto forzados a improvisar, de manera que, para tener la potencia de fuego necesaria para poder combatir sin contratiempos, hacían uso de un rifle láser en lugar de una pistola láser o automática, las cuales podrían limitar a su portador en tiroteos a larga distancia de no tener otro arma a mano. De todas formas, aunque carecía de una pistola bólter, Hensz tenía una espada sierra artesanal que le robó a un oficial Mordiano durante una operación conjunta dos años atrás. El arma era capaz de atravesar a la carne y el hueso como si no fueran más que papel, contando con un rendimiento más alto que el de una espada sierra estándar.

- ¿A alguno os quedan granadas?- Consultó Zune.

- Yo tengo tres- Contestó Mür, sácandolas de su cinturón para enseñárselas.

- Yo las dos que cogí de los cultistas hace media hora.

- Cinco- Pensó Zune mientras asentía- Será más que suficiente.

Hensz cogió las granadas de sus dos subordinados y las repartió entre todos.

- En cuanto los vemos, se las lanzamos.

Todos asintieron. No era, ni mucho menos, la primera vez que asaltaban una posición enemiga lanzando una lluvia de granadas antes de rematarlos. Zune cogió el artefacto que el capitán le entregó y la asió con fuerza con la mano izquierda mientras que, con la derecha, empuñaba su rifle láser.

- La anilla se quita antes de lanzarla- Bromeó Hensz antes de darle el explosivo a Silena.

- Ya lo sé- Resopló ella.

Zach se asomó de nuevo, se cercioró de que los traidores no se habían movido y levantó un pulgar en señal de que todo estaba despejado. Todos saltaron del hoyo y comenzaron a correr, amparados por las ruinas. Corrieron recto hasta que llegaron a la altura de la posición de los morteros, pero veinte metros les separaban de su objetivo, pues habían estado desplazándose tras los muros de un gran pabellón para que no les vieran, y no directamente contra la dotación enemiga. Zune, haciendo gala de su característica iniciativa, se asomó por un hueco del maltrecho muro y espió en silencio durante unos pocos segundos a los caóticos.

- Están divididos en dotaciones de dos, separados unos de otros por dos metros, aproximadamente- Explicó cuando volvió a agacharse.

- ¿Podemos matarlos a todos solo con las granadas?- Preguntó Zach, haciendo botar la suya sobre su mano.

- Si las colocamos bien, sí.

- Podemos lanzárselas encima. Todas- Sugirió Silena. Todos se la quedaron mirando, y no precisamente con aprecio- cuando estallen, las municiones de los morteros también lo harán, será una reacción en cadena.

Todos se miraron, asombrados por la deducción de Silena. Ni siquiera se les había pasado por la cabeza a ellos mismos. Ni siquiera a Zune.

- Vaya- Pensó Zune, esbozando una sonrisita sardónica- No es tan tonta como parece.

Hensz asintió y fue recogiendo las granadas de su escuadra.

- Bien, probaremos la idea de la comisaria. ¿Alguien tiene cinta aislante, un cordel, algo para atar las granadas?

Zune rebuscó en su bolsa de cuero y encontró un rollo de cinta de embalar transparente. Se lo tendió al capitán, que juntó las granadas con él y pasó un fino alambre por las anillas de las granadas, dejando un corto tramo fuera para poder tirar de él y arrancar todas las anillas de una vez. Cuando terminó, sopesó el explosivo improvisado y se lo entregó a Mür.

- Eres el cabrón más fuerte que conozco. Todo tuyo.

Mür sonrió con un aire demente y tomó las granadas de la mano del capitán.

- No te arrepentirás.

Zune contempló como el gigantesco hombre se levantaba y miraba a los guardias traidores con los ojos entornados mientras arrancaba todas las anillas a la vez valiéndose del alambre. Después, echó su brazo hacia atrás y lanzó las granadas con tal fuerza y habilidad, que fueron a caer  justo dentro de una de las cajas de munición para los morteros. Cuando el hereje que estaba a su lado se levantó para ver qué había caído ahí dentro, fue demasiado tarde. Una tremenda explosión sacudió la tierra, y a esa le siguieron cinco más, acompañadas de los bramidos agónicos de las dotaciones de mortero y el repiqueteo de los cascotes al caer contra el suelo desde gran altura o al estamparse contra los muros y columnas de los alrededores de la explosión. Una media sonrisa apareció en el manchado rostro de Zune, mientras el capitán felicitaba a Mür y a Silena.

- ¡Ja! ¿Lo habéis visto?- Exclamó Mür, señalándose con aire orgulloso- ¡No hay nadie más fuerte que yo, ni en este regimiento, ni en ninguno!

Como si de una respuesta divina a la arrogancia del soldado se tratase, el retumbo de un potente disparo se oyó en la lejanía, y al instante, la cabeza de Mür se desvaneció, esparciendo sus pedazos por el muro y trastabillando su cuerpo hacia delante y hacia atrás, hasta que, finalmente, cayó al suelo al perder la fuerza de las piernas.

- ¡Mierda!- Exclamó Zach mientras se lanzaba al suelo- ¡Francotirador!

Todos imitaron el gesto el muchacho, sin dirigir siquiera una mirada al cuerpo decapitado de Mür, cuyos pies y manos sufrían espasmos. Ya habían vivido cientos de veces esa situación, un compañero muerto en aquel momento solo les hacía sentir la pérdida de potencia de fuego. 

- Lo que nos faltaba- Replicó Silena, colocando sus brazos en forma de aro delante suyo y escondiendo la cabeza entre ellos- Un puto francotirador.

Apretando los dientes, Zune se arrastró hasta el hueco más próximo en el muro, a unos diez metros de ella, y se sentó contra él, aferrando su fusil contra su pecho. Si querían salir vivos de ahí, tenía que conseguir abatir al francotirador.

La pregunta era, ¿Cómo?

Trevor, obrero de clase 2.Editar

- Estamos en un taller en la parte noreste del Distrito de Almacenaje 461. Mantendremos la posición tanto como podamos, pero no aguantaremos indefinidamente. Que el Emperador os guarde, Hermana Canonesa.

Trevor pulsó un botón de la radio, poniendo fin a la transmisión:

- Perfecto, Eva- Bromeó, ajustando los parámetros de la emisión para enviar la grabación- Has estado sublime, casi se me saltan las lágrimas.

Evangelyne se puso en pie, abandonando el montón de cajas que habían improvisado como asiento mientras grababan el mensaje y se alisó los pliegues de la túnica, los cuales sobresalían de la servoarmadura. Después le dirigió una mirada penetrante.

- Hermana Evangelyne para ti- Dijo muy seria, inmediatamente después, su rostro se suavizó, solo un poco- Pero gracias.

Trevor rió para sus adentros.

- Lo que tú digas, hermana- Contestó mientras trasteaba con los botones y engranajes del artefacto.

Evangelyne no contestó, se colocó tras él mientras observaba con curiosidad como accionaba los mecanismos y las palancas con mano experta.

- ¿Estás seguro de que funcionará?- Preguntó ella al cabo de unos minutos- No pretendo dudar de tu trabajo, pero nos jugamos mucho con este plan y no tenemos garantías de que funcione. 

Trevor se contuvo para no darle una mala contestación. No era una persona vanidosa, pero le molestaba bastante que la gente dudara de su talento como mecánico. Claro que funcionaria. Conocía la estructura de esa máquina tan a fondo como la que recorría la parte izquierda de su organismo de cintura para arriba. Sabía de memoria cada pieza, cada engranaje. Conocía a la perfección la función y la posición exacta de cada una de las piezas tan bien como sabía qué pasaría si alguna de ellas fallaba y como se podía reparar ese fallo. Y no fallaría. Eso seguro.

Bueno, casi seguro.

-No te preocupes, hermana. He programado el paso de la señal al milímetro. El mensaje llegará.

Ella suspiró. Trevor no supo si era de alivio o de resignación.

- Entonces vamos con ello ¿no?

- Paciencia hermana, estoy enviando el mensaje- Dijo él, con calma- Las defensas en las comunicaciones de un espacio-puerto no son nada fáciles de superar. Sin embargo, si toco los puntos adecuados y evado los sistemas de censura, quizás podría…

En ese momento, la máquina soltó un pitido y una de las bombillas se encendió con una luz verde. Evangelyne retrocedió sobresaltada. Pero Trevor se levantó con un grito de triunfo.

- ¡Sí!- Se volvió excitado- Mensaje enviado. ¿Ves? te dije que lo conseguiría. Ahora solo tenemos que esperar a que se inicien los sistemas de reproducción de audio o video del espacio-puerto.

Evangelyne se apoyó en la pared del taller con expresión pensativa. Habían sacado la máquina fuera para que la profundidad de su escondrijo no influyera en la señal. No era nada del otro mundo. Un par de máquinas de soldar por aquí, un elevador por allá y varios dispositivos de tecnología punta. Le habían costado un ojo de la cara, y algún que otro disgusto conseguirlos, pero Trevor estaba orgulloso de ellos. Lo único que destacaba era el enorme chasis de Chimera, (el cual, según Trevor, pertenecía a las FDP y lo habían traído a reparar durante los primeros enfrentamientos) que había atravesado en la entrada impidiendo el paso, salvo por una pequeña abertura en el casco, desde las que desembarcaban los guardias en campaña, que usaban a modo de puerta.

Flavia había fruncido el ceño cuando vio los pósteres de ``bellas señoritas posando`` que el mecánico tenía pegados en una de las paredes de la nave. Especialmente el que mostraba una mujer joven vestida al estilo vostroyano, aunque con muchísima menos ropa y un rifle láser abrazado de forma coqueta con el cañon entre los pechos. Cuando le preguntó sobre ello, Trevor contestó que los chicos de su grupo de trabajo rendían mejor con aquello puesto.

Selene estuvo a punto de echarse a reír ante la cara de disgusto de Trevor cuando Flavia empezó a soltarle al chico, mayor que ella, su discurso sobre la lascivia y el vicio en el trabajo.

- Puede que haya un problema con eso- Dijo Evangelyne al rato- Los sistemas estarán apagados hasta cierta hora. La energía de la que disponemos en el cuartel general es escasa, y no es suficiente para abastecer a un gran ejército como el que está allí estacionado. Por eso la mayoría de los sistemas se mantienen apagados hasta que se usan.

Trevor se encogió de hombros.

- Entonces esperaremos. Incluso si el mensaje fuera escuchado ahora mismo tardarían un buen rato en venir a por nosotros- Contestó él con tranquilidad mientras se tumbaba, boca abajo, encima del Chimera para observar la calle.

- Espero que tengas razón- Suspiró la Sororita- ¿Y mientras tanto que hacemos?

- Defender este sitio, me parece- Dijo. De pronto muy serio, señaló a un punto al otro lado de la calle- Mira eso, hermana.

Evangelyne subió al Chimera y se asomó para ver lo que señalaba el mecánico. Al otro lado de la calle, en uno de los bloques de naves industriales de más adelante, pudo apreciar una serie de siluetas negras que se movían entre ellas. 

- Lo veo. ¿Qué son?

- Cultistas- Dijo Trevor, la visión mecánica de su ojo izquierdo, era mucho más aguda que la del derecho. Ventajas de la maquinaria sobre la carne- Son unos doce. Todos llevan rifles improvisados y armaduras de chapa y cuero.

Evangelyne se agazapó un poco más tras su punto de observación. Como una gata salvaje a punto de saltar sobre su presa.

- ¿Y qué hacemos ahora?- Preguntó- No tardarán en encontrar este lugar.

Trevor no dijo nada. Comenzó a rebuscar en los pliegues de su camisa de tirantes, sacó una cadena con una pequeña llave colgando de ella y se la pasó a Evangelyne.

- ¿Recuerdas la mesa en la que dejé vuestras armas?- Ella asintió- Bien, pues esta llave abre todos los cajones de esa mesa. Allí están las municiones de los bólteres y las granadas que os quité. Cuando las tengais, subid aquí y acabad con ellos cuando estén a tiro. Tenemos que resistir hasta que vengan a por nosotros.

Evangelyne asintió.

- ¿Y que harás tu mientras nosotras peleamos aquí?

Trevor sonrió. No fue una sonrisa agradable. 

- Les haré una pequeña visita a nuestros invitados- Dijo, bajando del Chimera y corriendo hacia la entrada al búnker. Cuando estuvo en el piso donde guardaba sus armas recogió cuatro aparatitos que había tirados en el suelo. Le pasó tres a Evangelyne. Eran intercomunicadores de audio, configurados para colocarse en el oído.

- Estaremos comunicados en todo momento- Dijo Trevor mientras se colocaba el suyo en el oído derecho- Notificaremos nuestras bajas. 

Evangelyne asintió y descendió hasta el último piso, donde estaban Flavia y Selene. Selene, vestida desde hacía un rato, limpiaba su bólter con esmero tumbada en el sofá. Mientras que Flavia estaba arrodillada rezando con su medallón del Águila Bicéfala entre las manos.

Ambas alzaron la mirada al verla entrar.

- Tenemos problemas.

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Mientras Evangelyne les explicaba la situación a sus hermanas de batalla, Trevor se echó al hombro su fusil de asalto. Reparó de pronto ante el objeto envuelto en trapos que había apoyado junto a él. Dudó un instante, pero finalmente retiró las telas.

Sostenía en sus manos una espada lujosamente ornamentada. La empuñadura estaba envuelta en el más suave cuero y la guarda formaba un águila bicéfala ricamente detallada con un detalle especial, una pequeña gota de sangre, formada a partir de una joya de color rubí, parecía surgir de entre las dos testas del águila. La hoja era larga como un estoque, pero un poco más ancha y con algo más de peso en la punta, lo que daba más fuerza al golpear. Estaba forjada con la maestría de alguien que conocía los secretos de la forja a la perfección, formando dos filos afiladísimos y, en el centro de estos había una inscripción en letras góticas de color dorado.

La inscripción rezaba una única palabra.

Kaledor.

El muchacho cerró los ojos y suspiró.

Aparto aquellos viejos pensamientos y se ajustó la vaina en la espalda. Tenia cosas más importantes en las que pensar ahora mismo que en recordar tiempos pasados. Comprobó que podría desenvainarla con facilidad, al ver qué si, se arrodilló delante de uno de los conductos de ventilación y retiró la rejilla que lo cubría.

Se deslizó por el conducto hasta desembocar en una pequeña avenida subterránea. La ciudad colmena crecía y crecía cada poco tiempo, y la mayoría de las veces lo hacía sobre edificios y avenidas viejas que ya no se utilizaban o no cumplían las expectativas requeridas. La ciudad entera estaba repleta de esos lugares, solo había que saber dónde buscarlos. Aquellas ruinas olvidadas eran un gigantesco laberinto subterraneo que solo los arquitectos imperiales, y algunos contrabandistas avispados, conocian. Aquél lugar contenía secretos y tecnología con la que los tecnosacerdotes solo podian soñar, y aquello valía una pequeña fortuna en el mercado negro.

Trevor corrió a toda velocidad por las calles subterráneas. Un pequeño pitido en su oreja le sobresaltó mientras corría.

- Trevor, aquí Evangelyne- Habló la voz de la hermana de batalla por el comunicador- ¿Me recibes? ¿Dónde estás?

Trevor se detuvo justo debajo de una pequeña rampa que ascendía y se metió por un túnel escavado en el rococemento. Salió en otra nave industrial, justo al otro lado de la calle.

- Justo detrás de nuestros enemigos, hermana- Contestó- Voy a acabar con ellos sin hacer ruido. Vosotras defended el taller.

- Recibido. Corto.

Trevor se movió en silencio y salió fuera de la nave. Inmediatamente después, escuchó una ráfaga de disparos de bólter, seguida de gritos de sorpresa y agonía. Siguió avanzando y escuchó los disparos de los cultistas, desordenados y sin ningún tipo de disciplina. Gruñó con disgusto, agudizando más el oído.

- El rifle del de la derecha tiene el cañon desviado.

Llego justo detrás de ellos y se pegó a una de las paredes de las naves. Se asomó un poco y observó la batalla. Los cultistas se habían esparcido por la calle, usando los escombros como cobertura. Cuatro yacían inertes en el suelo con grandes boquetes en el pecho, donde las balas de bólter habían impactado. Dos de los supervivientes entraron dentro de la nave en la cual estaba apoyado.

Esos serían los primeros.

Usando el sonido de los disparos como telón para sus propios movimientos, se dirigió hacia la puerta de atrás. La abrió con cuidado y echó un vistazo antes de entrar. Uno de ellos estaba subido en una de las ventanas del segundo piso y disparaba desde allí, mientras que el otro permanecía junto a la puerta delantera, de espaldas a él.

La puerta era pequeña, un grupo de hombres deberían pasar en fila india para entrar. Perfecto. Trevor se movió en silencio hacia el primer cultista, el que se encontraba en la puerta. El hombre vestía una túnica hecha a base de trapos entrecosidos. Su cabeza estaba cubierta por una máscara de cuero y protegía su cuerpo con un peto de chapa. Cuando lo tuvo a su alcance, el muchacho lo agarró con fuerza, pasando su brazo biónico por debajo de su barbilla y el otro por detrás de su nuca.

Con un solo movimiento, el cuello del cultista se rompió. Ya lo había hecho varias veces antes ya que, cuando naces en el submundo, cada día es una batalla. Trevor lo arrastró hacia una esquina, y, tras comprobar que no tenía nada de interés en su equipo se dirigió hacia el otro.

Trevor subió las escaleras de metal que conectaban con el segundo piso de la nave acuclillado, acechando a su segunda víctima. El cultista era musculoso. Vestido con una bata blanca salpicada de sangre y una especie de máscara negra. Tampoco este le dio muchos problemas y Trevor se sorprendió a sí mismo estando decepcionado. Aunque tampoco podía esperar mucho de alguien que no había tocado un arma hasta hacia pocos días.

Dos menos. Van seis- Comunicó por el auricular.

La respuesta fue inmediata.

- Ocho en realidad- Dijo la voz de la hermana Selene- Flavia y yo hemos cazado a otros dos.

Trevor sonrió de nuevo. El día estaba siendo mucho más entretenido de lo que esperaba. Tomó posición en la ventana y apuntó con su rifle a la cabeza del siguiente cultista.

- Sí- Susurró al apretar el gatillo- Muy entretenido.

Silena, 987º de infantantería ligera redimida.

- ¡Silena!- Llamaba a gritos susurrados Zune- ¡Silena!

Silena gruñó por lo bajo. No bastaba con que estuvieran perdidos en territorio enemigo, no, tenían que tener un francotirador encima también. Sacó su cabeza de entre sus brazos y miró a Zune, que estaba sentada contra la pared, el fusil láser apretado con fuerza contra su pecho. Levantó las cejas para que hablase.

- ¿Has visto desde dónde dispara?- Preguntó, señalando con la barbilla hacia atrás.

- ¿Te crees que soy un eldar o qué?

Zune sacudió la cabeza con lentitud y tomó una piedra, señaló a Silena para que observase y la colocó sobre un hueco en la pared, a la vista. Casi al instante, la piedra estalló, esparciendo sus pedazos por todo el pabellón y arrancándole un gruñido de dolor a Zune. Pero a Silena le había bastado para detectar al francotirador: estaba en un edificio de pisos al noroeste de su posición, en el decimosexto piso, tercera ventana. 

- ¿Lo has visto?- Masculló Zune, vendándose la mano derecha, que sangraba por varios cortes.

Silena asintió.

- Lo tengo.

Zune levantó un pulgar y le dio vía libre para abatir al francotirador. El capitán le lanzó el rifle de fusión de Mür a Zach y le obligó a bajar la cabeza y tirarse al suelo. Silena se deslizó hasta un punto de la pared en la que podía apuntar al edificio sin que el francotirador la detectase rápidamente, y retiró el seguro de su rifle láser.

