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1. Encuentros InesperadosEditar

Los Mundos Agrícolas tenían su encanto, incluso cuando estaban en guerra. El cambio drástico que presentaban en su paisaje era sencillamente arrebatador.

Los fértiles campos de cultivo, repletos de cereal hasta donde alcanzaba la vista se transformaban en llanuras yermas desprovistas de cualquier vegetación debido al paso de las botas de miles de soldados en campaña y las descargas de artillería. La temporada de la cosecha había llegado, y el sol regaba de luz y calor a las pilas de cadáveres ensangrentados y los cráteres que poblaban aquel campo de muerte.

Si definitivamente la cosecha sería muy buena ese año.

Los gemidos de agonía de los heridos y moribundos se mezclaban a lo lejos con los gritos de guerra, el entrechocar del acero y el delicioso sonido del metal al desgarrar la carne. La sangre, el sudor y demás olores se unían en un delicioso perfume que prometía un día de placer bélico. No veía el momento de bajar allí y…

-¡Joder! ¿Te quieres callar?- Dijo en voz alta Markus a la molesta Voz.

Déjame en paz, hermanito- Le respondió ella desde el interior de su cabeza, con su tono sugerente y aterciopelado de siempre- ¿Es que no puedo ser poética ni un ratito?

-No, tenemos trabajo. Y vuelve a hacer otro pareado cutre y te dejaré sin porno eldar durante una semana.

Jo, eres malo Mark- Se enfurruño la Voz- No puedes quitarme el porno eldar, es lo único más divertido que degollar gente.

-¿Que te apuestas?- El pirata sonrió al notar crecer aún más el disgusto de la voz y finalmente sentir como se retiraba momentáneamente hacia el fondo de su conciencia. Bendito silencio.

Hecho a andar, retirándose del alfeizar del balcón desde el cual había estado observando el campo de batalla tranquilamente. Al menos hasta que su molesta Inquilina había decidido intervenir y joderle el hilo de pensamiento. Ya no sabía ni que era lo que estaba pensando antes de entrar en aquel juego mental.

Resultaba extraño que ambos fueran en realidad una misma entidad con opiniones separadas. Había veces en las que ya no sabía en qué momento había empezado a pensar él mismo y cuando terminaba ella. De todas formas era algo con lo que uno se reconciliaba. A veces hasta resultaba útil tener a una furcia del Dios del Exceso en la cabeza.

Primero en la familia y después en el cerebro. Dios Emperador menuda vida.

Mientras discutía consigo mismo llego a la planta baja del edificio. No era gran cosa la verdad, solo un viejo Ayuntamiento relativamente intacto en medio de una aldea en ruinas donde el 175º Regimiento de Artillería de las FDP tenía emplazados sus Basilisk.

El lugar estaba lleno de actividad frenética y de atronadoras detonaciones de los cañones. Aldeanos y guardias corrían de un lado a otro, los primeros cargando con las pocas pertenencias que tenían en sus toscos carros de madera para huir y los segundos avanzando en dirección contraria a la marea de civiles hacia las posiciones defensivas que rodeaban la colina donde estaba construido el asentamiento.

Desde el balcón, Markus se había fijado en que el cuerpo principal del ejército Imperial se estaba retirando. La Infantería retrocedía ordenadamente, cubierta por el fuego de las posiciones de artillería y de las columnas blindadas. Seguramente los psicópatas del Pacto Sangriento estarían ahora avanzando hacia aquella posición.

Ya estamos otra vez. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Que adores al Caos no implica necesariamente padecer una psicosis o tener alguna tendencia a la locura.

Markus hizo oídos sordos y continuo avanzando mientras volvía a escuchar por enésima vez el discurso de “Los Caóticos también son Personas” Se movió entre la maraña de gente que se apartaba a su alrededor con celeridad y lo agradeció. Así iría más rápido.

La verdad es que su aspecto imponía y cuando menos resultaba extraño.

Vestido con su gabardina gris oscura y sin mangas, sus brazos quedaban al descubierto. El derecho muy musculoso, surcado de cicatrices y tatuajes tribales, y el otro un gran brazo bionico personalizado que le daba la apariencia de una garra escamosa de metal negro cuyos circuitos brillaban con luz rojiza.

Llevaba la gabardina abierta por delante, a la altura del pecho, que dejaba entrever la armadura caparazón que llevaba puesta. El color que había tenido resultaba imposible de identificar ya que el uso prolongado y los disparos habían ido arrancando la pintura, dejándola con el color original del plastiacero al salir de fábrica.

Un cinturón de cuero con múltiples cartucheras sostenía unos pantalones de campaña con un camuflaje marrón y negro y calzaba unas elegantes botas militares, sugeridas por su excéntrica inquilina.

En el cinturón llevaba envainada una larga espada con llena de antiguos símbolos imperiales levemente borrados, salvo por el Águila Bicéfala que adornaba la guardia, y dos pistolas duales AT-Space Eagle, dos armas de alto calibre capaces de despedazar a un hombre a corta distancia y de matarlo con normalidad en las medias. También llevaba un rifle laser modelo Lucius colgando a la espalda.

La mayoría de los que pasaban a su lado miraban con rapidez su vestuario y se apartaban con celeridad, pero solían reducir la velocidad cuando lo miraban al rostro embelesados. La piel de Markus era extremadamente pálida y enmarcaban unos brillantes ojos bicolores. Uno de ellos era bionico y de color rojo, exactamente como el brillo del brazo, mientras que el otro era de un brillante color ambarino, casi llegando al color del oro fundido.

Si el brillo bionico del rojo resultaba amenazante, el otro lo era de una manera más sutil, extrañamente cautivador y atrayente a la vez que lleno de un brillo mortífero.

El pelo estaba rapado por los lados, con una pequeña coleta detrás y el resto del cabello, oscuro como la tinta liquida, estaba alisado con esmero. Si había algo que la Voz no soportaba, era que el cuerpo de Markus tuviera mal aspecto.

Un único mechón blanco le caía por el flequillo. No era un blanco canoso como el de los veteranos oficiales y comisarios que pasaban a si lado, sino más bien un plateado tan intenso que parecía completamente exento de color.

Con tanta gente apartándose, Markus Arian no tardó en llegar a su destino. La parte oriental de la aldea. El lugar donde, justo al lado de unos deslizadores de buena manufactura cargados de explosivos y armas, se encontraba su equipo.

Un pintoresco grupo de mercenarios de las más variadas procedencias y dudosas reputaciones  consistían en su fuerza principal. La Tripulación del Puño Estelar la preciada nave corsaria de la que era el orgulloso capitán.

No llegarían a más de varios centenares entre los ocupantes de su nave insignia y las demás fragatas escolta, pero el número no importaba cuando se tenía audacia, un buen plan y la más absoluta e incuestionable motivación.

El Oro.

Sus hombres lo saludaron con efusividad y buen humor cuando se acercó y él les respondió de la misma manera. Vivir el momento a tope. Eso era lo que podía mantener la moral tan alta con una horda de enemigos cabreados a punto de caerte encima.

Siguió andando hasta encontrar a quienes estaba buscando.

Si alguien preguntara quien era la escuadra personal del capitán Markus Arian todo el mundo miraría hacia aquel grupo de personajes.  Lo componían cuatro personas.

La primera era una figura gigantesca de rasgos brutales y primitivos que empuñaba un gigantesco martillo improvisado a base de una viga de plastiacero y una cabeza de rocormigon reforzado con tiras de metal soldadas a ella de manera tosca.

Kurght, el ogrete guardaespaldas de Markus y mascota oficial del Puño Estelar, iba vestido con unos gigantescos pantalones reforzados con trozos de metal y unas botas igual de enormes y sucias. Llevaba el torso desnudo enmarcado de pinturas de guerra y una única hombrera metálica de decoración al estilo orko era lo único que podía considerarse armadura de cintura para arriba.

Ante él, revisando por el Emperador (-Y Slaanesh. No nos olvidemos de él, hermano) sabia cuántas veces los propulsores y las armas del deslizador en el que iban a montar, se encontraba la figura de catorce años de Ankira, su mecánica jefe y maquinista de la nave.

A pesar de su temprana edad, la chica tenía la actitud fría y eficiente de las maquinas que atendía y reparaba con extrema rapidez. Los Tecnosacerdotes de su mundo natal la habían considerado una enviada del mismísimo Omnisiahn dada su maestría para hacer funcionar hasta la maquinaria más compleja y someter a su voluntad los más intrincados sistemas de datos con solo tocar la pantalla.

Ninguno de ellos sabia de las verdaderas habilidades de la pequeña, fácilmente explicadas en que algo tan simple como que era una psíquica especial. Una tecnópata, capaz de sentir el Espíritu Maquina hasta de un bolígrafo.

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Ankira.

Vestía un nanotraje que se ajustaba a su delgado cuerpecillo como una segunda piel, marcando sus poco desarrollados rasgos femeninos. Una banda de metal con múltiples cables conectados a su cabeza adornaba su frente, conteniendo el pelo corto y liso de color violáceo claro. En el cinturón llevaba una pistola y múltiples dispositivos mecánicos más o menos mortíferos y originales.

Junto a ella, se encontraba un hombre altísimo, más aún que el propio Markus y que llegaba  hasta la cintura de Kurght, cuya planta hercúlea y ropajes junto con la inconfundible bandana roja, lo distinguían como un Catachan. Pólux, pues así se llamaba, era el experto en demoliciones del equipo y portaba una gigantesca escopeta de repetición con cargador de tambor además de una mochila cargada de explosivos y dos largos y afilados cuchillos que manejaba con mortífera eficiencia.

Pero lo que de verdad resultaba fascinante en aquel grupo era su último integrante. La voluptuosa y exótica figura de la mujer eldar, Yaelha. Objetivo total y absoluto de las fantasías de la Voz.

Unos ojos grandes y vistosos de color azul al completo adornaban su rostro finamente esculpido con las mejillas surcadas por tatuajes propios de su raza de color rojo. Tenía el pelo rubio brillante y bien cuidado, recogido en una coleta larga.

Vestía ropajes verdes de diseño eldar que conservaba desde hacía tiempo, cuyo color había quedado tremendamente difuso por el exceso de uso, conjuntados con otras ropas claramente hechas por ella misma.

Yaelha había sido una guerrera eldar de un Mundo Astronave. Siendo exactos una de las Espectros Aullantes más jóvenes y prometedoras. Había abandonado su mundo por razones desconocidas y se había unido a la banda de Markus por razones aún más misteriosas.

Evidentemente, Yaelha no era una eldar al uso, también marcado por el hecho de que era muy joven para los cánones de su raza. Su carácter era mucho más altivo y con un deje de superioridad hacia sus compañeros, pero no distaba mucho de ser distinta a la de estos. Vivía la vida con intensidad y arrojo, disfrutando al máximo de todo lo que pudiera ofrecer y nunca dejándose atar por chorradas como el deber y la lealtad a nadie que un fuera ella misma.

Llevaba botas, y peto de diseño eldar muy cuidados, además de un emisor vocal que emitía los terroríficos gritos de las guerreras de su senda. También llevaba dos afiladas espadas colgadas en su cinturón y una pistola humana que solía usar muy pocas veces.

Cuando llego a su altura, la eldar bajo de un grácil salto del chasis del deslizador sobre el que estaba sentada y se colocó delante de él.

-¿Y bien? ¿Qué te han dicho?- En su rostro se notaba el interés y la preocupación a partes iguales. Markus sonrió.

-Te dejaran pelear en la línea del frente- La presencia de la eldar había generado mucha inquietud entre los defensores, pero Markus los había convencido de que la dejaran combatir- Te dije que no te preocuparas, nena.

Yaelha estaba tan exultante de alegría que esa vez no se quejó del apodo con que solía llamarla su socio. Había dejado claro que si trabajaba con él lo haría como una igual como mínimo, nunca como una subordinada y a él le había parecido bien.

Después de todo no se acostaba con subordinadas. Era malo para la reputación de un capitán.

¿No serias capaz de dejarme sin eso verdad?

Markus la ignoro de nuevo y Ankira se le acercó después, así como el resto de su escuadra.

-¿Y el dinero?- Pregunto Pólux con voz grave- ¿Harán lo que acordamos?

-También nos han dado la paga por adelantado como acordamos.-Asintió, Markus- Es muy fácil que les dejemos tirados y lo saben. Necesitan efectivos.

-Jefe lizto- Habló Kurght mascando las palabras mientras esbozaba una sonrisa infantil llena de dientes torcidos en sus brutales rasgos - Jefe muy lizto.

-Exacto, grandullón- Dijo el capitán palmeando uno de los poderosos brazos del ogrete.

Alguien le tiro del cinturón, requiriendo su atención y haciéndole bajar la mirada para posarla sobre Ankira.

-¿Te ha dado problemas?- Pregunto simplemente. Ninguno necesitaba preguntar para saber a qué se refería, pues todos estaban enterados del problemilla de su jefe. Unos más que otros.

-Ha estado calladita y en silencio durante toda la reunión- Sonrió el mientras le revolvía el pelo a la chica arrancándole una sonrisa a su vez. Era una de las pocas veces que sonreía- Esa cosa que me pusiste en la cabeza es la ostia, pequeña. Gracias.

Sí, eso muchas gracias enana aguafiestas. –Murmuro la Voz desde su rinconcito.

-¿Entonces podemos empezar ya la misión?- dijo Pólux ansioso- ¿Podemos ir ya a por el premio gordo?

Markus le dio una palmada en el hombro al gigantesco Catachan.

-Claro que sí. Vamos, lanzamos un par de bombas a los Chicos de Rojo con los deslizadores, los tomamos prestados un par de horas y vamos a por la mansión del Gobernador. Cogemos todo lo que podamos y a quien podamos y nos largamos. Un plan maestro ¿A que si?

Todos rieron, e incluso Yaelha esbozo una blanca sonrisa. Markus dio un par de fuertes palmadas y todos sus hombres se volvieron hacia él.

-¡Vamos, chacales!- Dijo el con voz potente-Subid a esas chatarras ya ¡Tenemos trabajo que hacer y un botín que reclamar!

Los hombres rieron y con un rugido de aprobación subieron con celeridad hacia sus vehículos. Empezaba la juerga.

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De una patada, los mercenarios lanzaron las cajas de explosivos sobre los Guerreros del Pacto que explotaron con una escalofriante coordinación en cuanto tocaron el suelo matando a decenas de ellos en segundos. Definitivamente Ankira era una programadora de primera, y una conductora excelente si se lo proponía.

Los altavoces de los deslizadores emitían una canción pegadiza, compuesta por los mismos piratas, repleta de buen humor y a la que había titulado. “Tú, eres pirata”  http://www.youtube.com/watch?v=7MSmxjMhPKo

Los láseres y las balas de los caóticos repiqueteaban contra el blindaje de los deslizadores al mismo tiempo que una lluvia de balas e insultos surgía de las armas acopladas y los rifles de sus hombres.

Ya llevaban ya casi diez minutos dando pasadas sobre los caóticos que había comenzado a escalar la colina hacia las defensas de los FDP, siendo recibidos por una cortina de láser y cañonazos.

El trabajo ya estaba hecho.

-Aquí Papa Dragón- Hablo Markus por el auricular de su oreja- Nos largamos chicos. Vamos a por el huevo dorado del Águila.

Con rapidez, todas las naves dieron un brusco giro y comenzaron a alejarse del campo de batalla. Comenzaron a ver como los miembros del Pacto entraban en las trincheras y posteriormente la lucha se extendía hacia el pueblo.

Los gritos de las campesinas que quedaban allí y de los guardias luchando llego hasta los oídos del capitán. No les hizo mucho caso. No eran su problema, el oro era lo que de verdad importaba.

El Oro era lo que hacía que el universo funcionase.

Si pero nos vamos a perder un espectáculo genial- Dijo la Voz con lascivia- Ojala pudiera ver como se lo pasan con las chavalas.

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El primer grupo de soldados pertenecientes a Pacto Sangriento asaltaron a la primera de muchas trincheras de la colina.  Aunque los soldados imperiales empezaban a disparar de forma desesperada y poco precisa contra las fuerzas de Pacto sangriento, estos caóticos guerreros reían y gritaban continuas reverencias a sus Dioses.

El primer hereje saltó a la trinchera cayendo sobre uno de los guardias cayendo ambos, a su vez el resto de su unidad entró en la trinchera empezando así los gritos de agonía de los imperiales. Para cuando llegó la segunda unidad ambos grupos ya se habían masacrado entre ellos dejando a un único superviviente, un campeón de Pacto sagriento que ahora colocaba en su cinturón de cuero humano los nuevos cráneos. La unidad rió para seguidamente salir de la trinchera y correr en dirección a la nueva posición imperial.

Si, un espectáculo que Sargento y su unidad se estaba perdiendo...

-Para de hablar, Sargento ha dicho que tenemos que estar en silencio. Eh, eso lo será tu madre, o tu manofactorum. ¡Vamos, cállate!- Decía Angla de mientras miraba a su amada escopeta recortada y discutía con ella. 

-¿¡Te quieres callar, escoria podrida!?- Dijo Mikerl, uniéndose en la discusión de Angla y su arma.

Estaban caminando entre unos pantanos, dirección a una base de mando secreta situada al este de la colina.  Sargento y su unidad tenían el objetivo de aniquilar toda la cadena de mando de un solo golpe. Aunque para ello habían estado andando varios días por ese pantano lleno de peligros. 

Vitulv como de costumbre estaba en el fondo intentando hablar con Yesika que seguía respondiendo sin interés y negando sus propuestas. Junto Sargento caminaba Arkios que trasportaba en sus manos dos cajas de explosivos.  Un sonido perturbó a todos, los mas atentos se tiraron al suelo, y como no, Angla y Mikerl se quedaron mirando al cielo embobados buscando el lugar de ese ruido. 

Se trataba de una pequeña nave, posiblemente civil ya que no llevaba armamento pesado. Sargento miró a Arkios, tras unos segundos ambos asintieron. 

Arkios se levantó del suelo, agarró la caja metálica que llevaba a su espalda lugar donde guardaba algo parecido a un lanzagranadas. En menos de unos diez segundos preparó el arma para luego abrir fuego contra el vehículo aéreo. El ruido  señaló a la unidad que Arkios había dado al objetivo. 

Mirkerl avanzaba detrás de Sargento y adelante de Angla,  jugueteando con un par de globos oculares que le quitó a un guardia mientras reía. Su rifle estaba listo para cualquier incidente y sus granadas también, el avance por aquel lugar pantanoso demostraba cualquier posibilidad de emboscada, aunque la guardia estaba saturada y desesperada todos sabían que tarde o temprano la sangre se derramaría. La simple idea hizo que Mirkerl esbozara una sonrisa, sus lentes rojos brillaban de manera tenue y los globos oculares que usaba para juguetear mientras caminaba.

Se acercó a Sargento.

¡Sera maravilloso ver como esos imperiales mueren, se desangran y sufren! ¡No puedo esperar! ¿Usted si sargento? ¡Khorne estará feliz por estos baños de sangre! ¡Sí! ¡Seguro que estará! ¡Además quiero cambiar de afición! estos globos oculares comienzan a secarse, ¡Ya Sé! ¡Buscaré ojos azules! ¡Sí! ¡Azules, Azules! que se tiñan de ¡Rojo! ¡Rojo sangre! ¡Sí! ¡Sangre para el Dios de la Sangre! 

Tras decir esto, lanzó los globos oculares con desgana que fueron a caer al suelo, en ese instante, preparó su rifle para disparar, Mirkerl estaba ansioso por empezar a derramar sangre, además había recopilado más granadas y munición, solo quedaba algo. Matar...

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Angla hacía tiempo que se había levantado de su cama improvisada, y ahora estaba de pie junto a Mikerl, con su arma en las manos. Apuntó con ella hacia cada uno de los miembros por separado, y luego la volvió a bajar. Oyó esa voz en la cabeza, en parte lo agradecía, pues la mayoría de ellos estaban en silencio.

Siempre venia bien algo de conversacion superficial.

"¿Que hacemos aquí?"- Comenzó el arma.

-No me interesa.- Contesto él.

"¿Porqué no? Yo sé que tienes curiosidad."

-No la tengo

"Si"

-No

"Si"

-No

"Si, y paremos ya, que ambos sabemos que esto no llevará a ninguna parte."

-Vale.

"¿Qué?"

-¿Qué?

"¿Qué haces?"

-¿Qué haces tú?

"¡Pues pasarme el rato entre tu cabeza y un receptáculo estúpido!"

-¿Como tú?

"¿Qué?"

-Nada.

"No, no, ahora me dirás que me has dicho."

-He dicho que nada.

"Ah, vale..."

Angla soltó un leve suspiro, y, luego, empezó a reirse solo, o eso parecía....

Angla volvió en si, observó al resto, llevó su mano izquierda delante de la cara. Observó la deforme boca que había en la palma de la mano. Cada vez que "Eso" respiraba, una pequeña nube de color negro salía de la boca. Observó los pocos, aunque puntiagudos y deformes dientes, y en su interior observó como si algo se moviese. Luego, se volvió a colocar su guante, el que usaba para taparla mientras no la usaba nadie.

Revisó por enesima vez su armamento: Cuchillo por si acaso, su Arma Demonio, su Arma Normal, su Arma Especial, su cerebro, provisiones, munición, y alguien de quien quejarse (Dijo eso último mirando a Mikerl).

-Yo estoy listo, Sargento...


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Arkios dejó caer el lanzagranadas vacío y tiró su apurado cigarrillo. Lo pisó para apagarlo y sacó otro de la cajetilla que llevaba atada a su hombrera derecha. Lo encendió con un mechero metálico y le ofreció uno a Sargento, que lo aceptó de grado. 

- Eh, ¿Oís esa música?- Preguntó en voz baja al mismo tiempo que mordía con un poco más de fuerza la base del cigarrillo- Tan oscura, tan desesperada, ¡Tan intensa! ¡Slaanesh, que alguien me de un cleanex! ¡Esto es orgasmico!

- Ayer era el día de Tzeentch, y hoy es, déjame adivinar...¿El día de Slaneesh?- Dijo Yesika en tono de burla .

Arkios la miró y se relamió, haciendo bailar el pitillo entre sus labios. Se llevó dos dedos índice y corazón a la boca, formando una ``V´´. 

- Los cigarros no son lo único que me gusta morder, muñeca- Murmuró.

Ella chasqueó la lengua, puso los ojos en blanco y se alejó. Admitía el atractivo de Arkios, una belleza animal, marcial, pero estaba hasta los cojones de que todos los tíos del equipo quisieran meterle algo más que fichas. 

- ¡Joder! ¡Es el éxtasis!- Gritaba Arkios con las manos elevadas hacia el aire mientras aquella música salvaje y oscura sonaba en su cabeza sin parar. Agarró su rifle láser y lo usó como guitarra, sin siquiera poner el seguro (ya que se lo había quitado hace años)- ¡Dios Slaanesh, mira como te rindo culto!

- ¡A Slaneesh se le rinde culto de otra manera!- Exclamó riendo Vitulv tras darle un cachete en el culo a Yesika, que se lo devolvió, pero en la cara.

Arkios devolvió el arma a su posición normal y se caló la máscara, que tenía un agujero en la boca para el cigarrillo.

- ¡Yo estoy listo, Sargento! ¡Vamos a repartir leña!- Mientras gritaba, sus pies se movían como siguiendo una melodía inaudible y frenética.

Mientras, Vitulv se frotó la cara donde Yesika le habia golpeado, la miro con ojos lascivos y bajo la tela que cubría su cara se atisbo una sonrisa.

- Miau, la gatita saca las uñas... me gusta, y seguro que a ti tambien te ha gustado. Lo proximo mio que te palmée no va a ser mi mano cariño.

Yesika, sin decir una palabra, levanto su puño y le hizo un corte de mangas mientras lo miraba asqueada.

Vitulv sonrio ante aquello y cogio a su "amorcito", el rifle de francotirador que llevaba inscrito en la culata de madera sintetica los nombres de todas sus conquistas. Ya tenia un hueco especial para Yesika.

Preparo su visor y se coloco el paquete del pantalón, su cuchillo estaba afilado y su pistola preparada, lo único que necesitaba era un objetivo que abatir.

- Por tu bien y por el de tus pelotas, Arkios, espero que no hubiese chochitos en esa nave, o por lo menos que no se hallan matado del batacazo. Seguro que serian un buen aperitivo.

- ¡Si están muertas, tanto mejor!- Exclamó Arkios- ¡Sexo y necrofilia, doble culto a Slaneesh!

- Estás enfermo- Dijo Yesika mientras negaba con la cabeza- Los dos lo estais.

- ¡Sólo a los Dioses del Caos!

Sargento lo apaciguó de una colleja (que no tocó piel, pues la protección de la nuca del casco paró el golpe) y se puso su arma al hombro.

- No te vuelvas loco tan pronto. Aún quedan Imperiales por matar.

- Tío, no sabes como odio tus días de Slaneesh- Bufó Angla en un descanso en su conversación entre su arma y él.

- Los de Tzeentch son peores, y lo sabes, no para de cagarse en todo al ver que no puede cambiar de forma- Replicó Yesika. Despues se volvio hacia el nametheriano y dio un bote, alejandose de él, al ver lo que tenia entre las manos.

- ¡Tus muertos, guárdate eso!

- ¡Sólo a los dioses del Caos!- Contestó este riendo.

Sargento puso en marcha al equipo en dirección a la aeronave derribada.

- ¡Ábrete un poco el escote, Yesika, que te siga!- Sonrió Viturlv- No veo otra manera de que venga con nosotros sin darle una paliza.

Yesika pasó de ese comentario y se coloco entre Angla y Sargento, a la cabeza de la formacion, alejandose todo lo posible de ese par de lunaticos.

Angla tenía a su arma; Mikerl, la sangre; Sargento, su silencio, y Vitulv y Arkios un ego que apenas les cabía dentro. Todos tenían algo que los absorbía y les daba en cierta manera su sentido de vivir. En el caso de Yesika, era algo raro dada su situación. Algo excéntrico en medio de toda esa guerra continua, destrucción y rudeza.

Eran los libros.

Los libros, ya fueran de papel o en un formato electrónico, formaban una suerte de refugio de paz para la mujer.

Aaaaah, ahora mismo estaréis pensando “¿Una mujer caótica, metida en el Pacto Sangriento y que mata, leyendo libros?”

Y no, no lo neguéis, sé que lo primero que se os ha pasado por encima es que esta chica era una incongruencia; pero no hay que olvidarse de que hay uno de los Cuatro que encaja a la perfección en alguien así:

El Que Cambia Todo, el Intrigante, Aquél Que Teje… Tzeentch.

Así es, nuestra mujer sentía esa comezón que invadía a todos los curiosos, esa especie de ansiedad por conocer más, por querer buscarle explicación a todo.

En verdad, Yesika les había obviado una parte de su historia a sus compañeros. Su herejía había comenzado antes de que aquel oficial la agrediera. Ya durante su estancia en la Guardia Imperial, había notado ese impulso por indagar más.

Había investigado y, aun sin acceder a conocimientos heréticos, sus ojos se habían abierto y le habían mostrado la realidad: el Imperio era demasiado cerrado como para poder ofrecerle lo que ella ansiaba. Se había ofrecido a su nuevo señor de manera personal.

No había sido con opulentos rituales, ni con baños de sangre y muerte, como sus compañeros. No, ella había sido una ofrenda silenciosa, un pacto individual, un guiño entre el poderoso dios y la fugaz humana. Tal vez la entidad a la que servía no le hablase ni le diese signos, pero ella sabía que el trato estaba hecho. El mero hecho de poner su voluntad en ello era el papel, la tinta y la pluma que firmaba el destino de su alma.

Steampunk Girl by ZoeStead

Y, en medio de tan abstractos pensamientos, uno de sus compañeros del Pacto hizo un comentario grosero sobre ella y la devolvió a la realidad. Tal vez despreciase la brutalidad física de sus colegas, pero tampoco podía dejarse avasallar por ellos.

La chica miró con sus melosos ojos a Vitulv, quien, para variar, volvía a proponérsele indecentemente por vigésima vez aquel día. Personas como él eran el motivo por el que Yesika despreciaba cada vez más profundamente al género opuesto.

-Vitulv, si no te bastan los cadáveres que te follas, búscate más, pero déjame  en paz.

La risa del soldado era desagradable y burlona.

-¡Tú lo has dicho, no son suficientes, ni uno ni cien cadáveres! Nada es comparable a cuando la presa está viva- Añadio relamiendose- Pero ten cuidado, moza, tal vez tú te conviertas en cadáver algún día de estos… 

El francotirador siguio riendose. Yesika puso los ojos en blanco y decidió ignorar al sádico de su compañero.

La chica se acercó a Sargento, el único de la banda que le caía más o menos bien. Lo cual era directamente proporcional a lo poco que hablaba. Además, era el único que la trataba con algo de respeto.

El líder del grupo solía ser igual con todos ellos, aunque con Yesika era algo más abierto. Como colofón de tan extrañas cualidades en un hombre del Pacto Sangriento, Sargento nunca le había dirigido miradas indiscretas. La chica había llegado a intentar provocarlo indirectamente, curiosa por saber si el hombre hacía algo, pero lo cierto es que ni la había mirado más de lo normal. Tras un rato andando los dos juntos, la joven habló.

-¿Qué buscamos yendo a esa nave, Sargento?

Él respondió encogiéndose de hombros.

-Enemigos, o amigos, o pertrechos. Nos llevará a cosas que matar y contra las que luchar, de un modo u otro. Y eso es lo que al final importa.

Yesika frunció un poco los gruesos labios. Sargento podía ser un tipo muy peculiar, pero seguía compartiendo algo con el resto de hombres: Era un maldito bruto.

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Base de mando del Estado Mayor Imperial.

Sonaba muy bien, pero lo cierto es que se trataba de un búnker bastante grande, nada más. Era cierto que de uno muy grande y dividido en varias secciones, pero un búnker, al fin y al cabo.

En la sala de mando se encontraban los personajes militares más importantes que había en el planeta: los dos generales de los regimientos de la Gloriosa allí enviados, el Comandante en Jefe de las FDP, el líder planetario del Adeptus Arbitres, y un representante del Gobernador Planetario. Sin embargo, el protagonista en las sombras no era ninguno de ellos, sino una figura que, junto a la puerta y apartado del resto, mantenía la espalda firme hasta límites casi dolorosos.

Este hombre, aun sin participar en el airado debate que tenía lugar alrededor de la mesa, era el que más miradas furtivas y con el rabillo del ojo se llevaba. No era para menos, pues, a pesar de sus altos cargos, él tenía la autoridad para fusilarlos a todos allí mismo.

