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Habían pasado semanas desde que una cábala de hechiceros y psíquicos renegados se reunió en Sijtia IV y, mediante un oscuro y saangunario ritual, convocaron un enloquecedor portal al Inmaterium, condenando a todo su mundo para salvarse de ser ejecutados.

Esta acción, sin embargo, no los salvó, como pretendían, sino que reafirmó el riesgo del que intentaban huir, dado que los marines de la Guardia de las Sombras respondieron a la petición de socorro del gobierno planetario antes de que una masa de gente enloquecida por la Disformidad tomara el lugar, matando horriblemente a los que quizá fueran los únicos seres humanos no corruptos del planeta.



-¡Envíen tropas aquí!-Gritó el hermano Capellán Rictus, que, decapitando con su hacha de energía al hereje mas cercano, apuntó con su mano libre hacia un grupo de enloquecidos individuos que, armados solo con cuchillos y espadas de basta manufactura, además de pistolas y rifles automáticos, sin duda saqueados, se lanzaban a por él y la escuadra que lo acompañaban.

Los oscuros marines no respondieron con palabras, sino cn una casi inaudible letanía mientras alzaban sus bólteres y disparaban sus proyectiles explosivos contra los enemigos del Emperador que, ya fuera por la brutal potencia de los proyectiles o por sus explosiones, acabaron por caer, no sin que algunos llegaran a la distancia de cuerpo a cuerpo, para caer sin poder hacer algo mas que quitar algo de pintura de las servoarmaduras.

-No se preocupe, hermano capellan.-Dijo el sargento Kilt, lider de la escuadra Antecesor de la Incorrupta.-Sabe que nosotros nunca hemos permitido que muera alguien que no sea nuestro enemigo.-Bromeó, tras lo que el grupo avanzó en silencio, tal y como habían hecho antes de encontrarse con sus enemigos.



Avanzaron hasta encontrarse en lo que anteriormente se llamaba, según una inmensa placa manchada de sangre y vísceras Plaza de Santa Escer.

La inmensa plaza, con jardines y bellas estatuas repartidas, estaba construido en torno a una estatua de cinco metros de alto de una mujer vestida con ropas simples y que empuñaba una espada que parecía bendecida por la forma en la que estaba esculpida.

Ahora, esa noble belleza era  algo bastante mas repugnante. Cambiaron a las estatuas de ángeles y serafines por las de hombres deformados cubiertos con túnicas de intestinos humanos con huesos y costillas engarzadas. La Santa estaba revestida con una coraza de vísceras, tras la que llevaba una capa de piel humana, en el pedestal en el que se erigía ahora había un pequeño altar de sacrificios humanos, en el que un marine del Caos estaba devorando a un hombre vivo mientras le arrancaba partes del cuerpo.

Se ocultaron tras una pequeña cobertura de escombros, preparándose para disparar y acabar con esa corrupta versión de lo que debería ser un marine espacial, y, de paso, comprobar lo que sucedía en la zona.

-Ese traidor parece haber reunido un pequeño grupo de seguidores.-Observó uno de los marines de la escuadra. Kilt asintió mientras apuntaba su pistola bolter, a la par que se preparaba para activar su espada sierra.-Esto puede ser problemático, sobre todo porque como estén por aquí puede que nos veamos envuelto en un fuego cruzado.

-Eso no importa, el enemigo está justo aquí, y podemos acabar con él antes de que nada ocurra.-Aseguró el inquieto capellán.

Pero no fueron los primeros en llegar hasta su enemigo.

Un pequeño grupo de cultistas armados con rifles automáticos, escoltando a lo que parecían ser un grupo de prisioneros heridos y cansados por la locura y devastación que habían visto y sufrido.

-Mi amo, hemos encontrado a esta escoria, se han estado resistiendo a ver la verdad y por eso los hemos traído a su presencia.-Dijo el lider del grupo de cultistas, vestido con una túnica del color de la sangre de los inocentes que había matado en un arranque de locura.-Me gustaría que los condujeseís a la condenación de sus almas.-Concluyó, sonriendo al ver la misma mueca en la cara seca y depravada de su amo, que, activando su hacha sierra, se acercó al primero de los prisioneros, al que partió por la mitad de un mandoble, que bañó a una prisionera y a un niño con la sangre del cadaver.


El capellán bramó mientras disparaba su pistola de plasma contra los cultistas, matando de un disparo en el estómago al líder de los cultistas, Kilt disparaba contra el marine traidor, que  cargaba mientras disparaba una vieja pistola bolter, matando a un Guardia de las Sombras con un fortuito disparo en la cabeza mientras esgrimía un hacha sierra rugiente.


El combate desembocó en una matanza, los marines leales acabaron con el pequeño grupo de cultistas, consiguiendo noherir a ningún preso de estos. El capitán estaba tras sus hermanos, intentando vencer al traidor en duelo singular, intentó varias veces derribar a su enemigo, pero era demasiado diestro, y el mejor exponente de esto era que había conseguido cercenar su mano izquierda, por suerte formaba parte de su brazo biónico.

-Perro traidor, parece que la muerte va a ser algo que me va a costar proporcionarte.-Dijo el sargento, que consiguió desviar el hacha-sierra de su contrincante, para hacerlo retroceder con una patada en el abdomen.

El traidor sonrió, para caer cuando el hacha de energía del capellán atravesó la parte trasera de su craneo.

-Rictus.-Dijo con un tono serio, que acostumbraba a utilizar inoportunamente.-Sabes que me cuesta encontrar adversarios con los que disfrutar de una pelea.