Su respiración se hizo más rápida, y se vio obligada a relajar su pulso mediante ejercicios de respiración.

No podía permitirse fallar.

Activó la potencia máxima de disparo de su arma, la cual podía atravesar una armadura antifrag y a su portador de un solo disparo, pero gastaba el cargadoren veinte disparos, en lugar de los cuarenta y cinco habituales. Necesitaba asegurarse de que lo mataba, no debía haber errores, no debía haber dudas.

Se llevó la mira de su arma al ojo derecho y cerró el izquierdo, de manera que toda su vista estuviera concentrada en la mira.  La vista verde brillante que el aparato le ofrecía del mundo no se le antojó extraña, nunca lo hizo. El punto de mira, un triángulo invertido blanco con un punto del mismo colo en el medio, se desplazó arriba y abajo cuando Silena movió el arma en dichas direcciones.

Unas runas brillantes cambiaban de forma a frenética velocidad cuando la mira intentó calcular la distancia entre el arma y el objetivo, mas no podía encontrarla al mover Silena continuamente la mira de un lado al otro, buscando al francotirador.

De repente, una silueta negruzca apareció en una de las ventanas, y una pequeña pirámide de un color bermellón brillante se posó sobre ella, marcándola como objetivo para el sistema de puntería de la mira del rifle láser. Rápidamente, Silena apuntó a su objetivo, colocando el punto blanco de la mira sobre la silueta, en el medio de la pirámide roja que lo marcaba como enemigo.

- Ahí está- Pensó, y, a continuación, tuvo que retener una sonrisita- Seguro que Zu me dice algo bonito ahora.

Y apretó el gatillo. El disparo, sin apenas retroceso, acortó la distancia entre el cañón del rifle láser modelo Triplex y la cara del cultista a velocidades extremas, y el cadáver del francotirador trastabilló hacia atrás y hacia delante, decapitado, para terminar cayendo por la ventana y estallando en una informe masa de huesos y carne contra el suelo.

- Uno menos- Musitó Silena mientras recalibraba su rifle láser para devolverlo de nuevo a la potencia media- Ahora quedan...sabe El Emperador cuántos millones.

- ¡Buen trabajo!- Hensz, una vez se levantó, le dio una palmada en la espalda a Silena, que sonreía de oreja a oreja- Ahora veamos como contactamos con el resto del pelotón. Eh, Zach, ¿Funcionan nuestras comunicaciones?

Tras recoger toda la munición que pudo del cuerpo de Mür, Zach contestó:

- Creo que sí. Pero lo que hace falta es que alguien nos escuche.

- Alguien habrá.

- Eso espero.

Mientras Zach comenzaba a calibrar su radio y a transmitir las órdenes y coordenadas que el capitán le iba dando, Silena echó a andar, con paso lento, hacia Zune, el rifle apoyado en el hombro y una amplia sonrisa dibujada en su agraciado rostro:

- ¿Me dirás algo bonito ahora?

Zune chocó con suavidad su puño contra el hombro de ella, y añadió con una media sonrisa, más aliviada que feliz:

- Primero salgamos vivas de este día, y luego me lo pensaré.

Silena hizo un mohín.

- ¡Qué difícil eres de complacer!- Exclamó- Dime algo bonito...anda.

El significado de la sonrisa de Zune cambió, transformándose en una mueca divertida.

- ¿No prefieres un beso?

Silena se encogió de hombros.

- Un beso tampoco estaría mal, no.

Zune pasó por su lado, encaminándose hacia Zach y Hensz, que habían conseguido contactar con uno de los sargentos del pelotón.

- Entonces sobrevivamos hasta esta noche y ya hablaremos.

Silena no pudo sentir más que alegría, y, con un enérgico asentimiento de cabeza, la siguió, situándose a su derecha. 

- Ya hemos tomado los objetivos principales, capitán- La voz del sargento Fhar sonaba a través de la radio, con fuerza- El búnker de comunicaciones y el Administratum. Por hoy hemos cumplido, y debemos retirarnos antes de que anochezca y los cultistas nos puedan tender emboscadas con mayor facilidad. Enviaré a un grupo de soldados hacia su posición para que les guíen de vuelta a la fuerza principal junto al resto de rezagados y podamos volver todos a la base.

- De acuerdo, Fhar, buen trabajo. Corto y cierro.

Cuando el capitán terminó de hablar, las placas de datos que todos los miembros de la escuadra de mando llevaban en las muñecas parpadearon y vibraron, dando a entender que habían recibido nueva información. Al igual que el resto, Silena comprobó la información recibida: un mapa de la zona en la que se encontraban con tres triángulos, uno grande y los otros dos pequeños. Uno de los dos pequeós representaba a la escuadra de mando, y la otra (en la cual ponía ``Equipo de fuego Delta``) se movía hacia ellos desde la retaguardia de la fuerza principal, que estaba representada por el triángulo grande. Una oleada de alivio invadió a Silena al saber que sobrevivirían a aquella dura operación que casi duró tres días completos.

- Eh, Zu- Murmuró a su oído- Parece que al fin y al cabo si que vamos a sobrevivir.

Capítulo 2: El rostro de mi Enemigo.Editar

Zune, 987º de infantería ligera redimida.Editar

La noche se le antojó demasiado corta.

Hacía casi tres días que no había pegado ojo, y, si Silena no la hubiera despertado, habría repuesto todas las horas de sueño que le faltaban de una sola vez. Se despertó sobre las tres de la tarde, y eso que se había echado a dormir a las siete de la tarde del día anterior.

Al parecer, y, según las explicaciones de Silena, siempre paupérrimas en detalles, la requerían para acompañar al capitán a una reunión de oficiales, donde el capitán Hensz, a su vez, acompañaría al general del 987º como capitán de confianza.

Zune era la ayudante del capitán, o eso decía su historial y su perfil del Monitorum. En realidad, lo único que hacía para con el capitán era obedecer sus órdenes y acompañarle a las reuniones de oficiales.

Silena se desperezó y se restregó las manos sobre la cara para despejarse.

- ¿Volverás luego?

- ¿Tú qué crees?

Silena se encogió de hombros y se arrebujó en la sucia y gruesa manta de la maltrecha cama en la que estaba tumbada:

- ¿Porqué crees que lo pregunto?

- No sé, supongo que no lo sabes.

- Exacto- Confirmó Silena.

Zune sonrió y acarició la rubia cabellera de Silena.

- Volveré si puedo. Seguro que nos encasquetan toneladas de papeleo.

Y se levantó, se vistió bajo la atenta y adormilada mirada de Silena y salió de los barracones, camino al búnker de mando, donde había quedado con el capitán y el coronel, así como con el comisario Friëdrich, uno de los alarmantemente escasos comisarios del 987º. 

A medida que acortaba distancias con el búnker de mando, Zune podía ver el panorama de la base. Puro desánimo y desesperanza, que se extendía como una plaga entre los soldados de las milicias ciudadanas.

Los elementos de su regimiento nunca estaban bajos de ánimos, en parte por su propio carácter, en parte por las drogas que tomaban, pero, aún así, Zune pudo notar cansancio en la mirada de los soldados del 987º.

Cansancio y nerviosismo. Las fuerzas Infieles les superaban en número por mucho, y eso siempre era una situación muy desfavorable, por mucho que sus enemigos fueran menos expertos en el combate o estuvieran peor equipados. 

Incluso ella podía sentir el desánimo que se extendía por las fuerzas Imperiales. Las únicas que no parecían haber sido tan afectadas por la situación eran las Sororitas, y podía vérselas rezando en grupos, hablando con los heridos o limpiando y preparando su equipo, en grupos también, alejadas del resto de fuerzas Imperiales.

A Zune no le gustaban las Sororitas. Pensaba que era una estupidez asignar equipo tan valioso y potente a una organización militar perteneciente al Ministorum, cuando en realidad ese equipo debería estar en manos de la Guardia Imperial, pues, según Silena, ellos se lo merecían más. Solo mirarlas la ponía enferma.

Finalmente llegó al búnker de mando. Hensz, el coronel y el comisario Friëdrich la esperaban, apoyados en las paredes de rococemento de la estructura y fumando cigarros de Ilho. En cuanto la vieron, se separaron de la pared y tiraron los cigarrillos al suelo, apagándolos de un pisotón.

- Lamento la tardanza, capitán, coronel, comisario- Se disculpó sin interés Zune, dedicando un respetuoso asentimiento de cabeza a cada uno de ellos.

- Vamos, vayamos adentro- Ordenó el coronel- Déjate de disculpas. Eso aquí no funciona, a mí no me redujeron la condena por pedirle perdón a las viudas.

Se dirigieron a la puerta el búnker y entraron. En su interior se habían reunido los comandantes de las milicias ciudadanas y la Canonesa al cargo de las fuerzas del Apdeta Sororitas.

El búnker era gigantesco. Una enorme pantalla estaba atornillada a la pared, e infinidad de armarios de acero y madera estaba reapartidos por todo el interior del búnker, ocupando las paredes. Una holomesa de tamaño considerable se alzaba en el centro de la sala, y ahí se reunían los oficiales de las milicias y la Canonesa.

- ¡Buenas!- Saludó el coronel- Disculpen la tardanza, pero ya sabe, lo bueno se hace esperar.

El innato carisma del coronel consiguió arrancar alguna que otra sonrisa entre los oficiales de las milicias, pero la Canonesa, que estaba acompañada por tres de sus Hermanas de Batalla, frunció el ceño, al igual que su escolta, aunque en ellas no pudo apreciarse el gesto debido a los cascos que llevaban puestos.

- Coronel, es un placer tenerle aquí...al fin- Ironizó la Canonesa, y, acontinuación, añadió con tono displicente- Ya sé que usted y su regimiento no tienen la educación como algo destacado en sus costumbres, pero me gustaría, si pudiera ser, que comenzase a comportarse como es debido. Estamos en una situación seria.

El coronel se encogió de hombros mientras avanzaba hacia la mesa y respondió con suma tranquilidad:

- Sí, bueno, y a mí me gustaría que el Administratum no repartiera con tanta austeridad el material especializado y  las armas pesadas entre mis hombres, pero uno tiene a derecho a soñar, que es gratis.

La respuesta del coronel consiguió ganarse, en el acto, la antipatía de todas las fuerzas del Adepta Sororitas en Pandorash. Sin embargo, la Canonesa Arrabal se limitó a suspirar, exhasperada, y a concentrarse en el holomapa que la mesa proyectaba sobre ella misma. 

- Los Infieles tienen una defensa muy fuerte en esta zona- Señaló un punto al oeste del mapa, junto a una de las centrales de energía en poder del enemigo- Con mis fuerzas sería suficiente para tomar la posición sin demasiados problemas, pero me temo que habrá emboscadas de camino. Gobernador, solicito la ayuda de sus comandos, pueden ser una pieza clave en la reconquista.

El Gobernador, un hombre delgado, moreno y de pelo corto y negro, que andaría sobre los cincuenta años, asintió.

- Son todos suyos, Canonesa. Por favor, siéntase libre de enviarlos adonde le plazca, siempre y cuando sean útiles y tengan oportunidades de sobrevivir, no me gustaría perder a una unidad tan valiosa como ellos.

- No se preocupe, solo necesito que lleven a cabo algunas tareas de sabotaje y reconocimiento para las cuales mis tropas no están preparadas. Le aseguro que haré lo posible para que sobrevivan.

El Gobernador sonrió y asintió, dándole las gracias.

- Canonesa, si es usted la que da las órdenes, no sabe lo mucho que me gustaría recibir algunas para repartirlas entre mis capitanes- Intervino el coronel, apoyándose en la holomesa.

La aludida torció el gesto con desprecio.

- Todo a su debido tiempo, coronel. Todo a su debido tiempo.

- Pues creo que ya es hora de...

No pudo acabar su frase, pues uno de los milicianos que estaba operando las radios se volvió de golpe y exclamó:

- ¡Transimisión entrante, señor Gobernador! ¡En pantalla!- Pulsó una tecla con excesiva fuerza y la enorme pantalla se encendió con un fogonazo. La pantalla estaba gris, pues solo era una grabación de audio.

- Aquí la hermana Evangelyne, Adepta Sororitas, a la hermana Canonesa Alexia Arrabal- La voz de una muchacha sonó a través de los amplificadores que había en las paredes. La Canonesa frunció el ceño al oír la voz de la chica, intentando identificar a su dueña- Los cultistas nos tienen rodeados, y la Madre Superiora Theressa ha sido abatida en combate. Solicitamos extracción inmediata. Estamos en un taller en la parte noreste del Distrito de Almacenaje 461. Mantendremos la posición tanto como podamos, pero no aguantaremos indefinidamente. Que el Emperador os guarde, Hermana Canonesa.

Cuando la emisión se acabó la Canonesa susurró algo a sus escoltas y se dirigió al Gobernador.

- Gobernador, necesito que...

De nuevo otra frase sin poder acabar, cortada por la crispada voz del operario.

- ¡Gobernador, otro mensaje! ¡Audio y vídeo!

La pantalla titiló, soltó algo de ruido blanco y se puso en negro. Tras unos segundos, se encendió de golpe de nuevo y la figura de una mujer vestida con ropajes de cuerpo negro y violeta apareció en pantalla. Era de una belleza superlativa, con el pelo negro con mechones grises recogido en una larga coleta y los ojos de un dorado antinatural. En el pecho llevaba una ajustada prenda de cuero negro con adornos violetas y un escote en forma de lágrima. Sus delgadas piernas estaban cubiertas por una larga falda de corte lateral, también de cuero negro. Llevaba abundantes joyas y piezas de bisutería, todas ellas de plateados y brillantes metales preciosos. Sus antebrazos estaban cubiertos por sendos brazales, hechos de un metal oscuro. Cuando habló, un setimiento de paz y a la vez tormento sacudió el alma de todos los presentes en el búnker de mando.

- Os habla la sacerdotisa Astartea, perros leales- Sus palabras estaban acompañadas por suaves gestos de sus manos- No os merecéis el honor de que mi amo dirija siquiera una palabra a vuestros incrédulos oídos, de manera que yo seré la que os dé este mensaje. El mensaje que dice lo que todos ya sabéis pero no os atrevéis a admitir, condenados testarudos. Vuestra derrota es más que obvia, y os la esperábais desde el primer momento en el que visteis a nuestras fuerzas. Vuestros esfuerzos son inútiles. Cientos de miles de adeptos siguen a mi amo y señor, ¡E incluso los venerados Astartes que han visto la verdad están a su mando!

- ¿Qué dice esta puta?- Pensó Zune para sí misma- ¿Astartes renegados?

Astartea siguió hablando, acompañando sus crueles y afiladas palabras con alguna que otra breve sonrisa, a rebosar de un placer indescriptible que Zune no podía comprobar ni sentir.

- Estáis perdidos. Sin posibilidades, rodeados y al filo de la derrota. ¡Los deseos del Príncipe de los Excesos serán cumplidos, y nosotros somos sus herramientas!- Se irguió más aún, haciendo más visibles las grandes dimensiones de sus pechos- Sin embargo, tenéis una opción para sobrevivir- Sonrió, con una maldad y una lujuria inmensas e incomprensibles- Uníos a nosotros. ¡Dad voz a vuestros deseos, dejad que os controlen! Los veréis más que satisfechos, podemos brindaros placeres sin fin, descubriros vuestros fetiches más ocultos. Uníos a nosotros siguiendo al Príncipe de los Excesos o...- Sonrió- Morid.

La cámara enfocó a un prisionero que estaba de rodillas a los pies de Astartea. Era un soldado del 987º. Sus ropas estaban quemadas y llenas de cortes, y en su cara los moratones y heridas abundaban como la mala hierba. Tenía las muñecas atadas con cadenas tras la espalda y una mordaza en la boca. Zune, el capitán, el coronel y el comisario torcieron el gesto al ver a uno de los suyos en tales condiciones.

- Y para que veáis que no tendremos piedad con nadie, os daré una pequeña demostración de lo que os espera, Infieles- Tomó de la barbilla al prisionero, le quitó la mordaza y le habló con voz suave y sugerente- ¿Estás listo?- Él le escupió una mezcla de saliva, sangre y drogas potenciadoras del dolor que le habían suministrado previamente. Astartea se limpió la cara, sin hacer desaparecer su hermosa sonrisa, y desenfundó un par de adornadas dagas de elaborada forja- Oh, seguro que sí.

El prisionero comenzó a isnultar a Astartea a gritos, pero sus cuerdas vocales no siguieron funcionando mucho tiempo más. Las dos dagas cortaron su garganta desde lados opuestos, y no pararon hasta chocar sus plateadas hojas en el centro del cuello del desgraciado. Su cabeza se desprendió y cayó al suelo con un ruido sordo. mientras que un reguero de sangre comenzaba a empapar a Astartea y a la cámara. Cuando la lente de la cámara se llenó de sangre y no se podía ver nada, un par de dedos la limpiaron, y el objetivo del aparato enfocó a Astartea, lamiéndose los dedos, llenos de sangre.

- Ya sabéis lo que os espera- Ronroneó, sin dejar de lamer la sangre de sus dedos- En vuestra mano esta vivir en el más placentero furuto o morir luchando por vuestro Dios Cadáver.

La emisión se cortó, y todos los asistentes a la reunión de oficiales se miraron. El enemigo había mostrado su verdadera cara.

- Usted encárguese de rescatar a las fuerzas del Adepta Sororitas, coronel- Ordenó el Gobernador. Al ver que Alexia iba a protestar, hizo un gesto para apaciguarla y habló con suma tranquilidad- Canonesa, a usted la necesito aquí. Estoy seguro de que las fuerzas del coronel son más que capaces de cumplir esta misión.

El coronel asintió.

- No se preocupe, Canonesa, recuperaremos a sus dulces hermanitas.

Trevor. Obrero de Clase 2 Editar

Trevor se agazapó un poco más entre los escombros del edificio en el que estaba escondido mientras recargaba su rifle de asalto.

Hacía rato que el gran sol de Pandorash se había ocultado tras el horizonte, pero la avenida estaba iluminada por una tenue luz violeta procedente de aquellas escalofriantes nubes que los heréticos habían conjurado. Solo mirarlas le ponía los pelos de  punta.

Además de causarle un molesto dolor de cabeza.

Se asomó por los restos de una ventana para observar la calle y mantuvo el ojo derecho cerrado, evitando así que su visión humana interfiriera con los sentidos mecánicos del izquierdo. Un grupo de cuatro siluetas negras subían, a trompicones, por la cuesta que salía del Distrito de Almacenaje.

Volvió a ocultarse de inmediato. No necesitaba ver más.

- Se retiran- Informó por el intercomunicador.

- ¿Estás seguro?- Habló la voz de la hermana Selene por el auricular.

- Sí, seguro. Acabo de verlos abandonar el bloque 93-C y dirigirse hacia el Área Residencial- Contestó-Seguramente iban a por refuerzos.

La hermana Selene soltó un sonoro suspiro.

- Lo que significa que volverán- Dedujo.

Durante un instante a Trevor le sonó desanimada. No duró mucho, ya que el tono jovial de la Hermana de Batalla regresó en un instante.

- Bueno, tendremos que esperar hasta que vuelvan y rezar porque la ayuda llegue a tiempo- Continuó, exasperada- Será mejor que regreses de momento, necesitarás descansar - Se detuvo un instante antes de añadir- …y la hermana Flavia quiere hablarte.

El mecánico frunció el ceño.

- ¿Sobre qué exactamente?- Preguntó con cautela. No estaba para recibir más sermones religiosos ni chorradas parecidas.

- No lo ha dicho, solo dijo que tenías que venir lo más rápido posible- Contestó Selene, con mal disimulada diversión ante la reacción de él- Corto y cierro.