El comisario Kranoff era un hombre alto y algo corpulento. Vestía el típico uniforme del Comisariado, con su gorra bien calada, las solapas levantadas, y una bufanda gris oscuro cubriendo su cuello y parte de la cara; una cara de rasgos un poco angulosos, con unas cejas rubias y ojos azul verdoso. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, llevando la gabardina hacia atrás lo suficiente como para que su pistola bólter estuviese a la vista. Los pies, enfundados en botas negras, estaban en posición de firmes. De hecho, su postura era más de un soldado haciendo la guardia.

La cuestión que atemorizaba a los ilustres personajes al mando era si esa posición era de escolta o de carcelero.

El otro comisario se encontraba ahora mismo junto a la tropa, en el poblado que había unos kilómetros más al suroeste. Al alto mando le habría encantado que Kranoff hubiera hecho lo mismo, pero el comisario había insistido en que no podía dejar sin defensa a la cabeza del ejército imperial, y no habían encontrado otra manera de deshacerse de él sin parecer groseros. Porque, lo cierto es que aquel hombre les estaba impidiendo trazar uno de los planes que sabían era más urgente realizar. Una actuación que, como ya les había advertido el general de su regimiento, Kranoff no iba a aprobar bajo ningún concepto. Así pues, los oficiales se dedicaban a repetir las mismas discusiones y maniobras que llevaban semanas teniendo, deseando que el comisario abandonase la sala en algún momento. El líder de los Arbitres ya empezaba a tener la frente perlada de sudor y a veces se trababa al hablar, pues no se le ocurría cómo seguir alargar el tiempo y mareando la perdiz. El resto no lo llevaba tan mal; eran más expertos en escurrir el bulto.

Y en esto estaban cuando un sofocado soldado entró en la sala.

-¡Señor! –Dijo, poniéndose firmes.

-¿Qué ocurre, soldado? –Preguntó el general a cuyo regimiento pertenecía aquel hombre.

-Acaban de informarnos de que un esquife civil ha sido derribado en nuestras cercanías.

-¿Y para esto nos interrumpes, soldado? –En verdad, todos estaban encantados con la intromisión.

-No, señor, hay más. Uno de nuestros servocráneos que vigilan el perímetro ha captado imágenes de la zona. Al parecer, hay supervivientes, aunque parecen bien armados y peligrosos. Además, también se ha detectado a un escuadrón del enemigo que los sigue. Se dirigen a la mansión del Lord Gobernador.

Todas las miradas se volvieron hacia el representante del regente, quien mantuvo la postura, serio.

-Señores, no hay que alarmarse, el Lord Gobernador abandonó sus dependencias hace días. Eso sí, dejó a varios hombres al cuidado y defensa de la casa… Y, ciertamente, hay objetos de mucho valor en ella.

Tras esto, se hizo una pausa de varios segundos. Entonces, uno de los generales tuvo una iluminación. Con parsimonia, puso un dedo sobre el punto del mapa que representaba la localización del búnker.

-Si ese escuadrón estaba aquí, es porque probablemente tuviera misión de atacarnos o sabotearnos… Y, si eso es así, significa que se trata de uno de esos famosos escuadrones de élite de que dispone el Pacto Sangriento. Ahora que sabemos dónde están y cómo se encuentran, es nuestra oportunidad para acabar con ellos.

Un ruido de tacos de botas golpeando el suelo hizo girar la vista a todos los presentes. El general sonrió para sí antes de mirar al comisario. El adusto hombre se retiró la bufanda, que le ocultaba parte de la cara, y habló.

-General, si eso es así, yo mismo me encargaré de eliminarlos. Nuestros exploradores informan de que no hay enemigos por la zona, salvo este pequeño grupo, y ustedes están bien resguardados aquí ahora que la ofensiva ha pasado al poblado. Puedo tomar una escuadra de asalto y terminar con su hereje existencia de traidores.

-No esperaba nada menos de alguien como usted, Kranoff. Tiene usted nuestro beneplácito; tome a diez hombres y vaya en busca del enemigo. Elimínelo– Acto seguido, hizo el saludo militar, al que el comisario respondió.

-Eliminar traidores es mi especialidad– Añadió con una dura sonrisa.

Dicho esto, Kranoff abandonó la estancia. Mientras caminaba por los pasillos, se ajustó la bufanda; esa maldita cosa siempre acababa colocándose en una posición molesta.

Mientras tanto, en la sala de mando, el generalato aguantó un suspiro de alivio. Por fin, sin la molesta y opresiva figura del comisario, podrían dedicarse a lo que les concernía. Ya no tendrían discusiones amargas que pudieran derivar en consecuencias nefastas para todos ellos. Al fin y al cabo, lo que pretendían hacer era algo que no podía gustarle al tipo de hombre que era Kranoff. El representante del gobernador se acarició la corta barba.

-Bueno… ¿cómo organizamos la retirada?


2. Migas de PanEditar

-¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio al Caos?-Refunfuño Markus mientras el deslizador perdía altitud y caía con uno de sus dispositivos gravíticos en llamas.

Si -Le contesto la Voz, con evidente tono irritado- Unas doce veces esta semana.

-Bueno pues  lo reafirmo. Odio al Caos. Siempre encuentran la manera de fastidiar un buen plan.

¡Oh, vamos hermano! Estamos en medio de un conflicto planetario y un lanzacohetes nos ha dado y está derribando nuestro transporte. Eso no es culpa del Caos.

-Claro. El hecho de que el que lo haya disparado haya sido uno del Pacto Sangriento y que sean ellos los que han creado este conflicto planetario hace que sea culpa del Caos sin discusión. Y por favor, hermana. ¿Lanzacohetes? Eso era un Lanzagranadas fijo.

¡Bah! ¿Lanzagranadas? Estás sordo hermano. Te juro que…

-¡¡Capitán!!- Rugió la voz de Pólux, haciéndose oír por encima del rugir del viento que sacudía la maquina derribada y sacando a Markus de su discusión- ¿¡Quiere hacer el favor de posponer la conversación para otro momento y ayudarnos!?

Markus lanzo un gruñido y, agarrándose al pasamanos del lateral del deslizador con el brazo bionico, tiro de la palanca de seguridad que el Catachan estaba agarrando, aunando fuerzas  para mantener el deslizador estable mientras Ankira lo hacía aterrizar como buenamente podía.

La niña seguía en la cabina del piloto, cuyos botones y circuitos brillaban y emitían agudos pitidos a una velocidad vertiginosa. A través de uno de los espejos de la cabina, Markus podía ver su reflejo. Los ojos azules se habían transformado en dos focos brillantes de luz blanqueada de los que surgían chispas y su rostro, normalmente impasible mostraba una tensión palpable por el desgaste que le estaba suponiendo instar al Espíritu Maquina de aquel deslizador a hacer un último esfuerzo. Los circuitos del nanotraje brillaban también, creando luminosos trazos por toda la anatomía de la niña.

Yaelha, con la máscara de espectro completa puesta sobre el rostro, se agarraba con relativa facilidad al lateral del vehículo, manteniendo el equilibrio como solo podía hacerlo una Guerrera de la Senda.

Kurght en cambio, se agarraba con desesperación a la barandilla, encogido sobre sí mismo y aun así ocupando  cinco de las diez plazas del transporte con su gigantesca mole, al tiempo que lanzaba gruñidos primitivos. El vehículo en el que iban Markus y su escuadra carecía de techo, ya que de otra manera habría sido imposible hacer que el ogrete entrara en él.

El proyectil enemigo había destrozado el disco gravítico posterior y solo la destreza de Ankira como piloto había evitado que cayeran en picado justo enfrente de sus enemigos. Se habían alejado del rumbo un par de decenas de metros y se dirigían hacia el fangoso suelo del pantano a toda velocidad.

-¡Voy a efectuar un aterrizaje de emergencia!- dijo Ankira mientras tiraba varias palancas y agarraba con fuerza el volante del vehículo- ¡Agarraos fuerte!

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Con un fuerte impacto, la aeronave se estrelló. Cayó al suelo y se arrastró por la fuerza del impacto sobre el terreno cenagoso. Había caído en una zona seca del pantano, una pequeña isla formada en el centro de la ciénaga. Unos metros más lejos y se habría hundido.

Markus se puso en pie con lentitud. Apoyándose en su brazo-garra, que era mucho más fiable que su brazo bueno ahora mismo.

-¿Estáis todos bien?- Pregunto mientras las secuelas del impacto comenzaban a desaparecer.

-Yo si- Gruñó Pólux mientras se ponía trabajosamente en pie y recogía su escopeta que había caído cerca de él- Algunas magulladuras pero nada serio.

-Yo también- Aseguró Yaelha, que los observaba apoyada en una las ramas desnudas de un de árbol del pantano con gesto divertido- Salté antes de que nos estrelláramos. Es fácil cuando eres un eldar.

-Brindo por eso- Markus, ya de pie hizo inventario de su equipo para asurarse de no haber perdido nada en el accidente. Inmediatamente después de asegurarse de que todo seguía en su sitio se asomó a la cabina del piloto- Ankira ¿Estás bien, pequeña?

La niña estaba sentada en la silla del piloto con las correas de seguridad puestas. El brillo en sus ojos, que volvían a ser de un brillante azul hielo, se había apagado. El nanotraje y la cabina estaban igual. Le dirigió una mirada cansada.

-Estoy…bien, capitán. Solo…necesito…descansar un rato.

Markus sonrió y la sacó en volandas de la cabina. Se volvió hacia Yaelha, que acaba de bajar del árbol y avanzaba por el suelo cenagoso sin ensuciarse, como si caminara sobre el agua y el barro y estos se apartaran, indignos de acercarse a ella y le entrego a la niña.

-Encárgate de ella un momento ¿vale? Voy a ver qué tal esta nuestro grandullón.

La eldar asintió y comenzó a acunar a la niña mientras decía algo en su propio idioma. Sonaba a algo parecido a una nana.Aunque para él, la lengua de los eldar era una canción en si misma por lo que no podía estar seguro.

Finalmente llego hasta la gran figura de Kurght, que se encontraba a cuatro patas sobre el pantano.

-¿Esas bien, grandullón?

Como única respuesta, Kurght vomitó todo lo que había desayunado sobre las negras aguas.

Yo me tomaría eso como un sí.

El pirata no pudo evitar hacer un gesto de asco, al ver algunas formas familiares en el contenido estomacal de este. No quería ni imaginarse que era lo que habría comido el ogrete.

El gigantesco abhumano, se puso finalmente en pie, limpiándose con un brazo los restos de su desayuno que habían quedado en la boca al vomitar. Dirigió a Markus una mirada suplicante.

-No volar máz ¿Verdad, jefe?

El pirata dirigió una mirada a los restos destrozados de su transporte.

-No, colega. Me parece que no.

En ese instante, Yaelha dejo de cantar su canción. Markus no sabía que era lo que había estado diciendo, pero el rostro de Ankira parecía mucho menos tenso que antes y ya se mantenía en pie. La eldar salto hacia arriba como un resorte poniéndose en pie mientras desenvainaba con envidiable velocidad sus dos espadas gemelas.

-Alguien no ha seguido- Dijo en voz alta mientras activaba el dispositivo de sonido de la máscara y saltaba hacia las ramas de un sauce llorón hasta perderse en ellas. Su voz sonó distorsionada cuando añadió- ¡Preparaos para luchar!

Ankira corrió a colocarse sobre la espalda Kurght mientras que el ogrete recogía su poderoso martillo y lanzaba un amenazador gruñido desde el fondo de su garganta. Pólux, saco uno de sus largos cuchillos y, tras colocárselo en la boca, respiro hondo y se sumergió en las negras aguas del pantano.

Markus, por su parte, desenfundo sus dos pistolas Space Eagle y apuntó hacia el lugar que había mencionado la eldar.

La escena quedo perfectamente preparada. Una niña, un ogrete mareado y un pirata sin transporte rodeados de enemigos. Definitivamente si no picaban en el cebo estaban jodidos.

La máscara de uno de los guerreros del pacto surgió de entre los matorrales y fue seguida de otras más. Markus los contó con rapidez mientras acariciaba el gatillo de sus armas. Debía haber al menos doce guerreros. Todos tenían los cuchillos desenvainados y sus rifles láser recogidas en la espalda.

Seguramente esperaban encontrarlos ya muertos o demasiado malheridos como para defenderse, por lo que lanzaron una breve exclamación de sorpresa al verlos vivos, secundada inmediatamente por un grito cuando la primera bala de Markus le arrancó la cabeza al más adelantado, esparciendo sus sesos sobre los que venían detrás.

Aquello no pareció intimidar a los demás que, con una carcajada cruel, se lanzaron hacia adelante con sus cuchillos brillando al sol. Markus vació ambos cargadores de sus dos pistolas de caza sobre ellos sin moverse del sitio, acabando con tres más y amputándole el brazo a otro.

El guerrero herido cayó al agua cenagosa y la tiño de rojo con su sangre. Mientras este hacía desesperados esfuerzos por sobreponerse al dolor, la musculosa figura de Pólux salió del pantano correando y lo degolló con su afilado cuchillo. Inmediatamente después, apuñalo por la espalda a otro de los compañeros de su víctima, asomando la hoja ensangrentada del cuchillo por el pecho recubierto de antifrag de su enemigo.

Los seis últimos, parecieron darse cuenta de que habían sido engañados e intentaron escapar de aquella zona para poder utilizar mejor sus armas. Dos de ellos comenzaron a descolgar sus rifles.

Un agudo chillido que helaba la sangre en las venas resonó entonces por todo el pantano y los heréticos cayeron de rodillas, llevándose las manos a los oídos con evidente gesto de dolor.

Yaelha cayó sobre los dos que estaban preparando sus rifles, surgiendo de su escondite con el escalofriante grito que acababa de lanzar a través su máscara aun en los labios y moviéndose a una inigualable velocidad. Los soldados, un hombre y una mujer, dispararon sus armas pero el grito de muerte de la Espectro Aullante había logrado su objetivo y ambos fallaron los disparos que efectuaron contra ella.

Sin embargó uno de ellos, con mejor pulso o suerte, consiguió acertar a la eldar de refilón con su laser en la parte superior de la máscara. El laser no consiguió penetrar en el blindaje pero creó una gran quemadura alargada bajo uno de los ojos de vidrio de la máscara, estropeando su pulida superficie.

Yaelha emitió un gruñido semejante al de un felino, disgustada, pero no cambio la trayectoria de su salto y sus brillantes espadas decapitaron de una pasada a los humanos sin darles tiempo a soltar ningún sonido.

Los supervivientes del pacto sabían que no tenían escapatoria y que retirarse era inútil. No intentaron detenerse a disparar como sus compañeros, sino que enfilaron sus cuchillos hacia Markus, que recargaba sus pistolas y se lanzaron de cabeza hacia él. El pirata sabía que no tendría tiempo de desenvainar su espada. Estaban demasiado cerca.

-¡Capitán! ¡Cierra los ojos!- Resonó la voz de Ankira sus espaldas.

Un objeto redondo atravesó a toda velocidad su campo visual y Markus solo tuvo tiempo de cerrar los ojos antes de que la granada estallara en un haz de luz intensísimo. Los caóticos gritaron de dolor y comenzaron a dar tajos al aire mientras lanzaban sonoras maldiciones.

Markus parpadeó un par de veces dispersando los pequeños puntos de colores que habían aparecido en sus ojos, mientras enfundaba sus pistolas y desenvainaba la espada y su cuchillo serrado.

¡Dioses, si! ¡Por fin empieza lo bueno!

El entusiasmo de la Voz recorrió el cuerpo en forma de un escalofrió placentero y Markus no podo más que sonreír de forma siniestra mientras saltaba hacia adelante y empalaba al enemigo mas adelantado de una certera estocada en el pecho.

Se estremeció al sentir como el corazón de su enemigo se partía por la mitad y la furia de la batalla lo envolvía. Todo parecía moverse a cámara lenta a su alrededor y parecía que era el único que podía moverse con normalidad. Dejo el cadáver atrás, mientras este caía como un fardo hacia atrás.

Giró y le cortó la garganta al siguiente con la punta de su espada, al tiempo que le hundía la hoja dentada del cuchillo en las tripas y lo retorcía sacándole las entrañas hacia afuera.

Escucho un sonido atronador y un grito, seguidos del esponjoso sonido de la carne aplastada y se figuro que Kurght habría aplastado con su arma a un tercero.

El último superviviente la escuadra del Pacto Sangriento, una mujer de pelo negro en punta endurecido por puñados de sangre y dos marcas de cráneos en las mejillas, ya había recuperado parcialmente la vista y alertada por el sonido de sus compañeros al morir ya estaba preparada.

Aun así, parecía seguir cegada y Markus podía ver un hueco en su guardia que podía aprovechar para atravesarla de una estocada. La espada del pirata se lanzó hacia adelante buscando el corazón de la guerrera. Entonces la mujer apartó la hoja con la protección del antebrazo y abrió mucho los ojos ,que veían con claridad, mostrando una sonrisa llena de dientes afilados al tiempo que lanzaba una cuchillada hacia el cuello de Markus.

¡Cuidado! –Le advirtió la Voz justo a tiempo para esquivarlo.

El capitán corsario lanzó un gruñido por dejarse sorprender y acuchillo la muñeca de la herética haciéndola soltar su arma que cayó con un chapoteo y se hundió en las aguas del pantano. Markus soltó inmediatamente la empuñadura su propio cuchillo, dejándolo clavado en el brazo de la mujer y la alzó del suelo agarrándola por el cuello con el brazo-garra.

Las afiladas puntas de los dedos se hundieron ligeramente en su garganta, del que cayó sendos hilos de sangre. La guerrera manoteaba inútilmente, golpeando el brazo biónico del hombre para soltarse y conseguir algo de preciado aire. En unos segundos, pensó Markus dispuesto a romperle la tráquea, estaría muerta. 

-Me parece que no hermano mayor- Dijo de pronto la Voz con un deje juguetón y siniestro a través de la boca del corsario- Ahora me toca a mí divertirme.

Markus sintió un agudo dolor en la sien y lucho por mantener el control. Se había dejado llevar demasiado, perdiendo el precario equilibrio en el que estaba la lucha de voluntades contra aquella voz siniestra.

Aquello podía acabar muy mal si perdía.

-No hermano. Ya has perdido.

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Karsha notó como los dedos de hierro negro del hombre dejaban de apretar su garganta, sin llegar a soltarla, dándole la oportunidad de aspirar una larga bocanada de preciado oxigeno.

Respiró profundamente y tosió repetidas veces mientras la vista, borrosa por la bomba cegadora de aquella irritante mocosa y la falta de oxigeno, se le aclaraba. Sintió como el brazo del pirata bajaba y la acercaba hacia si mientras le dirigía una sonrisa lasciva.

Karsha sintió la ira de su dios patrón arder en su interior al ser observada de aquella manera, como si fuera un juguete de usar y tirar. Muchos hombres habían intentado propasarse con ella, antes y después de unirse al Pacto Sangriento, y lo habían pagado con sus vidas. Sus cráneos adornaban ahora el Trono de Khorne y el de este no sería diferente.

El hombre acercó su rostro hacia el suyo y la guerrera sonrió para sí al tiempo que aflojaba la presión que ejercían sus dedos sobre el brazo de metal. En cuanto lo tuviera más cerca estrangularía a aquel maldito hijo de…

Entonces lo miro a los ojos y los cimientos de su voluntad se estremecieron.

Había algo en aquellos ojos, especialmente en aquel que era dorado, un brillo cautivador y brillante, además el rostro del hombre de pronto le parecía terriblemente apuesto. Sintió un escalofrió en la cavidad que se habría entre las piernas y una extraña humedad.

Entonces entendió de pronto lo que ocurría y se sacudió con toda la fuerza de la que fue capaz, intentando desesperadamente huir de los ojos de aquel hombre. Sabía que un destino peor que la muerte la aguardaba si caía en los encantos que el más acérrimo y detestable enemigo de su dios había concedido a aquel guerrero.

Este sonrió ante su reacción, como si le divirtiera y, acercándo los labios pálidos a su oído, le susurró con voz aterciopelada y cruel:

-No temas, querida- Aquella Voz era tan sugerente y armoniosa que,si Karsha no hubiera cerrado los parpados con fuerza para dejar de mirar sus hipnóticos ojos, su voluntad habría sido pulverizada en aquel mismo instante- Todo esta resistencia es un esfuerzo inútil. Ya has perdido.

Un extraño calor empezó a emanar de la palma con la que el hombre la sostenía por la garganta. Karsha gritó de dolor y de pánico cuando el calor aumento hasta la temperatura del hierro al rojo, sintiendo como la abrasante temperatura quemaba su piel y le producía un agradable cosquilleo a partes iguales. Entonces la sensación de hormigueo comenzó a aumentar de intensidad, transformándose poco a poco en algo mil veces más intenso y extático.

Karsha lloró por primera vez en mucho tiempo y susurro una súplica imperceptible. En aquel mismo instante, lo que quedaba de su voluntad se hizo pedazos. Como un castillo de arena aplastado en la palma de un titán. Sus gritos fueron remitiendo y transformándose hasta convertirse en gemidos de absoluto placer y éxtasis.

La mano la soltó y la antes feroz guerrera khorniana se quedo allí estremeciéndose entre sacudidas del placer más exquisito, con el cuchillo serrado aún en la muñeca. Todas las sensaciones del mundo inundaron sus sentidos como un torrente, y con una intensidad que nunca antes había degustado arrancándole un estremecedor gemido.

Separo los labios llenos de saliva y con una sonrisa extática grito una alabanza a su nuevo señor, mientras una nueva oleada de placer la sacudía.

En su cuello, humeando y brillando de un característico color violeta chillón tras ser grabada a fuego, se encontraba Su marca.

La marca Slaanesh…

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Markus se alejo de la gimiente figura de la guerrera y se dirigió con paso tambaleante hasta el capo de la nave. Se tendió contra él y se dejo caer hacia abajo hasta hundir el rostro entre las manos. Había recuperado el control demasiado tarde. El mal ya estaba hecho.

Golpeó con fuerza en capo de la nave con el puño frustrado.

-Te odio…- Dijo rabioso para sí mismo.

Una estremecedora carcajada llegó desde lo más profundo de su mente. Cuando termino de reír la Voz añadió con cierta sorna.

¿Por qué, hermano mayor? ¿Por abrir la puerta de ti mismo que tu no fuiste capaz de abrir en su día? No. Yo solo te he enseñado a tu verdadero yo durante un instante. Resistiré a él solo servirá para causarte más dolor. Acepta el poder de nuestro glorioso Maestro y el universo será nuestro.

Markus se puso en pie furioso y gritó hacia el cielo su desafío.

-¡No! ¡Él es tu maestro, no el mío! Yo soy más fuerte que tú. Más fuerte porque me resistí, mientras que tú te rendiste como todos los demás. Mi alma es solo mía, hermana. ¡Me oyes! ¡¡Solo mía!!

Silencio. Nadie le contesto y su mente por fin quedo en calma.

No duraría siempre y lo sabía. La Voz podía ser su más valiosa aliada y su más terrible enemiga. A pesar de que en su día había sido una persona a la que quería ya no quedaba nada de la hermana que había conocido tiempo atrás.

Ahora solo era un demonio. Y los demonios siempre mienten.

Observó a su alrededor y vio a sus hombres que lo contemplaban con gesto serio. Escuchó la voz de Yaelha sobre él y no le sorprendió ver que sus espadas habían estado apuntando hacia su cuello hasta hacía unos instantes.

-Eres un humano muy resistente, Markus- Dijo la eldar en lo que el pirata pudo calificar como admiración- Muchos se habrían rendido hace tiempo ante este enemigo.

El hombre miro a la eldar a los ojos y sintió en ellos una extraña comprensión. Los miembros de su equipo se acercaron y Markus sintió miedo por un instante. Era solo un hombre y, a diferencia de los astartes, el temía a algunas cosas. Pero nada era comparable a perder el respeto y la confianza de sus hombres.

Los miró a los ojos y vio que su lealtad no había desaparecido, sino que se había reafirmado tras aquella demostración de voluntad.

-Vámonos de aquí- Dijo Ankira mientras en su rostro se trazaba una amplia sonrisa por haber recuperado a su jefe y protector. Inmediatamente volvió a ser tan fría como siempre y Markus sonrió. No podía ser de otra manera- Tendré que reajustar tus enlaces neuronales cuando lleguemos al Puño Estelar. Esto no volverá a pasar, jefe. Te lo prometo.

Markus rezó porque tuviera razón.

Pólux se acerco a él y le palmeo la espalda como único gesto de apoyo. El hombre de Catachán no era muy dado a muestras de afecto, pero sabía que lo seguiría hasta el mismo Ojo del Terror si se lo pedía.

Kurght los miraba a todos confundido.

Como de costumbre, no se enteraba de nada.

Se prepararon para ponerse en marcha de inmediato.

Ankira supervisaba a Kurght, mientras este buscaba entre los restos de la nave material y munición. Pólux montaba guardia sobre un árbol mientras tanto, para evitar más imprevistos y dar la voz de alarma su aparecían mas enemigos.

Markus agradeció al Emperador una vez más el estar al frente de personas tan excepcionales y echó a andar hacia Yaelha, que observaba con disgusto la marca hecha por el laser en la parte superior de su máscara de guerra. Por suerte no había dañado los sistemas vocales que seguía llevando puestos, pero la parte que cubría la cara estaba deformada por el lado derecho.

-¿Podrás arreglarla?- Pregunto el corsario situándose junto a ella.

La eldar lanzó un suspiro y negó con la cabeza.

'-Me temo que no. Tendré que esperar a que lleguemos a algún espacio-puerto cerca del Torbellino y allí buscar a alguien que tenga otra. Va a ser muy dificil. - Añadió tristemente- Es una lástima'…era un buen recuerdo.

Arrojo la máscara al aire y esta cayó rodando hasta la figura de Karsha que se contorsionaba y gemía . Se había llevadlo una mano al pecho y la otra desaparecía en el interior de sus pantalones de combate mientras gemía de placer.

-¿Seguirá así mucho rato?- Pregunto la eldar mirándola con fastidio- Tendremos a todos los miembros del Pacto Sangriento aquí en nada si no se calla.

Markus negó con la cabeza, y la eldar detecto la culpa y la rabia en el fondo del alma del pirata. Extrañamente, se sintió mal por ello.

Ambos se volvieron cuando Pólux les dijo que estaban listos para largarse. No habían caído muy lejos de la Mansión del Gobernador hacia la que se dirigían, pero tendrían que caminar un par de minutos más.

-Debemos darnos prisa- Les apremio el catachán- He visto a un grupo más reducido del pacto dirigiéndose hacia nosotros. Tardara un rato en llegar pero uno de ellos me vio.

-¿Cómo es posible?- Pregunto Yaelha, extrañada. La mayoría de los mon-keigh que conocía no veían tres en un burro si estaban a tanta distancia.

-Llevaba un rifle de francotirador- Respondió Pólux- Seguro que están aligerando la marcha. Tenemos que movernos.

Markus asintió, y Yaelha se alegró al reconocer de nuevo la actitud libre y segura de sí misma del humano.

-Entonces larguémonos. Hay oro esperando a que lo cojamos dentro de esa mansión.

En un instante notificaron su situación al resto de piratas, que recibieron la noticia con alegría por ver que no habían perdido a su capitán.

Cuando llevaban ya un rato de marcha, Markus se acercó a la eldar para preguntarle aquello que le inquietaba.

-Una cosa ¿En algún momento pensaste que no podría volver?

Yaelha lo miro con sus brillantes ojos azules y, tras un instante de silencio habló.

-No. Tú siempre vuelves- Respondió- Aunque no lo hagas tan rápido como deberías.

Markus soltó una carcajada.

-Entonces tendrás que enseñarme a hacerlo ¿No crees?

Yaelha rio imperceptiblemente y asintió.

En ese momento la Voz regreso para incordiar de nuevo. Y añadió en la cabeza de Markus con tono divertido mientras se centraba en otra parte de su mente. Como si mirara a través de una ventana algo ya lejano.

¡Por el Príncipe Oscuro, el cuchillo! ¡Está usando el cuchillo! ¡Esta chica promete! - Se carcajeo al tiempo que Markus fruncía el ceño. No necesitaba preguntar para saber a qué se refería. 

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Vitulv marchaba con el resto. Hacia rato que se acercaban a la zona de impacto de aquella nave, solo acompañados por el sonido del agua del pantano tratando de succionar sus botas hacia el lodo cenagoso que habia en el fondo.

Entonces lo escuchó.

Algo hermoso, algo puro.

Un gemido de mujer.

Aquello era como musica para sus oidos. Con los ojos cerrados, se guió por aquel sonido maravilloso..

-Sargento, si no le importa, voy a adelantarme un poco, creo que hay algo realmente interesante por alli delante.

Sargento no dijo nada, simplemente asintio y le indicó con un gesto de la cabeza que fuera. Vitulv salió corriendo, dedicandole un beso volado a Yesika que lo miro asqueada.

Cuando se habia alejado del resto, siguiendo los gemidos que escuchaba, vió algo. Una silueta negra se movio entre las ramas de un árbol a lo lejos. Aunque estaba camuflado, sus sentidos no lo engañaban. Debia de haber más de un superviviente, y alguna se lo estaba pasando en grande.

El soldado bajó de un salto y Vitulv lo perdio de vista, supuso que lo habían visto, asi que avanzó rapidamente para que no pudiesen detectarlo. Pasados unos minutos, se colocó en posición, su fiel rifle estaba cargado y listo para matar, y abrió la tapa de su visor barriendo la zona.

Entonces la vio, una chica, que llevaba el uniforme del Pacto Sangriento sentada en el suelo, con una mano masajeaba un precioso pecho mientras la otra, ensangrentada, se perdía en sus pantalones abiertos. Vitulv se relamio con aquella visión hasta que se fijo en la marca que tenía en el cuello, despidiendo un leve brillo violaceo.

Era la marca de Slaanesh. Aunque Vitulv no solía desperdiciar una ocasión asi, la simple visión de la marca le corto el rollo. No se doblegaria ante ningun dios, y los que lo hacian le daban asco. Un leve brillo llamó su atención y miro haci a la direccion de la que provenia.

Cerca de aquella guarra Slaaneshi, habia algo, algún tipo de máscara. Recordó haberla visto de su tiempo de entrenamiento, cuando el oficial del peloton saco una parecida para enseñar su trofeo. Espectros Aullantes, guerreras de la senda Eldar. Unas preciosidades que se habian dedicado en cuerpo y alma a la lucha cuerpo a cuerpo.