-Si, pero no por ello tienes que quejarte.-Dijo, girando su cabeza hacia el resto de la escuadra, que estaba junto a los civiles capturados.-Ahora, me gustaría comprobar si los civiles son tan inocentes como parecen o si alguno de ellos tiene que ser judgado por el Emperador en la otra vida.-Dijo mientras arrancaba su arma de la cabeza del marine traidor y la guardaba en una sujección de su cinturón.


Se aproximó hacia el grupo, eran casi media docena de personas agotadas y marcadas por su esfuerzo y sufrimiento, era dificil para alguien normal, sino imposible imaginar el infierno que habían vivido.

Pero Rictus no era alguien normal, sus ojos habían visto cosas casi imposibles para muchos otros, llegando al extremo de ser capaz de ver la pureza del alma de alguien solo con mirarlo a los ojos, incluso en algunas ocasiones sus habilidades habían sido comparadas con las de los bibliotecarios del capítulo.

Se acercó a los jóvenes, eran tres hombres, dos mujeres y un niño, los examinó, viendo manchas de sufrimiento y dolor en sus almas, los dos primeros parecían haber sufrido mas que el resto a la experiencia, miró a una de las mujeres, viendo algo extraño en sus ojos, se agachó, llegando a su altura.

-¿Sucede algo, hermano capellán?-Preguntó uno de los marines de la escuadra, sosteniendo su bolter, entonces, con un brillo antinatural en los ojos de la mujer, confirmó sus sospechas, apartó a la mujer y al niño restantes mientras veía como el cuerpo de lo que antes era una persona se estiraba y contorsionaba hasta addquirir una forma inchada y grotesca, golpeó con el torso de  su mano a uno de los hombres, lanzándolo al suelo.

Murió en el acto por el hundimiento de varios huesos del craneo.

El hermano Fsiedth golpeó con un ferreo puñetazo a la abominación, casi derribándola, pero tuvo que retroceder cuando uno de los zarpazos de la criatura se llevaron una pequeña parte del blindaje de su peto.

Rictus activó su espada de energía y golpeó mientras recitaba una letanía que encontró apropiada, cercenando parte del torso de esa abominación, que, en lugar de sangre, había una llama violacea, sacó su hacha de energía y golpeó otra vez, pero falló, ahí Rictus pudo comprobar lo rápido que se regeneraba la criatura, que cayó al suelo cuando la ráfaga de fuego bolter de Fsiedth impactó en el torso del ser, que gritaba furioso, mas que moribundo mientras procuraba levantarse, pero no pudo, ya que el capellán puso su pesada bota sobre la abominación, pudiendo contemplar nitidamente el deformado y maldito rostro de la criatura.

Decapitó  a la criatura, tras lo que se retiró del cadaver del ser, sabiendo que tendría que estar purificando con bendiciones su servoarmadura durante semanas. Pero, cuando vio el brillo violaceo de la anteriormente abominación, que estalló entre antinaturales llamas, que envolvieron toda la zona.


Cuando el brillo antinatural se disipó, pudo ver la devastación que esto provocó, uno de sus hermanos había muerto cuando las llamas fundieron su armadura con la carne de este, casi todos estaban bien, aunque parecía que los ciudadanos imperiales que habían encontrado estaban muertos.

-Señor,¿Qué ha pasado?-Preguntó una voz debil a su espalda mientras notaba un golpecito en su rodillera izquierda, bajó la mirada, viendo a un niño herido, que parecía haber sufrido algo menos que una quemadura leve en el rostro, vio sus ojos y vio en ese niño algo que merecía la pena salvar de su planeta.

-Lo que debía pasar, niño, lo que debía pasar...-Dijo mientras miraba a sus hermanos de batalla listos para continuar hacia su punto de evacuación.






El capellán Rictus miraba a los jóvenes que luchaban entre sí en las zonas de combate situadas en aquella playa de Alysium, con un oficial junto a él.

-Parece que estos nuevos reclutas pueden merecer la pena.-Dijo Kilt el ahora capitán de la tercera compañía.

-Si, hay algunos que parecen especialmente capaces.-Comentó el capellán mientras observaba como un joven de pelo rojizo hería mortalmente a otro con una lanza de aspecto simple.

-¿Crees que hicimos bien?-Preguntó el capitán, viendo al mismo chico alzarse victorioso.

-Sin duda puede ser uno de nuestros reclutas mas prometedores, de hecho, ya tengo una lista de aquellos que me gustaría que fuesen los primeros en ser examinados.-Terminó de decir mientras se levantaba de su asiento ceremonial de piedra.

Los jóvenes dejaron de luchar para ver que sucedía.

-Hoy he visto como aquellos que han perdido en algún momento su fe, sus conocimientos o su habilidad han sido perdidos, dejando a aquellos que merecen dejar a un lado sus debilidades para ser algo mas.-Dijo mientras alzaba su activada hacha de energía.-Los que merecen ser una llave a un futuro mejor para el Imperio,¡Los que merecen entrar en La Guardia de las Sombras!-Dijo, escuchando orgulosos vítores de los ahora neófitos.

El capellán volvió a su sitio mientras los apotecarios llegaban, escogiendo a aquellos entre los caídos que todavía podían servir a la Guardia Negra o que podían incluso ser admitidos en el capítulo.

-Parece que esta vez estas mas inspirado de lo normal.-Comentó el capitán, el capellán sonrió para sí, recordando el momento en el que salía de aquél madito planeta con ese niño, que, antes de quedar inconsciente le dijo su nombre.

-Si.-Dijo el capellán, dándole a su hermano de batalla la lista de aspirantes, con el orden conveniente para la implantación y posterior sometimiento a la prueba de capacidades psíquicas.

El capitán de la tercera compañía sonrió al leer el primer nombre, recordando el tiempo en el que era un sargento en aquel planeta que tuvo que ser sometudo al Exterminatus.

Aquiles Mauter.