La transmisión se cortó, y Trevor se apresuró a abandonar su escondite. Corrió agachado a través de los pasillos del bloque de habitáculos derruido sobre el que había posicionado su puesto de disparo cuando el tercer ataque de los heréticos se retiró tras perder a nueve de los suyos y a cinco guardias renegados, añadiéndolos a los caídos en los anteriores ataques a las puertas del taller. Saltó por un agujero que conectaba con el piso inferior, seguramente abierto por un obús durante los primeros días de la batalla, y encontró el túnel que le llevaría de nuevo a la avenida subterránea.

Recorrió las calles olvidadas rápidamente y llegó de nuevo al túnel que conectaba con los conductos de ventilación de su “búnker de emergencia” Al asomar la cabeza se encontró de frente con la hermana Selene.

- ¡Al fin!- Dijo la hermana, acompañando su frase con una sonrisa jocosa- Pensaba que habías huído…

El mecánico sacó el resto del cuerpo del túnel y se puso en pie, sacudiéndose el polvo de la camisa y los pantalones, haciendo tintinear el contenido de sus bolsillos.

- La charla de la hermana Flavia sobre mis “indecentes representaciones pictóricas” no fue tan terrible- Aseguró intentando parecer lo menos fastidiado posible. Aunque habia tenido unas ganas enormes de mandar a Flavia a la mierda- Pero si lo hace de nuevo te juro que me pego un tiro, hermana.

Selene rió de buena gana y Trevor la siguió, contento de ver que al menos algunas Sororitas tenían sentido del humor.

Hacía casi dos meses desde que se había encerrado en el almacén, cuando las cosas comenzaron a ponerse muy feas en la ciudad. Salía lo justo y necesario (ya fuera para conseguir comida o munición) y nunca se dejaba ver, por lo que sus relaciones con otros seres humanos habían caído en picado. Hacía solo un par de días se había encontrado a si mismo contándole la jornada a un destornillador por puro aburrimiento.

Sí, sinceramente la llegada de las hermanas y el mensaje al Cuartel General Imperial estaba resultando un pasatiempo mucho más útil y sano que contarle su vida a una producto de bricolaje.

- ¿Qué tal tus costillas, hermana?- Preguntó a la Sororitas mientras subían la escalera que llevaba al primer piso del taller- ¿Necesitas que les eche un vistazo?- Añadió.

- No. Aún me molestan un poco pero hiciste un gran trabajo con ellas -Dijo Selene mientras le tendía una mano para ayudarlo a subir- Tienes unos conocimientos médicos bastante buenos. ¿Dónde los aprendiste? No muchas personas en este planeta saben soldar unas costillas y atender una conmoción en el cráneo fuera de un Templo del Medicae como hiciste tú.

- Por aquí y por allá- Contestó él desestimándolo con un gesto - He viajado mucho en los últimos años.

- ¿Y esa espada también te la encontraste?

Trevor maldijo para sus adentros por no habérsela quitado antes de entrar.

- Es un recuerdo de un amigo de la guardia- Contestó con calma- Lo mataron unos orkos en nosequé planeta y como no tenía familiares cercanos a quién mandársela me la quedé.

- Entiendo- Asintió la hermana con una sonrisa perspicaz- Debía de ser muy bueno tu amigo para que le entregaran una espada como esa.

El mecánico no contestó en seguida. Se quedó callado unos instantes con la mirada perdida en sus recuerdos. Selene no dijo nada y esperó pacientemente.

- No, hermana. Él no solo era bueno- Dijo al fin- Era el mejor.

Habían llegado junto a la radio y Trevor se adelantó a Selene. No estaba para contarle su vida a nadie, y mucho menos a una Hermana de Batalla.

-Vuelvo a mi puesto- Dijo esta mientras subía las escaleras del primer piso hacia las ventanas que había sobre la puerta. Añadió con una sonrisa divertida- Y suerte. La necesitarás.

Trevor no creía demasiado en la suerte. Las cosas salen bien si estás preparado para ellas y no por ciencia infusa. Pero si había alguien con quien necesitara suerte seguro que sería Flavia.

Al entrar se encontró con que Flavia permanecía arrodillada junto a la máquina tocando botones con una expresión frustrada mientras que Evangelyne daba vueltas nerviosamente por la sala.

Las luces del aparato despedían destellos de colores a toda velocidad y por el micrófono de audio se escuchaba una voz entrecortada por la estática.

- Aquí el coronel Igmar, del 987º de Infantería Redimida. ¿Alguien me recibe?

- ¡Ya estás aquí!- Dijo Flavia al verlo entrar- ¡Rápido, ajusta esto! ¡Creo que la transmisión es de nuestro equipo de extracción!

No se hizo de rogar.

Trevor se arrodilló y apartó a la hermana de batalla sin ceremonias, haciendo caso omiso de su mirada asesina. Calibró los cables que daban energía a la máquina e hizo girar las ruedecillas para captar la señal que venía del exterior.

No tardó demasiado, la verdad.

- ¿Ya está?- Preguntó Flavia, extrañada - ¡Pero si casi ni la has tocado!

-Es más sencillo de manejar de lo que parece- Añadió, encogiéndose de hombros- No deja de ser una radio.

- ¿Entonces ya está?- Intervino Evangelyne- ¿Podemos hablar con ellos?

Trevor introdujo la mano entre un montón de cables de la máquina, sacando un micro que iba unido al aparato por un cable. Se lo tendió a Evangelyne.

- Pulsa el botón y habla- Le indicó, señalando un pequeño botón rojo que tenía el micrófono- Ellos te escucharán a ti y tú a ellos.

- Perfecto. Gracias, Trevor- Contestó ella, después añadió con expresión agradecida- De verdad.

Él asintió con la cabeza y se dispuso a salir de la habitación.

Ya no tenía nada que hacer allí. Evangelyne había grabado el mensaje y sería a ella a quien esperarían para hablar. Además seguramente la hermana lo mencionaría a él también en la conversación.

Era hora de prepararse para salir al exterior.

Bajó la escalera de nuevo hacia su refugio y al llegar a la habitación central sacó una vieja mochila deportiva de color gris de debajo del sofá.

Ya había decidido las cosas que se llevaría de antemano, así que no tardó demasiado en llenar el fardo y los bolsillos secretos de su pantalón con ellas. Todo eran cosas útiles, nada superfluo. Raciones de comida, herramientas, munición y algunos juguetitos que había ideado durante su cautiverio.

Se colgó la escopeta con una correa a la espalda, lista para desenfundarla si fuera necesario. Era un buen arma, con cargador de tambor, que había recogido de los restos del cuartel de los Arbitres. También sacó su pequeña y fiable pistola 9mm, que le había acompañado durante los últimos años de su viaje sin fallarle ni una sola vez. No estaba seguro de que pudiera matar algo más que cultistas con ella, pero nunca estaba de más intentarlo.

Y finalmente, se dirigió hacia la mesa donde hacía tan sólo unas horas habían reposado las sagradas armas de las hermanas.

En la mesa solo quedaba un bólter.

El de la tal hermana Caroline. El mismo que él había recogido del cadáver de su dueña junto con las armas de las hermanas supervivientes. Lo cogió, sosteniéndolo con su brazo bionico por delante para aligerar el peso del arma y evitar el temible retroceso con su fuerza mecánica. Miró el cajón que contenía la munición del arma y sonrió satisfecho al ver que aún quedaban cargadores.

Los cogió todos y guardó el bólter en su mochila para que nadie lo viese. Sabía de sobra que las Sororitas no permitirían que se quedase con él.

Se cargó la mochila al hombro y también su espada. La ornamentada arma estaba envuelta en trapos, evitando así que ojos curiosos la vieran. Ya eran suficientes tres hermanas de batalla, y había oído suficientes anécdotas sobre la reputación del 987º como para arriesgarse.

Jamás renunciaría a esa arma.

Jamás…

Apretó las correas de la mochila cuando se la cargó a la espalda y ascendió hacia arriba.

Para su sorpresa, las hermanas lo estaban esperando.

Llevaban puestos los yelmos de sus servoarmaduras y resultaba difícil saber con exactitud la identidad de las tres. Tenían los bólteres en las manos, completamente recargados y operativos. Dos de ellas llevaban cuchillos envainados a la cintura, las cuales supuso que eran Flavia, la más baja, y Selene, que evidentemente era más alta. La última, a todas luces Evangelyne, llevaba la espada sierra de la Madre Superiora.

- Nos vamos- Dijo Evangelyne- ¿Estás listo?

- Como nunca, hermana- Aseguró él poniéndose en pie y colocándose las gafas sobre los ojos mientras quitaba el seguro de su escopeta.

- Perfecto, tenemos que darnos prisa. Un capitán y sus hombres nos esperan más adelante. Nos escoltarán hasta territorio Imperial.

- Demasiado fácil- Contestó Trevor- ¿Cuál es la pega?

- Que el enemigo se ha puesto en movimiento- Explicó ella. Trevor detectó un ligero temblor de rabia en la voz de la hermana- Los Cultistas vienen hacia aquí. Los Marines Renegados vienen con ellos.

Trevor se estremeció. Marines del Caos. La cosa no pintaba bien.

- Os han cogido manía ¿Eh?- Comentó él tratando de sonar despreocupado.

- Pero tenemos que intentarlo- Prosiguió la hermana Flavia con firmeza- ¡El Emperador está con nosotros, no podemos fallar!

El mecánico envidió la seguridad de Flavia en aquel momento. Una seguridad que él no sentía en absoluto.

Pero no podían esperar. Si lo hacían nunca podrían salir y acabarían muertos, o peor, esclavos de esos sádicos depravados. Y sinceramente, él no tenía ninguna intención de acabar así.

Las calles estaban completamente silenciosas, como si los combatientes se hubieran puesto de acuerdo para cesar las hostilidades. Seguían iluminadas por aquel resplandor purpúreo y fantasmal, dando la sensación de que aquella calma no duraría.

Y no lo haría.

Silena, 987º de Infantería Ligera Redimida

- ¿No íbamos a ir en Valkyria?- Protestó Silena- Odio los Chimeras.

- Los Valkyria son necesarios para otras misiones, ahora mismo no podemos hacer uso de ellos- Explicó por enésima vez el capitán Hensz- Y déjalo ya, Silena, lo has dicho tantas veces que he perdido la cuenta.

- Es que no me gusta nada- Se enfurruñó.

- No te preocupes- Zune puso una mano sobre su hombro- Si todo sale bien, en breve estaremos de vuelta a la base. 

Silena farfulló algo inteligible por lo bajo, pero no habló más en todo el trayecto, de manera que Hensz aprovechó para explicar la situación y el plan de nuevo para que a todos sus subordinados les quedase claro:

- Vale, muchachos, echad un vistazo- Desplegó un mapa sobre la pared del Chimera y señaló un punto en él- Nos dirigimos aquí, al distrito de almacenaje, de donde nos ha llegado la señal de las Sororitas. No es que me haga mucha ilusión ir a evacuarlas...pero o lo hacemos o la Canonesa nos va a odiar más aún, y no quisiera tener una lucha en dos frentes como en Optima Secundus con los del 1º Namethiano- Los miembros de su escuadra de mando rieron por lo bajo al recordar sus peleas con dicho regimiento- No, en serio, tengamos la fiesta en paz con esas locas.

Friedrich, el comisario del pelotón, tomó la palabra:

- No se preocupe, capitán, me ocuparé de que no haya problemas con las Sororitas.

- Bien, gracias, Friedrich- Dio un par de toques en el mapa- Vale, prosigamos con esto. De camino a nuestro destino probablemente haya enemigos, así que los Chimeras de Süve y Mena se encargarán de ellos mientras nosotros pasamos de largo. Tenemos que llegar cuanto antes y salir cagando leches, ¿Entendido? Por una vez no nos podemos parar a revisar los cuerpos en busca de algo interesante. Lo sé, lo sé- Dijo al ver como sus soldados bajaban los hombros en señal de disgusto- Pero hay excepciones. Yo también quisiera buscar un bólter o algo de entre los cadáveres de las Hermanas de Batalla, pero hoy no podrá ser.

El Chimera dio un bandazo y el estruendo de su cañón automático al abrir fuego superó al volumen de la voz del capitán, quien se tuvo que callar y seguir explicando la misión por señas. Cuando el tiroteo cesó, Hensz ya había explicado el plan de combate detalladamente a sus subordinados, quienes, a excepción de Silena, lo habían comprendido con claridad. 

- ¡Catorce segundos para destino, tripulación!- Avisó el piloto- ¡Prepárense!

Aquello era música para los oídos de Silena, que ya estaba harta de tanto bamboleo dentro del Chimera y ardía en deseos de apretar el gatillo de su rifle láser. A su lado, Zune descolgó su arma de su hombro y Zach encendió el rifle de fusión con el que cargaba. El capitán Hensz metió una célula de energía en su rifle láser y el comisario Friedrich desenfundó su espada sierra.

Ya estaban listos para combatir cualquier cosa que se les echase encima. Excepto, quizá, pensó Silena, Astartes renegados. Por pura curiosidad, hizo en alto la pregunta que tanto le rondaba la cabeza:

- ¿Cómo se mata a un Astartes?

Zune se encogió de hombros:

- Cosiéndolo a tiros hasta que se muera, supongo.

- Es necesario, preferiblemente, armamento de plasma o proyectiles de gran calibre- Recitó de memoria el comisario, citando al manual del Soldado Nametheriano- Y nunca entablar combate cuerpo a cuerpo, ni aunque se cuente con la ventaja númerica.

- Tienen armaduras de ceramita, adamantium y plastiacero, y sabe El Emperador con qué materiales impíos habrán recubierto sus armaduras. Con un rifle láser no creo que le puedas hacer nada, a no ser, que, claro está, le des en el visor o una juntura vulnerable, la verdad es que no estoy seguro- Explicó Zach.

Silena hundió los hombros, asustada. Se había enfrentado a infinidad de enemigos, pero jamás a un Astartes, si bien había luchado mano a mano junto a ellos en alguna ocasión.

- Joder, ahora me habéis asustado- Musitó.

Ni siquiera les dio tiempo a reírse, pues el Chimera paró y la puerta trasera se abrió con un rechinar de metal sin lubricar.

Al unísono, los cinco soldados salieron de su transporte al mismo tiempo que otros veinte soldados salían de sus dos respectivos Chimeras. Los vehículos de combate de Süve y Mena aparecieron al poco tiempo con los cañones automáticos de sus torretas humeantes y la carrocería salpicada de hollín y sangre.

Los elementos del 987º no contaban con muchos vehículos de tonelaje y armamento comparables al poderoso Leman Russ, de manera que, tirando de ingenio, habilidad y diversos trapicheos con otros Regimientos o en el mercado negro, reconstruyeron la gran mayoría de sus vehículos de transporte Chimera, tanto con blindaje nuevo como con armas adicionales, además de la sustitución de los multiláseres por cañones automáticos.

De esta manera, los Chimeras del 987º estaban preparados para combatir tanto contra infantería como contra vehículos o bípodes de su tamaño, e incluso algunos que en vez de un cañón automático habían recibido un cañón láser eran capaces de abatir blindados de mayor tamaño, siempre y cuando esquivasen sus disparos, claro. Aparte de los Chimeras, también contaban con algunos vehículos de reconocimiento Salamander, todos ellos artillados con bólteres pesados, con los versátiles Sentinel, que eran relativamente abundantes en el 987º y con un reducido número de Tauros personalizados.

- ¡Piloto!- Ordenó Hensz al bajar del Chimera- ¡Mantén la torreta apuntando a la retaguardia y dile al artillero de la ametralladora que nos cubra!

Por todo signo de acuerdo, las torretas de los Chimeras giraron para proteger la retaguardia de la formación y los artilleros de las ametralladoras pesadas que estaban acopladas a los afustes de las torretas se dispusieron a cubrir el avance de Hensz y sus hombres en el avance hacia el taller mecánico en el cual estaban entrando.

A sabiendas de que los artilleros les cubrían, Silena avanzó sin miedo, rifle en mano, hacia la entrada del taller desde el cual el mensaje de socorro había sido enviado. Sin embargo, antes de llegar, una voz de hombre sonó desde detrás de la puerta, que comenzó a abrirse poco a poco mientras los veinticinco soldados del 987º y los artilleros del Chimeras lo apuntaban.

- ¡Pensaba que nunca llegaríais! ¡Los herejes están casi aquí, deberíamos irnos ya!

Cuando la puerta se abrió del todo, cuatro figuras aparecieron, tres de ellas eran Sororitas y el cuarto era un hombre, un mecánico, a juzgar por su indumentaria (gafas de soldar, camiseta de tirantes gris y pantalones de trabajo azules plagados de bolsillos) Todos ellos estaban armados, ellas con sus bólteres y cuchillos, (si bien una de ellas poseía una formidable espada sierra en lugar del cuchillo de combate de sus hermanas) él con una escopeta modificada con un cargador de tambor y una gran mochila a la espalda con un largo objeto envuelto en paños atado a su costado. Cuando estuvieron más cerca, Silena pudo advertir que el hombre tenía un ojo biónico que resplandecía con un brillate tono rojo y un brazo biónico de admirable manufactura cuyas junturas fulguraban con el mismo color que la lente del ojo.

- Somos el equipo de extracción- Se presentó el capitán mientras hacía señas al resto de sus tropas para que se retirasen a sus Chimeras y se preparasen para partir- Doy por hecho que sois los elementos a rescatar, así que, si no os importa, y ya que decís que el enemigo se acerca, subíos en un Chimera- Activó su comunicador y envió un mensaje a Süve- Irán en tu transporte, Süve, así que acércate.

El vehículo en cuestión apareció derrapando y abriendo su puerta trasera. Hensz invitó a entrar en él a las Sororitas y al mecánico con una rápida señal:

- Le agradecemos que haya respondido a nuestra llamada de socorro, capitán- Agradeció una de ellas antes de subir al transporte- Estoy segura de que la Canonesa no olvidará esto.

Silena torció el gesto:

- Espero que no- Pensó- Porque mucho aprecio no es que nos tenga.

De repente, se paró en seco, incomodada por la molesta sensación de sentir que alguien les observaba. Cuando se giró para comprobarlo, se topó con un fogonazo que surgió de entre las paredes derruidas de un edificio de pisos. El proyectil disparado, terriblemente rápido, impactó en el lateral de su propio Chimera, destrozándole las orugas. A juzgar por la potencia y la velocidad, debía ser un calibre cincuenta o algo similar. Mientras el resto de soldados se apresuraba a embarcar en sus Chimeras para salir pitando con los rescatados, Silena activó la mira de su rifle láser y apuntó en la dirección en la que apareció el disparo.

Multitud de triángulos de un rojo chillón aparecieron en su objetivo, lo que indicaba que había muchos más, no sólo el tirador del calibre cincuenta. Chasqueó la lengua, frustrada, y echó a correr hacia el Chimera en el cual las Sororitas habían embarcado, pues ella y la escuadra de mando lo usarían en lugar de su antiguo e inmovilizado transporte.

Un nuevo disparo desintegró al artillero de ametralladora del Chimera, que desapareció en una nube de sangre con un desgarrador grito de dolor, y otros tres más terminaron de destrozar el vehículo de la escuadran de mando. Hensz y su escuadra todavía seguían corriendo hacia el vehículo, mientras que el resto ya se había puesto en camino de vuelta a la base.

- ¡Mierda!- Gruñó Hensz- ¡Süve, vuelve a la base con los evacuados!

- ¿Y qué pasa con vosotros?- Replicó él a través del comunicador.

- ¡Tú vete!- Gritó el Capitán mientras ordenaba a sus hombres que le siguieran- ¡Nos las apañaremos para volver de alguna forma!

- Recibido- El Chimera se puso en marcha, la puerta cerrándose mientras el vehículo se movía- Que El Emperador os proteja, volveremos a por vosotros.

Hensz no respondió. Estaba demasiado ocupado cagándose en todo al darse cuenta de que el mecánico se había quedado en tierra, cubierto tras los escombros de un muro de rococemente, sostenia firmemente la escopeta  entre las manos y observaba el edificio desde el que disparaban los cultistas con el ceño fruncido.