El francotirador penso que le gustaria hacer algo más que luchar con ella, si llegaba a atraparla. Sería un gran trofeo para su ego.

Abrio un canal con el comunicador de Sargento y le informó:

-Sargento, estoy en la zona de impacto... deberíais daros prisa. Creo que tenemos compañia... y no solo imperial


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Sargento apretó ambos puños con fuerza tras ver la escena, hirviendo de ira.

Lo que lo cabreaba no era el simple hecho de que los dos únicos supervivientes de la escuadra que habia llegado antes que ellos al lugar eran una guarra de Slaanesh y una llorona mutilada, si no el de haber perdido su objetivo. ¿Y si realmente habia un reto? pensaba Sargento mientras caminaba hacia la esclava de Slaanesh que gemía de placer ignorando lo que ocurría. 

De forma brusca le pegó una patada en el lado derecho de la cara a su camarada entregada a Slaanesh. Está lanzó un breve grito aunque no de dolor precisamente, cosa que enfadó aún mas a Sargento. Se inclinó para agarrar del pelo a Karsha levantándola un poco. Ambas miradas se cruzaron entre ellos, la mirada de Karsha era lasciva y entregada de mientras que la de Sargento era vacía y acompañada de ojeras. 

Karsha se intentó acercar a Sargento para besar su máscara de gas haciendo que este respondiese tirándola hacia atrás de una patada en el pecho, incluso hay quien diría que casi partió el peto que le protegía.  Nuevamente Sargento agarró del pelo a Karsha arrastrándola hasta su equipo, ella por su parte se llevaba las manos hacia la del hombre para intentar que este le dejase de agarrar. 

Los pantalones de Karsha que antes estaban al nivel de las caderas ahora se encontraban por las rodillas pues el cinturón se lo había quitado momentos antes ella misma para mayor comodidad, cosa que hizo que Arkios se relamiese y Mikerl se destornillase por los actos de Sargento. 

Una vez estaba en frente de su unidad  todos respondieron de formas distintas. Angla dedicó una mirada al horizonte pues seguramente su arma le estaba hablando, Yesika miró asqueada como esa mujer se había vendido al Dios del Exceso y Arkios por su parte dedicó toda su atención a la cintura para abajo de la chica. 

-Vitulv. Cuando mencionaste que viste algo...¿A que te referías exactamente?- Dijo Sargento, haciendo notar en el tono en que lo dijo su cabreo y falta de paciencia. 

-Se trataban de un grupo no muy superior al nuestro. No iban equipados con armamento de la "Gloriosa", entre ellos había alguien muy pesado, quizás tanto como un Orko- Dijo Vitulv seguro de sus afirmaciones. 

-Y ese aparato....- Dijo Sargento refiriéndose al artefacto al que Mikerl y Sargento reconocieron de forma instantánea.

-Si, eldar- Dijo verificado Vitulv- Seguramente sean los mercenarios que contrataron los Imperiales cuando nos aproximabamos a su sistema...

Sargento apretó con fuerza los dedos de la mano que sujetaba a Karsha haciendo que esta gritase, ahora de dolor.

-Mikerl, ata a esta. Pero no la mates- Tras decir esto la tiró con fuerza al suelo, seguidamente Mikerl se la puso el hombro de mientras reía y la prisionera intentaba de forma desesperada llevar sus manos hasta su ingle. 

-Sargento....Llevan una entidad....Demoníaca....- Dijo Angla sin apartar la vista de la lejanía y con un tono de voz extrañamente serio.

-¿Que quieres decir?- Dijo Sargento casi al momento.

Angla clavó su mirada muerta en Sargento, aunque la mayor parte de su rostro estaba oculto en vendas llenas de sangre aún se le podía ver ambos ojos.

- Uno de ellos lleva un demonio...Me lo dice Él....-Respondió Angla ofreciendoles la información que le había brindado "la voz" que le perturbaba. 

Sargento se acercó mas a Angla estando casi uno enfrente del otro.

-Donde.

Angla señaló a una ruta no muy lejana.

-En la mansión del gobernador...Señor....- Respondió este.

Sargento pensó durante unos segundos, girandose y dando unos pasos en dirección contraria.

-Muy bien. Arkios, Vitulv encargaos de esa quejica mutilada- Ordenó señalando a la segunda superviviente de la escuadra enterior- Angla, busca si hay algo que rapiñar y Yesika...-Se giró para verla- Interroga a nuestra prisionera.

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Mikerl se dispuso a atar a la prisionera entre risas dementes mientras sus compañeros se apresuraban a seguir las ordenes de Sargento. La mujer se retorcia, entorpreciendo sus intentos de atarle las muñecas y buscando llevarselas a la ingle de donde sobresalia un mango negro. 

Los ojos del khorniano se iluminaron, y se dio cuenta de donde tenía aquella mujer el cuchillo. Mientras ella intentaba dirigir sus manos de manera lasciva a su entrepierna descubierta este le propinó una patada en el pecho que la hizo estrellarse contra el tronco en el que la habia apoyado. Se dispuso a atarla mientras estaba aturdida y le dio un par de puñetazos para evitar posibles interrupciones después de haberlo logrado.

-Muy bien, me han dicho que no te mate, pero voy a hacer algo mejor- Rio con una sonrisa demente iluminando su rostro- Veo que te gusta ese cuchillo- Una larga carcajada enloquecida surgio de sus labios haciendo que el cuerpo le temblara por las violentas sacudidasde su diafragma- ¿Te gusta mucho verdad? ¡Sí! ¡Te gusta! ¡Te gusta demasiado! Pero sabes... a mi rifle le falta una bayoneta y tu estás atada e indefensa ¡El Cuchillo ahora es mío! 

Mikerl le propino otro puñetazo para evitar que ella le respondiera y aprovechando la empuñadura que sobresalia sacó el cuchillo. La hoja estaba totalmente empapada de todo tipo de fluidos pero eso daba igual. Miker sacó de su petate el brazo de un oficial con un traje bastante elegante y usó la tela, o lo que quedaba de ella, para limpiar lo. Tras esto lo pusó en su rifle mientras otra carcajada volvia a sacudirle.

-Ya tengo lo que quiero, ¡Sí! ¡Lo Tengo! Ahora veré si queda algún pobre incauto al que desollar- Se volvio hacia Yesika que loobservaba a una prodente distancia con los ojos entornados, cruzada de brazos- ¡Yesika, ahora es tuya! ¡Si la vas a desangrar avísame que quiero verlo!

Ella no contesto y paso de largo hasta colocarse frente a la slaaneshi que musitaba algo por lo bajo. Mikerl se alejo de alli y se reunio con Sargento.

-Sargento nuestra invitada está lista. ¿Si le es de poca utilidad me permite desollarla? ¡Sí! ¡Si no es útil me lo permitirá! ¿Verdad Sargento?

Sargento no le contesto. Seguía mirando el lugar por el que se suponia que habian huido los mercenarios con gesto serio.

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Entre Arkios y Vitulv levantaron a aquella pobre desgraciada de suelo. Había perdido un brazo y estaba muy malherida. Arrastraba la pierna mientras intentaba andar y debia haber perdido mucha sangre.

Tenia unos ojos verdes preciosos y Viturlv la recorrio con la mirada  y se fijo en aquel precioso par de pechos. Tan firmes y voluptuosos que daban ganas de comerselos. Su melena color azabache le llegaba hasta el centro de las espalda, pero en lo que mas fue en sus hermosas posaderas. Definitivamente era un culo como pocos habia visto.

Miró a Arkios y se fijo en que este tambien se habia fijado en el trasero de aquella chica. Ambos sonrieron de manera complice. Ya se habian alejado suficiente como para que nadie los molestara. La dejaron apoyarse en un arbol y entonces fue Vitulv quien habló.

-¿Como te llamas, wapa?- Preguntó.

-Me... me llamo Drirga...- La voz de la mujer sonaba temblorosa y quebrada pero aun podia hablar- ¿Y a ti que... coño te importa?... Maldito mercenario de mierda no creyente.

El francotirador se agachó y le dio una bofetada. No demasiado fuerte, lo justo para llamarle la atención. Miró al sugerente escote, agradeciendo a la fuerza cosmica que lo habia organizado, el hecho de que el peto de antifrag estuviera roto, dejando que aquellos pechos como misiles lo estuvieran apuntando.

-Nena, no sabes la suerte que tienes... Arkios, vigila un momento ¿Quieres? Despues te dejo que hagas con ella lo que quieras.

Drirga habrio mucho los ojos y lo miro.

-No pensaras... si te acercas... te corto ese... colgajo que tienes ahi y... te lo hago tragar.

Vitulv se rio ante el comentario mientras se hacercaba un poco mas a ella.

-Me da que no sere yo quien se lo trague precisamente... por si no te has dado cuenta... tu culito me pertenece ahora.

Ella intento defenderse con su mano buena tratando de sugetar a aquel cabrón, pero estaba débil y dolorida, asi que no pudo hacer mucho. Vitulv rasgó la camisa de combate y aquellos maravillosos senos se descolgaron. Le recordo a las representaciones de esas antiguas diosas que recordaba de su planeta, aquellas que aseguraban las buenas cosechas.

Que maravilloso ser... lastima que se consagrara a Khorne.

-Vaya, menudo arsenal tienes preciosa. No son como las de Yesika pero no soy exigente. Al fin y al cabo, un polvo es un polvo.

-¡Dejame!- Grito ella- No... me toques...

-Grita pequeña zorra, grita. Eso solo hara que sea más doloroso- Se rio el francotirador.

Sacó su cuchillo y lo deslizo por la tripa de su victima. Al llegar al cinturon lo cortó con un solo movimiento, y con cuidado quito los botones que cerraban la prisión que pensaba asaltar al tiempo que se desabrochaba el cinturon. El dia estaba mereciendo la pena...

Arkios estaba algo alejado, llevaba un buen rato esperando su momento, cuando se oyo un grito de dolor. Sonrio, ese cabrón por fin lo habia hecho, pero cuando le tocara a él, la haria chillar también.

Entonces lo notó, un escalofrío en su espalda y toda la sangre que se había estado desviando hacia abajo durante todo el día volvió a su caudal habitual. O al que era habitual cuando la parte de él consagrada a Khorne tomaba las riendas.

Sus músculos se tensaron con tanta fuerza que dio un respingo, y sin darse cuenta, comenzó a apretar sus dientes de pura ira, con tal intensidad que la mandíbula comenzó a dolerle. Pero en esos momentos, el único dolor que le importaba era el que podía causar, y la única sangre que le interesaba era la que podía derramar.

Su respiración se tornó fuerte e iracunda, rápida y sonora. Una inabarcable furia tomó el control de su mente, y su mano derecha fue hacia la izquierda para asiar con fuerza uno de los ganchos de acero que colgaban de ella y toquitearlo con nerviosismo, esperando aque Vitulv acabase.

Cuando esto ocurrió, segundos después de que los gritos de la chica acabasen, se dio la vuelta con rapidez y brusquedad, caminando rápida y furiosamente con un gancho en cada mano. El francotirador pasó a su lado, aliviado, pero no le presto atención.

Su equipo hacia ruido con cada paso, un ruido ansioso, sabedor de que no iba a entrar en acción en ese momento. Y los ganchos que colgaban de su muñeca izquierda, así como los que agarraba con sus manos. Sus botas hacian crujir el suelo bajo sí, y su moreno rostro refleja tal estado de ira que el mismísimo Khorne podría haber vivido en él.

Cuando vio a la chica, jadeante, tiritando y maldiciendo en el suelo deja escapar un breve sonido de pura cólera a punto de ser satisfecha...en parte. El rasposo sonido de la sed de sangre y de la infinita violencia de Khorne. 

Ella lo miró y se arrastró hacia atrás, pensando que otro hombre viene a por su cuerpo. No se equivocaba...del todo.

Arkios la agarró del cuello y la levantó sin apenas esfuerzo con la mano izquierda. El manojo de garfios que colgaba de ella tintineó contra su pecho con el tacto frío y aterrador del acero asesino. Elevó la cara de la joven hasta la suya.

Ella lo mira sin miedo, ya ha pasado suficiente, pero en cuanto Arkios se quita la máscara y la deja caer al suelo, ella grita, pidiendo auxilio. 

Los dientes apretados hasta el límite, el ceño fruncido con fuerza, los ojos hirviendo en cólera. Un sonido frío y pausado sale de su boca. Es su voz.

- Tú...eres una ofrenda.

Ella grita a pleno pulmón, se intenta escabullir, pero al instante sus dos manos están clavadas contra el tronco del árbol que tiene detrás. Su corteza, rugosa, araña su piel, aumentando su martirio. Arkios gruñe, insatisfecho aún y dos garfios más van a parar a los hombros de su presa, elevando su postura contra el árbol y aumentando el reguero de sangre que cae desde su cuerpo hasta el suelo. 

Sus cuerdas vocales siguen vibrando frenéticamente, pero con celeridad son cercenadas limpiamente por el cuchillo de Arkios. Ahora solo puede gritar en silencio, alimentado así la ira de Arkios. 

Su creatividad se enciende, y se le ocurre una ofrenda aún mejor a la deidad que ahora lo controla. Con dos tajos, secciona los dos brazos de al chica por la mitad, separándolos de manera que parece tener cuatro ahora. Arkios levanta las dos partes de arriba sobre la cabeza de la muchacha y coloca sus manos en horizontal, y asegura las extremidades al tronco con otros dos ganchos. 

Ella no se ha desmayado todavía, lo que, en parte, satisface al guerrero. 

Con las mitades inferiores forma una línea horizontal, recta, y repite el proceso para pegarlas al tronco. 

La sangre lo cubre, lo moja, alimenta su frenesí.

Luego se fija en las piernas de la chica, largas y delgadas. Sonríe, le servirán mejor de lo que lo hicieron a Vitulv. Las pone en digonal con las mitades superiores de sus brazos y las dobla horizontalmente a la altura de al rodilla para juntarlas por los pies.

Retrocede unos pasos y mira su obra. Piensa durante unos segundos y se da cuenta de que sobra algo: Su cabeza deforma la figura que intenta crear. 

Expulsando un último gruñido, levanta su cabeza y la presiona contra el tronco. Ella ya se ha desmayado, una lástima. Eso le hace enfurecer. Clava su cuchillo con saña en un costado y cercena con rapidez la testa del cuello, que sangra como una fuente, empapando sus cuerpos. 

Las manos le tiemblan, su ofrenda está casi lista. 

Valiéndose del cuchillo de su víctima, clava la cabeza, decapitada y chorreante de sangre en su vientre. 

Se aleja de nuevo y deja que el júbilo lo invada.

Khorne está contento.

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Angla se acercó a los restos de la nave, mientras el demonio en su interior premanecia en silencio, algo extraño en él la verdad. Se agachó hacia uno de los paneles de mando del deslizador, completamente destrozado mientras notaba como su visión se oscurecía y perdía nitidez.

Perdió el conocimiento encima de los restos de la nave.

Se encontró en una area oscura. Delante suyo, una enormidad emanaba un halo de pestilencia y morbosidad oscura.

-¿Que quieres?-Dijo Angla al demonio, señalandole con la mano derecha.

-Observa...-Dijo la voz de este, profunda y flemosa.

Un enorme orbe apareció en la mano libre del Demonio. En el orbe se podría ver como un seguido grupo de destellos se movían por el bosque. Uno de los destellos brillaba con una intensidad mayor, e incluso emitía un extraño brillo lilaceo, contrastando con el blanco de los otros. Otra luz menor destacaba, cuasi tan intensamente como la primera pero sin un brillo colorido.

-¿Que significa eso?

Otro demonio...Está con ellos...

-Eso ya lo sé.

Slaanesh. Y un ser no es humano...Hmm...Eldar...

-¿Y ya está, nada mas? Gracias mister obvio- Bufó Angla aun molesto. ¿Charla inutil? Eso era nuevo.

-Por cierto, a partir de ahora yo sere uno de tus ojos y te guiare hasta el demonio- Angla abrió los ojos ante aquellas palabras, cuando de repente notó un terrible dolor en el ojo izquierdo.

Una gota de sangre se dejó caer por lsu mejilla y el ojo empezó a enverdecer, junto con su superficie blanca. El iris se volvió de un tono verde lechoso, mientras el resto del ojo se volvía de un tono mas oscuro. Los vasos sanguineos del ojo se volvieron de un color negruzco y la carne de alrededor se incho y abotargo tomando un color enfermizo.

Mientras Angla gritaba de dolor en medio de las ruinas de aquel artefacto, mientras se retorcia en el suelo, el dolor terminó con una gran punzada en el ojo enfermo y luego en el derecho. Abrió los parpados, y observó una serie de espectros que antes no veía. Se giró hacia donde estaban sus compañeros, y observo como todos ellos estaban rodeados por una pequeña aureola de disformidad. Incluso las moscas que revoloteaban sobre los cadaveres emitían un destello leve, pero molesto.

Salió de las ruinas, lentamente, y se acercó al grupo. ninguno parecia haber reparado en su escenita. Mucho mejor, no estaba para explicar nada.

-Nada interesante...- Jadeó, respirando profundamente, recuperandose del shock- No he encontrado...Nada...Marchemos...cuando sea...el momento.... 

Menuda mierda de regalo- Pensó para sus adentros.

¡Hah!¡Pronto me lo agradecerás!

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Yesika contempló la nave derribada; el humo se elevaba de ella, cubriendo parcialmente los hierros retorcidos y cadáveres ensangrentados que plagaban el claro. Tanta sangre, tanta destrucción, tanta violencia…

-Vaya desperdicio –Pensó. Tanto esfuerzo invertido en la destrucción del otro, en la aniquilación…

Si tan sólo se dedicara la décima parte de tiempo que se invertía en la guerra al estudio, la galaxia se habría quedado sin secretos hace mucho. Aunque, mirando a sus compañeros, casi le parecía mejor que se entretuvieran con la violencia; no veía qué podrían aportar en otros campos.

Yesika se sentó en una roca y abrió un libro mientras el resto se dedicaba a saquear los cadáveres y buscar supervivientes. La variedad de lectura de la joven era muy grande: desde libros científicos a novelas, pasando por cuentos o ensayos. Aquél era en concreto un pequeño tratado de anatomía. Podía dar la sensación de que intentar abarcar todo era un esfuerzo contraproducente, pero, como se solía decir, el saber no ocupa lugar.

En esto estaba cuando Sargento se le acercó. Yesika dejó de leer y miró a su jefe con sus ojos color miel; se fijó también en la prisionera que traía, una mujer que no paraba de gemir de placer. La observó con despreció, no hacía falta explicar lo que le parecía ese tipo de comportamiento.

-Yesika, interroga a nuestra prisionera –Dijo con su habitual tono seco.

La chica suspiró y, cerrando el libro, asintió. Tras guardarlo en la mochila, siguió a Mikerl, que arrastraba entre risas a la seguidora de Slaanesh. Una vez se la dejó preparada, miró a la prisionera. Farfullaba incoherencias. Yesika se acercó y se sentó delante de ella, con las piernas cruzadas. Pudo escuchar entonces que la mujer rumiaba sobre algo de un cuchillo.

-El cuchillo no… Era un regalo…- Lloriqueaba.

-¿Un regalo? ¿De quién? –Preguntó torciendo la cabeza con curiosidad.

La slaaneshi le devolvió la mirada con una sonrisa extasiada.

-Él.

-¿Él? Eso puede ser muchas cosas –Comentó riendo. Podía despreciarla, pero los traumas y locuras le parecían muy curiosos.

-Él… el que me abrió los ojos. ¡Él me enseñó! ¡Me enseñó a mi Señor, sí! ¡Mi Señor! ¡Él! ¡Mi Señor es bueno, y Él me lo enseñó!

-Tu señor… Slaanesh, ¿no?

La sonrisa de Karsha se amplió.

-¡Sí! ¡Es el maestro del placer! ¡Ahora estoy verdaderamente viva! ¡Y gracias a Él, Él me lo enseñó!

-Él… -Yesika se fijó en que la ropa de la prisionera tenía marcas de Khôrne; había sido convertida hace poco. Y Angla había mencionado que un demonio acompañaba a los supervivientes del accidente… Blanco y en botella, leche.

La seguidora de Tzeentch sonrió y preguntó con interés:

- ¿Dónde está él?

Karsha no contestó. Frunció el ceño y los miró; primero a ella y luego a Sargento y Mikerl, que se encontraban algo más alejados hablando. Bueno, hablaba solamente Mikerl, como de costumbre, mientras Sargento miraba al horizonte con gesto hosco.

-Queréis matarlo. No. No os ayudaré. ¡Él no puede morir! ¡Él me mostró a mi Señor! ¡Mi Señor es bueno, y Él es mi profeta! ¡No lo mataréis! ¡No!

Yesika se llevó una mano a la cara mientras con la otra toqueteaba la hierba. No iba a ponérselo fácil, tenía que probar otro método. Tal vez tocase repasar el castigo.

-Escúchame– La joven se inclinó sobre la otra chica- No tienes elección. Es eso o la muerte.

-¿Muerte? ¡Ja, eso no me da miedo! ¡Me reuniré con Slaanesh! ¡El que Él me mostró!

-Una muerte dolorosa.

-¿Dolor? ¡Eso es pasajero! Al final es placer llevado al extremo, ¡y mi Señor lo es del placer! ¡Igual que Él! ¡Él es el profeta del exceso, me mostró al Señor! Hagamos un trato… -Karsha se inclinó también- Yo te digo a dónde ha ido Él, y tú me dejas probarte. –La slaaneshi sonrió con lascivia e intentó lamerle la cara sin éxito.

Yesika volvió a erguir la espalda con un suspiro. Tal vez… tal vez pudiera usar lo aprendido en sus libros. La joven sonrió, se llevó el lacio pelo hacia atrás con un gesto elegante y sonrió con frialdad.

-Hay cosas peores incluso que eso. Como eres una chica valiente, tal vez podría aplicártelas. Verás, la anatomía humana tiene ciertas partes erógenas, encargadas del placer. Creo que no hará falta que te diga cuáles son… aunque pueden variar de una persona a otra.  Bien, lo que nos interesa de esto es lo que conlleva con la cirugía –Los ojos de la joven brillaban con entusiasmo-  Con el material adecuado, el cual se puede improvisar aquí mismo, y unas cuantas hormonas que tengo aquí, se pueden anular estas zonas. En la práctica, se puede eliminar el placer que puede sentir una persona. Del todo, sin fisuras. Convertirlo en nada más que un recuerdo en la mente del paciente; aunque la necesidad por éste no desaparezca, a tanto no llega la cirugía. No obstante, si quieres, podríamos probarlo también.

Todo esto último era un farol, pero la slaaneshi no lo podía saber. Una vez más, la información era clave para la victoria, tanto en batalla como en relaciones personales. Y lo que tenía delante era una victoria: la cara de Karsha se había contraído en una mueca de horror, mientras su cuerpo se retorcía hacia atrás sobre el árbol y sus piernas temblaban por la fuerza con la que se cerraban una sobre otra.

-¿Y bien? –Preguntó Yesika- ¿Colaborarás, o satisfarás mi curiosidad? Si te soy sincera, prefiero que hagas lo último.

-¡Mansión! ¡Dijeron algo de una mansión! ¡Él lo dijo! Sólo sé eso, por favor… No… no me toques.

-Mansión… La casa del gobernador. ¿Cuántos eran?

-¡Cinco! Una eldar, un ogrete, una niña y dos hombres! Uno de ellos era Él. Él era el jefe, como le corresponde a un profeta.

-Perfecto– Sonrió y, palmeando en el hombro a Karsha, se levantó- Te librarás de la mesa de operaciones… hoy, al menos– Yesika no pudo evitar esa última pulla. Gente tan degradada por los impulsos básicos no se merecían ser tratados mejor que los animales, en su opinión.

La joven se acercó hacia donde se encontraba el Sargento, que la miró con ojos inescrutables.

-Son cinco, Sargento, se dirigen al palacete del gobernador.

-Bien- Contesto el sin mirarla.

Tan y seco y poco hablador como siempre… El Sargento era como un árbol hueco; algo básico y con una corteza fácilmente encasillable, pero en su interior podía haber cualquier cosa. Y a ella le encantaban los secretos.

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3. Perseguido, encontrado y vuelto a perderEditar

Hasta hace poco, Angla no había valorado de verdad el regalo que el Padre Nurgle le había hecho. Solo ahora se daba cuenta de que, el poder que le había concedido el demonio de su arma poseída, iba mucho más allá de la simple capacidad de percibir la Disformidad.

Cuando el regalo que recibió termino de asentarse en su visión lo comprendió. Observaba el aliento de los dioses descender sobre el mundo y sentía el gozo de aquel que sabe que sus creencias son algo más que simples palabras.

No solo podía descubrir quiénes estaban tocados por la Gloria de los Dioses, incluso aunque ellos mismos no los supieran, sino también a que entidad pertenecía ese toque. Ahora mismo, mientras seguían el rastro del grupo de mercenarios en el que se ocultaba el demonio, podía ver con ojos claros, la marca del Dios patrón de sus compañeros.

Así pues, Mikerl y Arkios se encontraban en ese instante envueltos en zarcillos de una niebla roja de furia y violencia, aunque en el caso del segundo sabía que eso no duraría, pues el aura del ex guardia nametheriano se sacudía y deformaba como la llama de una vela al viento.

Viturlv, en cambio, tenía el aura blanqueada y translucida de los hombres ajenos al poder de los Dioses, aunque tiznada por algunos intensos violetas y púrpuras lascivos.

La de Yesika había sido todo un hallazgo. Los cambiantes tonos de El Que Transforma las Cosas envolvían a la joven como una vidriera de brillantes colores. Aun así estos eran muy leves, pero Angla podía percibir que el poder latente en el alma de la mujer no era para nada una nimiedad.

Pero lo fascinante en verdad provenía del hombre al que todos conocían únicamente por su rango. El aura de Sargento resultaba algo insólito. No solo no podía identificar qué clase de poder le insuflaba fuerza, sino que tampoco distinguía ninguno de los colores de su carácter. Para él, el aura de Sargento era como un páramo gris, desolado y cubierto de niebla a través de la cual no se podía ver lo que había más allá.

Sargento volvió la cabeza mientras corría y lo miro con su frialdad habitual. Angla se dio cuenta entonces de que sus botas ya no hacían el succionador chapoteo que resonaba mientras avanzaban sobre el suelo pantanoso y que había sido sustituido por el tableteo del suelo sólido, los arboles parecían mucho menos juntos y desnudos, vistiendo unas verdes matas de hojas en sus copas llenas de frutos maduros.

-¿Falta mucho?- Preguntó Sargento con un tono que Angla logró identificar como impaciente. Tras él, atada de manos y tropezando por la intensidad de la carrera, se encontraba la mujer slaaneshi, Karsha.

Mikerl y Arkios habían propuesto degollarla por abandonar la senda sanguinaria de Khorne y nadie se había opuesto. Sin embargo el propio Sargento había hecho hincapié en que debían llevarla con ellos y por eso cargaba él mismo con la molesta mujer, que no paraba de tropezar al no poder llevarse las manos al lugar cubierto por la ropa interior militar que se habían visto obligados a ponerle.

-No demasiado- Aún estaba lejos, pero Angla podía sentir la embriagadora presencia del demonio del Príncipe del Exceso aún a esa distancia. Debía ser muy poderoso, porque dejaba un rastro claro de decadentes llamas purpureas en aquel nuevo plano, visible solo para él- Ya estamos muy cerca…

Salieron de la arboleda y la puerta principal del Palacio de Gobierno y residencia del Gobernador apareció ante ellos. Unos muros de mármol pulido, recubiertos de cámaras y avanzados sistemas de seguridad, flanqueaban una gran puerta de rejas doradas que se habían visto dobladas hacia dentro por la fuerza de unas manos enormes, seguramente del ogrete que había mencionado la slaaneshi.

Tras las puertas se extendía un verde y vistoso jardín, tan sano y lleno de vida que casi le hizo vomitar. Matorrales, rosales de vivos colores  y árboles cuidadosamente recortados formaban una elegante avenida, con el suelo pavimentado de baldosas negras. Flanqueando el elegante camino había hileras de estatuas de mármol, cuyo valor ascendía fácilmente al rescate de un rey.

A pesar de ello todos podían ver claramente que el lugar había sido objeto de una batalla. Sobre  el verde del jugoso césped podían verse cadáveres de guardias llenos de quemaduras de láser y demás proyectiles, además de algunos drones de seguridad derribados que chisporroteaban en el suelo hechos pedazos. También había, aunque en mucha menor medida cuerpos de hombres y mujeres vestidos con las más variopintas prendas y blindajes y empuñando armas de buena manufactura. Claramente pertenecían a la banda de piratas que habían venido de refuerzo para los Imperiales.

El jardín se extendía hacia adelante, formando un largo y ancho pasillo hasta llegar a los muros de la mansión. Allí, en la entrada, subiendo las planteadas escalinatas que llevaban a las  puertas principales sostenidas por altas columnas de piedra y un arco dorado con el emblema del Águila Bicéfala sobre él, se encontraba su objetivo.

-Allí están- Dijo señalando al grupo de figuras que se disponían a entrar en el edificio gigantesco edificio como si fueran los amos de ese lugar.

Viturlv, hecho mano de la mira de su rifle y Sargento extendió la mano hacia Yesika, la cual le tendió unos prismáticos. Pero Angla no necesitaba nada de eso. Él podía ver la verdadera esencia de cada uno de ellos tan claramente y cerca como estuvieran a un centímetro de distancia.

En un lateral y rezumando una salvaje aura de fuerza primitiva, se alzaba la gigantesca mole del ogrete. Parecía que los había visto porque incluso desde esa distancia todos pudieron escuchar el rugido que aquella montaña de músculos profirió al descubrirlos. Aunque seguramente no los hubiera detectado él.

Angla miró con el ceño fruncido a una de las cámaras de seguridad que los observaba con su lente óptica.

Sobre la espalda del ogrete se encontraba una pequeña figura envuelta en brillantes luces de tonos fríos. Era un aura joven, pero a la vez extremadamente poderosa y cuya voluntad se extendía por todo el perímetro tecnológico del jardín y hacia el interior de las puertas.

En el otro extremo de la escalinata, se encontraba la exótica figura de la mujer eldar, despidiendo una brillante y pura aura de poder, tan natural en ella como la mirada que les estaba dirigiendo en aquellos momentos a su grupo. Escuchó un estremecido jadeo y no necesito mirar para saber que Viturlv repasaba a la eldar de arriba abajo.