- ¿Pero qué haces aquí, imbécil?- Le bramó.

- ¡El disparo me pilló por sorpresa!- Explicó el, agazapándose aún más para evitar los disparos de los hereticos- ¡No pude llegar al vehículo a tiempo!

Silena contemplaba desde su cobertura como Hensz intentaba localizar a los tiradores con sus prismáticos y como el mecánico sacaba de su mochila un robusto rifle de profusa decoración plateada, el cual, en cuanto Silena pudo verlo del todo, resultó ser un bólter, y no uno cualquiera, sino uno del Adepta Sororitas.

Preguntándose como aquel desgraciado había tenido los huevos de robar uno, salió de su cobertura y, valiéndose de su mira xeno, abatió a uno de los emboscadores, que resultaron ser todos cultistas. No, todos no, había uno que era inmenso y que estaba embutido en una formidable armadura violeta de cuyas hombreras y articulaciones pendían colgantes de cadenas con plumas y calaveras. Su cara...no era suya, sino que era una máscara hecha de piel azul, arrancada de el rostro de alguien. Aquel cabrón era horrible, tanto que consiguió que Silena tuviera un escalofrío, y otro más al darse cuenta de que era un Astartes.

Por suerte no se movía, sino que se mantenía ahí, de pie, gritando a sus siervos y blandiendo una alargada y curva espada con aros de hierro enganchados a su parte trasera. Llevaba un gran bólter colgando de su cadera mediante una cadena roñosa, y en la otra mano sostenía un manojo de garfios metálicos de los cuales colgaban los cadáveres de cinco Sororitas, si no más, todas ellas desmembradas o brutalmente desfiguradas por los disparos.

Llena de terror, sacudió el hombro de Zune, que se hallaba a su derecha disparando su rifle láser para dar cobertura a Zach, que se dirigía al Chimera derribado para procurar poner en marcha su torreta y limpiar el edificio de cultistas.

- ¡Zu!, ¡Zu!

Zune finalmente respondió tras ponerse a cubierto una vez Zach llegó a su destino y estuvo relativamente a salvo dentro del fuselaje del Chimera.

- ¿Qué? ¿A qué viene esa cara? ¡No es para tanto!- Posó una mano sobre su brazo y le dijo en un tono tranquilizador- Saldremos de esta, no te preocupes.

Pero eso no haría salir al terror de la mente de Silena. Con rapidez, le cedió su rifle.

- Usa la mira- Le dijo- Mira quién va al frente de los cultistas.

Con los disparos zumbando a su alrededor, Zune localizó rápidamente al Astartes y dejó escapar una larga sarta de maldiciones y blasfemias al darse cuenta de la gravedad de la situación:

- Jo, Zu, qué bien dices tacos- Murmuró Silena con admiración.

Zune devolvió el rifle láser a Silena y se puso a hablar a gritos con el capitán:

- ¡Capitán, tenemos un problema!

- ¡No me jodas!- Ironizó él mientras recargaba. A su lado, el mecánico disparaba con certera puntería una ráfaga tras otra con su bólter. Silena se preguntó si tendría antecedentes marciales o si se había entrenado para disparar.

- ¡No, no sólo los cultistas!

- ¿Qué?- Gritó Hensz por encima de los estruendos de los disparos de calibre cincuenta.

- ¡Hay un Astartes!

El tremendo grito de frustración que Hensz profirió fue silenciado por los aún más sonoros disparos del cañón automático, aún operativo, del Chimera inmovilizado, cuyos proyectiles de alto calibre comenzaron a barrer el piso en el cual los cultistas se habían atrincherado.

- ¡No veo nada, las cámaras exteriores están destrozadas!- Exclamó Zach a través de los milagrosamente intactos altavoces del tocado vehículo- ¡Dispararé piso por piso, comunicadme cuando haya abatido a todos!

- ¡Recibido, Zach, dales duro!- Respondió Zune mientras se asomaba un poco para ver si sus disparos alcanzaban o no sus objetivos- ¡Sigue en esa dirección, ahí están todos!

La táctica de Zach era simple pero increíblemente eficaz: Disparaba en línea recta de un extremo del piso al otro. Las balas explosivas que disparaba a una velocidad impresionante no tardaron en echar abajo paredes y destrozar tanto a los parapetos como a los cultistas que se cubrían tras ellos. 

Silena no despegaba la mira de su rifle del Astartes, aterrorizada y a la vez cautivada, por él. Simplemente no podía dejar de mirarle, era algo terrorífico y glorioso a la vez. Su armadura, sus armas, sus trofeos...incluso el aura de lujuria y belicosidad que desprendía, todo en él era impresionante. 

Incluso cuando una ráfaga de proyectiles impactó en su servoarmadura, el Marine del Caos no murió, simplemente cayó al suelo y se levantó gritando de rabia y empuñando su rifle bólter. Zach siguió abatiendo un aluvión de disparos sobre el piso, derribando a los cultistas y haciéndolos estallar en mil pedazos junto a sus coberturas.

Sin embargo, el marine saltó del piso (un segundo) y cayó al suelo con gran estrépito, destrozando las baldosas a su alrededor. Cuando se levantó, Silena pudo contemplar los boquetes y destrozos que Zach había creado con el cañón automático en su armadura. Unos pocos disparos más y estaría muerto.

Humeando y goteando sangre más violeta que roja, el Astartes siguió avanzando mientras aprestaba su bólter y se preparaba para disparar. Las descargas de láser de Zune y Hensz no parecían hacerle nada a su armadura, y las balas del bólter del mecánico estallaban contra su blindaje sin más efecto que la creación de pequeñas abolladuras en la superficie de su servoarmadura.

- ¡Silena!- Llamada Zune, sin separar el dedo del gatillo- ¡Silena! ¡Dispárale, tú puedes matarle!

Era cierto. Con su mira eldar, Silena podía detectar un punto débil en su armadura y abatir al engendro con relativa facilidad, pero su cuerpo no respondía. Estaba absorta mirando al Astartes, impresionada, fascinada, temerosa y aterrada. 

- ¡¡Silena!!

Sacudiendo su cabeza para despejarse y poder concentrar su mente en matar al objeto de su admiración y su temor, Silena preparó su rifle láser y encendió la mira, la cual se activó con un pitido y una pequeña luz verde parpadeante en su costado derecho. Apoyó la culata del arma en su hombro y, justo cuando su ojo se acercaba a la lente de la mira de combate, el primer disparo de arma del Caído arrancó de cuajo un pedazo de  rococemento de barricada a tan sólo tres centímetros de su cara. Viéndose obligada a tener que volver a ponerse a cubierto, Silena soltó un largo quejido y se permitió un escalofrío de alivio al percatarse de que seguía viva. 

Mientras tanto, el mecánico acababa de recargar su bólter y volvía a la carga, disparando una vez tras otra contra el peto y el cuello del hereje, aunque ambos estaban demasiado bien protegidos. Las ráfagas láser, incluso a máxima potencia, solo hacían pequeñas quemaduras y agujeros en las placas de ceramita y plastiacero de la servoarmadura, de manera que no podían derribarlo. Zach redirigió el cañón automático para disparar al marine, pero él logró destrozar antes el arma con un par de rápidas y potentes ráfagas de su bólter modificado.

Estaba malherido y avanzaba con lentitud, pero su puntería era extrema, y la letalidad de su arma, inmensa.

- ¡Silena, maldita sea!- Chilló Zune de nuevo.

- ¡No puedo levantarme, me matará si me pongo al descubierto!- Lloriqueó ella.

- Mierda- Hensz gruñó e insertó en su rifle láser el penúltimo cargador que le quedaba- Zune, entrengámos a este tío para que Silena lo pueda abatir.

Por detrás de las detonaciones de bólter y las maldiciones que profería el Astartes, podían oírse los llanto de Silena, desesperada, asustada, desmoralizada como nunca antes lo había estado.

Aquello enfureció sobremanera a Zune, que, desenfundando su cuchillo de la funda de cuero que tenía sujeta a su muñeca izquierda, saltó sobre el muro tras el que se cubría y cargó contra el marine con el fin de distraerle para que, o Silena con su Triplex, o Zach con su rifle de fusión pudieran abatirlo.

Harto de que sus disparos no surtieran efecto y de gastar la valiosa munición de bólter a lo tonto, el mecánico también cargó al combate sacando del costado de su mochila una imponente espada profusamente decorada y de aspecto terrible, lanzando las vendas en las que estaba envuelta al suelo.

Y, por último, con un suspiro de resignación, Hensz activó su espada sierra y se lanzó a la batalla junto a su subordinada y al civil al que se suponía que tenían que haber evacuado. 

Zach salió dando traspiés de la cabina del Chimera, tosiendo y apartando de sí con las manos el negro y denso humo causado por la destrucción del cañón automático. Casi asfixiado, se apoyó contra el fuselaje lateral del Chimera para tomar aire y retirar el seguro de su rifle de fusión. Durante una fracción de segundo, vio el combate que se desempeñaba entre Zune, el capitán Hensz y el mecánico al que debían rescatar contra el marine renegado.

Este, con la tremenda fuerza de sus músculos sobrehumanos, había agarrado del cuello a Zune y la había levantado del suelo como si nada. Aunque, claro, con lo delgada que estaba, eso tampoco tenía mucho mérito. Ella daba tajos al aire con su cuchillo, intentando alcanzar la cara de su enemigo, que reía como un loco mientras la de ella comenzaba a adquirir un tono rojizo por falta de aire.

De repente, con gran rapidez y técnica, en un alarde de lo que Zach no supo calificar si como un acto gran valor o uno de estupidez extrema, el mecánido hundió su decorada espada en el abdomen del Astartes, que no estaba tan protegido como otras partes de su armadura.

La sangre manó a borbotones y un grito de rabia y placer brotó de la garganta del grotesco gigante y arrojó a Zune contra el suelo, que quedó inconsciente por el tremendo golpe.

El mecánico sacó la espada del vientre de su oponente e intentó repetir la proeza en la juntura del cuello, pero una tremenda patada lo tiró al suelo, en la dirección opuesta a Zune dejandolo encogido sobre si mismo sujetandose el costado derecho con gesto agónico.

Justo antes de que el Renegado fuera a rematarlo con su espada curva y alargada, Hensz apareció blandiendo su espada sierra con ambas manos, y propinó un tremendo golpe horizontal que hizo un surco considerable en el lateral del peto del marine, inflingiendole una desigual herida gracias a los dientes de adamantio de su arma. Con lo cual solo consiguió ser arrojado al suelo también con un cruel manotazo que apunto estuvo de darle una vuelta completa a su cabeza.

Apretando los dientes para vencer al miedo, Zach corrió hacia el implacable Astartes blandiendo su rifle de fusión. Y justo antes de llegar, como si de un pequeño milagro se tratara, una centella verde cruzó de lado a lado la máscara de piel del Caído, haciéndole caer al suelo, inerte y presa de brutales e incesantes espasmos.

Zach se paró en seco y miró en la dirección de la cual el disparo provenía.

Con lágrimas cayendo de sus ojos y resbalando por sus pómulos, Silena sostenía su rifle láser en alto, humeando y con la culata firmemente apoyada en su hombro derecho. Su pulso estaba firme, como siempre, pero pasados unos segundos, perdió la compostura y se derrumbó entre llantos e hipidos, temblando sin control.  

Capitulo 3: Huesos de acero.Editar

Trevor, Obrero de clase 2.Editar

Estaba vivo.

Lo supo en cuanto el aire regresó a sus pulmones, poniendo fin al vacío en el que se habían sumido tras la terrible patada del Marine del Caos.

Trevor respiró profundamente varias veces, recuperando el aliento e ignorando deliberadamente el tremendo aguijonazo de dolor que le transmitió su costado derecho cuando se puso de rodillas sobre las ruinas de la calle.

El izquierdo estaba bien, sumido en su total y apática indiferencia mecánica al dolor. De no ser por sus implantes biónicos, ahora tendría la caja torácica y la mayoría de sus órganos reducidos a pulpa. Pero eso no significaba que el resto del cuerpo estuviera bien.

- Odio ser de carne- Pensó para sí mientras se ponía en pie, tambaleante- Es tan débil...

Tanteó el suelo en busca de su espada. La ornamentada arma había caído relativamente cerca, junto al cadáver del Astartes, así que la recogió y la introdujo, sin forzar el lado derecho, como buenamente pudo, dentro de su vaina. No tenía pensado sacar ese arma de los trapos hasta que, como mínimo saliera del planeta, pero dadas las circunstancias no había tenido otra opción.

La mochila seguía, por suerte, en su espalda y los bolsillos y las cremalleras no se habían abierto a pesar del trajín de la batalla. Definitivamente el vendedor debería suministrar sus productos a la Guardia Imperial y no a los transeúntes de las calles de Pandorash.

De todas maneras seguro que aquel hombre estaría muerto ya, así que decidió dejar de darle vueltas a esa estupidez y se obligó a centrarse en algo que no fuera que el costado derecho de su tronco, que le dolía como nunca en su vida.

Un nuevo aguijonazo, más intenso que el anterior, le obligó a caer de rodillas de nuevo, agarrándose con ambos brazos la zona dolorida:

- ¡Joder!- Maldijo, apretando los dientes para contener el dolor.

- ¿Estas bien, colega?- Le preguntó una voz masculina desde atrás.

Trevor se esforzó por recobrar la compostura a pesar del dolor y, al volverse se encontró al guardia del rifle de fusión.

Era un tipo más bien delgado, pero con músculos fibrosos y la piel y las ropas cubiertas del humo del tanque destrozado. Tenía el pelo negro corto y de punta, unas gafas de ingeniero descansaban sobre su frente y un pequeño auricular reposaba en la oreja derecha. Vestía una camiseta sin mangas de color negro, unos pantalones de combate de color gris, evidentemente del regimiento al que pertenecía y una bandolera para las municiones. A la espalda llevaba la mochila de comunicaciones estándar de las Escuadras de Mando de la guardia.

- Un Marine Espacial me ha dado una patada y sigo vivo ¿no?- Bromeó- Aunque creo que mis costillas me dicen que me ha atropellado un Baneblade.

- Eso está bien. Que tu cuerpo se queje como una exnovia significa que estas vivo- Contestó el otro riendo el chiste mientras le tendía una mano para ayudarle ponerse en pie otra vez- Me llamo Zach. Buen trabajo allí delante.

- Trevor, y gracias- Contestó el, ya en pie, el dolor estaba remitiendo pero tardaba lo suyo.

Ya de pie, pudo observar el panorama.

El cadáver del Marine del Caos yacía en tierra, con un impresionante agujero humeante donde antes había estado su cara. Los espasmos musculares estaban remitiendo y el cuerpo no tardó en quedarse completamente inmóvil. Alrededor de este se encontraban los componentes de la escuadra de mando del 987º.

El capitán se encontraba sentado en el suelo, con ambas manos en el lado izquierdo de la cara, que se le estaba hinchando por momentos. A pesar de ello Trevor podía adivinar que aquel hombre era un veterano. El hombre ya tenía sus años, las canas comenzaban a aparecer en su pelo negro, muy corto, al estilo militar. Su barba delataba que llevaría unos tres o cuatro días  sin afeitarse debido a los combates, pero mantenía una gran forma física. Llevaba un parche en el ojo izquierdo y veía con un único ojo de color marrón. Vestía una gabardina negra con múltiples bandoleras para la munición, dos pistolas láser enfundadas en los costados y una camisa de color gris debajo de todo aquello. Vestía también los pantalones grises del regimiento.

Casi al lado, se encontraba, aún inconsciente, la mujer a la que el capitán había llamado Zune. Era muy delgada y pálida, con los atributos propios  de su género, aunque sin ser muy llamativos. Toda ella era una muestra, si se hacían caso a los rumores, de los lugares hostiles a los que solían enviar a aquellos soldados, dándole una apariencia dura. Tenía un extraño peinado con el pelo rubio muy apagado cortado casi al cero a excepción de un gran mechón del flequillo que caía sobre su cara y vestía una camisa blanca salpicada de sangre y polvo, además de los mismos pantalones de combate que sus compañeros. En la garganta estaba apareciéndole un feo cardenal morado, fruto del terrible agarre del Astartes.

No parecía muy grave, sin embargo.

Sobreviviría.

Seguramente todo quedaría en unas molestias en el cuello o, como mucho, una contractura muscular.

Sin embargo, lo que más le preocupaba a Trevor era la otra chica.

La tal Silena, la que había matado al Marine.

Se encontraba de rodillas, aparentemente intacta, pero estaba encogida sobre si misma mientras lloraba aterrada. Sus ropas, una gabardina negra algo ajada y remendada que dejaba sus brazos al descubierto y una gorra picuda, le daban una ligera semejanza con un comisario, aunque era evidente que no lo era. Debajo del abrigo llevaba una tira de tela de color negro para cubrir sus grandes pechos. Además llevaba los pantalones militares, como no, grises. Tenía un atractivo mucho más marcado que su compañera y su larga melena, rizada casi al final de su pelo, era de un rubio mucho más vistoso.

Aun así eso no era lo que llamaba ahora mismo la atención al mecánico.

Trevor no soportaba ver llorar así a nadie.

Tan aterrada y frágil, Silena no parecía una dura soldado como era, sino una niña asustada y encogida de miedo en la oscuridad.

Zach captó su mirada y movió la cabeza con resignación.

- Déjala un rato. Ha visto mucho en los últimos días - Dijo- Necesita desahogarse.

A Trevor no le parecía que dejarla sola allí, abrazada a si misma fuera a ayudarla demasiado.

- Voy a ver si la puedo ayudar a calmarse - Contestó Trevor agachándose para recoger el bólter y haciendo una mueca cuando el dolor le dio otro pinchazo en el costado.

Zach lo miró un instante y sonrió de una manera extraña, como si le hiciera mucha gracia algo que sólo el sabía.

- De acuerdo- Se encogió de hombros mientras echaba a andar hacia el capitán y la mujer- Si lo consigues, avisa, ¿De acuerdo? Yo voy a ver qué tal andan el capitán y Zune. Y ten cuidado- Añadió de nuevo con aquella sonrisa tan rara- Tal vez queden más cultistas por aquí.

A Trevor le parecía que no era a los cultistas a lo que tenía que temer, pero se encogió de hombros también y se colgó el bólter a la espalda junto a la escopeta mientras se encaminaba hacia la llorosa Silena.

Cuando llegó a su altura se acuclilló junto a ella y extendió una mano para tocarle el hombro.

-Eh, ¿estás…?

No pudo acabar la frase.

Cuando la tocó, Silena lanzó un agudo chillido de pánico y retrocedió rápidamente mientras recogía su rifle del suelo y le apuntaba con él.

Su cara era una expresión de puro terror y sus ojos verdes, brillantes por las lágrimas que formaban surcos por la suciedad de su rostro, lo miraban como si no lo vieran realmente.

- ¡Hey, cálmate!- Dijo Trevor alzando los brazos rápidamente- Se ha acabado, Silena. Lo has matado. Se acabó.

Habló con voz tranquila y calmada a pesar del hecho de que tenía un rifle de alta potencia apuntándole hacia el pecho en manos de una chalada aterrorizada.

Aquello pareció calmarla, aunque fuera sólo un poco.

- ¿Se acabó?- Preguntó ella sin bajar el arma, aún temblorosa.

- Sí- Contestó él, apartando lentamente el cañón del arma de su pecho y apuntándolo hacia el suelo- Ya está. Se ha terminado.

El labio inferior de Silena tembló un instante. Soltó el arma de nuevo  y esta cayó al suelo al tiempo que sus manos agarraban con fuerza la camisa de Trevor y hundía el rostro en el pecho de este, prorrumpiendo de nuevo en sollozos.

La reacción de Silena pilló desprevenido al mecánico y, durante un instante, no supo bien que hacer.

Sin embargo, aquella situación evocó un recuerdo en la memoria de Trevor. Uno que ya casi había olvidado, cuando alguien hizo lo mismo ocho años atrás, en su mundo natal.

Una persona a la que había fallado.

Trevor abrazó a Silena, sosteniéndola con firmeza, mientras que, su brazo humano reposaba en su cabeza, acariciándola.

-Ya está…- dijo Trevor cuando sus sollozos comenzaron a remitir- Ya pasó.

Silena se separó de él y sorbió por la nariz mientras se secaba las lágrimas con el brazo, tratando de recobrar la compostura.

- ¿Estás mejor?- Preguntó, a lo que ella asintió. Trevor sonrió y se puso en pie- Muy bien, pues vamos. Nos están esperando- Le tendió el Triplex a Silena y añadió- Es un buen arma, no la pierdas.

Ella lo miró fijamente. Después asintió.

Avanzaron hacia el grupo. Trevor iba delante, con la mano derecha apoyada en el pomo de la espada y la otra agarrándose el costado, aún dolorido. Silena iba detrás con el rifle entre las manos avanzando tras él y mirándolo desconcertada, como si acabara de despertar de un sueño.

Llegaron junto al resto de la escuadra. Zach estaba reanimando a Zune, dándole pequeñas bofetadas en las mejillas mientras decía su nombre.

- ¡Vamos, arriba, vaga de mierda! ¡La siesta se ha acabado!

- ¡Como me des una bofetada más te arranco la cabeza, cabrón!- Replicó ella a la vez que se llevaba una mano al cuello con una mueca de dolor impreso en su rostro- Joder, pensaba que me iba a romper el cuello.

- Yo también me alegro de verte, Zune- Contestó él, riéndose. Se volvió hacia Hensz- ¿Qué tal la boca, capitán?

- Bien- Gruñó él con la mejilla hinchada sentado sobre una roca. Escupió hacia el suelo un gapo sanguinolento- Ese hijo de puta me ha arrancado un diente. Aunque supongo que es lo menos que debería preocuparme que me arrancara.

El capitán los vio llegar. Se levantó del trozo de muro y se dirigió hacia ellos con gesto marcial.

- ¿Estás bien Silena? –Preguntó sin rodeos.

- Sí, capitán- Contestó ella intentando parecer seria- Cojonuda.

- Muy bien- Dijo mientras se volvía hacia Trevor- ¿Y tú chaval? Zach me dijo que esa patada te estaba dando problemas.

- Estoy bien, señor. Solo es un moratón.

El capitán enarcó una ceja, no muy convencido.

- Zach, échale un vistazo a nuestro civil. No quiero tener un bulto inútil que arrastrar hacia la base.

- De verdad, capitán, estoy bien- Contestó Trevor- Solo es un moratón.

- Eso lo decidiré yo- Dijo Hensz con firmeza- ¡Zach, mueve el culo!

- Sí, capitán -Habló Zach- Vamos, figura, sácate la camiseta. Veamos cuantas costillas se te han roto.

Trevor suspiró. Dejó la mochila en el suelo  junto a las armas. Después se quitó la camiseta, dejando al descubierto su torso.

Durante un instante reinó el silencio.

- Dios Emperador…

Zune, 987º de Infantería ligera redimidaEditar

- Dios Emperador...- Murmuró Zune con la voz rebosante de horror.

- Usted me lo ha pedido, capitán- Se encogió de hombros Trevor.

Zune apartó la mirada, incómoda. Todo el torso del hombre...no, todo no, sólo la mitad izquierda, era de metal, y la piel circundante era de otro color, como si le hubieran añadido piel transgénica a lo que habia quedado del verdadero torso para que pudiera ajustarse al implante. Había visto su brazo, pero no se imaginaba aquello.

Sin embargo, había que admitir que la pieza era de primerísima clase. La aleación con la que estaba hecho el implante parecía excelente, y, de hecho, Zune estaba segura de que lo era. Dos gruesos tubos partían del pulmón izquierdo y se juntaban en la espalda, en la parte trasera del implante, para ser exactos. El pectoral estaba decorado con una imagen finamente grabada del símbolo del Adeptus Mechanicus, labrado incluso en oro o algún otro metal precioso, supuso Zune. No quiso imaginarse que clase de horrible herida había tenido que sufrir para que le implantasen eso.

- Joder- Zach le pidió que se pusiera la camiseta con un gesto de mano- Capitán, no creo que tenga nada roto, la verdad- Se dirigió a Trevor, con los ojos brillantes de curiosidad- ¿Qué coño te pasó?

Él se puso la camiseta de nuevo y se colgó la mochila. Suspiró:

- Creéme, no quieras saberlo.

Zach asintió respetuosamente y abandonó la idea de preguntar por ello. 

- Guau- Musitó Silena, mirando a Trevor embobada- ¡Se parece a Tyros!

Zune y Zach sonrieron. Tyros era uno de los cuatro tecnosacerdotes que servían en el regimiento, y todo su tronco había sido reemplazado por una cubierta biónica debido a las tremendas heridas que sufrió durante un combate. Aún sonriente, Zune se acercó a Silena por detrás y le limpió las lágrimas que aún quedaban en sus mejillas con ambos dedos índices. 

- Venga, bobalicona, arriba- Y le tendió una mano para levantarse.

Con un gesto desenfandado, Silena tomó la mano que Zune le ofrecía y se puso en pie, se colgó al hombro el rifle láser y, con un ademán rápido e inesperado, abrazó el cuello de su compañera y le dio un largo beso, lo cual pilló a Zune por sorpresa, que dio un traspiés hacia atrás y suerte no acabó en el suelo.

- ¿Siempre son así?- Preguntó Trevor con una ceja arqueada mientras blandía su bólter.

- Qué va- Zach ni siquiera le daba importancia a la escenita, y calibraba su aprato de radio para intentar comunicarse con sus superiores en la base.

- Suelen esperar a estar totalmente fuera de peligro- Al igual que Zach, Hensz tampoco prestaba atención a sus dos subordinadas, y se masajeaba el lado izquierdo de la cara, enrojecido e hinchado- Zach, anda, mira a ver si puedes contactar con el coronel.

Pero no hizo falta que contactase con él, pues este se comunicó con ellos antes de que Hensz pudiera decir algo más.

- Aquí Igmar- Dijo la voz del coronel a través de la radio de Zach- Hensz, ¿Estáis vivos o algo? 

Zach se apresuró en ceder el micrófono a su capitán, que contestó sin perder el tiempo:

- Nos duele todo- Replicó Hensz- Pero estamos todos vivos y enteros.

- Pues no sabéis la suerte que tenéis de estarlo. Los de reconocimiento han divisado un gran contingente de cultistas al este de vuestra posición, y es muy probable que estén liderados por Marines del Caos, así que moved el culo- Hubo una pausa cargada de estática-...éos y venid cagando leches a aquí, pero ni se os ocurra cruzaros con ellos. 

- Entendido, señor. Volveremos en cuanto podamos, si no lo hemos hecho para mañana, esperen una señal, y si para el siguiente día no la han recibido, dadnos por muertos.

- Recibido, Hensz. Ah, y por cierto, ¿Y el mecánico? Una de las hermanitas preguntó por él, al parecer no le dio tiempo a subir en el transporte cuando os atacaron.

- Está sano y salvo- Dirigió una mirada a Trevor, recordando el grotesco espectaculo  de la piel sintética y cerró los ojos para quitarse la imagen de la cabeza- Cambio y corto, coronel.

Zach guardó el auricular en la mochila-radio:

- Bueno, ¿Y ahora qué hacemos?- Preguntó el mecánico, mientras se rascaba la sien izquierda pensativo.

- Es obvio- Responidó Zach- Volver a la base.

- ¿Con todos esos cultistas? De eso nada- Replicó Zune, que por fin se había librado de los cálidos labios de Silena.

- Pues o nos escondemos...o nos escondemos, no tenemos más opciones- habló Silena apoyando la barbilla en el hombro derecho de Zune.

Trevor se rascó la cabeza y medito rapidamente. Tomó la palabra:

- Tengo una amiga en esta ciudad que me debe un par de favores. Si sigue viva quizá pueda escondernos, y, bueno, puede que tenga munición de repuesto o algo.

Heinsz se dispuso a dar el visto bueno al plan de Trevor, pero varias figuras surgieron de los restos del piso destrozado y una de ellas bramó:

- ¡Matadlos, por los Dioses Oscuros!

Mientras los rayos láser comenzaban a brotar de las armas de los recién llegados y a volar hacia Zune y el resto, se pusieron a cubierto lo más rápido que pudieron:

- ¡Cuando nos libremos de estos capullos, llévanos con esa amiga tuya!- Le dijo Hensz a Trevor, que acababa de abatir a uno de los cultistas de un tiro de bólter.

Zune se asomó unos centímetros por encima del muro que usaba como cobertura para identificar a sus emboscadores. Eran seis, seis Guardias traidores, con lo cual llevaban armaduras antifrag, rifles láser y granadas, de manera que resultaban enemigos mucho más competentes y peligrosos que los cultistas. Uno de ellos incluso portaba un lanzacohetes, y no tardó en disparar.

Zune se agachó con rapidez cuando el cohete de fragmentación pasó volando por encima de su cabeza para estrellarese entre las ruinas que estaban tras ella. La explosión fue, como era de esperar, tremenda, y la metralla llegó incluso a la posición de Zune, rasgando una de las esquirlas la piel de su antebrazo, provocándole un intenso dolor y un sangrado considerable.

Apretando los dientes por el dolor y con los oídos pitando por la explosión y la onda expansiva, no esperó a que el enemigo recargase el lanzacohetes, y se levantó, rifle láser en mano, para abatirlo. Sin embargo, cuando ya lo tenía en el punto de mira y su dedo rozaba el gatillo, una centella verde atravesó el casco del traidor y arrancó la mitad de su cabeza, esparciéndola por el suelo y la pared que tenía a su derecha. Sus compañeros se triaron instintivamente al suelo, y uno de ellos preparó una granada, pero otro disparo láser cercenó la mano que sostenía el explosivo, aún con anilla. 

Mientras el traidor gritaba de dolor y sus camaradas seguían disparando, Zune miró fugazmente a Silena, que sostenía su rifle en alto, humeante. Dos disparos casi imposibles desde su posición, dos disparos perfectos, y mientras las descargas de láser impactaban contra su cobertura, otro magnífico disparo fue a parar a la garganta de otro guardia, eliminándolo al instante y rociando a los otros con pedazos de carne sanguinolenta.

No por nada Silena era la mejor tiradora de la compañía, y puede que del regimiento entero. 

De improviso, el rechinar de los dientes de una espada sierra al girar y el rugido del motor que pone las cadenas en marcha comenzó a sonar en la posición de los herejes, y Zune temió que más enemigos o, pero aún, otro Astartes, aparecieran.

Sin embargo no fue así, pues el recién llegado no era ni más ni menos que Friedrich, el comisario del pelotón, que apareció espada sierra en mano detrás de los traidores y comenzó a despedazarlos con su terrible arma. Uno de ellos intentó ensartarlo con su bayoneta, pero acabó con un brazo mutilado y los afilados colmillos de la espada sierra vaciando su cabeza.

Otro más lanzó una cuchillada contra el pecho del comisario, pero la hoja de acero rebotó en su coraza y un proyectil de pistola bólter atravesó su chaleco antifrag, haciéndolo estallar desde dentro, enviando sus brazos y cabeza en direcciones opuestas.

El último que quedaba, el cual al que Silena había arrancado su mano de un disparo, desenfundó su pistola automática y encaró al comisario con ella...al mismo tiempo que la espada sierra entraba vorazmente en la parte desprotegida de su vientre y sacaba sus tripas hacia afuera con el movimiento de los dientes, manchando de sangre y trozos de intestino los pantalones negros de Friedrich.

- ¿Qué coño pasa?- Exclamó Zach- ¿Vienen más o qué?

- ¡No!- Se apresuró a responder Zune- ¡Es el comisario repartiendo estopa!

- ¿Y de dónde carajo ha salido?

Cierto, Zune no le había visto desde que los cultistas capitaneados por el Marine los habían atacado. Se preguntó dónde demonios había estado. En cuanto se puso al descubierto, jadeando y manchado de sangre, Zune se lo preguntó sin demora alguna.

- ¡Comisario! ¿Dónde narices estaba?

Él miró a Zune, enfundó la pistola bólter y andó hacia ellos:

- Cuando atacaron los Chimeras me vi obligado a ocultarme en una callejuela, y ahí me encontré a otro grupo de cultistas, tres o cuatro. Luego estuve siguiendo a estos- Señaló con la barbilla los cadáveres de los guardias renegados, irreconocibles y empapados en un baño de sangre y vísceras.

- ¡Pues nos has salvado el culo, gracias!

Friedrich sonrió casi imperceptiblemente:

- No sería la primera vez.

Hensz y el resto salieron de su cobertura, ya libres del fuego enemigo.

- Bueno, Trevor- Dijo, mirando a este último- Llévanos con tu amiga, esperemos que pueda ayudarnos.

El aludido asintió e hizo señas al grupo para que le siguieran:

- Claro, venid por aquí. No debería andar muy lejos.

Zune esperó a que Silena llegase a su lado y siguió a Trevor y al resto. Esperaba por su bien, el de todos, que el contacto del mecánico aún siguiera vivo. 

Trevor, Obrero de clase 2Editar

Trevor avanzó por las ruinas del Distrito de Almacenaje mientras los pasos de los soldados del 987º lo seguían de cerca.

Avanzaron rápidamente, cubriéndose dentro de los edificios y evitando a los grupos de heréticos que se habían desplegado por todo el distrito en su busca.

Si hubiera sido completamente de noche, no habrían tenido ningún problema para evitarlos, y seguramente habrían tardado menos en llegar a su destino, ya que la oscuridad los hubiera ocultado. Pero esas malditas nubes, que lo bañaban todo con su espectral resplandor morado, dificultaban la tarea.

Habían dejado atrás el cuarto destacamento de cultistas, entre los Centros de Procesamiento de Alimentos y la estación de monorraíl que recorría toda la ciudad colmena, y ahora corrían agazapados entre los escombros de la Avenida Principal.

La Estación Central del Monorraíl, en la cual convergían todas las vías del transporte, aún estaba siendo objeto de intensos ataques por parte de ambos bandos, ya que era un valioso punto estratégico.

Gracias a la llegada de las Sororitas, la Guardia Imperial aún mantenía un pequeño destacamento de hombres en ella, y tenían relativo control sobre la mayoría de las estaciones de la línea de monorraíles, lo que suponía una gran ventaja táctica a la hora de desplegar tropas rápidamente y limitar el avance de los heréticos.

- ¿Soy yo la única que se está muriendo de frio?- Preguntó Silena, mientras se envolvía aún más en su gabardina.

- Sigue corriendo y pronto entrarás en calor- Contestó la voz de Zach desde atrás- ¡Joder! ¿No se suponía que en este maldito planeta nunca hacía frío?

Era verdad. En aquella época del año, Pandorash era el centro de actividad turística de todo el sector. Su gran sol mantenía el planeta cálido durante la mayoría del año. E incluso en invierno, de noche se disfrutaba de una agradable calidez.

- Son las nubes- Señaló Trevor- El tiempo lleva como loco desde que esos cabrones las conjuraron.

- ¿Viste como lo hicieron?- Preguntó el comisario justo detrás de Trevor, que no necesitaba mirar para saber que la mano de este se encontraba peligrosamente cerca de la funda de su pistola bólter.

- No, no me gusta acercarme demasiado a grupos armados cuando estoy paseando- Contestó usando la palabra que solía utilizar cuando salía a buscar comida y cosas útiles durante los enfrentamientos- Pero este frío no es natural aquí. Solo sé que los heréticos se concentraron en la Central Energética justo el mismo día en que aparecieron estas nubes. Eso fue hace casi un mes.

- Resulta extraño- Dijo Zune con el ceño fruncido, a la vez que corría junto a Silena- Que después de decir eso fueras a rescatar a un grupo de Sororitas y las llevaras a tu refugio.

Él se encogió de hombros.

- Me aburría- Contestó solamente mientras giraban en uno de los callejones.

Aquella respuesta no pareció satisfacer a Zune, pero cuando se disponía a replicar Trevor se detuvo bruscamente.

- Hemos llegado- Anunció señalando hacia el edificio que se alzaba ante ellos. Un gran almacén de tres plantas que parecía relativamente intacto- Ella se encontrará por aquí.

- ¿Estás seguro? No parece el lugar más idóneo para esconderse -Comentó el capitán con una ceja arqueada.

- Porque no lo es, capitán- Dijo Trevor con una enigmática sonrisa- El verdadero escondite se encuentra debajo.

Entraron en el edificio rápidamente. El interior había sido evidentemente saqueado, ya fuera por cultistas o por las tropas imperiales mientras se retiraban. Las pocas cajas que no habían podido llevarse yacían destrozadas o vacías en el suelo. Zach suspiró, resignado.

- Parece que hoy no es nuestro día. No han dejado nada útil que podamos llevarnos- Habló mientras descendían por unas escaleras hacia el sótano.

- Ni siquiera una mísera chocolatina…-Se quejó Silena, recordando el tiempo que había pasado desde que tuvo una comida decente.

- No os preocupéis por eso- Dijo Trevor cuando llegaron al sótano- Leandra tiene de todo. Aunque seguramente no lo dará gratis.

- Háblanos de esa tal Leandra. ¿Qué tipo de persona es?- Preguntó Hensz.

- Oportunista, sobre todo- Contestó Trevor- Es una de las mayores proveedoras de material para el Mercado Negro. Más de una vez ha ocultado en mi taller el material que les llevaba a sus clientes. Y más de una vez eso le ha evitado los registros del Arbitres en su propio almacén. Además, ella no es el tipo de persona que deja que saqueen sus productos. Seguramente los tenga escondidos con ella.

Continuaron descendiendo hasta llegar a la última planta del sótano. La habitación era exactamente igual que todas las demás, llena de cajas vacías y rotas. Trevor se acercó a una de las paredes y quitó la rejilla de uno de los conductos de ventilación.

- Tendremos que arrastrarnos un poco para llegar.

Se introdujeron rápidamente, Trevor el primero, después el comisario Friedrich, el capitán Hensz, Zune, Silena y Zach, que arrastraba tras de sí su mochila-radio, ya que no podía llevarla a la espalda mientras avanzaba por el estrecho conducto.

- ¿Falta mucho?- Gruñó Zune.

La voz de Trevor le llegó rebotando por las paredes del túnel.

- ¿Siempre eres tan impaciente? Ya estamos.

El estrecho conducto desembocó finalmente en una amplia sala escasamente iluminada. El lugar era sencillamente impresionante, pues estaba repleto de pilas y pilas de cajas de acero con el sello del Águila Bicéfala. Trevor también identificó algunas con símbolos como el Adeptus Mechanicus y del Munitorum, seguramente equipo de alta tecnología.

El lugar estaba completamente silencioso. Salvo por un extraño sonido intermitente que resonaba, ahogado a lo lejos.

- Impresionante- Observó Zach, alucinado tras salir del túnel mientras se colgaba su mochila de nuevo en la espalda- Aquí hay de todo.

- Pero no hay chocolate- Se enfurruñó Silena.

Trevor indicó con un gesto al grupo que se quedara dónde estaba y avanzó hacia adelante hasta colocarse bajo la luz de una de las bombillas que iluminaban la estancia.

- ¡Leandra!-Gritó a la oscuridad- ¡Sé que estas aquí!

Un sonido procedente de su izquierda producida por un percutor de arma al tirar hacia atrás le confirmó que no se había equivocado.

Ese era el lugar.