Junto a la xeno había otra figura, más grande y musculosa, pero cuya aura resultaba insulsa en comparación con la del resto de sus camaradas, aunque podía percibir fácilmente por los intensos rojos y naranjas que tiznaban su esencia, que aquel era un gran guerrero.

Pero lo que en verdad atraía la mirada del seguidor de Nurgle era la figura que se había detenido en lo alto de la escalinata y los observaba con curiosidad.

El líder de aquella banda de maleantes fijo ellos su mirada bicolor y Angla se estremeció.

Allí estaba. ¡Sí! ¡Podía verla! Allí de pie junto a él. Una brillante figura de etérea piel marmolea e inconfundibles y marcados rasgos femeninos que parecía disolverse en el mismo aire. Unas suaves nieblas de deseo y exceso acariciaban su cuerpo inexistente y unos largos y estilizados cuernos negros nacían de su cabeza, al igual que una vaporosa melena negra.

Sus brillantes y esmaltadas garras doradas eran la prolongación de unas manos blancas y suaves, que ascendían a unos brazos delgados que al moverse marcaban las grandes dimensiones de sus decadentes pechos y sus anchas caderas.

El rostro de la mujer-demonio era extremadamente pálido y sus angulosos rasgos eran hermosos hasta la indecencia. Unos ojos como gemas de oro líquido los observaban, brillando cautivadores y hermosos a la vez que despedían una crueldad y una depravación sin límites.

Toda ella despedía un poder terrible y aun así extremadamente reprimido. Sus chillones tonos áureos se fundían y acariciaban con unos blancos y dorados intensos en torno al cuerpo del señor pirata. Resultaba imposible saber dónde comenzaba la esencia del demonio y cuando terminaba la del hombre.

Nadie podía verla, nadie podía contemplar aquel avatar de decadencia y exceso. Solo él…

Si Angla hubiera sido un simple mortal, sin dedicar su vida al glorioso camino de la ruina y la enfermedad, habría caído rendido a sus pies. Por suerte o por desgracia, ya no era asi.

Escuchó un grito y vio a Karsha pasar como una flecha ante él en dirección a aquel variopinto grupo.

-¡¡Amo!! ¡Amo ya voy!- La voz de la mujer expresaba la esencia de la devoción llevada al extremo y Angla pudo ver el fino hilo que la unía a aquel hombre y al demonio en su interior.

Sargento tiro de la cuerda que ataba las manos de la mujer y esta calló hacia atrás por la fuerza del mismo. Su líder se lanzó sobre ella y rápidamente inmovilizo a la slaaneshi que se retorcía y chillaba mientras seguía gritando hacia aquel hombre con lágrimas de emoción en sus ojos violáceos.

-¡Amo! ¡He vuelto amo! ¡Estoy preparada para ti!

El pirata hizo una mueca de disgusto y el demonio lanzó una inaudible risa cruel, aunque por su expresión Angla podía percibir que se estaba divirtiendo.

El Capitán Corsario se dio la vuelta y continuó su camino, uno de sus subordinados lanzó una pregunta mientras el resto de su equipo subía tras él y el aludido ni se dignó en volverse y siguió andando, al tiempo que efectuaba un despectivo movimiento con la mano hacia la escuadra de Sargento.

Con un estremecedor rugido, el ogrete arrancó una escultura redondeada del suelo y la lanzó por los aires en su dirección.

Angla apenas tuvo tiempo de echarse a un lado y tropezar con Viturlv, haciendo que este perdiera el ángulo de tiro con el que apuntaba a la frente de la eldar. Todo su grupo se desperdigo desordenadamente y la gigantesca roca reboto sobre los adoquines y rodo unos segundos para luego perderse en el bosque.

Cuando volvió a mirar. Las grandes puertas doradas se habían cerrado.

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El recibidor del palacio era, simplemente, asombroso. Una sala circular capaz de albergar a varios cientos de personas, profusamente decorada con estatuas conmemorativas de oro macizo que representaban a los antiguos gobernadores y algunas deidades locales, muchas de ellas relacionadas con la fertilidad y la cosecha.

Las paredes estaban recubiertas de cuadros de incalculable valor y tapices de vivos colores. Incluso el mobiliario más cotidiano, como los sofás y las alfombras valían más oro del que cualquier hombre podría gastar.

Bueno, cualquier hombre que no fuera Markus, por supuesto.

El corsario observaba con satisfacción como sus hombres desnudaban con una velocidad envidiable aquella gigantesca sala y toda la mansión en general. Como un experto carnicero despedazando el cuerpo de un animal, los piratas del Puño Estelar escogían las piezas más valiosas y las arrancaban de sus soportes para después cargarlas en los deslizadores que había sustraído, para seguidamente llevarlas a naves más grandes que las descargarían en la Nave Insignia.

No podrían llevarse todo lo que había en la mansión antes de que el Mando Imperial se diera cuenta de que habían abandonado sus puestos, si no lo habían hecho ya, pero si podrían sacar una fortuna con todo aquello.

El piso inferior y las cámaras acorazadas de los sótanos, llenas de grandes cantidades de riquezas y tesoros arcanotecnológicos ya estaban completamente vacías y abarrotando las bodegas de su crucero en órbita.

Y sin embargo, Markus se sentía inquieto.

El fruto de su preocupación seguramente estaría poniéndose en pie de nuevo, tras esquivar la roca lanzada por Kurght.

Sabía que no tenía motivos para preocuparse. Solo eran seis soldados del Pacto Sangriento. ¿Qué podrían hacer ellos contra un centenar de piratas bien armados y atrincherados? Ankira se encontraba en ese momento tomando el control de todos los sistemas de seguridad de la gigantesca estructura y sus hombres estaban emplazando armas pesadas para contener a los enemigos que pudieran aparecer en los puntos clave.

Aquel grupo desaparecería antes de poner un pie dentro del edificio.

Y aun así era evidente que esos soldados no se habían desviado hacia allí por casualidad. Markus sabía que eran ellos los que habían derribado su transporte y también eran el mismo grupo que Pólux había visto dirigiéndose hacia el lugar del accidente.

Podían haberlos perdido en ese mismo lugar pero aquel incordio había logrado, no solo alcanzarlos, sino que además estaban utilizando a la mujer que la Voz había convertido para rastrearlos.

¿Yo, hermano?- Rio la Voz desde su oscuro rincón- Yo no hice nada, fuiste tú. No importa cuanto lo niegues… No cambiara.

Markus arrugó el gesto y una sombra de furia paso por delante de sus ojos.

Había esperado que los herejes se encargaran de la muerte de la mujer. Pero al parecer todo el mundo parecía estar dispuesto a no cumplir con sus expectativas.

-Es culpa tuya, por hacer que ella nos siguiera. ¿En qué demonios pensabas?

La lista es larga, Markus. Pero la verdad es simplemente que me aburría. Aunque admito que no pensaba volverla una obsesa compulsiva hacia tu persona.

-Un poco tarde para eso ¿No crees?

Sin embargo, quizás hubiera algo interesante en aquel grupo. Su determinación por encontrarle a él y a sus hombres resultaba admirable. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había tenido la ocasión de medirse con un enemigo tan persistente.

Era un hombre de negocios, un pirata que siempre buscaba obtener el máximo beneficio en todo lo que hacía. Pero no podía negar que la perspectiva de una batalla como aquella lo atraía.

-¡Marv! ¡Gáster! Venid aquí.

Los aludidos se separaron del grupo en el que estaban trabajando y se dirigieron hacia el capitán con parsimonia y no poco fastidio.

Marv y Gáster eran los miembros más recientes de su tripulación. Dos hombres mal encarados recién salidos de la Legión Penal. Markus no podía negar que eran eficientes en la batalla, pero para todo lo demás resultaban, junto con un grupo de soldados que dirigían, una fuente de dolores de cabeza para el capitán.

Cuando estuvieron a su altura Markus señaló hacia la puerta principal.

-Allí fuera tenemos un grupito de personajes no deseados. Quiero que salgáis allí con vuestros hombres y acabéis con ellos.

-¿Solo eso?- Pregunto Marv mientras sacaba su escopeta de doble cañón- Es un trabajo demasiado fácil. ¿No tiene nada mejor jefe?

-Eso. Podríamos ser más útiles aquí- Aseguro Gáster dirigiéndole una mirada lasciva a Yaelha, que permanecía sentada sobre una mesa atravesándolo con la mirada- Aquí hay muchas cosas interesantes…

Markus se colocó frente a ellos y ambos hombres retrocedieron uno paso.

-Escuchadme y escuchad bien, panda de zoquetes- Habló dirigiéndoles una mirada penetrante- Cuando os unisteis a mi tripulación deje claras un par de cosas. Yo os pago y vosotros obedecéis. Es algo y tan simple que hasta vosotros dos podréis comprenderlo. Si no sois capaces de cumplir órdenes, no me servís para nada…Y por lo tanto no merece la pena que sigáis con vida. ¿He sido claro?

Los dos hombres asintieron con celeridad y corrieron reunir a sus compañeros, que formaban un grupo de quince hombres contandolos a ellos. Un par de segundos más tarde se dirigían a las entradas laterales del edificio para cumplir el trabajo en la puerta principal.

Mientras observaba como se marchaban, Markus sintió la presencia de la eldar junto a el.

-No necesitaba tu ayuda- Dijo ella- Si ese idiota intenta algo está muerto y lo sabes.

Markus rio quedamente.

-Esta vez no se trata de ti, querida- Expresó Markus echando a andar escaleras arriba hacia la sala de seguridad- Sino de nuestros amigos de fuera.

Pólux se unió a ellos al igual que el resto de la escuadra.

-¿Qué pasa con ellos?- Pregunto el Catachan mientras chupaba un puro encendido que iba encontrado sobre la mesa del despacho del gobernador.

Markus abrió la puerta reforzada de la sala de seguridad y entró en la habitación llena de pantallas de video y monitores desde los que se podía ver todo lo que acontecía en el edificio y sus alrededores  mediante las cámaras de video.

-Quizás no sea nada pero tengo un extraño presentimiento- Expresó mientras se sentaba en la silla que había pertenecido al guarda de seguridad, el cual ahora yacía en una esquina con el cráneo atravesado por una bala- Si no es nada simplemente tendremos a esos imbéciles fuera sin molestar a los demás. Y si no es así…

El Catachan sonrió comprendiendo.

-Nos quitaremos un peso muerto de encima.

-¿Y mientras tanto que hacemos?- Pregunto Ankira, de pie junto a Kurght que permanecía acuclillado en el exterior de la sala.

Markus esbozo una media sonrisa y encendió uno de los monitores del exterior. La pantalla emitio un fogonazo y la cámara a la que estaba enlazada enfoco al grupo de herejes que ya se encontraban en pie. El corsario se acomodó en el silla y cruzó las manos por delante del cuerpo con gesto magnifico. Su ojo dorado emitió un brillo malicioso al añadir:

-Sentarnos y disfrutar del espectáculo, pequeña.

Esto me gusta más hermano. Se te está empezando a pegar algo de mí.

Markus cerró los ojos y sacudió la cabeza con resignación sin perder su sonrisa.

Cállate y disfruta, hermanita –Añadió para si- Esto va a ser interesante.

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El pulso de Viturlv se aceleró y toda la sangre de su cuerpo se concentró en un único punto cuando observó a través de su mira telescópica la voluptuosa figura de la guerrera eldar.

La tenía…

La presa definitiva.

Su Corza Blanca.

Recordaba las viejas historias que los cazadores de su mundo natal, hombres que marchaban a los lugares más recónditos y oscuros de su mundo en busca de las presas más peligrosas y raras, solían contar después de regresar al poblado.

Muchas de ellas resultaban ser apasionantes batallas contra gigantescos depredadores en los escenarios más terribles y escarpados. Sin embargo, la que más se repetía no era la de la caza del Macroscorpius o la del León Tricéfalo. La auténtica cacería, la presa definitiva, el culmen de la carrera de aquellos hombres era la caza de la Corza Blanca.

Un animal casi extinto cuyas veloces patas y astuta inteligencia lo convertían en la mayor presa del mundo. Muchos cazadores habían dedicado sus vidas a la búsqueda de aquel ser y, aquellos que habían logrado cazar una de aquellas criaturas eran venerados y admirados por todos los demás.

A Viturlv siempre le había parecido una estupidez. ¿Qué tenía de especial ese cuadrúpedo descolorido? Cazar mozas era mucho mejor, al menos esas gritaban cuando las cogías.

Pero por fin lo entendió.

Aquella mujer era todo lo que había soñado que seria. Los senos turgentes, las caderas estrechas el cuerpo escultural, listo para la batalla y, a la vez armonioso y perfecto. Pero lo mejor era su expresión. A pesar de la distancia ella lo estaba mirando fijamente, como si lo tuviera delante y pudiera sentir la tensión en sus pantalones y su intensa mirada.

Aquella expresión de superioridad que se dibujaba en el rostro de la eldar y la mirada de infinito desprecio que le dirigían aquellos ojos azules excitaba aún más al francotirador.

Ya podía imaginársela allí, tendida sobre un charco de sangre con una bala en la cabeza. Aunque no hacía falta apresurarse, pensó con una siniestra sonrisa. Sin brazos y sin piernas estaría más guapa. No los necesitaba para lo que tenía pensado hacerla después.

Su dedo acaricio el gatillo. Ya podía saborear el triunfo…

Y entonces todo se fue al garete.

Oyó un rugido y el sonido de algo pesado sobrevolando el aire e instantes después cayó al suelo cuando el pútrido peso de Angla le cayó encima. La trayectoria de su disparo se desvió y la bala se estrelló contra una de las estatuas.

¡No! ¡Aquello no tenía que pasar! Desde el suelo pudo ver como la eldar le dirigía una última mirada de desprecio antes de desaparecer junto con sus compañeros tas las puertas.

-¡No! ¡¡NO!!

De un empujón se quitó a Angla de encima. Ese maldito hijo de puta le había fastidiado el disparo. Le había arrebatado a su presa.

Levantó a Angla del suelo, agarrándolo por la pechera de su abrigo y le estrello el puño en la mandíbula todo lo fuerte que fue capaz. Ignoro la capa de suciedad y carne muerta que se le quedo en el nudillo y volvió a golpearlo.

-¡Maldito cabrón de mierda! ¡¡La tenia!! ¡Tenía un disparo perfecto y tú me lo has fastidiado!

Volvió a descargar su puño contra la mandíbula podrida de Angla, de la cual se desprendían hilos de carne muerta y pus, pero una mano robusta como una tenaza de hierro detuvo el golpe y lo apartó con fuerza, separándolo del seguidor de Nurgle y tirando a ambos al suelo.

-Ya basta, tenemos que movernos. Ese tipo no se nos escapara– Habló Sargento mientras sacaba su espada sierra de la funda donde la había tenido guardada. Acto seguido se volvió hacia Angla, el cual se estaba colocando la mandíbula de nuevo en su sitio- Angla ¿Estás seguro de que es él?

El cadáver andante se colocó la mandíbula desprendida en su sitio con un sonoro chasquido y, tras ejecutar un par de movimientos para asegurarse de que no se le caería, habló:

-Sí, es el.

Una risa desquiciada surgió desde el suelo y Viturlv dirigió la mirada hacia la tumbada figura de Karsha, que se retorcía sujeta por una presa ejecutada por Yesika.

-¡Os lo dije! ¡Si, os lo dije! ¿Verdad que si? ¡Él es mi Amo! El me mostro el verdadero camino.

Yesika la silenció de un puñetazo, pero a Viturlv no le importaba nada de lo que esa furcia de Slaanesh pudiera decir. Ahora solo quería encontrar a la eldar. Tenía que encontrarla, pensó para si al tiempo que veía aparecer a un grupo de diez piratas con las armas preparadas hacia ellos.

Nada se interpondría en su camino.

-Espérame, nena. Viturlv va a por ti- Dijo mientras recogía su rifle y apuntaba al primero de ellos.

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Al mismo tiempo, en uno de los laterales de la mansión, el comisario Kranoff habia llegado con sus hombres hasta una de las entradas menores de la mansión.

Desde allí observaba la traición de los piratas. Como saqueaban las pertenencias del Gobernador, abandonando sus posiciones y condenando a los guardias imperiales morir en sus posiciones defensivas.

Esa traicion no podia ser tolerada...

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Vitulv miró a la escalinata, de donde aquellos piratas salian asiendo sus rifles láser. Aquellos capullos no tenian ni idea de con quien se estaban metiendo. Sargento ordenó a su escuadra cargar contra aquellos mierdecillas, pero el francotirador ya tenía otra idea.

Levantó su fusil hasta el hombro y efectuó un disparo sin apenas apuntar, el cráneo del pirata más alejado voló como el corcho de una botella de champán, pero en lugar de espuma salió sangre a raudales. Rapidamente colocó su fusil a la espalda y corrió con su cuchillo en una mano y la pistola en otra, los piratas dispararon pero su puntería dejaba mucho que desear. Apenas un láser abrio un agujero en su capa de camuflaje.

Aquello encendió la ira de Vitulv. Nadie, absolutamente nadie rompia su camuflaje.

Le disparó en una pierna con su pistola haciendo que cayera pesadamente al suelo, aunque no lo mató. Cuando ya estaban a distancia de cuerpo a cuerpo, Vitulv apuñalo a otro de los piratas en la mandibula, atravesando su paladar e incrustandole la hoja en el cráneo. Aquel desgraciado cayó hacia atrás como un fardo y el francotirador se acercó al soldado que habia herido en la pierna y que se retorcia en el suelo.

Cuando lo tuvo cerca hundio su cuchillo en la entrepierna de aquel desgraciado y, mientras este se debatía entre alaridos de agonia, metio los dedos dentro de sus cuencas oculares y sacó los ojos del pirata. Entonces en un acto de extraña compasión, lo rajo de arriba abajo como un pescado.

Un hombre enorme, calvo y lleno de tatuajes entre los que se encontraban algunos distintivos de un regimiento penal lanzó un grito y miro a Vitulv lleno de odio.

-¡Maldito hijo de puta! ¡Has matado a mi hermano!

Marv corrio hacia él, pero cuando el asesino de su hermano lo miro, se quedo paralizado.

Habia visto y hecho cosas horribles en sus dias como Legionario Penal. Habia visto a millares de reclusos ser arrojados hacia murallas inespugnables con un cuchillo como unico armamento. Habia observado como una horda de apestosos pielesverdes rodeaban a todo su peloton y los hiban masacrando poco a poco.

El olor de la sangre, los gritos de los moribundos...Todo aquello se habia quedado grabado a fuego en su memoria.

Pero aquellos ardientes ojos rojos no eran humanos... Ningun ser humano podia tener una mirada tan perturbada como aquella. La cara del hombre se encontraba tapada por un pañuelo a la altura de la nariz y el cuchillo goteaba la sangre de su hermano, pero algo impedia que alzara el su rifle para acabar con él.

Atisbó una sonrisa bajo aquel trozo de tela, pero fue demasiado tarde para reaccionar. Vitulv le golpeo el cuello con el pomo de su cuchillo y sintió el chasquido de su tráquea al romperse bajo la fuerza del impacto, pronto se ahogaria al cerrase esta con la hinchazón.

Marv cayó de rodillas sujetandose el cuello, pero Vitulv agarró su pelo tiro su cabeza hacia atras mientras le decia con voz suave desde atras:

-Reunete con él pedazo de mierda. Solo una cosa ¿tripas dentro o tripas fuera?

Marv no podia haber contestado ni aunque hubiera querido, pero de eso se trataba.

-Veo que no puedes contestar- Dijo al fin el francotirador con una sonrisa torcida llena de dientes- Dejame que lo elija yo por ti...

Con un rapido movimiento hundió el cuchillo en la parte baja del abdomen de Marv y lentamente fue subiendo la hoja hasta llegar a la base del cuello. El mundo parecia pasar a cámara lenta, sus compañeros luchaban contra la escoria pirata, pero él... él se estaba divirtiendo.

Lo ultimo que Marv vio antes de que su vista se nublara fueron aquellos ojos rojos y el pañuelo de la boca mostrando aquella sonrisa desquiciada.

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Dando un primer paso hacia atrás, Sargento esquivó el tajo del machete que uno de los piratas intentó propinarle. Un segundo tajo a la altura del costado fue parado por la espada sierra y de una patada en el estomago el oficial del Pacto hizo espacio entre ambos, lanzando a su oponente al suelo.

Antes de que el soldado se incorporase de nuevo un golpe con la espada-sierra fue suficiente para decapitar al pirata. Los gritos de los contendientes se escuchaban por encima del rugido de su espada sierra,  sedienta de sangre, pero lo que realmente perturbaba a los piratas era el modo en el que Mikerl golpeaba con una piedra al cráneo destrozado de uno de sus compañeros. 

Jadeante Sargento se quedó quieto, buscando con su vista a Arkios que se encontraba en un duelo individual contra otro pirata. A pesar de que el nametheriano bloqueaba los golpes que lanzaba el pirata con su espada, la mayor parte de envites eran detenidos por su propio rifle láser. Un ultimo golpe chocó contra el fusil y Arkios ya cabreado decidió responder golpeando la mandíbula del pirata con un codazo, haciendo que esta se desencaje y lanzandolo al suelo entre gritos. 

Arkios respiraba de forma rápida y seguida pues había sido un combate digno, no pudo evitar reírse al ver al pirata ahogarse en su propia sangre. Pero esto paró cuando escuchó una voz que indicaba que era hora de actuar. 

-Haz una brecha. Ya- Pudo reconocer esa voz y cuando se giró lo verificó: Se trabaja de Sargento, que señalaba una de las ventanas donde se estaba posicionando los piratas. 

Rapidamente, Arkios se agachó dejando su mochila delante de él. Tras abrirla sacó el mismo lanzagranadas que habia usado en su momento para derribar la nave pirata. El nametheriano cerró uno de los ojos para centrarse únicamente en el blanco, dejó de respirar y a pesar de que los gritos de guerra de Mikerl se escuchaban por encima de la batalla el lanzó suyo eclipsó a todos los demas y apretó el gatillo.

Angla que en ese momento disparaba con su escopeta recortada de doble cañón contra uno de los piratas que intentaba asaltarlo cayó al suelo, el estruendo que se creó despues de que el proyectil diese contra la pared del edificio sobresaltó a la mayor parte de los presentes. Por otra parte Yesika continuó agachada, buscando objetivos son la mirilla de su rifle láser y acabando con las tropas que intentaban abrir fuego contra sus compañeros. 

Tras unos segundos más se dieron cuenta que los piratas enviados para acabar con ellos estaban muertos, en su mayoría por los disparos de Angla y Yesika que se mantuvieron al margen de la batalla cuerpo a cuerpo. Sargento señaló a la puerta que se encontraba entrecerrada seguramente por que algunos de los piratas había huido sin echar mucha cuenta lo que hacía. 

-Sargento, ya no nos quedan mas munición para el lanzagranadas- Dijo Arkios de mientras volvía a ponerse su mochila y empuñar su rifle láser.

-Bien- Dijo Sargento como de costumbre, breve y sin sentimientos- Avanzad hacia el interior. Matadlos a todos.

Ahora mismo solo tenía en mente otros planes mas específicos...

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Mikerl avanzaba entre los disparos de los piratas que se mantenían disparando desde la puerta, llegó hasta una estatua, la cual estaba cerca de la puerta y dio un par de disparos a la posición pirata hiriendo a uno de ellos en la rodilla y haciéndolo caer mientras gemía de dolor. 

- ¡¿Que se siente al Caer en tu propia sangre?!- Rio Mikerl con su habitual tono psicotico  mientras reía- Seguro que a Khorne le gusta verte sufrir, ¡Sí! ¡Le Gusta ver como sufren! ¡TODOS! ¡Sangre, sufrimiento, dolor! ¡Khorne es feliz con eso! ¡Sí!  ¡Disfruta con la sangre! ¡La sangre ajena! ¡LA SANGRE DE TODOS! ¡SANGRE PARA EL DIOS DE LA SANGRE! 

Mikerl decidió hacer una distracción, sacó de su petate una cabeza cortada, y un par de globos oculares atados con una cuerda. Ató los ojos a la cabeza yen la boca metió una granada. Con un fuert movimiento  lanzó  el macabro explosivo contra la posición de los piratas dejándolos desconcertados. Al explotar dejo herido a otro pirata y disperso a los piratas de la puerta.

-¡Eso no lo veíais venir! ¡No! ¡La Verdad que No! ¡Pero Khorne se regocija con vuestro dolor! ¡Con vuestros miembros cortados y amputados! ¡Con Vuestra Sangre derramada a Borbotones!  ¡KHORNE! ¡GLORIA A KHORNE! ¡SANGRE PARA EL DIOS DE LA SANGRE! ¡Sargento he modificado su defensa! ¿Podemos avanzar y desollarlos, Verdad Sargento?

Su risa era lo unico que oian aquellos hombres mientras chillaban de dolor. La risa de undemente perturvado, que ya hace tiempo que abandono su humanidad.

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Arkios lanzó al suelo la cabeza decapitada del pirata y empuñó de nuevo su rifle láser. Los garfios que colgaban de su muñeca izquierda tintinearon con el movimiento. Apuntó a un nuevo enemigo, pero antes de apretar el gatillo sintió una extraña calidez y su rabia disminuyó casi de golpe, para ser sustituída por una repentina y agradable sensación de tranquilidad. Sus músculos de destensaron poco a poco y la mueca de rabia que asalvajaba su cara se relajó hasta quedar convertida en una sonrisa bobalicona. 

Se caló la máscara (a Abuelito Nurgle le parecía mejor así) y efectuó su disparo. El rayo láser impactó repetidas contra el peto del pirata, hasta que cedió y su portador fue abatido. Un par de balas de poco calibre (de pistola, para ser exactos) impactaron contra su coraza y se volvió hacia el lugar de donde procedían. Se econtró a otro pirata que blandía dos pistolas automáticas y disparaba contra él. Nuevos proyectiles castigaron su armadura, que resistió.  Arkios puso una mueca triste.

- ¿Porqué no podemos ser amigos?- Lloriqueó mientras corría hacia la cobertura más próxima.

Se deslizó por el suelo hasta quedar tras una gran maceta de grueso mármol y se levantó un poco la máscara para enjuagarse una lágrima. Y en ese momento se dio cuenta de que los amigos que debía proteger eran los de su escuadra, que no debía hacerse amigo de los enemigos de Abuelito Nurgle. Miró por encima de la maceta. El pirata seguía avanzando poco a poco, disparando sus pistolas, cuyas balas repiqueteaban contra la maceta. Con tranquilidad y parsimonia jaló la palanca de carga de su rifle láser, que no era más que una mera pieza añadida que estaba pensada para simular un cierto nivel de retroceso (no le gustaba que el rifle láser no tuviera) y se levantó lentamente, sacándole la lengua al pirata bajo la máscara. 

Disparó en automático desde la cadera y mutiló uno de sus brazos a la altura del codo. El resto de disparos impactaron en su vientre y pecho, y para cuando la última bala de pistola hubo chocado contra su armadura, su objetivo yacía en el suelo, humeando y lleno de agujeros. 

- Otro más para ti, abuelito- Murmuró alegremente mientras disparaba una nueva salva, ésta vez contra los piratas que se atrincheraban en las ventanas del palacio y hacían llover plomo y láser por todos lados. Frunció el ceño y añadió- Qué molestos son.

Se tumbó tras la maceta, con los brazos tras la cabeza y se dio cuenta de que se había duchado hacía poco tiempo (una semana, o dos) Con una mueca de asco, se restregó un poco de barro por los brazos. Abuelito Nurgle estaría decepcionado de verlo tan limpio.

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Angla andó lentamente hacia la puerta, disparando su pesada arma contra los piratas restantes. Al pasar al lado de Yesika le dijo que viniera con el. Ella asintio, y le siguio. Si al guien tenia que llevarse un disparo de láser mejor Angla que ella. Al menos el no sentia el dolor.

Entraron al salon principal, donde son recibidos con una lluvia de balas de algunos piratas. Ambos corren a través de una puerta.

-¿Estás bien?- Dijo Angla.

-Si, lo estoy- Respondió jadeante Yesika.

El brazo derecho de Angla tenía un agujero de bala, aunque eso no parecia importarle mucho. Ambos andaron con sus armas preparadas para disparar. Angla seguía el rastro psíquico dejado por los piratas de la puerta.

-¿A donde vamos?- Preguntó Yesika, que aún no sabía porqué siquiera estaba con él.

-A la Sala de Seguridad. Desactivaremos los sistemas y nos largaremos como jodidos fantasmas...Además...No te voy a dejar con el recolector de craneos con mas lengua que cerebro, esos dos que solo piensan con el pene, y Sargento...- El ultimo nombre lo pronunció con un tono mas serio. En su cara se reflejaba una seriedad extraña en un ser como Angla. Algo le preocupaba sobre Sargento, aunque Yesika no sabía que era lo que se le pasaba por aquel cerebro lleno de gusanos.

Angla cogió una piedra, y la lanzó por el pasillo. La piedra cayó al suelo sin mas, con un ruido seco. Sin embargo en la mente de Angla todo era muy distinto.

El enorme edificio deforme se levantaba, mientras los leves brillos de la enorme entrada se apagaban ante los disparos de su arma. Agarró lo que parecía un ser que no paraba de cambiar de forma.

-Vamos, Yesika.

Detras de Angla, la Enormidad Purulenta reía y señalaba mientras gritaba blasfemas perjurias. El ser cambiante lo seguía hasta la puerta, y entraron al interior. Millones de bocas gritaban al unísono, mientras unos brillos les disparaban a ellos tambien.

¡DEMASIADOS! ¡HUÍD!Gritó la Enormidad Purulenta. Angla obedeció, y arrastró a Yesika hacia un pasillo de la derecha mientras seguía un ratro Disforme en el suelo y en las paredes, e incluso en el mismisimo aire.

-¿Estás bien?- Dijo Angla.

-Si, lo estoy- Respondió la jadeante Yesika.

Se observó el brazo derecho. Tenía un agujero del que salía sangre, lo cual le desagradaba, aunque no le importaba demasiado.

-¿Donde vamos?- Preguntó Yesika, que aún no sabía porqué siquiera estaba con él.

-A la Sala de Seguridad. Desactivaremos los sistemas y nos largaremos como jodidos fantasmas...Además...No te voy a dejar con el recolector de craneos con mas lengua que cerebro, esos dos que solo piensan con el pene, y Sargento...

Esto ultimo lo dijo con una extraña tension en la voz.

El pasillo era deforme, lleno de masas carnosas y curvas que parecían deformar el pasillo. Cogió una piedra del suelo, y la lanzó hacia delante. La piedra voló en cirulos, e incluso cambió de gravedad durante un tramo, quedandose en una pared, como si estubiese en el suelo.