Trevor se giró sin miedo y se encontró con una mujer alta, rondando casi los treinta años, y que asomaba tras una de las cajas, a salvo de cualquier disparo que pudieran hacer los del 987º gracias a la aleaccion de estas. Su pelo castaño rizado estaba recogido tras la cabeza con una coleta y sus ojos del mismo color lo observaban con desconfianza. Vestía un mono de trabajo de color verde abierto por delante y llevaba puesta una camisa sin mangas negra que dejaba ver sus brazos de piel morena cubiertos de tatuajes.

En la mano, como era de esperar, llevaba una pistola de alto calibre y le apuntaba con ella.

- Baja el arma, Lea. Soy yo, Trevor- Dijo con calma mirando en su dirección.

Ella le dirigió una mirada malhumorada bajo la sombra que proyectaba la luz de la bombilla. Sin bajar su arma.

- ¿Quién cojones es esta gente Trevor?- Contestó ella sin rodeos- Y otra cosa ¿Tú no estabas muerto?

Trevor la miró con una sonrisa pintada en los labios.

- Yo podria preguntarte lo mismo. La respuesta a la segunda es que ese era mi plan.

- Aún no me has contestado a la primera- Replicó ella enfilando su vista con la mira del arma.

- Unos amigos de la guardia- Habló el sin inmutarse- Necesitamos que nos ocultes hasta mañana.

Leandra bajó el arma muy despacio y se asomó tras las cajas para observar a Hensz y a sus hombres. Tras unos segundos en silencio salió a la luz, avanzando hasta colocarse junto a Trevor. De cerca, él  pudo apreciar que estaba más delgada de lo que recordaba y también que llevaba una venda en el brazo izquierdo.

- Un mes duro ¿Verdad?- Comentó, observando las heridas con ojo crítico.

- Como todos ¿Cuando se te ocurrió la idea de traer la segunda cosa peor que los Arbitres a mi almacén? ¿Me lo quieres explicar?- Gruñó con los brazos en jarras y un tono de voz severo.

- Hace un par de minutos, después de despachar un par de renegados y a un marine traidor.

- Bien por ti- Continuó ella enfadada- ¿Sabes lo que me ha costado mantener este sitio en secreto?

- ¿Tengo que recordarte el incidente del callejón del Almacén T-56?- Dijo Trevor cruzando los suyos ante el pecho con gesto serio- Me parece que ese Arbitres podria haberte pillado de no ser por mi. Creo que una noche de sueño en un lugar cubierto, con una buena comida para rematarla sería lo mas justo.

Hubo un tenso silencio.

Finalmente Leandra lanzó un resoplido exasperado.

- Está bien. Podéis quedaros, pero antes necesito que tú y tus "amigos" veáis algo- Dijo Leandra con firmeza.

Trevor frunció el ceño, pero no dijo nada. Se acercó al capitan, sin perder de vista a Leandra y le expuso la situación. Al rato el grupo seguia a Leandra por el largo pasillo central del almacén. Todos estaba alerta, incluso el propio Trevor. Hacía dos meses desde su ultimó encuentro con ella y, aunque no le agradaba pensarlo, existía la posibilidad de que Leandra los estuviera conduciendo hacia una trampa.

- ¿Te acuerdas de Xäl y Vehar?- Preguntó Leandra al cabo de un rato.

- Si, eran dos de los matones de Spyder ¿No?- Dijo Trevor haciendo memoria.

- ¿Quien es Spyder?- Preguntó Hensz.

- Es el que dirige el cotarro por los bajos fondos de la ciudad colmena- Explicó Trevor con tono irritado- Es un jodido psicópata, pero hay que admitir que mantener bajo control a las trece familias mafiosas más poderosas del planeta es un gran logro.

- Yo le consigo la mayoria del material para hacerlo. Sin mi, su gran ejercito de matones tendría la misma potencia de fuego que un chupete. Por eso suele enviar aquí a algunos de los suyos para proteger su material- Añadió Leandra, deteniéndose junto a una puerta metálica con un pequeño panel electrónico de seguridad- Volviendo al tema, hace un par de dias los envié hacia la la Central Energética a por unos recambios para mi generador eléctrico.

- ¿Y?- Preguntó Trevor

Regresaron ayer, con muy mala cara, farfullando cosas sobre hechiceros y otro montón de mierda similar que no entendí. Quise ayudarlos, pero se volvieron locos y me atacaron- Tecleó una clave en el panel y los seguros de la puerta se descorrieron- Los sedé y los metí aquí para ver si se calmaban. Y cuando fui a verlos esta mañana...

Leandra abrió la puerta y un olor nauseabundo golpeó al grupo.

En el interior de la pequeña habitación se encontraban dos esqueletos. Llevaban encima las ropas que antes habian llebado cuando aún tenian carne. Estaban completamente cubiertos de un extraño liquido pringoso que se adería al tejido óseo. El olor era muy fuerte, como si se hubieran echado encima litros y litros de algun perfume caducado.

- ¡Joder!- Dijo Trevor, asqueado y tapándose la nariz con el brazo- ¿Estos son Xäl y Vehar?

- Lo eran. No sé qué se estará cociendo en esa central, pero no es nada bueno si esto es lo que hace- Añadió ella con una mirada calculadora.

- ¿Porqué nos cuentas todo esto?- Preguntó Zune, desconfiada.

- Vosotros habéis ganado una información valiosa, además de las claves que os voy a dar para un par de cajas de armas y alimentos que tengo por allí- Dijo señalando al almacén-  A cambio, mañana vosotros váis a ir a esa central a cargaros a todo el que esté dentro.

Trevor gruñó en bajo. Aquello no le olía pero que nada bien.

Zune, 987º de infantería ligera redimida

Mientras Leandra, la amiga de Trevor y su supuesta salvadora, hablaba con él en privado, Zune y el resto se habían procurado un sitio entre las cajas de armas y munición que Leandra les había ofrecido para reabastecerse, y se dispusieron a retomar fuerzas comiendo algo y durmiendo un poco. 

Zune limpiaba y aplicaba tareas de mantenimiento a su rifle láser, al igual que Zach. El comisario oraba en silencio y Hensz comía con exagerada parsimonia una barrita energética despojada de su envoltorio. Silena había estado dormitando desde que se sentaron, y a los pocos minutos acabó dormirda del todo, con la cabeza apoyada en el hombro de Zune y su rifle láser entre los brazos y apretado contra el pecho.

- ¿Se ha dormido?- Preguntó Zach mientras reparaba su radio.

Zune tocó con el dedo índice la frente de Silena.

- Está torrada- Respondió tras tocarla de nuevo para comprobar que estaba realmente dormida- Normal, si hasta yo tengo sueño.

- Pues duerme.

Zune envolvió los cargadores de su rifle láser en un paño y se sentó sobre ellos para acelerar su recarga por temperatura.

- No quiero.

Hensz acababa de terminar su barrita energética.

- ¿Y esa chorrada a qué viene?

Zune levantó la vista en dirección a la habitación en la cual Trevor y Leandra habían entrado para hablar.

- No me fío de él. O...-Dudó- No sé, no me parece trigo limpio.

Zach se encogió de hombros.

- Qué quieres que te diga, nos ha traído aquí, a mí me parece un buen tio.

- Ah, ¿Sí?- Zune se inclinó hacia delante- ¿Y cómo explicas lo de su espada? ¿Y lo de sus implantes? Por muy buen mecánico que sea son demasiado elaborados como para que pueda permitírselos- Zach se dispuso a responder, pero Zune le cortó de nuevo- ¿Y de esa manera de luchar? No hay duda de que se maneja, y bastante bien, como si hubiera sido entrenado para ello, en un regimiento de la Guardia Imperial, en una organización mafiosa, o donde sea. 

Friedrich, que acababa de terminar sus rezos, respondió:

- Lo que Zune dice es cierto, lucha bien, y esa espada no la ha podido forjar él o haberla conseguido en este planeta. Yo creo que ha luchado en un regimiento de la Guardia Imperial, y que desertó. 

- ¿De dónde sacas lo de la deserción?- Preguntó Zune con una ceja alzada.

- No se ha podido licenciar tan joven- Respondió, impasible, el comisario.

- O sea,- Empezó Hensz- que tenemos a un desertor con grandes dotes de combate listo para ser reclutado.

Silena se removió en sueños, y Zune posó casi por instinto la mano derecha sobre su cabeza.

- ¿Para reclutar?- Preguntó con mirada interrogante- No estarás diciendo lo que creo que estás diciendo.

Hensz flexionó una rodilla y apoyó el brazo izquierdo sobre ella.

- Pues claro que sí, tenemos que rellenar la plaza libre que nos queda en la escuadra- Explicó con picardía.

- Yo estoy a favor- Asintió Zach.

- Yo también, así quizá redima su pecado- Opinó Friedrich mientras se descolgaba la espada sierra y la dejaba apoyada sobre una caja de munición para poder tumbarse a gusto en el frío y duro suelo.

Hensz sonrió al ver como Zune fruncía el ceño, malhumorada, descontenta con la decisión que, por mayoría, el resto de su escuadra ya había tomado.

- No me fío de él- Zanjó.

- Veremos si es de fiar cuando ataquemos la central eléctrica- Hensz se tumbó y puso su mochila bajo su cabeza para usarla como almohada- Si no lo es, le dejamos que se vuelva con las Sororitas o que haga lo que quiera. Pero si podemos confiar en él, nuestro vacante será ocupado.

Zune gruñó y desvió la vista:

- Ojalá quede pronto un vacante para capitán.

Excepto, Silena, que estaba dormida, todos estallaron en risas.

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Cuando Zune despertó, Silena seguía apoyada en su hombro, y el resto ya estaban despiertos y preparando su equipo. 

- Eh- Le dijo Zach a Zune una vez vio que había abierto los ojos- Leandra y Trevor están esperando en uno de los almacenes de armas que tiene ella por aquí. Vamos a ver si encontramos algo que nos sirva, repondremos munición y saldremos para destruir la central eléctrica, así que levántate y despierta a Ricitos de Oro, que ya va siendo hora.

Zune asintió, sin ganas de hablar, y sacudió el hombro de Silena hasta que se despertó, lo cual fue una tarea algo larga. 

- ¿Qué pasa?- Preguntó Silena, quejicosa, mientras se desperezaba y frotaba los ojos- ¿Nos atacan o algo?

- Qué va. Levanta, que vamos a atacar la central eléctrica en breve.

Silena asintió con pereza y asió la mano que Zune le ofrecía para levantarse. Una vez estuvo en pie, se colgó el rifle al hombro mientras bostezaba y se puso la mochila. Zune hizo lo mismo y, una vez estuvieron todos, acudieron al encuentro con Leandra y Trevor en el almacén de mercancía.

Cuando cruzaron la puerta blindada se encontraron con una gran sala repleta de cajas de armas y munición, contenedores repletos de piezas de armas y armaduras y sacos con repuestos para vehículos. Leandra y Trevor les esperaban en el centro del almacén, examinando unas cajas militares que albergaban varias armas de todo tipo. Trevor se estaba metiendo cargadores de bólter (no supo cómo demonios Leandra los había podido conseguir) a puñados en los bolsillos y Leandra lo miraba, sonriente, con los brazos cruzados.

Zune silbó para llamar su atención y hacerles saber que habían llegado.

- ¡Eh!- Exclamó Leandra- ¡Ya era hora! Venid, os explicaré el plan de ataque.

Una vez los cinco guardias estuvieron a la altura de Leandra y Trevor, la traficante comenzó a hablar:

- Bien, el plan es muy sencillo: Matar a todo el que esté en la central eléctrica y destruírla. Para llegar ahí os hará falta un transporte- Se encogió de hombros- No tengo ninguno que funcione ahora mismo, pero podéis usar el monorraíl.

- Nos han cortado el suministro eléctrico- Habló Zach- No creo que el monorraíl funcione.

Zune asintió, Zach tenía razón. Sin embargo, Leandra se limitó a esbozar una enigmática sonrisa. A Zune le pareció una mujer atractiva desde el primer momento en que la vio, pero no se fiaba de ella.

- Ahí te equivocas, muchacho- Contraatacó ella- Cada vagón de monorraíl tiene un generador de emergencia que sirve para hacer un viaje hasta la estación central. Una vez haya llegado ahí, la batería dejará de funcionar o se habrá acabado directamente, así que tendréis que coger otro vagón allí para llegar a la central eléctrica.

Zach puso una mueca de aprobación y se cruzó de brazos.

- Bien pensado.

- Por supuesto- Sonrió Leandra- Ahora acercaos, en estas cajas tengo munición y algunas armas, por si os hacen falta.

Trevor se apartó un paso para dejarles paso, pues él ya había cogido todo lo que le hacía falta, y Zune pudo ver que llevaba gran cantidad de portacargadores en su cinturón, así como una bandolera de cuero repleta de granadas que cruzaba su pecho diagonalmente de derecha a izquierda. Como no, la espada colgaba, evaninada, de su cinturón.

- ¡Hombre!- Zach sacó una robusta y pesada pistola de una de las cajas- ¡Una pistola de caza! ¿Y esto?

Leandra resopló:

- No sabes lo difíciles que son de conseguir de primera mano y en perfecto estado, así que, si la coges, dale buen uso.

Zach se enfundó el arma en el cinturón junto a su otra pistola.

- Y tanto que se lo voy a dar- Sonrió mientras cogía varios cargadores de balas de alto calibre y cabeza perforante para su nuevo arma.

Zune empezó a rebuscar entre las cajas de armas y municiones mientras Leandra y Trevor mantenían una conversación privada. La mayoría del material con el que estaba viendo era de buena calidad y escasa disponibilidad, por lo que supuso que era una selección de sus mejores productos. No tardó en encontrar una potente pistola Craver, que no tardó en reemplazar por su antigua y castigada NA-12.

La cogió y, tras meter su antigua arma en la caja, la enfundó en su pistolera y recogió todos los cargadores que le cupieron en los bolsillos del pantalón. Después siguió buscando, y, aunque se encontró con varias pistolas y escopetas de excelente manufactura, no encontró nada más que le interesase, aparte de la media docena de granadas de fragmentación e incendiarias que halló dentro de una caja de suministros militar. 

- ¡Guau!- Exclamó de repente Silena, llena de júbilo- ¡Qué pasada!

Al mirarla, Zune vio como sostenía dos pistolas Craver idénticas a la suya. Las sopesó las hizo girar a gran velocidad con sus dedos y reemplazó su desfasado revólver con las dos armas. Luego siguió buscando, feliz.

- Eh, Zune, mira esto.

Zune se giró hacia Hensz, y se encontró con que sostenía entre sus manos un ligero lanzacohetes Nimer A-II, el mismo modelo que se usaba en su regimiento, aunque eran bastante escasos, si bien era el arma pesada más abundante que tenían. Las manos de Hensz estaban apoyadas en la base de la culata del arma y en el mango de madera sintética, respectivamente.

- Antes estabas en los escuadrones de apoyo, ¿No? Como ayudante del tirador, cargando con munición y todo eso. Supongo que sabrás usarlo.

Zune asintió.

- Con el tiempo aprendí a manejarlo.

Hensz le tendió el arma, y ella se lo colgó a la espalda junto a su mochila, en la cual metió después varios cohetes que el capitán le tendió. 

- Llévalo tú, nos será muy útil. Zach llevará más proyectiles para el lanzacohetes, así no habrá escasez de munición.

- Genial- Aprobó Zune con un asentimiendo de cabeza.

Hensz volvió a lo suyo, y encontró otra pistola de caza Tetsuro 97 como la de Zach, la cual, al igual que el material que se encontraron el resto de sus hombres, pasó a formar parte de su equipamiento. 

El único de la escuadra de Zune que no rebuscaba entre las cajas de armas y municiones era el comisario, quien, siguiendo su estricto código moral, se negaba a emplear armas conseguidas de aquella manera. Sin embargo, había ordenado expresamente a Zach que le consiguiera algunas granadas y que buscase cargadores para su pistola bólter, aun a sabiendas de que eran extremadamente raros de encontrar fuera de los almacenes del Monitorum, aunque, habiendo encontrado Trevor munición para su rifle bólter, era consciente de que había alguna posibilidad de que también la hubiese para su pistola. 

Algunos minutos después, tras reponer su munición y sus reservas de granadas de todo tipo, Zune y su escuadra estuvieron listos y totalmente preparados para combatir. 

- Bien, Leandra- Informó Hensz- Ya estamos listos, dinos donde podemos encontrar el vagón de monoraíl. 

Ella le entregó un mapa y un par de delgadas cajas metálicas, así como una mochila de equipo médico, la cual fue a parar a Silena.

- El lugar está marcado en el mapa. Úsalo también para orientarte en la ciudad- Y añadió, con una sonrisa traviesa- Y el contenido de esas dos cajetillas estoy segura de que será de vuestro agrado.

Hensz abrió una de ellas y silbó larga y gravemente. Las cajas contenían nada más y nada menos que doce dosis de Clirotina cada una.

- Cojonudo, apenas me quedaban dos inyecciones más- Dijo mientras las repartía entre sus hombres, exceptuando al comisario, quien no se veía atraído por semejantes vicios- Muchas gracias, Leandra.

Ella hizo un gesto con la mano derecha para quitarle importancia.

- Me lo pagaréis de sobra al matar a todos esos cultistas y destruir la central eléctrica, no te preocupes. Asi me dara tiempo ha recoger todo esto y los cultistas no andaran metiendo las narices- Añadió- Si sobrevivis pasaos por aquí de nuevo. Es posible que os encuentre una ruta de escape factible.

Hensz asintió, conforme.

- La cosa mejora por momentos. Y dicho esto, señorita, nos pondremos en marcha- Se despidió de ella con un gesto informal y miró a Trevor- En marcha, chaval, vamos allá.

++++++++++++++++++++++++

Cuando Leandra les dio el mapa, Zune supuso que en esa zona habría enemigos, pero no que tendrían posiciones defensivas con ametralladoras pesadas y escudos blindados soldados a sus costados para proteger a los artilleros.

Las balas de gran calibre silbaban mientras llenaban el pasillo de acceso a la estación de monoraíl y destrozaban las paredes con gran facilidad. Zune había intentado acabar con las posiciones de ametralladora con su lanzacohetes, pero cada vez que se asomaba una larga ráfaga impactaba contra la pared tras la que se cubría y la destrozaba poco a poco. Y el estado del resto de su escuadra no era muy diferente.

Entre Trevor y Silena habían abatido a casi una docena de cultistas antes de que se pusieran a cubierto tras los sacos de arena de las posiciones de artillería, pero cuatro lo habían logrado, y, junto a los artilleros, sumaban seis los cultistas supervivientes a los que Zune y el resto tenían que hacer frente.

Tras varios minutos de estar inmovilizados, Silena sacó una granada cilíndrica de su cinturón y, con un gruñido, la lanzó entre las dos barricadas levantadas por los heréticos. Estalló tras tocar el suelo, pero no hubo ni metralla ni fuego, sino gas. Un gas verde y espeso que comenzó a hacer estallar los órganos internos de los cultistas cuando éstos lo inhalaron. Al cabo de pocos segundos el último de los herejes cayó al suelo en medio de un charco de sangre, la cual manaba también de su nariz y boca, y caía adicionalmente de sus ojos y oídos.

- Buen trabajo, comisaria- Dijo Zach mientras se ponía la máscara antigás, al igual que el resto de la escuadra, para llegar al monorraíl pasando entre la nube de gas tóxico- ¿De dónde has sacado esa granada?

Silena se encogió de hombros.

- De las cajas que nos ofreció Leandra. Aún me quedan tres.

Al poco tiempo llegaron a uno de los monorraíles, el cual estaba cerrado a cal y canto y cubierto de sangre y abolladuras creadas por balas. Zach se apresuró a dirigirse al panel de control del vagón y lo encendió, con el objetivo de activar el transporte, pero estaba demasiado dañado como para funcionar. 