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Yesika disparó a uno de los piratas que los acribillaba desde las ventanas, y volvió a fallar. La joven soltó una maldición y se cubrió para no recibir más disparos. Podía despreciar a sus compañeros, pero tenía que admitir que eran mejores guerreros que ella. Varios de ellos estaban bendecidos por sus dioses, o tenían una experiencia enorme. ¡Maldita sea, Angla ni siquiera se molestaba en cubrirse de los disparos del enemigo! Y, mientras tanto, su dios seguía callado; ¿cuándo pensaba mover ficha en su pacto? ¿Acaso estaba poniéndola a prueba, o nunca había entrado en sus planes concederle nada?

En ese momento, hubo un cambio en ella. Las conexiones entre sus neuronas se frieron, pero, en vez de morir, su mente se abrió como nunca. Algo nuevo conectaba sus neuronas y circulaba por toda su cabeza, haciéndole sentirse terriblemente bien.

La joven cerró los ojos; cuando los volvió a abrir, se habían vuelto de color violeta, y sus pupilas se habían reducido al tamaño de alfileres. Miró su arma y, de repente, supo que sabía todo sobre ella, podía encontrar cualquier información que quisiera sobre su rifle; y no sólo eso, sino también sobre su uso. Yesika se asomó tras su cobertura y apuntó. Su cerebro le dictaba todo lo que necesitaba saber: cómo tener en cuenta el viento, la distancia, cómo predecir los movimientos del pirata.

Apretó el gatillo; el mercenario soltó un grito y cayó por la ventana. La joven sonrió, satisfecha, y buscó un nuevo objetivo. Normalmente, los grandes luchadores basan su éxito en dos cosas: su conocimiento, dado por la práctica y la experiencia, y el talento. La joven sustituía lo último con una determinación férrea. En el éxtasis en que se encontraba, ni se molestó en cubrirse de nuevo; apenas unos segundos más tarde, todos los piratas del exterior de la mansión estaban muertos.

La joven se apoyó en la columna con la que se había estado cubriendo, respirando pesadamente. Las fuerzas la abandonaron durante un segundo, y volvió a la normalidad. Yesika vio que Angla la miraba. Estaba segura de que no había visto su cambio, ya que se encontraba por delante de ella. El seguidor de Nurgle habló con su sibilante voz.

-Vamos, Yesika.

En cualquier otro momento, habría pensado bien si declinar aquella oferta, pero todavía se encontraba confusa, así que se limitó a asentir y seguirlo. Los dos entraron en el vestíbulo, que se encontraba vacío. Bueno, casi. Varios piratas seguían en una de las escaleras que llevaban al primer piso. Los miembros del Pacto Sangriento corrieron a una habitación lateral en el lado opuesto desde donde los mercenarios disparaban. Una vez se refugiaron, Yesika se fijó en que Angla había sido herido, pero el hombre no daba muestras de dolor.

-¿Estás bien? –Dijo Angla.

-Sí, lo estoy –Respondió Yesika. “Se supone que eso tendría que habértelo preguntado yo.”, pensó- ¿A donde vamos? –Preguntó.

-A la Sala de Seguridad. Desactivaremos los sistemas y nos largaremos como jodidos fantasmas... Además... no te voy a dejar con el recolector de cráneos con más lengua que cerebro, esos dos que solo piensan con el pene, y Sargento... –Sargento lo pronunció con un tono mas serio. Algo le preocupaba sobre él, aunque Yesika no sabía el qué.

Angla lanzó una piedra al salón principal. Al segundo, una lluvia de fuego cayó sobre ella.

-No parece que vayan a irse –Comentó Yesika. Tras un momento, la joven se volvió hacia Angla- Dame fuego de cobertura, subiré las escaleras y me refugiaré en otra habitación. Tú sígueme luego, ¿vale?

El seguidor de Nurgle asintió con lentitud antes de dirigirse a la puerta, desde donde empezó a disparar a los piratas que había en las escaleras de la derecha. Yesika salió corriendo de la habitación y subió por las escaleras de la izquierda. Los mercenarios la ignoraron, pues Angla ya les estaba dando suficientes problemas. Uno de ellos se derrumbó con sólo media cabeza. Una vez llegó arriba, la joven abrió la primera puerta que encontró y entró en la habitación.

Una vez se serenó, se dio cuenta de que del cuarto de al lado salía ruido de objetos moviéndose y una voz. Yesika se acercó lentamente a la puerta entreabierta y la terminó de abrir silenciosamente. Al otro lado, un hombre colocaba varios pequeños objetos por la pared de la sala.

-Ya casi he terminado, Yaelha. Una vez vosotros también hayáis colocado los explosivos, dirigíos al salón de baile, nos veremos allí… –En ese momento, el jefe de los piratas se dio la vuelta y la miró antes de que ella pudiera sacar su arma.

Era un joven bastante atractivo, aunque el ojo biónico le daba a su cara un toque bastante extraño. Un único mechón platino adornaba su acicalado pelo negro. Llevaba varias armas a la vista y, aunque no tomó ninguna, colocó las manos en la cintura, donde pudiera cogerlas más fácilmente que Yesika la suya. El pirata tenía un gesto de confianza, y una media sonrisa estiraba alguna cicatriz de su bien formada cara.

-Hola, ¿qué haces tú aquí?

Ella no respondió. Sabía que, aunque huyese, el pirata probablemente la alcanzaría, así que su esperanza residía en que Angla apareciera cuanto antes. Markus dio un par de pasos hacia la joven, que le mantuvo la mirada, desafiante.

-Tú tienes que ser de esos locos del Pacto, ¿no, muchacha?

La caótica alzó una ceja. ¿Muchacha? Por mucho implemento biónico que tuviera, aquel hombre no debía de ser mucho mayor que ella. Tal vez fuera de su misma edad incluso.

-Escuadrón del Pacto Sangriento, sí- Respondió ella al fin.

-La verdad es que no tienes pinta de pertenecer a semejante panda de locos –Markus apoyó la espalda contra la pared- Casi pareces normal– Comentó, burlón.

-Vaya cumplido, ¿así es como sueles ligar? –Yesika le siguió el rollo. Si quería sobrevivir hasta que aparecieran sus compañeros, más le valía darle conversación a aquel tipo. Como casi siempre en los hombres, la conversación era de ese estilo.

-¿Sabes?, no me importaría que te vinieses con nosotros. De hecho, podrías hacerlo si quisieras.

Aquello dejo un poco descolocada a Yesika. No se esperaba algo asi pero se apresuró a contestarle con rapidez.

-¿Ah, sí? Una banda de piratas, sí, un buen sitio- Ironizó.

-No me irás a comparar con tus compañeros– Comentó el pirata- En serio, no sé qué haces con ellos. Se ve a la legua que no te gustan.

-En eso tienes razón- Ella arqueó una ceja- Pero, ¿de verdad te crees mejor que ellos?

-¿En serio tengo que contestar?– Rió Markus- Pondría la mano en el fuego porque soy más agradable y guapo que cualquiera de ellos– El pirata se acercó un poco más a ella.

-Eso no es algo difícil de conseguir, la verdad- Yesika dio un paso atras y su espalda dio contra la pared de la estancia. Maldijo en silencio cuando Markus se quedo a menos de un metro de ella.

-¿Entonces? ¿Es por el Caos? Aquí no tenemos problemas con eso, no serías la primera en serlo… – En ese momento, Markus calló, como si alguien le hablara a través del intercomunicador, pero Yesika no escuchó nada; tras unos segundos, el mercenario volvió a la realidad. Hasta entonces, la mujer no se dio cuenta de que podría haber sacado su arma en ese tiempo- Venga, ¿qué me dices? Te prometo que no te pasará nada. En mi banda no permito las violaciones.

Yesika frunció el ceño. Tenía que reconocer que estaba dudando, y el simple hecho de estar planteándoselo la molestaba. Aunque, por otro lado…

De repente, la puerta de la habitación donde había entrado primero se abrió de un golpe. Al segundo, un disparo pasó a centímetros de la cabeza de la joven, haciéndole pegar un respingo, y rozó al pirata. Yesika se echó a un lado mientras el pirata rodaba por el suelo y sacaba una pistola. Al terminar el movimiento, Markus disparó y acertó en el brazo a Angla, pero éste no pareció inmutarse. El jefe de la banda pirata decidió que aquella situación no era todo lo favorable que debía, así que, tras un segundo disparo que erró por poco, salió por una puerta lateral. Antes de echar a correr por el pasillo, gritó:

-¡Dile a tu jefe que lo espero en el salón de baile, preciosa!

Tras comprobar que no había nadie más en los lugares colindantes, Angla se dirigió hacia Yesika. Ésta temió por un momento que hubiera escuchado algo de la conversación por casualidad, aunque era un miedo estúpido, pues ella no había dicho nada que él no supiera. De todas formas, el seguidor de Nurgle no la miró de forma diferente a lo normal, y habló como siempre, con su resquebrajada voz:

-¿Estás bien?

-Sí –Yesika desvió un momento la mirada- Voy a contactar con Sargento –Tras unos segundos, la monótona voz de su jefe respondió- Sargento, los piratas están colocando explosivos por toda la mansión. Y… me he encontrado a su jefe, y me ha dicho que te espera en el salón de baile.

-Bien –Como de costumbre, el hombre no dio muestras de alteración- Dirígete con Angla al hangar y busca una nave que podamos usar. El resto nos encargaremos de esos mercenarios.

Yesika asintió y le transmitió las órdenes a Angla, que hizo lo propio. Esta vez con el arma a punto, la mujer encabezó la marcha. Había visto desde fuera dónde estaba el hangar, así que podría orientarse hasta dar con él. Sin embargo, como una molesta astilla en un dedo, no podía terminar de sacarse aquella maldita proposición de la cabeza.

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Kranoff caminaba junto a sus diez hombres por el bosque. El oficial meditaba sobre su deber como comisario. Ahora, ese deber incluía acabar con una escuadra de élite enemiga y averiguar quiénes eran los misteriosos tripulantes del esquife derribado.  Para ello, había elegido a los hombres de mayor valía talento y, por supuesto, lealtad. Pero eso no significaba que el resto de sus obligaciones fueran dejadas de lado. Seguía siendo el encargado de mantener la moral alta entre sus hombres y de eliminar a cualquier traidor. Los pensamientos impuros eran capaces de asentarse incluso entre los más bravos soldados del Emperador, y los que enfermaban por ella debían ser curados.

La escuadra se separó por un tiempo en grupos de dos para explorar el terreno y asegurarse de que nadie los seguía. Kranoff iba junto al sargento de la escuadra, un veterano de varias guerras cuyos ojos marrones no dejaban de escrutar el terreno. En verdad estaba nervioso por la presencia del comisario, aunque no lo dejase ver apenas.

-Dime, sargento- La voz de Kranoff sobresaltó al sargento- ¿Cómo está la moral de los hombres? Y sea sincero, por favor.

-Bueno; está siendo una guerra difícil. Llevamos varias semanas moviéndonos y trasladándonos sin parar. Eso acaba pasando factura- Respondió el hombre con cautela.

-Claro, la carne es débil, al fin y al cabo– El comisario caminaba por delante del sargento entre los árboles- Para eso estamos hombres como usted y yo, sargento. Los sargentos sois, tras nosotros, los que más atentos de la moral deben estar.

-Cierto, señor.

-Entonces, si la moral no va bien, es que alguno de nosotros no está actuando como debe. Yo creo que lo estoy haciendo, sargento, pero, ¿usted? ¿Qué opina de su propio trabajo?- Preguntó el comisario con calma.

-Bueno, señor, hago lo que puedo. Es difícil hacer olvidar a los chicos lo mal que estamos.

-¿Mal? Sargento, ésa no es forma de hablar, usted tiene que ser una encarnación de los valores que hay que seguir. Tiene que ser valor y arrojo, fervor y piedad. Aunque, ciertamente, eso es algo que no se le puede pedir… -Kranoff se detuvo y empezó a ajustarse la bufanda- Desde el momento en que la traición impide ser nada de eso.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. El soldado observó al comisario, que seguía de espaldas. Su frente estaba perlada de sudor, y el arma apuntaba directamente a Kranoff.

-Vaya, ¿ahora no dice nada, sargento? ¿Nada con lo que defenderse de la acusación? Es más entero de lo que pensaba…

De golpe, Kranoff se dio la vuelta y se lanzó sobre el sargento. Éste disparó y alcanzó en el pecho al comisario, pero la gruesa armadura que llevaba absorbió el impacto con apenas un gruñido. No pudo disparar más, pues el comisario le arrebató el arma de las manos y la arrojó lejos, para acto seguido sacudirle un puñetazo en la cara. El soldado intentó reaccionar y golpear a Kranoff, pero éste esquivó el puñetazo fácilmente y respondió con otro gancho.

El sargento trastabilló hacia atrás, afectado por los golpes, y su oponente no tuvo más que empujarle para hacerle caer al suelo. Kranoff se agachó y, de un tirón, le subió una de las mangas, dejando a la vista unos tatuajes que hacían daño a los ojos.

-¿Creías que no me enteraría? Tus salidas nocturnas, el cambio de actitud. Dime, ¿cuándo decidiste traicionarnos y dejarnos por el enemigo?- El tono del comisario era frío como el hielo.

El oficial emitio un sonido extrangulado.

-Bueno, no hace falta que contestes. Al fin y al cabo, lo que cuenta es lo que tenemos ahora aquí. ¿Sabes? alguno pensaba que el que yo me fuera por un tiempo significaba que me ausentaría de mis obligaciones- Kranoff sonrió- Pero yo no hago ese tipo de cosas. Soy un médico, y los médicos estamos obligados a actuar siempre.

-Po… por favor- Imploró el sargento.

-Tranquilo– Dijo mientras sacaba su pistola láser- Como he dicho, soy un médico. Un médico del alma. Tu mente está manchada y corrompida por la cobardía, que es al fin y al cabo lo que significa entregarse a los poderes oscuros: ser un cobarde. Ya es hora de que te aplique el tratamiento final para que puedas ver la Luz: la redención del Emperador.

En el claro donde habían quedado, el resto de soldados aguardaban a la llegada de los últimos componentes de la escuadra. Cuando apareció Kranoff, lo miraron extrañados, pero sólo uno de ellos se atrevió a hacer la pregunta cuya respuesta ya se imaginaban.

-Señor, ¿dónde está el sargento?

-Yo lo veo delante de mí– Respondió el comisario, sin siquiera detenerse- Enhorabuena por el ascenso, soldado.

Un tiempo más tarde, los imperiales llegaron a una de las puertas traseras del palacio del Gobernador Planetario. A lo lejos, en el hangar privado de la casa, se podían ver varias pequeñas naves de diseño corsario. La puerta estaba cerrada.

-Los piratas deben de haber bloqueado todas las entradas– Dijo James, un joven guardia experto en todo tipo de arreglos y chapuzas- Pero eso no significará ningún problema; puedo abrirla.

-Bien, soldado– Dijo Kranoff mientras se ajustaba la bufanda- Proceda.

Tras un rato trasteando con un par de herramientas, la puerta se abrió con un silbido, y los soldados entraron  tras comprobar que no había nadie en ese recibidor.

-Buen trabajo, James– El comisario asintió con la cabeza como señal de aprobación. Una vez dentro, habló a toda la escuadra- No sabemos cuál es la situación aquí dentro, pero recordad que nuestro objetivo principal es el escuadrón de élite del Pacto Sangriento. Nos separaremos en dos grupos de cinco, y se reportará cuando se encuentre al objetivo. Si veis a guardias de la mansión supervivientes, no les disparéis, y avisadme; si veis a mercenarios… disparad en caso de que estén haciendo algo sospechoso.

Cada grupo empezó a recorrer en dirección contraria el perímetro de la mansión, pegados a la pared. Llegado un momento, el grupo en el que se encontraba Kranoff empezó a oír rumor de lucha a lo lejos y, más cerca, voces. Los imperiales se asomaron con disimulo a la siguiente habitación. Dentro, había dos piratas, que charlaban animadamente mientras cargaban varios objetos.

-¡Ten cuidado con eso! El jefe quiere que todo llegue entero, Krich- Le diijo uno al otro cuando este casi dejo caer una estatua dorada.

-Ya, ya. ¿Qué más dará? Ya hemos sacado tantas cosas como para hacernos ricos todos. No creo que pase nada si se rompe algo- Contestó este agarrando la pieza con firmeza.

Enmarcado por su gorra, el ceño del comisario se frunció.

Tal y como temía, los mercenarios habían decidido traicionar a sus contratantes. A estas alturas, ni siquiera sabía por qué se sorprendía. Kranoff hizo varios gestos a los soldados para transmitirles las órdenes, tras lo cual entraron toda prisa en la habitación. Los piratas, que se encontraban de espaldas y cargando objetos, no pudieron hacer nada, y fueron reducidos en apenas unos pocos segundos. El comisario miró con desprecio a los mercenarios, que se removían furiosos en el suelo; se puso de cuclillas entre ellos y habló en voz baja, pero de manera que pudieran oírle.

-Señores, eso que estabais haciendo era robar, ¿no os enseñaron que es algo que no se hace? Veréis, yo soy muy estricto con las normas, y las normas del Comisariado dicen que mi misión es vigilar por la lealtad del ejército imperial; pero vosotros sois mercenarios– Kranoff se agachó un poco más y miró a uno de los piratas. Su estado mental ya había pasado de la resistencia al miedo. Por el Emperador, qué blandos que eran aquellos tipos- Sin embargo, vosotros adquiristeis un compromiso al ser contratados por el Imperio. En cuanto firmasteis el contrato, pasasteis a estar bajo el mando imperial. Y eso significa que era mi responsabilidad vigilar por vuestra lealtad; pero vosotros habéis roto ese contrato. No obstante, en el Imperio somos más leales, y no rompemos los tratos; así que seguiréis todavía bajo mi custodia por mi parte. Vosotros dos estáis afectados por la traición y la cobardía, lo peor que puede enfermar a la mente humana; así que alegraos, amigos, porque vais a recibir lo mejor posible dada la situación: la muerte como Redención en vez de como castigo.

Los corsarios empezaron a agitarse y a gritar, pero no se escapó más que un murmullo de entre las manos que les cubrían las bocas. El comisario desenfundó su arma de ejecución y, tras murmurar un par de palabras, disparó, ritual que repitió con el segundo prisionero. Tras ello, Kranoff se irguió y miró a los hombres bajo su mando. Sus caras transmitían respeto y hasta algo de miedo, pero un halo de determinación los cubría. Sonrió para sí, estaba realizando bien su trabajo. Entonces, se dirigió a una caja de fusibles que estaba colocada en una de las paredes. Mientras la abría, habló con tranquilidad.

-Hay cámaras por toda la residencia. Si de verdad han tomado la mansión, como parece, es posible que sepan que hemos entrado, y hasta que nos estén viendo ahora.

-¿Quiere que tomemos control de la instalación? –James se acercó a la caja de fusibles- No me costaría mucho conectar las cámaras a nuestro áuspex, o cortar la electricidad sólo en algunos sitios.

-No, soldado, eso requeriría demasiado tiempo. Vamos a igualar las cosas.

El comisario sacó su pistola bólter y, extendiendo el brazo teatralmente, como si fuera a fusilar a alguien, disparó. Al momento, las luces de la habitación se apagaron, al igual que debían de haber hecho en el resto de la mansión. Kranoff se dio la vuelta y, sin dejar de andar, contactó con el otro grupo.

-Soldados, tenemos un pequeño cambio en la misión: acabad con cualquier mercenario que os encontréis.

4. Tres, dos, uno... ¡A bailar!Editar

-Ahora gira a la derecha- Ordenó Ankira con voz firme.

Con un gruñido gutural, Kurght giró en la dirección que la niña le indicaba. No sin antes vacilar un leve instante para recordar cual era la derecha. ¿Por qué los pequeñajos tenían que complicar tanto las cosas?

Ankira se agarró aún más fuertemente al ancho cuello del ogrete y asentó los pies con firmeza sobre sus desproporcionadamente gruesos omóplatos, al tiempo que bajo la cabeza para esquivar una lámpara de araña que colgaba del techo.

Había que reconocer que Kurght no era el medio de transporte más cómodo o seguro del que disponía (por no hablar de su escaso intelecto) pero resultaba extrañamente gratificante saber que el gigantesco abhumano aplastaría todo lo que se le pusiera por delante si ella se lo pedía.

Hacia solo un par de años desde que el capitán Markus la había reclutado, y recordaba perfectamente que lo primero que había hecho tras llevarla a la nave insignia de su flota, el Puño Estelar, había sido ordenarle al ogrete que la protegiera al precio que fuera.

En un principio a Ankira le había parecido una estupidez. ¿Por qué necesitaba que un gigante patoso y cabeza hueca la siguiera a todas partes? Ahora mismo, aquellas palabras la sonaban arrogantes y totalmente faltas de razón.

Por muy lista que fuera, la fuerza y la agilidad contaban mucho entre las habilidades necesarias para sobrevivir en aquel despiadado universo y, por mucho que le disgustara, con solo catorce años, la mayoría de ellos pasados dentro de una bóveda arcanotecnológica, almacenada como un tesoro del Dios Maquina, no poseía mucho de ninguna de las dos.

Sintió una ligera opresión en el pecho al recordar aquellos días pasados en la oscuridad, rodeada de máquinas y de tecnosacerdotes que iban y venían para que encendiera o revisara algún arcano mecanismo que sus propias habilidades no les permitían utilizar. Reprimió con frialdad aquella angustiosa sensación.

No le gustaban las emociones. No todas al menos.  Era una sensación extraña y una habilidad que las maquinas no poseían.

Si, había sentimientos agradables, como cuando el capitán la felicitaba por hacer algo bien y la acariciaba la cabeza con su mano buena o también cuando Yaelha le enseñaba algo más acerca de su poder o le contaba un cuento sobre los eldar. Pero también existían el dolor, el miedo y la pena, sensaciones que la hacían sentirse mal y que interferían con el funcionamiento de su cerebro.

A veces se encontraba envidiando la fría indiferencia de las maquinas. No sentían, no tenían miedo ni dudas, solo ejecutaban sus programas y funciones en silencio, sin una solo queja. Lo único cálido y protector dentro de ellas eran los Espíritus Maquina.

Para muchos tecnosacerdotes, invocar el poder de alguno de esos espíritus requería largos rituales, pero para ella llegar a ellos era algo tan sencillo como hablar con cualquier ser humano. Su enlace con la Disformidad estaba extrañamente ligado a la obra del Dios Maquina y eso resultaba una ventaja en muchos casos.

Podía activar con solo desearlo casi cualquier mecanismo y unir su propia psique a la de la máquina, alcanzando un grado total de comunión con la misma. Además de que, como la propia Yaelha la había dicho, poseía las mismas habilidades que cualquier otro psíquico (como la telequinesis y la telepatía, además del útil arte del combate mental, los cuales ya dominaba) y eso implicaba un gran poder y un peligro aún mayor. Su comunión con las maquinas la protegía de la gran mayoría de susurros de los entes disformes y de sus falsas promesas, pero nunca estaba de más aprender a protegerse mejor.

En ese instante el ogrete se detuvo, y Ankira se vio empujada hacia adelante para chocar contra su espalda, dura como la roca.

El ogrete volvió la cabeza para ver si se encontraba bien y, tras comprobar que si señalo al lugar en el que se encontraban con uno de sus grandes dedos y preguntó:

-¿Ezte ez el zitio, Chizpaz?Dijo mascando las palabras entre sus gigantescos dientes.

Ankira observo el gigantesco hangar que se encontraba ante ella y asintió.

-Sí, Kurght. Es este- Le felicito dándole unas palmaditas en el cuello musculoso.

El ogrete lanzó un gruñido de satisfacción al tiempo que dibujaba una sonrisa entre sus brutales rasgos. Para él, no haberse equivocado de dirección era, como mínimo, un milagro.

La niña bajo rápidamente de los hombros del ogrete y avanzo rápidamente sobre el suelo pulido del lugar. El abhumano, por su parte, se descolgó su pesada maza de la espalda y la asió fuertemente con sus enormes manos, al tiempo que la seguía con su pesado andar, dirigiendo miradas alerta en torno a ellos con un bajo gruñido úrsido saliendo de su garganta.

El lugar estaba casi vacío. La mayoría de las naves capaces de salir de la atmosfera del planeta ya habían sido sustraídas por los piratas, utilizándolas para transportar el botín recogido. A Ankira le daba un poco igual el dinero, pero había visto unas cuantas joyas arcanotecnológicas en la mansión, y sabía muy bien que Markus se las daría a ella para que las usara como creyera conveniente.

Resultaba increíble pensar que la mayoría de los sistemas de una flota tan enorme como la del Puño Estelar hubieran sido configurados por una niña de catorce años. Aunque también ayudaba un buen número de mecánicos y algún tecnosacerdote…

Solo quedaban dos naves en el hangar que pudieran servirla. Un moderno transbordador espacial de pequeño tamaño, usado seguramente como vehículo oficial para las visitas intergalácticas del gobernador y otro modelo más antiguo y que parecía haber sido objeto de algún tipo de ataque. No estaba muy dañado, seguramente habría recibido algunos disparos cuando empezó la invasión, pero la niña percibía que se podría reparar rápidamente.

Pero ahora no tenía tiempo para ponerse a hacer manualidades.

El capitán había expresado que, tan pronto como atendiera a sus invitados, debían salir de allí tan rápido como les fuera posible.

Definitivamente tenía que revisar los enlaces neuronales que le había colocado en el cerebro a su capitán en cuanto llegaran a la nave.

Ankira admiraba fervientemente al pirata y, aunque jamás lo diría en voz alta, lo quería como al padre que no había conocido. Sentía un gran respeto por él, algo que se veía aumentado por el hecho de que lograra mantener a raya a un demonio  además de sacar partido de su poder alguna vez. Aunque sabía que Markus evitaba como la peste los favores de aquella Voz…Al menos tanto como podía.

Ankira se adelantó hacia el modelo más nuevo, sorteando los montacargas y las cajas de madera que había repartidas por el lugar con más gracilidad y silencio que la que demostraba su enorme compañero, que aplastó un par de cajas y derribó un montacargas mientras la seguía.

La niña colocó la mano sobre la cabina del piloto y cerró los ojos para concentrarse. Los circuitos del nanotraje que se ajustaba a su cuerpecito que comenzaba a desarrollar curvas, se iluminaron de repente, al mismo tiempo que sus ojos adquirieron un brillo azulado y frio. Con un pitido y un chasquido, la cabina se abrió y Kurght soltó una carcajada gutural desde el fondo de su garganta, como siempre hacia cuando veía a Ankira usar sus poderes.

La joven tecnópata se subió rápidamente a la cabina y observo los sistemas de navegación de la nave con rapidez. Tras un primer vistazo y un rápido sondeo mental calculo con celeridad el tiempo que tardaría en ponerlo en marcha.

No sería mucho tiempo, pero tampoco sería demasiado poco.

-Kurght, quiero que…

Se interrumpió cuando escucho el sonido de varios pares de botas que se acercaban al hangar a toda prisa.

De una de las entradas, muy próxima a los dos transbordadores, surgieron tres figuras vestidas con los colores del Pacto Sangriento. Una de ellas, la más adelantada, era una figura envuelta en vendajes sucios y ensangrentados que sostenía una escopeta de dos cañones que despedía un oscuro halo demoniaco, evidente para cualquier psíquico. Tras él, surgió un hombre lleno de símbolos Khornianos que no paraba de reír de manera maniaca y, finalmente, con una mueca de evidente fastidio hacia su compañero, surgió la silueta de una mujer.

Ankira frunció el ceño al verla aparecer y se sopló un mechón violáceo de cabello que le había caído sobre uno de los ojos, de un color azul eléctrico.

La mujer era guapa, con un cuerpo escultural y sinuoso y una larga melena de cabello castaño surgiendo de su cabeza. Empuñaba un rifle láser con ambas manos y fue la primera en volver su mirada de color miel hacia donde estaba subida la niña, antes siquiera de que sus propios compañeros se dieran cuenta de que había alguien más en el hangar.

Entendía porque Markus estaba interesado en ella… Lo que no significara necesariamente que a ella tuviera que gustarle.

El maniaco khorniano, dejo de reír en el mismo instante en el que vio al gigantesco ogrete frente al transbordador y a la niña a los mandos.

Los miembros de ambos grupos se miraron durante un momento, en un silencio tenso. Entonces, el hombre comenzó a reír de nuevo, de una manera aún más escalofriante y enloquecida. Hurgó en uno de los bolsillos de su mochila y extrajo dos resecos globos oculares que sostuvo en dirección a Ankira.

-¡Azules! ¡Si, Azules! ¡Los tiene azules como tú! Voy a tener un llavero muy bonito ¿Verdad, niña? ¡Si, lo será!

Ankira no hizo ningún gesto ni expreso ninguna emoción. Siguió mirándolos de aquella manera tan fría e inhumana.

Finalmente despego los labios y dijo solo dos palabras.

-Kurght. Aplasta.

El ogrete lanzó un rugido rabioso y, enarbolando su gigantesco martillo, saltó hacia adelante en dirección a los soldados del Pacto. En cuatro largas zancadas, recorrió la distancia que había entre ellos volcando varios montacargas y lanzó un poderoso golpe destinado a barrerlos a los tres de un solo golpe.

Los soldados reaccionaron con rapidez.

Al menos dos de ellos.

La mujer y el khorniano rodaron por el suelo esquivando la pesada cabeza del arma. Él hombre de los vendajes fue más lento. Logró agacharse, pero el martillo lo alcanzo en el hombro derecho y el guerrero del pacto voló por el aire acompañado del sonoro chasquido que produjo los huesos de su hombro y omóplato al romperse. Calló sobre un montón de cajas de madera con un sonoro estruendo.

Ankira no esperó a ver si se levantaba y se centró en hacer funcionar aquel aparato mientras Kurght luchaba contra los miembros del Pacto. Lanzó una última mirada a la mujer y sus ojos se cruzaron, al mismo tiempo que el nanotraje de la niña volvía a brillar y su mirada se llenaba de poder psíquico.

Comenzó a trabajar en deshabilitar los cortafuegos y sistemas de seguridad con el ceño fruncido.

Definitivamente uno de los sentimientos que más detestaba eran los celos.

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-No deberíamos estar haciendo esto- Expresó Yaelha, irritada, mientras esperaba sentada sobre una de las mesas que se encontraban en el gigantesco salón de bailes a que los caóticos aparecieran- Tendríamos que habernos ido con tus hombres y destruido la mansión cuando estuviéramos lejos.