- ¡Joder!- Le dio un golpe a la holopantalla, que titiló y volvió luego a la normalidad- Capitán, tenemos un problema. Esto está tan dañado que no puedo acceder al sistema de activación del monorraíl. 

- Déjame a mí, veré qué puedo hacer- Dijo Trevor poniendose junto al aparato y observandolo con ojo crítico.

Zach se apartó.

- Todo tuyo, figura.

Trevor se adelantó y empezó a enredar en el aparato con su brazo biónico, el cual desplegó de su muñeca varios cables que se movían como si tuvieran vida propia. Conectó el extremo de estos a los puertos que se encontraban en un lado del panel y siguió toqueteando circuitos y cableado.

Tras escasos segundos, Trevor logró no sólo que el panel de control funcionase, sino también que las puertas del monorraíl se abriesen y el vagón se activase, elevándose unos centímetros de la vía mediante sus proyectores gravíticos.

- ¿Estás seguro de que no eres tecnosacerdote? Buen trabajo- Rió Zach dándole una palmada en el hombro a Trevor y entrando junto al resto en el transporte.

Con una media sonrisa de autofelicitación, Trevor entró en el vagón y se dirigió a la sala de mandos.

Algo le decía que él tendría que manejar el transporte.

Trevor, Obrero de clase 2

El vagón avanzaba a buena velocidad por las vías gravíticas.

Las luces de la madrugada comenzaban a iluminar la ciudad, desviando un poco la deprimente luz violeta de las nubes. Las descargas de artillería resonaron de nuevo por todo el campo de batalla.

Los combates se retomaban de nuevo.

Trevor se inclinó sobre el tablón de mandos y revisó por enésima vez los controles para cercionarse de que los datos que le trasmitía la máquina a través de su brazo biónico eran correctos. El vagón estaba rindiendo mucho mejor de lo esperado. Y Trevor se sentía satisfecho por ello.

Habían sido necesarios un par de minutos más después de reparar el panel para conseguir reajustar todos los sistemas de velocidad y gravitación de aquella pequeña pieza de tecnología tan dañada. Por fuera parecía estar bien, pero en cuanto Trevor conectó los cables de sus implantes al aparato supo que algo iba mal. Los soldados del 987º se encontraban agazapados tras las ventanas del vagón, a la espera de que aparecieran más enemigos. Seguramente algún cultista habría oído el tiroteo en la estación y estaría dirigiéndose hacia allí.

- ¡No tenemos tiempo para esto! ¡Pon esta chatarra en marcha ya o tendremos a más de esos cabrones aquí para cuando termines!-  Gruñó Zune, malhumorada, mientras él se tumbaba bajo el panel de mandos.

Trevor pasó de ella y siguió trabajando. Nada debía distraerlo de su trabajo para con la obra del Dios Máquina. Cada cable pelado, cada circuito dañado, cada insignificante imperfección que profanaba aquel bendito mecanismo entraba en su cerebro gracias a los cables de su brazo conectados a los puertos y llenaba su mente de números y estadísticas.

- Eso es, pequeño. Háblame…- Susurró el mecánico para sí.

Cada uno de esos datos formaba cientos de posibilidades. Miles de fallos distintos que podía sufrir aquella máquina si sus circuitos no recibían los ritos de reparación adecuados. Sobrecalentamiento de circuitos, fallos en los discos gravitatorios, todo ello sumado al armamento que llevaban sus pasajeros podía acabar en desastre.

Si querían aumentar sus posibilidades de llegar a la Estación Central tenían que hacer que todo aquello funcionara a la perfección.

Aunque para él, aquello significaba mucho más. Aquella tarea era algo más que reparar algo que estaba roto. Alcanzar aquel estado de comunión con la maquinaria. Sentir su fría eficiencia y su sufrimiento al no poder realizar las acciones para las que estaban programadas. Atender sus  sistemas, usar los ritos que había aprendido desde su infancia para sanar sus engranajes. Volverlos a poner de nuevo en funcionamiento y sentir el agradecimiento de la obra del Dios Máquina cuando ésta servía al propósito que el ser humano tenía definido para ella.

Aquellas eran las antiguas costumbres de sus antepasados.

Una de las pocas cosas que deseaba seguir recordando de su hogar.

- ¿Me has escuchado?- Gritó Zune, airada por su silencio mientras tiraba de una de sus botas para sacarlo de debajo del panel y lo levantaba agarrándolo por el cuello de la camiseta- ¡No me ignores, maldito capullo!

Trevor salió de allí, aún agarrando dos cables pelados con una mano cada uno. Los extremos de ambos despedían pequeñas chispas de corriente. Los enlaces de su brazo metálico con el tablón de mandos seguían conectados y su ojo biónico relucía con un brillo ígneo aún más intenso, potenciado por la conexión con el sistema del vagón y la irritación manifiesta en su rostro.

- Suéltame, Zune, a menos que quieras perder ese brazo- Aquella mujer estaba empezando a tocarle las narices de verdad.

Zune frunció el ceño y entrecerró sus ojos grises que se endurecieron formando dos líneas de acero en su mirada mientras los músculos de su cuerpo fibroso se tensaban.

- Oblígame.

La ex Legionaria Penal y el Mecánico se miraron a los ojos durante unos instantes, enzarzados en un duelo de voluntades.

Con un rápido movimiento, Trevor unió los cables que tenía en la mano y estos soltaron un chispazo cuando la corriente volvió a recorrerlos. Las luces del vagón y del panel de mandos se encendieron con un fogonazo.

- ¡Hala! ¡Cómo mola!- Aplaudió Silena mientras el panel luminoso que había sobre la puerta de la sala del conductor mostraba el símbolo del transporte Imperial y marcaba el nombre de la siguiente parada mientras el vagón se ponía en marcha por fin.

- Joder, Zune, déjale- Intervino Hensz mientras observaba como aquel montón de metal inerte cobraba vida ante sus ojos, vigorizado como no lo había creído posible- Sabe lo que se hace…

Zune soltó la camisa de Trevor con lentitud, sin dejar de mirarlo a los ojos con aquel brillo asesino en la mirada. El mecánico se puso en pie sin pestañear y sostuvo su mirada sin miedo, dirigiéndole la suya propia, bicolor de hielo y fuego.

Zune era peligrosa. No cabía duda de que había cometido todo tipo de actos horribles antes y después de ser juzgada y encarcelada. Quizá gracias a ello había sobrevivido a la Legión Penal, que la había endurecido hasta límites inimaginables para cualquier ser humano cuerdo.

Pero Trevor no era cualquier humano. Y seguramente, en su propia opinión, tampoco estaba del todo cuerdo. Había visto y sufrido mucho más de lo que ella creía. Había hecho centenares de cosas de las que no se sentía orgulloso durante su travesía hacia Pandorash, pero que no dudaría en volver a hacer si las circunstancias lo requerían.

La supervivencia del más fuerte. Así era la vida en el universo.

Zune le dirigió un último gesto, llevándose el dedo índice y el anular hacia los ojos y luego volviéndolos hacia él, antes de dejarse caer sobre el asiento que estaba junto a Silena que sonreía con entusiasmo infantil y observaba el paisaje de ruinas urbanas en movimiento a través de la ventana que tenía detrás con los ojos muy abiertos.

El mensaje estaba claro.

“Te estoy vigilando”

Hacía rato de eso, pero el encontronazo con ella solo había conseguido fastidiarle el día durante el tiempo que le había llevado volver a reconectarse a la máquina y empezar a guiarla. Si bien lo seguía teniendo presente. Pues no era algo que alguien debiera olvidar.

Aun así, se sentía extrañamente relajado a pesar de saber que se estaba encaminando hacia una misión suicida.

Quizá se debiera al hecho de haberse despertado aquella mañana con el cálido cuerpo de Leandra entre sus brazos. Sonrió al recordarlo. Aquella mujer no había perdido su toque en la cama durante aquellos meses de abstinencia y privaciones y, por como dormía abrazada a su pecho, él tampoco.

Lo que tenían ambos era algo estrictamente superficial. Ella era una mujer hermosa y astuta que había logrado hacerse un lugar en el mayor mercado de armas del planeta a base de sangre y engaños. Él era un paria, un inmigrante llegado en una nave mercante que se había ganado un lugar entre los demás trabajadores y había conseguido su propio negocio en pocos meses. Además del hecho de que ninguna mafia había conseguido sacar nada de él salvo un montón de matones con lesiones internas.

Los dos se ayudaban cuando les convenía y, esporádicamente, gozaban de la compañía del otro.

No era nada serio, pero ambos habían ido adquiriendo, sin quererlo, confianza con el otro a medida que pasaba el tiempo.

Mientras el capitán y su equipo comenzaban a despertar aquella misma mañana, Leandra se lo había llevado un poco más lejos para charlar en privado.

- ¿Por qué haces esto, Trevor?- Preguntoóella sin rodeos.

El mecánico frunció el ceño un poco desconcertado.

- ¿A qué te refieres?

- Ya sabes a que me refiero. A jugarte el pellejo por esta gente. No vas a sacar ningún beneficio de esto. Como mucho, lograrás que alguien te dispare y te mate- Lo miró fijamente- ¿Por qué lo haces entonces?

- No lo sé, la verdad- Se sinceró- En un principio solo quería largarme de aquí, pero las cosas se torcieron y...bueno, ya te lo puedes imaginar.

Leandra se mordió el labio inferior, pensativa.

- Podrías quedarte aquí y lo sabes. No les has prometido que les acompañarías ni nada por el estilo. Me va a costar una gran cantidad de material el sencillo hecho de equiparlos con material adicional- Añadió con un ligero fastidio- Pero no quiero que te maten.

Él sonrió de aquella manera tan suya.

- Te lo agradezco, Lea. Pero no puedo hacerlo- Habló, decidido- No sé porqué, pero tengo que hacer algo con esta situación. Estoy cansado de observar desde las sombras como esos herejes matan y violan sin impunidad, mancillando la obra del Emperador mientras los soldados de la milicia se esconden de miedo. Alguien tiene que hacer algo y yo... ya me he cansado de esconderme. Lo siento.

Leandra suspiró:

- Supongo que si no puedo convencerte para que no lo hagas tendré que asegurarme de no sentirme culpable cuando te fusilen- Señaló a un montón de cajas con símbolos del Monitorum y se cruzó de brazos- Allí tienes munición para tu bólter y algunas granadas. Coge lo que quieras. Espero que eso sea suficiente.

Trevor le pasó una mano por los hombros y sonrió, arrancándole otra sonrisa a su vez a Leandra.

- Oh, vamos. ¿Desde cuándo me meto yo en problemas?- Habló mientras metía la cabeza dentro de la caja de municiones de bólter, tras colocarse una bandolera con granadas y cartucheras.

- No me hagas hablar…- Terció ella sin dejar de sonreir.

El sonido de la puerta que comunicaba la sala de mandos con el resto del vagón al abrirse sacó al mecánico de sus cavilaciones. El capitán Hensz entró en  la cabina.

- ¿Falta mucho para llegar?- Preguntó el capitán observando la visión que se apreciaba a través del parabrisas. La estación de monorraíl se encontraba allí delante, recortando su silueta con el sol que había comenzado a alzarse tras su estructura.

Se trataba de una obra de arquitectura impresionante. Estaba formada por varios pisos de rococemento y plastiacero reforzados, que mantenían su estructura intacta a pesar de los intensos combates. Cientos de vías gravíticas de monorraíl convergían allí comunicando todos los rincones de la ciudad colmena. Algunos de ellos estaban cortados, o bien por barricadas alzadas en sus accesos o bien por la destrucción parcial de éstos a causa de cargas explosivas colocadas por los defensores.

- Llegaremos en un par de minutos, capitán. No parece que nuestra vía este dañada, así que la entrada al andén tampoco debería estarlo.

- Perfecto. Bien hecho, Trevor- Lo felicitó el capitán mientras se dirigía hacia la puerta para preparar a sus hombres- Sólo una cosa más…

El capitán se detuvo en la puerta y miró a Trevor con expresión divertida.

- ¿De veras pensabas arrancarle el brazo a Zune?

El mecánico se quedó mudo un instante, sorprendido. Aquello difería mucho de la pregunta que se esperaba. Definitivamente el 987º era un regimiento extraño.

- Ser manco no es nada divertido y hablo por experiencia, capitán- Dijo Trevor agitando los dedos mecánicos ante el oficial- Si me hubiera obligado a pelearme con ella...-Se encogió de hombros- No digo que no hubiera podido pasar.

La sonrisa de Hensz se volvió taimada, felicitándose a sí mismo.

- Tienes agallas, chico. Eso me gusta. Pero ellos son mis hombres y mi trabajo es que regresen enteros al campamento cuando termina la misión. Y eso incluye a sus extremidades, ¿Sabes? - Abrió la puerta presionando un botón en la pared y añadió mientras salía con tono jocoso- No le tengas en cuenta esas salidas de tono, es parte de su encanto. Le cuesta mucho acostumbrarse a los nuevos. Prepárate para moverte deprisa cuando aparques este cacharro. Zach está informando al coronel de nuestras intenciones. Se asegurará que los guardias destacados en la Estación Central cooperen con nosotros.

- Comprendido, capitán.

Hensz desapareció tras la puerta y Trevor volvió a concentrarse en conducir por la vía. Pero aquello había sonado muy raro. ¿Los nuevos? ¿Qué cojones significaba...?

Una lluvia de cristales rotos cayó sobre Trevor.

El mecánico se agachó por instinto y gruñó cuando los cristales le hicieron pequeños cortes en el rostro. El aire entró a través del parabrisas destrozado y lo golpeó con fuerza, obligándolo a agarrarse al panel de control para no caer hacia atrás. El furioso sonido de una ametralladora pesada al abrir fuego resonó mientras aún más proyectiles se estrellaban contra la carrocería frontal del vagón.

Trevor se asomó un poco tras el panel para echar un vistazo. Al final de la vía, justo en la entrada al andén, se encontraba alzada una barricada hecha a base de hierros retorcidos y escombros. Las luces del alba formaban una oscura sombra tras el arco de la entrada, impidiendo así ver lo que había detrás. Montada sobre la tosca fortificación se encontraba montada una ametralladora de manufactura Nametheriana que escupía balas sin cesar sobre el vagón. Maldijo en silencio al observar que el artillero no vestía con el uniforme de las milicias de Pandorash,  sino con una desgastada túnica de cuero y una tosca máscara antigás de diseño industrial con el símbolo del Caos pintado en ella.

Agachado para esquivar los disparos del cultista, Trevor tanteó en el tablón de mandos, en busca de su auricular. Se lo puso en la oreja rápidamente. A pesar de todos los disparos la máquina seguía transmitiendo datos, y la distancia de llegada a la barricada seguía reduciéndose.

Conecto rápidamente el aparato y se lo coloco en el oído. En un instante la voz del capitán Hensz resonó por el auricular.

- ¡…lena, dales fuerte a esos cabrones! ¿Zach, va esa radio o qué?

- ¡Capitán, hay un puesto de ametralladora allí delante! ¡Hay…!

- Cultistas- Interrumpió Hensz mientras lanzaba una sarta de blasfemias e improperios que habrían puesto lívido al mismísimo Emperador- ¡Sí, lo sé! El coronel acaba de contactar con el destacamento que defiende la Estación. Los cultistas llegaron anoche por la misma vía que estamos usando. Aún hay lucha allí, pero el enemigo ha asegurado al menos esa parte de la estación. Y no es el único problema que tenemos. Mira por la ventana.

Trevor se acercó lo más agachado que pudo a la ventana del lateral izquierdo de la cabina. En los tejados de los edificios que había construidos junto a las vías, grupos de cultistas armados disparaban al vagón, tratando seguramente de alcanzar a Hensz y a sus hombres. Muchos de ellos empuñaban armas improvisadas, pero el mecánico también distinguió algunos guardias renegados con equipamiento anticarro.

- ¡Nos están dando duro y son demasiados! Tenemos que…

Un sonoro estallido interrumpió al capitán llenando de estática el canal. El vagón sufrió una fuerte sacudida y Trevor cayó hacia atrás golpeándose contra la pared contraria de la cabina. Soltó un gruñido de dolor y luchó por recuperar el equilibrio y ponerse en pie.

- ¡Capitán! –Llamó Trevor temiéndose lo peor- ¡Capitán! ¿Está bien? ¡Maldita sea, conteste!

Un gruñido le llegó desde el otro lado.

- Sí, estoy bien ¡Y no me grites, joder, que no estoy sordo!- Contestó Hensz con voz ronca- Nos han dado con un lanzacohetes. Ha pillado a la parte de atrás del vagón y se ha cargado la vía, pero estamos bien.

Trevor se permitió un suspiro de alivio.

- Joder, capitán, por un momento pensé que habían muerto.

- No tendrás tanta suerte, chico. Ahora escúchame. No podemos volver por donde hemos venido. Solo nos queda seguir adelante y cargarnos a tantos cabrones como podamos. Así que haz que entremos en esa estación como sea, ¿Me has entendido?

- Entendido, Capitán- Añadió Trevor mientras manipulaba las palancas del tablón- Voy a poner a este pequeñín a tope. Les recomiendo que se agarren a algo. El viaje se va a poner movidito.

- ¿Más aún? Suena bien- Rió Hensz- Corto y Cierro.

El vagón dio un fuerte acelerón. Las armas de los herejes que estaban en los tejados repiqueteaban contra su carrocería, pero resultaban ineficaces para frenar su avance. Los lanzacohetes no podían seguir disparándole a esa velocidad. El artillero de la ametralladora, en cambio, siguió disparando tratando de acabar con él. Más de sus compañeros, que se encontraban en el interior de la estación bajaron a la vía y unieron esfuerzos para destruir el aparato.

Trevor desconectó el último de los cables de su brazo del panel cuando sólo quedaban quince segundos para el impacto. Cogió su mochila, se la colgó a la espalda y anudó algunas de las cintas de cierre sobre él y el resto alrededor de la barra de metal que había en el centro de la sala, dejando a esta apoyada contra su pecho mientras se agarraba con su brazo biónico a ella.

No era el mejor sistema de seguridad, pero serviría. Colocó la mano libre sobre el freno de emergencia y comenzó a contar.

Diez, nueve, ocho…

Los herejes, viendo que el vagón no reducía la velocidad y que sus esfuerzos por destruir el aparato eran inútiles trataron de correr y subir a la parada del andén otra vez.

Cuatro, tres, dos, uno.

El vagón destrozó la barricada y los pedazos de metal y escombros de los que estaba hecha saltaron en todas direcciones, golpeando y amputando miembros a varios cultistas que habían conseguido salir de la vía y atropellando salvajemente a los que no, manchando de sangre y carne su parte frontal.

En ese mismo instante, Trevor tiró con todas sus fuerzas de la palanca del freno hacia atrás. El tremendo chisporroteo de los discos gravíticos al tratar de reducir la apabullante velocidad y frenar llenó sus oídos y el mecánico elevó una silenciosa plegaria al Dios Máquina para que sus esfuerzos por reparar el artefacto se vieran recompensados.

El vagón redujo la velocidad muy lentamente mientras sus ocupantes se veían empujados hacia adelante por la fuerza del frenado. Finalmente, se detuvo a falta de pocos centímetros de impactar contra la pared que ponía fin a la vía.

Trevor lanzó un sonoro suspiro y se dejó caer hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo. Las luces del vagón se apagaron de inmediato, pues su energía restante al fin se había agotado. El andén se encontraba completamente silencioso. Los cultistas que se habían salvado de ser atropellados habían huido.

Soltó las correas que le unían a la barra de metal y se puso lentamente en pie. Colocó su brazo biónico sobre el panel de control y dio las gracias a aquel pequeño pedazo de tecnología por haber cumplido su función. Abrió la puerta de la cabina y salió en dirección al resto del vagón mientras empuñaba su bólter para comprobar el estado de sus compañeros. La parte de atrás del vagón presentaba un enorme agujero en un lateral, donde le había golpeado el misil, y de allí goteaba metal fundido. El comisario Friedrich y Zach se encontraban desatando sus cinturones de las barras de metal del vagón. Hensz se había sentado en la silla del revisor y desataba el cinturón de seguridad mientras hacía movimientos circulares con el cuello. El tirón del frenazo debía haberle dado un calambre en la articulación. Zune y Silena ya estaban de pie. Ningún miembro de la escuadra parecía haber sufrido ningún daño por el brusco frenazo.

- ¡Ha sido increíble!- Dijo Zach, entusiasmado mientras le daba una palmada en la espalda a Trevor- Durante un instante pensé que nos íbamos a estrellar. Tío, no sé cómo lo has hecho ¡Pero espero que me lo enseñes algún día!

- Bien hecho- Expresó Zune con sequedad.

- ¡Yo quiero repetirlo!- Añadió Silena, eufórica, mirando a Trevor- Venga, porfa hombre de hojalata. ¡Otra vez!

Todos, salvo Trevor y Silena, soltaron una sonora carcajada.

- ¿Hombre de hojalata?- Trevor enarcó una ceja, un tanto confuso.

- Aquí, nuestra lumbreras está buscando un apodo para ti- Rió Zach ante la estupefacción del mecánico- Aunque en mi humilde opinión creo que tiene que seguir trabajando en ello.

- Opino lo mismo- Secundó Trevor.

Silena se cruzó de brazos e hizo un mohín.

- Cállate, Zach. Es que Trevor es muy largo.

- Dejemos eso para luego- Ordenó Hensz, haciendo caso omiso de la distorsionada realidad de su subordinada, mientras echaba mano de su nueva pistola- Tenemos mucho que hacer. Zach ¿Va esa radio ya o qué?

Zach se arrodilló mientras descolgaba el aparato de radio de su espalda y comenzaba a manipularla. Una luz verde se encendió en uno de los botoncitos de la radio. El soldado sonrió.

- Lista y preparada, capitán.

- Bien, ponme con quién sea que defienda este sitio. A ver si nos pueden informar de la situación.

Zach tocó un par de ruedecitas en la radio mientras trataba de ajustar la señal y contactar con los defensores. El resto de la escuadra se colocó contra la pared del vagón y apuntaron hacia la oscuridad, en busca de cualquier indicio de peligro.

La radio hizo contacto y Hensz agarro el micrófono para hablar.

- Aquí el capitán Hensz, del 987º de Infantería Redimida. ¿Hay alguien allí? Si es así contesten.

La estática continúo unos instantes. Entonces una voz femenina habló por el aparato. Trevor se sobresaltó al reconocerla.

- Aquí la capitana Claudia Nerón, del 13º de Serafines Thanianos. Me alegro de que sigan vivos.

Zach, 987º de Infantería Ligera Redimida

Zach corría todo lo rápido que sus piernas (y el peso de la mochila de comunicaciones) le permitían, siguiendo el ritmo del resto de su escuadra a través de los pasillos de la estación central. Por doquier podían encontrarse cadáveres de cultistas, humeantes y despidiendo un insoportable hedor a carne quemada, pero también vieron algunos cuerpos embutidos en armaduras de caparazón rojas, de diseño un tanto arcaico, y que portaban símbolos Imperiales. Zach se soprendió al darse cuenta de que portaban rifles inferno alimentados por cargadores de células térmicas en lugar de mochilas generadoras, lo cual era una ventaja para él, pues sería más fácil llevárselos, pero, extrañamente, el capitán se negó, alegando que debían darse prisa para ayudar a los Serafines en su ataque a la estación.

- ¡Venga!- Exclamaba Hensz- ¡Llegaremos en breve a la avanzadilla Thaniana, seguid corriendo!

Casi sin resuello, sus hombre continuaron con la carrera, sin dejar de apretar sus armas contra ellos, conscientes de que el combate podía ser inminente. Zune, a pesar de cargar con un pesado lanzacohetes a la espalda, se movía sin demasiados problemas, y no parecía mucho más cansada que el resto.

Continuaron corriendo hasta que llegaron a una puerta blindada abierta, probablemente por unos explosivos, de par en par. El suelo estaba lleno de cultistas muertos y un puñado de Serafines, que habían perecido espada en mano, luchando por sus vidas. Zach cayó en la cuenta casi sin quererlo de que las espadas que tenían los cuerpos de los Thanianos eran sospechosamente parecidas a la que tenía Trevor, sólo que en ellas no había ningún grabado que pusiera Kaledon. Hensz ordenó a la escuadra que se parasey se apoyó contra la pared para recuperar el aliento. El resto lo imitó sin perder el tiempo.

- Entonces- Jadeó Zach- Al pasar esta puerta nos encontraremos con la capitana Claudia esa, ¿No?

- Digo yo- Respondió Hensz.

- Estarán combatiendo, me apuesto el cuello- Zune inhaló algo de gas morfina de su máscara.

- Claro. ¿Creías que nos estarían esperando con un café o qué?- Se burló Trevor, pero Zune ni siquiera le miró.

El capitán esperó un minuto más mientras sus hombres aceleraban su recuperación mediante el gas morfina de sus inhaladores químicos y después ordenó que preparasen las armas. Cruzó el primero la puerta, rifle láser en mano, desplazando al mira a derecha e izquierda para cerciorarse de que no había nadie más con ellos, pero, a parte de los cultistas abatidos, estaban solos. Al menos en esa sala, pues más allá podían oírse disparos láser y de fusiles automáticos, así como alguna que otra explosión y gritos amortiguados por las paredes.

- Parece que por allí tienen gresca- Observó Zune.

- La capitana debe de estar ahí, junto a sus hombres- Respondió el comisario mientras se ponían en marcha.

- Sí, y un buen puñado de cultistas, por lo que se oye- Añadió Zach.

Trevor echó una puerta a abajo de una patada y los cinco entraron en una inmensa sala repleta de columnas donde se estaba librando un intenso combate. Los Serafines no debían de ser más de treinta, pero los cultistas no cesaban de aparecer por las puertas, y había unos cuantos atrincherados en varias columnas derribadas, así como no menos de dos docenas muertos, en el suelo. Los Thanianos podían haber manejado la situación sin problema de no ser por dos inconvenientes: dos marines del caos que estaban causando verdaderos estragos en sus fueras, abriendo así camino a los cultistas. Ambos iban armados con sendos bólteres y cuchillos de combate, y estaban haciendo un uso casi abusivo de éstos últimos. Uno de ellos consiguió llegar hasta un pequeño grupo de tres Serafines, cuyos disparos impactaban en su servoarmadura, abollándola y quemándola, pero sin poder penetrarla. Al ver que no podían con él, desenfundaron sus espadas y, lanzando un grito de guerra, cargaron contra el Astartes, que abatió a uno con una ráfaga de bólter. Otro más murió cuando el marine agarró su cabeza y la hizo estallar tras arrancar el casco de golpe. El último lanzó un tajo con su espada contra el Astartes, pero él agarró su hoja y se la quitó de las manos, y la usó para empalar la cabeza del Thaniano contra la columna que tenía a la derecha con el movimiento de vuelta.

El otro, por su parte, se había enzarzado en un brutal tiroteo con otro grupo, este de tres, que apenas podían levantarse para disparar debido al diluvio de proyectiles que castigaba su cobertura. Uno de los soldados se levantó, blandiendo un rifle de fusión y con intención de acabar con su atacante, pero un disparo de su bólter lo tumbó, y, si bien no lo mató, lo dejó inconsciente y a unos tres metros de su posición original. Sus otros dos compañeros, uno de ellos una mujer con más adornos dorados en su armadura que el resto de Serafines allí presentes, lanzaron dos granadas por encima de sus cabezas con la intención de abatir al marine, pero sólo consiguieron ralentizarlo un poco y vulnerar un tanto su tremenda armadura.

- Tienen una buena movida aquí montada los colegas- Silbó Zach al ver como los dos operarios de un bólter pesado eran asaltados por un pequeño grupo de cultistas, que fueron mantenidos a raya por las espadas de los dos Thanianos.

- ¿Ayudamos?- Preguntó Zune colocándose el lanzacohetes al hombro.

- Imagino- Se encogió de hombros Hensz. A continuación, señaló a la mujer de la armadura decorada- Ésa deber ser la capitana. Silena, tú ve con ella. Zach y Zune, os cargáis al hijo puta que la está atacando- Miró a Trevor- Tú te vienes con el comisario y conmigo- Desenfundó su espada sierra- Vamos a ver si podemos ayudar a los del bólter pesado para reventar a los cultistas- Escupió y alzó su espada sierra- ¡Vamos allá!

Todos cumplieron con celeridad sus órdenes. Zach corrió hacia Claudia mientras Zune disparaba un cohete contra el marine, suya servoarmadura recibió el impacto sin sufrir grandes daños.

Pero el Astartes sí los recibió. 

La metralla que había aguijoneado las partes débiles de la servoarmadura había conseguido herirle, aunque no era muy grave. Por otra parte, el impacto logró aturdirle unos valiosos sengundos, si bien él siguió disparando su bólter, con lo que a punto estuvo de arrancar la cabeza a Zach, que corría hacia él con el rifle de fusión en mano.

Mientras Zune recargaba el arma y corría hasta ponerse a cubierto junto a la capitana, Zach disparó su arma contra el torso del marine, desintegrándolo y dejando nada más que unas humeantes y enormes piernas recubiertas de ceramita. Mientras soltaba todo el aire que había estado reteniendo, una lluvia de proyectiles de rifle automático le obligó a tomar cobertura, y un par de balas le rozaron la pierna derecha, dejándole heridas relativamente profundas que no tardaron en empapar de sangre su pantalón.

- ¡Mierda!- Exclamó, agazapándose tras la cobertura mientras sacaba el rifle láser- ¡Me han dado!

- ¿Es grave?- Preguntó, desde detrás, Zune.

- ¡No creo!- Respondió él, y comenzó a vendarse la herida al mismo tiempo que su inhalador químico le suministraba morfina.

- ¡Pues entonces sigue luchando!

Un cohete pasó volando por encima de la cabeza de Zach y estalló contra una columna, destrozándola y haciendo llover sus pedazos sobre los cultistas como si de metralla se tratase. Sobre los que habían estado lo suficientemente lejos como para no ser desintegrados por la explosión del proyectil, claro.

Mientras Zach y Zune, junto a la capitana Claudia y los dos Serafines allí presentes contenían como podían el avance de los cultistas, en el otro extremo de la sala un ogrete luchaba mano a mano contra un marine del caos. Aunque el ogrete era más fuerte y físicamente más resistente, el astartes era más rápido, y cuando no estaban luchando en el suelo, uno encima de otro, estaban intentando matarse a golpes. Al rededor de ambos contendientes, un puñado de Serafines mantenían a raya a las oleadas de cultistas con sus espadas. El número de los cultistas estaba comenzando a representar un problema, y los soldados comenzaban a ceder terreno, pero por suerte, Hensz, el comisario y Trevor llegaron a tiempo para apoyarles.

Hensz apuntó con su pistola pesada y disparó justo a tiempo para salvar a uno de los Serafines de morir a manos de un cultista que prácticamente era más ogrete que humano. La bala entró por su garganta y la cabeza del gigante quedó colgando de una delgada tira de carne, que era lo que quedaba de su antes robusto cuello. Friedrich lanzó una estocada contra el objetivo más próximo, pero esquivó el ataque. Un tajo horizontal enmendó el error de la estocada fallida y desemembró al cultista, que chilló horriblemente al ver sus dos antebrazos en el suelo, chorreando sangre. Friedrich le tiró al suelo de una patada y dejó que se desangrara mientras pasaba al siguiente enemigo. Por último, Trevor acometió con su espada contra un cultista que blandía un hacha de leñador, y atravesó su pecho con una fuerte estocada, para después matar a otro más de un tajo vertical, partiéndole la cara en dos y seccionando su cerebro, matándolo al instante.

Una rápida sucesión de disparos de Silena libraron a los artilleros del bólter pesado de los cultistas que los acosaban, quedando libres para poder operar su arma libremente. En cuanto la primera salva de disparos tronó, media docena de cultistas fueron abatidos, y otros tres les siguieron en la siguiente descarga. Con un fuego continuo sobre la entrada que los cultistas usaban para acceder a la sala, los traidores que combatían dentro de ella se quedaron sin refuerzos, y cada vez su número menguaba más bajo las espadas y los disparos de los Imperiales.

Trevor sintió como algo le pasaba a unos escasos centímetros de su oreja izquierda y se volvió, para encontrarse de golpe con una figura cubierta por una capa gris con una capucha que impedía ver la cara del portador. Una retorcida daga de un metal que no refrectaba la luz se erguía en su mano derecha, amenazante, apuntando hacia su cuello. 

- ¡Mierda!- Masculló mientras le propinaba un tremendo tajo que él esquivó- ¡Este no estaba aquí antes!

El encapuchado lanzó una rápida patada contra la cara de Trevor, que lo derribó, cayendo así al suelo con un sonoro golpe y soltando su espada, que quedó a dos metros de él, cerca del pie de Hensz, que estaba enzarzado en una encarnizada lucha mano a mano con un guardia traidor. Trevor reaccionó a tiempo cuando el desconocido se lanzó sobre él, con su daga preparada para degollarle. Sostuvo sus muñecas con fuerza para impedir que pudiera moverlas. Trevor era más fuerte, pero por poco. De repente, el encapuchado se precipitó hacia su cuello, propinándole un incisivo mordisco. Trevor gritó al notar como los afilados dientes del cultista perforaban su piel y hacían saltar su sangre, manchando sus hombros y la cara del atacante.

Pero no perdió el tiempo. En cuanto notó que la presión que ejercía sobre sus manos disminuía, agarró su muñeca derecha con ambas manos y la dirigió contra su sien, matándolo al clavar casi toda la hoja del cuchillo en el cráneo de su portador. Trevor se quitó de encima el cadáver de un empellón y se levantó, tembloroso por la intensidad del duelo. Su cuello seguía sangrando abundantemente, y se aplicó un par de capas de vendaje de tela para detener la hemorragia, aunque era consciente de que solo le durarían hasta que alguien pudiera coserle la herida. Recogió su espada y volvió al vombate, esta vez para batirse contra un cultista normal, no contra un acróbata caníbal.

Hensz llevaba un rato intentando matar a su oponente solo con sus manos, pues su espada sierra se había quedado atascada en el pecho de otro enemigo, y sabía que iba a necesitar unos segundos para sacarla. Segundos de los que no disponía. Golpeó con su codo la sien del hereje, haciéndole sangre y consiguiendo unos valiosos segundos al hacerle retroceder unos pasos, aunque después tropezó con el cadáver de uno de sus camaradas y cayó de espaldas. Hensz asió con fuerza el mango de su espada sierra y apretó el gratillo. Los dientes rechinaron y rugieron, haciendo saltar pedazos de carne y sangre del tronco humano en el cual su hoja estaba enterrada. Hensz tiró con fuerza, atravesó de nuevo el torso y tiró hacia arriba, partiendo por la mitad el cadáver y degollando en el proceso a un hereje que se le acercó por detrás, aunque esto no lo hizo intencionadamente. Se descolgó el rifle láser, y, agarrándolo con una sola mano, disparó en automático contra el cultista que había derribado y convirtió su cara en una masa desfigurada, humeante y roja.

Dos metros a su izquierda, el comisario Friedrich disparó su pistola bólter para abatir a un guardia renegado, y desenfundó su sable de energía cuando el traidor que iba detrás saltó sobre él con su cuchillo en la mano derecha. Friedrich puso el hombro izquierdo por delante para tomar impulso y lo empaló limpiamente, sin activar el arma. Se deshizo del agonizante guardia lanzándolo al suelo y rompió su tráquea de un pisotón para asegurarse de que no volviera a levantarse para atacarle por la espalda. Agarró por el cuello con fuerza a otro que combatía de espaldas a él contra un Serafín y clavó su espada en su espalda, seccionando su columna vertebral. Lo lanzó por encima de él, cayendo de cabeza y rompiéndosela, llenando el suelo de sangre y sesos. Un corte diagonal seccionó al último cultista en la sala por la mitad. 

En su lado de la sala, el ogrete acababa de estampar al marine contra la pared, y, tras desenfundar una basta porra metálica, aplastó con ella la cabeza del Astartes y después lanzó su cuerpo lejos de él. Resopló, enfundó de nuevo su arma improvisada, recogió su enorme fusil y comenzó a andar cansinamente hacia la capitana Claudia.

- Lizto, zeñora- Jadeó- Marine malo muerto.

- ¡Serafines, reagrupaos!- Ordenó Claudia mientras se levantaba y miró a los soldados del equipo de bólter pesado- ¡Than, Garae, seguid vigilando la entrada!

Ellos dos asintieron y continuaron apuntando el tremendo arma contra la puerta mientras el resto de Serafines se reunían en torno a Claudia, con los hombres de Hensz detrás. Zach se dio cuenta de la herida en el cuello de Trevor y silbó:

- ¡Silena!- Ella le miró y movió los hombros para que hablase- ¡Mueve tu culo respingón para acá, que Trevor está herido!

Ella caminó a paso ligero hasta llegar a la posición de Trevor. Zach le dio una palmada en el culo y le guiñó un ojo. Ella no se dio cuenta de que era broma, e ignoró a Zach mientras se ruborizaba y ordenaba a Trevor que se sentase en el suelo.

- Vamos a ver qué tienes por aquí- Murmuró mientras desenrollaba la venda manchada de sangre que él se había aplicado precipitadamente- Oh, guau. Parece un mordisco...y es bastante profundo, aunque creo que no te desangrarás.

- Crees- Dijo Trevor, sin fiarse.

- Exacto- Desinfectó la herida y la vendó con cuidado- No sabía que los cultistas eran caníbales.

- Yo tampoco. Pero ese tío no era normal, incluso para los estándares de esos lunáticos.

- Ajá- Silena apretó con fuerza el nudo de la venda, pero sin que estrangulase a Trevor- Ya estás, aunque no deberías recibir ningín golpe en la zona durante un tiempo.

- ¿Cuánto?

- Unas horas, un día, no sé- Se encogió ella de hombros mientras caminaba hacia los Serafines, que rodeaban junto al resto de su escuadra a Claudia y el ogrete.

Claudia tendió una mano a Hensz y, sonriendo, le dio las gracias:

- Mil gracias, capitán- Asió su mano con firmeza- De no ser por usted, ahora seríamos muchos menos.

Los Serafines y el ogrete asintieron. Zach se mordió la lengua para no reirse. Seríamos muchos menos, como si pudieran haber vencido sin su ayuda.

- Sin problema, capitana- Sonrió Hensz- Ahora cuénteme, ¿Dónde está el resto de su pelotón?

Ella señaló a los cuerpos de los Serafines muertos.

- Aquí tiene al resto de mi pelotón- Desplazó su peso de un pie a otro- El resto están en otra zona de la estación, liderados por Kraminov, el comisario del pelotón. Habíamos acordado reunirnos en la sala central.

- Nosotros también tenemos que llegar ahí- Asintió Hensz- Podemos ir juntos. Cuantos más seamos, mejor.

- Me parece bien. ¿Puedo preguntarle qué hacen aquí?- Claudia ordenó a sus hombres que se preparasen para moverse.

- Cosas nuestras- Zanjó Hensz, sin resultar borde, aún así.

Claudia asintió y se puso en marcha tras hacer una señal a los dos artilleros del bólter pesado, que recogieron el pesado arma y se colocaron a la retaguardia del avance Serafín. A su vez, Hensz hizo un gesto con la cabeza para indicar a sus hombres que se pusieran en marcha. 

Casi sin quererlo, Zach se dio cuenta de que Trevor parecía rehuir la mirada de los Serafines, especialmente a la de la capitana Claudia. Se encogió de hombros y siguió andando.

No era asunto suyo.

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