Markus suspiró mientras repasaba por enésima vez el filo de su espada, la hoja brillaba mortífera con un brillo acerado en su filo. Incluso se había permitido el lujo de limpiar la guardia con forma de Águila Bicéfala, lo que resultaba extraño porque aquel emblema era un enlace de su pasado como guardia. Un pasado que, en cierto modo añoraba, pero que ya no volvería.

Sabía que, desde un punto estrictamente laboral, debía haber hecho lo que la eldar decía. Ya tenía suficiente oro como para comprar otra flota como la que poseía o, por otro lado, mejorar enormemente el equipamiento de misma.

No había necesidad de aquella pérdida de tiempo.

Y aun así Markus seguía allí plantado, sentado sobre una lacada silla de roble lujosamente decorada y con un cojín de terciopelo bajo sus posaderas mientras afilaba una espada a la espera del enemigo que había arriesgado tanto por encontrarle hiciera acto de presencia.

El escenario era más que apropiado la verdad.

El salón de baile era una grandiosa pieza de arquitectura, una sala circular con una entrada en la cara norte y otra en la cara sur a la cual daban la espalda Markus, Yaelha y Pólux.

Las paredes de cristal formaban una cúpula entorno a ellos y unas venas de dorado metal entretejían hermosas espirales y formas vegetales en su brillante superficie. El suelo estaba pavimentado con baldosas  blancas y negras que alternaban sus colores bajo los muebles elaborados a mano por maestros artesanos.

Los piratas habían hecho su trabajo a la perfección, solo quedaban en la sala un par de mesas y la silla sobre la que estaba sentado el propio Markus.

Pero eso no importaba. Habían venido allí a bailar, no a tomar el té pensó el pirata con una sonrisa.

Captó una presencia a su lado y volvió la mirada para encontrarse con la de Yaelha, que escrutaba con sus brillantes ojos color zafiro la del capitán, como si quisiera desnudar su alma.

-El demonio te está ganando terreno, Markus- Dijo la eldar son seriedad, aunque el pirata detecto algo de preocupación tras su rostro de alabastro- Esto no es necesario.

-No querida, esto no tiene nada que ver con nuestra molesta inquilina- Dijo él esbozando una encantadora sonrisa de dientes blancos- Esto es total, absoluta y exclusivamente ocurrencia mía. Si, quizás no deberíamos, pero vamos a hacerlo. Nuestros invitados se han tomado la molestia de, no solo de derribar una nave valorada en varios miles de créditos y hacernos perder un tiempo valioso, sino que además nos han alcanzado y matado a una veintena de buenos y bien pagados camaradas piratas- Markus se puso en pie e hizo una filigrana con la espada. La hoja contesto con un vibrante sonido metálico al hender el aire- Eso merece una recompensa, querida. Un par de palmos de buen acero arcano en las tripas como mínimo.

La eldar suspiro, sabiendo que el humano no cambiaría de opinión. Conocía a Markus lo suficiente como para reconocer cuando se podía razonar con él y cuando no valía la pena. Pero aquello no le gustaba.

-Hay algo más- Intuyó Pólux al tiempo que daba una calada al puro que tenía en los labios mientras sostenía su escopeta- ¿Es por esa chavala de la que nos has hablado? ¿Crees que aceptará tu proposición?

Por toda respuesta el pirata se encogió de hombros mientras revisaba que sus pistolas de caza estuvieran totalmente operativas.

-Quizás si, quizás no. En todo caso pareció planteárselo. Pero no es solo por ella – Explicó el pirata- No sé por qué, pero debo enfrentarme a ellos ahora. Además, siempre podemos volarlo todo por los aires si las cosas se complican.

El Catachán rio entre dientes mientras expulsaba el humo del tabaco por la nariz.

-Eso dices tú, pero seguro que es por la chavala- Pólux termino el puro y lo tiro al inmaculado suelo para pisotearlo después con la punta de la bota- ¿Es una buena pieza?  Debe de serlo para que te tomes tantas molestias.

Markus soltó una inaudible carcajada.

El Catachán le tenía bien calado. Si, aquella mujer le resultaba interesante. Tenía algo, aun no sabía qué, pero lo llamaba de una manera que no podía explicar. En aquella breve charla, había adivinado mucho más de lo que ella podría imaginarse.

De todas formas ya había planeado aquel duelo desde el momento en que vio a los caóticos reventar a tiros a los hombres de Marv y Gáster en un abrir y cerrar de ojos. Un par de minutos más tampoco eran para tanto. La mansión ya estaba vacía, a excepción de los caóticos, su propia escuadra y los soldados de aquel entrometido comisario…

Tenía una sorpresita preparada para él.

Entonces, el cuerpo de Yaelha se tensó, pero sin perder ni un ápice de su digna apariencia, al tiempo que llevaba las manos a la empuñadura de sus espadas.

-Ya están aquí…

Por el lado opuesto a la entrada que daban la espalda Markus y sus hombres aparecieron los miembros restantes del escuadrón.

A la izquierda, se encontraba la figura envuelta en camuflaje del francotirador que abrió mucho sus ojos rojos cuando divisó a Yaelha al tiempo que esgrimía una sonrisa lasciva. La eldar respondió torciendo el gesto en una mueca de disgusto.

Al otro lado, había una figura cubierta por una armadura caparazón con múltiples símbolos en honor a los Dioses del Caos. Parte de la armadura y los ropajes que había debajo estaban manchados de barro aun fresco y su portador llevaba puesta una marcara antigás, pero podía percibir una mirada amodorrada bajo las lentes.

Y en el centro se encontraba el líder de aquella escuadra. El Sargento. Vestía una armadura roja y cubría su rostro con una marcara metálica en forma de demonio. Llevaba una pesada espada sierra en la mano derecha y en la otra agarraba por los cabellos a una gimiente figura que hizo fruncir el ceño a Markus cuando la reconoció.

Karsha había cambiado mucho en aquel corto intervalo de tiempo.

Su cabello seguía de punta, endurecido por puñados de sangre antes de su conversión, pero su piel, antes morena y llena de cicatrices en nombre de su antiguo dios, había ido perdiendo su color, alcanzando un blanco pálido como piel del propio Markus. Las cicatrices habían desaparecido de sus mejillas, sustituyéndolas por un leve rubor, y sus labios habían adquirido un rojo ardiente y cautivador.

La Marca de Slaanesh aparecía grabada en su clavícula, vibrante y llena de oscura decadencia.

Sus ojos violáceos se abrieron desproporcionadamente cuando detectaron su presencia y los rojos labios dejaron escapar un gemido de adoración.

-¡Amo…!- No pudo continuar. Soltando su pelo y lanzando una fuerte bofetada con la misma mano, el Sargento de aquel grupo la derribo en el suelo.

¡Hey! ¡Cómo se atreve a tratar así a nuestra chica! Solo nosotros podemos pegarles así a los miembros de nuestra iglesia.

Una iglesia conformada por una chalada ninfómana y un tipo con un trastorno bipolar. Menuda religión…

-Era todo lo que necesitaba escuchar- Dijo el hombre con voz impersonal, mientras Karsha se arrastraba a toda prisa hacia otro extremo de la habitación. Inmediatamente después, el hombre miro a Markus directamente- ¿Así que tú eres el huésped de ese demonio?

Markus se puso en pie con tranquilidad mientras sostenía la espada con la mano derecha y una de sus pistolas con la izquierda.

-Desgraciadamente si- Contestó con una sonrisa- Y tú debes de ser el líder de este grupito tan pintoresco ¿verdad?

-Mira quien fue a hablar. Y si, lo soy- Confirmó el hombre sin alterar el tono de su voz ni un ápice.

-¡Perfecto!- Exclamó Markus al tiempo que le lanzaba una mirada de reproche- Ya era hora de que aparecierais. Supongo que la puntualidad no entra dentro de los cánones caóticos.

El hombre frunció levemente el ceño y contesto, de nuevo con la misma voz, mirando a Karsha con un leve disgusto.

-Tuvimos que arrastrar a tu mascotita hasta aquí. Dio más problemas de los que merecía, pero quería estar junto a su amo.

-No es mi nada- Contesto el pirata, consciente de que el hombre pretendía molestarlo, e ignorando la mirada llorosa de la mujer que lo observaba desde su esquina- Solo es un error que nunca debió ocurrir. Podríais haberos ahorrado las molestias y haberla degollado en ese apestoso pantano. La habríais hecho un favor…

Sargento frunció aún más el ceño.

- Tú la creaste. Da igual si lo hizo el demonio en tu interior o tú mismo. Es tuya. Un error dices, si, tu error, tu fracaso al oponerte al dios que elegiste…

-Vale, punto uno- Lo interrumpió Markus, finalmente cabreado- Yo no escogí esto. Me gané esta maldición cumpliendo con lo que en ese momento consideraba que era mi deber. Punto dos. Mi vida es mía, no le pertenece a ningún Dios del Caos. Solo los débiles se arrastran hacia la esclavitud eterna para obtener más poder, en vez de ganarlo ellos mismos. Mi fuerza es mía, me la he ganado, con el sudor de mi frente y la sangre de mis venas. Así que no te atrevas a compararme, ni por un segundo, con vosotros.

Mientras decía esto, comenzó a dar pequeños pasos hacia el oficial del pacto. El hombre hizo exactamente lo mismo y ambos comenzaron a acortar distancias, en dirección al centro del salón.

-¿De qué sirve aceptar la furia eterna de Khorne si no puedes disfrutar de los frutos de tu victoria? ¿De qué sirve la vida eterna de Nurgle, si tu cuerpo se ya está muerto? ¿De qué sirve estancarse en el placer de Slaanesh si olvidas el resto de lo que la vida te ofrece? ¿De qué sirve conocer el futuro de Tzeench si olvidas que tú escribes tu propio futuro?

Markus y Sargento quedaron a pocos centímetros de distancia, mirándose a los ojos en un intenso duelo de voluntades.

-Mi alma es mía Sargento. He jugado al juego de la muerte largo tiempo y pienso seguir haciéndolo por muchos años más. Que no se te olvide.

El oficial del pacto no hizo el menor gesto, simplemente encendió su espada sierra que emitió un grave rugido al poner en marcha las cadenas de sus dientes.

-¿Has acabado ya?- Pregunto el hombre.

Markus sonrió de manera siniestra.

-Sí. Empecemos.

Sargento no espero a que terminara la frase y lanzo un poderoso tajo con su espada sierra, dispuesto a abrirle desde la clavícula a la ingle, pero Markus fue más rápido y con un elegante movimiento de un consumado esgrimista esquivo la hoja dentada al tiempo que lanzaba una estocada a un flanco desprotegido del caótico.

Sargento lo vio venir y alzó el antebrazo para desviar el ataque. Pero la espada de Markus no alcanzo su corazón, sino que se introdujo en el espacio entre su hombrera y su hombro para arrancar la primera de cuajo.

Markus salto hacia atrás, esquivando el golpe de regreso del caótico y volvió a atacar, arrancándole esta vez una de las grebas.

-Deja de jugar y pelea- Dijo Sargento con frialdad, aunque se notaba que estaba irritando.

-Estoy peleando- Contestó el corsario con una sonrisa, mientras esquivaba sus acometidas- Es un estilo de lucha muy sencillo. Te mueves, te mueves y te mueves hasta que…

En un momento dado, el pirata saltó hacia adelante y hundió su espada  en el hombro desprotegido del caótico.

-…finalmente alcanzas el objetivo.

Sargento lanzó un gruñido de dolor al tiempo que plantaba un pie en el pecho del pirata y lo empujaba hacia atrás. Markus aprovechó el impulso para extraer también su arma del cuerpo de su oponente que vino acompañada de un chorro de sangre.

El oficial no se entretuvo con el dolor de su herida y, tras cambiar el arma de mano, volvió a atacar con rapidez, casi alcanzando a Markus por un pelo en su armadura caparazón.

-Hablas demasiado- Dijo Sargento entre dientes.

Y el duelo continuó.

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Por su parte, Yaelha había decidido de antemano con quien lucharía.

Su oponente parecía ansioso por empezar la pelea ya que se llevó la mira de su pesado rifle de francotirador al ojo mientras acariciaba el gatillo.

-Ya te tengo preciosa- Dijo relamiéndose- Vamos a pasarlo tan bien cuando acabe…

Yaelha no se movió ni un centímetro, ni hizo ningún gesto aparente, simplemente permaneció allí de pie. Entonces el humano apretó el gatillo.

En ese mismo instante, la eldar giro el cuello al tiempo que esgrimía una brillante sonrisa de suficiencia. La bala erró su objetivo y, en lugar de atravesar la frente de Yaelha, cortó la cuerda de su larga coleta desparramando los rubios cabellos de la mujer eldar sobre sus hombros.

Viturlv se quedó pasmado por un instante, no solo por el hecho de haber errado un tiro seguro, sino también por el hermoso espectáculo que tenía delante.

Yaelha movió la cabeza en un gracioso gesto, colocándose el pelo en su lugar. Miró al humano con una sonrisa arrogante en los labios.

-Buen disparo, niño. Hacía rato que quería quitarme esa goma- Se mofó la eldar, arrancándole al humano una mueca de enfado.

Yaelha comenzó a caminar hacia Viturlv, con paso tranquilo y elegante, digno de una reina. No se molestó siquiera en desenvainar sus dos espadas, que permanecían  colgadas en su cinturón.

El francotirador gruño algo y volvió a disparar. La eldar volvió a sonreír y esquivo el proyectil con un movimiento digno de un espectáculo de baile y no de una batalla. Viturlv disparo cinco disparos más, tras el primero, y la eldar los esquivo con la misma gracilidad sin perder su brillante sonrisa. El gesto del humano se tensaba cada vez más a causa de la rabia y la humillación.

Cuando Yaelha lo alcanzó por fin, Viturlv desenvaino su cuchillo de combate y lanzó un furioso ataque hacia ella. La eldar le agarro la muñeca con fuerza y se la retorció obligándole a soltar el arma. En lo que pareció una milésima de segundo, encadenó una patada en el estómago de humano y otra en su barbilla, para, seguidamente golpearlo con la mano libre y lanzarlo hacia atrás.

Viturlv retrocedió tambaleándose hacia atrás y cayó de bruces al suelo. Un sonido metálico llamo su atención y vio como la eldar empujaba se cuchillo con el pie hacia él, al igual que su rifle que también se le había caído.

-¿Eso es todo? Que patético- Expresó Yaelha mientras desenvainaba sus dos espadas- Recoge tus armas humano, aún no he terminado contigo. Alguien tiene que enseñarte modales…

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Mientras tanto, Pólux esquivó el tercer disparo del rifle de Arkios, maldiciéndose a sí mismo por no haber cogido su carabina o, mejor aún, el lanzallamas. La escopeta era una buena arma, pero tenía que acercarse más que su oponente para usarla.

Markus y Yaelha ya estaban dándoles caña a sus respectivos rivales, pero claro, uno estaba poseído por un demonio y la otra era una xeno. Definitivamente resultaba un poco molesto ser el tío normal de grupo.

Aunque resultaba mucho más gratificante matar a los enemigos por uno mismo, sonrió.

Corrió rápidamente y se cubrió tras una mesa, justo a tiempo para que un láser no le abriera un agujero humeante en el cráneo.

Sacó de su cinturón una granada cegadora y la lanzó por encima del mueble. El haz de luz dejó a su enemigo cegado durante un instante. Justo lo que necesitaba para acortar distancias. Arkios disparó su rifle a ciegas y alcanzó a Pólux, haciéndole una leve quemadura en el hombro.

El Catachán lanzó un gruñido al tiempo que alzaba la escopeta y apretaba el gatillo, descargando una lluvia de perdigones sobre el pecho del nametheriano. Arkios salió volando hacia atrás por el impacto pero, para frustración del Catachan se puso en pie de nuevo.

-Armaduras caparazón- Bufó el Catachan mientras sacaba su Colmillo de Diablo- Vaya mariconada.

Saltó hacia adelante y lanzó un tajo en dirección al cuello de Arkios que lo esquivo rápidamente y atacó con el suyo propio alcanzando al Catachan en el antebrazo, haciéndole un ligerísimo corte del que salió un hilo de sangre.

Pólux ignoró aquella nueva cicatriz y, con un rápido corte de su arma, segó la goma de la máscara de gas que su oponente llevaba puesta  haciéndola caer de su cara.

Por alguna razón, aquello desconcertó al nametheriano, que trató de agarrarla rápidamente para volver a ponérsela, dándole tiempo al Catachán a encadenar una serie de golpes directos en la cara descubierta  y en el estómago con sus puños.

La nariz y el labio de Arkios sangraban profusamente, pero aquello no parecía importarle. Miro a Pólux con algo que se asemejaba más a la mueca de un niño a punto de tener una rabieta que a la de un soldado furioso.

-Me has quitado la máscara- Dijo- Al Abuelito le gustaba mi mascara. Ahora lo has enfadado.

Genial. Otro loco, pensó mientras se encendía su tercer puro del día. ¿Porque cojones nunca le tocaba un tío normal?

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Desde su esquina, ignorada completamente por todos los contendientes, Karsha no apartaba la mirada de la adorada figura de su Amo.

Por fin estaba a su lado. Al fin lo había encontrado, pensó con los ojos arrastrados en lágrimas. Ya estaba lista para servirle y compartir el don que el Profeta de su nuevo Dios la había obsequiado. Su cuerpo se había modelado a gusto del Príncipe Oscuro en poco tiempo, dejando atrás su antigua apariencia, cuando servía inútilmente al bárbaro Dios de la Sangre.

Ahora era digna de la perfección de su Amo.

Cada movimiento que ejecutaba en aquella demostración de habilidad hacia parecer, a los ojos de la slaaneshi, torpes e infantiles los ejecutados por los demás. Ahogo un gemido de placer, cuando la espada de Markus atravesó la carne de Sargento en el hombro, y extrajo su mano de entre las piernas con los dedos húmedos.

Pero el Amo estaba enfadado con ella. Karsha había hecho algo que lo había molestado y por eso la había rechazado al principio. ¿Qué habría hecho mal? Aquel pensamiento se tornó en obsesión en un instante, pues disgustar a su adorado maestro la parecía el peor de los destinos.

Entonces lo recordó.

El Cuchillo. Había perdido su Cuchillo.

Ese sucio khorniano lo tenía. Le había arrebatado el talismán que su señor le había regalado y ahora lo estaba tocando con sus impías manos, sin apreciar de verdad lo que significaba aquel objeto.

¡Por eso el Amo estaba enfadado con ella! Quería que recuperara su Cuchillo. ¡Sí! ¡Lo haría! Lo recuperaría y entonces… Se estremeció de placer al pensar en la recompensa de que le entregaría su Amo ante aquella muestra de devoción.

Se arrastró en silencio hasta una de las salidas y, tras dirigir una última mirada anhelante al objeto de su adoración, hecho a correr en dirección al hangar. Sargento le había dicho al khorniano que se fuera a apoyar al seguidor de Nurgle y a esa mujer aquel lugar, así que sería allí donde estaría.

Pasó corriendo por los pasillos desérticos de la mansión y enfiló otro repleto de espejos que la llevaría directamente al hangar. Se detuvo en seco para mirarse en uno de ellos e hizo un mohín de disgusto ante el aspecto de su pelo.

El Amo también debía estar enfadado con aquello así que busco rápidamente algo con lo que lavarse la sangre que apelmazaba y daba forma a su antiguo peinado. Una tubería en el techo, rota por una granada, dejaba escapar un chorro de agua, formando un pequeño charco en el centro del pasillo.

Karsha no se lo pensó dos veces y se colocó debajo de la tubería, usándola a modo de ducha para limpiarse. Sintió un agradable cosquilleo cuando el agua fría rozo su piel desnuda y mojo su camisa y la ropa interior que llevaba, pegándola aún más a su cuerpo y revelando sus torneadas formas a ojos de cualquiera.

Limpió su cabello con esmero y se volvió a mirar en el espejo. Un brillante cabello de color negro azabache que la llegaba a la altura de los hombros. Sin embargo sintió que algo era diferente allí. Siempre lo había tenido ese color, pero miro con más atención a su reflejo.

Entonces lo vio, y no pudo evitar que un grito de gozo surgiera de su garganta.

Un mechón de su pelo se había vuelto blanco. No un plateado intenso como el de su Amo, pero guardaba un leve parecido.

Agradeciendo mil veces aquel regalo de su Amo, siguió corriendo en dirección al hangar.

-Te complaceré Amo. Estarás orgulloso de mí- Aquel pensamiento se repetía, una y otra vez en su mente. No existía nada, no había ningún deseo a parte de ese.

El Amo lo era todo.

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Vitulv se levanto de un salto, aquella Eldar pedante queria burlarse de él. Agarro su cuchillo y movio sus hombros y cabeza para despejarse, entonces la sonrisa volvio a aparecer en su rostro, una sonrisa desquiciada mostrando sus caninos afilados y colocandose en posición de ataque con su cuchillo.

-Asi que tu me vas a enseñar modales ¿ehh?, cuando estes de rodillas implorando clemencia, no voy a ser malo contigo, puede que te convierta en mi juguete, ese culo no debe desperdiciarse.

Yaelha mostro de nuevo una cara de repugnancia ante aquel mon-keigh. Nadie le hablaba asi y quedaba impune.

Alzó su espada y fue a por aquel hombrecillo. Rapidamente, Vitulv sacó su pistola láser de la funda que llevaba oculta en la cadera y efectuo un disparo.

Yaelha lo esquivo rapidamente y continuo su carrera, Vitulv volvio a disparar a la izquierda de la Eldar y otra vez volvio a esquivar su disparo. La sonrisa se ensancho y los ojos se abrieron, cuando Yaelha se encontraba a unos pocos metros, Vitulv efectuo un ultimo disparo a los pies de la Eldar.

Con gran agilidad, la eldar se lanzó hacia adelante y dio una voltereta en el aire, cayendo sobre sus pies y lanzando la espada esperando enterrarla en el cuerpo de aquel asqueroso humano, pero cual fue su sorpresa al no sentir el chapoteo de la sangre contra la hoja.

Vitulv se movio a su derecha y lo único que la espada atravesó fue parte de su capa de camuflaje. Sintio el aliento de Vitulv en la nuca cuando este le habló.

-Ya te tengo, mi dulce Corza.

Con gran agilidad, le dio un beso en él cuello y luego un rodillazo en el costado, haciendo que cayera al suelo, más humillada que dolorida.

Vitulv disfrutó de su momento y espero a que ella se levantara.

Con un movimiento de muñeca, la espada pasó a escasos centimetros de sus pantalones y el francotirador dio un salto hacia atras para esquivarlo, clavando sus brutales ojos rojos en los delicados y ahora enfurecidos ojos azules de Yaelha. 

-Vaya, ¿estas molesta?, pues aún no has visto nada. cuando estes a mis pies, lo pasaremos en grande.

Yaelha alzó las espadas y en sus ojos flameo una llama de odio, un odio puro y sin adulterar. Colocó sus espadas frente a su bello rostro y las hizo deslizarse una contra la otra, provocando una lluvia de chispas azuladas que dio más énfasis a su palabras.

-Esta sera la ultima vez que me humillas humano, nunca he perdido un combate contra ninguna otra raza, y esto no te lo perdonare... jamás.   

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Parando una estocada de la espada del pirata y haciendo que el golpe cambiase de direccion junto a su propietario, Sargento dio un fuerte golpe con su puño que iba protegido por el grueso guantelete. El pirata cayo al suelo por el tremendo golpe propinado que por razones obvias habia cambiado ligeramente la orientacion de la nariz del pirata que ahora sangraba en el suelo. 

Sargento dio unos pasos en direccion al pirata que se encontraba arrastrando intentando recoger su arma que estaba a escasos metros de el.

-Habla- Dijo Sargento que andaba a paso lento hacia el pirata, sus ojos ahora abiertos como platos se habian fijado en el pirata que ya habia alcanzado su arma y se habia puesto de pie. 

Por unos segundos el pirata dudo que trataba de decir el callado guerrero, pero esos pensamientos fueron interrumpidos cuando un golpe lateral con la espada sierra impacto contra su brazo bionico. Casi tan rapido como pudo uso su arma para detener el golpe pero lo que tendria que ser un herido ahora era una persona llena de rabia y odio en su interior. 

Un grito de dolor acompañado de los rugidos de hambre de la espada-sierra del sargento se impuso en toda la sala. Cuando el brazo bionico fue amputado a nivel del codo por el Sargento, este mismo hizo espacio entre ambos propinando una patada en el torso del pirata tirandolo del suelo. 

Cuando Markus yacia tirado en el suelo de mientras un charco de aceite y sangre le empezaba a rodear el Sargento, que habia estado protegido y oculto todo este tiempo por un tosco casco de combate y una mascara de gas que ocultaba la mayor parte de su rostro se desprendio de ambos utinsilios que le habian acompañado durante todo este tiempo. Tras quitarse su casco se dejo ver una larga melena que llegaba hasta los hombros, de color plateado totalmente que parecia mas propio de un cadaver que de un humano. Al quitarse la mascara de gas dejo ver un rostro delgado, desnutrido y gastado por la guerra. 

Dio nuevamente unos pasos hacia el pirata que intentaba alcanzar su espada con su unica mano, en esta ocasion el hereje se quito ambas hombreras que portaban una gran cantindad de runas y signos caoticos. 

-Quiero que hables- Dijo nuevamente Sargento, con el tono de voz que parecia acompañarle un letargo de oscuridad y odio- Quiero que me demuestres la muerte.


Angla agarró una caja a su lado con su mano "buena", y, usándola como apoyo, se levantó del montón de cajas.

En su mente, la voz del demonio resonava con su tono cascado y flemoso.

Debes hacerlo.

-Entendido, te dejo al mando- Dijo el mortal, no le quedaban muchas opciones.

¡Al fín, libre otra vez!

Angla cayó en una oscuridad, mientras la vision se difuminaba y dejaba de percibir el exterior... Durante unos instantes... Y luego recobró los sentidos, pero no era la misma manera... No controlaba su cuerpo... Y ... Él era ahora la voz...

Observó como, con la mano buena, el demonio encajaba de nuevo su brazo en el lugar que le correspondia, aunque los huesos y los musculos seguian rotos y aplastados en algunos puntos. Observó a su vez que alrededor suyo el aura del demonio era visible, y creía que ya un psíquico podría verla... Rugió, y el Ogrete se giró hacia él.

En unos segundos había pasado de estar tumbado en el suelo a estar encerrado en su propia mente... Pero le gustaba saber que ahora, tendría una pelea de fuerzas iguales contra el ogrete... La boca de la mano izquierda esbozó una pequeña sonrisa antes de volver a cerrarse.

El cuerpo agarró el puño del ogrete que cargaba hacia él.

Las venas se marcaron cuando el aura disforme que envolvia a Angla se hacia visible momentaneamente a ojos del Ogrete, para luego, confuso, ser levantado en el aire por el humano...

Era extraño, todos excepto Mikerl estaban sorprendidos.

Mikerl ya había visto a este Angla antes... Haría unos 8 meses y medio, cuando luchaban contra unos mutantes. en las alcantarillas de alguna colmena. Se habían divido en grúpos de dos y su grupo estaba siendo atacado por una bestia de 2 metros o mas, que fue levantada por un extraño Angla y luego golpeada contra el suelo por el mismo ser que lo había levantado.

Tras la pelea Angla le explicó todo, pero Mikerl estaba demasiado ocupado pensando en como cortarle la cabeza a su compañero y ofrecersela a Khorne.

El ogrete observó los ojos del humano.

-Rojo, rojo, rojo, rojo, rojo, rojo, dulce rojo... Caerá del enemigo, o del amigo quizá? quien sabrá, pues Padre no le importa de donde venga... el Rojo se volverá marrón, o verde quizá... Incluso negro podría ser, pero a nadie le importa... A nadie le ha importado jamás el ser llamado Angla... Hasta hace poco... Muy poco...- La voz de Angla resonó en la cabeza del Demonio.

-¿De quien es el reflejo en tus ojos?- Dijo el demonio al Ogrete mientras caía. No le dio tiempo a asimilar toda la información, cuando cayó al suelo sonó el crujido de varios huesos debido al impacto.

Angla se acercó a la cara del ogrete, y, llevó el la mano al ojo izquierdo del mismo mientras decía

-Ahora sufirás lo que yo sufro... De la forma mas permanentemente posible...

Angla llevó el dedo indice a la pupila del ojo, atravesando la pupila y el iris mientras el ogrete gritaba de dolor. Con un suave tirón, rompió el nervio óptico, y con un movimiento de dedo retiró el ojo de su respectivo lugar. El ogrete gritaba de dolor mientras su otro ojo observava como el primero era aplastado dentro de la mano de ese humano.

En un ataque de rabia, el ogrete empujó a Angla contra la nave antigua. Al chocar contra el blindaje, cayó inconsciente. 


Mikerl, ante tal bestia que había noqueado a Angla, decidió sacar sus dos pistolas de proyectil sólido y disparar a la pierna izquierda del ogrete, tras efectuar cuatro disparos de los cuales tres de ellos impactaron en la pierna, dos haciendo daños leves y uno entrando e hiriendo el tendon de su enorme contendiente. Esto hizo que Kurght soltará un aullido de dolor mientras se sujetaba la pierna.

-¡La Bestia Tonta está sangrando! ¡Sí! ¡Lo está! ¡Lo está de Verdad! -La risa desquiciada de Mikerl hacia hervir de rabia al ogrete- ¡Los más grandes sangran! ¡Sangran! ¡Sangran para Khorne! ¡Sí! ¡Khorne está feliz viendo como sangra! ¡Viendo como sufre! ¡Sangre para el Dios de la Sangre! 

La risa de Mikerl duró poco porque el enfado del ogrete aumentó tras este ataque entonces un puñetazo directo de la gran bestia fue dirigido a Mikerl, pero en ese instante algo desvió al Loco del puño, ese algo era Karsha que buscaba el cuchillo de su preciado Amo.

-¡¡DAME EL CUCHILLO DEL AMO!! ¡¡No eres digo de él!! ¡¡Ese cuchillo le pertenece a él y solo a él!! ¡¡Es un regalo y tus asquerosas manos lo Mancillan!! ¡¡Haré que el Amo me acepte!! ¡¡Lo haré!! 

Karsha propinó dos puñetazos a Miker, mientras estaba sobre él para inmovilizarlo y quitarle el cuchillo del amo. Mikerl reaccionó rápido y uso su codo derecho para golpear a Karsha y desestabilizarla con una patada para librase de ella y así marcar distancias.

-Vaya, vaya ¿Pero quien tenemos aquí? Aún quieres el cuchillo ¡Lo veo en tus ojos! ¡Sí! ¡Ven a Por el!- Siguió riendo.

Entonces un furioso bramido de Kurght desvió la atención de los dos contendientes. La figura de la gran mole se puso entre ellos, desde el cielo se veía como formaban un triángulo, mirandose todos mutuamente, analizando a sus oponentes.

-¡Aplaztar Kanijoz!

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Arkios esquivó con dificultad otro golpe e intentó acertar a bocajarro con su rifle láser a su oponente, pero era demasiado rápido. 

Estaba familiarizado con el estilo de lucha Catachán, ya que había estado un par de años luchando junto al 76º de infantería de K-911, el mundo letal Nametheriano por excelencia, y que fue colonizado por tropas Catachanas en la Conquista de Namether. 

Sin embargo, aquel tipo había cambiado la base, la había mezclado con otros estilos de lucha y le había dado toques personales. Era asqueroso. El Abuelito odiaba el cambio.

Cuando intentó dispararle de nuevo, su rifle láser solo chasqueó, y un puñado de chispas salieron de su boca. Se había quedado sin disparos. Gruñó y se echó el arma a la espalda. El Catachán acometió, aprovechando la situación, y el filo de su cuchillo trazó una larga línea en el peto de Arkios, pero solamente lo penetró un poco. 

Con un bufido, devolvió el golpe en forma de patada, que se estrelló en una de las espinillas de su oponente. Pero no retrocedió ni dio muestras de dolor. Agarró la pierna de Arkios y le tiró al suelo, para después lanzarse sobre él cuchillo en mano. Intentó clavárselo, pero Arkios también era fuerte y consiguió mantenerlo a raya.

Mientras intentaba deshacerse de él, notó como su mente se volvía más ligera, y como sus músculos dejaban de estar tan relajados. Además, esa bobalicona parsimonia que lo había estado poseyendo abandonó su cabeza, y en su lugar apareció una sensación de miedo. 

Joder- Pensó- Soy normal...otra vez.

Con los dientes apretados y haciendo toda la fuerza que pudo, levantó las extremidades del Catachán (que las tenía cogidas por las muñecas) y apoyó su rodilla en su vientre. Le escupió en la cara, y aunque no consiguió nada con eso (a excepción de enfadarle), logró apartarlo de sí y lanzarlo un par de metros a su derecha con un rodillazo. 

Se levantó, tambaleante y jadeando y agarró un par de garfios con la mano izquierda y su cuchillo de combate con la derecha.

- Esto va a ser duro- Masculló mientras el pirata se levantaba rápidamente al mismo tiempo que desenfundaba otro de sus cuchillos.


Yesika frunció el ceño. Le extrañaba que el jefe pirata hubiera dejado tan sólo a un hombre para defender el hangar, ¿acaso no seguía él mismo dentro de la mansión? Por otro lado, un ogrete… tenía entendido que sólo estaban a disposición de la guardia imperial, ¿de dónde lo había sacado? Fuera como fuere, dejaría que Angla y Mikerl se ocuparan de él, ella tenía otras cosas que hacer. Aunque, eso sí, esperaba que dejaran un cadáver usable. Nunca había diseccionado a uno de aquellos gigantes mutantes.

La mujer se dirigió hacia la nave de mejor manufactura, donde una chiquilla manejaba con destreza los controles para activarla.

Era sorprendente la habilidad de la niña, pero no era la primera vez que Yesika veía a un niño hacer cosas impropias de su edad. Algunas personas se desarrollaban extremadamente pronto, otras, más lentamente. Y por desgracia otros nunca lo hacían; Yesika pensó en sus compañeros.

Bueno, sin la ayuda de su enorme guardaespaldas, no resultaría ningún problema. Al fin y al cabo, no era más que una niña.

La chiquilla se volvió y la miró fijamente. Sus ojos eran fríos, pero podía percibir desagrado en ellos. Su ceño estaba fruncido y sus manos habían dejado por un momento de corretear por las paredes de la nave. La mirada de la chica era intensa.

Si las miradas matasen, Yesika estaría ahora en un cajón de pino. De hecho, casi parecía que la niña pretendía eso. La mujer se encogió de hombros; ella no notaba nada. Durante unos segundos, la chica parpadeó, confusa; tiempo suficiente para que Yesika entrara dentro de la nave.

La servidora del caos puso una mano en los hombros de la pequeña.

-Vamos a ver, chica…- Se le hacía raro llamarla así. Sus ojos eran profundos, y parecían ocultar una sabiduría arcana. Y desafiante odio. Yesika sonrió, le recordaba a ella misma cuando la regañaban sus padres. Sus padres… La sonrisa se marchitó en sus labios- Sal de aquí.

No respondió. Tampoco se movió.

La caótica suspiró  y la agarró por ambos hombros, dispuesta a sacarla a rastras si era necesario. En ese momento, un sentido acuciante golpeó su cabeza. Algo que le advertía peligro. Tenía que darse la vuelta. Así lo hizo. La otra pared era prácticamente igual, llena de mandos, y el techo… en el techo, una torreta se estaba desplegando silenciosamente, el cañón del arma dirigido hacia ella. Yesika soltó una maldición y, desenvainando su cuchillo, se colocó detrás de la pequeña.

-Vaya, así que no es que seas lista. ¿Eres una tecnomaga? Qué cosas se encuentra una...- El cuchillo arañó la piel de la niña- Ni se te ocurra hacerla disparar, o te rebanaré el cuello antes.

Yesika miró a la torreta, pero ésta no se movió más. Con cuidado, fue saliendo de la nave, con la niña con ella. Algo raro le estaba pasando. Primero le había ocurrido aquello fuera de la mansión, y ahora un extraño sexto sentido le indicaba peligro.

¿Qué más cosas estaban cambiando en ella? ¿Serían cambios temporales o permanentes? Tal vez… tal vez se estuviese volviendo una psíquica. Pero no, los psíquicos nacían, no se hacían, y ella nunca había desarrollado poderes mentales.

Sin embargo… ¿y si verdaderamente aquella niña la había atacado mentalmente antes? ¿Por qué no había notado nada entonces? ¿Era que su dios la protegía, o algo más profundo? Yesika sacudió la cabeza. Ahora no era momento de pensar en esto, seguiría confiando en su señor y esperaría a ver qué más le ocurría o dejaba de ocurrir. Ahora la pareja estaba bien lejos de la nave y de la pelea entre los tres hombres. La mujer dio la vuelta a la pequeña y le habló.

-Chica, sé que no te caigo bien, pero tú y yo nos parecemos en algo. Somos las más inteligentes de nuestros grupos. Los otros casi siempre actúan como brutos, pero nosotras no tenemos porqué hacerlo así. Así que haremos una cosa: tú te irás a activar una nave, y yo la otra. Al fin y al cabo, lo que queremos es escapar de este maldito sitio de una vez, ¿no?

La niña no respondió.

-Sé que nuestros compañeros deben de estar matándose en otros lados de la mansión, pero es problema suyo, actúan como hombres todos… Míralo de esta manera, cuanto antes activemos las naves, antes nos iremos y menos daños sufrirán tus amigos, o lo que sea que sean para ti– Yesika se separó y retrocedió un par de pasos- Sé que vosotros tenéis una nave en órbita y más transportes, mientras que nosotros no tenemos nada. Espero que no te moleste que me quede con la mejor nave, es justo, ¿verdad?

Yesika se dirigió a la nave sin quitarle la vista de encima a la tecnomaga. Ésta no cambió la seria expresión, pero acabó dándose la vuelta y yendo a la otra nave. No estaba segura de haberla convencido. Verdaderamente, era una chiquilla intrigante…

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El comisario hizo una mueca de asco.

Ladrones. Le repugnaban. Era una forma muy baja de ceder a las presiones de los instintos. Aquellos mercenarios habían cometido un doble crimen, uno ligado al otro. Habían cometido traición, abandonando la pureza y precipitándose al vacío de errores: asesinato, robo…

Los piratas habían abandonado todo ideal humano, repudiado la Luz del Emperador, aquella que daba sentido a la existencia misma del alma humana. Kranoff se dio cuenta de que aquellos hombres ya no eran humanos más. Sus actos habían condenado sus mentes a un rango más animal, ejecutarlos era un deber suyo por eliminar alimañas y por la redención de lo que antaño fueran aquellos pobres diablos. Bien, era más fácil matar animales que humanos.

-Áuspex– La voz del comisario sonó seca.

-Noto varias formas de vida al otro lado de este pasillo– Contestó James.

-Bien.

-Al parecer, están luchando entre ellos. O eso parece por sus movimientos.

-Hmmm– Kranoff sacudió la cabeza. Típico de aquella carroña. Durante su patrulla por la mansión, había llegado a ver a algunos piratas peleándose entre ellos. Una muestra más de la indisciplina que sólo podía ocurrir cuando el egoísmo imperaba, forzando la aparición de pequeños grupos.

Por ello los comisarios tenían que favorecer la unión de los hombres a su cargo. Ya fuera mediante el miedo o cualquier otra herramienta que aquél considerase adecuada.

Los mercenarios también habían causado alguna baja entre sus hombres. Dos de ellos habían caído durante el fuerte tiroteo que había ocurrido a veces. Sin embargo, los imperiales habían prevalecido. Los guiaba el saber que la Verdad estaba de su lado, y el deber para con el Emperador y la Humanidad. Aquélla era la diferencia entre los humanos y el despojo en que se habían convertido los piratas y cualquier adorador de los poderes disformes despreciables.

Al fin llegaron a la puerta que llevaba al sitio donde le esperaban más piratas. Según los mapas que tenían, debía de ser el salón de baile. Los ocho guardias imperiales se organizaron a ambos lados de la puerta, tras lo cual Kranoff abrió las puertas de una patada. Acto seguido, se puso a cubierto; sin embargo, no parecía haber ninguna defensa preparada. Y era normal, pues dentro había organizada una buena pelea. Dos piratas y una espectro aullante eldar se batían contra tres soldados caóticos.

El comisario no pudo impedir reír para sí. ¡Sus dos enemigos batiéndose delante de sus narices! Uno de los piratas, además, estaba tirado en el suelo, con un brazo metálico cercenado al lado. Sobre él, una imponente figura con la cara cubierta por una máscara dorada miraba a los recién llegados.

Los guardias imperiales formaron a la entrada de la habitación y apuntaron a los presentes. Tras ellos, Kranoff también portaba su arma.

-Como máxima autoridad judicial y militar de Su Majestad presente, os condeno irredimibles a los presentes. Que la Paz del Emperador os llegue como última y generosa redención.


5. Cae el telónEditar

Markus gruñó al colocarse la nariz con un chasquido en su posición original. El agudo dolor casi le hizo saltar las lágrimas.

Definitivamente resultaba más fácil con el brazo bionico.

Ese hijo de puta le había sacudido bien, tenía suerte de solo habérsele descolocado el tabique nasal y que hubiera sido fácil volver a ponerlo en su sitio. Podía sentir el poder de la Voz reparando los huesos dañados y los músculos aplastados. Tardaría un rato, pero volvería a tener la nariz completamente normal.

Eso si ese tipo no lo mataba antes.

Los símbolos caóticos que llevaba tatuados en su cuerpo resultaban espeluznantes, nunca había visto nada igual. Markus podía sentir el miedo que le producían al demonio que habitaba en su mente, un miedo que jamás habría sentido ante la presencia de ningún enviado de otro dios.

Sargento estaba soltando una parafernalia sobre su anterior discurso sobre la muerte, pero Markus no le escuchaba. El cerebro le zumbaba furiosamente mientras la Voz le gritaba desde dentó.

¡Mátalo! ¡Tienes que matarlo!

¿Te crees que no lo sé?- Soltó Markus, realmente molesto- Si sabes algo es mejor que me lo digas, porque esto se nos está yendo de las manos.

Solo tienes que saber que si no lo matas ahora no saldremos vivos de esta- Se revolvió la Voz, furiosa, en su interior.

Eso es más fácil hacerlo cuando tienes dos brazos ¿sabes?- Replico Markus realmente molesto. Los pensamientos de la  diablilla se entrelazaban y bullían como un mar en una tormenta. Markus nunca la había visto así.

Bien, si ella no quería decirle nada, tendría que sonsacárselo.

Markus tiró de los pensamientos del demonio referentes a Sargento, con cuidado de no tocar ningún otro. No quería encontrarse con el nuevo número de Vostroyanas Sodomizadas por error. La verdad, resultaba perturbador pensar en cómo había llegado eso a su cerebro.

La Voz, obcecada en sus erráticos razonamientos sobre formas (cada una más original que la anterior) de matar a Sargento y nublada por aquella sensación de inquietud, lo vio venir tarde y no pudo evitar que Markus observara aquella información…

-…Quiero que me muestres la muerte- Dijo Sargento, terminado su frase mientras el hombre se colocaba la nariz en su sitio.

Esperaba algún último comentario mordaz por parte del pirata antes de separarle la cabeza de los hombros, pero el hombre simplemente desenfoco la vista durante una milésima de segundo.

Entonces un ligero temblor se extendió por todo su cuerpo y explotó en una carcajada frenética que salió de los labios empapados en sangre por la nariz rota del pirata.

La carcajada resonó por las paredes del salón de baile al tiempo que la puerta por la que habían entrado los caóticos se abría de nuevo con un gran estruendo y ocho guardias imperiales y un comisario entraban en la sala, desplegándose bajo el arco de la entrada. El comisario se colocó tras los guardias y apuntó con su pistola bolter a los presentes.

-Como máxima autoridad judicial y militar de Su Majestad presente, os condeno irredimibles a todos los presentes. Que la Paz del Emperador os llegue como última y generosa redención- Anuncio el comisario con voz triunfante.

Sargento volvió la cabeza para ver a los recién llegados y Markus solo pudo sonreír desde el suelo al tiempo que aferraba con su mano libre el mango de la espada mientras los últimos estertores de su risa desaparecían.

Por fin todas las piezas estaban en su sitio.

-Oh, Cállese…- Dijo Markus, sonriendo mientras presionaba la gema central del pomo hacia adentro.

Un sonoro pitido se escuchó sobre las cabezas de los imperiales y la carga explosiva que había sobre el arco de la entrada estallo. La formación de guardias se deshizo, mientras las piedras y trozos de arquitectura que se desprendían se sumaban a la metralla que contenía el explosivo. Dos de ellos murieron en el acto mientras que el resto quedaron momentáneamente sordos y aturdidos por los cortes y las magulladuras que les habían infringido los escombros.

El comisario había sido más rápido. Sus años de batallas y su posición ventajosa en la formación le había dado tiempo suficiente como para esquivar la mayoría de los cascotes y la fuerza de la explosión. Aun así, se le veía visiblemente confuso. Markus le sonrió pedantemente al hombre, mientras en el rostro de este se apreciaba un rictus de odio. Le había fastidiado su momento y lo sabía.

El comisario alzo su arma hacia él y le apunto directamente. Su dedo acaricio el gatillo y disparó su arma.

La bala dio en el techo cuando un brazo de metal, lleno de cables y engranajes agarro la mano de Kranoff desde atrás y tiro de ella apartándola de su objetivo original.

Tras los imperiales, cinco servidores de combate, previamente pirateados por Ankira y armados con sus brazos sierra y demás apéndices mecánicos para el combate cuerpo a cuerpo, se lanzaron sobre ellos.

Sargento observo un instante aquella escena. Aquel pirata había planeado aquello desde el principio. Pero por qué tomarse tantas molestias aún se le escapaba. De todas maneras tampoco le iban a importar tanto los motivos de aquel hombre cuando este estuviera muerto.

Se volvió con la espada sierra a punto, listo para acabar con la vida del corsario. Pero Markus ya lo estaba esperando. Todo aquello entraba en sus cálculos. Todo menos el hecho de quedarse sin brazo. Menos mal que no era zurdo.

El caótico frunció el ceño al ver que Markus ahora empuñaba una de sus dos pistolas, la que se le había caído junto al brazo biónico. El pirata ya le apuntaba con ella con pulso firme y Sargento solo pudo fruncir aún más el ceño cuando apretó el gatillo:

-Bum- Dijo Markus mientras el arma lo secundaba con su atronador estallido y el su musculoso antebrazo se elevaba por el retroceso hasta quedar en un ángulo de noventa grados.

Sargento salió despedido hacia atrás cuando el proyectil pesado se introdujo cerca de su axila derecha y explotaba en el interior, haciéndole soltar la espada sierra. Si hubiera llevado puestas las hombreras quizás hubiese podido desviar al menos el proyectil, incluso minimizar los daños. Pero se las había quitado durante el duelo y ahora nada salvo el uniforme se interponía entre la bala y su carne desnuda.

Apenas noto el dolor, menos aun cuando su brazo derecho quedo colgando a un lado de su cuerpo con unos cuantos músculos desgarrados mientras sangraba profusamente por el agujero que la bala le había abierto. Aquello seguramente habría hecho que cualquier otro hombre se desmayara y muriera desangrado, pero sargento no era cualquier hombre. Las sensaciones como el dolor le llegaban lejanas y distantes, como ecos de una siniestra sinfonía que le resultaba casi indiferente.

Gruño al intentar levantarse, pero con un solo brazo para apoyarse resultaba difícil hacer nada más que no fuera estar allí sentado, intentando no caerse de nuevo de bruces al suelo.

Markus ya se había puesto en pie y miraba Sargento desde arriba mientras volvía a colocarse las armas en el cinturón y recogía su apéndice mecánico cercenado.

-¿Sabes? Me llevará dos horas configúrame un brazo nuevo… No espera. Cuatro. Ahora solo tengo un brazo- Dijo el pirata mientras apartaba de una patada la pistola y la espada de Sargento y le sonreía con aquella expresión divertida en sus rasgos. La nariz parecía menos inflamada, como si se estuviera curando sola y volviendo a su forma original- De momento no morirás. No pretendía fallar ese disparo a tu cabeza pero, como comprenderás, es difícil apuntar desde el suelo. Mis más sinceras disculpas.

Aquello no era una disculpa sino una mofa, y Sargento lo sabía.

-De todas formas tienes un 50% de probabilidades de unirte al club de los mancos. Pero si tienes a un médico experimentado en tu grupo o a alguien que sepa de heridas graves, y se dé buena tinta que lo tienes- Añadió con una sonrisa cómplice- Te recomiendo que hagas que te mire ese agujero lo antes posible.

Markus retiro el pie que había tenido sobre el pecho de Sargento y se dirigió con paso calmado hacia la salida que daba al hangar. Se detuvo de pronto y lo miro mientras se daba una palmada en la frente con el brazo biónico que sostenía en el bueno.

-Ah por cierto. Casi se me olvidaba, he activado las cargas que mis hombres colocaron por toda la mansión con esa primera explosión. Calculo que tenéis como mucho diez minutos para salir antes de que todo esto se os caiga encima. Suerte.

Por alguna razón, sargento comenzaba a sentirse irritado en presencia de aquel hombre. Pero no podía negar que hubiera sido una jugada bastante hábil y que dio un giro inesperado a la situación.

-Sera mejor que me dé prisa yo también si no quiero perder mi transbordador ¿No le parece?- Dijo el capitán pirata mientras miraba un reloj inexistente en su muñeca con una elaborada interpretación. Después alzó la voz y llamó a sus hombres- ¡Yaelha! ¡Pólux! Nos vamos.

La eldar fue la primera en llegar junto a él.

El despreciable humano con el que había estado luchando yacía en el suelo, lleno de golpes y cuchilladas mientras apretaba los dientes en un intento de contener el dolor y la rabia que le producían aquella paliza.

Nadie se reía de ella como lo había hecho ese humano hacia unos instantes y se iba tan tranquilo.

Con un rápido movimiento, la eldar extrajo una pequeña daga de manufactura exquisita y la arrojó hacia el humano.

La hoja hendió el aire a una velocidad increíble y se hundió en el hombro del francotirador que grito de dolor y se retorció en el suelo cuando la hoja xeno se hundía en su carne y se clavaba en el hueso del omóplato.

-Esto es para que no olvides este momento mon-keigh- Dijo ella con una mirada de desprecio asomando en sus ojos azules- Te recordara lo que son los modales.

Viturlv no contesto y simplemente siguió retorciéndose en el suelo mientras luchaba contra el dolor para extraer la punta del arma del interior de su hueso.

Pólux tardo un poco más. El nametheriano y él no habían parado de lanzarse cuchilladas y golpes desde que había comenzado la pelea. Debía de reconocer que era bueno, pero sin esa amodorrada indiferencia que había tenido hasta hacía unos instantes, se mostraba más cauto y más dispuesto a esquivar los envites del Catachan que a absorberlos. Como había estado haciendo mientras el estado anímico de su dios le insuflaba fuerza.

Pólux ya tenía un par de heridas profundas, producidas por esos despreciables ganchos, pero el nametheriano también se había llevado unas buenas cuchillas de su Garra de Diablo, que habían penetrado en su armadura, ya castigada por los combates del día.

Con un rápido movimiento, esquivo un nuevo ataque de los ganchos, enredándolos en su Garra de Diablo y le dio un cabezazo en la nariz. La fuerza del golpe termino de machacar el apéndice, haciendo retroceder al caótico mientras sangraba a borbotones. Con su mano libre, Pólux le plantó el cañón de la escopeta en el pecho y disparo a bocajarro con ella, al tiempo que tiraba hacia atrás con el otro brazo, liberando su filoarma del frío abrazo de los garfios.

Arkios salió despedido hacia atrás con un gruñido, dolorido. Aquel disparo a tan poca distancia debería haberle roto algunas costillas como mínimo, el catachán no estaba seguro pero en ese momento no le importaba.

Pólux retrocedió inmediatamente y se colocó junto a su capitán mientras arrancaba tres granadas de su bandolera, dejando las anillas en la misma y las lanzaba rodando al suelo.

Las granadas de humo liberaron su carga, envolviendo a Markus y a sus compañeros en el gas mientras echaban a correr tan rápido como se lo permitían sus heridas. Al menos en el caso de los humanos. La eldar no parecía haber sufrido ninguna magulladura.

-Dele recuerdos al Emperador de mi parte, comisario- Rio Markus desde lejos, mientras Kranoff y sus hombres, de los cuales quedaban solo tres, seguían peleando con los servidores restantes- Dígale que nos envié nuestros honorarios la semana que viene.

El grito de furia de Kranoff se perdió en la distancia mientras se alejaban.

Lo has disfrutado ¿verdad?- Gruño la Voz un tanto molesta.

Markus siguió corriendo mientras hablaba con ella en su mente. La falta del brazo izquierdo le estaba afectando al equilibrio levemente y no podía correr tan rápido como debería. Ya había practicado a hacer ejercicios de carrera y lucha sin el brazo biónico, pues sabía que no siempre podría depender de él, pero aún le costaba acostumbrase.

¿El qué? ¿El chiste del Emperador?- Preguntó el pirata de buen humor- No te preocupes hermanita, estoy seguro de que está harto de que la gente se cague en él. Un comentario inocente sobre su persona no va a matarlo. Además, admite que tú lo has disfrutado más que yo.

Por supuesto que lo he disfrutado. Hacía tiempo que no me reía de tu Dios Cadáver- Expresó la diablilla con tono divertido. Inmediatamente se puso seria- Me refería a cuando te aprovechaste para sacarme información cuando estaba…distraída.

Si no me ocultaras cosas no tendría que hacerlo- Se justificó él mientras sonrisa se dibujaba en sus labios- De todas formas ha sido muy instructivo. Estoy seguro de que el resto de sus colegas caóticos no tienen ni idea de su secretito o ya se lo habrían cargado.

Markus sintió el desconcierto de la Voz ante ese razonamiento, pero no dijo nada.

Suspiró:

Bueno, ya hablaremos sobre ello cuando estemos en la nave- Añadió como reprimenda-No te vas a librar de que te eche un sermón sobre fisgar en los pensamientos de una dama.

Markus rio para sí mientras contestaba.

La palabra que buscas es putón, hermanita. Pero deberías aplicarte el cuento, estaría muy bien no encontrarme mujeres con gorros peludos, vestidas de cuero y con fustas cuando pienso en ir a Vostroya.

Ni en tus mejores sueñosRio la diablilla- Ah, por cierto. Tu nariz ya está arreglada.

Era verdad, pensó mientras se tocaba la nariz con la punta del dedo. Ya no le dolía ni sangraba y tenia de nuevo aquel tamaño y forma ideal. Las narices de boxeador les quedaban mejor a Kurght y Pólux.

Aun así tenía toda la barbilla y la boca llena de sangre, y no podía presentarse en el hangar con esas pintas.

Sonrió y se volvió hacia Pólux, el cual mascaba hojas de alguna hierba medicinal.

-Oye, Pólux ¿me prestas la bandana un momento?- Dijo el pirata con gesto divertido-Creo que he visto un punto desteñido y me gustaría corregirlo.

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Vitulv se retorcía de dolor. Esa maldita puta le habia incrustado el cuchillo justo en el hueso, pero tuvo la suficiente delicadeza de no atravesarle el pulmón. Menudo detalle. Él tambien tendria el detalle de cortarle los brazos y las piernas antes de clavarle "la herramienta" para que no pudiera escapar la proxima vez que la viera.

Con un último esfuerzo, logró sacar el jodido cuchillo lanzando un gruñido de dolor. Pensó en tirarlo y que se pudriese alli, pero se lo penso mejor. Usaria ese cuchillo para sus propios propositos y se lo incrustaría en el pecho a la eldar la proxima vez, cuando acabase con ella.

Se acercó al lugar donde estaba Sargento, cojeando. Tenian que salir de alli si aquel cabrón habia conectado explosivos.

-Sargento, si no salimos pronto de aqui nos va a caer más mierda encima que cuando Angla le salio la erupción de pus la ultima vez- Dijo el francotirador ignorando el dolor de su herida.

Le ofreció su mano para que se levantara, pero Sargento le miró como si  la tuviese llena de mierda y, con un gruñido, desdeño la oferta. Arkios estaba de pie mirando los desperfectos en sus armas, respiró tranquilo cuando vio que estaban bien.

Salieron por el pasillo por el que los piratas se habian marchado. Vitulv aún sentia el perfume de la eldar al recorrelos, en su mente se agolpaban las terribles y macabras cosas que podria hacer con aquel cuerpo perfecto. Mutilaciones sin precedentes que le hacian estremecerse, humillaciones lascivas y decadentes...

Si, definitivamente se lo pasaria muy bien con esa zorra.

Llegaron al hangar justo a tiempo para ver como la nave de los piratas salia disparada hacia el cielo. Vitulv levantó su fusil y disparo, pero la bala revoto contra el blindaje de la nave en movimiento. Se maldijo a si mismo y al cabron que diseño aquella mierda tan resistente.

Se giró y vio a Yesika trasteando en la cabina de la ultima nave que quedaba y se acercó a ella.

-Hey, amor ¿me echabas de menos? Siento no haber venido antes pero... una asquerosa eldar me entretuvo.

Yesika lo miro con aquella expresion de desprecio que tanto le ponía y añadio con sarcasmo:

-Y por lo que veo te pateo el culo. Bien por ella.

-Oh, no seas mala nena ¿No me das un besito para que me ponga bueno?- Dijo mientras se acercaba a ella poniendo morritos, a lo que ella lrespondio con una sonora bofetada que resonó por las paredes el hangar.

Vitulv se rio mientras se llevaba una mano a la mejilla dolorida.

- Bueno, eso tambien me vale, cariño.

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El Hombrezillo Maloliente le había hecho daño, le había arrancado algo de la cara. El ogrete no sabía exactamente lo que era, pero de pronto ya no veía por un lado de la misma. Nunca le había pasado nada parecido, y eso le dejaba muy confuso. Estar confuso le irritaba. Pero herida le dolía mucho, muchísimo…

Y cuando algo le dolía tanto a Kurght, Kurght estaba furioso.

Bramó rabioso y Mikerl y Karsha volvieron a esquivar el martillo que se estrelló contra el suelo agrietando su superficie. El ogrete rugió aún más cabreado. ¿Por qué los canijoz no se quedaban quietos? Era muy difícil darles si se movían.

-¡La Bestia Tonta, sangra y no puede darme! ¿Verdad? ¡Si, es verdad! ¡No puede darme!- Rio el khorniano.

Kurght ardía de rabia. Aquel Hombrecillo Molesto se estaba riendo de él. ¡Un canijo como ese no podía reírse de él! ¡Kurght era el más fuerte que había! No entendía que pasaba. Normalmente su martillo aplastaba más cosas a parte del suelo. Quizás estuviera roto…

Entonces una chispa se encendió dentro del cerebro del ogrete y sus engranajes chirriaron al ponerse en marcha.

Tenía una idea…

Busco con la mirada y encontró al Hombrecillo Maloliente tirado en el suelo cerca de la nave más antigua. Angla gimió levemente cuando Kurght lo agarró por la pierna y lo levantó del suelo ante la mirada atónita de Mikerl.

Si su martillo estaba roto y ya no aplastaba tendría que darle con otra cosa.

Con un rugido, Kurght lanzó a Angla por los aires con toda la fuerza de la que era capaz con sus gigantescos brazos. Los huesos de la pierna derecha del seguidor de Nurgle se rompieron como varillas cuando el ogrete apretó antes de arrojarlo contra su oponente.

Mikerl no fue lo suficientemente rápido. Aun estaba recobrándose de la sorpresa que le produjo la reacción del ogrete cuando Angla surco el aire y se estrello contra su pecho arrojándolo al suelo y arrancándole el casco de golpe.

Gruño de dolor y trato de ponerse en pie mientras la boca y la nariz le sangraban profusamente. Entonces alguien se hecho sobre él y Mikerl sintió el perfumado olor que despedía la piel de Karsha cuando esta se subió a horcajadas sobre él y le sostenía la cabeza entre sus delicadas manos.

A pesar de su locura, Mikerl se quedo un instante embelesado ante el aspecto de la slaaneshi. La piel de alabastro, el largo pelo negro con ese mechón blanco y las ropas mojadas que se la pegaban al cuerpo. No se parecía en nada a la guerrera sanguinaria que había sido una de las favoritas de su dios.

Durante un instante dudo.

Un instante que paso en lo que le llevo a Karsha estrellarle la cabeza contra el suelo con fuerza.

-¡El Cuchillo del Amo! ¡Dámelo! ¡¡Es Mío!!- Gritaba la mujer furiosa.

El golpe terminó de despejar a Mikerl, pero ahora ya no llevaba el casco para protegerse y el impacto contra el duro suelo del hangar lo dejo aturdido.

Karsha sonrió y volvió a golpearle. Una, dos, tres veces la cabeza del caótico impactó con fuerza contra el suelo. Entonces lo soltó y Mikerl quedo tendido sobre el pavimento mientras se llevaba una mano a la sien izquierda. El mundo  no paraba de dar vueltas a su alrededor, pero pudo sentir el tacto caliente de la sangre que le brotaba de una brecha en la sien. Aquello le gusto. Khorne estaría contento.

Un grito de triunfo llego a sus oídos mientras se le despejaba la vista. Se volvió mientras se incorporaba sobre el brazo izquierdo y vio a Karsha sosteniendo el serrado cuchillo que él le había arrebatado entre sus manos. Su rifle láser estaba tirado en el suelo con la cinta aislante, que había mantenido el cuchillo como bayoneta improvisada, rota junto a él.

La Slaaneshi lloraba de felicidad mientras sostenía el cuchillo con ambas manos y lo acariciaba por el plano de la hoja con los dedos, como si fuera el mayor tesoro del mundo.

-Si… ¡Sí! Por fin lo tengo- Lloró Karsha mientras salía corriendo por uno de los pasillos contiguos al hangar- Ahora el Amo me aceptara. ¡Si, lo hará!

Mikerl quiso detenerla antes de que escapara y degollarla de una vez por todas para ofrecerle su cráneo a Khorne. Pero algo se lo impidió.

El gigantesco puño de Kurght se cerró alrededor de su cintura, haciendo crujir los huesos de su pelvis, pero sin llegar a romperlos. El ogrete se acercó al molesto hombrecillo a la cara y rugió, lanzándole el fétido aliento al caótico y dejándolo medio sordo.

Kurght cerró la boca llena de colmillos retorcidos y miro al humano con su único ojo inyectado en sangre mientras se acercaba, dando atronadores pasos, hacia la nave más nueva. Mikerl intentaba zafarse inútilmente. Ya no tenía cuchillo, y todas sus armas estaban en la mochila, tirada en el suelo donde la había dejado la Slaaneshi y las del cinturón resultaban inalcanzables por el aplastante agarre del ogrete.

Mientras se dirigía hacia ella agarro de nuevo a Angla por la pierna buena y lo arrastro por el suelo hacia el mismo lugar al que llevaba a su compañero. El seguidor de Nurgle gimió mientras empezaba a recobrar el conocimiento lentamente.

-¡Hombrezillo ze ríe de Kurght! ¡Ze cree máz lizto que Kurght!- Le rugió el ogrete a Mikerl cuando estuvieron junto a la pared que daba a las puertas abiertas de la entrada trasera de la nave- Kurght no lizto. ¡Pero Kurght fuerte!

Entonces el ogrete hecho el puño con el que sostenía a Mikerl hacia atrás y lo estrelló con fuerza contra la pared.

-¡¡KURGHT EZ EL MÁZ FUERTE QUE EXIZTE!!

Estampo al Khorniano dos veces más contra la pared, que se resquebrajaba cada vez mas con cada impacto y después lo arrojó contra la pasarela que daba entrada a la nave. Mikerl se quedo allí tirado con todos los huesos doloridos. Aun estaba consciente, pero todas las partes de su cuerpo y algunas nuevas le decían que se quedara allí tumbado si no quería que lo vapulearan más.

Entonces Kurght alzó a un ya consciente Angla por la pierna buena y lo sostuvo delante de él. Intercambiaron una mirada con sus únicos ojos y Kurght estampó al nurgliano contra el suelo del hangar. Ya no se movió. Estaba otra vez inconsciente.

-Hombrezillo haze daño a Kurght. ¡Ahora Kurght haze daño a hombrecillo!- Bramó el ogrete mientras se golpeaba el pecho con los puños- ¡Kurght ez el máz fuerte!

El abhumano sonrió de manera primitiva, saboreando su momento de triunfo. Se acercó cojeando hacia su martillo y lo recogió del suelo. Chizpaz tendría que arreglárselo. Chizpaz siempre hacía que sus martillos volvieran a aplastar. Era curioso que siempre que le daba uno nuevo se pareciera tanto a los anteriores…

Entonces se acordó... No había vigilado a Chizpaz, la pelea le había absorbido por completo. Miro a la cabina del aparató en el que había dejado a la tecnópata y gruño cuando no la vio. En el lugar de Ankira, estaba la chica que había venido con los hombrecillos.

Kurght bramó aun mas furioso y agarro el martillo con ambas manos mientras se dirigía hacia la cabina, olvidando que en realidad se entraba por el lugar en el que había dejado tirados a Angla y Mikerl.

-¡¿Dónde ezta Chizpaz?!- Rugió Kurght frente al cristal de la cabina, empañándolo con su aliento y dejando algunos pegotes de baba mientras mostraba los colmillos, al tiempo que Yesika lo miraba sobresaltada desde el interior- ¡Chica Lizta decir que ha hecho con Chizpaz o Kurght aplaztará trazto volador!

Alzo su martillo y lo estrello contra el morro reforzado de la nave, haciéndola una pequeña abolladura. Sonrió para sí, su Martillo ya estaba arreglado.

-¿¡Donde eztar Chizpaz!?- Rugió de nuevo el ogrete, alzando el arma otra vez para un segundo golpe.

Entonces noto que alguien le tiraba de uno de los lados del pantalón. Kurght se volvió y vio a Ankira de pie junto a él. Una mueca que debía de ser una sonrisa le recorrio las primitivas facciones y se agachó para verla mejor.

La niña se le acerco y le coloco una de sus pequeñas manos en la mejilla del ogrete.

-Estoy aquí Kurght- Dijo ella sin alterar la voz mientras hablaba al ogrete- Estoy trabajando en el otro trasto volador. Tienes que subir en él. Nos vamos al trasto grande.

-¿Trazto grande? ¿Jefe viene con nosotroz?- Preguntó el ogrete mientras Ankira lo agarraba de uno de sus grandes dedos y tiraba de él para que la siguiera hasta la otra nave, que ya había reparado.

Si, Kurght. Jefe viene con nosotros. Ahora tienes que subir al trasto volador. Tenemos que curarte ese ojo.

Como si de pronto se acordara de ello, el ogrete se llevo una mano a la cuenca del ojo arrancado y comenzó a gimotear como un niño pequeño, sus lloros parecían más bien ahogados gruñidos de un oso.

-Duele mucho Chizpaz…- Lloriqueó Kurght.

- No te preocupes. Los Chicos de Metal te lo arreglarán- Lo consoló ella, usando el termino con el que se referían a los tecnosacerdotes- Entonces ya no dolerá.

Kurght siguió a Ankira hasta el interior de la nave, aunque tuvo que agacharse un poco para poder pasar. Mientras lo hacía, Ankira lanzó una mirada hacia Yesika que lo observaba todo desde la cabina de su aparato.

Los ojos de la niña brillaron un instante y todos los sistemas que la mujer habia estado intentando desbloquear durante todo este tiempo se activaron solos.

La caótica le había dado argumentos sólidos y razonamientos totalmente justificados para evitar la lucha y que ambas salieran ganando. Pero eso no significara que pudiera aprovecharse del trabajo que había hecho ella antes en la nave. La abolladura del morro no era un problema, pero tendrían que parar en el primer garito espacial que vieran para repararlo.

Sin embargo, ahora el dispositivo que había acoplado en su muñeca y que estaba enlazado a los explosivos de la mansión se había activado. Les quedaban siete minutos y medio para salir de allí y Ankira ya había arreglado su nave.

Ya no tenía nada en contra de que la mujer se largara de allí.

Sin embargo, le dirigió una última mirada, intentando encontrar una respuesta al porque había fallado su ataque mental antes.

Había sido como si el cerebro de aquella caótica estuviera rodeado por una pompa. Solo había sido durante un instante, lo que la había llevado descubrir la torreta que estaba a punto de disparar contra su espalda y sacarla de la nave. Después la burbuja había desaparecido y Ankira habría podido penetrar en su mente con normalidad, pero seguramente lo habría notado y no quería arriesgarse con un cuchillo tan cerca de su cuello.

Tenía que averiguar qué había pasado. Averiguar la causa de aquel suceso. Le gustaban los dilemas, y no le servía de nada estudiar un cadáver. Subió a la nave y vio a Markus y a los demás aparecer por una de las puertas del hangar. El pirata la felicito con una de sus relucientes sonrisas mientras ella observaba con disgusto el brazo biónico cercenado que tendría que volverle a ajustar.

Sonrió cuando su protector le acarició la cabeza y se dirigió a los mandos de la nave.

Tenía mucho trabajo que hacer cuando llegaran a la nave. Diseñarle un ojo biónico a Kurght era lo primero. Y lo segundo seria reparar el de Markus y mejorarle su blindaje.

El último sería el más interesante, pensó mirando a través del cristal a Yesika.

Markus le hizo un gesto con la mano buena de despedida hacia Yesika antes de entrar en el transbordador. Algo le decía que volverían a verse. No lo sabía con certeza, pero tenía una corazonada. Y sus corazonadas nunca fallaban.

Ahora ya estaba limpio, salvo por los salpicones de sangre del peto de caparazón que le había hecho la sangre de Sargento al disaprarle. Era una suerte el haberse acordado de que llevaba un pañuelo en el bolsillo de la gabardina.

-Volveremos a vernos, preciosa- Dijo mientras subía la rampa hacia la nave- Acuérdate de mi oferta.

El transbordador despegó y Karsha lo vio volar hacia el cielo desde un bosquecillo cercano. Al poco rato, otro transbordador lo siguió e inmediatamente después la mansión exploto y se desmorono.

-Te encontrare Amo- Prometió Karsha, plantado un beso en la hoja del cuchillo- Seré digna de ti…

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La escuadra le echaba ojeadas a su malherido oficial que se encontraba al final del pasillo de la nave junto la compuerta, tendido en el suelo y apoyado contra la pared y lo que mas extrañaba a sus hombres, con la cara destapada.

La sangre que apenas hace unos minutos parecía estar saliendo de su cuerpo a modo de hemorragia parecía haber cuajado en las propias ropas de Sargento además de no mostrar signos de debilidad, a pesar de la perdida de sangre y la gran cantidad de heridas.

Angla intentó varias veces hablar con el pero, tras varios intentos fallidos, incluso Mikerl decidió que sería mejor no dirigir la palabra al callado hombre que muy de vez en cuando echaba un trago de una botella de whisky de la que ni siquiera podían reconocer las palabras que habia en la etiqueta. Aunque Yesika juraría que no era un dialecto muy distinto del usado por los paganos de un sistema solar del cual leyó en su momento.  

Cuando el piloto automático se hizo cargo de la nave cuando estuvieron fuera de peligro, Yesika salió de las cabina para inspeccionar la zona de pasajeros que apena habia visto de reojo.

Lo que hace apenas unas horas era una escuadra de hombres fuertes y recios, era ahora un monton de soldados heridos y bajos de moral, aunque esto no parecía manifestarse en el rostro de Sargento que, ahora que lo podía ver bien, era de un tono extremadamente pálido, pudiendo compararlo con la nieve virgen sin problemas y como parte de sus mejillas y laterales de la cabeza estaban cubiertos por un pelo negro como la noche que descendía hasta llegar al pecho del hombre.

Sus pensamientos se centraron en el brazo de este, que parecía haber perdido gran parte de carne y nervios, por lo que se dirigió al botiquín mas cercano que no se encontraba muy lejos de Arkios, quien se revolcaba de vez en cuando en su asiento farfullando insultos en voz baja. Cuando abrió el botiquín se dirigió lo mas rápido posible hacia Sargento con todo lo que le había parecido útil para esta situación, llevando las manos cargadas de objetos y medicinas varias.

Cuando se arrodilló a mano izquierda de Sargento, lugar donde tenía la herida, este apartó la mano de ella dirigiendo su mirada al rostro de Yesika y dejando ver la frialdad en sus ojos. 

-Ni lo intentes- Dijo Sargento en un tono claro para luego dirigir la mirada de nuevo hacia delante.

Yesika respondió ante esto con algunos insultos en voz baja y dejando todo lo que habia traido junto a Sargento. Enfadada y algo estresada se dirigió de nuevo a la cabina. Por su cabeza pasaban algunas ideas como por ejemplo que tenían que buscar una estación de repuesto donde reparar la nave, obviamente no tendría que estar controlada por caóticos ni imperiales pues ambos bandos abrirían fuego contra ellos pero al menos con los primeros tendrían posibilidades de razonar.

O al menos intentarlo. 

Sargento miró hacia Mikerl que parecía estar divirtiéndose tocándose las múltiples heridas que tenía por su cuerpo a la vez que soltaba de vez en cuando algún que otro rezo a su Dios. Angla por otro lado hablaba consigo mismo, sobre una demonio y el jefe de los piratas a la vez que miraba con desconfianza y temor a Sargento.  

Durante un segundo a Sargento se le nubló la vista, la sangre empezó a hervirle a la vez que notaba como su cuerpo se tensaba por la impotencia de no poder acabar con aquella escoria alli mismo.

Como los odiaba. Odiaba a todos y cada uno de los miembros de su escuadra y maldecia a su oscuro dios por no permitirle degollarlos en aquel lugar. Sin embargo sabia que aun no era el momento. Aun no.

Se lebanto y, alzando ambos brazos lanzó un grito. No de frustración, temor o dolor. Era un grito de guerra. El sonido de las sierras mecánicas de su espada sierra que empuñaba en su brazo derecho apoyaba de una forma siniestra el modo de desahogarse de Sargento.

Si reaccion fue breve pero efectiva.

Mikerl acompañó a Sargento lanzando un grito de celebración por haber derramado sangre, Vitulv alzó su rifle mientras parecía reír pues había encontrado algo a lo que cazar en su vida. Arkios empezó a sonreir con todo su apoyo moral y Angla acariciaba el cañón de su escopeta recortada, sonriendo entre las vendas que ocultaban su podrido rostro.

Todos celebraban esta gran victoria moral, de un modo u otro habían conseguido complacer sus Dioses o encontrar nuevos retos en la vida que pensaban cumplir a toda costa.

Todos celebraban algo a excepción de Yesika.... 


Despues de la celebración en la cabina de la nave, el silencio reinaba por doquier. Vitulv se habia curado los cortes que aquella zorra xenos le hizo. Aunque le jodiera, debia admitir que era buena. Al fin habia encontrado un reto en su vida, los asesinos imperiales, los exploradores eldar, los puñeteros astartes e incluso los nobles orkos solo eran forraje.

Aquella tipa era lo mejor que le habia pasado nunca.

Aún algo dolorido, reparó su capa de camuflaje con nuevos trozos de tela e hilo. Si tenia que combatir de nuevo, no iba a hacerlo sin su preciado camuflaje. Luego revisó su rifle, lo desmontó pieza a pieza y limpio y lubricó las piezas con mimo, como a una doncella de piel fria y temblorosa, justo antes perder su virginidad.

Sacó una bala especifica, una bala echa con filamentos monomoleculares que atravesaban cualquier armadura.

Solía utilizarlas cuando aparecia algún engreido astartes con ganas de hacerse el héroe pero, aquella especificamente ya tenia dueña.

Sacó el cuchillo que la eldar le clavó en el hombro, escupió en la punta del arma y, poco a poco, fue grabando las letras de una palabra sobre  la pulida superficie de la bala.

Corza.

Él grabado podia afectar a la balística, pero seria cosa de una minima corrección. Nada importante y menos a la distancia a la que pensaba disparar. Repitió la acción en el casquillo de la misma para guardarlo de recuerdo cuando ya hubiese disparado. Seria su más sagrado trofeo, aparte de alguna parte corporal claro.


Arkios jaló la palanca de carga del simulador de retroceso de su rifle láser por pura manía, extrajo el cargador medio agotado e insertó uno nuevo en el arma. Colocó el fusil sobre sus rodillas y buscó en sus bolsillos una goma nueva para su máscara. Encontró una de puro milagro y comenzó la rápida tarea de reparación, si es que podía llamarse reparación a semejante chorrada.

Retiró la goma antigua, empapada de sangre, tierra y polvo, además de estar rota, y pasó uno de los extremos de la nueva por el pequeño hueco del lateral de a máscara de acero. Aseguró el extremo con dos pequeños nudos, uno en la parte exterior de la máscara y otro en la interior, e hizo lo mismo con el otro extremo en el lado que quedaba.

Probó la elasticidad de su nueva obra y asintió, más o menos orgulloso. Se puso la máscara, repleta de colmillos y pequeños pinchos y volvió a colocarse el casco. 

Era enervante volver a ser él, sin sentir la influencia de ninguno de los Cuatro Grandes en su alma, en sus acciones. Sin embargo, sabía que Khorne siempre estaba con él, ya que era al que más frecuentemente servía. Nurlge también estaba complacido, pues durante los combates era inevitable tener heridas infectadas y otro tipo de afecciones similares. A Slaneesh y Tzeentch los tenía prácticamente abandonados, lo que complacía aún más a Nurgle y a Khorne. 

Sabía que se acercaba el momento. Su regalo. No le importaba de quién fuera, pero sólo así sería capaz de servir a los Cuatro Oscuros mejor de lo que ya lo hacía. 

Dentro de poco llegaría el momento. Dentro de poco.


Yesika entró en la sala de pilotos mientras sus compañeros lanzaban rugidos de victoria.

¿Victoria? ¿Alegría? ¿Pero qué pasaba con estos tíos?

Les habian dado una paliza. Habían perdido casi toda oportunidad de volver con el Pacto Sangriento y estaban casi sin suministros. Era casi el ejemplo de un día de mierda. Pero no, ellos tenían que celebrar… ¿el qué? Maldita sea, Yesika estaba empezando a odiarlos de verdad. Antes había creído que no le caían bien, pero aquello no era nada comparado con lo que sentía ahora.

O tal vez era debido a que ella misma estaba enfadada y estresada.

Sí, tenía que reconocerlo. Aquél había sido un día pésimo para ella. Aunque no todo…

Yesika sacudió la cabeza. No, no iba a pensar en aquello ahora. Se sentía confusa, por los piratas, sus compañeros, por ella misma… ¡Diablos, ni siquiera sabía con seguridad que sentía ella misma! Sus manos estaban tensas sobre los mandos. Definitivamente, se estaba estresando demasiado; necesitaba descansar.

Dejó el piloto automático conectado y se retiró a su habitación. Todavía faltaba para que tuvieran que elegir su destino. Ya la avisarían entonces. La joven apartó todo pensamiento del pirata y su mano extendida a modo de invitación y se concentró en lo que le había pasado hoy.

Tenía que analizar sus problemas uno por uno, y el más acuciante era lo qué le había ocurrido a su cabeza.

¿Su dios la estaba favoreciendo, o… o simplemente se estaba volviendo loca? Yesika se dio cuenta de que tenía miedo, miedo por la incertidumbre, que formaba una extraña mezcla con su natural curiosidad. La caótica abrió la puerta y entró en su cuarto. Al cerrarla y volverse hacia dentro, dio un bote del susto:

Sentado en la cama, un anciano la observaba.

El viejo tenía la carra arrugada y llena de manchas por su avanzada edad y su escaso pelo era blanco. Vestía una túnica de color azul marino y sus ojos eran del mismo color. Unas manos arrugadas se cernían como garfios sobre un cayado. Una sonrisa divertida dejaba ver una hilera de dientes blancos.

-¿Quién eres?– Preguntó Yesika, en guardia, con la mano cerca de su cuchillo.

-Buena pregunta. Y se podrían dar múltiples respuestas, pues he sido muchas cosas concretas a lo largo del tiempo– El anciano se puso de pie trabajosamente- Pero hay algo que siempre he sido. Un servidor de tu señor.

-¿Eres un demonio?– La joven entrecerró los ojos. Sabía que podían adoptar múltiples formas, pero aun así resultaba extraño.

El viejo rió secamente.

-Qué gracia me hace que nos llaméis así… Sí, soy un “demonio”.

-¿Y qué haces aquí?- Preguntó ella.

En el rostro del anciano aparecio una expresion enigmatica.

-Eso es fácil. Estoy aquí porque tú lo estás. Si tú no estuvieras aquí, yo tampoco lo estaría. Si tu existencia fuera nula, la mía tampoco tendría sentido hoy.

Yesika sacudio la cabeza confusa.

-Eso ni siquiera tiene sentido.

Las arrugas se marcaron aun mas en el rostro del viejo cuando lanzó una breve y cascada carcajada.

-Vaya, vaya. Al final va a resultar que no eres tan lista como tú misma te crees. Al menos te habrás fijado ya en lo que ha ocurrido hoy ¿no?

-Sí…- Asintio Yesika, aun un tanto confusa y, a decir verdad, un tanto molesta con el demonuio por poner en duda su intelecto.

-Bien, al Que Cambia Las Cosas no le gusta que se desperdicien sus regalos.

-¿Un regalo? –Yesika se acordó de la conversación que había tenido con Angla antes de salir del campamento. Una referente a las mutaciones fisicas y otros regalos que los dioses concedian a sus seguidores. No pudo evitar echarle un vistazo rápido a su cuerpo.

-No es ese tipo de regalo –Comentó el demonio con una risita- A nuestro señor se le conoce por ser el que más cambios produce, pero la mayoría ignora que en gran parte no son mutaciones visibles, sino de aquí.

El anciano se tocó la cabeza con el índice.

-Pequeños cambios en tu cerebro que te permitan desarrollar tus capacidades psíquicas –Yesika se tensó cuando empezó a acercársele, con pasos lentos, apoyado en su bastón- Y también que te permitan verme, claro. Que hagan posible que seas la única que me veas...–Posó un dedo frío en su frente-...y que me sientas.

El demonio se retiró un poco y la joven se relajó.

Al fin y al cabo, esto era lo que había aceptado al ponerse al servicio de Tzeentch. Y no podía ignorar que un charla con un ente disforme era algo muy interesante; una experiencia que muy pocos podían tener sin sucumbir en el proceso.

Yesika sintió como su natural curiosidad y ganas de aprender volvían. Sí, quería saber más sobre lo que le iba a pasar y su fin.

-Entonces… ¿por qué te han enviado conmigo?

-Bueno –Comentó el anciano con una sonrisa- Alguien tiene que enseñarte a desarrollar tus habilidades, ¿no?

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Con un golpe de su arma, Kranoff acabó con el servidor de combate que lo había estado entreteniendo. Ayudó entonces a los soldados que habían sobrevivido y en un par de minutos volvieron a ser libres. El comisario miró a su alrededor.

Cadáveres de guardias imperiales y servidores cubrían el suelo. Mientras tanto, los piratas y herejes habían aprovechado para escapar, tan centrados en huir que ni se habían molestado en atacar a los imperiales.

-Qué desperdicio…

Y, además, ¿qué se creía aquel pirata? ¿”Recuerdos al Emperador”? Aquel hombre tenía bien poca imaginación. Como si aquello fuera a enfadarlo más de lo que estaba.

Ya llevaba mucho tiempo combatiendo como para haber oído blasfemias mayores que las que ese muchacho pudiera siquiera imaginar. Un joven arrogante, eso era. Y los arrogantes recibían un castigo mayor si cabe. Kranoff miró a sus hombres. Estaban cansados y con la moral tocada por todas las bajas.

-Soldados, esto no ha acabado. Hemos sufrido un revés, hemos perdido a más de los que habíamos imaginado, pero eso no quita que tengamos un deber que cumplir. Si caemos heridos, tenemos aun más el deber de seguir luchando, pues quien lucha dañado, hace más honor al Emperador. Quien pelea en inferioridad, muestra la nobleza de la humanidad. Aquél que se mantenga firme ante los horrores de la galaxia alimenta al alma del Emperador y los suyos. Así que vamos, tenemos una misión por cumplir todavía.

-¡Señor, sí, señor!

En ese momento, un temblor recorrió toda la mansión.

De repente, el techo sobre sus cabezas empezó a desmoronarse. Los imperiales apenas tuvieron tiempo de salir antes de que se les cayera encima. Kranoff corrió por delante de ellos, guiándolos hacia el hangar.

A su alrededor, el edificio iba haciéndose añicos. Trozos de mampostería amenazaban con aplastarlos mientras las primeras llamas empezaban a asomar. Uno de sus hombres cayó, derribado por un pedrusco que no pudo esquivar. Nadie pudo pararse a socorrerlo, pues al poco más rocas cayeron y enteraron el cuerpo mientras el resto salía corriendo de la habitación.

Los soldados siguieron corriendo en pos de su comisario. Con el infierno desatándose a su alrededor, uno bien podía pensar que el Emperador verdaderamente quería ponerlos a prueba. Entonces, Kranoff se detuvo. El camino que tenían enfrente estaba bloqueado. James miró a su derecha: una puerta al final de un pasillo todavía entero marcaba el lugar de una salida lateral. A su izquierda, el infierno continuaba aún más hacia el interior de la casa. El soldado se volvió hacia Kranoff.

-Comisario, esta búsqueda es inútil. Si no han muerto aplastados, lo haremos nosotros.

Su superior lo miró. La gorra ocultaba parte de su cara, y el fuego hacía extraños juegos de sombra en el resto. Su bufanda revoloteaba sobre su cuello, intentando cubrir su barbilla. El comisario miró hacia uno y otro lado. Luego habló con voz tranquila.

-Tú llevas el equipo de comunicaciones, ¿verdad? Sal y comunica nuestra situación al alto mando. El resto continuad conmigo.

Kranoff volvió a echar a correr, y dos soldados lo siguieron tras un pequeño titubeo. James se quedó mirándolos hasta que giraron en una esquina y desaparecieron. Luego, se dirigió deprisa hacia la salida. No quería imaginar lo que le haría el comisario si no cumplía su orden. A pesar de todo, se le hacía difícil imaginar muerto a Kranoff.

El comisario dio un salto y pasó por encima de una mesa volcada y en llamas. El humo estaba empezando a afectarle a la vista y a hacerle saltar lágrimas. Se caló aún más la gorra sin dejar de correr. Otro elemento quemándose se interpuso en su camino.

Todo aquello, el fuego consumiéndolo todo, era algo muy llamativo. Algo histriónico. Aquel maldito pirata era un asqueroso vanidoso. Kranoff recordó su estúpida sonrisa y apretó el paso. No podía dejar escapar a ese criajo, era una misma ofensa al Imperio que alguien así lo insultase de ese modo con sus acciones.

Giró otra esquina y se paró de golpe. A unos metros, una sección entera del suelo había desaparecido. Los dos guardias imperiales lo alcanzaron y miraron también el vacío. A pesar de todo el humo, se podía ver que no demasiado después estaba el hangar, aunque no podían ver si había alguien allí.

-Señor, podemos dar un rodeo por este pasillo– Dijo un soldado, señalando a la izquierda.

La sonrisa. La nave escapando y surcando los aires. Una sonora carcajada…

-No.

Sin decir más, el comisario echó a correr y saltó. Durante unos instantes, voló, surcando un aire viciado. Entonces, aterrizó con un sonoro crujido en el suelo de madera. Siguió corriendo al momento, mientras el suelo rechinaba y otra sección de dos metros caía al abismo.

Los dos soldados, viendo que ahora el salto era imposible, tomaron el camino largo.

Kranoff seguía, impulsado por su deber. Su mente estaba concentrada en un objetivo. El comisario ya se había encontrado otras veces en ese estado. En esos momentos, casi dejaba de ser él mismo para convertirse en un ser hecho unicamente de implacabilidad.

O tal vez es que ésa era su esencia.

Una lámpara cayó con un estruendo. Kranoff se echó a un lado de un salto. Chocó contra la pared, que cedió bajo el peso del hombre. El comisario quedó desequilibrado y su brazo enganchado en el boquete abierto. Con un tirón, se liberó, aunque haciéndose varios cortes en el brazo izquierdo.

Continuó hacia delante, ignorando la sangre que manaba de las heridas. Su objetivo estaba cerca, el hangar estaba a menos de cien metros. Dio un impulso final mientras dirigía la mano hacia su pistola bólter.

En ese momento una viga se derrumbó ante él. El comisario la esquivó, pero la parte superior lo golpeó en la espalda. Trastabilló, perdiendo el aire unos segundos. Se detuvo un momento, respirando con fuerza, y volvió a correr, aunque con menos vigor.

Otro madero se cernió sobre él; lo evitó con dificultad y continuó. La casa entera parecía derrumbarse sobre él, intentando derribarlo, como si algún demonio la controlase. Pero no había más demonio que el fuego, desatado por aquel maldito imbécil.

Una viga especialmente grande cayó delante de él, aplastando el suelo. Kranoff se detuvo, y entonces otro madero se derrumbó a sus espaldas. Se dispuso a continuar, pero más trozos caían del techo, golpeándolo. Uno especialmente grande lo derribó. El comisario intentó levantarse, pero los escombros lo estaban sepultando. Gritó mientras hacía fuerza, pero era inútil; no se movió ni un ápice.

Una viga en llamas había quedado trabada entre las dos paredes del pasillo, a un metro de su cara. Kranoff contempló el danzante fuego. Sus cambiantes colores eran casi hipnóticos. Recordó su objetivo y rugió de rabia, pero no consiguió liberarse. El comisario miró una vez más el fuego, y le pareció verse reflejado en él.

Con un chasquido, la viga se soltó y cayó sobre él. Kranoff chilló cuando el fuego abrazó su cara.

.

Dolor. ¿Por qué dolía tanto? No recordaba nada, no sabía nada, salvo que sentía dolor. Todas las partes de su cuerpo se quejaban lastimeramente, recordándole su rota existencia, pero ninguna lo hacía más que su cara. Su cara parecía estar ejecutando una sinfonía de dolor.

Entonces, algo llegó hasta él, causándole un alivio como pocos había tenido. Aire. Un soplo de fresco bendito aire cruzó su cara.

También podía oír voces, pero no podía entender lo que decían. ¿Eran amigos o enemigos? Dos hombres lo agarraron por hombros y piernas y lo llevaron a una camilla. Alguien más lo tapó. Aquella sábana era suave… aliviaba un poco su dolor.

Un rostro apareció ante él. ¿Lo conocía?

-Comisario…

Sí, esos rasgos… Lo conocía, seguro.

-J… Jam…es

-No se esfuerce, comisario. Lo sacaremos de aquí. Nos vamos todos.

Según iba hablando, más recuerdos volvían. Kranoff. Ése era él. Era un comisario de su Emperador.

-¿I… irse?

-Sí señor. Han decretado una retirada total. El alto mando.

-¿Retirada? Eso… eso no es posible. –Su cara entera le dolía. Apenas podía abrir los ojos ni mucho menos moverse.

Con un suspiro, cerró los ojos y la inconsciencia lo envolvió.